miércoles, octubre 16, 2013

Winona Ryder y los pavo reales gigantes que disparan rayos fosforescentes

Casi siempre le sugiero al subconsciente el tema que me gustaría soñar, pero pocas veces me hace caso, y, cuando lo hace, lo hace a como se le pega su gana. Por ejemplo: si quiero soñar que tengo un date mega romántico con Winona Ryder, posiblemente lo tenga, pero en las faldas de un volcán en erupción del cual tenemos que salir huyendo para después ser perseguidos por pavo reales gigantes que disparan rayos fosforescentes por la cresta y terminan comiéndose a mi amor platónico, snif.

También es común que duerma con la idea de que en mi sueño quiero darme cuenta que estoy soñando para así poder controlarlo y dirigirlo hacia donde quiera –apagar el volcán de una meada, matar a los pavo reales que disparan rayos fosforescentes y apachurrarme a Winona Ryder en una hamaca en la playa-, pero supongo que los sueños perderían su encanto si pudiéramos hacer esto.

He escuchado gente que asegura soñar lo que le plazca, pero no sé si sea cierto. También he leído algunos artículos que dicen que se puede lograr esto "con cierta disciplina mental", pero no soy muy disciplinado que digamos. No lo he logrado incluso cuando más empeño he puesto en ello; ya saben, de esas veces que despertamos en la parte más interesante de un sueño y queremos volver a dormirnos para continuar en donde nos quedamos pero se nos va el sueño o soñamos algo distinto o bien aburrido.

Despertar de un sueño es entrar en la realidad (¡qué frase tan genial y tan poco obvia!), que no es otra cosa que una ilusión que tampoco podemos controlar; por lo tanto, eso que conocemos como "realidad" es algo parecido a seguir soñando.

Uno empieza a controlar su realidad cuando se despierta de la ilusión de lo que se cree que es estar despierto. La realidad es el sueño que quieren que vivamos pero a la vez que permanezcamos soñando con vivirlo.

Cuando despiertas de esa ilusión puedes sentirte a ti mismo y comprender tu existencia; lo básico de las cosas, el trasfondo sencillo de la vida. Obviamente este “despertar” acarreará soledad, aislamiento, miradas burlonas o tragos amargos, pero al final de cuentas todo eso también son ilusiones.

Quizás no tengamos la habilidad de soñar lo que queremos ni de ver completa la realidad que deseamos, pero lo más importante -creo yo- es no ver lo que quieren que veamos.

Encajar en esta realidad es una ilusión. No te sientas un extraño. Ten en mente que si logras despertar simplemente eres la persona que pudo ver detrás del telón.

lunes, octubre 07, 2013

Un compa apodado El ¡Qué Oso!

Cuando cursaba el tercer grado de secundaria a los hermanos maristas se les ocurrió organizar una rifa en la que el premio mayor sería un coche de reciente modelo. Era el año 1989.

El dinero que se recaudara de la venta de los boletos sería para acabar el gimnasio que estaba construyendo el CUM de Monterrey en un terreno aledaño a su plantel (para ser exactos, en donde se ponía Doña Pelos, la señora de los tacos). Los estudiantes de los tres niveles de secundaria nos dimos a la tarea –más bien nos la impusieron los adoradores de san Marcelino Champagnat– de vender talonarios con veinte boletos de a 35 pesos cada uno.

Fue así como a mis trece años anduve durante un mes molestando a todos mis tíos, importunando a los vecinos y rogándole a alguno que otro incauto para que me compraran un boleto.

Llegó el día en que tuvimos que entregar los talonarios y lo que habíamos recaudado. El maestro al que apodábamos El Pitufo pasó salón por salón a recoger el dinero mientras pasaba lista. Cuando escuché mi nombre me puse de pie, entregué casi 700 pesos de los de antes y dos boletos que ya no pude vender. El Pitufo hizo una mueca desaprobatoria que bien pudo meterse por el culo.

Después llegó el turno del compañero cuyo apodo tomé para titular este escrito. Se llamaba Jaime, pero ahí todavía no le decíamos como le decíamos. El sobrenombre se lo pusimos esa misma tarde, después de que se paró, caminó entre la hilera de pupitres y entregó el talonario ¡completo!: con los veinte boletos.

Ya se imaginarán la cara que puso El Pitufo, que de por sí estaba bien pinche feo el cabrón. Se le subieron los colores a las mejillas, como si la acción de Jaime hubiera sido una afrenta personal, y le dijo, sacudiendo el talonario con dos dedos, como si le diera asco:

–¿Qué es esto?

–No pues no vendí los boletos –respondió Jaime.

–Sí, ya me di cuenta, pero: ¿por qué no los vendiste?

–No, pues no los vendí.

–¿Por qué no los vendiste?

–Pues porque qué oso andar ahí ofreciendo boletos.

–¿Cómo que “qué oso”? –espetó El Pitufo, molesto y confundido.

–Pues sí, qué oso: qué vergüenza andar ahí de que “¿me compra un boleto?”, “ándele señora, cómpreme un boleto”. ¡Qué osooo!

Todos los del salón nos cagamos de la risa; algunos tacharon a Jaime de fresa y de hipermamón, y, obviamente, desde ese incidente se le quedó el apodo de El ¡Qué Oso!

