lunes, junio 20, 2016

Eso dicen

Ramiro practica su paciencia una vez más en la cola del banco. La mujer de adelante mete una mano en el enorme bolso que le cuelga del hombro, y, por accidente, tira su monedero. El cambio de distintas denominaciones rebota y rueda entre los pies de los clientes. Un par de identificaciones y una pluma de tinta azul también quedan tendidas sobre el piso, al lado de la base metálica de uno de los postes que delimitan con cinta retráctil el pequeño laberinto en el que deben formarse las personas. Entre Ramiro y el guardia de la puerta, quien se apresura a ayudar, recogen las monedas, las tarjetas y la pluma con tinta azul. Los demás clientes ni se inmutan. Cuando le entregan las últimas monedas a la mujer, ésta sonríe, y a Ramiro se le figura que es idéntica a la que fue su maestra en primero de primaria. "Muchas gracias", dice la anciana con voz quebradiza, mientras deposita todo de vuelta en el bolso de mano y el uniformado regresa a su guardia en la entrada. Ramiro trata de recordar el nombre de aquella maestra. ¿Miss Rosy? ¿Miss Lety? ¿Miss Bety? Algo así. Pero después piensa que si en primaria se veía anciana, 25 años después debería verse aún más, o, posiblemente, estar ya muerta. O tal vez su maestra era una de esas personas que se ven viejas desde muy jóvenes; por lo tanto, se ve igual después de todos estos años. "Pase", dice una de las cajeras y, enseguida, la otra dice lo mismo: "Pase". A la mujer le toca la caja número 3 y a Ramiro, la 4."¿Cómo está, profesora?, buenos días", saluda la cajera. Aunque en ningún momento escucha el nombre, con ese "profesora" está casi seguro que la señora que tiene a un lado cobrando su pensión fue su maestra en Primero A del Colegio Montessori. Ramiro sonríe, saca un fajo de billetes de la bolsa trasera de su pantalón y repite mecánicamente lo que hace cada quincena.

Al salir del banco, Ramiro cruza la calle con rumbo a su coche, estacionado a una cuadra de la institución financiera. Sigue intentando recordar el nombre de su maestra, pero el insistente accionar del claxon de un automóvil en marcha lo arrebata de sus memorias. Cuando el auto pasa justo a sus espaldas, escucha que gritan: "¡Qué onda, pinche Cabe!". Ramiro voltea lo más rápido que puede, pero sólo alcanza a ver una mano que sale del lado del copiloto, ondeando con entusiasmo. En la colonia Garza Nieto, donde vivió la mayor parte de su adolescencia, los de la cuadra así le decían: Cabezón. El Cabe. Cuando se cambió de barrio y fue a una preparatoria privada, Ramiro se aseguró de que nadie se enterara que ése había sido su apodo: por eso nunca mezcló a sus amigos de la prepa con los del barrio. Le gustaba más que lo apodaran Cuellar, y así fue hasta graduarse de la universidad. Devolvió el saludo, dudoso. Hacía años que no escuchaba ese apodo. El copiloto seguía agitando la mano y viendo por el retrovisor. ¿Quién sería? ¿El Pollo? ¿El Tripón? ¿El Cañangas? Así se quedó inmóvil, pensativo, hasta que el coche se perdió en una esquina.

Ramiro dio algunas vueltas por el centro de la ciudad. Cumplió con la mayoría de los encargos del trabajo y, al mediodía, ya con hambre, se metió al Jefes. Pidió una cerveza y la comida del día. La mesera de siempre le comentó que la comida apenas iba a salir, pues había llegado más temprano que de costumbre. Ramiro no tuvo inconveniente en esperar y aprovechó para ir al baño a lavarse las manos y mandar algunos mensajes de texto. Al empujar la puerta del cuarto de baño, sintió que una mano en el hombro lo detenía.

-Tú eres hijo de Ramiro y Chepina, ¿verdad?

-Sí -respondió con un sobresalto, dándose la media vuelta.

-Soy don Beto. Yo te llevaba a ti y a tus hermanos a la secundaria. Era vecino de tus abuelos.

