miércoles, mayo 23, 2018

Nunca más...

Hoy en la mañana, al llegar a la oficina, un pájaro se posó en uno de los barrotes garigoleados de la puerta. Su intempestiva llegada me provocó un pequeño sobresalto que se llevó los residuos de sueño que aún arrastraba de la noche anterior. 

Al principio pensé que el pajarillo estaba lastimado, pues se postró a la altura de mi mano, del otro lado del vidrio, muy quitado de la pena.
Para corroborar que no estuviera herido, decidí abrir la puerta de nuevo, muy despacio. Pero el ave voló. 

Sentí alivio. 

Al mediodía salí a comprar algo de comer. Al acercarme a la puerta vi que el ave seguía ahí, en el mismo travesaño. Saqué mi teléfono y le tomé un par de fotos, asombrado. Giré la chapa con delicadeza y el pájaro aleteó, aterrizando en una rama del árbol que está frente al despacho.

Me quedé contemplándolo por un momento. Su postura en el ramal era como la de alguien que está tomando impulso; como si pretendiera entrar en la oficina cuando volvieran a abrir la puerta. Pero ahí se quedó, inmóvil. 

Regresé y el pajarillo estaba sobre el mismo barrote garigoleado. Me acerqué cauteloso, no porque quisiera atraparlo, sino para ver hasta dónde llegaba su confianza. Imaginé que abría la puerta con el ave postrada en ella. Pero el pájaro esperó a que estuviera lo más cerca de él para alzar de nuevo el vuelo y colocarse en la misma rama donde lo dejé cuando salí, adoptando esa posición de acecho.

Entré a la oficina pensando que quizás había un pájaro atrapado ahí adentro, pues éste se volvió a posar a la altura de mi mano, del otro lado del vidrio, mirando hacia los cubículos. 

Durante toda la tarde vimos por la cámara de la oficina cómo el pequeño plumífero iba de la rama al barrote y del barrote a la rama. Así estuvo hasta la hora de salida. De regreso a casa, pensé en El Cuervo, el poema de Edgar Allan Poe; pero de día, en verano, en Monterrey y en vez del busto de Palas Atenea, una puerta de forja. Pensé en su nombre: "Nunca más".

Estas palabras adquieren los matices más lúgubres del mundo si se les asocia a un cuervo, pero en un pajarillo de estos, creo que cobran otro significado; uno menos oscuro, supongo. Uno donde el "Nunca más" sigue siendo definitivo, pero no duele tanto.  

jueves, abril 19, 2018

Microcrónica urbana de buenos deseos a un desconocido

Un hombre llena solicitudes de empleo mientras le bolean los zapatos. El bolero da un par de palmadas en el costado de sus botines desgastados: señal de que ha finalizado el trabajo. El hombre guarda apresurado los papeles en un legajo amarillo, se pone de pie y paga 20 pesos con pura morralla; mira hacia abajo y sonríe, como si su rostro se reflejara en la superficie recién lustrada de su calzado viejo. Se acomoda el pantalón brincacharcos y se retira caminando con la seguridad de aquel que siente que el mundo le pertenece. 
¡Ojalá encuentre trabajo, señor!

martes, marzo 27, 2018

Un cómic sobre el poder judicial

Les comparto una historieta didáctica que realicé en conjunto con el magistrado de circuito Carlos Soto Morales, en la cual hablamos de la función de las juezas y jueces en México, documento gráfico que a su vez se publicó en el Huffington Post. Espero sea de su agrado.

miércoles, febrero 28, 2018

Banqueta con isla desierta

Sobre la banqueta del antiguo Palacio Federal, hoy sede del Servicio Postal Mexicano, me topé con un diente de león. Imagino que al abrirse fue como una supernova que nadie notó. 

Recupero mi fe en la humanidad pensando que, si ahí sigue, es porque los transeúntes se han percatado de su existencia y le han sacado la vuelta en un acto de compasión, aunque tal vez sólo ha sido suerte que nadie lo haya aplastado. 

Su presencia es como la de una isla desierta en la ciudad, un descanso para el alma distraída, un momento para la contemplación antes de seguir en automático. 

Supongo que en algún momento del día la pierna de algún peatón -sumergido en el trance de la prisa laboral- le pasará zumbando por un lado, como péndulo, y sus espigas blancas saldrán volando como una bandada de cisnes diminutos, soñando que hubiera sido mejor el soplo de un niño que pide un deseo. Fantasmas que se arrastrarán por el suelo, llevándose la calma, devolviéndole a la gente su ritmo agitado. 

