lunes, junio 17, 2013

Pequeños secretos de mi ciudad

Suelo estacionar el coche algunas cuadras después del lugar al que voy.

Lo hago para caminar. Caminando se conocen las ciudades.

También lo hago porque siento que es una forma de reconciliarme con la mía.

Descubrir rincones que no conocía porque siempre pasaba en coche y no me detenía a contemplarlos.

Creo que no puedes amar algo que no conoces; o que conoces a medias.

Pero también creo que puedes odiar algo que conoces muy bien.

Caminar entre estas calles es una manera de decir: "Te odio pero quiero aprender a amarte".

Aunque me queda claro que el amor no es algo que brote a la fuerza o se imponga a huevo.

Pero mientras estás con algo o con alguien, es mejor sentir amor a sentir odio; o, peor tantito: no sentir nada.

Con el sol de las seis de la tarde de frente, me topo con un mural en una esquina, con un árbol creciendo entre los escombros de una casa abandonada y con una famosa fábrica de dulces cuyas ventanas se ven tan reales que nunca me había dado cuenta que son pintadas.

Y me maravillo con estos secretos recién descubiertos en mi ciudad.

viernes, junio 14, 2013

Notición II

Mi libro del Escuadrón Retro ya está a la venta en las tiendas ComiCastle de Monterrey, D.F. Guadalajara y Querétaro.
Prometo que el lunes escribiré más de otras cosas y no nomás de mi libro de monitos. Saludos a todos.

miércoles, junio 05, 2013

Anda bien "high"

Recuerden que ya pueden adquirir el libro del Escuadrón Retro. Informes en la sección de comentarios o en el post de abajo.

martes, mayo 28, 2013

¡Notición!

La primera tira del Escuadrón Retro que dibujé, apareció en este blog en abril del 2007. Era más o menos así:
Versión remasterizada
Después de muchos años de desidia y de pegarle al artista ermitaño -y como una deuda de agradecimiento a todos los lectores que "se hicieron fans" de mis personajes-, decidí sacar la primera recopilación de tiras del Escuadrón Retro.
El libro tiene 112 páginas y cuesta $120 pesos con el envío ya incluido a cualquier parte de México; y va dedicado, autografiado y garabateado de mi puño y letra (qué elegante se leyó eso, snif). El envío es por Sepomex y va con número de guía, para que no se extravíe.

O si quieren se los puedo entregar personalmente. Nos ponemos de acuerdo para vernos en algún lugar de la ciudad de Monterrey y sólo pagan $95 pesitos.

Los pedidos a Estados Unidos -libro y envío- salen en $220 pesos.

Si el pago lo hacen vía PayPal -en el botón que está en el extremo superior derecho de su monitor-, el costo del libro aumenta $5 pesitos, por la comisión que cobra ese medio.

Escríbanme para hacer sus pedidos y mandarme sus datos (o si tienen dudas) a guffo76@hotmail.com. La cuenta bancaria es de Banorte, la 0106819211, o pueden hacer una transferencia con la CLABE 072 580 00106819211 9, a nombre de Gustavo Fernando Caballero Talavera. No se saquen de onda si les aparece "Gystavo" en vez de "Gustavo"; es una larga historia -bueno, ni tanto- que pueden leer en el archivo de febrero del 2010 de éste, su blog favorito.

Sin más por el momento, les doy las gracias por seguir leyéndome. Un abrazo a todos.

martes, mayo 21, 2013

Con el cerro a un costado. Segunda parte.


Una camioneta vieja y destartalada se orilla en donde termina la avenida Paseo de los Leones, al poniente de la ciudad. En realidad ahí no termina la calle, pero enormes piedras –supongo que puestas con montacargas sobre el concreto -y una caseta con alambre de púas que parece abandonada, impiden el paso a los vehículos desde hace algunos años. Hasta este paraje campestre –de los pocos que quedan en Monterrey- han llegado los fraccionadores. Todavía no echan a andar todos los proyectos de vivienda anunciados, pero no tardan. El último atisbo de civilización que hay antes de que tope la avenida y todo lo que la rodee sea de nuevo monte, es un Seven Eleven y un OXXO: uno enfrente del otro, como delimitando dos mundos que nunca han podido llevarse bien.

La carrocería de la camioneta está manchada de pintura anaranjada en los costados y en el cofre, y en otras partes se deja ver oxido y golpes resanados con pasta gris. En la caja, dos jovencitas platican y ríen cada que se arrebatan lo que parece ser un teléfono celular. Las acompaña un niño moreno y regordete que, apenas y la camioneta detuvo su marcha, se puso de pie y apuntó la mirada en dirección al cerro de las Mitras. Adentro de la pickup, en el asiento del copiloto, hay una mujer. Supongo que es la madre de los tres. Con una mano se echa el cabello detrás de la oreja y con la otra baja el vidrio para gritarle algo a quien supongo es su pareja o el padre de los tres de atrás.

El hombre se interna algunos metros en el monte. Carga un palo largo con una especie de gancho amarrado en un extremo. Esquiva rocas y arbustos con destreza, hasta que se detiene frente a una yuca de gran tamaño. La mujer vuelve a gritar algo. Esta vez el hombre voltea, hace un ademán y sonríe, para después  volver la vista a la yuca y, con ayuda de la garrocha, cortar el racimo de flores amarillentas que cuelga de la parte más alta del árbol. El hombre se introduce un par de metros más entre los matorrales rastreros, se detiene frente a otra yuca de menor tamaño -pero con más ramificaciones- y arranca con el gancho el ramillete de flores. El niño grita “¡Apá!” mientras señala con una mano a una pareja de conejos que corren despavoridos entre los arbustos cuando el manojo golpea el suelo. El hombre los mira de reojo y hace un puchero de amargor: tal vez recordó que olvidó cargar con la resortera, el arma portátil casera que hubiera hecho la diferencia para la cena.

El hombre camina hacia otra yuca, conocidas también como árboles de Josué. Son de crecimiento lento -dos centímetros por año- y pueden vivir hasta 200 años; pero esto tal vez él no lo sabe. Las niñas no paran de reír ni de manotear en la caja de la camioneta. El niño no despega la mirada del hombre, quien ahora recoge los montones de flores y los va metiendo en un costal blanco y deshilachado que tenía metido -doblado- en el resorte del pantalón. Al terminar, se pone el costal sobre el hombro y sale de entre la maleza. El niño se acerca, presto para ayudarlo. Jala el costal del hombro y lo deja caer en la caja. El hombre sonríe mientras el pequeño se acomoda el costal entre las piernas, se sienta y pone los antebrazos sobre las rodillas. La camioneta arranca envuelta en una nube de humo. 

La escena fue como una imagen rupestre grabada en la cara del cerro. Una alegoría de una ciudad "moderna" donde no se ve gente arrancando comida de los árboles porque, para empezar, ni árboles hay.  Un suceso poco común, que tal vez no vuelva a repetirse porque no volverán a florecer las yucas. O quizás el próximo año me vuelva a topar a este hombre con el mismo palo largo, pero en vez de tener un gancho en la punta para cortar ramilletes de flores, tendrá un rodillo para pintar las paredes de las flamantes residencias.

lunes, abril 29, 2013

Aventuras en una sexshop

Ir de compras me pesa como no tienen una idea. Sólo lo hago cuando mis camisas tienen una tonalidad amarillenta en la parte de los sobacos o cuando mis zapatos están más jodidos que los del Chavo del 8; siendo esta última la razón por la que tuve que ir a un centro comercial a comprarme "papos" nuevos.

Pero como no me gusta andar paseando entre aglomeraciones de personas, ni viendo aparadores, ni probándome zapatos como una mujer; primero los busco en Internet. Pongo en Google: "Papos chiditos", y ahí me aparecen un chorro de opciones. Elijo el modelo más elegante, veo en qué tienda lo tienen, compruebo que tengan de mi talla, me cercioro en qué centro comercial está la tienda en donde los tienen y voy directo por ellos, sin hacer escalas en ninguna parte, para así estar el menor tiempo posible rodeado de compradores compulsivos y empleados incompetentes y… gente en general.

Y eso hice precisamente la semana pasada. Me lancé por mis zapatos Flexi directamente a la tienda del centro comercial en la que los tenían, y, una vez que los pagué, salí corriendo de ahí para alcanzar los quince minutos de tolerancia del estacionamiento. Pero, ¡oh, sorpresa!: una mujer extraña me interceptó bajando las escaleras eléctricas, dándome un volante y ofreciéndome pasar a “un nuevo concepto en tiendas”. Cabe aclarar que cuando iba bajando por las escaleras vi que dos personas habían ignorado bien feo a la señora, y pues se me hizo gacho hacer lo mismo porque, podré odiar los centros comerciales y al mundo entero, pero tengo corazón de pollo, snif. Total que la señora me dijo que sólo quitaría cinco minutos de mi tiempo, pero obviamente también me quitaría los 15 pesotes del estacionamiento. Y pues ya, resignado y no teniendo de otra, entré en el local. Era una sexshop.

