lunes, diciembre 15, 2014

El Anthony Bourdain región 4 que todos llevamos dentro

Don Francisco Calvillo se gana la vida preparando caldo de rata.
Pasando la zona más urbanizada del municipio de García –de casi 150 mil habitantes–, rumbo al ejido Chupaderos del Indio –de menos de 100–, a orillas de una carretera casi desierta, el señor Calvillo construyó hace cuatro años un pequeño tejaban de madera y lámina con apenas dos mesas de plástico, ocho sillas y un asador de ladrillos y cemento donde prepara con leña su receta secreta; la cual, dice, "tiene propiedades curativas".

Don Calvillo también vende cepillos para impermeabilizar, escobillas y brochas que él mismo fabrica con "zacate" y madera. El desperdicio lo vende como estropajo para tallarse el cuerpo o fibras para lavar trastes. 
Escuché hablar del caldo de rata por dos policías que trabajan en donde yo trabajo. Se referían a él como "Caldo de Semillas del Ermitaño". Pero mi curiosidad por la peculiar sopa aumentó una tarde que cayó detenido un borrachín por andar orinando adentro de un cajero de Banorte. “Licenciado: usted nunca ha probado el caldo de rata, ¿verdad?”, me dijo entre balbuceos, mientras yo tomaba lista de sus pertenencias y las metía en una bolsa de plástico. En un principio pensé que me estaba bromeando, por lo que me limité a sonreír y le respondí que no, que nunca lo había probado. El hombre me dijo, tambaleante: “Se nota a leguas: perro no come perro”, y lanzó una mirada inquisitiva a uno de los oficiales de la barandilla, que ni se inmutó. Tomé sus palabras como un cumplido.

Después de una valoración médica y de la prueba de alcoholemia –ebriedad completa–, entre un compañero y yo cargamos al borrachín y lo metimos en una celda donde habíamos hecho un tendido con algunos cobertores. Acomodamos al hombre bocabajo y empezó a roncar. Durante la noche di varias vueltas por su celda para cerciorarme que estuviera bien. Durmió como león hasta el día siguiente.

Ya sobrio, el hombre quedó libre. Fue sólo una detención preventiva. Me dio cosa que nadie había ido a buscarlo o a preguntar por él. Mientras lo daban de baja del registro, le pregunté: “Oiga, don: ¿se acuerda que ayer me mencionó un caldo de rata?”. “Claro, mi Lic., si no andaba taaaaan borracho”, dijo sonriendo. “¿A poco lo quiere probar?”, y le dije que "sí" en un arranque anthonybourdainezco.

Yo iba saliendo de mi turno. Cuando le devolví sus pertenencias, me comentó que él vivía por el rumbo que daba a la carretera que conducía al caldo de rata, que si quería, podía guiarme. Le dije que a huevo. Todos se me quedaron viendo raro; no sé si por querer probar el caldo de rata o por darle ride al borrachín del día anterior. Subimos al coche y manejé  hacía las afueras del municipio.

Don Benigno, como se llamaba el-que-andaba-bien-crudo, se bajó en la esquina del panteón municipal. Con señas me explicó cómo tomar la carretera a Chupaderos del Indio y con cálculos mentales más o menos dedujo a qué altura estaba el tejaban del caldo de rata. "No tiene pierde: es el único que hay en la orilla de la carretera". Don Benigno me dio las gracias, nos dimos la mano y arranqué. Veinte minutos después, del lado izquierdo, me topé con el tejaban.
El caldo está bueno: lleva algunas verduras y especias, y a veces le ponen carne seca de víbora de cascabel "para hacerlo más potente". La carne de rata también está rica. No es nada del otro mundo. Es como el pollo "de patio" o el conejo. Quizás ligeramente más fuerte de sabor. Como que es más el prejuicio que se tiene al escuchar la palabra “rata”, por eso muchos se imaginan que van a comer algo asqueroso y mejor le sacan la vuelta. Citadinos al fin, relacionan al pobre roedor con la inmundicia y las enfermedades, pero por aquellos rumbos no hay drenajes ni desagües ni nada, y los pocos desperdicios que generan las personas, los queman. Las ratas se alimentan de granos, hierba, raíces e insectos; nada de qué asustarse (a menos que sean muy delicaditos y mamoncitos y les dé roña comer en un tejaban de madera y lámina con mesas y sillas de plástico).