Nadie se dará cuenta cuando esto suceda. Como nadie se dio cuenta cuando brotó de la banqueta. Como la última isla desierta de esta ciudad.

martes, enero 30, 2018

Cuando un ex de Control Machete tuvo una planilla en mi secundaria

La repulsión que me provoca la guerra sucia de las precampañas políticas en México hizo que me acordara de las campañas, planillas y mesas directivas de mi época estudiantil, pero, sobre todo, de aquella que sucedió en el año de 1990, cuando cursaba tercero de secundaria en el CUM de Monterrey y Carlos Salinas de Gortari era el heroico presidente que –decían– salvaría al país.

Yo estaba recién llegado al plantel marista. Venía de recibir una educación Montessori desde el kínder hasta el segundo grado de secundaria, por lo tanto, todo eso de las planillas y las mesas directivas y el sistema educativo estandarizado, eran rarezas para mí.

Por ponerles un ejemplo: en el Montessori no había niños uniformados que se pintaban bigotes con refresco de sabor naranja y engullían pastelillos y frituras bañadas en salsa roja durante el recreo. ¿Por qué no? Pues porque en el Montessori no había tiendita, y la comida chatarra traída del mundo exterior estaba penadísima por el director. De hecho, corrían de los alrededores a los carritos de nieves, raspados y tostadas que pretendían vender sus productos a la salida de clases.

Polvorones, Gansitos, Mamuts, Pizzerolas, Churrumais, bebidas gaseosas y demás monchis insustanciales eran motivo de reporte y de llamada de atención tanto a alumnos como a padres, a quienes se les hacía llegar una lista con los alimentos permitidos para comer dentro del colegio (frutas, verduras y sándwiches de mermelada o crema de cacahuate). La verdad yo nunca tuve problemas con esto, ya que mi padre tenía mucho en común con el director, pues en casa estaban prohibidos incluso los Frutilupis, los Chocokrispis y demás cereales con personajes antropomorfizados en la caja.

Sí, el Montessori de mi infancia era un bonito experimento pseudodictatorial para formar superniños bien alimentados sin atuendos monótonos que les machacaran el individualismo, donde aprendíamos a tocar la flauta dulce (no, no es albur), jugar ajedrez y criar animales de granja (esto último no es broma: teníamos una granjita con hortalizas, gallinas y cabras en el patio del plantel).

Esta utopía duró algunos años, hasta que el director –por razones que aún de$conozco– decidió uniformar a los alumnos y abrir una tiendita con comida chatarra dentro de las instalaciones. Esta contradicción disgustó a mi padre, quien decidió cambiarnos de colegio: yo fui enviado a una sucursal del padre Marcelino Champagnat; mis hermanas, a una escuela de monjas, snif.

Acepto que fue un shock salir de una pequeña burbuja hippie socialistoide que pretendía mentes sanas en cuerpos sanos para, de golpe, llegar a una escuela de hermanos maristas y toparme con tiendita de comida chatarra, equipos intramuros de futbol, básquetbol y vóleibol; mesas directivas, planillas, campañas, elecciones y quesque democracia estudiantil.

Me acuerdo que el año de mi ingreso había dos planillas que se disputaban el poder: Metal y Pereztroika.

Metal era la planilla de los nerds, quienes en una jugada maestra, decidieron ponerle a su partido el nombre de un género musical estridente para que –supongo– todos dijéramos: “¡Wooow… son nerds pero de seguro son desmadrosos!”. Obviamente no eran desmadrosos ni les gustaba el metal, pero cada letra del nombre tenía un significado: M de Mente, E de Estudio, T de Transformación, A de Amistad y L de... alguna mamada. Después, haciendo campaña salón por salón, para ensalzar "su identidad", los miembros de la planilla salían con alguna analogía o metáfora mamilas como discurso, tipo: “Nos llamamos Metal porque somos fuertes como el metal y somos una aleación de mentes e ideas distintas, y queremos que ustedes también se unan, para que nuestra fortaleza bla bla bla bla".

