miércoles, febrero 15, 2012

La ciudad desde el cielo

Volvió a caer nieve sobre la ciudad.

Los pequeños trozos de hielo rebotan en el plástico impermeable de mi chaqueta haciendo un sonido similar al de la grava fina cuando cae sobre el pavimento.

Camino rumbo a la escuela, brincando las placas de hielo duro para no resbalar y hundiendo mis botas en los manchones de nieve. Mi boca podría confundirse con la chimenea de una locomotora que deja a su paso una estela de vapor blanco y espeso.

Llego al edificio de la escuela, entro en el salón de clases del segundo piso y me doy cuenta que la maestra de esa materia ha faltado, por lo que mandan a un maestro sustituto. Se llama Baz; o al menos ésas fueron las tres letras que apuntó en el pizarrón cuando se presentó.

Aparte de dar clases de todo tipo, Baz es el encargado de organizar los viajes para ir a acampar a los bosques y lagos cercanos durante la primavera y el verano. Se considera a sí mismo un Bear Grills canadiense, pero esquelético, moreno y con el pelo hasta los hombros.

Baz sabe hacer fuego, pescar, cazar, cocinar y construir un refugio con lo que tenga a la mano. En clase nos platica que varias veces ha estado frente a frente con un oso -a menos de 10 metros de distancia- y que lo ha ahuyentado “hablándole bonito”, con el lenguaje de la naturaleza. Dice que una vez hizo lo mismo con un coyote y un puma, con resultados similares.

Baz no fuma tabaco ni bebe alcohol. Dice que nunca en su vida lo ha hecho, pero acepta abiertamente que fuma marihuana. Algunos alumnos –casi todos latinoamericanos- se voltean a ver, como asustados. A Baz no le gusta entrar en el tema de la legalización o el combate a las drogas. Le parece ocioso discutir la criminalización de una hierba que crece de manera silvestre como cualquier otra. Se limita a decir que nadie puede decirte qué hacer con tu cuerpo y lo que llevas dentro; me imagino que recalca eso de “lo que llevas dentro” para también dejarnos clara su postura sobre el tema del aborto.

Al terminar la clase, algunos alumnos curiosos se le acercan a Baz con confianza y le preguntan algunas cosas entre risas. Alcanzo a escuchar que aquí la marihuana es tolerada, más no legal. Baz les habla de un lugar sobre Yonge Street, una de las avenidas principales de Toronto. En el número 666 –no es broma-, al norte, hay un lugar donde se puede fumar marihuana sin ningún problema. Baz aclara que hay varios de esos lugares, pero que ése es el que queda más cerca de la escuela.

Es un pequeño local al que le revocaron su permiso de alcohol cuando consiguió –no supo explicarnos cómo- un permiso para que los clientes fumaran marihuana. El alcohol y el tabaco están prohibidos ahí, al igual que la venta de cualquier otra droga. Si alguien quiere entrar debe de llevar su propia marihuana y hacerse sus carrujos dentro. Como dato curioso –o surreal-, Baz menciona que frente a sus puertas siempre hay dos policías vigilando.

Suena el timbre de salida. Ha dejado de nevar pero el frío no cesa. Camino por la calle que cruza frente al edificio de la escuela y veo a algunos alumnos de la clase de Baz caminando por la avenida Yonge, hacia el norte. Bajo las escaleras de la estación del metro y la temperatura se vuelve más agradable. Me quito la gorra y la bufanda y las guardo en mi maletín. Subo a un vagón del metro con rumbo a la CN Tower. Desde hace tiempo que esas estructuras arquitectónicas ya no me sorprenden por considerar su tamaño y su propósito de ser algo absurdo; pero no quiero regresar a casa.

Subo hasta el mirador de la torre en un ascensor de vidrio que me produce un poco de vértigo. Contemplo la ciudad desde lo alto. Enorme y moderna, pero sin el caos que caracteriza a las demás de su tipo. Los edificios, sus techos nevados, el lago, las islas en el lago, las extensiones de árboles deshojados contrastando con la mancha urbana. Me podría quedar aquí por horas. O quizás por años.


sábado, febrero 11, 2012

El cielo y el maniquí

Me gustaba pasear con mi abuela en el centro comercial. Lo que no me gustaba era cuando le compraba calzones y calcetines al abuelo, pues me hacía esperar quieto en un rincón del departamento para caballeros, donde había un maniquí muy feo que me seguía con la mirada. Siempre intentaba esconderme detrás de los montones de ropa en oferta o detrás de un muro con espejos para que la figura no me viera, pero si hacía esto mi abuela tampoco podía verme y se asustaba y empezaba a gritar mi nombre.