El Pitufo, furioso, mandó a Jaime a la dirección. Llamaron a sus papás y, a las tres horas, Jaime regresó al salón con una ligera sonrisa en el rostro, que denotaba más tranquilidad que cinismo “Mis papás compraron todos los boletos y se arregló el pedo”, dijo.

Yo, en el fondo, admiré a Jaime. No porque sus padres hayan comprado todos los boletos y le hayan salvado el pellejo por una estupidez, sino porque a esa edad no había visto brotes de tal honestidad en “actos de rebeldía”, por llamarlos de alguna forma. La rebeldía de la que muchos alardeaban se resumía en cometer pendejadas sin ton ni son para hacer enojar a alguien. No eran conductas auténticas, comprometidas con alguna creencia o sentimiento; la rebeldía consistían en llevar la contra nomás por llevarla. Jaime era buen estudiante, cumplía con sus tareas y sacaba buenas calificaciones; pero se negó a vender los boletos simplemente porque le pareció incómodo.Y eso admiré.

Cabe aclarar que sus papás se ganaron el coche, y ya se imaginarán la cara que puso El Pitufo, que de por sí estaba bien pinche feo el cabrón.

martes, octubre 01, 2013

El cascabel

Gabino, el guardia encargado de subir y bajar la pluma del estacionamiento del departamento de policía, comenzó a recibir una visita inusual: un gato.

Poco tiempo bastó para que el felino se ganara la simpatía de Gabino y los demás uniformados, quienes le compartían de su almuerzo o cooperaban para comprar latas de atún en la tienda de la esquina; incluso el animalito se paseaba a sus anchas por las oficinas y pasillos de la demarcación, en donde Carmen, la recepcionista, había puesto ya una caja de arena y algunos juguetes de goma.

Pero un día el gato -al que nunca le pusieron un nombre- desapareció.

A la semana el ejército realizó un operativo en las instalaciones de la policía. Fueron destituidos 56 agentes –entre ellos Gabino- y  dos altos mandos. 

Al día siguiente el periódico de mayor tiraje de la ciudad publicó una nota a ocho columnas -y varias fotografías en su edición online- en donde se mostraban las orgías con alcohol y cocaína que se realizaban dentro de la dependencia municipal.

Nunca nadie se imaginó que el cascabel que colgaba del collar de Matute -como se llamaba el gato- era en realidad una cámara. 

martes, septiembre 24, 2013

Como portada de Pink Floyd


Imagino que cuando alcanzamos cierta lucidez, paz o congruencia con nosotros mismos somos como la mancha de colores que se refleja en la pared cuando el rayo de luz atraviesa el prisma; y que "El Mundo" -esa simulación pensada por alguien más- es el velo que se empeña en cubrir estas cualidades que resultan de las experiencias físicas, mentales y "espirituales", por llamar de alguna manera a toda esa actividad interior que relacionamos con planos etéreos.

Y sí: pareciera que el mundo que conocemos todo lo nubla con su ruido, pretendiendo sustituir nuestras emociones, anhelos e inteligencia por engranajes, cableado y computadoras; manteniendo vigente ese antiquísimo sistema condicionado de recompensas y castigos. Poco es ya lo que cuestionamos y casi todo lo aceptamos. Tragamos sin masticar porque "no hay tiempo". Perdemos poco a poco la espontaneidad y el gusto por lo natural porque la tecnología lo estandariza todo. No hay tiempo para la contemplación. Menos cuando se necesita salir a ganarse unos pesos. Nos programan como robots desde niños para actuar de acuerdo a un patrón específico que, si no conocemos otro, hasta nos resulta cómodo y seguro, normal: "Es lo que hay porque no hay de otra".

Es como si viviéramos detrás de una cascada: del otro lado se ven los colores tal cual, pero la imagen del mundo está distorsionada. 

El mundo es la mancha de colores que se refleja a través de nosotros cuando alcanzamos la lucidez, no la simulación que creemos vivir. Es cuestión de cruzar al otro lado de la cascada. De atravesar el prisma.

lunes, septiembre 16, 2013

Tiña

Lo único que no me gusta de tener un trabajo de oficina y un negocio de hamburguesas los fines de semana, es que me quita tiempo para dibujar, escribir, leer, ver a mi familia, ver a mis compas y tirar hueva como antes lo hacía, snif; pero ahorita que tengo tiempo aprovecho para contarles una breve anécdota Godínez. Ay, estos Godínez…

Resulta que un güey de la oficina en donde trabajo como alcaide llegó platicando que a su hijo le había dado tiña. ¡Tiña! Jajajajajaja… no mamen. ¿A quién diablos le da tiña en pleno siglo XXI? ¿Qué es esto: la Europa del siglo XVI? Es como decir “Mi hijo tiene peste bubónica” o “A mi niña le dio lepra”. Pero bueno, uno nunca sabe con los Godínez y sus costumbres. La cosa es que este güey llegó platicándonos su tragedia y esto hizo que yo me acordara de una bonita anécdota de mi lejana adolescencia.

Me acordé de la noche antes de mi primer día de preparatoria. Tenía yo unos 13 ó 14 años y usaba el cabello “de hongo” (sí, señoras y señores: en algún momento de mi vida tuve una cabellera abundante, como la de José Luis Rodríguez, El Puma). A esa edad tenía la manía de rebajar el volumen del cabello de los costados con un rastrillo; ya saben, para no gastar en peluqueros y hacer más bombacho “el hongo”.