El presidente de Metal era un nerd que, la verdad, era a toda madre y bien alivianado; muy diplomático también, de ésos que la llevaba bien con todos y te echaba la mano cuando no entendías algo en clase. La cosa es que este nerd se rodeaba de los nerds considerados “puñetas” o “cagapalos”, de ésos que ni nerds son pero se dedican a lamerle las bolas a los verdaderos nerds y a barbear maestros y lloriquearles si no sacan buenas calificaciones. De ésos que copian en el examen pero tapan el suyo para que tú no te copies. Alumnos pusilánimes, pues. Entre los “directivos” de esta planilla, había dos de este tipo: un güey cabezón al que apodaban El Totonaca, quien tenía fama de ser el "corre ve y dile" del director y de los maestros; y otro flaco ojeroso de hueva al que apodaban El Muerto, que tenía fama de "culo", pues siempre se escondía el dinero adentro de un zapato para no prestar cuando le pedían una moneda. Y pues ésa era la debilidad de Metal, lo que la hacía impopular entre la racilla (palabra de tío).


Por otro lado, Pereztroika era la planilla de los desmadrosos, la planilla de los güeyes con los que todos nos queríamos juntar: los que fumaban en el puesto de Doña Pelos, los que se agarraban a chingazos atrás del gimnasio, los que iban a otras escuelas a aventar huevos, los que se juntaban con chavos de prepa, iban a los quinceaños y habían formado una planilla nomás para salirse de clases a cada rato. Aunque no por esto eran "los burros" o "los malos estudiantes" o "los que acabarían mal", como se estigmatiza siempre a estos alumnos.

De hecho, el mero mero de la Pereztroika era un ex integrante de la banda Control Machete: Antonio Hernández/Toy Kenobi/Toy Selectah, pa´la banda (pero en aquel tiempo la pinche raza gacha lo apodaba "Chabelo"). El nombre de la planilla lo habían agarrado por la situación que se vivía en la U.R.S.S. Perestroikca significaba Reestructuración, por lo tanto, no se anduvieron con mamarrachadas de: Ay, ay: P es de Participación, E de Energía, R de Responsabilidad... Pereztroika era Perestroika. Punto. Por eso les digo que los desmadrosos de la escuela tampoco eran unos pendejos. 

(Como dato aparte: no recuerdo si para ese año ya habían salido los zapatos marca Perestroika, de Zapaterías Canadá. ¡Un clásico noventero clasemediero!)

Desde un principio se notaba que la Pereztroika como que “incomodaba”. No sé si la apariencia de "greñudos" de sus integrantes o su actitud desparpajada o que los maestros sabían que eran ellos los que escribían sus apodos en el pizarrón entre clase y clase; no sé. Lo que sí es que a los miembros de la Pereztroika los regañaban por cualquier cosa a cada rato, hasta que amenazaron con descalificarlos si no le cambiaban el nombre a su planilla, quesque porque aludía a un movimiento político extranjero con tufo comunista y bla bla bla. De hecho, creo que de ahí salió la z en vez de la s, para "mexicanizar" el nombre (Pérez), situación que, supongo, los altos mandos tomaron como una afrenta.
Y pues ese año "las elecciones" las ganó Metal, la planilla de los nerds. Y uno como espectador empezaba a darse cuenta de cómo funcionaban las cosas "en el mundo real".

Después viví otras planillas: las de prepa y carrera; aunque nunca me involucré. Prefería mantenerme al margen. Aparte, no era tan popular como para que los famosillos de la escuela me acogieran en su planilla y tampoco quería juntarme con los ñoños matados que le hacían la barba a los maestros. No me interesaba. Todas las planillas me parecían lo mismo. Todas, ante mis ojos, eran una farsa y una pérdida de tiempo. No había sorpresa: ganaba quien llevaba a tocar al recreo a Conceptos Digitales o a Apple: las cintas de moda de aquella época. Ganaba la planilla que repartía más lápices, plumas, calcas, botones o playeras; o la que regalaba más cortesías y no covers para los antros más exclusivos. Ganaba la planilla con las viejas más buenas y los güeyes más guapos; ganaban los políticamente correctos, los que no incomodaban, los que estaban bien con los maestros, los que no se salían del molde, los que no eran "un mal ejemplo"...

Recuerdo un año que ganó una planilla –Tunas, creo que se llamaba– que tapizó la escuela de propaganda: lonas en formato gigante, globos de helio enormes y de esos "bailarines" de tela que se conectan a un abanico y que, para ese tiempo, era lo más novedoso en publicidad. Y pues sí: el presidente de la planilla ganadora era hijo del dueño de una agencia de promocionales. La planilla que perdió muy apenas y puso lonas que ellos mismos pintaron, snif.

