jueves, abril 20, 2006

marciano cielo azabache

Nos acostábamos en la bajada de la cochera del Chuy a ver el cielo. La cochera estaba hecha de la llamada piedrita de Reynosa: esa piedrita multicolor y chiquita que, si te quedas mucho tiempo recargado sobre ella, se te hacen un chingo de hoyitos en la piel; como escamas o piel de monstruo. Siempre esperábamos ver un ovni o una estrella fugaz y, cundo veíamos una estrella fugaz, pensábamos que era un ovni. Con todas esas películas de E.T. , Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, Exploradores y de más, añorábamos el día en que una navezota aterrizara en nuestra cuadra y le partiera la madre a los de la cuadra de arriba, que nos había hecho correr de nuestros propios dominios con sus rifles de postas y sus hermanos mayores apedreándonos. Se veían aviones a lo lejos y no queríamos que fueran aviones: queríamos que fueran naves extraterrestres surcando ese grandote telón negro. Al principio, pensábamos que eran extraterrestres cuando veíamos las luces salir del cerro; pero, una vez que escuchábamos las turbinas cortando el aire, la decepción era grande. Veíamos que los planetas y las estrellas cambiaban de color porque así lo decía el libro de ciencias, pero nosotros nos ahuevábamos a creer en que, si cambiaban de color, era porque eran las lucecitas de los ovnis. Vi muchos ovnis en mi infancia cuando nos tirábamos en la entrada de la cochera del Chuy a ver el cielo azabache. La espalda y los brazos nos quedaban marcados hasta el día siguiente por la piedrita de Reynosa. No tengo pruebas. Si me presentaran pruebas de que lo que vi en aquellos tiempos es una farsa, son aviones, son estrellas o satélites o planetas; lo voy a negar. ¡Tengo que seguir creyendo en algo de lo que creía en la niñez, chingada madre…!

miércoles, abril 19, 2006

motivos

RAZONES POR LAS CUALES NO HE TENIDO TANTAS MUJERES COMO BRAD PITT, A PESAR DE SER MUCHO MÁS GUAPO Y MÁS SABIO QUE ÉL:

Ahorré todas las vacaciones para llevar a una morra a cenar a un restaurante bien mamón de comida exótica y tailandesa y mamada y media y, al llegar al restaurante, la cabrona pidió una milanesa empanizada con arrocito y frijolitos charros. ¡Jija de tu pinche madre!!! ¿A poco pensaste que te volvería a hablar después de que me hiciste lavar coches y vender los pocos monos de Star Wars que me quedaban?. Mejor te hubiera llevado a una comida corrida de 35 pesos con todo y soda, culera.

Ya subidos en el coche de mi mamá (un Cougar 85 bien madreado), iba a dejar a otra morra a su casa y, la morra ésta en turno, pues sacó unos chicles de su bolsa: abrió la ventana, se metió los chicles en el hocico y tiró los papeles para afuera. Ah, y no me ofreció la cabrona. Aparte de cochina, mal agradecida.

Después, salí con una chavita bien a todo dar, pero por andar en un Cougar 85 bien madreado de mi mamá, me dejó y se burló de mí. Snif.

Otra morra a la que llevé al Chilis a cenar (para apantallarla, porque yo tenía un amigo que jalaba ahí que le escupía a los platillos de los que se portaban mamones a la hora de pedir, jojojo). Y empecé con mi plática interesante acerca de mamíferos voladores, marsupiales, calentamiento global e inversión térmica; y la pendeja no sabía lo que era un erizo; es más: ni siquiera sabía qué era un erizo de mar (¡háganme el favor!). Después, me enteré que no tenía televisión de paga para ver el Discovery, la pobre. Y después, me enteré que no tenía cerebro.

Otra, fumaba como chimenea

Otra, fumaba de a madre

Otra, nomás fumaba

A otra le dije que los antros me daban hueva y no me volvió a llamar porque no le quise hacer una ID falsa ni quise hacerme pasar como su esposa con el cadenero. Y - aparte- fumaba.

Una morrita me invitó a una boda y, ahí sentados en la mesa con el whisky gratis, le dije que me cagaba bailar. Se fue a bailar con sus primos y yo me fui a agarrar el pedo con mis amigos de la cuadra, que estaban -como siempre- agarrando el pedo en la cuadra. Ah, pero yo lleve una botella de whisky gratis. ¡Ajuuua!!!

Ahí luego les cuento más... sooobres.