El señor Calvillo sobrevive con lo que le da la tierra; con lo que puede conseguir en un ejido de no más de setenta habitantes; un poblado que es árido en verano y muy frío en invierno; una localidad donde sólo hay arbustos rastreros, tierra y uno que otro árbol bajo, donde no existe la electricidad, ni el agua ni el gas entubados, y, mucho menos, la señal del celular. Eso sí: no dudo que los cielos nocturnos sean todo un espectáculo.
  
Mientras desmenuzo una de las patas traseras de la rata de mi caldo –se sirven enteras–, pienso en lo que sucedería si algún día el progreso y la modernidad desmedidos alcanzaran esta parte del estado. Imagino cuando todo esté urbanizado, sepultado bajo el concreto; cuando los sándwiches rancios del Seven Eleven, los horrendos hot dogs del OXXO, las pizzas asquerosas del Mister Pizza y el pollo agusanado del Church´s hagan desaparecer con su "comodidad" y "rapidez" tan peculiar y exquisito platillo. Me preocupa que nadie con los recursos económicos o los puestos indicados en el gobierno haya pensado en fomentar la cría y reproducción de la rata de campo para preservarla como sustento de muchos, o como una opción "más sana" o menos grasosa de alimentación. Me preocupa que a nadie se le haya ocurrió hacer de este municipio –les sonará ridículo, pero: ¿por qué no?– La Capital Mundial de la Rata de Campo, y organizar el Festival Anual de la Rata de Campo, y que la gente la prepare de muchas formas: en mole verde, con chilaquiles, sobre láminas de jícama con miel de agave y huitlcoche, o en alguno de esos platillos mamones; y que vengan chefs famosos de todo México como jueces, y... ¡Imaginen los beneficios que eso atraería! Imaginen capacitar gente para preparar los campos, alimentar las ratas, reproducirlas, exportar su carne, venderla a los supermercados. ¡Uf!, cientos de posibilidades de crecimiento sustentable si tan sólo se pensara en armonía con el entorno y en beneficio de los más "jodidos".
Pero, por lo pronto, creo que don Francisco Calvillo y su ejido están mejor así, casi en el anonimato. 

Después de dos platos de caldo de rata, don Calvillo envolvió un camote en papel aluminio y lo puso sobre las brasas. “El postre se lo regalo”, me dijo. Estaba exquisito. Hasta una lata de "Lechera" para echarle a los camotes tenía el señor. Creo que fue lo más industrializado que vi.

La experiencia estuvo tan chingona que el fin de semana regresé con un amigo a comer caldo de rata. Esta vez don Francisco dejó a su hijo al mando del negocio y nos llevó a su casa, a media hora del tejaban, por un camino de terracería. Queríamos ratas crudas para asarlas en casa y el hombre sólo tenía en un pequeño refrigerador conectado a un generador, en un cuartito de madera a un lado de su casa. Nos vendió siete ratas y tres elotes por cien pesos. Fue todo un suceso. Cabe destacar que los riñoncitos del roedor son un manjar, snif.
Moraleja: no sean quisquillosos y prueben de todo.

lunes, diciembre 01, 2014

Regalos navideños

A petición de algunos lectores hice una producción limitada de dos estilos de playeras del Escuadrón Retro en algunos colores y tallas (blanca con mangas negras, verde claro, azul claro, anaranjado, verde "bandera" y amarillo). 

También tengo la última tanda de la primera edición del libro que publiqué el año pasado y que recopila 105 tiras cómicas de mis personajes; ya que, en el 2015, sacaré el segundo libro con material totalmente nuevo. ¡Espérenlo!
Si les interesa hacer un regalo -o hacérselo ustedes mismos-, mándenme un correo a guffo76@hotmail.com o déjenme un comentario.