La señora, muy amable, me dijo: “Deme su mano”, y yo bien obediente se la di. La mujer tomó un botecito de una vitrina con peluche rosa y me embarró una crema en la muñeca; la frotó y me dijo que la oliera. Obedecí. “Es para estimular la vagina de su pareja”, me dijo· “Es comestible. Sabe a fresa. La puede lamer”. Y como yo andaba de obediente, pues me chupé la muñeca y, en efecto: sabía a fresa. Cuando quité el mejunje  de mi mano y me disponía a despedirme con un: “Muchas gracias, pero no me interesa; yo uso pura salivita”,  la mujer me dijo: “Espere: todavía no termino”, y me jaló a otra parte de la tienda y tomó  otro botecito de otra sección de la vitrina, en donde se apreciaban consoladores de todas formas, texturas, tamaños y colores. Y me puse nervioso, snif. “Deme su mano”. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, pues, por los nervios, pensé que había dicho: “Deme su ano”; pero no. Aunque no niego que todavía levanté la mano con cierta desconfianza, pues pensé que la ñora me iba a pedir que sostuviera uno de los viborones que tenía en exhibición. Pero no. La señora me puso el aceitito del bote y me lo  frotó en la muñeca. “Éste sabe a coco”. Al querer lamerlo, como hice con la crema, la ñora me dijo: “Éste es para la estimulación anal”. ¡Ay, güey! Hasta me dieron ñañaras y salté pa´tras con la lengua de fuera. “Es comestible, no tema: chúpelo con confianza"; pero como que ya no se me antojó probarlo y sonreí y  mejor me lo embarré en el pantalón.

Todo esto podría parecer algo bien chido, como el inicio de una película porno hardcore; pero nel. En serio que yo ya me quería ir a la chingada de ahí porque me iban a cobrar 15 pesotes en el estacionamiento y porque las agarraderas de la bolsa en donde traía la caja de los zapatos nuevos empezaba a calarme. Pero la vieja nomás no me dejaba porque no paraba de hablar y de jalarme con la mano a otra sección de la larga vitrina que atravesaba el local de pared a pared. Y me siguió mostrando cosas: esposas forradas con terciopelo y con peluche, bolitas chinas para el chikistrikis, pequeños plumeros para estimular entre los dedos de los pies, mazos de póquer para jugar a encuerarse, libros del Kama sutra, libros de sexo tántrico, libros con posiciones bien locas, catálogos de lencería, catálogo de disfraces, calzones con pitos de goma… Neta que me sentí un menonita panista ultraconservador con respecto a mis prácticas sexuales al verme rodeado de tanta cosa maniaca, snif. Y la señora hablaba y hablaba: que si el ano, que si “de a perrito”, que si “los testículos depilados chopeados en chocolate derretido”... Neta que estuve a punto de decirle: “¡Ya bájele de tono, pinche vieja, que se me está parando!”. No, no es cierto. No se me estaba parando… Bueno, nomás un poquito.  

Y pues ahí estuve escuchándola más de media hora, nomás asintiendo, pensando en los 15 pesos que había perdido y aguantándome el dolor de la palma de la mano por el peso de la caja de los zapatos. Hasta que en una de esas pausas en que la mujer quiso tomar aire, le dije que muchas gracias, pero que no iba preparado económicamente para adquirir sendos objetos de placer. Al escuchar esto, la señora puso carita triste, se sacó una tarjeta de las chichis, me dio las gracias por mi tiempo y me dijo que volviera pronto. Y salí de ahí. Con el pito parado. ¡No, no es cierto!... Bueno, nomás tantito.

martes, abril 23, 2013

Amor tlacuache








El fin de semana vi a una pareja de tlacuaches apareándose. Permanecí casi dos horas contemplándolos en silencio mientras el amanecer iba clareando la ciudad. Fue un espectáculo conmovedor. Como pocos he visto en mi vida. El macho lamía el lomo de la hembra con algo que parecía más ternura que instinto animal.

Para los que no lo saben, el tlacuache es de los pocos marsupiales que hay en el continente americano y el único que habita en México. Hace algunos años, en la ciudad de Monterrey, solía haber bastantes de estos animalitos. Abundaban en mi barrio antes de que todo fuera calles y casas; cuando podía cruzar la colonia de lado a lado balanceándome de rama en rama sin pisar una sola vez el suelo. Pero, como pasa en todas partes, la urbanización le ganó terreno a la naturaleza. Los tlacuaches comenzaron a aparecer atropellados o molidos a palos en las banquetas, pues, en su ignorancia y carencia de sensibilidad, mucha gente los veía como plagas: como ratas gigantes que esparcían sus enfermedades y los desperdicios de las bolsas de basura que roían para comer. Hasta que desaparecieron, como lo hicieron otras especies.

Tal vez a algunos de ustedes esto de la pareja de tlacuaches apareándose no les diga mucho, pues en una ciudad como Monterrey –que nunca ha tenido esa "contraparte verde” debido a que se desarrolló en base al concreto, el acero y el vidrio-, los motivos de asombro son otros; pero para mí, este tipo de acontecimientos -aparentemente insignificante por ser una función natural- son importantes y están llenos de sentido. Ser testigo de algo así me recuerda que la vida siempre busca un camino para permanecer; como lo hace el cactus que se aferra a la pared de roca o los dientes de león que brotan sobre la banqueta de alguna concurrida avenida.

La vida se abre paso. Tal vez no tan rápido como el progreso y la modernidad, que lo depredan todo; pero lo hace a su ritmo. O al que le hemos impuesto. Pero lo hace. Me lo recuerdan los tlacuaches -y los colibríes, lagartijas, mariposas y urracas- que antes no veía con tanta frecuencia y que ahora veo casi a diario.

miércoles, abril 17, 2013

Parkour


Y para todos los que me preguntan que qué pedo con El Escuadrón Retro, que cómo se me ocurrió tal mafufada, etcétera; ahí les va más o menos una respuesta:

Creo que dibujé al Escuadrón Retro por primera vez cuando me entró la crisis de los 30, por ahí del año 2007. A diferencia de muchos treintones, a mí no me angustió el hecho de no estar casado, no tener hijos ni haber obtenido un crédito para comprar una casa (los guapos no tenemos tiempo para eso :P). A mí me golpeó la absurda y cursi obsesión de querer volver a ser niño y –obviamente– no poder, pues mi infancia –como la de muchos– ha sido la etapa de vida que más he disfrutado. Y cómo no, si trepaba árboles, construía fuertes en montes baldíos, me bañaba en la lluvia, fabricaba paracaídas con bolsas para la basura, aparecía un dinosaurio oprimiendo un botón de mi reloj y me volvía invisible oprimiendo otro; mi bicicleta volaba, mi cuarto tenía pasadizos secretos que conducían a tesoros y podía tener el mar en casa tapando con un trapo la coladera de la regadera. Todos esos sueños y juegos imaginativos; todos los recuerdos; toda la inocencia y libertad de aquella etapa -que muchas veces olvidamos en el proceso de convertirnos en adultos-, todo lo rescaté para crear estas tiras.

Pero ¿qué pedo con los personajes principales?

Bueno, pues me tocó vivir una época en la que las mamás se enamoraban de Tom Selleck, no se perdían la telenovela Cuna de Lobos y bebían TaB: un refresco bajo en calorías que contenía un endulzante cancerígeno y prometía figuras esbeltas. La primera y única vez que probé -y escupí- esa madre, me supo como si hubiera pegado la lengua en el polo positivo de una pila doble A. Aunque muchos decían que "sabía a medicina", pero nunca especificaban a qué medicina. Recuerdo que mi padre –enemigo público número uno de la comida chatarra– regañaba a mi mamá cada vez que la veía bebiendo una lata de ese nefasto brebaje que terminó por convertirse en la Coca Cola Light, y que mi madre sigue bebiendo a pesar de los regaños de su marido.

Fue también cuando se puso de moda una consola de videojuegos muy sencilla, pero espectacular para aquellos años. Atari 2600, se llamaba. Bastaba un cuadro negro con palanca, un botón anaranjado y mucha imaginación para derribar naves extraterrestres o manejar un coche de carreras que más bien parecía una mancha cuadriculada. A diario nos juntábamos en la casa del niño rico de la cuadra –el único al que sus papás le habían comprado el aparato en Houston– a jugar los cartuchos de Pac-Man, Dig Dug, Frogger, Pole Position, Jungle Hunt, Asteroids y Space Invaders.

Fue precisamente en casa del Pollo -el niño riquillo de la cuadra- que descubrí dentro de un cajón –mientras esperaba mi turno en el Pac-Man– el cubo Rubik. Esa tarde me olvidé por completo del Atari, me senté en un sillón e intenté poner de un mismo color las seis caras del novedoso rompecabezas. No pude formar ni siquiera una. De hecho, es fecha que no lo he logrado. De la única forma que podía hacerlo, era despegando y volviendo a pegar los cuadritos adhesivos de colores o pintándolos a mi antojo con Pincelines.

Muchas cosas marcaron mi infancia, pero las tres anteriores fueron las primeras que me vinieron a la mente cuando se me ocurrió crear a los tres personajes principales del Escuadrón Retro.

