miércoles, julio 20, 2016

De baños de vapor, cines porno y sindicatos (segunda y última parte)

La Sala Chaplin, como casi todos los cines de la ciudad, empezó siendo “terraza”. Me explica don Eduardo, mi guía y Secretario de Organización del Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica (STIC), que las terrazas eran "los cines de antes": espacios al aire libre -bardeados, pero sin techo- en donde se pagaba un boleto para ver proyectadas en una pared hasta tres películas. "Por eso lo del término Permanencia Voluntaria, porque podías quedarte a ver las tres películas por el mismo precio o retirarte después de la primera o segunda", aclara. Como dato curioso, don Lalo también me comenta que las personas acostumbraban llevar sus propias sillas o cobijas cuando hacía frío. "Como ahora, que llevan su propia comida escondida en las bolsas", remato, y sonríe. Las funciones en las terrazas se cancelaban sólo cuando llovía.

Según el libro Historia del Cine en Nuevo León, del licenciado Rogelio Pérez Garza, allá por los años cincuenta había en Monterrey más de 30 terrazas, las cuales fueron desapareciendo con el tiempo, hasta que a principios de los años setenta ya no quedó ninguna. Las que corrieron con suerte, como la terraza del Chaplin (antes, terraza Brasil), se convirtieron en cines o en autocinemas (que también ya desaparecieron, snif); pero a la fecha ninguna terraza existe como tal (ojo aquí, hípsters: potencial negocio nostálgico).

Don Lalo no para de platicar mientras salimos de los baños de vapor y nos encaminamos a la Sala Chaplin. Bajo la marquesina del mítico cine, el hombre saca un llavero del bolsillo y elige por inercia una de las llaves, la introduce en un cerrojo y desliza el enrejado corredizo que protege al lugar. Entramos a la taquilla y ahí me presenta al encargado (cuyo nombre olvidé, snif) y a un gordo malencarado y sin camisa que hace la limpieza del cine. Don Lalo, queriéndole dar la importancia debida al encargado de la taquilla, deja que él me explique el funcionamiento de la sala y siga con el recorrido. "Te veo a la salida", se despide y se va a las oficinas del sindicato.

La Sala Chaplin abre todos los días. Hay 6 funciones entre las 12 del mediodía y las 22 horas. Se proyectan tres películas en 35 mm y otras tres en DVD. La entrada cuesta $65 pesos, pero las mujeres entran gratis si van acompañadas de un caballero, como anuncia un pizarrón de terciopelo negro, en el que ponen también con letras de plástico blanco, los títulos: "Sexo a Domicilio", "Orgía en el Cuerpo"... El cine tiene capacidad para unas 300 personas. Lleva tiempo que no se llena.
Por un lado de la dulcería, recorremos un oscuro pasillo hasta topar con unas escalera metálicas en forma de caracol. "Cuidado con la cabeza", me dice el encargado, que supongo me vio muy frentón, snif. Y sí: los escalones me pasan a centímetros de la cabeza a pesar de que subo encorvado. Llegamos a un cuarto amplio, lleno de cajas y polvo, en donde hay una puerta muy discreta: es la sala de proyección.

La sala de proyección es un diminuto cuarto con algunos carretes de película, bancos desgastados, papeles amontonados y frases motivacionales o de La Biblia escritas en cartón y pegadas sobre una pared. Lo impresionante del lugar son los proyectores: hermosas reliquias centenarias dignas de un museo. En verdad que son un portento tecnológico, el sueño húmedo de cualquier friki del steampunk. "Estas máquinas las opera don Lalo", me dice el hombre con orgullo.
Proyector. Chequen los ductos para sacar el aire caliente.
Del cine Chaplin había escuchado las mismas leyendas urbanas que del Aracely. Leyendas urbanas que acostumbran tener los sitios que permanecen en el olvido o están en vías de extinción; a minutos de convertirse en naufragios arquitectónicos, como la mayoría de las construcciones del centro de mi ciudad; pero gracias a la labor de estos hombres y este sindicato, permanece vivo un fragmento de historia de Monterrey que, por lo pronto, no se perderá en el tiempo, como tantos otros.