Total que esa noche agarré el rastrillo y empecé a rebajarme el cabello de atrás de las orejas porque quería ser la sensación entre las morritas con mi corte moderno. Y no sé si fueron los nervios de entrar a la prepa o qué pedo, pero en una distracción que tuve, que se me pasa la mano de fuerza y que me corto de más el cabello y que me dejo una pinche trasquilada en el coco.

Como sabía que el cabello no me iba a crecer de un día para otro, hice lo que todo hombre haría a esa edad: corrí llorando al cuarto de mi mamá para que me solucionara el problema, snif.

Obviamente mi jefecita me metió una pedorriza marca diablo: “¡Mira nada más cómo te dejaste! ¡Nada más a ti se te ocurre andarte rasurando! ¡Pareces tiñoso!" Oso… oso… oso… oso... Esta última palabra retumbó en lo más hondo de mi ser; como si las entrañas de mi cuerpo fueran las paredes de un cañón en donde rebotan infinitamente los ecos. “Tiñoso”. Qué pinche se oye, ¿no? A esa edad había escuchado hablar de la tiña porque mi papá es veterinario de profesión y había visto algunas fotos de perros con esa madre y ¡guákatelas!; pero en humanos nunca lo había visto, y ahora yo parecía uno de ésos.

Total que estaba todo preocupado porque tenía una trasquilada arriba de la oreja, trasquilada que no alcanzaba a cubrir mi moderno corte de champiñón, y pues ya no sería la sensación entre las morritas y, ay, snif, una tragedia.

Pero como las mamases se las saben de todas todas, la mía me dio la solución: sacó de su bolsa el rímel y me empezó a pintar de negro la parte trasquilada. Y quedó bien. Había que clavarse mucho en la textura para darse cuenta que esa parte de mi cabeza no tenía pelo.

Y al día siguiente fui a la preparatoria y nadie se dio cuenta que parecía tiñoso gracias a la pericia de mi madre y sus remedios. Nadie se dio cuenta hasta que empecé a sudar y el rímel comenzó a escurrir...

Ah, pero este post era porque al hijo de un Godínez le dio tiña, jajajajaja… no mamen. ¿A quién le da tiña en pleno siglo XXI?

miércoles, septiembre 04, 2013

El hamburguesero

Se va a cumplir un año desde que regresé a México de una estancia voluntaria en Canadá. Desde entonces han pasado muchas cosas.
Regresé a Monterrey sin dinero, sin coche, sin casa, sin vieja, sin negocio de cajas y sin algunos sueños cumplidos -snif-; con la idea de volver en un futuro a ese país, pues en éste sigo sin sentirme a gusto.

Cuando regresé sólo tenía mi trabajo de caricaturista y columnista en un periódico de la localidad, pero terminé mandándolo a la jodida por deberme dinero y pagarme siempre a destiempo. En este proceso de "reaclimatamiento", mis padres me echaron la mano en varias cosas, entre ellas, prestándome el cuarto que era de mis hermanas para que ahí viviera por un tiempo.

Luego, en enero, un amigo me invitó a trabajar a un lugar en el que nunca imaginé trabajar, desempeñando un puesto que nunca imaginé tener: alcaide de las celdas preventivas de un pequeño municipio aledaño a Monterrey, cerca de Ramos Arizpe, Coahuila. Ya llevo ocho meses en este cargo, con algunas historias interesantes que a veces cuento en mi Twitter y que luego les narraré por aquí.

Obviamente éste no es el trabajo soñado, pero es un sueldo seguro en lo que sale algo "mejor" o más acorde a mis gustos y habilidades. A pesar de ser turnos de 24 horas por 48 de descanso, la carga laboral no es tanta; la que pesa es la emocional. Estar hombro con hombro con la ignorancia, la miseria y toda la problemática social de un municipio pobre, es deprimente y desalentador; más sabiendo que no se puede hacer mucho para cambiar al mundo desde un puesto tan insignificante. Se puede ayudar, se puede ser humano, se puede hacer sonreír, se puede hacer que la gente cambie su percepción negativa sobre la autoridad, pero no basta con eso. Aunque tal vez sea un comienzo.

Por otro lado, hace un par de meses el compa que me invitó a trabajar de alcaide traía la inquietud de poner en el pueblo en el que trabajamos un negocio de comida “distinto”, pues no hay muchas opciones a donde ir, por lo que me invitó de socio para poner un puesto de hamburguesas. “Tú eres muy creativo y te gusta la cocina; a ver qué se te ocurre”, me dijo. También invitó a otro alcaide que en algún momento tuvo un restaurante en el centro de Monterrey, ahí por La Alameda. Con pequeños préstamos de por aquí y de por allá, pude entrarle al “bissness".

Debo confesar que este proyecto me entusiasma, pues me ha hecho descubrir habilidades que no tenía –o tenía dormidas; por ejemplo, las numéricas- y conocer algunos rincones de mi ciudad que hasta hace poco permanecían siendo un enigma. También siento que he trabajado lo que nunca trabajé en toda mi vida, snif.