Un día el maniquí ya no estaba. Al salir del centro comercial tomado de la mano de mi abuela vi la mitad del muñeco metida en un contenedor de basura. Ya no me siguió con la mirada, pues su mirada ahora apuntaba al cielo.

Desde ese día pude esperar tranquilamente a mi abuela en un rincón del departamento de ropa para caballeros. Aunque no dejaba de llamarme la atención un empleado que pasaba empujando aserrín con algo parecido a un trapeador a lo largo del pasillo. Cada que lo veía, el hombre me sonreía o me guiñaba.

Un sábado al salir del centro comercial tomado de la mano de mi abuela, vi al empleado que empujaba aserrín recargado en el contenedor de basura. El hombre no me vio ni me sonrió ni me hizo un guiño como era costumbre, pues su mirada apuntaba al cielo.

jueves, febrero 09, 2012

Aquí los únicos locos son los que no quieren aprender

Peter es maestro de idiomas. Cuando cumplió 24 años decidió hacer un viaje de 5 meses alrededor del mundo. Juntó el dinero que le habían dado sus padres al graduarse de la universidad con el dinero que había ahorrado en su primer trabajo y compró un boleto de avión sin fecha de regreso.

Asia fue el continente que más le gustó, por eso ha vivido en Corea del Sur, China, Japón, India, Malasia y Tailandia; pero asegura –con un halo de nostalgia en la mirada- que su lugar favorito es Benarés: una de las siete ciudades sagradas del hinduismo a orillas del río Ganges. Peter repite casi a diario la misma frase: “En 5 meses de viaje aprendí más que en 5 años de universidad”.

En sus ratos libres Peter escribe poesía, relatos cortos y chistes. Pone su material en una bitácora personal de wordpress a la que llamó Cotton Bombs. Entre clase y clase se mete en la sala de las computadoras y checa los comentarios y la cantidad de visitas que tiene su sitio por hora.

Peter también hace shows de stand-up comedy en algunos bares y centros nocturnos de la ciudad. Sus temas favoritos –tanto para sus shows como para sus clases- son la política, la economía y la geografía: se jacta de conocer todas las capitales, idiomas y monedas de cada país en el mundo. Peter es admirador de Charlie Chaplin y Lenny Bruce; y una vez salió en un programa de la comediante Ellen Degeneres. Nunca he ido a una de sus presentaciones, pero prometió avisarnos el día, la hora y el lugar de su próximo show. Imagino que ha de ser muy bueno, pues siempre arranca y finaliza la clase con una broma que hace reír a todo el salón.

Peter dice que lo mejor de Canadá es que no tiene una identidad propia. Es una mezcla de muchas culturas. Para él, tener una identidad nacional es un problema, pues eso fomenta un patriotismo enfermizo que provoca rivalidades y odio. “Miren a Toronto: todos los países, todas las religiones, todas las ideologías conviviendo en paz. Aquí a nadie le importa lo que eres mas que a ti”.

Peter también asegura que el sistema político de su país es el socialismo. Odia al alcalde de Toronto -como muchos torontonianos- por ser un hombre capitalista y escandaloso, que aborrece a los inmigrantes, busca aumentar el parque vehicular y reducir las banquetas a la mitad en una ciudad donde el transporte público funciona casi a la perfección y el peatón siempre ha estado primero que el automovilista.

Cuando alguien del salón dice que Canadá es maravilloso, Peter lo niega y dice que los canadienses no son lo que el mundo cree. “Somos igual de mierdas que los gringos, la única diferencia es que somos menos que ellos”. Alega que por culpa de su estilo de vida en el mundo existen las grandes diferencias que padecemos: pocos países muy ricos y casi todos los demás pobres. “Tanta riqueza ha hecho a Canadá un país tan flojo como para preocuparse por los problemas del mundo”, y nos expone el ejemplo de First Majestic Silver, la minera canadiense que recibió del gobierno mexicano 22 concesiones por 3 millones de dólares para extraer oro y plata en más de 4 mil hectáreas de tierra considerada sagrada por los indios huicholes. “¿Por qué tu país permite que hagamos eso? ¿Por qué nosotros no permitimos que ustedes hagan eso aquí? ¿Por qué nosotros no hacemos en nuestro país lo que hacemos en el tuyo?". Y se queda callado, como yo, negando con la cabeza.

Hace un par de semanas Peter me vio usando una de las computadoras de la escuela y me preguntó:

-¿Qué haces aquí?

-Checando mi correo y leyendo periódicos. Ya salí de clases.