martes, abril 18, 2006

soñando a miss luz maría

No me acuerdo si amanecía con la pilinga parada, lo que si me acuerdo es que soñaba mucho a Miss Luz María cuando estaba de vacaciones. No sé si la extrañaba o me gustaba mucho; o las dos cosas. Llevaba 3 semanas sin ir a la escuela y ya me empezaba a aburrir. Aún vivíamos sobre aquella avenida congestionada y peligrosa que hacía inexistentes los juegos de niños de patear la pelota o andar en bicicleta. Mi madre optaba por llevarnos a cualquier lado para ella tampoco volverse loca encerrada en casa durante aquel julio del 84. Y no quiero que me pidan nada porque no traigo dinero, sentenciaba mi madre. Si acaso les compro una nieve, pero nada más. Esas eran nuestras idas al centro comercial: dar la vuelta y ver los aparadores mientras terminábamos nuestro vaso con una bola de nieve de algún sabor. Lo mejor era cuando entrábamos a la juguetería mi hermana y yo para ver qué le pediríamos a Santa Clos, no importaba que apenas estuviéramos en verano. Ir al centro comercial era mejor que quedarse en casa, aunque sólo nos compraran un helado sencillo, pues había aire acondicionado y escaleras eléctricas. Terminándonos los helados –de pistache el mío y de fresa el de mi hermana-, regresábamos a casa en el volkswagen amarillo con las ventanas abajo y un calor de más de 35 grados. Mi madre nos partía melón en cuadritos, nos metía a bañar, nos ponía las pijamas sobre la cama y ya estábamos listos para cuando llegaba mi padre del trabajo a desearnos dulces sueños. Noté a mi hermana muy pensativa; mirando al techo beige del cuarto. Yo, por más calor que hiciera en ese cuarto, no podía dormir destapado: me daba miedo que algún fantasma me jalara las patas en la noche. ¿Qué le vas a pedir a Santa Clos?, le pregunté a mi hermana antes de dormir. Pues no sé. Es que quiero muchos juguetes pero acuérdate que sólo nos puede traer tres cosas a cada quien, me respondió. No seas chillona, le dije, es más, yo nomás le voy a pedir dos juguetes para que a ti te traiga cuatro. Sonrió desde su cama y, a los pocos minutos, nos quedamos dormidos. “Pinche Santa Clos, ¿por qué si él fabrica los juguetes no nos puede traer todos los que le pedimos?”; ese fue mi último pensamiento antes de empezar a soñar que Miss Luz María me daba un beso y me decía que le agarrara una chicha.

domingo, abril 16, 2006

una telaraña y un rifle de postas

Descansábamos en los escalones de doña Pelos, después de la correteada que nos pusieron los de la cuadra de arriba por destruirles su club; el club secreto –no tanto- que tenían en el monte baldío a un lado de la tiendita. Se lo merecían, pues habían robando algunas cosas de la construcción abandonada en donde nosotros teníamos el nuestro. Huimos cuando nos vieron salir del monte donde tenían su escondite. Nos vieron desde una lejana banca del parque, porque salimos atacados de la risa y haciéndoles la señal del dedo medio. Corrieron enfurecidos hacia nosotros, pero mis amigos y yo ya estábamos pedaleando nuestras bicicletas a toda velocidad con rumbo a la cuadra de abajo, a donde no se acercaban los de la cuadra de arriba. Gritaban y amenazaban con sacar rifles de postas, pero sólo nos persiguieron con sus hermanos mayores arrojándonos piedras e insultos a nuestras madres. Ninguna piedra nos dio, la más cercana pegó en una de la llantas de la bici del Chuy. Ya en nuestro barrio, dejamos las bicicletas tiradas en la calle y nosotros nos tiramos bajo la sombra del huisache del patio frontal de la casa de Doña Pelos. Hicimos eso porque vimos que no estaba su coche –el Pelosmovil- y no había manera de que nos corriera a cubetazos de agua con el pretexto de barrer los escalones. Me paré y fui por segunda ocasión a tomar agua de la fuente. Estaba empapado en sudor. Contemplé el enorme huisache. Había una telaraña fantasmal y hermosa de rama a rama. ¡Qué padre está este árbol! Me gusta mucho, dije; y todos echaron a reír. ¿Qué tiene de chido?, es un pi$%&#, árbol, jajaja. Tú estás loco, me respondieron. No dije nada más. Me quedé callado, no fuera a ser que al decirles lo maravilloso de la telaraña, la destruyeran gustosos. Todos se pusieron a correr de un salto y subieron a sus bicicletas. ¡Ahí vienen!, gritó Chuy. Desprendí la mirada de la telaraña y mi boca del chorro de agua, girando mi cabeza: los de la cuadra de arriba estaban en nuestra cuadra, con sus hermanos mayores y un rifle de postas.

miércoles, abril 12, 2006

a orillas del tiempo perdido

Las manecillas de los relojes se han oxidado y puesto lentas como la huída del un caracol, llegando casi a la parálisis, como si montones de arena hubieran entrado en esa minuciosa maquinaria. Olvidé mi reloj y el tiempo no parece avanzar en esta playa de suave oleaje. Tengo como única referencia de las horas a la posición del sol quemándose en el cielo y el movimiento de las sombras que reflejan las palmeras sobre la arena azafranada. La verdad es que no olvidé mi reloj: se lo regalé a un hombre que vendía jugos de naranja a la orilla de la carretera que conduce a esta playa, justo ahí, en donde está el cruce de las vías abandonadas del tren. Prefiero decir que lo olvidé en algún lugar, o que lo extravié, a decir que lo cambié por un litro de jugo; simplemente porque no quiero que me molesten con comentarios superficiales acerca de mi atrevimiento de cambiar algo con más valor por algo de mucho menos. No se alarmen, era simplemente un pinche reloj: un aparato que mide el tiempo para angustiarnos y hacernos creer que no hay tiempo para nada.

lunes, abril 10, 2006

el tour de jawad y el yuca

Jawad Rana era de Pakistán pero había vivido casi toda su infancia -y lo que iba de su adolescencia- en Arabia Saudita. Era su primer año en Maur Hill, donde cursaría la preparatoria completa. Tenía 15 años y estaba más delgado que un perro callejero. Usaba lentes con fondo de botella que agrandaban sus ojos de manera descomunal y, en vez de darle un look de tonto, lo hacían parecer un tipo muy agradable. Y sí que lo era. Me dijo que esa cabra a la que salía abrazando en la foto era su mascota. Después rió y me confesó que el animalito fue el banquete que dieron en su fiesta de despedida allá en Arabia hacia más de 6 meses; casualmente, el mismo día en que cumplió 15 años. Me platicó que la tradición decía que el animal -que más bien era chivo, y no cabra- tenía que ser hospedado en su casa todo un día y él y su familia deberían tratarlo como rey, para así, justificar su sacrificio en la celebración y agradecer su carne. Todo esto me lo tradujo el Yuca, un yucateco que había sido roomate de Jawad un semestre antes.