La verdad nunca había entrado a un cine porno. Es toda una experiencia. Sí, hay un halo de depravación e insalubridad que nada más de pensar en ello, saca ronchas. Pero es parte de la aventura. Sí, cuando uno entra piensa en gente masturbándose, en parejas cogiendo o en depravados sentados en los asientos del fondo, al acecho; y pues sí: da escalofríos. Pero he de confesar que lo más bizarro del cine Chaplin es el gordo malencarado que trapea la sala en calzones largos. Fuera de él, todo es "normal". Vayan y compruébenlo ustedes mismos. La Sala Chaplin está en Héroes del 47, casi esquina con Carlos Salazar; y ya de pasada se van a los baños de vapor del STIC.

Salgo del cine, voy a las oficinas del sindicato y le agradezco a don Lalo y a don Rogelio su tiempo y sus atenciones, prometiéndoles escribir esta humilde crónica.
Insisto: lo más escalofriante del Chaplin es este gordo sin camisa que limpia los pasillos.

viernes, julio 08, 2016

De baños de vapor, cines porno y sindicatos (primera parte)

Hombres muy hombres del mundo que leéis este blog, os pregunto: si alguien del sexo masculino los invitara a pasar una linda tarde metidos en unos baños de vapor exclusivos para caballeros, con masajistas varones, ubicados en unas calles semiolvidadas del centro de la ciudad de Monterrey, al lado de una antigua sala de cine porno que todavía proyecta películas cochinonas: ¿irían?

Dan ñáñaras, ¿no? Uno de volada se imaginaría en un torneo de espadazos con "Everybody Dance Now", de C&C Music Factory, como fondo romántico. ¡Pero no! La verdad es que suena más sórdido de lo que es. Yo lo comprobé, y a continuación les cuento mi varonil y para nada gay experiencia (digo, para aquellos que siguen teniendo aversión y prejuicios hacia eso):

En la esquina de Héroes del 47 y Carlos Salazar, justo a un lado de la mítica Sala Chaplin, hay unos baños de vapor. Supe de su existencia apenas hace un par de meses, cuando me mudé a vivir al centro de la ciudad y un día decidí recorrer las calles del rededor en mi bicicleta. “Turco, ruso y suizo”, advierte una estructura de metal con una lona que cruza de lado a lado y divide por la mitad el edificio. La lona también tiene unas siglas que nunca en mi vida había visto: "STIC". Guiado por esa cosa que dicen que mata a los gatos, me acerqué un poco más al edificio para salir de dudas, y me percaté que STIC significa Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica. "Pero ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?", me pregunté. "¿El señor Spielbergo estará ahí adentro?". Fue entonces que mi Sherlock Holmes interior hizo que me bajara de la bicicleta para cruzar las puertas de cristal del edificio con la única intención de pedir una entrevista con alguien y poder realizar una pequeña crónica urbana de lugares poco comunes -o en vías de extinción- en Monterrey.
Total que como les comentaba, entré a la recepción para pedir informes, hablar con el dueño o el encargado y aclarar todas mis cuestiones. La mujer al frente de la recepción me dijo que "a la vuelta" podía "hablar con alguien". "A la vuelta", entre el mítico cine porno y los baños de vapor, resulta que había otra puerta de vidrio, más discreta que la de los baños. "Ahí puede atenderlo el licenciado Rogelio". "¿Será el licenciado Rogelio el señor Spielbergo?", pensé, y, emocionado, salí de inmediato de ahí empujando mi bicicleta para entrar a las susodichas oficinas. Había fotos de líderes sindicales en las paredes. Eran las oficinas del STIC. De la Sección #26, para ser más específicos. Mientras esperaba a que me atendieran, seguía preguntándome qué demonios tenían que ver unos baños de vapor para caballeros con el Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica. Y fue entonces que don Rogelio salió de su despacho y aclaró todas mis dudas.
Don Rogelio Pérez Garza es un hombre de 76 años, de bigote casi rubio y ralo. Bien peinado y de vestir impecable. Me recibe amablemente en su despacho y va al grano: "¿Qué quieres saber y dónde lo vas a publicar?". Ya que le explico, el señor se suelta platicando. Don Rogelio es el Secretario General del STIC, donde lleva décadas. Al STIC están afiliados boleteros, dulceros, proyeccionistas, empleados que limpian el desmadre que dejamos al acabar la película, etc. Entre muchas de las labores que desempeña este señor, también es escritor e historiador de Monterrey. Ha escrito una decena de libros, entre poesía, historia del cine, cuentos y literatura infantil. Me dice que desde niño trabajó como proyeccionista en varios cines y terrazas de la ciudad, y que el Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica es dueño de los baños de vapor, del cine Chaplin, del Aracely (también para adultos, pero ahora en renta) y un salón para eventos arriba de la sala Chaplin. Lo que se recauda de estos negocios se le reparte a los pensionados: $2000 pesos mensuales a cada uno de los más de 200 pensionados que hay.
Libros que ha publicado don Rogelio.
Antiguo aparato para editar película.
En eso, don Rogelio hace una llamada, y aparece en la oficina don Eduardo, un tipo un poco más joven que el Secretario General, bien vestido y de semblante bonachón, que, para mi asombro, es el proyeccionista de la Sala Chaplin y el Secretario de Organización del STIC. Don Eduardo amablemente se ofrece a darme un tour por los baños de vapor, el salón de eventos y el cine Chaplin, y me autoriza tomar algunas fotografías para reforzar este pequeño reportaje.