-No pierdas tu tiempo, ven a mi otra clase.

-Pero sólo tengo 4 horas diarias. Eso fue lo que pude pagar.

-Prometo no decirle a nadie si tu prometes no decir que regalo mis materias –me respondió sonriendo.

Y desde hace dos semanas tomo una asignatura de más sin costo extra.

El lunes que Peter me vio en su clase, se sorprendió: “¡Wow!, pensé que no aguantarías ni una semana. He invitado a varios alumnos a unirse a este grupo pero duran un día. A veces la gente no quiere el conocimiento ni aunque se lo regalen”, y salió por la puerta del aula. Un compañero me miró y giró su mano apuntando con el dedo índice alrededor de su oído, dándome a entender que Peter estaba loco. Tomó sus libros y se fue. No volvió a aparecerse en esa clase.

Si antes estaba de acuerdo en casi todo lo que decía mi maestro, ahora lo estoy más.

lunes, febrero 06, 2012

Manuel es físico, escritor y chef mexicano. Creo que es de Jalisco, pero la mayor parte de su vida la pasó en la Ciudad de México. Manuel lleva cuatro años viviendo en Toronto, pues su esposa está haciendo un doctorado en la Universidad de York sobre temas ambientales. A Manuel lo conocí gracias a Pedro, un amigo que tenemos en común que también es escritor, diseñador y motociclista viajero. Por “conocí” y “amigos en común” obviamente me refiero a que todo el “contacto” fue gracias a las redes sociales –blogs, twitter, email-, pues los tres vivíamos a más de 1000 kilómetros de distancia uno del otro.

“Tengo un muy buen compa en Canadá, deberías de ponerte en contacto con él”, me sugirió Pedro en un correo electrónico cuando se enteró que me vendría a vivir a Toronto; por lo que días antes de venirme, contacté a Manuel vía twitter. Una vez establecido en el país de la hoja de maple, le mandé un correo para vernos y echarnos unas cervezas.

Manuel ha sido un amable guía turístico estos últimos días. Me ha llevado a conocer gran parte de la ciudad: los antiguos, disímiles y tétricos edificios de la Universidad de Toronto; la variedad de olores, colores y sabores del barrio chino; los contrastes sociales y raciales del mercado Kensington y las avenidas principales de los alrededores. Me ha recomendado dónde comer rico y barato, algunas marcas de cerveza local, cineclubes, teatros y centros nocturnos. Me ha explicado cómo funcionan las rutas de los autobuses y de los tranvías, y algunas políticas, reglas, usos y costumbres de los torontonianos. Incluso ya hasta me invitó a una cena que dará en su departamento en la que horneará un borrego con una de sus recetas.

Fue un fin de semana muy productivo. Creo que al ver las fotografías ustedes sabrán redactar un mejor texto de lo que yo hubiera podido. Saludos.










viernes, febrero 03, 2012

Toronto al mediodía


Muy temprano por la mañana todavía podía escucharse el murmullo de la nieve derretida corriendo a un lado de las banquetas y colándose entre las alcantarillas.

Las delgadas capas de hielo se han ido desvaneciendo irregularmente, permitiendo que las hebras verdes de pasto y hierba que sobrevivieron a las heladas comiencen a brotar en jardines y parques.

El sol pega del lado de la ventanilla en la que recargo mi cabeza en el tranvía. Su luz se abre paso entre el contorno de los edificios y la bruma lejana, pero al tocar mi rostro languidece. Veo destellos de colores que van y vienen, intermitentes, como los recuerdos de los que quisieras no tener memoria. El chirrido metálico del vagón me arrebata de mis pensamientos.

Levanto el cuello de mi gabardina, meto las manos en los bolsillos aterciopelados y bajo del tranvía en un punto de la ciudad donde nunca antes había estado. Al parecer es un barrio musulmán. Un barrio cualquiera para alguien que como yo no cree en las religiones. Camino entre sus calles, sobre banquetas amuralladas por esqueletos de árboles que dibujan telarañas con sus ramas en el cielo.



Después de caminar algunas cuadras entro a un buffet de comida india. Hombres con turbantes y barbas largas; mujeres con vestidos coloridos y lentejuela. También hay japoneses; o coreanos. Y yo. Aquí nadie es extranjero. Me sirvo dos platos y como en silencio. Todo huele y sabe a curry y jengibre.