Jawad me regaló unos dulces árabes, unas monedas y unos billetes de baja denominación de Pakistán y de Arabia. Hablaba urdu, pero era raro escucharlo hablar en ese idioma, aún y estando con su grupo de amigos de la misma nacionalidad. La mayoría de los estudiantes extranjeros en Maur Hill eran de Pakistán, pero ellos tomaban clases regulares de preparatoria, no cursos intensivos de inglés como yo. Los Pakis, como les decíamos, tenían en común dos cosas aparte de sus rasgos físicos: todos vivían en Arabia y todos hablaban en inglés entre ellos. En aquella época, el odio y la ignorancia no llegaban a tanto como para hacer bromas a sus espaldas sobre ataques terroristas o para evitar sentarse con ellos en la mesa. Ese año el mundo era un lugar mejor y los gringos no eran tan paranoicos como para ver a un terrorista en cada extranjero que entrara a su país.

Jawad y el Yuca me dieron un tour por el colegio. Me explicaron las reglas y los horarios a grandes rasgos. Me mostraron el comedor, la lavandería, el gimnasio, la pista de atletismo, los jardines, las mesas de ping pong, la iglesia. Era obligatorio para todos los estudiantes residentes de Maur Hill ir a misa los domingos, incluso los musulmanes y budistas tenían que ir. Ese era el trato –o chantaje-: Ellos iban a misa católica los domingos, y la escuela respetaba su religión y costumbres gastronómicas. De hecho, durante el Ramadan, a los estudiantes de fe islámica les cocinaban cosas especiales y los dejaban rezar durante la madrugada en el cuarto de tele, que era el cuarto más grande del edificio. Después de las 10 de la noche, nadie podía salir del dormitorio si no era para ir al baño; a los musulmanes sí se les permitía hacer eso durante su Ramadan. Eso era lo que me gustaba de esa escuela: la tolerancia y el respeto. Y eso es lo que más extraño: que en ese año, el mundo era un lugar mejor.

sábado, abril 08, 2006

jawad rana

El Father Camilus era el director del edificio donde estaba mi dormitorio. Me lo presentó Miss Paula llegando a Maur Hill. Era un sacerdote viejo y flaco, de ojos muy claros y barba de cuatro días. Él sí que no hablaba ni una pizca de español. Tenía una tiendita improvisada -pero bien surtida- en su oficina, y una vasta colección de películas en formato vhs, las cuales prestaba en la compra de palomitas para microondas.

El Father Camilus me encaminó hasta el que sería mi cuarto. Era el número 17, casi al final del pasillo. Tenía dos camas, un escritorio, cuatro cajones, dos sillas, un pizarrón de corcho, dos lámparas, un pequeño closet y un aire acondicionado que también servía de calentador; todo en un espacio de cuatro por cuatro metros. Eran veinte los dormitorios, pero veintiún puertas, porque a mediación del pasillo estaba el cuarto de tele: una sala grande con sillas y sillones, video casetera y televisor a color donde se podían ver las películas del Father Camilus; ah, y comer las palomitas que nos vendía como condición para prestarnos su valiosa colección.

El dormitorio olía a humedad disfrazada con polvo para aspirar alfombras. Amontoné las maletas sobre la cama y me senté en una orilla del colchón. Era pequeña pero cómoda. Recordé que tenía que comprar también un cobertor para el invierno, pues sólo nos daban sábanas y fundas para almohada. En el corcho, de lado derecho del escritorio, había varias fotos perforadas y sujetas con tachuelas. Me acerqué para verlas mejor. Eran imágenes de una familia hindú, o árabe, o iraquí, no sé, todos sus miembros eran morenos, de cejas pobladas y nariz prominente; tenían que ser de medio oriente. Entre todas las fotografías, hubo dos que llamaron más mi atención: una era de una cabra y la otra, era de un joven de lentes, más o menos de mi edad, que abrazaba a la misma cabra de la otra foto. Hey, hello, I´m Jawad. Volteé de un sobresalto y ahí estaba, parado bajo el marco de la puerta de la habitación, el mismo güey de lentes que salía abrazando a la cabra en la foto; el que sería mi compañero de cuarto (roomate) durante todo el año. Hi, my name is Jawad Rana, nice to meet you. ¿What´s your name? Yo nomás le entendí que dijo algo de una rana.

jueves, abril 06, 2006

kansas blues

Lee la primera carta arriba del avión y así vete en orden todos los días, me dijo. Yo obedecí. Ese fue el punto de quiebra de mi llanto. Volví a meter la carta en la cajita de plástico, en el mismo lugar de donde la había sacado.

Aterrizamos en Topeka. A pesar de la desvelada del día anterior, no dormí ni un minuto durante el vuelo. Dos maestros del Maur Hill Institue me esperaban puntualmente en el aeropuerto; los distinguí desde la banda giratoria de las maletas porque cargaban con una pancarta que decía mi nombre. Pensé que eso de las pancartas con el nombre de uno sólo le sucedía a gente importante o en las películas. La bienvenida fue cálida. Me ayudaron a cargar los velices llenos de ropa para todo un año. Mr. Ríos y Miss Paula hablaban en un español agringado pero con muy buena pronunciación. Mr. Ríos parecía un mojado indocumentado y no sé si el acento gringo lo hacía a propósito o en realidad no hablaba bien el español por ser norteamericano de padres -o abuelos- mexicanos El camino de la sala 7B hasta el estacionamiento fue largo. Mr. Ríos y Miss Paula rompían el silencio hablando sobre el clima, un huracán y no sé qué más; yo iba pensando en otras cosas -comprar un walkman, comprar sobres y timbres postales para las cartas, aprender a lavar ropa blanca y de color- y no les presté mucha atención.