Así fue.

miércoles, abril 03, 2013

Con el cerro a un costado


Salgo de casa a las once de la mañana, con un sándwich de jamón con queso y un litro de agua de papaya en la panza. El recorrido al trabajo dura aproximadamente 35 minutos en coche. El Cerro de las Mitras me acompaña al costado izquierdo durante casi todo el camino, hasta que tomo la desviación del libramiento y la imponente masa de piedra y hierba queda a mis espaldas. Hay partes en donde todavía no construyen los fraccionadores, pero no tardan. Las mallas ciclónicas en medio de la nada anuncian el inminente final de miles de metros de arbustos rastreros y árboles de Josué; o yucas, como mejor los conocemos aquí. Durante estas fechas también pueden apreciarse las flores blancas de las anacahuitas y el amarillo intenso de las retamas floreciendo. En algunas partes donde el campo está cercado, hay lonas que anuncian la próxima construcción de un fraccionamiento exclusivo: “Cumbres Allegro”, “Cumbres Bonanza”, “Cumbres Premier”… Un Seven Eleven y una gasolinera desentonan con el paisaje agreste. El contraste me recuerda el chiste aquel de que lo primero que habrá en Marte será un McDonald´s o una de estas tiendas. 

En mis días libres subo hasta acá en bicicleta. Hay algunas veredas por las que puede andarse. Se ven conejos, culebras, lagartijas y gavilanes, hasta que uno se topa con pequeños claros desmontados desde la raíz por maquinaria pesada. El golpe de realidad es duro como el concreto. Pienso que si tuviera dinero, me gustaría ser el dueño aunque fuera de una hectárea. Haría un parque estatal. Un parque ecológico como el de árboles de Josué en California. Con senderos para cross-country, letreros informativos sobre la vegetación y la fauna del lugar, y áreas para acampar. O tal vez construiría un pequeño resort autosustentable. Unas ocho o diez cabañas, y haría actividades diurnas, como tours en bicicleta y safaris fotográficos; y actividades nocturnas, como fogatas y terraza con telescopios para contemplar el cielo. Tendría tarifas especiales cada luna llena y cada que hubiera lluvia de estrellas. Los niños entrarían gratis y se permitiría la entrada a mascotas. Pero de seguro mi plan no es tan redituable como un fraccionamiento.


Tomo el libramiento. El cerro queda atrás. Es la hora de los tráilers. Bajo la velocidad y comienzo a esquivarlos. Un señalamiento verde anuncia que he entrado al pequeño municipio en donde trabajo. Ha dejado de ser el área rural que era hace 25 años, pero no deja de ser un rancho. La diferencia es que donde antes había ejidos ahora hay casas de interés social. No son como las que harán en “Cumbres Allegro” y “Cumbres Bonanza”; estas casas son de un piso y una recámara, con nombres más modestos y absurdos: “Villas Campestres”, “Riveras del Prado”, "Elite Estrella".

Recuerdo que un amigo de la infancia nos invitaba al rancho donde vivían sus abuelos, que quedaba por estos rumbos. El camino me parecía larguísimo. Sentía que viajaba a otro país. Veníamos los fines de semana a nadar en una pila de concreto, a corretear gallinas y montar a caballo. La abuela de mi amigo sacaba agua de un pozo, mataba víboras con machete para secar su carne, ordeñaba vacas y chivas, hervía la leche y nos preparaba panes y tortillas con nata. Nada de eso queda: ni los abuelos de mi amigo, ni los pozos de agua, ni los corrales con animales ni la leche hace nata. Ahora todo es un yermo extenso de donde se elevan nubes de polvo.

Me comentan en el trabajo que los ejidatarios vendieron sus terrenos a las constructoras. Que recibieron buen dinero por ellos. "Un pago justo". Eso dicen. No me consta. Había familias que poseían tierra en donde cabían 20 ó 30 casas de interés social. Pienso que por más justo que haya sido el pago, no creo que se compare vivir en una casa de ésas a vivir en un ejido. Es como enjaular a un cenzontle. Los ejidatarios cambiaron -o los obligaron a cambiar- su patio de tierra con pozo de agua, aves de granja y perros que correteaban entre mezquites y huizaches, por un patio pavimentado de seis por dos metros que seguramente terminará convertido en lavandería o en un cuarto extra. 

Es el costo del progreso que, al parecer, tenemos que pagar aunque no queramos.

viernes, febrero 15, 2013

Los genios incomprendidos no se crean ni se destruyen, sólo se transforman... en Godínez

Nos reúnen en una sala amplia. Nos sientan frente a un escritorio con divisiones, viendo hacia la pared. Tenemos del lado izquierdo un bolígrafo, un lápiz y un borrador. El bolígrafo es para el primer ejercicio: escribir en una cuartilla una autobiografía. No sé cómo empezarla. 

En el fondo quiero sacar de onda a quien o quienes la lean. Sorprender. No quiero que crean que tengo alma Godínez; que soy cualquier persona. Suena mamón, lo sé. “Pues ¿qué chingados se cree este güey?”, de seguro han de pensar. Pero acepto que quiero que noten que soy diferente. Igual y ni lo soy, pero lo quiero. Que cuando lean lo que escribí, digan: “¿Qué hace una persona como ésta pidiendo trabajo aquí? Es más: ¿qué hace siquiera pidiendo trabajo? Deberían pagarle sólo por ser quien es”. 

Se me vienen a la cabeza varias ideas, pero ninguna me convence. Empezar con un: “Nací bajo el signo de Escorpión” es muy cliché. Aparte, mencionar signos zodiacales es de Godínez que leen revistas de chismes del mundo espectáculo. Podría empezar con: “Hijo de un médico veterinario y una cariñosa ama de casa; hermano de una maestra que vive en el exilio y una nutrióloga”, pero también está muy cliché. Esas entradas que mencionan a la familia las utilizan mucho los escritores famosos para parecer terrenales, o para no sonar pretenciosos; para restregarnos en la cara su éxito diciendo que lo mejor que les ha pasado es lo que todos tenemos por de faul. 

Comienzo mi escrito con un: “Desde niño estuve rodeado de animales”. Si en verdad alguien lee estas pruebas mamonas, de seguro esto los ganchará. Tiene jiribilla. Me gusta. La siento “distinta”. No creo que alguien con mentalidad Godínez redacte algo así. Todos deben de ser aburridísimos. Han de empezar poniendo sus nombres, la fecha y el lugar donde nacieron y sus logros. De seguro enumeran sus diplomados y todas esas conferencias con valor curricular. Es lo que más les importa. 

De pronto, ya voy a más de media página y no he acabado de escribir acerca de mi infancia, y me pongo paranoico. Van a creer que tengo el síndrome de Peter Pan, que nunca crecí, que estoy enchichado o atrapado en los ochentas. Me apresuro a ponerme serio, a escribir algo sobre mi vida laboral, cualquier cosa; y termino la autobiografía con una frase poética, algo así como: “…me gusta dibujar porque así puedo trazar mi propio destino”. Una mamarrachada, lo sé; pero hay que darle algo a los Godínez que leerán esto. Tirarles un hueso. 

Después nos piden que tomemos el lápiz, pongamos el librito de actividades horizontalmente y dibujemos una casa. Yo dibujo una de techo de dos aguas, de un piso, con dos ventanas; en la cima de una montaña. Por un lado dibujo dos árboles que sostienen una hamaca que da a un acantilado donde está el mar. Después nos piden que pongamos de nuevo de manera vertical el cuaderno de ejercicios y dibujemos un árbol. Lo dibujo frondoso, de tronco grueso, con pajaritos y mariposas revoloteando. Detallo el tronco con todas sus líneas y arrugas. Pongo también algunas hojas cayendo. Tal vez las hojas cayendo den información extra a los psicólogos; quizá les digan que soy especial... o tal vez esté de más dibujarlas. 

Después nos piden dibujar una persona de cuerpo completo. Nos advierten que no se vale usar palitos y bolitas. Que hagamos un esfuerzo extra: que tratemos de hacer un dibujo lo más parecido a una persona de carne y hueso. Pan comido para mí. Aunque me tardo más que los demás porque me vuelvo a meter en detalles: sombras, uñas, pelo, arrugas de la camisa.
En otra hoja hay que dibujar a una persona del sexo opuesto al dibujo anterior. Trazo a una mujer con el cabello recogido, lentes de pasta y una falda arriba de las rodillas. Por alguna extraña razón, se me ocurre colgarle una cámara fotográfica al cuello. Igual y les da información extra a quienes evalúan este rollo.

Luego nos dicen que inventemos una breve historia -de cinco o seis renglones- sobre el hombre y otra sobre la mujer. Y me esfuerzo otra vez para que vean que no soy cualquier persona; que no seré un Godínez cualquiera, y escribo detrás de la hoja del dibujo del hombre lo siguiente: “Fernando camina por la calle. Se dirige a un partido de fútbol. Se pregunta si encontrará al amor de su vida. Después se arrepiente y se concentra en el juego, sin saber que ya es el amor de la vida de alguien: alguien a quien nunca ha visto pero quien a diario lo observa”.
Detrás del dibujo de la mujer, escribo: “Alejandra es fotógrafa de eventos sociales. Un día, mientras fotografiaba a unos recién casados, se le disparó su cámara accidentalmente, capturando la imagen de un grupo de jóvenes jugando al fútbol en el parque de enfrente. Al llegar a su estudio, Alejandra se percata de la foto. Uno de los hombres llama su atención y se enamora perdidamente de él. Ella no sabe que ese hombre está dibujado una página antes que ella”.