Pago la cuenta, levanto el cuello de mi gabardina, meto las manos en sus bolsillos aterciopelados y de vuelta a la calle. Tomo el primer tranvía que se detiene frente a mí. No recuerdo cómo regresar a casa. Recuesto mi cabeza en la ventana y otra vez veo centellas de luz que parpadean conforme suben y bajan las siluetas de los edificios. Quizá me baje en otro barrio que no conozco. Otro barrio donde nadie es extranjero.


sábado, enero 28, 2012

Dos semanas torontonianas


Max Phillipe es el único compañero de clases que viene de un país del que nunca había leído o escuchado hablar: Benín.

La República de Benín, como se le conoce oficialmente, es un pequeño territorio africano francoparlante ubicado entre Togo, Burkina Faso, Níger y Nigeria. Cuando Max mencionó su lugar de origen, lo ubiqué de inmediato en un mapamundi imaginario, pues la primera vez que tuve la oportunidad de estudiar fuera de México –hace 18 años- tuve un compañero de Togo.

Un día al salir de clases y con la intención de practicar mi inglés, me acerqué a Max Phillipe y le pregunté -de la manera más ñoña y forzada- que qué se producía en su país. Max me comentó amablemente que Benín era “más o menos famoso” por producir yuca. Al principio no entendí a lo que se refería, pues Max no sabía la traducción de la palabra al inglés y yo no sabía el significado en francés, por lo que trataba de describirme con señas y pantomimas una palmera con frutos rojos y alargados. Después googleó la palabra en su moderno aparato telefónico, me mostró algunas fotografías y supe a qué se refería. Max también mencionó que en Benín se cultivan granos que se utilizan en la producción de alimento para aves -sorgo y mijo rojo-; pero que, a grandes rasgos, Benín es un país pobre, explotado y olvidado, como casi todos los del continente negro.

Max me cae muy bien. Tiene 34 años y es ingeniero en sistemas computacionales. Vive en Paris desde hace 3 años. Max me cae bien porque acostumbra hacer bromas sobre su color de piel. Es negro como el chapopote, de esos negros que cuando les brilla la frente o los pómulos sueltan destellos azules y no blancos. Cuando algún maestro lo felicita o le dice algún cumplido por su buen desempeño en clase, Max dice, señalándose el rostro: “En caso de que no lo hayan notado: me estoy sonrojando”.

Otro compañero de clases con quien he entablado amistad se llama Vlatko. Es croata y, como Max, es ingeniero en sistemas computacionales. Vino a la escuela de idiomas para prepararse para los exámenes de la universidad. Tiene 27 años y estudiará su segunda carrera. Durante un receso entre clase y clase Vlatko me comentó -cagado de la risa- que había estado preso durante 6 meses en su ciudad natal por cultivar mariguana en el departamento donde vivía; actividad a la que se dedicaba para ganar dinero extra. Cuando le pregunté que cómo le había hecho para conseguir una visa y salir de su país a pesar de tener antecedentes delictivos, me respondió con su típica sonrisa: “With corruption, my friend. Just like in your country”.

Vlatko tiene una novia canadiense. Se conocieron en una playa de Croacia hace un par de años, durante el verano. Vlatko me mostró unas fotos en su laptop. Tanto su novia como las playas de Croacia son hermosas. La intención de Vlatko es casarse o embarazar a su novia para no tener que volver a Croacia a enfrentar la justicia o a pagar otra cantidad de dinero para comprarla.

Recuerdo que una vez, en una clase, nos encargaron leer la novela Saving Private Ryan. Podíamos sacarle copias al ejemplar del maestro, buscarla en alguna de las 100 bibliotecas de la ciudad o comprarla. Al escuchar esto, Vlatko grito: “¡Blagh, yanqui propaganda!”, guardó su termo de café en la mochila, guardó su laptop, salió del salón y no volvió a aparecerse en esa clase.

Vlatko también me cae bien. Se queja casi de todo: así como yo. Le tiene cierta desconfianza a todo lo que provenga de Estados Unidos: así como yo. Por su físico, Vlatko tiene fama de ser el Brad Pitt de la escuela: así comooo… esteeehmmm… ¡snif!

He hecho buenas amistades. Gracias a Max y a Vlatko conocí a dos mexicanos: uno de ellos de mi ciudad natal y el otro de Sonora. El güey de Sonora está chavillo; es de ésos que todavía se la pasa preguntando cómo se dicen las maldiciones en otro idioma. Pero es buena gente.

El viernes fuimos todos a comer al barrio coreano. Es la primera vez en mi vida que pruebo la comida coreana. También probé una cerveza que, a pesar de ser "de las más comerciales" de ese país, sabe mejor que muchas cervezas mexicanas. Hoy en la noche mis nuevos compas me invitaron a un bar cerca de la escuela (no al que está a un lado; a otro). Voy a ir a pesar del clima lluvioso, a ver qué tal.