Subimos las maletas en la van: Maur Hill Institue, decía sobre la puerta en letras casi doradas. En la ventana había un pegote de un cuervo con uniforme deportivo, la mascota de la escuela, pensé. El trayecto a la escuela fue largo y espectacular. Mirando a través del cristal, comprendí de qué me habían estado hablando los dos maestros en los pasillos del aeropuerto. Dos semanas antes, el huracán Calvin había azotado algunos poblados del estado de Kansas, destruyéndolos casi en su totalidad. Era algo impresionante. A la orilla de la carretera se podían ver refrigeradores, sillones, coches volteados, árboles partidos a la mitad, televisores, bañeras, postes de luz acostados, vacas despanzurradas, paredes enteras, puertas, ventanas y grandes charcos anegados. Todo estaba reducido a pedazos, como en pedazos había dejado el corazón de mi madre y de mi primera novia.

Volví a leer la primera carta en la camioneta, mientras Mr. Ríos seguía hablando del huracán. La primera carta terminaba con algo así: “…cada día vas a leer una carta, no importa la hora ni el lugar. Sólo te pido que la última de ellas, la que está al final de la cajita, la leas arriba del avión de regreso…”. Faltaba demasiado para ese día y me volvieron a dar ganas de llorar.

miércoles, abril 05, 2006

kansas

Tiene nombre de estornudo: Atchison. De hecho, cuando alguien me pregunta que en dónde aprendí inglés, bromeo con que tengo una alergia. Abro mi boca, cierro los ojos, frunzo la nariz y hago así: ¡Aaaatchsssn!, como si estornudara con fuerza. Obviamente el chiste es malísimo, aparte, nadie lo entiende; sólo mis familiares, uno que otro amigo y los que estuvieron en ese pueblo olvidado estudiando conmigo. Así se llama el pequeño poblado de Kansas al que me mandaron a estudiar inglés cuando terminé la preparatoria. Atchison.

Iba yo a cumplir los 17 años, aún era virgen, salí con promedio de 8.8 de un colegio marista, acababa de partirle el corazón a mi primera novia con la noticia del viaje y faltaban 4 meses para otra devaluación económica, una más de las tantas que ha tenido mi pobre país.

No olvido las palabras de despedida de la abuela a su nieto mayor: “Las gringas están locas, m´ijito, ten cuidado, esas viejas están bien locas”. Recuerdo también las palabras de mi padre a su hijo el mayor, el día de la fiesta de despedida: “Acuérdate que esta oportunidad no todos la tienen, que estamos haciendo un sacrificio muy grande para tenerte estudiando allá y ojala lo aproveches bla, bla, bla” Mi madre no decía nada, fingía estar contenta, pero luego supe -por palabras de mi padre- que lloró cuando crucé aquella puerta del aeropuerto y desaparecí con mi maleta de mano a lo largo del pasillo. Después supe -de boca de mi madre- que mi papá trató de consolarla apuntando con su dedo a un avión que volaba, diciendo: “Mira, ahí va tu hijo, en esa ventanilla. ¡Dile adiós!”, y como una niña pequeña que se cree todo lo que le dicen, ondeó su mano a contraluz del cielo que resplandecía en su llanto.

Yo lloré ya estando arriba del avión. Miré la ciudad a través de la ventanilla: parecía una maqueta, un trabajo escolar, un mapa turístico. Se me figuró ver a cientos de metros de distancia, en una de sus calles miniatura, un coche similar al de mis padres. Ondeé mi mano a contraluz del blanco intenso de las nubes, como un chiquillo que se cree todo lo que le dicen.

sábado, abril 01, 2006

20 cosas de mi vida que les valen madre

0.- Mi abuelo Gustavo murió un 25 de octubre de 1975 y yo nací exactamente un año después. Todo mundo dice que soy él. Pues si existe la reencarnación, yo ya chingué.

1.- Mi abuelo admiraba a los caricaturistas y yo terminé siendo uno. Mi abuelo tenía un negocio de estopas; a ver si no termino jalando en un negocio de esos.

2.- Mi papá es médico veterinario, tiene más de 10 años en la política y es candidato a diputado federal. Ya le dije que haga reformas pa´que los perros puedan votar.

3.- Mi mamá atiende la veterinaria desde hace mucho tiempo, pero ella no es veterinaria, nomás cobra el billete y pone orden y una que otra vacuna porque no tiene chiste ponerlas.

4.- Tuve dos hermanas mayores.

5.- Si estuvieran aquí, tal vez no tendría dos hermanas menores. O tal vez seríamos cinco y no hubiéramos tenido las mismas oportunidades. Que bueno que nomás fuimos tres.

6.- Soy el mayor de los primos y nietos por parte de la familia de mi mamá. Tiene sus ventajas y desventajas. Cuando todos tus primos son menores te das unas aburridas horribles en los eventos familiares.

7.- Le llevo 28 años a la menor de mis primas. Voy a ser de esos primos rucos de los que nadie se acuerda y con los que nadie se lleva por ruco, snif.

8.- Por parte de mi padre no soy el primo/nieto mayor, pero sí el único hijo varón con el primer apellido Caballero. ¿Quiobo?

9.- Mis primos son hijos de hermanas de mi padre. Mis primas, de sus hermanos; lo que me hace ser el único que puede tener descendencia con apellido Caballero, así es que los demás no valen si tienen hijos, jojojo.