-Ah, cómo no. Don Beto. El de la camioneta amarilla.

-El mismo. ¿Cómo has estado, mijo?

-Muy bien, gracias, señor.

La plática fue breve, aunque cargada de recuerdos. Ramiro le comentó que sus papás estaban bien, que su abuela estaba con salud y que su abuelo había fallecido hacía tres años; a lo que don Beto respondió que sí se había enterado. Por su parte, don Beto le recordó la vez que su hermano vomitó en uno de los asiento y la ocasión en que lo regañó por subirse con los tenis enlodados. También le refrescó su apodo de barrio: El Cabe. Ramiro fingió sonreír. Con un apretón en el hombro, don Beto se despidió y le pidió que le saludara a su familia. Ramiro respondió por inercia que "igualmente".

Ramiro volvió a su mesa. La cerveza ya estaba ahí. Le dio un sorbo apresurado y sacó de su bolsa el teléfono móvil. De pronto, un hombre de complexión robusta, con el cráneo rapado, jaló una silla y se sentó con mucha confianza frente a él. Cruzó los brazos, se echó hacia atrás y sonrió. La mesera llegó con el plato de caldo de res. Le ofreció algo al tipo que acababa de tomar asiento, pero éste hizo un ademán con el brazo y la palma de la mano extendida, diciendo que "estaba bien". Ramiro apenas y pudo pasar el segundo trago de cerveza. Tomó una servilleta, se limpió la boca y preguntó:

-¿Te conozco?

-No -dijo el hombre-. ¿Por qué habrías de conocerme?

-Me conoces, entonces...

-Tampoco. ¿Por qué la pregunta?

-Es que... ha sido un día muy extraño. En menos de dos horas me he topado en todas partes con gente que tenía años de no ver. Por eso pensé que tal vez te conocía o que...

-Bueno: dicen que cuando vas a morir ves pasar tu vida frente a tus ojos.

El hombre se echó hacia adelante como una catapulta, sacó una pistola automática y disparó.

lunes, junio 06, 2016

Mejores personas

Hace un par de semanas estuvieron compartiendo esta ridiculez en redes sociales, y, por desgracia -o fortuna, ya ni sé-, me llegó:
Y digo "me llegó" porque me llegó a Twitter, no porque me haya llegado al corazón. ¿Que por qué me pareció una ridiculez? Pues nada más lean y analicen la sarta de idioteces y ejemplos mongoloides que intenta transmitirnos -de la manera más condescendiente- su autor; empezando por eso de que hay que tener hijos para ser mejores personas. Y pregúntome yo: ¿qué grado de repugnancia por uno mismo debe tener un ser humano para cree que no puede ser mejor persona si no tiene un hijo? Es lo mismo que esos idiotas que creen que casándose "sentarán cabeza". Pero bueno, cada quien.
Lo curioso es que la gente no ha dejado de reproducirse: siguen teniendo esos hijos maravillosos que los convierten -según ellos- en individuos extraordinarios, pero, contrario a lo que asegura el texto, todo pareciera indicar que el mundo se va en picada día con día. Sí: el mundo está lleno de los hijos de los hijos de los hijos de los hijos -y así hasta el infinito- y como que no se ve muy bien reflejado que las personas que lo habitan, mejoren.
Pero bueno, qué voy a saber yo si ni hijos tengo, por lo tanto, no puedo ser mejor persona ni dejar el refresco por semanas ni separar la basura ni comprar ropa de outlet en vez de pantalones Calvin Klein ni preocuparme por mi salud ni por sembrar plantas en el patio ni todas esas cosas que uno como persona no puede ni podrá hacer si no tiene hijos, snif.

