lunes, febrero 16, 2015

Siete Leguas

Según mi filosofía de vida, con una mente en silencio, los sentidos bien alerta, una irresponsable actitud de a-donde-me-lleve-el-viento y la compañía perfecta la de uno mismo también cuenta como compañía perfecta, cualquier nimiedad aparente o salidita a la esquina puede transformarse en una experiencia memorable. Y en eso se convirtió mi visita a la mítica cantina Siete Leguas.
El Siete Leguas es una cantina ubicada en el poblado de Paredón, en el municipio de Ramos Arizpe, Coahuila; a casi 100 kilómetros de la ciudad de Monterrey. 

Había escuchado, leído y visto muchas historias, reportajes y artículos sobre este peculiar sitio, pero nunca había tenido la oportunidad de visitarlo. Hasta hace poco.

Paredón es una pequeña localidad al sur del estado coahuilense, donde convergen dos líneas de ferrocarril. Durante la Revolución Mexicana, Paredón fue un importante centro ferrocarrilero, pues era un punto estratégico para la movilización de tropas y armamento. De hecho, según la historia oficial, Pancho Villa sometió a las fuerzas federales de Victoriano Huerta en este lugar. 
Como dato adicional: Paredón está muy cerca de Icamole, Nuevo León, lugar donde supuestamente Porfirio Díaz rompió en llanto al verse derrotado por Mariano Escobedo, ganándose el apodo de El Llorón de Icamole.

El nombre de la cantina hace honor a un corrido revolucionario que se titula "Siete Leguas", que, al mismo tiempo, alude al nombre del que fuera el caballo predilecto de Villa.

Como podrán deducir por lo que he escrito hasta el momento, el lugar es un templo dedicado al Centauro del Norte y al México revolucionario. Las paredes rezuman historia: fotos de soldados y trenes en tonalidades sepia; documentos, monedas y bilimbiques enmarcados; casquillos de balas, pistolas oxidadas y un sin fin de souvenirs de aquella época. 
Don Gaspar atiende el Siete Leguas desde un banco de madera. Muy apenas puede caminar. El menú es limitadísimo: cerveza de Grupo Modelo y bolsas de cacahuates y chicharrones con salsa Botanera. A veces algún cliente lleva limones o una salsa casera. También hay un par de mesas de billar.

Don Gaspar dice que la cantina es propiedad de uno de sus hijos que "vive fueras". Presume que mucha gente se la ha querido comprar, pero su hijo no quiere deshacerse de ella. Asegura que han venido a beber cerveza bien fría alcaldes y gobernadores, y "gente muy importante". También presume que "se han modernizado", pues en la parte de atrás hay un par de asadores amplios, mesas y sillas, "para quienes quieran hacer una carnita".

Pienso en la gentrificación de algunos lugares a los que les tuve cierto afecto, pues comienzo a tenerle aprecio a éste. Sitios a donde llegó gente con el capital suficiente para comprarlos y "mejorarlos". Imagino lo que yo haría con un lugar de estos si tuviera el dinero para comprarlo. Deduzco que dentro de la "mediocridad" o "mal servicio" o la inexistente variedad en el menú, es mejor que el Siete Leguas se mantenga así como es.
Hay oro molido flotando en todas partes. Pláticas que nunca imaginamos. Personas que marcarán nuestro día con una frase. Basta curiosidad. Basta lo que dije al principio: mente silenciosa, sentidos alerta, actitud de a-donde-me-lleve-el-viento y compañía perfecta.

Al caer la noche en Paredón sólo se escucha el canto de las cigarras. Las suelas de mis zapatos crujen con las rocas del camino y los insectos callan. Pudiera asegurar que es tanto el silencio que, cuando corre el viento, escucho cada partícula de tierra levantando el vuelo.

jueves, enero 29, 2015

Los ricos también pedalean (o eso dicen ellos)

Me duele admitirlo, pues fui uno de los más entusiasmados cuando me enteré del proyecto, pero, con lo poco que va de la ciclovía en el municipio de San Pedro, puedo pronosticar con premura que el plan será un rotundo fracaso, ¡snif!

Y es lógico, pues: ¿a quién se le ocurre construir más de 100 kilómetros de carriles para bicicleta en el municipio más ricachón de Latinoamérica, donde nadie nunca jamás en su vida color de rosa y pañales de seda ha utilizado una bicicleta como medio de transporte?