Ah, sí: a mí respétenme culeros, yo no soy ni seré cualquier pinche Godínez. Les repito: cuando vean mis dibujos y lean mis historias, mínimo quiero que digan: “Es el genio que estábamos esperando”. ¡Mínimo! 

Ya por último nos piden dibujar a una persona bajo la lluvia. Comienzo a hacer pequeñas rayas diagonales sobre el papel. Después, dibujo a un hombre de traje y corbata; riendo a carcajadas. Está empapado. Tiene las manos a la altura de los hombros, en forma de cucharas, tocando las gotas que caen mientras la gente a su alrededor corre para todo lados. Me piden que escriba una historia sobre ese hombre. Igual: entre cinco y seis renglones. Pero esta vez sólo me sale uno: “Cada que llovía, Gustavo olvidaba el paraguas en casa… intencionalmente”. Y la prueba finalizó

Díganme ustedes, Godínez expertos: ¿alguna vez dibujaron o escribieron algo así en sus pruebas de confianza; o llegaron a pensaron algo similar mientras realizaban las pruebas psicológicas de su empresa? Porque si así lo fue, ¡a la verga el mundo!: somos unos pinches genios y no tenemos nada que estar haciendo de Godínez. Merecemos que se nos estudie, que se nos alabe, se nos ponga de ejemplo y que se nos pague sólo por existir. 
Por cierto: ¿algún psicólogo que amablemente se preste a interpretar mis dibujos?, ya de perdido para dejarme de mamadas, dejarme de sentir diferente e irme resignando ante mi posible situación godinezca, snif.

miércoles, enero 30, 2013

Código 1000: chúpale la cola al albañil

No sé si estén familiarizados con el código 1000, pero a continuación se los explico brevemente. El código 1000 es un grupo de números que sustituyen palabras, y son usados por los cuerpos policiacos y los radioaficionados. Cuenta la leyenda que el código 1000 fue creado en el sexenio de Díaz Ordaz, durante las olimpiadas del 68, y que el objetivo de esta mamada era -y es- comunicarse a través de frases cortas para así evitar la obviedad en las comunicaciones entre polis, para acortar las transmisiones y para que no se gastara la batería de los radios portátiles. Recuerden que antes vivíamos como animales: sin Twitter ni Facebook, puro teléfono, walkie talkie y programas de Verónica Castro.

En lo personal, el código 1000 me parece algo así como los "emoticones", como escribir como fotologuero -tragándose letras y poniendo las que no son- o como los gruñidos de los animales; no por nada el código 1000 se inventó cuando el presidente de México parecía -y era- un pinche chango. Pero bueno...

De entre todos los trabajos temporales que alguna vez tuve antes de convertirme en El Bloguero Más Sexy del Sistema Solar, hubo uno en el que hablaban en código 1000. Al principio fue algo bien cabrón adaptarme, pues es como si todos hablaran otro idioma y uno se siente en una maquiladora de esclavos chinos y nomás hace como que entiende y asiente, o se ríe, o pone cara de pendejo. Me acuerdo que el primer día, nomás llegando a mi nuevo cubículo, entró un oficial muy serio a decirme:

-Licenciado: hay un 24 por 57.

Yo, queriendo parecer la mera verga en eficiencia, le respondí:

-1368.

-¿Cómo dijo? –preguntó el uniformado.

-Le digo que 24 por 57 da un total de 1368. De nada.

El oficial se me quedó viendo, incrédulo.

-Eeeeh… 24 significa “detenido” y 57 significa “asalto”, señor. Cayó un detenido por asalto.

-Aaaaah… je je je… -y me cubrí el rostro con mi rebozo, de la vergüenza que me dio.

Después ya me acostumbré al nuevo idioma, pero no del todo. Hablar con números es muy raro y uno se imagina cosas que no son. Por ejemplo, el número que más decían era el 24, que, como les dije, es el de los detenidos; pero cada que alguien mencionaba: “¡Llegó un 24!”, yo me imaginaba que era un 24 de cervezas y que era hora de encuerarse, subirle a la música y comenzar la fiesta, snif.

Otro número que me causó problemas fue el 7. No es nada cabalístico, ni de buena suerte, ni esas jaladas en las que cree Madonna. El 7 significa “fuera para comer”. Entonces, cuando me decían: “Vamos al 7, ¿gusta acompañarnos?”, pues yo me les pegaba porque tenía mucha hambre; pero resultaba que el 7 lo utilizaban de manera literal, pues llegábamos al pinchurriento 7 Eleven y ahí mis compañeros se atascaban de sopas Maruchan, hotdogs, bolsas con semillitas de calabaza y refrescos de medio litro. Y pues yo me jodía y tenía que comprar mi comida ahí, como vil estudihambre. Pero luego pasaba todo lo contrario, porque ya saben que la Ley de Murphy es la única que rige el universo; entonces, cuando me volvían a invitar “al 7”, les decía que no iba, y resultaba que regresaban de comer mariscos en un restaurante bien chingón y yo les reclamaba diciendo que yo pensé iban a ir al 7 Eleven y me decían que 7 significa “fuera para comer” y yo eso ya lo sabía y total que era un pinche revoltijo y puros malentendidos.

Repito: hablar con números es muy raro. Ningún número tiene que ver con lo que uno puede imaginarse u obviar. Cualquier persona medianamente inteligente pensaría que un 69 significa delito sexual o que un 41 es una acción homofóbica, pero nel: 69 significa “artefacto explosivo” y 41 es “hacer contacto”, pero no contacto pene-culo, no. El único número del cual pude deducir su significado por lógica simple, fue cuando pregunté por un Licenciado y me dijeron: “Está en 7 invertido”, y pues si 7 es comer, 7 invertido es “descomer”. Y sí, a los 5 minutos salió el Licenciado del baño, limpiándose el sudor con un pañuelo y pidiendo cerillos para disimular la hediondez del pozole "descomido".

Fue bonito mi trabajo en donde todos hablaban en código 1000, snif.

jueves, enero 24, 2013

Historias de taxi narradas por otro pendejo que no es Arjona

Si ando solo, me caga subirme en el asiento trasero de los taxis. Se me hace una actitud medio altanera, algo así como: “Yo soy el patrón y tú me tienes que llevar a donde yo te diga, esclavo inmundo”. Bueno, en el fondo sí es algo así, pues tengo ojos verdes y eso me hace superior a cualquier ser humano; pero tampoco hay que mamarse, chavos. ¿Para qué andar exaltando esos complejos genéticos y clasicistas nomás por convivir?

Yo por eso cuando necesito tomar un taxi, me subo en el asiento delantero; para no andar sintiéndome más que el prójimo. Pero subirme en el asiento de adelante también es un problema, pues la cercanía con el chofer es tanta que me incomoda ir en silencio. No es que yo sea un individuo muy pinche platicador que digamos, pero en los taxis no soporto que haya silencio porque el silencio da pie a que le suban a todo el volumen del estéreo con la música más culera que ha inventado la raza humana: el reggaeton.

Por lo tanto, lo que hago es que si el taxista no me saca plática –raro en ellos-, yo empiezo la conversación. Confieso que esto lo hago con toda la intención de que le bajen al volumen y de hacerme “el cliente buena onda”, pues siempre me imagino que los taxistas son asesinos seriales y que si les caigo bien por mi plática, tal vez digan: “¡Órale!, a pesar de tener los ojos verdes, este chavo es bien buenas ondas. No lo voy a descuartizar”. Quizás nunca lo sepa a ciencia cierta, pero no tengo la menor duda de que alguna de mis pláticas buena onda me salvó el pellejo en más de una ocasión.

Total que lo primero que hago estando sentado en el asiento del copiloto, es preguntar: “¿Y el taxi es suyo o lo renta?”. Esta pregunta nunca falla, pues de ahí surgen cuestionamientos suficientes como para no ir en silencio o escuchando mierda durante el trayecto; preguntas como: ¿Cuánto paga de renta?, ¿Cuánto gasta de gasolina?, ¿De qué hora a qué hora trabaja?, ¿Lo han asaltado?, etc. Confieso que siento un alivio en mi lado humano –ése donde se encuentra el corazón de pollo- al escuchar que el taxi es propio. Los taxistas que rentan sus coches me dan algo de lástima porque las pinches rentas rondan entre los 350 y los 450 pesos, dependiendo de qué tan madreada esté la unidad; por lo que me imagino al pobre hombre trabajando en chinga medio día para sacar apenas los 450 pesos de ley para, ya después de la joda que se metió, ahora sí empezar a sacar lo suyo y de su familia. De cierta forma los admiro. Si yo fuera ellos y no sacara la renta, abandonaría el taxi a la verga y ahí que alguien vaya por él y que el pinche dueño culero y explotador chingue a su madre.