LOS PRECIOS DE LOS PAQUETES YA INCLUYEN EL ENVÍO (¡Dios mío, Guffo se ha vuelto loco!). Playera: $100 pesos. Libro $100 pesos. Paquete de playera y libro: $180 pesos. Cada paquete trae regalillos. Y nomás por ser navidad -y porque soy bien buenas ondas-, los primeros diez pedidos pagados recibirán de obsequio la playera con el dibujo -de mi autoría- ganador del concurso "Ideas Verdes" de Ilustramesta 2014. 

Trae el logo de la CONACULTA y todo el rollo O_O
Los pedidos empiezan a partir de hoy y terminan el día 15 de diciembre.
Saludos. Buen inicio de semana.

jueves, noviembre 20, 2014

Esto que llaman ARTE

Llámenlo arte moderno, contemporáneo, posmoderno, minimalista o el calificativo que quieran endilgarle a eso que exhiben algunos museos y galerías, pero, la mayoría de las obras que representan estas corrientes, parecen más una tomadura de pelo.

Es bien triste saber que hay un montón de personas talentosas que, por ejemplo, andan mendigando que les paguen lo justo por unos dibujos que hicieron para una agencia de publicidad, mientras otros huevones irresponsables sin talento acaparan los reflectores y exposiciones más importantes del país -y del extranjero- con sus mamarrachadas sobrevaloradas (¡hola, Gabriel Orozco!).

"Habría que definir lo que es el talento, Guffo", dirán algunos mamertos, o: "Habrá que definir qué es arte", dirán otros más mamertos, pero la neta me da mucha hueva entrar en ese terreno tan truculento porque creo que es precisamente el lugar común al que recurren los carentes de capacidad creativa para defender "su trabajo". Recurrir al "Es que habrá que definir qué es arte" es hacerse pendejo. Es como no saber qué es obrar bien y qué, obrar mal. El arte no es un dilema. No creo que sea algo moral o inmoral; tampoco algo relativo o que dependa por dónde se le vea o el contexto en el que se encuentre. Un basurero no se convierte en arte nomás porque a algún chiflado se le ocurrió ponerlo en un museo. El arte es arte dentro y fuera de ese sagrado recinto.

¿Definir "arte"? ¡Qué hueva! Aparte, no soy el indicado porque no soy experto en payasadas. Mejor les recomiendo que lean a Avelina Lésper para que ella misma los instruya y aprendan a diferenciar entre un verdadero artista y un mamarracho caprichoso sin talento que cree ser artista; léanla para que no caigan en el chantajito ese de: "Habría que definir lo que es el arte porque, si no, todo puede ser arte y nada puede serlo", o el típico: "Es que tú no entiendes de arte".

Pero bueno, les comento esto porque he ido a unas cuantas exposiciones "de arte" últimamente y, oh, mi Dios: qué horror.

Pasemos a analizar algunas obras que de seguro no entendí por ser un ignorante. La primera es un ropero. Sí: un ropero.
Aaaah, pero el ropero tiene patas. Uuuuy, sí, es un ropero con patas... sí, uy, qué gracioso; sí, uy, muy novedoso y digno de ponerse en un parque temático de Disney donde los muebles cobran vida. Pero, ¿y luego?...

"Es que tú no entiendes de arte, Guffo; es muy fácil criticar cuando no sabes de arte y cuando no haces arte y cuando no arriesgas nada y cuando...". 

Sí, tábueno.

Sigamos con la siguiente pieza.
Sí, es una cabeza de peluche que parece Falcor, el dragón de La historia sin fin, pero travestido como reina del carnaval de la verdolaga. Es arte porque... este... mmmmm... pues está en un mueso y mmmh, pues... ¡me rindo! No sé qué chingados...

"Pues sí, Guffo, pero eso a lo que llamaste Falcor travesti llamó tu atención; la obra hizo que te detuvieras a contemplarla y le tomaras una foto; provocó algo en ti, y ésa es la intención del arte; por lo tanto, esto es arte".

Eeeeh... O-okey...