He disfrutado este proyecto de las hamburguesas desde que lo imaginamos bebiendo unas cervezas. He disfrutado desde ir a la casa de una viejita del pueblo a cortar bambús secos de más de quince metros de altura para hacer el techo del negocio, hasta ir a surtir todo lo necesario para las hamburguesas a los mercados de Monterrey. Creo que la última vez que me metí en un mercado fue hace como 16 años, y me metí nada más para tomar fotos "folklóricas" para alguna clase mamona de la carrera de Ciencias de la Comunicación. En pocas palabras, ando en mercados cuando ando de turista, por lo que cada ida a surtir es como andar de turista en mi ciudad. Y eso me agrada, pues amortigua la chinga de andar cargando cosas. He disfrutado preparar a mano cada carne de cada hamburguesa, limpiar la parrilla, asar la cebolla, hacer bolsitas con pepinillos, zanahorias y jalapeños; darle las gracias a la gente que compra para llevar, ver los rostros de asombro de quienes se quedan a comer... Todo.

Abrimos hace dos semanas. De jueves a lunes de 7 de la tarde a 12 de la noche. Van bien las ventas. Ha habido flujo de clientes. Ha gustado la comida y, sobre todo, el lugar, pues no hay nada que se le parezca en este municipio. Los dueños de los puestos de comidas de los alrededores se han puesto a pintar sus cochecitos de hot dogs y de tacos, también las bardas en donde anuncian sus productos. Creo que sucedió lo que dijo Tolstoi: "Pinta tu aldea y pintarás al mundo". Tal vez no se pueda hacer mucho por cambiarlo desde un puesto de comidas tan insignificante, pero puede que sea un buen comienzo.


La onda de la decoración es para que la gente del pueblo se olvide -aunque sea un rato- de que vive en ese pueblo, tan golpeado por la violencia hace algunos años; aparte, que sepan que merecen algo mejor a lo que los tienen acostumbrados.
 

Esto es amor por los árboles.

 
 

Un sabor dulce/ahumado inolvidable.
La "mezcla secreta" que se añade a la carne molida

En la pared del fondo siempre proyectamos la película de"Cowboys & Aliens"
¡Si no pagan me los como, putos!

viernes, agosto 23, 2013

Los jugos del vallenato

Hay un empleado nuevo en el negocio de jugos al que acostumbro ir. No debe llevar ni dos meses trabajando ahí.

Desde que lo vi se me hizo muy conocido, pero me daba pena preguntarle si era quien sospechaba que era, pues cada que me le quedaba viendo para hacer memoria, el hombre me evadía la mirada o se ponía a platicar con algún otro cliente, como no queriendo ser reconocido.

Hoy que me vio llegar empezó a picar papaya. Ya sabe que siempre pido lo mismo: agua de papaya con un poco de miel. Me dio los buenos días y me sonrió mientras metía los cuadritos de fruta en la licuadora. Le devolví el saludo y me senté en un banco de la barra de acero inoxidable. Me percaté de que el local estaba vacío, por lo que decidí salir de una vez por todas de mí duda sobre su identidad.

Apenas abrí la boca para preguntarle si era quien yo creía que era y el hombre encendió el motor de la licuadora.

Cuando las cuchillas del aparto se detuvieron, sirvió el jugo en un vaso de unicel de a litro. Me lo entregó y me dijo que bebiera un poco, para verter el resto que había quedado en el recipiente. Obedecí y se lo entregué de nuevo limpiándome con la lengua el bigote espumoso que me había quedado en el labio superior. El hombre sirvió un pequeño chorro de jugo, puso una tapa con un popote rojo en la boca del vaso y me lo entregó sin mirarme a los ojos. Sorbí un poco y, antes de que se diera la media vuelta, le dije:

–Disculpe, pero: ¿de pura casualidad no es usted –o era– el vocalista de un grupo que se llama –o se llamaba– Los Vallenatos de la Cumbia?

El hombre sonrió tanto que hasta se le cerraron los ojos, y asintió varias veces.

–Síiii… síiii… soy yo mero... Bueno: era –respondió, y después puso cara de sospecha–. Pero, tú no tienes pinta de que te guste ese tipo de música. Te ves fresilla. Y joven.

Reí.

–No, cómo cree. No soy fresa ni estoy taaan joven. Nada más pretendo saber un poquito de todo; aparte de que tengo muy buena memoria.

Y es cierto: ni soy fresa, ni soy un quinceañero, ni me gusta esa música. Pura buena memoria.

A los 18 años tuve mi primer trabajo. Fue en Radio Nuevo León, la estación radiofónica del gobierno del estado. Los estudiantes de Ciencias de la Comunicación acostumbraban hacer prácticas o su servicio social en esa institución. Yo acababa de llegar a Monterrey de un viaje de estudios en un pequeño poblado de Kansas, y, como mi papá no quería que estuviera de huevón en la casa mientras entraba a la universidad, me metí a trabajar ahí aquel verano.

Mi trabajo consistía en asistir –y aprender- en la producción de un par de programas en amplitud modulada. Uno de ellos era sobre ciencia: lo transmitían los domingos a las 7 de la mañana, por lo que no era un programa muy popular. El otro era el programa de más rating de la estación: un programa de música vallenata. La conductora era toda una celebridad en el todavía marginado ambiente de ese género musical; antes de que Celso Piña, Toy Selecta, 3BALLMTY y demás mamarrachos “afresaran” esos ritmos. 