jueves, mayo 26, 2016

No odio el futbol

No odio el futbol. Simplemente no me gusta. No me gusta ni verlo ni practicarlo. Pero eso me sucede con casi todos los deportes. Será que nunca me inculcaron eso de irle a un equipo, lo cual -supongo- se debió a que en mi familia no hubo de esos tíos, primos o hermanos mayores locos que se pintan la cara de colores y se ponen pelucas para ir a un estadio. Tampoco me dio por imitar a compañeros del salón o amigos de la cuadra que jugaban al fut o se hacían seguidores de algún club con tal de validar mi sentido de pertenencia. Confieso que sí, por allá del año 94, caí en el engaño nacionalista de El Tricolor, quizás hipnotizado por los estrambóticos uniformes de Jorge Campos; pero fuera de ese corto período de confusión patriotera -del cual me defiendo con un: "Estaba chavo y se me hizo fácil"-, nunca me ha nacido defender los colores de una camiseta; mucho menos he encontrado una razón para hacerlo ni vacío existencial que pueda llenar vitoreando a un montón de güeyes que patean un balón.

Algunos dirán que son locas teorías de conspiración.
Aclaro que no por lo mencionado anteriormente me siento superior. No, para nada. Tampoco veo como poca cosa -y mucho menos odio- a quienes disfrutan de ver o practicar este deporte. Lo que me parece alarmante y nefasto es el nivel de fanatismo que provoca el futbol en la mayoría de sus seguidores: fanatismo que alcanza dimensiones que sólo las religiones pueden lograr; fanatismo que, aparte, es alimentado a diario por las primitivas televisoras locales y sus funestos conductores, que hacen su rating enemistando e incitando a la violencia hasta al más cabal de los seguidores de un equipo. Y no, no negaré que también me molesta bastante que nuestra "identidad regiomontana" -que más bien parece caricatura- se fundamente en el futbol y la carne asada, y que la vida de esta ciudad pseudomoderna gire en torno al show del balompié. No es broma: hay empresas que dejan salir temprano o llegar tarde a sus empleados cuando hay "un juego importante"; y la gente ve con buenos ojos que se cierren calles y haya tráfico vehicular con tal de que se lleve a cabo un partido, pero no para que los ciudadanos se manifiesten. Y pues todo lo anterior sí me parece nefastísimo.

Hasta al pinche carbón lo hacen Tigre o Rayado. Hasta en eso hay que rivalizar.
Y ustedes dirán: “¿Y a ti eso en qué te afecta, pinche Guffo? Cada quien sus gustos. Tú eres fan de Star Wars y no te decimos nada. Aparte, en Inglaterra y Alemania también hay fanáticos violentos y no por eso son países pobres. Aparte, a Juan Villoro le gusta el futbol y es una persona muy inteligente y bla bla bla”. Sí, son válidos todos sus argumentos y los respeto. Y sí, cada quien sus ondas locas. Y sí, Alemania e Inglaterra están más a toda madre que aquí, pero pues yo no vivo allá ni existe la desigualdad socioeconómica que hay en esta ciudad. Y si hablamos de Juan Villoro y su fanatismo por el futbol, prefiero las opiniones de Fernando Vallejo y Noam Chomsky sobre este espectáculo.

Ketrizte, deveraz :(
Aclaro que tampoco creo que el futbol en México sea la causa de nuestras desgracias ni la causa de la corrupción, la ignorancia o la pobreza. El problema que yo sí le veo a esta dinámica de juntarse cada semana a ver un partido de futbol o ir a un estadio, es un enorme desperdicio de poder ciudadano. En serio que veo un poder encabronado en esa amalgama de gente, en esa masa uniforme de fans de este deporte; visualizo a un ente poderoso, con vida propia, que podría lograr muchísimas cosas, pero despilfarra su poder en pendejadas. Me explico a continuación con un ejemplo.