En la siguiente imagen podemos apreciar unos trapos colgados en la pared, una redes y uno palos acomodados de forma extraña, como formando una casita y otros que parecen una escalera.
De seguro, como soy un ignorante que no entiende el trasfondo político/social/cultural de esta obra, la critico. Pero como no me gusta criticar sólo por criticar, sino también proponer, propongo como artista prometedor al vagabundo que habla solo y pide limosna en el crucero de por mi casa; ese señor todo chamagoso que duerme en una construcción abandonada donde cuelga sus trapos en clavos, igualito que el autor de esta obra. Además, el señor este también amontona de forma extraña la leña que corta en los lotes baldíos aledaños para no pasar frío en las noches. En serio que deberían de llevarlo a exponer en la galería más chic de Miami o, incluso, al Louvre, porque neta que está a la altura de este artista.

"Ay, Guffo, qué ardido eres. Si es tan fácil hacer eso, ¿por qué tú no lo haces?" 

Simple: no lo hago porque no quiero ser un farsante (y porque no soy un vagabundo que habla solo, pide limosna en un crucero y vive en una construcción abandonada).
Prosigamos.

Confieso que cuando llegué a esta parte del museo pensé que le estaban haciendo alguna reparación o remodelación al recinto. Supuse que lo que tenía enfrente era un pedazo de techo de plafones que colocarían en la galería debido a las goteras o qué sé yo; pero, al voltear hacia arriba y no ver trabajadores ni nada, me di cuenta que esa cosa colgante era la obra de arte. Sí. Esto: 


¿Cómo lo ven? ¿O acaso estoy loco y en donde no veo más que una estructura plana, ustedes ven una obra de arte digna de una bienal de FEMSA? Díganme la neta, si en verdad estoy loco, lo aceptaré.
Por cierto: puse unas repisas yo solito en una pared de mi casa, ¿no le interesará a alguna galería de arte o museo exponerlas? 

Esto que sigue es un recorte o algo que se supone debería de impresionarnos... Ooooooooh...
Y por último, esto... La gran mamada. La mamadototototota:


¿Que qué es? Bueno, queridos lectores, esto que ven aquí es un digno representante del arte moderno. Quienes saben de arte creen que esta ¿cosa? merece un espacio en los museos, y, pues, ¿quién es uno para andarlos contradiciendo? Si se fijan, hasta rayitas negras tiene delimitándolo para que no se pase la gente, uuuy... ¡Y no se les ocurra usar flash en su cámara porque se gasta con el destello la chingadera esta!
Esto se supone que es un rollo hecho con los periódicos recopilados en todo un año. Órale... Y de seguro tampoco lo entiendo porque es arte moderno y yo ya no soy moderno.
Lo más curioso es que si cualquier mortal decidiera hacer algo así en su casa, no sería otra cosa más que un pobre loquito con algún trastorno obsesivo compulsivo, o uno de esos enfermos que acumulan cosas y son exhibidos en el Discovery Channel para nuestro morbo.

Aaaay, el arte, snif.

miércoles, noviembre 12, 2014

Desaparecido (literalmente)

Hernán se orinó cuando escuchó que lo iban a desaparecer. Su mente imaginó mil formas de morir –quemado, ahogado, decapitado vivo–, pero nunca le pasó por la mente lo que le harían.

Lo pusieron de rodillas y de un manotazo le quitaron el costal de yute que le cubría la cabeza. La luz de la mañana lo cegó. Una voz cavernosa le dijo que no volteara hacia atrás, mientras el frío metálico de una pistola le trepaba por la nuca.

La voz le dijo que contara hasta el número cincuenta, y que después se pusiera de pie y corriera hacia los columpios oxidados que estaban al fondo del parque.

Hernán empezó a contar. “¡Más fuerte!”, le ordenó la voz cavernosa. “¡UNO! ¡DOS! ¡TRES!...”. Entre más se acercaba al número cincuenta, más se le quebraba la voz. “¡T…treinnn…nnnta…ytttrrr…es…es…”. 

En el número cuarenta y ocho, Hernán dijo: “¡Por favor no me maten!”, pero nadie respondió. “¡No me maten, por favor!”, suplicó.