Volviendo al tema de la plática: ya entrados en confianza, algunos taxistas me dicen que “sí sale buena lana; nomás chingándole”. Otros -casi siempre los que renta el taxi- dicen que “sale nomás pa´ la botana”, y lloro por dentro, snif, y ahí sí aplico mi política de redondeo, ésa que aplican Soriana y demás cadenas de tiendas criminales: si la carrera es de 42 pesos, les doy 50 y les digo que se queden con el cambio; si son 85, les dejo el billete de 100 completo (¡Denme el Nobel de la Paz inmediatamente: lo merezco!).

Todo este rollote se los platico como introducción porque no sé escribir y digo cosas a lo pendejo y sin orden, ni pies, ni cabeza y porque hoy en la mañana me subí a un taxi y el chofer resultó ser muy platicador. El vato traía lentes oscuros, el pelo parado -de cepillo- y una camiseta negra con una máscara de lucha libre estampada. Cuando le pregunté sobre su playera, el chofer me confesó que, aparte de ser taxista, era luchador. “¡Órale, qué chido! ¿Y ésa es su máscara o qué?”, le pregunté señalando su camiseta. "Nel, yo no uso máscara, compirri. Yo soy de la escuela luchística del legendario Pierrot después de que le quitarán la máscara", me respondió orgulloso, y yo nomás hice una expresión facial de ¡a-la-verga-con-este-vato! Total que llegamos a un semáforo en rojo. El chofi me volteó a ver y me preguntó: “¿No me reconoce?”, y se empezó a subir y a bajar los lentes. “¿No me reconoce?”, repitió, haciendo el mismo ademán de los lentes saltarines. Yo nomás me le quedaba viendo con cara de pendejo, pensando que era una broma. Cuando la luz se puso en verde, tuve que responderle muy apenado que yo no era muy asiduo a la lucha libre. “Ah, con razón no me reconoce”, me dijo, con el orgullo zurcido. “¡Soy el Canelo Casas!".

En mi puta vida había escuchado hablar del Canelo Casas. Lo primero que me vino a la mente fue un cabrón trepado en un cuadrilátero con un calzón en la cabeza a manera de máscara. Para contener la risa que me provocó la imagen -y para bolearle un poquito el ego al tal Canelo- le dije: “¡Ah, cómo de que no!, sí he escuchado su nombre y bla bla bla”. Total que le caí bien por mi plática buena onda que me volvió a salvar de ser descuartizado y me dijo que el próximo domingo pelea contra Big Neurosis y El Símbolo (sepa vergas quiénes son ésos) y que estoy cordialmente invitado. Me dijo que nomás pregunte en la entrada por el Canelo Casas y que él sale y le dice a los guardias que me dejen pasar. Voy a llegar a la arena "El Jaguar" -como me dijo que se llamaba el congal- con lentes oscuros, y, cuando lo vea, me los voy a hacer par arriba y para abajo, y le voy a decir: “¿Sí me reconoce?”.

viernes, enero 18, 2013

La noche que bajó la Osa Mayor

Oscurece a las seis de la tarde y el contorno del cerro se transforma en la silueta de un animal gigantesco que parece dormir a un costado del pueblo. Las calles –con agujeros y parches, como muelas- se llenan del olor a leña de encino y mezquite que los habitantes queman a diario para cocinar y resguardarse del frío. La noche clara y profunda me recuerda que dentro del maletín cargo “El Enamorado de la Osa Mayor”, novela autobiográfica de Sergiusz Piasecki que no he podido terminar. Ni siquiera voy a la mitad. Espero que la jornada laboral esté tranquila, para dedicarle tiempo a las andanzas de esos contrabandistas que se jugaban el pellejo entre las fronteras boscosas de Polonia y Rusia. Muchas páginas del libro me han recordado las noches que pasé acampando en el bosque canadiense; remando en la penumbra donde es imposible medir las distancias, alejándome de la orilla para tumbarme en el piso de la embarcación a contemplar las estrellas. Dicen que las noches en el bosque no son para los ojos, sino para los oídos. Yo pienso que las noches, en general, son para todos los sentidos. La inmensidad del monte siempre aviva el sentimiento de soledad del ser humano. Más aún cuando se está en tierra ajena y el único guía y acompañante es el firmamento. Incluso en este pequeño poblado, el sentimiento es el mismo. La noche es noche. Su grandeza es la misma en todas partes. Antes de entrar al edificio, me detengo a buscar la Osa Mayor. No la veo, a pesar de la claridad del cielo. Bajo la mirada y contemplo de nuevo el contorno del cerro. Es como un gigantesco animal durmiendo a un costado del pueblo. Es la Osa Mayor.

sábado, enero 12, 2013

Atardecer de invierno después del fin del mundo

Una línea de asfalto que parece interminable se extiende frente al parabrisas del coche. A un lado del camino hay tierra, yucas y matorrales; al otro, más tierra y el Cerro del Fraile, que se eleva con todo el esplendor que puede otorgarle un atardecer de invierno a casi un mes del fin del mundo.

Las yucas son de la especie brevifolia, una agavácea conocida también como árbol de Josué. No puedo  evitar recordar el primer casete de U2 que compré y la inocente sensación de escucharlo completo en el estéreo del pequeño estudio que tenía mi padre en casa. Aquella tarde, tirado en el sillón que estaba a un lado de las bocinas, imaginé lugares con "calles sin nombre"; lo que nunca imaginé fue que veinte años después "seguiría sin encontrar todo lo que andaba buscando".

La interferencia de la radio comienza a raspar el aire y decido mejor apagarla. Me quedo a solas con el paisaje desértico y el silencio. Y uno que otro insecto que se embarra en el vidrio.

Kilómetros adelante me orillo del lado del Cerro del Fraile. Tengo ganas de orinar. Volteo para ambos lados de la carretera antes de desabotonarme el pantalón, para cerciorarme de que no vengan patrullas. Una vez me quisieron llevar detenido por orinar entre la hierba frente al acotamiento. No había baños en cien kilómetros a la redonda, pero sí había patrullas vigilando que nadie orinara. Absurdo. 

Sopla el viento. La tierra se desprende como si fuera humo y se combina con el vapor de la orina. Las hebras de pasto se mecen haciendo un sonido similar al del radio cuando no agarra señal. Contemplo la textura accidentada del cerro. Parece un gigante abatido. Siento como si me fundiera con la tierra y el cielo, hasta que un escalofrío me sacude el cuerpo y unas gotas de meados mojan mi mano, arrebatándome del trance.

Me seco el costado de la mano con el pantalón y subo al coche. Continúo manejando por la línea recta que parece no tener fin. Me gustaría que esta carretera llevara al mar. Me pregunto cómo sería yo de haber nacido en el mar. Siempre he pensado que la geografía moldea nuestra esencia; nuestra forma de vivir y ver la vida.

La radio sigue transmitiendo interferencia. Como mi mente.

lunes, enero 07, 2013

“Comenzar de nuevo”: una de las máximas favoritas de los seres humanos. He de reconocer que suena bien la frasecita. Se lee esperanzadora. Incluso poética. “Comenzar de nuevo”. ¡Ahijuesupinchemadre! Hasta chinita se pone la piel.  

Pensamos en "un nuevo comienzo" –lo que sea que eso signifique- y de inmediato aparece frente a nosotros una carretera que se pierde en el horizonte; un camino iluminado por esos rayos de sol que bajan como columnas de entre las nubes para indicarnos el trayecto.

La incertidumbre provoca efervescencia en el cuerpo. Lo inmaculado siempre emociona. La perfección, obsesiona. Supongo que por eso los humanos tienen ese afán de “volver a empezar”. Cada que “empiezan de nuevo” -según ellos- pretenden borrar por arte de magia una historia imperfecta; un pasado que no es otra cosa que experiencias, que no son otra cosa que alimento para el espíritu –lo que sea que eso signifique- y la memoria. 

Imagino que quienes agarran esa filosofía de Empezar de Nuevo se ven a sí mismos como máquinas. Como computadoras que fallan y deben obedecer a una voz divina que les dicta: “Apágate y vuélvete a encender”. Y nada cambia. El disco duro sigue igual. Con todos los archivos y el historial. Supongo también que estas personas ven la vida como si fuera el cartucho de un videojuego al que pueden resetear cada que la cagan o les toca un nivel difícil. Si van a darle reset, neta que mejor ni jueguen. Nomás se hacen tontos. Porque todo eso que quisieran borrar, los convirtió en lo que son, y lo cargarán por siempre. Por eso son patéticos quienes apenas avanzan diez pasos y quieren volverse a poner en sus marcas para escuchar otro disparo de salida. Quieren salir con ventaja y regresar a la línea de arranque cada vez que alguien los rebase o se tropiecen o se lesionen. Y ni empiezan ni avanzan ni acaban y nomás se hacen pendejos como el perro que se corretea la cola.