Don Eduardo también me platicó muchas cosas. "El baño turco y el ruso en sí son saunas húmedos, el baño suizo es una cabina que avienta agua por todos lados. Ahorita sólo tenemos una porque es tecnología muy cara", me dice. La entrada a los baños cuesta $130 pesos; $110 para los del INAPAM (Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores). Don Lalo me comenta que el lugar se remodeló en el año 2004, porque antes había un área para mujeres, pero no eran clientes tan frecuentes como los hombres, por lo que decidieron quitar ese espacio. A los baños de vapor del STIC entra "todo tipo de gente". No se reservan el derecho de admisión. "Es un lugar democrático". También hay gimnasio y bar.

Don Edurdo, sin borrar esa disimulada sonrisa que parece grabada en su rostro, me va mostrando cada uno de los rincones de los baños de vapor y explicándome un poco de su historia. Tomo algunas fotografías. Hay clientes. Los niños van con sus papás. Vapor. Paredes empañadas. Gotas escurriendo por todos lados. Balastras y tubos fluorescentes. Salimos del lugar y don Eduardo me dice: "Ahora vamos a la Sala Chaplin". Se me pone la piel de gallina nomás de recordar todas las leyendas urbanas que he escuchado de ese lugar.

Continuará...
Don Rogelio y don Eduardo.

jueves, junio 30, 2016

La gente del patio

Papá no me cree que cuando se va a trabajar hay gente en el patio.

Estoy de vacaciones y en el barrio al que nos acabamos de mudar no hay mucho que hacer. No hay niñas de mi edad y tampoco han venido a conectar la televisión de paga y el Internet.

Lo único que hago en todo el día es salir al patio a jugar con la tableta o a hojear alguno de los libros que tiene papá en el buró de su cuarto. Cuando la tableta se descarga o el libro me aburre, se me va la tarde mirando el agujero de la barda en donde se esconde una lagartija de colores.

Papá trabaja de noche en una fábrica. Llega hasta la mañana siguiente. Pero no me quedo sola. Me quedo con mi abuela. Aunque es como si me quedara sola, pues mi abuela apenas se mueve y no puede hablar. Pero estoy segura que si pudiera hacerlo, le diría a mi papá -su hijo- lo de la gente del patio.