Bueno, pues resulta que los mentados Vallenatos de la Cumbia eran unas estrellas en aquella época. Me acuerdo que siempre iban a la cabina de radio a promocionar sus sencillos, sus discos y los eventos musicales en donde eran la carta fuerte. Neta que ni Celso Piña era tan famoso como lo era el señor de los jugos. Me acuerdo de una canción en especial que hacía que las cholitas se mearan de la emoción en pleno baile. Aquí el video (el señor que atiende el negocio de jugos es el vocalista del grupo: el que trae el saco de color azul culero):


Me acordé del olor a encerrado de las cabinas de radio y de los botones desgastados de las consolas de audio; de las cintas magnéticas que había que poner en queue; de las historias de miedo que me contaba el operador que se quedaba en las madrugadas a programar música clásica; de las anécdotas sexuales de un locutor al que le decían El Vaquero Enfermo... Me acordé del Willy, el güey que me ayudaba a mecanografiar los guiones de los programa culturales, con quien me regresaba en camión a mi casa. Lo tomábamos a una cuadra de la estación de radio y nos bajábamos cerca de La Alameda para tomar el ruta 23. A veces nos metíamos en un bar que se llamaba El Conquistador a tomarnos un par de cervezas. Recuerdo la adrenalina que me provocaban las primeras cervezas legales en un bar del centro de la ciudad en donde el sonido de fondo era el de las fichas de dominó chocando unas contra otras, y el olor a orines y lavanda era penetrante.

–¿Y ya no le siguió en el grupo, don? 

–No, ya no –dijo esto último sin nostalgia–. Las disqueras son bien rateras. Nuestro mánager resultó ser igual. Mucha droga y mucho alcohol para alguien como uno, que se crió en la calle; sin educación, sin guía... Me harté de eso. Iba a acabar mal. Con mucho dinero, pero mal. Preferí terminar así, como estoy; aunque muchos piensen que esto fue terminar mal.

Le di las gracias con un apretón de manos, subí al coche y me fui. Encendí el radio y recorrí estaciones que tenía años de no sintonizar, esperando escuchar algún viejo éxito de Los Vallenatos de la Cumbia; cualquiera de sus canciones, nada más para alargar el viaje que acababa de aventarme a mi pasado y no olvidar el destello de humildad y sabiduría que acababa de recibir.

lunes, agosto 19, 2013

El misterio del "no se puede"

Aaaah, los misterios insondables que bucean en las profundidades de la mente del ser humano. Las conductas cuyas motivaciones permanecerán ocultas bajo el velo de lo incomprensible, y esa naturaleza contradictoria que, así como los hace organismos adorables, también los transforma en seres cagantes y sin una pizca de sentido común. 

De camino al trabajo hay un tendajo improvisado en donde una señora vende aguas frescas y “rusas”. Contrario a lo que muchos de ustedes creerán, las rusas no son mujeres altas con los pellejos blancos, el cabello rubio, los ojos azules y que hablan así: “Brakjhagtrebkladfegkuyrw”. No, chavos y chavas: las rusas son unos brebajes repugnantes preparados a base de refresco de toronja, agua mineral, trozos de piña y naranja, chile en polvo, jugo de limón, pulpa de chamoy y una golosina apodada de manera muy chispa como “tarugo”, que no es otra cosa que un popote amarillo envuelto en tamarindo que sirve para beber esa pinche asquerosidad de agua puerca. 

Me ha tocado ver que la gente pide mucho esa bebida, al igual que unas frituras en bolsa aluminizada que la dueña del negocio abre de manera horizontal con unas tijeras, y a las que agrega elote, cacahuates japoneses, jícama y zanahoria rayadas, más chile, más pulpa de chamoy y más cuacha. Pareciera que el fin último de este tendajo es mezclar a lo pendejo todo lo que hay en existencia. 

Yo, soy más conservador; más chapado a la antigua. Si me detengo en este comercio es para comprar un litro de limonada para el resto del camino. El problema es que la limonada siempre está demasiado dulce, y mi lengua de viejito ya se escalda con cualquier cosa, snif. Total que hoy se me ocurrió una brillante idea; y digo “brillante” porque el calor estaba cayendo a plomo y la frente me sudaba tanto que resplandecía. 

-Buenos días, señora. Quiero una limonada de litro, pero llene la mitad del vaso de limonada y la otra mitad de agua mineral, por favor. 

-No se puede, joven. 

-¿Cómo? 

-No se puede. 

-¿Por qué no se puede? 

-No, pos es que no se puede. 

-Eeeeh… bueno… ¿y si me cobra algo extra? 

-No es lo extra, mijo; es que no se puede. 

-Pero ¿por qué? Cóbreme la limonada como una rusa y ya. 

-Pero es que no es rusa... No se puede. 

-Bueno, entonces véndame un agua mineral de medio litro y sírvame sólo medio vaso de limonada. 

 -No tengo aguas de medio litro: sólo de 2 litros. 

-¿Y por qué no puede echarle un chorrito de la de dos litros a mi limonada? 

-No se puede: te lo tendría que cobrar como rusa, pero no es rusa. 

En ese momento mi cerebro hizo corto circuito. Cuando reaccioné, me puse a voltear hacia todas partes, buscando una cámara escondida. Neta que pensé que estaba en el programa de Los Hinchapelotas, de MTV, y acababa de ganarme 100 dolarotes. Pero no, snif. Era "no se puede" y no se pudo.