10.- Tuve un galgo, un gran danés, un dálmata y muchos chihuahueños y french poodles. Mi casa nunca olió ni ha olido a perro.

11.- Una vez viajamos mi papá, un amigo de él y yo hasta New Jersey en coche. Fueron 3 días y medio de camino y escribí una bitácora de viaje. Ahí me entró el rollo ese de escribir pendejadas.

12.- Un tiempo iba todos los días a un extinto zoológico de aquí de Monterrey porque mi padre ahí trabajaba. Un pinche chango siempre me jalaba el pelo cuando entraba a su jaula.

13.- Un eland estuvo a punto de escaparse de su jaula levantando la malla con los cuernos. Recuerdo a los visitantes corriendo, a mi padre y otras personas jalando de una soga y yo escondido en la bodega donde tenían el alimento del antílope.

14.- Una vez fuimos a un rancho cinegético por dos bisontes para el zoológico. La mejor aventura que creo haber tenido. La sensación de ir persiguiendo a la manada dentro de la caja de una camioneta… uuuuts.

15.- Mi padre tenía la costumbre de entrar a los cuartos con guitarra en mano y cantar Las Mañanitas en los cumpleaños, cosa que me encabronaba bien cabrón de morrito y aventaba cosas y me ponía a llorar.

16.- También lloraba y hacía corajes cuando me tomaban fotos. Chale, viéndolo bien, estaba bien pinche loco

17.- Le tenía miedo a los payasos, lloraba en el kinder porque me quería ir a mi casa, no me gustaba ir a las fiestas de mis amiguitos y, cuando iba, me la pasaba enchichado con mi amá y lloraba y me abrazaba más fuerte de ella cuando me decían que le fuera a pegar a la piñata. Era un niño genio, ese era el pedo.

18.- Una vez pedí una sangría en un restaurant y, en vez de traerme el refresco, me la trajeron preparada con vino tinto. Recuerdo a mi papá diciéndome "siéntate bien, Gustavo... ¡que te sientes bien!... ¿pos qué tienes m´ijo???". Pos andaba bien pedo.

19.- Nunca me he fracturado nada.

20.- Mi mamá descubrió que una chavita que me cuidaba cuando era yo un pequeñuelo me daba unas chupadotas en el pizarrín. Por más que intento acordarme, no me acuerdo.

jueves, marzo 30, 2006

jueves de 3 x 1 pero aquí arriba sigue diciendo wendesday o esa madre...

Empecemos este jueves con una tira cómica balina y muy mamona pa´ponerlos de mal humor:


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Fui con el Filósofo de Cantina. Dirán ustedes: inche viejo huevón que se la pasa chupe y chupe; pero no, el ñor se da tiempo pa´todo. De hecho, escribió un poema pa´todas las viejas que creen que no merecen amor y que cada que sienten que tienen todo, se echan para atrás por miedo. "A veces hay que desendulzarles el tono a las cabronas, porque luego se empalagan", dijo el Filósofo y esto fue lo que mandó exclusivo para mi blog. Se llama: Eres todo lo que me caga

¿Ya te hartaste de tanto dulce, cabrona?, pos ora te voy a decir lo que realmente eres. Comezón en el paladar, eso es lo que eres. Esa desesperante picazón en el oído interno que quisiera borrar con la punta afilada de un lápiz. Eres el piquete del mosquito entre los dedos de los pies y esa parte de la espalda que no alcanzo a rascarme con la mano. Eres el chicle pisoteado que se aguada con el sol y se pega en la suela de mis tenis. Eres la bolsa de basura con las latas de cerveza de la peda de ayer que empuño con mi mano cuando veo al camión recolector doblando en la esquina. Eres la llamada que suena varias veces y se corta justo en el momento en que desprendo el auricular y digo “¿diga?”. Eres la pluma que se niega a escribir por más que la frotes y zarandees. La pelota de papel arrugado con algún poema que golpea el borde del cesto cuando la lanzo y cae al suelo. La bolsa de plástico que dejan los nacos en un área verde después de un picnic y el graffiti en una barda recién pintada. Eres un coche que no enciende, la sal de más en la sopa, un color al que se le rompe la punta a cada rato y la misma frustración que me invade cuando se termina un rollo de fotos en vacaciones o el rollo de papel higiénico cuando ando suelto del estómago. Es más: tú eres la causa de que se me afloje el estómago. Y sin embargo, te quiero un chingo, jija de la chingada.

Y ya para acabar esta miscelanea, les aviso que la Guffilla está recuperada completamente, que nadie la adoptó, snif, y que me la tuve que quedar y que es más desmadrosa y tragona que el demonio de tazmania. Está bien botana porque las patillas de atrás como que le fallan al momento de quererse subir a algún lado y se va de nalguillas al suelo, juar juar. Las escaleras también las baja y las sube bien curioso y se sienta bien raro, como si las patas fueran de goma. Pero como me dicen por ahí: antes di que está viva, pa´la chinga que le pusiste con el carro. He aquí una foto tratando de arrancarme una mano:

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martes, marzo 28, 2006

escuchad esta profecía

N´ombe, ora sí ya nos cargó la huesuda; en verdad que sí. Ayer que iba a sacar unas monedas de mi pantalón para pagar un elote desgranado, pensé: "Si la primer moneda que salga es una de dos pesos, el mundo se va a acabar", y booolas, que saco una moneda de dos pesos. N´ombre, me cagué todo y se la avienté al pinche elotero bien asustado acá como el Brad Pitt en Doce Monos y que me voy corriendo hecho la cochinilla pa´mi casa. Total, llego corriendo a mi casa, que es su casa y es un segundo piso, y digo: "No, ora sí ya: Si el número de escalones de aquí pa´rriba es par, el mundo se va a acabar bien gacho antes de el domingo". Y que cuento los escalones mientras los subía y ¡madres!!!, que eran 16. Ayyy mamachita, esto ya va en serio, pensé. Total, que abro la puerta de mi cuchitril y me dirijo a mi cuarto, y dije "no ya, ora sí va en serio, esta es la definitiva, las otras dos no valen". Total, que arranco una hoja de un cuaderno donde venía una puntuación de unos juegos de dominó y unas riatas dibujadas en señal de la metida que le dimos a la otra pareja, y la hago bolita y digo en voz baja: "Si no meto este papel en el bote de la basura, el mundo se va a acabar". Agarro pose de Maikol Jordan acá, paro las nalguitas, salto, lanzo la bola de papel hacia el cesto (séptimo, octavo...) ¡y cae afuera!!! Ya nos llevó la chingada. El mundo se va a acabar.

lunes, marzo 27, 2006

aquella caminata

El viento sopla como fumador empedernido y poco a poco va borrando el registro de nuestras huellas en la arena tibia; arena con sol de las 6 de la tarde. Las huellas de aquel atardecer que decidimos salir del hotel y pasear por toda la orilla del mar para ver qué tan lejos llegábamos antes de que nos cayera la noche y nos diera hambre. La marea sube y el oleaje se lleva instantáneamente nuestra caminata impresa en la arena oscura y mojada, bajo el sol de las 6 y media de la tarde. No es lo mismo grabar el molde de tus pies en arena seca que en mojada: en la arena seca permanecen más tiempo tus pisadas porque el viento es más condescendiente que el mar. Empieza a apagarse el día cuando el sol se mete a la cuna del mar, es entonces que decidimos volver. Además, empezamos a sentir mucha hambre. Vuelve a subir la marea y de nuestros pasos por la orilla de regreso al hotel sólo quedan pequeños pozos con agua que desaparecen con la siguiente ola. No queda rastro de nada. Al día siguiente, tirado en un camastro -con sol de medio día- después de un chapuzón, contemplo cómo el calor evapora sin piedad los charcos que dejaron al salir del agua mis pies talla 9 y los tuyos, talla 4, en el suelo rasposo que rodea la piscina: desaparecen como espejismos en un desierto. Volvemos al cuarto y la señal de nuestros dedos, arcos y talones hundidos en la alfombra del cuarto ha desaparecido al esponjarse otra vez el fino tejido de lana; sólo los residuos de talco dan la forma y curvatura de lo que pareciera ser un dedo gordo. Mucho tiempo ha pasado desde aquella caminata en la playa, y el tiempo hace lo mismo con mi memoria que el viento, el mar, el sol y la alfombra con las estampas de nuestra descalcez. El tiempo pasa y pasa y empieza a desvanecer tu recuerdo de mi cabeza. Es como si en mi pecho tuviera un océano que con cada ola se va llevando de mi corazón algo que alguna vez estuvo grabado en él.

viernes, marzo 24, 2006

luchitas de viejas

Hacía mucho tiempo que mi vejiga no estaba a punto de estallar, y no por que me rehusara a ir al baño a miar las Tecates de dieta, sino por la méndiga risa. Es que fui a la lucha libre femenil y ah, qué pinche botana agarré, juarjuar. Desde los nombres de las morras ya uno sabe que le dará el mal de orín: La Chacala, Tsunami, Lady Warrior, Linda Star, Intrusa y Princesa Zaranety; finísimas personas todas ellas, por cierto. Precio de la entrada para ver cómo se rajan la madre estas damas: 80 bolas. Cheve Corona: 15 pesos. Sillas de plástico, baños iguales a los de un taller mecánico y pura raza jariosa que no le alcanza para ir a un table dance y prefieren mejor llegar a su casa a hacerle el amor al “Compayito”, rememorando las imágenes de ese show de valkirias malhabladas y sudorosas. Algunas cosas que recuerdo causaron que la mitad de las cervezas me saliera disparada por la nariz y los ojos:

A la Princesa Zaranety le gritaban la Princesa Zorra Nety, y a la Intrusa, la Sin Trusa, porque traía un pinche calzón todo gacho y todo roto como la Gloria Trevi.

Se queja una luchadora “¡¡¡faul, faul!!!”, mientras se agarra la covachita en un gesto de dolor. En eso, grita un pelao del público: “¡Si ni huevos tienes, cabronaaa!!!”

Luego, salió una morra sin máscara, que era el vivo retrato de una Tortuga Ninja Mutante solterona, y empieza la raza “¡ponte una máscara, cabronaaa!!!” Y el mismo güey desmadroso de la vez pasada revira con un “no, mejor que se la quite”. Juarjuar, ese cholo se llevó la noche.

Después, salió una luchadorcilla toda chaparrilla y que la raza malora empieza a corear “mas-ca-ri-ta, mas-ca-ri-ta”, en alusión al luchador aquel que era enanito, y la morra bien encabronada grita “¡Cállense culeros!!!” Y el público presente seguía gritando más gacho “ta-chue-la, ta- chue-la, pinch-enana, pinch-enana” Y en eso, que sale la compañera del la pinche taponcillo al rescate, su partner, su pareja: una gordinflas bien machorra –pero igual de enana- que nomás le faltaba el bigote pa´confundirla con un chofer de la ruta 100. Y que grita el macuarro chistoso del público, fino cual abrigo de mink: “¡Esa gorda sí tiene huevooos!”. “¡Cállese culero, o le parto el hocico!”, le contesta la damita andrógina de peso completo apuntándolo con el dedo y mirándolo furiosa por encima de la tercera cuerda. Y empieza el coro contra la gorda: “Más- carnita, más- carnita”, juarjuar, en lugar de mascarita, más carnita, por choncha.