Ayer en la noche los volví a escuchar. Se ríen. Corren. Gritan. A veces rompen cosas o se suben al árbol. Debe haber un par de niños de mi edad. O más pequeños. Se escuchan sus carcajadas y sus juegos y los regaños de sus padres. Pero apenas sale el sol y se callan. Me asomo por la ventana y es como si no hubiera pasado nada.

Nunca me he atrevido a correr la cortina cuando los escucho. En cuanto oigo sus pisadas, me tapo con las sábanas hasta arriba y cierro los ojos. Una vez me quise asomar por un hueco entre las cortinas, pero escuché una risa tan fuerte que me saqué tremendo susto y volví a esconderme en la cama.

La noche de ayer por fin agarré valor y me atreví a ver hacia el patio. Escuché que algo se había caído. Una tina o algo. Corrí la cortina lo más rápido que pude y encendí la luz de afuera. Y ahí estaba. Inmóvil. Un hombre de la edad de mi papá, más o menos. Estaba parado frente a la ventana de mi cuarto. Me miraba. Lo noté más asustado que yo. Después me sonrió y me saludó agitando la mano y ya no me dio miedo.

Papá sigue sin creerme que cuando se va al trabajo hay gente en el patio. Hoy la policía llegó muy temprano. Casi a la misma hora que llega siempre mi papá. Una mujer me hizo preguntas. Me decía que si me habían tocado, y se señalaba partes del cuerpo: entre las piernas, las pompas, el pecho. Mi abuela sigue temblando y trata de hablar. Las venas del cuello se le saltan muy feo. La misma mujer le hace las mismas preguntas que a mí.

"Fue la gente del patio", le digo a papá, mientras golpea la mesa en donde antes estaba el televisor y la tableta cargándose. 

lunes, junio 20, 2016

Eso dicen

Ramiro practica su paciencia una vez más en la cola del banco. La mujer de adelante mete una mano en el enorme bolso que le cuelga del hombro, y, por accidente, tira su monedero. El cambio de distintas denominaciones rebota y rueda entre los pies de los clientes. Un par de identificaciones y una pluma de tinta azul también quedan tendidas sobre el piso, al lado de la base metálica de uno de los postes que delimitan con cinta retráctil el pequeño laberinto en el que deben formarse las personas. Entre Ramiro y el guardia de la puerta, quien se apresura a ayudar, recogen las monedas, las tarjetas y la pluma con tinta azul. Los demás clientes ni se inmutan. Cuando le entregan las últimas monedas a la mujer, ésta sonríe, y a Ramiro se le figura que es idéntica a la que fue su maestra en primero de primaria. "Muchas gracias", dice la anciana con voz quebradiza, mientras deposita todo de vuelta en el bolso de mano y el uniformado regresa a su guardia en la entrada. Ramiro trata de recordar el nombre de aquella maestra. ¿Miss Rosy? ¿Miss Lety? ¿Miss Bety? Algo así. Pero después piensa que si en primaria se veía anciana, 25 años después debería verse aún más, o, posiblemente, estar ya muerta. O tal vez su maestra era una de esas personas que se ven viejas desde muy jóvenes; por lo tanto, se ve igual después de todos estos años. "Pase", dice una de las cajeras y, enseguida, la otra dice lo mismo: "Pase". A la mujer le toca la caja número 3 y a Ramiro, la 4."¿Cómo está, profesora?, buenos días", saluda la cajera. Aunque en ningún momento escucha el nombre, con ese "profesora" está casi seguro que la señora que tiene a un lado cobrando su pensión fue su maestra en Primero A del Colegio Montessori. Ramiro sonríe, saca un fajo de billetes de la bolsa trasera de su pantalón y repite mecánicamente lo que hace cada quincena.