No es lo mismo que yo me organice con mis amigos y colegas artistas para ir a protestar frente a palacio de gobierno para exigir algo que nos corresponde como ciudadanos o denunciar algo que nos parece injusto. Okey, sí, vamos en bola, nos plantamos ahí con pancartas y amenazamos con no volver a dibujar o pintar hasta que no se resuelva equis problemática social. Me duele decirlo, pero, probablemente a nadie le importe y nuestra manifestación no pasaría de ser -como dicen en el rancho- un pedo de burro flaco, snif. Seguramente nadie se aterraría ni haríamos eco más allá de 1500 clics en redes sociales, y posiblemente las autoridades se burlarían y nos darían una amable patada en el fundillo antes de decirnos: “¡Nos vale madre si dejan de dibujar o pintar!”. Digo, también hay que ser realistas :(

Pero qué tal si esas personas que van a los estadios deciden un día -UNO nada más- no ir para irse a plantar frente al palacio municipal, o de gobierno, o ante cualquier autoridad, y declaran que si no se soluciona tal o cual problema social, dejan de ir al futbol. ¿En serio no creen que rompería madres, por no decir "el estatus quo", esa acción? ¿En serio creen que no tendría eco? ¿En serio no creen que pondrían a temblar a esos poderosos que sólo quieren su dinero? ¿En serio no creen que serían ellos, las empresas que manejan y se enriquecen con el futbol, quienes les apretarían las tuercas a las autoridades para que hicieran su trabajo y cumplieran sus demandas con tal de no perder las derramas millonarias que dejan los partidos? Yo sí lo creo, pues les pegaría en lo que los mueve: la ambición económica. En verdad creo que esas 40, 50 u 80 mil personas, con ese poder bien encaminado, pudieran "chantajear" a las autoridades para sacar un beneficio colectivo, y no sólo para quienes manejan este deporte. En serio que tienen ese poder. Aquí se los firmo.

Claro que de eso que digo a que suceda, pues quién sabe. Simplemente les quería compartir lo que pienso. Que si es difícil, que si es imposible; no creo que lo sea tanto. Digo, si creemos que algún día colonizaremos Marte, no veo por qué no sea posible esta acción que sólo es cuestión de la voluntad; de sentir que hemos tocado fondo como sociedad y de creer que nos merecemos un mejor estado con mejores gobiernos, no sólo un buen partido de futbol.
Si no díganme de qué otra forma se podría.

viernes, mayo 20, 2016

Volver al centro (última parte... ¡ya, por fin!)

Como que ya se alargó mucho esta historia, ¿no? Ya quiero escribir de otras cosas, snif. Pero bueno, prometo que seré breve...

Como les decía, los aguacates con cáscara de piel se me fueron a la garganta y la sangre se me bajó hasta las patas cuando escuché que no habría trato. Nunca había visto a La Fabi petrificada; muda. Ninguno de los dos nos esperábamos esa reacción de la rentera. La casa era la más perfecta de todas las que habíamos visto y la dueña había decidido no rentárnosla en un arranque de aquí-se-hace-lo-que-yo-diga-y-si-no-les-gusta-a-la-chingada. Y fue entonces que tuve que intervenir con diplomacia, utilizando mis dotes de negociador/amansalocas. Sí, yo sé que La Fabi tenía razón respecto a lo del contrato, pues ella es experta en contratos de arrendamiento porque lleva dedicándose a esto casi veinte años; pero la casa estaba bien chingona y posiblemente no encontraríamos otra con sus características, a ese precio, en el mero centro de la ciudad; así que sentí que había que doblar las manos (o como dicen los archiduques de la decencia: "Dar las nalguitas", snif). Total que ahí traté de echar un choro pacificador, dándole por su lado a doña Luly, acá de que "No, sí, yo la entiendo, señora, yo sé que usted no es una persona malintencionada; pero la vida, la vida, la vida, ¿qué es la vida?".

Confieso que en el fondo siempre he sido tan ingenuo y soñador como para querer creer en eso de "gente de palabra", aunque me haya llevado un chingo de fiascos, pero como que me gusta creer en eso porque a mí me gustaría que creyeran eso de mí sin tanto trámite y papeleo para "no obrar mal"; y como sigo esperando el día en que conozca a alguien así, pensé que posiblemente aquel día era El Día.