A mí me gusta más el “Continuará…” que el “Había una vez…” aplicado una y otra vez hasta el infinito. Y sí: en algún momento de mi vida llegué a pensar que cada cosa nueva que hacía era un nuevo comienzo. Hasta que me pareció absurdo, pues comprendí que nada termina. Ni siquiera con la muerte. Todo es un proceso eterno de transformación. Por eso en lugar de “empezar de nuevo”, decidí hacer pausas. Preferí poner puntos suspensivos; cambiar de equipaje y recorrer otros caminos.

Creo que se fantasea con los nuevos comienzos porque, en el fondo, estamos conscientes de que el mundo empezó mal y que, posiblemente, la única solución para mejorarlo, es destruirlo y construir uno nuevo. Es el peso eterno de la imperfecta naturaleza humana obstinada con alcanzar la perfección.  

No pretendan volver a empezar. Volver a empezar es un placebo. Empezar de nuevo es quemar las naves y nunca nadie las quema del todo. Volver a empezar es destruirlo todo y no se puede empezar de la nada. Es caminar en cámara lenta hacia adelante mientras una cortina de humo y fuego se eleva a nuestras espaldas, como en las películas mamonas. No pretendan hacer borrón y cuenta nueva. Eso existe sólo en su imaginación. Caminen en cámara lenta mientras a sus espaldas se queda todo lo bueno, lo malo y lo inservible. Volteen de vez en cuando, para que sepan que ahí sigue, y reafirmen lo que son gracias a lo que dejan atrás para continuar; que es lo que nos empuja para avanzar en ese camino que se aparece enfrente, iluminado por los rayos del sol y que se pierde en el horizonte.

miércoles, diciembre 26, 2012

1500

Si suman 78 más 215 más 168 más 150 más otros 215 más 221 más 212 más 160 más 81, da como resultado 1500. Cada una de las nueve cifras que suman el millar y medio es el número de entradas por año que publiqué en este blog. He publicado mil quinientas entradas en poco más de ocho años. Me llama la atención que el año más "productivo" que tuve fue el 2009 -con 221 posts- y el menos, fue el 2012, con apenas 81. Me parece curioso, pues pensé que este año andaría más inspirado y subiría más cosas a esta humilde bitácora; ya saben,  por los cambios que hice en mi vida y esas ondas, pero no fue así. Supongo que la inspiración nos suelta la mano cuando alcanzamos cierta tranquilidad al encontrar la mayoría de las cosas que buscamos, y que tenemos que volver al caos y a la incertidumbre para que regresen las musas a rescatarnos. En fin. Sólo quería agradecerles por los primeros 1500 posts de este blog. Un abrazo y mil quinientas gracias.

viernes, diciembre 21, 2012

Jorge paseó la mirada por todos los rincones del departamento. Caminó hasta la ventana de la sala y cerró la persiana con un rápido movimiento de manos. Temeroso, tomó la jarra de agua vacía por el asa y se dirigió con cautela hacia su recámara. Abrió el clóset de un tirón con el recipiente de vidrio por encima de la cabeza, pero no había nadie. Se asomó debajo de la cama y dentro del baño y la regadera. Comprobó que se encontraba solo, pero la sensación de estar siendo observado no lo abandonó. Volvió a la cocina, puso la vasija sobre la mesa, tomo un cucharón del cajón del gabinete y se acercó al sobre. Se agachó y lo palmeó con sospecha con el mango del utensilio, para darse una idea de lo que pudiera contener. Lo volteó como si fuera un hotcake y se percató de que no tenía remitente. Pasaron unos segundos hasta que se armó de valor y tomó el paquete con las manos todavía temblorosas, echando vistazos esporádicos alrededor del apartamento. Se puso de pie, abrió la puerta y volteó hacia ambos lados del corredor del edificio, pero no vio a nadie. Creyó escuchar pasos bajando por las escaleras, pero al asomarse por encima del barandal cayó en cuenta que sólo había sido su imaginación.

Jorge se relajó al pensar que la señora Borja de Zulueta había deslizado el paquete por debajo de la puerta, pero, al abrirlo, su conjetura se vino abajo. Del interior del sobre saco un pequeño montón de fotografías tomadas, al parecer, desde un edificio cercano a la plaza Metropolitana. Imágenes de cinco meses atrás, cuando la señora Borja lo había ido a visitar a la oficina que había heredado de su abuelo, en busca de consuelo, mientras su esposo convalecía en el hospital a causa del derrame cerebral.

Jorge no pudo dormir en toda la noche. Una angustia horrible le arañaba dentro del pecho, hasta que el cansancio terminó por cerrarle los ojos casi al amanecer. El timbre del teléfono de su habitación sonó un par de horas después.

– ¿Diga?... –contestó aclarando la garganta.

–Jorge, soy yo, tu vecina. Disculpa la hora, pero mi marido se fue antes de lo normal.

–No, no se preocupe, señora Borja…

– ¿Tienes algo de lo que te pedí, hijo?

–Sí, señora, aquí lo tengo.

–Voy para allá.

Jorge se desprendió de la cama de un salto, se enfundó una playera azul y se dejó puesto el pantalón corto de la piyama. La luz que se filtraba bajo el umbral de la entrada se oscureció cuando la señora Borja golpeó tres veces la puerta. Jorge abrió y la hizo pasar con un ademán amable mientras con la otra mano se aplacaba el cabello.

Le ofreció tomar asiento y algo de beber. Ella agradeció diciendo que acababa de tomarse dos tazas de café y un jugo de toronja, y permaneció de pie. Jorge colocó su computadora portátil sobre la mesa de la cocina y le mostró una serie de fotografías en la pantalla. La señora Borja se mantuvo inmóvil, en silencio, mientras las imágenes desfilaban ante sus ojos. Colocó ambas mano sobre su boca cuando la pantalla se oscureció después de la última fotografía.

–Lo siento mucho, señora Borja…

La mujer acarició la mejilla de Jorge. Sus ojos destellaron por el llanto reprimido, a punto de desbordarse.

–No te preocupes, hijo.

Jorge pensó que no era buen momento para mencionar lo del sobre sin remitente que había recibido la noche anterior, pero no pudo quedárselo callado.

–Señora Borja: anoche me dejaron esto: –dijo, extendiéndole el paquete.

Ella lo abrió, tomó el montón de fotografías del interior y las barajó con rabia ascendente.

–Mi marido estaba en coma… ¡Se iba a morir! -profirió, arrugando las fotos.

Jorge bajó la mirada. La señora de Zulueta dejó caer el montón de imágenes y rompió en llanto.

–Mi marido iba a morirse, Jorge, ¿tú sí lo comprendes, verdad que sí, hijo?

–Sí, señora… lo entiendo.

La mujer se echó hacia adelante y dejó que los brazos de él la envolvieran. Permanecieron en silencio por un rato. Ella sollozaba apoyando el rostro en su hombro huesudo.

–Si mi marido se entera de esto, podré explicárselo. Podré justificarlo. Son muchos años los que llevamos de matrimonio y muchas cosas las que le he aguantado. Pero me preocupa meterte a ti en un lío, muchacho.

–Creo que los dos estamos metidos en un lío, señora –respondió.

La señora Borja se desprendió del abrazo y, con el rostro manchado por el maquillaje corrido, le sonrió. Dio media vuelta y salió del apartamento limpiándose la cara con un pañuelo que sacó del bolso, dejando en el aire una estela de perfume dulzón. Jorge cerró la puerta y volvió a su cuarto. Durmió hasta el medio día a pesar de que la angustia de sentirse observado no lo abandonaba.

En punto de las dos de la tarde, Jorge salió del apartamento y se topó con el señor Zulueta Inzugaray en el pasillo del segundo piso del edificio. Lo saludó con un “buenas tardes” que no obtuvo respuesta. Las piernas le flaquearon al suponer que el hombre ya estaba enterado de lo que había sucedido entre él y su esposa, pero trató de no pensar en eso en todo el día. Era demasiada la carga emocional que había acumulado en tan poco tiempo.

Apenas llegó al despacho, devoró el sándwich de atún que había preparado antes de salir del departamento. Después, encendió su computadora portátil para pasar a un USB las fotos del señor Zulueta y su acompañante. Abrió el archivo con las fotografías y dio una minuciosa repasada a cada una. Sentía curiosidad por el aspecto y la edad de la mujer con la que se veía a escondidas. Comparada con ella, la señora Borja no era una jovenzuela, pero mantenía un halo de frescura al actuar y una belleza física que pocas mujeres conservan a su edad. Jorge agrandaba cada una de las imágenes y las observaba a detalle. Lo que más le sorprendió no fue lo joven y atractiva que era la muchacha, sino un hombre que se veía al fondo: un sujeto de sombrero tipo fedora y traje negro que aparecía en la mayoría de las fotografías mirando de frente a la cámara.

Jorge puso el pasador a la puerta y atrancó una silla entre la perilla y el suelo. Se acercó a la cámara fotográfica, que seguía sujeta en el tripié, y miró a través de ella en varias direcciones de la plaza Metropolitana, con el corazón palpitándole como si se le fuera a salir del pecho.

lunes, diciembre 17, 2012

Continuación del cuento que escribí el 5 de diciembre.