Una cosa es usar la bicicleta para ir a todas partes y otra muy distinta, usarla con fines recreativos. Quienes entrenan para carreras o triatlones, dudo mucho que la mentada ciclovía les sea de utilidad; y, todos esos mamertos que pretenden abrazar el estilo de vida de ciudades como Utrecht, Berlín o Copenhague, dudo mucho que su intención vaya más allá de una llamarada de petate. 

Seamos realistas: es el municipio de San Pedro; sus habitantes nacieron en camionetas blindadas con chofer, aviones privados, helicópteros y yates; es más: Santa Clos nunca les trajo bicicletas de regalo porque se fue directo a las cuatrimotos, los bugys y los jetskis. 

Creo que a lo mucho, lo que lograrán con la ciclovía, es que la utilicen algunos padres de familia con sus hijos los fines de semana (y uno que otro hipster que no supera vivir en San Pedro en vez de vivir en Portland o Montreal, snif); pero: ¿bicicletas como medio de transporte en San Pedro? ¡Qué oso!,
Sí, los sampetrinos se sentirán muy de primer mundo, pero nomás para lo que les conviene.

Las ciclovías sirven para reducir la carga vehicular y los costos de movilidad de las personas; sirven para tener ciudades más dinámicas, ciudadanos más sanos, aire más limpio, menos ruido, entre muchas cosas más; no para cumplir el caprichito de un montón de niños ricos que se cree trendy. Sí, yo sé que el proyecto tiene muy buenas intenciones, pero no creo que resuelva algún problema. Al menos no en San Pedro. Y mucho menos en Nuevo León.

A todo esto, me pregunto: ¿por qué no materializan este mega proyectos tan ambicioso, sustentable, ecológico y cosmopolita en los municipios más pobres, donde la gente SÍ camina y SÍ anda en bicicleta?

Porque, ¿a poco no les parece absurdo que a un municipio multimillonario lo quieran modernizar con ciclovías y a los municipios más jodidos pretendan modernizarlos con calles?

¿O ustedes qué opinan?

jueves, enero 08, 2015

Del perdón y esas ondas

Imagino a quienes no perdonan caminando entre pasillos. Van topando siempre con pared, disfrutando los golpes que se propinan, llorando una dulce rabia, incapaces de distinguir las puertas de salida; y, cuando llegan a distinguir alguna, van y se estrellan contra ella por el puro placer de hacerlo. 

Después de un arduo trabajo que creen espiritual –y que muchas veces es sólo tiempo–, algunos lograrán abrir la puerta que por fin los liberará de su dolor, pero insistirán en volver a entrar, quedando atrapados afuera, con su cantaleta de siempre, magnánimos: "Perdono, pero no olvido" uy, no, pues muchas gracias, eh o ese otro estribillo que dice: "Que te perdone Dios, porque yo no puedo". Si  tan sólo supieran que el perdón no tiene nada que ver con seres fantásticos, y que si fueran un poquito congruentes con sus creencias, sabrían que Dios son ellos mismos. Pero bueno.

Pareciera que quienes no perdonan disfrutan del dolor autoinfligido porque no tuvieron suficiente con el infligido por el prójimo, que, en su defensa, también entra en ese proceso existencial de perdonarse a sí mismo; digo, si se quiere crecer como ser humano, pues, contrario a lo que muchos con complejo de víctima creen, ni el dolor ni la culpa hacen que nos sintamos vivos: es la ausencia de ellos la que nos hace vivir aquí, ahora.

Creo que el perdón tiene cierta dosis de insensibilidad, de desapego; más que de olvido. Va ligado al ego. Es un desapego del ego. Por eso a veces es tan difícil perdonar o pedir perdón.

Perdonar no depende de olvidar, sino de recordar el agravio y que éste ya no duela. Por "insensibilidad" no me refiero a volverse indiferente o duro como roca; descarado, cínico o como si se tuviera una caverna de hielo en el pecho. No. Otros dirán que el perdón depende de las circunstancias o del tamaño de la ofensa. Yo digo que el perdón depende del tamaño del ser. Y del tamaño del ego.

Esa insensibilidad la veo como una tranquilidad liberadora, que aflora de la sabiduría que dejan las experiencias, el aprendizaje que ofrecen los errores que no son errores si dejan aprendizaje y el conocimiento de uno mismo. Y esto último da humildad.

El perdón va a la par o más allá, y a riesgo de sonar cursi del amor y la libertad. O quizás se transmuta en ambas cosas. Un amor y una libertad propia y ajena que insensibilizan al ego. Tener conciencia de esto, es saberse finito. O parte del infinito. Depende la percepción que tengamos del mundo.