Aaaah, los misterios insondables que navegan la mente del ser humano. Esas conductas cuyas motivaciones permanecerán ocultas bajo el velo de lo incomprensible. Por siglos.

jueves, agosto 15, 2013

Pedaleando y fotografiando

Antes de que me regañen, aclaro que el casco me lo quitaba para las fotos; para parecer -ustedes ya saben- más cool y buena onda. Lo de pedalear en zapatos "tipo chancla" sí es real. ¿Qué tiene de malo que pedalee en sandalias? Si algo me caga es ponerme toda esa ridícula indumentaria alienígena que acostumbran usar los ciclista: tenis especiales que vayan ganchados a los pedales, lentes Oakley noventeros, lycras con rayas fosforescentes, calcetines hechos bola para verme más huevudo... ¡digo!, para que no cale tanto el asiento... sí, para eso... Salvo el casco, lo demás me viene valiendo madres. Yo soy como los holandeses, que pueden pedalear trajeados y con los zapatos recién boleados o descalzos; yo no me ando con pinches payasadas, sépanlo. Y bueno: después de esta amigable introducción, espero que disfruten tanto del paisaje como lo hice yo.

viernes, agosto 09, 2013

Tacos El Horla

Movido por la curiosidad me detuve a cenar en unos tacos llamados El Horla.

Un joven se apresuró a tomar mi pedido apenas y me senté en la mesa del fondo, junto al refrigerador con refrescos. Supuse que era el dueño del lugar, pues actuaba y vestía distinto al resto de los empleados.

Cuando me preguntó si deseaba ordenar algo más, decidí salir de mi duda: “¿El Horla es por el famoso cuento de Guy de Maupassant?”. Ingenuo de mí... El tipo se limitó a tartamudear con un signo de interrogación en el rostro.

Sonreí apenado y le dije que por favor olvidara mi estúpida pregunta, pero de manera muy atenta, me aclaró: “Lo que pasa es que yo me llamo Orlando, pero todos me conocen como El Orla porque así también le dicen a mi papá. La hache es por Orlando hijo”.

Confieso que comí un poco decepcionado. Por un momento pensé que me había topado con vida inteligente en esta ciudad.

Terminé de cenar, pagué la cuenta y subí al coche. Al llegar a casa sentí un escalofrío, como si alguien –o algo– estuviera en mi habitación. Igualito que en el famoso cuento de Guy de Maupassant

viernes, agosto 02, 2013

Evento de firma de libros y cómics

Mañana sábado 3 de agosto estaré en la tienda Comicastle de Monterrey firmando libros del Escuadrón Retro y regalando playeras a los primeros que lo adquieran. También estará Homero Ríos, escritor de cómics cuyo trabajo ha sido publicado en la célebre revista estadounidense Heavy Metal, quien presentará el tercer volumen de su cómic Dharma.

Ahí los esperamos entre 3 y 7 de la tarde. Chequen este link para más información: 

martes, julio 30, 2013

Renuncia

Se cumplieron dos semanas desde que renuncié al periódico local en el que trabajé como caricaturista político –y columnista esporádico– durante quince años.

Entré a trabajar ahí en abril de 1998. Tenía 21 años y medio. Una compañera de la carrera de Ciencias de la Comunicación era novia del hijo del dueño, con quien terminó casándose un lustro después. Un día,  en el receso entre clase y clase, mi amiga me comentó que su suegro andaba buscando un caricaturista para la sección editorial del periódico. Me pasó una dirección, fui a entrevistarme y al día siguiente me contrataron.

Yo ya había trabajado como cartonista político un año antes en El Porvenir –el rotativo más antiguo de la ciudad; que me pagaba una baba– y llevaba seis meses haciendo tiras cómicas para las ediciones juveniles del periódico El Norte, de Grupo Reforma (ya saben que un trabajo nunca es suficiente para "los artistas"); aparte, salía los martes haciendo caricatura deportiva en un programa de fútbol en el Canal 2 de Monterrey, donde nunca me pagaron ni un cinco argumentando que “me daban proyección” y “conocía gente famosa”. Culeros.

Viendo hacia atrás, en los quince años que duré en este diario, no pasó ni fu ni fa. Me refiero a que la gente conoció más lo que escribo y dibujo por medio de mi blog y mi cuenta de Twitter que por este periódico. Pero bueno.

La razón de mi renuncia fue que en dicha publicación nunca –nunca– me pagaban a tiempo, y eso me parece una falta de respeto, pues yo siempre entregué mi trabajo a tiempo. Duré quince años aguantando pagos atrasados y frases como: “Ponte la camiseta”, “No hay lana”, “No nos han pagado los anunciantes”, "No nos han pagado las maquilas", “Aguántanos a la otra quincena, que al cabo tú eres soltero y no tienes hijos”. Esta última frase me encabronaba tanto que me hacía desear poner una bomba en las instalaciones.

Ir a cobrar siempre fue algo indignante. Casi casi como si fuera a pedir algo que no era mío. Sentía un nudo en la garganta y un ardor en la panza cada que me decían: “No hay dinero”, y veía al dueño del lugar llegando en una camioneta Porsche Cayenne de modelo reciente o en el Mercedes Benz más lujoso que existe.

Ir a cobrar era tan doloroso como una patada en los huevos, que se sumaba a la patada que me daban cada quincena en el culo. Y me aguantaba por amor al arte, por ver mi trabajo publicado en papel, por los pocos correos que recibía de gente a la que le gustaba lo que hacía, por “traer la camiseta bien puesta”… Mamadas con las que nomás uno se compromete porque con quien uno se compromete es con uno mismo y con lo que le gusta hacer, pero eso al resto del mundo le importa un carajo.