Había pasado una semana desde que la señora Borja de Zulueta recibió la visita de Begoña, su única hermana. Con el pretexto de tomarse un café y ponerse al tanto de sus vidas, la señora Begoña confesó a su hermana mayor haber visto en más de una ocasión a su esposo –el señor Virgilio Zulueta Inzugaray– bebiendo copas de vino con una hermosa joven en un restaurante al aire libre, frente a la plaza Metropolitana, en pleno centro de la ciudad. La señora Borja conocía la afición de su marido por ocultarle cosas, la de su hermana por los chismes y la de Jorge Monroy por la fotografía. “Tu oficina está casi enfrente de la plaza Metropolitana. Desde tu ventana puede verse Los Candiles, el restaurante que supuestamente frecuenta mi marido con otra mujer casi todos los días. Te pido que estés muy atento entre la una y las tres de la tarde, Jorge. Quiero desmentir o comprobar lo que me dijo mi hermana”. La señora Borja quiso pagarle la encomienda, pero él no aceptó el dinero, a pesar de necesitarlo.

Jorge llegó a su oficina antes de las nueve de la mañana. Un pequeño despacho ubicado al fondo del pasillo en el séptimo piso del edificio Plaza, una de las construcciones más antiguas y representativas de la ciudad. Su oficina había pertenecido antes a su abuelo paterno, el doctor George Monroy Toole, químico farmacobiólogo, autoexiliado francocanadiense, amante de la lectura y aficionado a la astronomía. Así, Jorge había heredado el espacio y todo lo que se encontraba en él al morir su abuelo, seis meses atrás. 

El fallecimiento del doctor Monroy Toole coincidió con el desempleo de Jorge, quien sobrevivía con el dinero que recibió a manera de liquidación en la empresa automotriz donde trabajó durante ocho años. Cuando el dinero comenzó a escasear y no encontró a nadie interesado en rentar el inmueble heredado, comenzó a ir todas las mañanas a limpiar y acomodar las reliquias que su abuelo había ido coleccionado a través de los años, con el propósito de venderlas y tener un lugar donde dormir el día que no pudiera seguir pagando la renta del apartamento. Lo único que Jorge no puso en venta fue la colección de cientos de libros que tapizaban la pared del fondo, un pequeño baúl de madera tallado a mano en donde su abuelo guardaba puntas de flecha y un telescopio rojo, los dos últimos, objetos por los que Jorge sentía especial afecto, pues le recordaban los veranos de su infancia, cuando viajaba con su abuelo y su padre al norte de México, a recolectar pedernales y observar noches estrelladas. 

Jorge encendió el pequeño televisor de la oficina. Volvieron a mencionar su nombre en el noticiero del mediodía. Esta vez el escalofrío que sintió no fue tan intenso. Dijeron que había muerto calcinado junto a otras diez personas dentro de una bodega para cartón. “Entre las víctimas fatales se encuentran: Jorge Monroy…” Esperó atento a que transmitieran la foto de su homónimo, imaginando que sería la suya, pero no sucedió. Tomó el celular del bolsillo de su pantalón y lo miró con sospecha, temiendo que sonara como la primera vez. Pero el aparato permaneció en silencio. Apagó el televisor con el control remoto y dejó el teléfono sobre el escritorio. Se reclinó sobre el sillón de piel desgastada color vino y echó una mirada pausada alrededor de la oficina. Miró la hora en el viejo reloj de pared con forma de un Buda, y recordó el encargo de la señora Borja de Zulueta. Impulsándose con las piernas, Jorge hizo rodar el sillón hasta el ventanal que enmarcaba al fondo la enorme plaza Metropolitana, y observó a través de su cámara fotográfica sujeta a un tripié, a la que había adaptado un lente. 

Los empleados de las oficinas y negocios de los alrededores comenzaron a salir a su hora de comida. La concurrencia de peatones en la plaza Metropolitana aumentó de manera significativa. Desde su oficina del séptimo piso, la explanada parecía un hormiguero alborotado. A pesar de eso, Jorge sabía que no sería difícil detectar al señor Zulueta Inzugaray: hombre rutinario, calvo y de bigote tupido, que caminaba con ayuda de un bastón, consecuencia de un derrame cerebral; a quien ya se había topado en varias ocasiones por ese rumbo, cuando empezó a ir a la oficina de su abuelo. Jorge apuntó la cámara en dirección del restaurante Los Candiles y esperó.

No pasaron ni cinco minutos cuando ubicó al señor Zulueta. Caminaba con su cojera característica, abriéndose paso a través de los cuerpos que iban en dirección contraria. Desde esa lejanía que acortaba el lente, Jorge pudo apreciar la sonrisa que se le dibujó al hombre cuando una mujer de aspecto treinta años menor corrió a su encuentro. Por la manera en que la joven lo abrazo, Jorge concluyó que eran más que amigos. El señor Zulueta Inzugaray y su acompañante se tomaron de la mano y caminaron entre las palomas que aleteaban cerca de la fuente del dios Neptuno, la escultura más distintiva de la ciudad. Para su sorpresa, la pareja no entró al restaurante que acostumbraba. Jorge los vio pasar de largo a través del lente hasta que su visión fue obstruida por las ramas de los enormes álamos y robles que bordeaban la plaza. Tomó tantas fotos como para despejar cualquier duda que tuviera la señora Borja de Zulueta sobre los sospechosos encuentros de su marido.

Al regresar al apartamento, Jorge no quiso encender el televisor. Pensó que de seguro volvería a escuchar su nombre en el noticiero de la noche. En todo el día nadie lo había llamado para cerciorarse de que estuviera bien. Ni siquiera la tía que cuidaba a su madre, que se la pasaba todo el día pegada al televisor. Pero ya no le inquietó que a nadie le hubiera importado su supuesto fallecimiento. Jorge sirvió cubos de hielo en un vaso de plástico grande. Al darse cuenta que la jarra del agua estaba vacía, llenó el vaso directamente del grifo y se lo bebió de un tirón. Un chorro de líquido le escurrió por la barbilla y el pecho. Al bajar la mirada para sacudir los faldones de la camisa, vio algo tirado frente a la puerta. Era un sobre amarillo. 

Continuará...

martes, diciembre 11, 2012

Yo ni quería jugar en la NFL

A diferencia de otros niños, a mí nunca me gustaron los deportes. Es fecha que me caga practicarlos. Incluso no soporto jugarlos en consolas de videojuegos o verlos en la televisión. Obviamente practiqué varios de ellos en mi infancia y parte de la adolescencia –tae kwon do, beisbol, atletismo y hasta, ¡gulp!, gimnasia olímpica, snif-, porque ya saben cómo son los papases, que se ahuevan a que uno haga cosas que “son por nuestro bien” y terminamos haciéndolas aunque no nos gusten. Por eso creo que los peores recuerdos que tengo de mi infancia son ésos de cuando jugué al futbol americano... y los de la gimnasia olímpica; pero esto último por favor olvídenlo y dejen ya de imaginarme en leotardo pegando de brincos. Y pues así es, estimados lectores y lectoras, aunque ustedes no lo crean, fui jugador de futbol americano; por eso de ahora en adelante diríjanse a mí como: Guffo Montana Marino Elway. O simplemente: El Wey. O Guffo Comanechi, en dado caso que les resulte imposible borrar la imagen de un servidor dando piruetas olímpicas en licras ajustadas, snif.
               
Bueno, como les decía: ¡me cagan los deportes! Me parece patética esa filosofía cursi que los rodea; eso de competir para ganar pero a la mera hora nadie pierde porque lo importante es competir y compitiendo ya se es un ganador y que contra quien se debe competir en realidad es contra uno mismo y bla bla bla. Puras mamadas. Volviendo a lo del americano, neta que nunca le encontré la menor gracia a un montón de mocosos tratando de ser más rudos que otros mocosos; dándose con todo cabeza contra cabeza, queriendo mandar de nalgas o hacer llorar a quien se tuviera enfrente. A mí me valía madres. Yo lo que quería era estar en otra parte porque me sentía de lo más estúpido aprendiendo a “defender” a un pendejo para que pudiera correr con un balón al otro lado del campo y así “ganar puntos”. ¡Uy, qué emoción! Nunca me lo tomé en serio, por eso siempre fui bien maleta para todos los deportes y por eso no podía soportar que los demás niños se lo tomaran tan en serio, al grado de encabronarse con uno por no cachar un balón, o llorar por una derrota, o enloquecer con un touchdown. ¿En qué cambiaban las cosas si sucedía una cosa o la otra cosa? En fin...

Ir a los entrenamientos era como un castigo, sobre todo si tenía que ir también los sábados. Las clases particulares son como capacitaciones para irte haciendo a la idea de que toda tu existencia estará tan llena de compromisos que ni siquiera los sábados tendrás tiempo para ti. Si no lo disfrutas, no es más que un vil adoctrinamiento para un futuro esclavizante. Neta que me pesaba un chingo ir al fútbol americano, como no tienen una idea; porque, aparte de tener que acatar órdenes y seguir ciertos reglamentos en casa para no recibir castigos -y hacer lo mismo en el colegio-, tenía que ir por las tardes a tomar una clase al aire libre donde tenía que acatar más órdenes y seguir más reglamentos para no ser castigado, cosa que creo que no es vida para un niño de menos de doce años.