Al salir del banco, Ramiro cruza la calle con rumbo a su coche, estacionado a una cuadra de la institución financiera. Sigue intentando recordar el nombre de su maestra, pero el insistente accionar del claxon de un automóvil en marcha lo arrebata de sus memorias. Cuando el auto pasa justo a sus espaldas, escucha que gritan: "¡Qué onda, pinche Cabe!". Ramiro voltea lo más rápido que puede, pero sólo alcanza a ver una mano que sale del lado del copiloto, ondeando con entusiasmo. En la colonia Garza Nieto, donde vivió la mayor parte de su adolescencia, los de la cuadra así le decían: Cabezón. El Cabe. Cuando se cambió de barrio y fue a una preparatoria privada, Ramiro se aseguró de que nadie se enterara que ése había sido su apodo: por eso nunca mezcló a sus amigos de la prepa con los del barrio. Le gustaba más que lo apodaran Cuellar, y así fue hasta graduarse de la universidad. Devolvió el saludo, dudoso. Hacía años que no escuchaba ese apodo. El copiloto seguía agitando la mano y viendo por el retrovisor. ¿Quién sería? ¿El Pollo? ¿El Tripón? ¿El Cañangas? Así se quedó inmóvil, pensativo, hasta que el coche se perdió en una esquina.

Ramiro dio algunas vueltas por el centro de la ciudad. Cumplió con la mayoría de los encargos del trabajo y, al mediodía, ya con hambre, se metió al Jefes. Pidió una cerveza y la comida del día. La mesera de siempre le comentó que la comida apenas iba a salir, pues había llegado más temprano que de costumbre. Ramiro no tuvo inconveniente en esperar y aprovechó para ir al baño a lavarse las manos y mandar algunos mensajes de texto. Al empujar la puerta del cuarto de baño, sintió que una mano en el hombro lo detenía.

-Tú eres hijo de Ramiro y Chepina, ¿verdad?

-Sí -respondió con un sobresalto, dándose la media vuelta.

-Soy don Beto. Yo te llevaba a ti y a tus hermanos a la secundaria. Era vecino de tus abuelos.

-Ah, cómo no. Don Beto. El de la camioneta amarilla.

-El mismo. ¿Cómo has estado, mijo?

-Muy bien, gracias, señor.

La plática fue breve, aunque cargada de recuerdos. Ramiro le comentó que sus papás estaban bien, que su abuela estaba con salud y que su abuelo había fallecido hacía tres años; a lo que don Beto respondió que sí se había enterado. Por su parte, don Beto le recordó la vez que su hermano vomitó en uno de los asiento y la ocasión en que lo regañó por subirse con los tenis enlodados. También le refrescó su apodo de barrio: El Cabe. Ramiro fingió sonreír. Con un apretón en el hombro, don Beto se despidió y le pidió que le saludara a su familia. Ramiro respondió por inercia que "igualmente".

Ramiro volvió a su mesa. La cerveza ya estaba ahí. Le dio un sorbo apresurado y sacó de su bolsa el teléfono móvil. De pronto, un hombre de complexión robusta, con el cráneo rapado, jaló una silla y se sentó con mucha confianza frente a él. Cruzó los brazos, se echó hacia atrás y sonrió. La mesera llegó con el plato de caldo de res. Le ofreció algo al tipo que acababa de tomar asiento, pero éste hizo un ademán con el brazo y la palma de la mano extendida, diciendo que "estaba bien". Ramiro apenas y pudo pasar el segundo trago de cerveza. Tomó una servilleta, se limpió la boca y preguntó:

-¿Te conozco?

-No -dijo el hombre-. ¿Por qué habrías de conocerme?

-Me conoces, entonces...

-Tampoco. ¿Por qué la pregunta?

-Es que... ha sido un día muy extraño. En menos de dos horas me he topado en todas partes con gente que tenía años de no ver. Por eso pensé que tal vez te conocía o que...

-Bueno: dicen que cuando vas a morir ves pasar tu vida frente a tus ojos.