Otras frases en las que no pude contener el llanto y casi me ahogo con la Corona:

“¡Esa vieja trae Kotex!”, y responde el cholo chido “¡¡¡es el chile!!!
“¡De ahí no la agarres, le vas a ponchar una chicha!!!”
“¡Beee-so, beee-so, beee-so…”
“¡Ya la hirió, réferiiii!!! Ah, no, anda en sus días la cabrona”
“¡Mejor ponte a barrer, cabrona!!!
“Pareces piñata con ese traje, cabrona” (sí, cabrona por aquí y cabrona por allá era lo único que se escuchaba).
“¡Esa vieja es la hermana del réferi!!!
“Aaarrrrrrggggg”, le grita un compa al referi porque se parecía a Chubacca decían que era el hermano de la que parecía Tortuga Ninja Mutante.
“Raaa-fi-ta, Raaa-fi-ta…” le gritaba la banda a la Gorda Más Carnita en referencia al achichincle del Omar Chaparro.

El machismo, el vocabulario soez, la violencia contra la mujer y el sometimiento del sexo débil en todo su esplendor. Qué bonito estuvo.

miércoles, marzo 22, 2006

la ciber juana

Llamémosle Juanita de cariño (con el respeto que merecen todas las Juanas). En el msn siempre se pone Jenny pa´que no se entere la raza que en verdad se llama San Juana. Ni siquiera se pone "Johnny", por no levantar sospechas. Escribe “Jenny” y un corazoncito mamón a un lado. A veces pone caritas amarillas felices y otras llorando y otras que parece que se acaban de chupar un limón. También pone frases cursis en inglés para que menos sospeche la banda que se llama San Juana y que piensen que el Jenny es por "Jennifer" y que habla inglés porque estuvo en escuela privada. El caso es que la San Juana siempre está conectada, ¡siempre!, y eso no lo entiendo y me saca de quicio. Si va a la escuela pone: Jenny *corazoncito* (Ausente) “estoy en clases”. Si va a comer pone (Vuelvo enseguida), si no está en su casa pone “No estoy en mi casa, estoy en casa de mi abuelita”. ¿Qué pedo con Juana; por qué carajos sigue conectada si no está? A ver, por qué cuando va a cagar no pone “Fui a tirar el escombro” o cuando va a hacer pipi no pone “me fui a mojar el pelo”; mira qué chistosa, nomás lo que le conviene. Bueno, el pedo es que siempre está conectada y eso me encabrona porque me encabrona lo que no entiendo. Una vez La Juana salió de vacaciones y seguía conectada. Puso en el msn: “Dejen recado, ando de vacaciones, ¡¡¡qué rico!!!”. ¿Pero por qué coños no te desconectas si andas de vacaciones, pinche Juanita? No lo entiendo. En la madrugada, si por accidente te asomas al msn, ahí está la Jenny conectada aunque no haya nadien, y pone el monito de (Ausente) y entre comillas especifica: “Estoy dormida”. ¡Aaaarrgggghhhh!!! ¿Por qué Ch%&$#?¡ si te vas a dormir o te vas a ir de vacaciones o estás en el trabajo o simplemente no estás frente a la computadora, por qué demonios no te desconectas a la tingada??? Ya la neta: ¿cuántos Juanitos y Juanitas están leyendo este post?

martes, marzo 21, 2006

fabulitas de clasemedia

En aquellos tiempos ochenteros, cuando quería casarme con mi mamá y el disfraz de Súper Ratón ya estaba guardadito en el clóset esperando el próximo Halloween, yo era un niño muy enfermizo. Enfermizo no por el hecho de que me quisiera casar con mi madre, sino porque tenía muchos problemas en las vías respiratorias. Dormía con vaporizadores en el cuarto, se me cerraba la garganta, la nariz y emitía un extraño silbido al respirar por la boca, cosa que se me dificultaba aún más cada que llegaba el invierno. Mi padre me decía que no me podía casar con mi mamá porque él ya estaba casado con ella y que iba a traer un perro chihuahueño a la casa porque, según sus conocimientos veterinarios, esos perros son curativos y quitan el asma y las alergias. Es fecha que no padezco ninguna enfermedad respiratoria ni de ningún tipo. Es fecha que en mi casa tenemos puros perros chihuahueños. Por más que anduviera descalzo sobre el frío piso de mi cuarto, la cocina y los escalones, no agarraba ni un resfriado o catarro. Vino el invierno del 83 y fue el primero que pasé sin problemas de nariz tapada ni ese insoportable chiflido que salía de mi garganta al respirar por la boca. Anunciaban El Regreso del Jedi en los cines y el traje de Súper Ratón seguía colgado en el clóset. De vez en cuando lo sacaba para jugar e impresionar a mi madre; tal vez se diera cuenta de que yo tenía más músculos que mi padre y ,aparte, podía volar con mis superpoderes pedorros.

viernes, marzo 17, 2006

reflexiones pa´l fin de semana

No sé qué será más gacho como padre: Que te digan que a tus dos hijos los mataron sadicamente a cuchilladas o que tu hijo acaba de apuñalar sin razón a dos niños. Es irónico y sonará a una broma ofensiva pero, viendo las noticias sobre el chavito este que mató a dos niños en Monterrey cerca de mi casa, las declaraciones de su papá y del hermano diciendo que lo van a apoyar porque lo siguen amando y estarán con él hasta el final por más monstruosos que hayan sido sus actos, uno piensa: Chale, qué familia tan bonita y tan unida hasta en las peores situaciones. Tanto que dicen que la familia es un valor primordial que ahora ya hasta estoy confundido si ver esta situación como un ejemplo bien chido de unión familiar. Ta cabrón. ¿Qué será más gacho: que te vean como al padre de los niños muertos o como al padre del asesino?, ¿que te vean con lástima o que te vean con odio?, ¿cómo vivirás más tranquilo: sabiendo que a tus hijos los asesinaron pero ya están en el cielo o sabiendo que tu hijo sigue vivo y se la pasará el resto de sus días encerrado en un infierno? ¿Qué será más chido? Ta cabrón... chale, ahora ya hasta compadezco al pinche loco matón este.