Entrenar fútbol americano no tenía sentido, como tampoco lo tienen un chingo de cosas más importantes en la vida. Nadie de la Asociación de Fútbol Americano de Monterrey –AFAIM, por sus siglas en español- llegaría jamás a la NFL (que supongo que es el sueño de todo jugador o coach de americano). Prueba de ello es que en los más de 30 años que tiene existiendo dicha liga, no han logrado posicionar a un solo jugador o entrenador a nivel internacional. Y sí, yo sé que dirán que ésa no es la intención de tal asociación y que más bien se trata de promover los valores en la sociedad y la convivencia familiar y la salud infantil y bla bla bla. No me importa: yo terminé odiándolos con todo y sus buenas intenciones; odiando todo lo que huela a fútbol americano y a deporte, gggrrrrrr *suelta espuma por la boca*.

Pero lo peor de todo, eran los entrenadores. Por lo general, eran jóvenes estudiantes de preparatoria o facultad que jugaban en los equipos de americano de sus instituciones educativas. Jóvenes que no pasaban de los 21 años y se creían la gran cagada: estrellas de los Vaqueros de Dallas o de los Osos de Chicago. Pendejetes que con tantito poder sentían que tenían el derecho de humillarnos a gritos y apodos a quienes no hiciéramos correctamente los ejercicios o no tuviéramos las mismas habilidades que niños más diestros. Por ejemplo, a mí me tocó el apodo de El Eskeletor, por lo flaco y cabezón que estaba a esa edad. Recuerdo que la segunda temporada -que jugué a regañadientes- me salió una infección en el labio superior y tenía que ponerme una pomada para proteger la herida de la tierra y el sudor. Y fue así que me apodaron El Bigotes de Leche. Un día decidí no untarme la pomada para que no me estuvieran jodiendo, pero me fue peor, pues la irritación del labio fue tanta que me salió una costra café horrible, y entonces me decían:  "¡Límpiate el pinche Quick del hocico!". Snif. 

Los coaches también tenían apodos, pero sólo entre ellos se llamaban por sus apodos. Que no se le ocurriera a alguno de los jugadores -que no fuera la estrella del equipo o el hijo de algún directivo- llamar a un coach por su apodo porque le iba muuuy mal. Recuerdo en particular a tres entrenadores: Wilson, Lupas y La Cotorra. Wilson y Lupas no eran tan mamones. Eran buen pedo y agarraban onda. A Wilson le podías decir Wilson porque así le decía hasta su mamá. Lupas –por lo enormes lentes que usaba- nos pedía que le dijéramos Lupas afuera del entrenamiento, pero durante los entrenamientos era el coach González. Aunque a veces se nos olvidaba y nos regañaba. Pero La Cotorra… ay, pinche Cotorra, cómo te odié hijo de tu puta madre… No olvidó su pinche voz gangosa y odiosa, cagante como él solo. Gritaba como energúmeno a la menor provocación, nos pegaba con el balón en el casco o nos tironeaba de la máscara. Los primeros días, como no me sabía su nombre, se me salió decirle por su apodo: “Oye, Cotorra, ¿puedo ir a tomar agua?”. Uta... No me la acabé. Me jaló del jersey, agarró una piedra y me la azotó en el casco. Los oídos me zumbaron. “¿Cuál Cotorra, cabrón; cuál Cotorra?”, me dijo encabronadísimo. “¡Vas a dar diez vueltas al campo por andar de llevadito, cabrón!” y me dio una patada en el culo para que empezara a correr. A todos los que ponía a dar vueltas de castigo, nos lanzaba balones desde medio campo con tal precisión que vi a muchos irse de boca al no esperar el chingazo. Al terminar las diez vueltas, te agarraba de la barra del casco y te decía con su pinche voz estridente y gangosa: “¡Para que a la otra me vuelvas a decir Cotorra, cabrón! ¡No sea llevadito!”. 

Obviamente nadie hablaba de esto con sus padres. El que rajaba "era un maricón" y le iba peor en el entrenamiento. Así le pasó a un compañero que le decían El Sabritas, por gordo y sonriente. La Cotorra lo hizo llorar-El Sabritas fue a decirle a su papá-El papá se la hizo de pedo a La Cotorra-Éste negó que lo hubiera hecho llorar, alegando mala conducta del Sabritas-el papá del Sabritas le creyó y La Cotorra puso a dar veinte vueltas a la cancha al pobre del Sabritas, con su respectiva dosis de balones desde media cancha pegando justo en la cabeza. Pinche Cotorra, cómo te odié. No se me olvida que presumías ser el corredor estrella de la Facultad de Medicina y que usabas el número 44. No se me olvida cuando fueron a dar un juego de demostración al campo Halcones tú y tus compañeros. Yo, junto con los otros tres o cuatro jugadores a los que apodabas “Los Nalgas del Equipo”, agarramos tu jersey y tus tachones del casillero -sin que nadie se diera cuenta- y los tiramos a la basura. Hiciste el berrinche de tu vida, pinche Cotorra. Golpeaste las puertas metálicas de varios casilleros y después te sentaste en una banca, bajaste la cabeza y se te salieron las lágrimas del coraje. Pero recuerda que lo hicimos para que no anduvieras "de llevadito", juarjuarjuar. Ay, pinche Cotorra, cómo te odié. Pero con esa travesura me liberé.

miércoles, diciembre 05, 2012

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Jorge Monroy al escuchar su nombre en el noticiero de la mañana, pero la sangre se le congeló cuando dijeron que había muerto.

La postura rígida de su cuerpo endureció aún más con el sobresalto que le provocó el repentino timbre del teléfono sobre el buró al lado de su cama. Al mismo tiempo, su móvil comenzó a sonar y vibrar sobre la mesa de la cocina. Jorge miró desconcertado hacia ambos lados de la habitación. Lo primero que le vino a la mente fue que sería algún familiar o amigo quien llamaba para desmentir la noticia; lo segundo, que tampoco podría haber sido su padre el mencionado, pues trabajaba en otro país. Ese par de pensamientos lo tranquilizaron y redujeron el intenso hormigueo que sentía en el pecho. Respiró profundo y estiró el brazo para levantar el auricular antes de que sonara por tercera ocasión.

–Diga...

–Buenos días, Jorge. Habla tu vecina –dijo la señora Borja de Zulueta, esposa del dueño del edificio donde Jorge alquilaba un apartamento desde hacía dos años.

–Buenos días, señora Borja.

–Siempre qué pensaste: ¿me vas a poder hacer el favor?

–Claro que sí, señora –dijo, tratando de concentrarse a pesar del insistente golpeteo que producía el teléfono celular en la cocina–. Si todo sale como espero, hoy por la noche le tengo listo lo que me encargó. 

–Preferiría que nos viéramos mañana temprano –corrigió la mujer bajando el tono de voz–. Te marco cuando mi marido salga de casa.

Jorge aceptó el cambio de planes y se despidió amablemente de la mujer, quien de seguro no había escuchado las noticias. Colgó el auricular y observó el cable del aparato retorcerse como si tuviera vida propia. Intentó correr a la cocina para atender la otra llamada, pero cuando se incorporó, el móvil dejó de sonar y vibrar. Tuvo la esperanza de que alguno de los dos teléfonos volviera a timbrar, pero un silencio profundo inundó el apartamento. Prefirió pensar que nadie había escuchado la nota roja en la televisión mencionando su nombre, pues le pesaba la idea de que a nadie le importara su muerte.

Apagó el televisor manualmente, se montó el estuche de la computadora portátil al hombro, pateó un par de camisas hacia el rincón donde debería estar el cesto de la ropa sucia –que rodó por las escaleras y se rompió el último día que había lavado ropa– y salió del cuarto.

Abrió con prisa el refrigerador, sacó un contenedor de plástico con ensalada de pollo y bebió directamente de una jarra de agua helada hasta vaciarla. Metió la comida en su mochila y tomó el teléfono celular que de tanto vibrar había quedado al borde de la mesa, a punto de caer. La pantalla estaba iluminada. Tenía un mensaje de voz. Tecleó una contraseña –su fecha de nacimiento al revés– y se acercó el aparato al oído. Hubo una larga pausa antes de que pudiera escuchar algo del otro lado de la bocina. “Estás muerto…”, sentenció una voz distinta a todas las que había escuchado antes. Un murmullo mecánico que terminó diluyéndose en el áspero sonido de la interferencia. La sangre se le fue a los pies. 

Las manos comenzaron a temblarle. Limpió la pantalla del teléfono donde habían quedado gotas de sudor. Intentó oprimir el botón que le permitiría escuchar de nuevo el mensaje, pero a causa del nerviosismo oprimió la tecla equivocada, borrándolo accidentalmente. Optó por buscar el registro del número telefónico en el Menú de Llamadas Recibidas, pero aparecía como Sin Número. Por un instante Jorge meditó qué sería más seguro: salir del apartamento o quedarse en él todo el día. 

Continuará...