Terminó de contar: “Cuarent…t…t…a y nu…nu…nnnueve… ¡Cincuen…nnn…nta!”.

Silencio...

De pronto sintió la grava calándole bajo las rodillas y percibió el penetrante olor a orina y sudor de varios días mezclados con el aroma de la hierba mojada. El trino de los pájaros en las copas de los árboles lo sacó de golpe del trance en el que se encontraba inmerso.

Se puso de pie y corrió lo más rápido que pudo hacia los columpios que le habían indicado. Gritaba: “¡NO ME MATEN!”, mientras se cubría la nuca con las manos. En el fondo esperaba que el balazo fuera certero y acabara con su vida de manera instantánea, para evitar la agonía de desangrarse.

Hernán llegó a los columpios. Se sostuvo con las dos manos en uno de los postes descarapelados. Lloraba y se atragantaba con sus mocos y lágrimas cada que intentaba jalar aire. Y esperó lo peor.

Las autoridades estatales encontraron a Hernán al día siguiente en casa de Doña Chabelita, una conocida mujer que vendía tortillas de harina en un pequeño tejaban. Hernán había llegado ahí pidiendo auxilio y un teléfono. Uno de los vecinos de Doña Chabelita fue quien le proporcionó un viejo celular.

De regreso en casa de sus padres, Hernán se enteró que no habían pagado rescate alguno por su liberación porque nadie había exigido un rescate. Se enteró también que lo habían soltado al tercer día, que no tenían idea de quiénes habían sido los culpables ni el motivo de su secuestro, como tampoco el motivo de que lo hubieran liberado así porque sí.

Cuando se sintió un poco mejor, Hernán decidió, por seguridad, cambiar las contraseñas y hacer privadas sus cuentas personales: Facebook, Twitter, Instagram, Tinder, su cuenta secreta de Facebook y hasta su antigua cuenta de Blogger. Para su sorpresa, ya ninguna de ellas existía.

Hernán recordó cuando se orinó encima al escuchar que lo iban a desaparecer. Habían cumplido su amenaza.

lunes, noviembre 03, 2014

¿Quieres ser mi chambelán? (segunda parte)

Foto de Sergio Ruiz
Como les platicaba en la entrada anterior, siempre me negué a ser chambelán. Tenía -y sigo teniendo- pánico escénico y no sabía -y sigo sin saber- bailar.

De hecho, he de confesar que tanto me angustiaba pensar que alguien pudiera invitarme como chambelán, que me volví loco cuando me di cuenta que tarde o temprano mis hermanas llegarían a esa ridícula edad, y, ahí sí, aunque no quisiera, iba a tener que bailar con ellas mínimo un vals, ante la mirada burlona y juzgadora de los ahí presentes, que de seguro pensarían: "Se negó tanto a ser chambelán que Dios por fin lo castigó. Eso se llama karma instantáneo bla bla bla"; porque ya saben cómo es esta sociedad regia de cruel y ranchera. Pero bueno. Les decía que en verdad se convirtió en un martirio pensar que ese día llegaría. Con decirles que todas las noches me despertaba gritando: "¡NOOOOOOOOOO!", y luego me ponía a rezar para que eso de ser chambelán de mis carnalas no sucediera.
Total que para mi muy buen suerte -y la muy mala suerte de mis hermanas- ninguna de las dos tuvo fiesta de quinceaños; al menos no con bailable y esas ridiculeces. Y fue así que otra vez me salvé de la humillación pública, snif.

Creo que en mi vida sólo he querido ir a un quinceaños; curiosamente, a uno al que no fui requerido como chambelán.
Fue la fiesta de una amiga cuyo padre trabajaba en el mundillo del espectáculo. Su fiesta sería en la disco más nice de aquella época y, aparte, ¡tocaría en vivo el grupo Maná! (no se desmayen de la emoción, por favor, que aún no termino mi relato... ¡y no estén chingando con que de seguro esto sucedió hace tanto tiempo que Maná todavía se llamaba Sombrero Verde!, snif).