Otro año ganó una planilla que hizo un fiestón en una nueva discoteca. Cena, bebida, baile: todo gratis. Aparte, regalaron pases de entrada para Bosque Mágico, pues el papá de uno de los integrantes "tenía vara alta" en no sé dónde y conocía mucha gente y podía conseguir muchas cosas. La planilla perdedora muy a huevo y regaló pizzas en un descanso entre clases.

Eso era la vida real. Nos estaban preparando. Nos estaban moldeando. Nos estaban acostumbrando. Ganaban quienes le invertían a la forma, no al fondo. Aparte: ¿qué podían ofrecer unos chamacos caguengues de 15 años en materia de educación? ¿Acaso derrocarían al director o al rector del plantel e instituirían un nuevo sistema educativo? No. Antes que esto sucediera, llamarían a sus padres por mal comportamiento; y, si seguía así el muchacho o muchacha, posiblemente lo expulsarían. Por eso todo ese espectáculo me parecía una burla soporífera. 

Ahora, tradúzcanlo a nivel país...  

Y pareciera que no aprendimos nada de aquellas planillas de la secundaria, preparatoria y carrera. Pareciera que nada ha cambiado, que nos convencen de la misma forma, con los mismos discursos, trucos y regalos baratos. Pareciera que desde chavos nos inculcaron aceptar la farsa que es la democracia.

Me gustaba mucho el sistema de mi escuela Montessori. Falta que funcione llevándolo a la vida real.

viernes, diciembre 29, 2017

"El Último Jediondo": mi crítica sobre The Last Jedi

En diciembre del 2015 fui casi sin expectativas al estreno de The Force Awakens, el esperado regreso de Star Wars a los cines. Quizás por eso me gustó tanto la película. Y digo "casi sin expectativas" porque: por un lado, ni el director J.J. Abrams ni el hecho de que Disney estuviera involucrado, me latían; pero el misterio en torno al regreso de Luke Skywalker -mi héroe de infancia favorito- aunado al trailer donde aparece Han Solo y Chewbacca, reavivaron el llamado "Factor Nostalgia", es decir: al niño de 8 años que vio el estreno de The Return of the Jedi en el cine y quería tener un sable de luz y coleccionar todos los monitos; porque, siendo honestos, gran parte de la columna vertebral de la saga de Star Wars es sólo eso: nostalgia y comprar mercancía.

Confieso que en ningún momento me causó ruido -como a muchos hardcore fans les sucedió- que el Episodio VII fuera casi casi una copia al carbón del Episodio IV: A New Hope. Tal vez no me disgustó porque lo asimilé como un recurso para atraer nuevos fans y mantener a la mayoría de los fans primigenios satisfechos y cautivos; tal vez no me molestó porque me sentí en terreno seguro, viendo prácticamente lo mismo que vi y amé de niño: viendo un remake de una de mis películas favoritas pero con mejores efectos visuales, mejores coreografías de batallas con sables de luz, más criaturas espaciales, algunos giros imprevistos en la historia y nuevos personajes que iban coincidiendo de manera perfecta con los personajes y artefactos de la trilogía original. Pero, sobre todo, el Episodio VII me hizo esperar con ansias las siguientes películas porque había dejado varias preguntas al aire -tanto de los personajes recién agregados como de los clásicos-, misterios por resolver que generaron las más locas teorías y las más grandes esperanzas entre los aficionados a este universo creado por George Lucas.

Y tal vez ése fue el problema principal: que fui con muchas expectativas -un chingo, de hecho- a ver el Episodio VIII: The Last Jedi. Expectativas que, como dije más arriba, el Episodio VII generó y el reciente Episodio VIII aniquiló por completo; porque, la mera verdad, salí del cine desencantado, sin ganas de ver qué sucederá en el Episodio IX. Ya no me interesa lo que puedan contar después de lo que le hizo Rian Johnson a los hilos argumentales de la película anterior y a los conceptos místico/filosóficos de la trilogía original.