Todavía hace un año me bajaron el sueldo. Me dijeron que "las cosas andaban mal", que "me pusiera las pilas", que trabajara más, que mandara más escritos, que dibujara más caricaturas, que tuviera un programa on line –porque le estaban apostando a la “televisión digital”–; y lo hice, ah, pero eso sí: sin recibir más dinero por ello, y, aparte, reteniéndome las quincenas.

Y pues a la verga. Troné como Ned Flanders en el capítulo de Los Simpson donde un tornado destruye su casa y manda a todos sus vecinirijillos a la chingada. Todo se me acumuló. Sobre todo recordaba los cuatro meses que no me pagaron estando yo en Toronto, pariendo chayotes sin dinero, diciéndole a la rentera que me diera chance unos días para poder pagarle y pidiéndole prestado a mis padres; todo esto mientras el director general y propietario del diario vacacionaba tres semanas en Dubai con toda su familia.

Qué poca madre, en serio; pero no pueden decir que la paciencia no es una de “mis virtudes”. Aguanté un chingo. Y no, no lo digo para que me lo agradezcan. El pendejo fui yo, por "paciente".

El martes de mi renuncia pedí que me devolvieran los recibos de honorarios de cuatro quincenas ya trabajadas. El contador de la empresa –no sé si fingiendo o en verdad empático– me dijo que era un trabajo que ya estaba hecho, que tenían la obligación de pagarme; pero neta que ya no quería saber nada de nada. Sentí que ya no podía humillarme más. Tenía que renunciar por pura pinche dignidad, y le dije que no quería que me pagaran, que simplemente me devolviera mis recibos para cancelarlos. No soportaría ir a rogar para que me pagaran lo que me quedaron a deber. Si no entienden que el trabajo es un intercambio, un trato, un servicio que se paga los días acordados aunque “seas soltero y no tengas hijos“, pues es su pedo. Tal vez ellos necesiten el dinero más que yo. Y me fui sin despedirme de nadie, sin dar las gracias (¿de qué?) y simplemente dejé de mandar mi trabajo. Y en dos semanas ni el dueño, ni el editor, ni nadie de los que fueron mis compañeros me han buscado. 

Yo ya no juego su juego. Me enferma, a pesar de que era un trabajo que me fascinaba, pero si no lo valoran, pues a la verga. Si son decentes me van a llamar o a mandar un email para decirme que pase a recoger el adeudo que quedó pendiente; si no, no hay pex: sé que como quiera dormirán con la consciencia tranquila. Así es esa gente de valeverga. A mí no me resulta ser como ellos. A veces tampoco me resulta ser como yo, pero me gusta más ser como yo que como ellos, aunque en una sociedad como esta casi siempre salga bailando con la más fea, transado, jodido, burlado, pisoteado, trepado. No me importa. Me siento tranquilo. Me aíslo un poco. El aislamiento es bueno. Dejas de rodearte de culeros y de ambientes pestilentes. Dejas de jugar el juego de los ojetes y los ojetes dejan de jugar contigo. Y no, no es victimizarme, sólo digo que no soy como ellos y prefiero mantenerlos lejos de mí.

Y, si un consejo puedo darles, es que no se pongan la camiseta de ninguna empresa, a menos que ésta se las proporcione o tengan mucha necesidad.  Porque acá era: “Ponte la camiseta, pero págala tú y, cuando yo quiera, te la quito”. No. A la chingada. Tengan dignidad, no tengan necesidades que los hagan perderla. Los negocios no contratan gente digna, contratan a necesitados, a lamehuevos, a los mejores y más obedientes esclavos, a los agachones. Yo fui un agachón durante quince años y, cuando me armé de huevos, ya no les serví.

En fin. Ellos se lo pierden.

lunes, julio 29, 2013

La niña rayada

Fui a desayunar a unos tacos a los que voy esporádicamente desde hace más de diez años. Dejé de ir un tiempo porque la señora que atendía –la dueña- era demasiado platicadora y fastidiosa, hasta que hace poco me enteré que la doña abrió otro puesto lejos del rumbo y que su hijo se había quedado a atender ese negocio. “Ojalá que el hijo no resulte igual de fastidioso que su jefa”, pensé, y me monté en la bicicleta.

Al llegar pedí cinco de frijoles con papa. “¿Refresco?”, me preguntó el hijo de la señora. “Si tienes agua, te pido agua, por favor”, y me senté. En eso salió una niña de unos cinco o seis años de una puerta con tela mosquitera. Cargaba un bote con agua. Le di las gracias, le sonreí y le acaricié el cabello cuando me lo entregó. Su papá le gritó desde la parrilla: “¿Cómo se dice, Abril?”. “Ponada, señor. ¿Quere otacosha?”, me dijo. “Nada, Abril, muchas gracias”.

Terminé de desayunar y me puse de pie para pagar. Abril llegó a mi mesa de la mano de su padre con una bandejita de color negro y el ticket en la otra mano. “¡Gracias, Abril!”. Pagué la cuenta y le di unas monedas de más. “Qué bonita estás, Abril”, le dije. El papá se agachó, le murmulló algo al oído y la niña me dijo:

-Deja tú lo monita: ¡lo Rayada!