Han sido dos buenas semanas en Toronto.





lunes, enero 23, 2012

Amanece tan temprano que ni cuenta me he dado de la hora en que amanece. Quizá hoy deje una de las dos persianas abiertas, para despertar cuando el sol apenas se asome y así poder ver mi primer amanecer canadiense.


La semana pasada cambié el horario de mis clases. Ahora entro y salgo una hora más tarde. Las razones que me llevaron a esto fueron las siguientes: se siente “menos” frío -pues hay una hora más de sol-, la fila para subirse al transporte colectivo no es tan larga y, a veces, los camiones van tan vacíos que puedo irme sentado durante todo el recorrido.



Durante esta época del año el sol se mete a las cinco y media de la tarde, por lo que al salir de clases no me quedan ni cuatro horas de luz. Pero este anochecer prematuro y gélido no ha sido impedimento para disfrutar de la ciudad de Toronto. Con el dinero que me ahorré durante la semana desayunando, comiendo y cenando en casa –o en el comedor de la escuela-; el viernes -después de la última clase y a pesar de la nieve que tanto me gusta contemplar desde el tercer piso- decidí ir despilfarrar mi riqueza en el barrio griego.


Al salir del edificio del centro de lenguajes vi a una señora rubia con uniforme de guardia de seguridad fumando afuera de la estación del metro. Me acerqué con mi mapa -cortesía de la escuela- y le pregunté cómo llegar a “Greektown”. La mujer me explicó, señalando con el dedo índice algunas calles y, según yo, le entendí muy bien. Pero como que mi cara no era la de un iluminado porque a los 30 segundos un hombre de edad avanzada me alcanzó, me tomó del brazo y me dijo: “Vi que estabas preguntando por una dirección: ¿entendiste lo que te dijo la mujer?; porque si no, yo puedo explicarte”. No lo podía creer. Qué personas tan amables, la neta. Igualito que en Monterrey, snif.

Total que ya el ñor me explicó lo mismo que me explicó la señora rubia, me subí al metro con la música de fondo de un dúo callejero, me cambié a la otra línea del metro después de cuatro estaciones y llegué al barrio griego.





Caminé por la avenida principal más o menos como una hora. No tomé muchas fotos porque la luz estaba medio pedorra y me caga usar flash, retocar o alterar de más las fotos. Pero cuando se componga el clima tomaré muchas.

En una de las aceras de esa calle me topé a un artista callejero que hacía esculturas de hielo pero por su facha más bien parecía un loco recién escapado de un centro psiquiátrico. Y pues ahí me puse a cotorrear un rato con él. Después se me antojó bien cabrón una cerveza porque desde que llegué no me había tomado ninguna. Me despedí de mi amigo el loco y seguí caminando y vi un barecillo con acabados de madera, con un menú de precios accesibles pegado en la puerta, “hora feliz” de cerveza y unas cortinas de colores muy “locochonas”. Y entré. Los hombres fueron muy amables conmigo, pero las pocas mujeres que había en las mesas ni siquiera me voltearon a ver. Fue entonces que comprendí que las cortinas “locochonas” de muchos colores no eran cortinas sino banderas de la diversidad sexual, snif. Sí, amiguitos y amiguitas: era un bar gay. Pero como yo soy una persona respetuosa y tolerante con las preferencias sexuales de mis semejantes, hice lo que todo hombre civilizado haría: me terminé la cerveza de un trago, le aventé el dinero al mesero y salí corriendo con ambas manos atrás, tapándome el culo, gritando: “¡No me hagan nada, por favor! ¡No me hagan nada!”.


Después de tan hermosa pero muy femenina experiencia, pensé que necesitaba un bar con gente ruda. Un bar de ésos en los que las mesas vuelan cuando todos se agarran a golpes y el cantinero sale de atrás de la barra para romperle botellas a los forajidos en la cabeza . Así como en las películas de Capulina o de Bud Spencer y Terence Hill. Y fue cuando vi un pub con un marrano moteado tallado en madera. “¿Qué puede ser más rudo y varonil que un marrano moteado tallado en madera?”, pensé. Y entré y ordené una cerveza. Ése era mi lugar, ggggrrrrrr…



Me tomé tres cervezas distintas pero ninguna me pareció tan chingona como para volverlas a pedir. Por la ventana vi que empezó a caer nieve otra vez. Salí del bar sintiendo como si de la cabeza se me dispararan serpentinas. Las cervezas, pedorronas pedorronas, pero habían surtido efecto. Regresé a casa y creo que me quedé dormido antes de las 10 de la noche. En viernes.