Total que así fue, mis muy estimados lectores: fui a un quinceaños en el que Maná tocó; aquel Maná famosísimo y ecologiquísimo de ¿Dónde jugarán los niños?, que, aunque no te gustara, terminabas aprendiéndote al menos la de Me Vale porque a todas pinches horas la pasaban en el radio y en la tele. Me acuerdo que en la fiesta el mamón del Fher -Fher el de Maná- hizo un intermedio en su concierto privado para pasar a mi amiga al frente del escenario, felicitarla de parte del grupo y regalarle un bonsái... sí, un bonsái; porque ya saben: "su onda ecológica"... Ay, pinche Fher tan mamón y tacaño.

Años después esta misma amiga me invitó a su boda, a la que fue Raul Di Blasio, Armando Manzanero y José José. Sí, yo sé que odio ir a bodas sean de quien sea, pero a ésta fui con gusto; no porque sea yo muy fan de esos artistas, sino porque quería tener algo que me sirviera a futuro para presumirle a los Godínez y demás simples mortales cuando se pusieran muy locos con sus presunciones comunes y corrientes. ¡Pos estos! ¡Si no somos iguales!
Recuerdo que esa noche un amigo llegó a la mesa con cara de orgasmo porque se había topado al Príncipe de la Canción en el baño y había orinado al lado de él y, pues... chido por él.

Pero volviendo a lo de los quinceaños, en especial recuerdo uno. A éste no quería ir porque no iban a ir mis amigos, pero mis papás me llevaron a la de a huevo porque era la pachanga de una prima "de cariño"; ya saben: esas hijas o hijos de compadres de nuestros padres que no son parientes pero nos relacionamos de cierta forma con ellos que son "casi casi" como de la familia. Yo tendría unos 13 ó 14 años y estaba en un enorme salón del Club Palestino Libanés sentado en una mesa con otros primos "de cariño", metido en un traje azul marino que me quedaba como le quedaban los trajes a Clavillazo, snif.

Y fue entonces que comenzó la pesadilla, pues tía "de cariño" que pasaba por la mesa, tía que decía: “¡Ándenles, no sean rancheros: saquen a bailar a las chavas!”. Ya saben cómo son las pinches tías de cagaleras. Así estuvieron chingue y chingue durante toda la fiesta, hasta que un primo de mi edad, que se sintió muy chingoncito, se puso de pie y fue a Las Mesas de las Chavas y las empezó a invitar a bailar. Está de más decir que a mi primo el traje le quedaba como a Resortes le quedaban los trajes, y que todas y cada una de las niñas lo mandaron al carajo. Ninguna aceptó bailar con él, snif. El wey regresó todo derrotado a sentarse en La Mesa de los Primos ignorando las risitas burlonas y muecas de asco de algunas adolescentes.

De pronto apareció en la mesa mi papá con otros tíos. Habían ido a "consolar" al galán frustrado. Nos echaron un rollo de que "al menos él lo había intentado" y que "nos había puesto el ejemplo a todos" y ese tipo de mamadas.
Yo pensé: "Eeeemmm... no: mi primo no es un héroe; más bien quedó como un pobre pendejo por doblegarse ante la presión social". Y más como pendejo quedó cuando una tía gorda se acercó efusiva a felicitarlo por su valentía y, de premio, lo sacó a bailar. ¡Wooow! ¡Qué gran premio! ¡Dios es grande! ¡Dios premia a quien lo intenta! ¡Wooow! ¡Qué gran lección!

Y creo que fue ahí en donde me cayó el veinte. No es que yo fuera del todo inseguro, lo que pasaba era que simplemente no soportaba esos eventos de música, baile y amontonaderos, pero iba por mis amigos o por mis papás o por "tratar de ser normal". Pero en verdad me parecían -y me siguen pareciendo- ociosos, sin sentido y aburridos. No quería demostrarle nada a nadie; no quería validarme ante nadie; no quería competir con nadie ni me importaba bailar con la más guapa o bailar con muchas ni me interesaba encajar en el "ambiente normal" de los chavos y chavas de mi edad. Me valía verga, en pocas palabras; y fue entonces que empecé a ser más honesto conmigo mismo: a la chingada todo eso que no quería hacer por el simple gusto de hacerlo; a la fregada todo aquello que no quería hacer de corazón.