Total que le dije a la señora Luly que me interesaba mucho la casa, que me diera chance de conseguir otro aval si Fabiola no quería firmar. Pero en eso, en un giro inesperado de este thriller llamado Mi Vida, La Fabi dijo: "No. No hay problema. ¿Dónde le firmo?", y sacó una pluma de su bolsa. Y en eso todo el cine se puso de pie y aplaudió y todos lloraban de la emoción y... bueno, ya, nocierto. Doña Luly puso el contrato sobre la barra de la cocina y firmamos. Así nomás. "Mañana te tengo listos tus comprobantes y el contrato llenado con los datos que me pasaste", dijo. Y pues ya. Esa fue la historia de cómo nos quedamos con la casa.
Al días siguiente me entregaron el contrato, los recibos, las llaves y me dieron chance de entrar 12 días antes de la fecha que el contrato marcaba. Incluso el primer mes, Luly -ya le digo así, sin el "doña" o "señora" o el "usted"- se hizo cargo de los recibos "porque yo nomás había estado ahí 15 días".

Y es bien raro. Como que me siento más "en casa" que antes. Será porque esta yo sí la elegí. No sé, pero hasta inspirado ando. La Fabi me dijo que había vuelto a soñar con el búho, esta vez, escondido entre los árboles; vigilante. Y es que la casa está en una parte del centro que está rodeada de árboles, tanto del lado de la calle como del patio y los patios que dan al mío. De hecho, todas las mañanas llegan pájaros carpinteros, tórtolas y parvadas de loros verdes a comer los frutos de las anacuas, aunque nunca he visto búhos. Con tanto verde, no pareciera que uno está en el centro de una ciudad. Y, obviamente, mi rutina o "estilo de vida" ha cambiado, pues a diario me salgo en la bicicleta, a tomar fotos, a caminar al parque y al mercado; también hago más labores de jardinería y hasta nuevos proyectos han llegado de las formas más curiosas. ¿Saben por qué digo que "de las formas más curiosas"? Porque todos los proyectos tienen que ver con aves. Bien raro.

Y ahí va quedando la casita,  poco a poco, ad hoc a nuestras personalidades y gustos. Las únicas reglas de este hogar, son: nada es nuevo, todo es de segunda mano, regalado, rescatado o hecho por nosotros.

¡Pásenle a lo barrido!

viernes, mayo 06, 2016

Volver al centro III

Como les decía, entramos a una casa que por afuera se veía muy meh! y quedamos maravillados. ¿Por qué? Pues porque es una de esas casas "de las de antes": con techos de vigas de madera de casi seis metros de altura, postigos entre cuarto y cuarto, con sus cerrojos y picaportes originales, un estudio al frente con un ventanal con vista a la calle, un área de sala/comedor con una puerta doble abatible que da a un pequeño patio que funciona como tiro de aire y conecta -por medio de otra puerta doble abatible- con la recámara; cocina, baño completo y al fondo, otro patio, pero laaargo -más largo que ancho-, con dos anacuas de gran tamaño, una bugambilia que forma un arco y la gigantesca fronda de un aguacate del lado del vecino posando sus ramas por encima de la barda. Es más: hasta hamaqueros tenía ya puestos en las paredes la casa. Y pues con ese detallito de las hamacas nos dimos cuenta que era La Indicada.

Después de negociar la renta con la señora Luly, quedamos de vernos al día siguiente para firmar el contrato. Aquel día llovió. Llovió duro y constante, por lo que se presentaba la oportunidad perfecta para checar humedades y goteras, ya que la dueña nos confesó que el techo de la casa era de lámina. Durante el trayecto La Fabi me contó que había soñado con la casa; que un búho gigante se le aparecía en el cuarto del fondo y le daba la bienvenida. Llegamos a la casa y ahí estaban ya Luly y Cuquita. Seguía lloviendo de manera torrencial, pero todo estaba muy bien: cero humedades, cero goteras. La casa no tenía ni un pedo. El pedo fue al momento de firmar el contrato.

Continuará...

¡Nocierto!