Y aclaro -antes de que empiecen a joder con eso- que esto va más allá de un berrinche de fan encabronado porque en The Last Jedi no le cumplieron su capricho de ver por última vez a Luke Skywalker partiendo madres con su sable de luz verde en un duelo épico, snif (¿qué fan no esperaba eso? ¿Qué fan puede quedar satisfecho sin eso, en serio?). Tampoco es la pataleta de un nostálgico que se aferra a la primera trilogía y no quiere dejar morir el pasado para que las nuevas generaciones bla bla bla... Disfruté las precuelas "por la nostalgia", pero todos sabemos que son malísimas en muchos aspectos. De hecho, las batallas con sables de luz de las precuelas son tan buenas que "las salvan", y el Episodio VIII que, aunque "lo disfruté" como película palomera, ni a eso recurrió para salvarse; es lo que me pareció más increíble. Porque, así como dije que Star Wars es nostalgia y comprar mercancía, también es peleas con sables de luz: y más si son con Luke Skywalker. En fin.

Pienso que la nostalgia y lo novedoso pueden ir perfectamente de la mano, como lo demostró The Force Awakens con todo y sus fallas; por eso sigo sin comprender esa obsesión de esta nueva película de "romper con el pasado", como si éste fuera algo malo, como si lo viejo fuera lo apestado. A final de cuentas, quienes se enamoraron del universo fílmico de Star Wars lo hicieron porque vieron la trilogía original y la esencia de este universo "viejito" los marcó (así como muchos descubrieron a los Beatles o a los Rolling Stones 20 ó 30 años después de su apogeo y terminaron siendo megafans).

También pienso que hay conceptos fundamentales que no se tocan, por decirlo de alguna manera; que hay ciertos tonos que deben mantenerse y contextos de los cuales no hay que salirse, menos si tienes en tus manos una franquicia de 40 años de edad y millones de fans que han mantenido los engranes de esta maquinaria funcionando tal como es. Por eso cada que dicen que a esta última película no le importa lo que los fans piensen acerca de Star Wars y que "eso es lo más genial de ella", me parece una enorme falta de respeto. Y también me parece muy cobarde que, aparte, vengan y nos culpen de nuestro desencanto con The Last Jedi por "haber alucinado teorías ridículas en nuestras cabezas". Digo, si no quieren que hagamos teorías o suposiciones, entonces no dejen hilos sueltos, no creen personajes que parecen importantes para la trama y mejor cierren sus historias; pero si hay hilos sueltos interesantes que le darán continuidad a una historia que funcionó y gustó a la mayoría, ¿por qué los "resuelves" de la forma más absurda, argumentando que "son giros inesperados", y le quitas toda la importancia a los trabajos anteriores y, aparte, la agarras contra los fans "por hacer teorías tontas"? 

Respecto a lo de "hay cosas que no se tocan", dejen ver si me explico, para no sonar cuadrado o cerrado o anticuado. Star Wars es como Mafalda, por poner un ejemplo. La tira de Quino sigue vigente aunque su autor tenga más de 40 años sin dibujarla. El personaje sigue vendiendo libros y sigue sumando seguidores sin haber cambiado un ápice (porque, pues bueno, ya no la dibuja). A lo que voy es: ¿creen que sería buena idea cambiar el tono de Mafalda y sacarla de contexto para atraer nuevos fans y "llevarla a otros niveles"? Sí, tal vez habría que "modernizarla" para adecuarla más a estos tiempos, pero cambiar el tono y el contexto sería matarla y sería darle una estocada a las personas que se hicieron sus seguidores por lo que el personaje significa y lo que ha representado por más de 40 años. Por eso digo que hay cosas que no se tocan; hay conceptos universales que no necesitan "cambios creativos radicales para sorprender y atraer nuevos fans": las películas de Star Wars son una de esas cosas, como lo es Mafalda; como lo son Los Beatles: que no se van a hacer techno para atraer a las nuevas generaciones; como lo son los Rolling Stones: que no se van a hacer reguetoneros para pretender eso. A esto me refiero con "hay cosas que no se tocan".

Respecto a esta película, pues sí: The Last Jedi es impactante visualmente, pero siento que nos cambiaron la esencia de Star Wars por espejitos destellantes. La película tiene una historia mal contada, larga y repetitiva que abusa de lo que en literatura se conoce como deus ex machina; también abusa de las subtramas y de personajes nuevos de hueva metidos a huevo. Los únicos giros sorprendentes son cuando uno dice: "¿Qué acaba de hacer el pendejo del director?", quien no repara en zurrarse encima de los hilos argumentales que J.J. Abrams había construido en el Episodio VII, quitándole toda importancia a personajes y tramas que parecían  relevantes para la continuidad lógica de la historia; para, después de las malas reseñas de los fans, todavía venir a decir que la culpa es de ellos por construir teorías estúpidas en sus cabezas e imaginarse cosas que no eran. Malo el cuento. Malo el futuro para Star Wars. Y eso que no entré en el terreno de las escenas ridículas o ilógicas o incoherentes. Comprendo que es una fantasía espacial y uno no puede ponerse "científico", pero al menos una buena historia -con un duelo de sables de luz digno del personaje más icónico de la saga- hubiera estado chido, snif.