El hombre se echó hacia adelante como una catapulta, sacó una pistola automática y disparó.

lunes, junio 06, 2016

Mejores personas

Hace un par de semanas estuvieron compartiendo esta ridiculez en redes sociales, y, por desgracia -o fortuna, ya ni sé-, me llegó:
Y digo "me llegó" porque me llegó a Twitter, no porque me haya llegado al corazón. ¿Que por qué me pareció una ridiculez? Pues nada más lean y analicen la sarta de idioteces y ejemplos mongoloides que intenta transmitirnos -de la manera más condescendiente- su autor; empezando por eso de que hay que tener hijos para ser mejores personas. Y pregúntome yo: ¿qué grado de repugnancia por uno mismo debe tener un ser humano para cree que no puede ser mejor persona si no tiene un hijo? Es lo mismo que esos idiotas que creen que casándose "sentarán cabeza". Pero bueno, cada quien.
Lo curioso es que la gente no ha dejado de reproducirse: siguen teniendo esos hijos maravillosos que los convierten -según ellos- en individuos extraordinarios, pero, contrario a lo que asegura el texto, todo pareciera indicar que el mundo se va en picada día con día. Sí: el mundo está lleno de los hijos de los hijos de los hijos de los hijos -y así hasta el infinito- y como que no se ve muy bien reflejado que las personas que lo habitan, mejoren.
Pero bueno, qué voy a saber yo si ni hijos tengo, por lo tanto, no puedo ser mejor persona ni dejar el refresco por semanas ni separar la basura ni comprar ropa de outlet en vez de pantalones Calvin Klein ni preocuparme por mi salud ni por sembrar plantas en el patio ni todas esas cosas que uno como persona no puede ni podrá hacer si no tiene hijos, snif.

jueves, mayo 26, 2016

No odio el futbol

No odio el futbol. Simplemente no me gusta. No me gusta ni verlo ni practicarlo. Pero eso me sucede con casi todos los deportes. Será que nunca me inculcaron eso de irle a un equipo, lo cual -supongo- se debió a que en mi familia no hubo de esos tíos, primos o hermanos mayores locos que se pintan la cara de colores y se ponen pelucas para ir a un estadio. Tampoco me dio por imitar a compañeros del salón o amigos de la cuadra que jugaban al fut o se hacían seguidores de algún club con tal de validar mi sentido de pertenencia. Confieso que sí, por allá del año 94, caí en el engaño nacionalista de El Tricolor, quizás hipnotizado por los estrambóticos uniformes de Jorge Campos; pero fuera de ese corto período de confusión patriotera -del cual me defiendo con un: "Estaba chavo y se me hizo fácil"-, nunca me ha nacido defender los colores de una camiseta; mucho menos he encontrado una razón para hacerlo ni vacío existencial que pueda llenar vitoreando a un montón de güeyes que patean un balón.

Algunos dirán que son locas teorías de conspiración.
Aclaro que no por lo mencionado anteriormente me siento superior. No, para nada. Tampoco veo como poca cosa -y mucho menos odio- a quienes disfrutan de ver o practicar este deporte. Lo que me parece alarmante y nefasto es el nivel de fanatismo que provoca el futbol en la mayoría de sus seguidores: fanatismo que alcanza dimensiones que sólo las religiones pueden lograr; fanatismo que, aparte, es alimentado a diario por las primitivas televisoras locales y sus funestos conductores, que hacen su rating enemistando e incitando a la violencia hasta al más cabal de los seguidores de un equipo. Y no, no negaré que también me molesta bastante que nuestra "identidad regiomontana" -que más bien parece caricatura- se fundamente en el futbol y la carne asada, y que la vida de esta ciudad pseudomoderna gire en torno al show del balompié. No es broma: hay empresas que dejan salir temprano o llegar tarde a sus empleados cuando hay "un juego importante"; y la gente ve con buenos ojos que se cierren calles y haya tráfico vehicular con tal de que se lleve a cabo un partido, pero no para que los ciudadanos se manifiesten. Y pues todo lo anterior sí me parece nefastísimo.