Como la Fabi se dedica a los bienes raíces desde hace casi veinte años, al ver el contrato de la casa, ardió Troya. Era un contrato que no sé de dónde lo sacaron. De esos machotes antiguos. Una hoja por ambos lados. De ésos que son como las Solicitudes de Empleo que venden en las papelerías. Incluso la tipografía parecía de máquina de escribir. Tenía cláusulas incompletas y algunas incomprensibles o mal redactadas; chilerón, pa´que me entiendan. Aparte, estaba en blanco, o sea: no tenía ningún dato mío ni de la rentera. La dueña lo llenaría con mis datos y los suyos una vez que se lo firmara y le diera el mes de renta y de depósito.
 
La Fabi, como iba a ser mi aval, de volada dijo que ella no podía firmar un contrato así y que yo no debía firmar un contrato así, y se ofreció a facilitarles uno de los que ella tiene: contratos de arrendamiento meticulosamente formulados, con chingomil cláusulas y páginas para que sea lo más justo tanto para el arrendador como para el arrendatario; era nomás de cambiarle a uno los datos y ya; pero doña Luly dijo que  no era necesario, que ese contrato era el que ella y sus hermanas siempre habían usado para rentar las chingomil casas que tienen y, pues, "nunca habían tenido problemas". "Ustedes no, pero el inquilino es quien puede tener el problema", dijo La Fabi, tratando de explicar lo de las cláusulas y demás ondas que nomás los abogados y corredores de bienes raíces entienden; yo, la neta, soy más confiadote y chilerón, como el contrato de Luly. "El contrato es simple formalidad. Si no te gusta alguna cláusula, se la tacho", dijo Luly. La Fabi sonrió y dijo que eso no se podía hacer, e insistió en hacer otro contrato, tratando de hacer entender a las hermanas que varias cosas estaban mal y eran ventajosas y podían perjudicarme. La dueña argumentó que eso no iba a suceder, que ellas eran personas buenas y no malintencionadas; de palabra, "de las de antes", y que no tenían necesidad de rentar porque tenían muchas propiedades, ¡y menos al precio que me la habían dejado! Cuando La Fabi se puso más dura, la dueña de la casa dijo: "Nosotros somos gente de antes; somos gente de palabra, mija, y así seguimos haciendo las cosas". La Fabi le respondió: "Bueno: entonces si son gente de palabra, ¿para que firmamos un contrato?". Luly se molestó: "Pues todos mis inquilinos han firmado este contrato y a ninguno lo he estafado", acto seguido, le arrebató el contrato de las manos y dijo: "Ya no me gustaron como inquilinos: no hay trato". Y, pues, acto seguido, se me fueron los wilburs a la garganta y la sangre a las patas.

Y ahora sí: continuará...

martes, abril 26, 2016

Volver al centro II

Como les platicaba, desde hace tiempo tenía la inquietud de mudarme a vivir al centro de la ciudad. Distintas razones -compartir un espacio/casa/taller con La Fabi, usar menos el coche, andar más en bicicleta, estar cerca de los mercados, del movimiento cultural, de las estaciones del metro, del "río" Santa Lucía, de la Cineteca, etc.- hicieron que por más de un año buscara vivienda por estos rumbos, hasta que hace un mes, se dieron las cosas, por decirlo de algún modo. Aunque para que se dieran, fue toda una epopeya.

Después de haber peinado varias veces el centro de Monterrey, calle por calle, no encontraba nada: algunas casas estaban en ruinas; otras, muy caras; otras no cumplían con las necesidades y proyectos. Hasta que salió una oportunidad que parecía de lujo: el departamento de un familiar se había desocupado después de algunos años de estar rentado. ¿Por qué digo era una oportunidad de lujo? Pues porque era un espacio muy bien cuidado, en primera planta, a muy buen precio, justo a espaldas del Santa Lucía. Cuando me enteré de esto, de inmediato le propuse a mi familiar que me rentara el depa, a lo cual accedió. Ya me veía yo viviendo como turista: todos los días pedaleando a orillas del Santa Lucía, mi nuevo patio, o caminando a todas horas hacia la Cineteca, los restaurantes, cafés, librerías, galerías y lugares con ondita. Total que di los meses de renta y depósito correspondientes y comencé a llevarme cosas que me cupieran en el coche. En ese tiempo renté mi casa: una vivienda que agradezco a mis padres haber heredado en vida casi a las afueras de Monterrey, cerca del municipio de García, en donde trabajé tres años y me quedaba muy cómoda la ubicación para ese propósito.