Rian Johnson se dice fan de hueso colorado de Star Wars, pero en serio que ningún fan de Star Wars se hubiera atrevido siquiera a hacerle esto a la saga. Y más me caga su actitud arrogante de: "Pinches fans pendejos, no les voy a cumplir sus caprichos: si quieren ver tal o cual cosa, pues no se los voy a cumplir". Sí, yo sé que no a todos se les pude dar gusto, pero, repito: hay conceptos universales y suposiciones lógicas que no son sólo "caprichos de fans". ¿Se acuerdan de Rogue One? ¿Qué creen que fue el final? ¡Exacto! Puro fan service. La película no hubiera sido lo mismo sin ese final. Todos esperaban algo así y el director no dijo: "Ah, pues como todos alucinan con ver a Darth Vader otra vez en acción, a la verga: no se los cumplo por andar inventando sus teorías". 

¿Y qué onda con Luke Skywalker? Aaaay... Luke... Pobre Mark Hamill... Pobre Luke... Pobres las nuevas generaciones que se perderán de este mítico personaje... Pobres todos. ¿Cómo tienes a este Luke Skywalker con el look más badass de todos los tiempos y lo desperdicias toda la película para, al final, ponerlo como "una proyección de La Fuerza" con cabello y barba cortos y teñidos y bata tipo Hugh Hefner? No mamen... Neta que no mamen. ¿En serio no querían ver al Luke de esta foto cortando cabezas y brazos y haciendo malabares con el sable de luz para salvar a su hermana o a su sobrino o a su hija o algo?, snif.
Mark Hamill nos lo advirtió en todas sus entrevistas antes del estreno, cuando decía que estaba en desacuerdo con casi todas las decisiones que Rian Johnson había tomado con su personaje. Incluso llegó a decir que ese no era su Luke Skywalker. Llegué a pensar que era una broma, pues el actor suele trollear a sus fans en redes sociales; pensé que lo decía porque el director nos tenía preparada una sorpresa; pero no. Mark Hamill fue honesto. Mark Hamill tenía razón: no es el Luke Skywalker ni de él ni de nadie.

Acepto que a mí encantó el "giro" que le dieron al personaje, el de un ermitaño gruñón, renuente y desencantado que lo único que quería era morir tranquilo sin que nadie lo encontrara. Me encantó el cabello y la barba largos y desaliñados, el vestuario oscuro tipo indigente/caballero Jedi. Sí, el mejor Luke de todas las películas. Pero pues en eso se quedó: en nada. Qué mugrero, qué mamada, qué desperdicio de actor en sus mejores años y que desperdicio de personaje en el que pudo ser su mejor momento.

Ya por último: cuando le externé mi descontento a alguien, me dijo: "Es sólo una película". Para ningún warsie Star Wars es sólo una película, pero Rian Johnson logró que se convirtiera en eso, en "sólo una película". Ahora comprendo a los fans del futbol cuando les dices: "Es sólo un juego", y todo tu entorno se empeña en que lo vivas como una religión. Y pues sí, ahí sí el pendejo es uno.
En pocas palabras: la película me entretuvo sólo como película, pero odié The Last Jedi como película de Star Wars y no quiero volver a saber nada ni de Disney ni de Rian Johnson ni de Kathleen Kennedy.

Aquí les paso algunas reseñas de The Last Jedi que van más o menos por donde mismo:

Rotten Tomatoes: The Last Jedi.

The Last Jedi: perdidos en el espacio.

Por qué sólo J.J. Abrams puede rescatar a Star Wars.

Todo en la vida son Expectativas.

Joe vs. los Monstruos: Los Últimos Jedi.

Espinof: The Last Jedi es una decepción.

John Doe Movie Reviews.

Roz rants against The Last Jedi. 

El granqenk: Los Últimos Jedi.

Cinemascomic: Los Últimos Jedi.

jueves, diciembre 14, 2017

Dibujitos ecológicos

Después de la triste experiencia con Greenpeace, curiosamente, me llegó la inspiración para dibujar, y pues se me ocurrieron estos cuatro cartones sobre árboles. Espero les gusten.