Hasta al pinche carbón lo hacen Tigre o Rayado. Hasta en eso hay que rivalizar.
Y ustedes dirán: “¿Y a ti eso en qué te afecta, pinche Guffo? Cada quien sus gustos. Tú eres fan de Star Wars y no te decimos nada. Aparte, en Inglaterra y Alemania también hay fanáticos violentos y no por eso son países pobres. Aparte, a Juan Villoro le gusta el futbol y es una persona muy inteligente y bla bla bla”. Sí, son válidos todos sus argumentos y los respeto. Y sí, cada quien sus ondas locas. Y sí, Alemania e Inglaterra están más a toda madre que aquí, pero pues yo no vivo allá ni existe la desigualdad socioeconómica que hay en esta ciudad. Y si hablamos de Juan Villoro y su fanatismo por el futbol, prefiero las opiniones de Fernando Vallejo y Noam Chomsky sobre este espectáculo.

Ketrizte, deveraz :(
Aclaro que tampoco creo que el futbol en México sea la causa de nuestras desgracias ni la causa de la corrupción, la ignorancia o la pobreza. El problema que yo sí le veo a esta dinámica de juntarse cada semana a ver un partido de futbol o ir a un estadio, es un enorme desperdicio de poder ciudadano. En serio que veo un poder encabronado en esa amalgama de gente, en esa masa uniforme de fans de este deporte; visualizo a un ente poderoso, con vida propia, que podría lograr muchísimas cosas, pero despilfarra su poder en pendejadas. Me explico a continuación con un ejemplo.

No es lo mismo que yo me organice con mis amigos y colegas artistas para ir a protestar frente a palacio de gobierno para exigir algo que nos corresponde como ciudadanos o denunciar algo que nos parece injusto. Okey, sí, vamos en bola, nos plantamos ahí con pancartas y amenazamos con no volver a dibujar o pintar hasta que no se resuelva equis problemática social. Me duele decirlo, pero, probablemente a nadie le importe y nuestra manifestación no pasaría de ser -como dicen en el rancho- un pedo de burro flaco, snif. Seguramente nadie se aterraría ni haríamos eco más allá de 1500 clics en redes sociales, y posiblemente las autoridades se burlarían y nos darían una amable patada en el fundillo antes de decirnos: “¡Nos vale madre si dejan de dibujar o pintar!”. Digo, también hay que ser realistas :(

Pero qué tal si esas personas que van a los estadios deciden un día -UNO nada más- no ir para irse a plantar frente al palacio municipal, o de gobierno, o ante cualquier autoridad, y declaran que si no se soluciona tal o cual problema social, dejan de ir al futbol. ¿En serio no creen que rompería madres, por no decir "el estatus quo", esa acción? ¿En serio creen que no tendría eco? ¿En serio no creen que pondrían a temblar a esos poderosos que sólo quieren su dinero? ¿En serio no creen que serían ellos, las empresas que manejan y se enriquecen con el futbol, quienes les apretarían las tuercas a las autoridades para que hicieran su trabajo y cumplieran sus demandas con tal de no perder las derramas millonarias que dejan los partidos? Yo sí lo creo, pues les pegaría en lo que los mueve: la ambición económica. En verdad creo que esas 40, 50 u 80 mil personas, con ese poder bien encaminado, pudieran "chantajear" a las autoridades para sacar un beneficio colectivo, y no sólo para quienes manejan este deporte. En serio que tienen ese poder. Aquí se los firmo.

Claro que de eso que digo a que suceda, pues quién sabe. Simplemente les quería compartir lo que pienso. Que si es difícil, que si es imposible; no creo que lo sea tanto. Digo, si creemos que algún día colonizaremos Marte, no veo por qué no sea posible esta acción que sólo es cuestión de la voluntad; de sentir que hemos tocado fondo como sociedad y de creer que nos merecemos un mejor estado con mejores gobiernos, no sólo un buen partido de futbol.
Si no díganme de qué otra forma se podría.

viernes, mayo 20, 2016

Volver al centro (última parte... ¡ya, por fin!)

Como que ya se alargó mucho esta historia, ¿no? Ya quiero escribir de otras cosas, snif. Pero bueno, prometo que seré breve...