Pero la vida a veces es gacha, y lo demostró justo un día antes de que el camión de la mudanza fuera a mi casa por el resto de mis pertenencias. Llegué al departamento bien emocionado a dejar más cajas y a acomodar chácharas, ¡y que escucho un goteo! Volteé a ver el techo, luego la llave de la cocina, después las paredes y el piso; y naaada. Agucé el oído y seguí el ruido, que me llevó hasta el baño. Al encender la luz, el foco tronó; di un paso en la oscuridad y un chapoteo me anunció que el baño estaba inundado. Abrí las cortinas para que entrara luz, para ver por dónde estaba saliendo el agua, y me di cuenta que el techo del baño chorreaba por todas partes, snif.

Resulta que había una fuga en el tercer piso del edificio y los estragos ya había llegado hasta la planta baja. Había que arreglar el departamento de una señora que tiene fama de estar medio loca -fama que comprobé al entrar a su departamento y ver que tenía ¡seis conejos! y ropa tirada por todas partes-; el problema era que Lady Bunnies no quería arreglar la bronca porque no tenía el dinero. Para componer el desperfecto había que levantar todo el piso de su baño y cambiar las tuberías. Ante la negativa de La Loca del Edificio, y con tal de no dejar caer su departamento por el deterioro que ocasiona el agua, mi familiar le propuso pagar el arreglo, y pues aceptó encantada; pero tendría que ser cuando ella pudiera, pues serían dos días -mínimo- sin poder usar el baño, por lo que la ñora loca tenía que ver a dónde se mudaría con sus conejos (no es broma: tenía seis conejos) los días de trabajos de plomería. La bronca -sí, otra- era que -como les mencioné antes- yo ya tenía rentada mi casa, y pues tenía que conseguir dónde vivir lo antes posible.

Y pues resulta que por azares del destino La Fabi recibió una llamada de una persona a la que tenía tiempo de no ver: una chica que había conocido en una clase de tambores africanos (que es algo así como tener seis conejos en tu departamento). Entre la plática salió lo de la mudanza y lo del centro de la ciudad, y la gotera del baño del depa y bla bla bla; y esta persona le dijo que ella rentaba una casa en el centro, cerca del Santa Lucía, a tres hermanas ya grandes que tenían varias propiedades en los alrededores. Según la chava, estas señoras eran muy especiales para rentar sus propiedades, por eso nunca las anunciaban. Decía que creían en algo así como que la persona correcta llegaría de algún modo sin necesidad de poner anuncios de Se Renta. Total que le pasó el teléfono de una de ellas a La Fabi y ese mismo día llamé. He de confesar que mi primer encuentro telefónico con una de Las Hermanas del Centro, fue algo curioso:

-Si, buenas tardes, me comunica con la señora Cuquita.

-Sí, ella habla.

-Buenas tardes, señora. Hablo de parte de X, ella me pásó su teléfono para ver si me puede mostrar la casa que tiene en renta.

-¿Cuál de todas?

-La que está en la calle Y.

-Tengo muchas en esa calle. ¿Cuál?

-Pues... no sé... muéstremelas todas.

-Pues mira: no puedo ni hoy ni mañana ni pasado mañana. Si después de todo, todavía le interesa verla, hábleme el lunes y a ver qué.
 
Y me colgó. Así de huevos. U ovarios...

Llegó el lunes y le volví a marcar a Cuquita.

-Buenas tardes, señora, habla la persona que le llamó el viernes. Me dijo que le hablara hoy para ver si me pudiera mostrar...

-Aquí estoy en una de las casas. Véngase.

-Ah, ok, excelente. Deme media hora porque estoy acá por...

-No, en media hora yo ya me voy. Hábleme otro día si todavía le interesa.