Tampoco quedé muy convencido de "la enseñanza" de aquella anécdota del primo al que todas le dijeron que no. Me cagaba la interpretación que la mayoría le daba a esa supuesta lección de vida. Me parecía muy cursi, por lo que preferí ver el lado poético del perdedor; la nobleza que conllevan sus actos como un proceso de crecimiento interno, no la bazofia motivacional que pretendían vendernos. Pero bueno...

Tenía 20 años cuando fui a mi última fiesta de quince años, después de mucho tiempo sin asistir a una. Una niña de 15 que estaba enamorada de mí me invitó como su acompañante. Ahí me confesó que desde que tenía 7 años yo le gustaba. Cabe aclarar que por una u otra cosa, entre ella y yo nunca hubo nada, snif. 

martes, octubre 28, 2014

¿Quieres ser mi chambelán? (primera parte)

Recuerdo con cierto desazón mi época de andar en fiestas de quince años. La recuerdo con amargor porque, siendo bien honesto cosa que no fui conmigo mismo a aquella edad, nunca me sentí a gusto acudiendo a este tipo de celebraciones; pero, ya saben: los amigos, la presión social, el sentido de pertenencia y todas esas jaladas existenciales a las que el hombre común debe enfrentarse en algún momento de su vida para ser moralmente autosuficiente.

Fue allá, a principios de la década de los noventa, cuando en la radio sonaba MC Hammer, Milli Vanilli y Vanilla Ice. Recuerdo que la moda entre los chavos de onda era usar pantalones bombachos marca Z Cavarichi de colores llamativos y mocasines Zodiac "de brochecito" con los talones pisados, como si fueran sandalias. Algunos más arriesgados nos dejábamos crecer el copete o una parte del copete hasta la barbilla (y digo "arriesgados" porque nos arriesgábamos a que en la prepa nos cacharan con ese pelo y nos lo trasquilaran o nos suspendieran; y digo "copete" porque, aunque lo duden, alguna vez tuve copete, snif).

Pero bueno... Les comentaba que en aquel tiempo vivía en un barrio de clase media donde había más niños y niñas que rondaban mi edad, por lo que hubo un momento en que el furor de Las Fiestas de XV se apoderó de sus calles y de sus jóvenes habitantes. No sé qué se acostumbre ahora en el 2014, pero supongo que no dista mucho de lo que se acostumbraba en la prehistoria cuando las niñas se acercaban a esta edad. En verdad que era todo un acontecimiento que justificaba un descarado despilfarro que llevaba al borde de la quiebra a los padres de la festejada, pues compraban churriguerescos vestidos rosados, mandaban hacer invitaciones ridículas, rentaban limusinas, rentaban la discoteca o el salón de moda, equipos de sonido con luces y "bola disco", y, aparte, contrataban a un coreógrafo que organizaba un par de bailables todos mal coordinados con un grupito de chambelanes. Oh, sí... los chambelanes: esos galanes escuálidos y lampiños que, como príncipes prehispánicos encantados, le sacaban brillo a la pista de baile con las suelas desgastadas de sus Zodiac de brochecito. 

Yo, que en verdad soy un hombre recontra extremada y encabronadamente bien pinche guapo, obviamente recibí toneladas de invitaciones para ser chambelán de infinidad de morritas; pero, en vez de sentirme halagado, me angustiaba. No tienen idea cuánto me agobiaba recibir este tipo de invitaciones, queridos lectores. Era una presión enorme que me hacía temblar las piernas y me quitaba el sueño. Era la etapa en que más inseguro era y en la que más me costaba decir "No", y, cuando tenía el valor de decir "No", me invadía una culpa terrible con la que difícilmente podía lidiar. Cosa distinta sucedía con mis amigos, que se emocionaban y consideraban un honor haber sido invitados como chambelanes; el ego se les inflaba y no había quien los bajara de su nube por semanas. Pero bueno, supongo que así es la gente común y corriente, snif.