miércoles, marzo 15, 2006

pendejadas al 2x1

Típico que uno termina en un buque tiburonero con bandera de Chipre, con los calzones todos miados y por encima del pantalón (como Chuperman) y con serpentinas y gorrito de fiesta todavía en la chompa después de una pachangota bien mamalona, ¿no? A mi me pasó una vez. Total, madrié a los batos que mataban tiburones, metí reversa al barco y llegué a un país europeo de esos que se creen muy europeos nomas porque están en Europa. Y ya, llegué con un camarada de esos que quieren ser presidentes de la república y que se van al extranjero a estudiar de mamones (pero pos mejor quedar bien con el futuro presichente del país) y pos me llevó de fiesta oootra vez. Y pues uno que está acostumbrado a la cheve miada que venden en México y a los vinos rebajados con tinte pa´cabello canoso, y pos sus amigos eran bien pipiris nais y pos puro vino acá en vaso, nada de andar tomando directamente del pico de la botella. Entonces pos como a las 2 copas de buen champán (que me supo a sidra Brindis de Oro, de 33 pesos)pos que me pongo bien rrobacho... digo, borracho. Y ya, al día siguiente no aguantaba la boca, el sabor y el olor, parecía que me había tomado pero el agua de todos los pinches escusados. Voy al fregadero a lavarme la boca y ¡puuuaaaaaj!!! Por eso ya no me volví a lavar el hociquito, quedé traumado.

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Y les dejo un Chiste Alowey en blanco y negro porque hoy es el día del blanco y negro. Saludos.


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lunes, marzo 13, 2006

la sirena que chupaba piñas coladas

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Añoras volver al mar pero es imposible. Tu cola de pez se secó, se partió en dos, te salieron piernas y olvidaste cómo nadar. Pasas horas llorando recargada sobre la barandilla de la popa, mirando con nostalgia la negrura ultramarina del océano. Lo más parecido al agua salada donde naciste son las lágrimas arrancadas de tu rostro por el viento, como traslúcidas escamas que vuelan y caen y se revuelven y se confunden con la sal del mar: tu hogar, tu amante, tu origen. Antes de conocerte, yo estaba ahí mismo, donde ahora lloras tú, me estaba tomando una piña colada bien cargada cuando te vi emerger y mirarme y seguirme nadando con tu cola de pez y haciéndome señas de que te sacara de ahí. Al principio pensé que ya andaba bien pedo o que era una mujer ahogándose, pero luego me dijiste que querías ser humana, probar de lo que estaba bebiendo, respirar el aire del cielo que se refleja en la superficie y conocer el amor humano; que no te importaba dejar las frías profundidades de esa masa líquida y llena de vida.
Y yo te lo advertí. Te dije que aquí en la tierra las cosas eran peores: que ese aire del cielo estaba sucio y que existe muy poco amor entre los humanos; es más, te dije que nosotros éramos los culpables de que tu casa estuviera sucia, llena de aceites, combustibles y basura de todo tipo. Que éramos un asco como raza. Pero no te importó. Entonces, te tiré un salvavidas que estaba colgado en la pared y subiste en él. En el momento en que tu cola dejó de tocar el agua, se partió en dos y no volviste a ser sirena jamás. Se te olvidaba eso cuando te ponías peda con piñas coladas, pero después, ya que se te pasaba la cruda, te arrepentias y llorabas. Pero querías ser humana y pagaste las consecuencias.
Me rogaste que te llevara al mar de vuelta y accedí, aún sabiendo que te perdería y que te ahogarías, como la vez que fuimos a Zihuatanejo y trataste de ser sirena otra vez y no te salió cola y casi te ahogas. Juntamos nuestros ahorros y tomamos un barco. Hicimos el amor por última vez en el camarote y te tomaste tu última piña colada decorada con un popote amarillo, una cereza atravesada con una espadita roja y una pequeña sombrilla oriental. Y ahí estás ahora, llorando recargada sobre la barandilla de la popa, respirando el rocío que sueltan las olas al golpear la embarcación. El mar está bravo, tal vez esté enojado porque lo abandonaste por mí. Hay un salvavidas similar al que te lancé años atrás y lo ves con rabia.
Te has terminado la piña colada y te duele la cabeza y te tocas con los dedos la sien y cierras los ojos de dolor. Siempre te dije que no las bebieras tan rápido. Tomas el pequeño paraguas oriental y lo miras y lo giras entre tus dedos, lo abres y lo cierras jugando. Sorpresivamente me besas con tu lengua, casi sin usar los labios; sabes a mar y vodka y sexo recién hecho. Subes a la barandilla sin precaución, alzas el brazo donde traes la pequeña sombrilla y saltas. La sombrilla vuela de tu mano y alcanzo a atraparla. ¡Splash!!!... y desapareces.
Y aquí estoy yo, apoyado sobre tus pisadas en la barandilla, jugueteando con el pequeño paraguas de adorno, con el viento arrancándome cristales de sal de los ojos que se diluyen al caer en ese azul ilimitado que me pasaré viendo durante todo el viaje de regreso.