Y me colgó, snif. Total que le llamé casi al finalizar la semana, por tercera vez. Ya si se ponía muy difícil, lo dejaría por la paz.

-¿Señora Cuquita?, habla Gustavo, el que quiere ver sus casas.
 
-Ah, sí. Pues aquí estoy. ¿Todavía le interesa?

-Sí.

-¿En cuánto tiempo llega?

-En 20 minutos.

-Ta bueno, aquí lo espero en la casa de color azul con número tal.

Y que me lanzo de volada.

Al llegar me recibió una señora de unos 70 ó 75 años, un poco encorvada y con el cabello blanco; muy amable, nada qué ver con la Cuquita del teléfono. La mujer nos mostró la casa pero nos pareció algo pequeña. Le pregunté por las demás casas y me dijo que casi todas las tenía rentadas, pero que una de sus hermanas tenía una a la vuelta que estaba desocupada.

-Mire, vaya y toque en esa casa y pregunte por Luly, dígale que yo lo mandé, a ver si le quiere enseñar la casa.

Total que fuimos a tocar a donde nos dijo. Abrió la puerta y se asomó por el umbral una señora un poco más joven que Cuquita y le preguntamos por la casa que tenía desocupada.

-¿Cómo se enteraron?

-Nos dijo X. Ella le renta una casa a su hermana.

-Ah, sí... Dejen voy por las llaves.

Salió la mujer de su casa. Se presentó amablemente con un delicado saludo de mano. Nos dijo que la siguiéramos. Caminamos a paso lento por la banqueta, entre unos fresnos enormes. Cruzamos la calle y de pronto metió una llave larga en el cerrojo de una fachada apenas perceptible de lo pequeña que aparentaba. Al abrir la puerta, quedamos maravillados.

Continuará...

miércoles, abril 13, 2016

Volver al centro

Es cierto eso de que no conoces un lugar hasta que lo recorres a pie o lo pedaleas. Incluso suele pasar con nuestra ciudad de origen: a veces no reparamos en sus rincones a pesar de que hemos vivido toda la vida en ella.

Recorrí cientos -o miles- de veces las calles del centro de mi ciudad y, hasta que me mudé para acá, apenas siento que lo conozco. Señal de ello es que he ido adquiriendo la habilidad de dar -o comprender- referencias basadas en sus calles "no tan conocidas"; referencias que, hasta hace poco, me parecían indescifrables.

Antes, mis vueltas al downtown eran por motivos laborales y, casi siempre, a los mismos lugares, a los que llegaba por la misma ruta. Venía en coche -malamente-, pues me quedaba "lejos" de donde vivía, y pues a veces sí me daba harta hueva meterme a esta parte de la ciudad debido al tráfico vehicular, al amontonadero de gente y a la falta de lugares para estacionarse; pero como que en el fondo disfrutaba recorrer el Monterrey primigenio. Me fascinaba esa sensación de tenerlo todo a la mano: frecuentar sus restaurantes, aprovechar su oferta cultural, sus mercados tradicionales, sus tienditas de la esquina, fotografiar sus iglesias escondidas, sus casonas de fachadas caprichosas y la posibilidad de andar en bicicleta en algunos de sus parques y vías menos transitadas. Confieso que me sentía como un turista recorriendo por primera vez el otro lado del mundo, y vivir como turista me gusta; siento que aligera la carga del día a día, aunque sea una falsa sensación de "estar de pisa y corre". En serio que uno ve las cosas con otros ojos; va más despierto; con los sentidos alerta.

Ahora, cada paso que doy me tiene una sorpresa, una postal memorable, un tesoro de formas extintas y colores olvidados; mares de historias golpeando contra los muros se sillar derruidos.

Dicen que uno siempre vuelve al origen. Yo nunca había vivido en el centro de la ciudad, pero desde hace tiempo siento que "me llama", por decirlo de alguna forma. Y sí, me consta que me trajo de vuelta a mi núcleo, sobre todo los fines de semana, cuando recorro sus calles en bicicleta: como lo hacía de niño en el barrio que me vio nacer.