La principal razón por la que me negaba a ser chambelán era porque simplemente me daba pánico escénico... y aparte no sé bailar y me caga bailar y no me interesa aprender a bailar y, como ya les dije, era la etapa de más inseguridad de mi vida, snif. La otra razón por la que nunca quise ser chambelán, fue porque lo consideraba y lo sigo considerandouna mamarrachada; una pérdida de tiempo; un despilfarro absurdo y algo tan vulgar que sólo puede emocionar a quienes se formaron al último en la fila de la cadena evolutiva. 

Aaaah, pero negarse a ser chambelán en esta falsa sociedá regia era un problemononón, porque, por un lado, mi madre que se sentía la mamá de Brad Pitt– se emocionaba cuando se enteraba que su hijo había sido requerido como chambelán, pero el mundo se le venía abajo cuando se enteraba que había declinado la invitación. Tal vez pensaba qué había hecho mal como madre para que su hijo no pensara y sintiera como los demás chavos normales. Aparte, ¡¡¡era la hija de su comadre!!!: ¿cómo me atrevía a decirle que no?, ¿cómo podía hacerle esa grosería?, ¿cómo su hijo, el más guapo del barrio, no iba a ser chambelán del quinceaños del siglo? Pero pos ése era yo y ése sigo siendo yo y ni pedos. 

Por el otro lado, estaban los amigos, que se hacían más amigos entre ellos y a uno lo hacían a un lado o le hacían el fuchi porque, pues, uno no era de "los seleccionados". Si no se enteraban, yo no les decía que había declinado la invitación, y dejaba que pensaran que no me habían invitado como changolán. Y pues cállate, se sentían soñados y  más pinches guapos que yo porque a mí no me habían dicho y bla bla bla. Si hubieran sabido los pinches píojosos que no era que no me hubieran invitado, sino que me daba el lujo de decir que no, otra cosa hubiera sido. Pero bueno, supongo que así es la gente común y corriente.

Continuará...

miércoles, octubre 22, 2014

El diputado

Una mujer empezó a insultarme en la fila del supermercado.

–¡Ladrón! Nosotros te damos de tragar. ¡Nosotros! –dijo histérica, señalando hacia varias partes de la tienda.

Sonreí y la ignoré.

La cajera pesó la bolsa de jitomates y después marcó el frasco de aceitunas,  la botella de vino y el aceite de oliva que había ido a comprar.

–¡Eres un ratero! Tragas gracias a nosotros. ¡Ladrón! –subió el tono de voz.

La miré a los ojos y sonreí. Hice un ademán con la mano izquierda: “Tranquila…”, dije casi susurrando. El niño que la acompañaba se escondió detrás de ella.

–Eres el que sale en la tele diciendo que “No más impuestos”. Nadie te cree, rata asquerosa. ¡Yo te doy para tragar! Trabajas para mí, ¡rata!

Sereno, extendí mi mano y observé al niño. Parecía asustado. Un hombre de corbata –el gerente, supuse– se aceró al escuchar el escándalo.

El niño se asomó y extendió su mano. La estreché y la sacudí con delicadeza.

–¡No le des la mano a esta pinche rata! –aulló la mujer. El hombre de corbata trató de calmarla, pero ésta respondió con un manotazo.

De un movimiento brusco y rápido, jalé al niño hacia mí. Saqué la escuadra que tenía escondida debajo de la axila y posé el cañón sobre la cabeza del pequeño. Todos gritaron.

–Si no se calla le vuelo los sesos.

El niño rió y toco la pistola con una de sus manos.

–¿Se va a callar?, ¿o le vuelo los sesos?

La mujer quedó paralizada. Los ojos se le desbordaron y la boca se le torció. No dijo nada.

Solté al niño y lo acerqué hacia ella con un ligero empujón.

La cajera me dio el cambio con la mano temblorosa.

–Ahora es usted cómplice de algo horrible que he hecho, así es que no vuelva a quejarse –dije, di las gracias, cargué la bolsa con el mandado y me fui.