Como les decía, los aguacates con cáscara de piel se me fueron a la garganta y la sangre se me bajó hasta las patas cuando escuché que no habría trato. Nunca había visto a La Fabi petrificada; muda. Ninguno de los dos nos esperábamos esa reacción de la rentera. La casa era la más perfecta de todas las que habíamos visto y la dueña había decidido no rentárnosla en un arranque de aquí-se-hace-lo-que-yo-diga-y-si-no-les-gusta-a-la-chingada. Y fue entonces que tuve que intervenir con diplomacia, utilizando mis dotes de negociador/amansalocas. Sí, yo sé que La Fabi tenía razón respecto a lo del contrato, pues ella es experta en contratos de arrendamiento porque lleva dedicándose a esto casi veinte años; pero la casa estaba bien chingona y posiblemente no encontraríamos otra con sus características, a ese precio, en el mero centro de la ciudad; así que sentí que había que doblar las manos (o como dicen los archiduques de la decencia: "Dar las nalguitas", snif). Total que ahí traté de echar un choro pacificador, dándole por su lado a doña Luly, acá de que "No, sí, yo la entiendo, señora, yo sé que usted no es una persona malintencionada; pero la vida, la vida, la vida, ¿qué es la vida?".

Confieso que en el fondo siempre he sido tan ingenuo y soñador como para querer creer en eso de "gente de palabra", aunque me haya llevado un chingo de fiascos, pero como que me gusta creer en eso porque a mí me gustaría que creyeran eso de mí sin tanto trámite y papeleo para "no obrar mal"; y como sigo esperando el día en que conozca a alguien así, pensé que posiblemente aquel día era El Día.

Total que le dije a la señora Luly que me interesaba mucho la casa, que me diera chance de conseguir otro aval si Fabiola no quería firmar. Pero en eso, en un giro inesperado de este thriller llamado Mi Vida, La Fabi dijo: "No. No hay problema. ¿Dónde le firmo?", y sacó una pluma de su bolsa. Y en eso todo el cine se puso de pie y aplaudió y todos lloraban de la emoción y... bueno, ya, nocierto. Doña Luly puso el contrato sobre la barra de la cocina y firmamos. Así nomás. "Mañana te tengo listos tus comprobantes y el contrato llenado con los datos que me pasaste", dijo. Y pues ya. Esa fue la historia de cómo nos quedamos con la casa.
Al días siguiente me entregaron el contrato, los recibos, las llaves y me dieron chance de entrar 12 días antes de la fecha que el contrato marcaba. Incluso el primer mes, Luly -ya le digo así, sin el "doña" o "señora" o el "usted"- se hizo cargo de los recibos "porque yo nomás había estado ahí 15 días".

Y es bien raro. Como que me siento más "en casa" que antes. Será porque esta yo sí la elegí. No sé, pero hasta inspirado ando. La Fabi me dijo que había vuelto a soñar con el búho, esta vez, escondido entre los árboles; vigilante. Y es que la casa está en una parte del centro que está rodeada de árboles, tanto del lado de la calle como del patio y los patios que dan al mío. De hecho, todas las mañanas llegan pájaros carpinteros, tórtolas y parvadas de loros verdes a comer los frutos de las anacuas, aunque nunca he visto búhos. Con tanto verde, no pareciera que uno está en el centro de una ciudad. Y, obviamente, mi rutina o "estilo de vida" ha cambiado, pues a diario me salgo en la bicicleta, a tomar fotos, a caminar al parque y al mercado; también hago más labores de jardinería y hasta nuevos proyectos han llegado de las formas más curiosas. ¿Saben por qué digo que "de las formas más curiosas"? Porque todos los proyectos tienen que ver con aves. Bien raro.

Y ahí va quedando la casita,  poco a poco, ad hoc a nuestras personalidades y gustos. Las únicas reglas de este hogar, son: nada es nuevo, todo es de segunda mano, regalado, rescatado o hecho por nosotros.

¡Pásenle a lo barrido!