Y el corazón se me quebró :(

¡¿Por qué lo hacen, pinches papás nacos?¡ ¿Por qué quieren hacer a sus hijas reguetoneras desde chiquitas? ¿Por qué les transmiten sus traumas?, ¿por qué les meten ideas idiotas?, ¿por qué las enajenan desde pequeñas?, ¿por qué matan su inocencia?, ¿por qué las enemistan desde esa edad con gente que ni conocen? ¿Por quéee, pinches padres nacos?... ¡Púdranse en el infierno, culeros!
.
Abril: tú no tienes la culpa, pequeña, Te tocó un papá muy menso. Mejor suerte en tu otra vida. 

lunes, julio 22, 2013

El hombre es el hombre del hombre

Hay fiesta en el pueblo donde trabajo: abrieron un S Mart

Antes de la hora de la comida decido darme una escapada y unirme al jolgorio, pues el nuevo supermercado queda casi enfrente de mi oficina. 

La diferencia que tiene este centro comercial con el Soriana, el Aurrera y el Merco que existen desde administraciones pasadas es que éste abre 24 horas y cuenta con un área de comidas preparadas; obviamente con sazón más pinche y peor servicio que cualquier S Mart de Monterrey.

Imagino que La Empresa cree que la gente de este pueblo –en su mayoría de clase baja y media baja, con estudios truncos hasta primaria o secundaria- no merece lo que hay en Monterrey; o que tal vez no tienen la capacidad de exigir algo mejor porque ni siquiera pueden notar la diferencia.

Para mi sorpresa, las filas de las cajas son largas. También muy lentas, pero esto no me sorprende. El área de la comida preparada está atiborrada de gente. Hay algunas mesas vacías, pero lo están porque tienen montañas de basura sobre ellas: refrescos derramados, vasos de nieve derritiéndose, orillas de pizza, servilletas arrugadas… Un mugrero.

Noto que a algunas familias no les queda de otra mas que poner los desperdicios en el piso para poder sentarse. Nadie del personal del supermercado levanta la basura del suelo ni de las mesas. 

Pienso que a mucha gente las cosas no le duran nada. A veces no las cuidan ni siendo suyas. Si ven algo limpio no pueden dejarlo igual. Tienen una fijación por la mugre, por lo roto, por lo parchado; por dejar su huella; por marcar su territorio. No tienen inconveniente en pasearse entre basureros creyendo que alguien más recogerá los desperdicios o estos desaparecerán por arte de magia. 

Borro de mi vista la estructura del centro comercial y me imagino al aire libre, en un paraje natural; con árboles y riachuelos. Apuesto a que mi visión no duraría ni un día si fuera real. 

Puede ser que debido a las carencias –de todo tipo- de los pobladores de este lugar, las cosas sean así. Pero a veces creo que no importa la educación ni el nivel socioeconómico ni las oportunidades. El hombre pasó de ser lobo a hombre del hombre. El depredador de su entorno. Con diferencias mínimas entre millonarios y pobres. El primero destruye y ensucia tanto como el otro, sólo que el millonario tiene la capacidad de esconder su basura, de pagar por que se la lleven lejos; el pobre no. El jodido, por lo general, recibe los residuos -de todo tipo, incluso emocionales y espirituales- de los pudientes, y se acostumbra a vivir entre ellos porque la mayoría de las veces no le queda de otra. 

Mientras camino de regreso a la oficina por el amplio estacionamiento del centro comercial, me pregunto cuándo será la próxima fiesta en el pueblo. Tal vez cuando llegue el HEB. O el WalMart.

martes, julio 16, 2013

A mes y medio del primer volumen del Escuadrón Retro

¡¡¡Aviso!!! Ya funciona el botón de PayPal para los que quieran hacer pedidos del libro del Escuadrón Retro desde Estados Unidos (18 dólares), Centroamérica y Sudamérica (23 dólares) y Europa (25 dólares). Estas cantidades incluyen un libro autografiado y el envío. El botón de PayPal es amarillo, está en la casi-casi parte superior derecha de mi blog -abajo de la foto donde tengo un libro en la mano- y dice "Comprar ahora".
Si viven en México, el libro les cuesta $120 pesos (10 dólares si es por PayPal) con el envío ya incluido, y también va dedicado, autografiado y garabateado de mi puño y letra. El paquete lo mando por Sepomex, tarda de 6 a 10 días en llegar y va con número de guía, para que no se pierda.

Escríbanme a guffo76@hotmail.com por si tienen alguna duda, o depositen en la cuenta 0106819211 de Banorte, o hagan una transferencia con la CLABE 072 580 00106819211 9 a nombre de Gustavo Fernando Caballero Talavera. Una vez hecho el depósito, mándenme sus datos al correo, para enviarles el paquete.

Pero si les caga PayPal y las instituciones bancarias, pueden comprarlo en las tiendas ComicastleFantástico de Monterrey, Querétaro, Guadalajara y D.F.

¡Muchas gracias a todos los que lo han adquirido! Un abrazo.

martes, julio 09, 2013

El billar de He-Man

En algún momento de nuestra vida los hombres soñamos con ser jugadores profesionales de billar. A mí me sucedió durante la prepa y parte de la carrera. 

En aquel tiempo había tantos billares en la ciudad de Monterrey como ahora hay casinos y muertos. El Atlantis, el Moritas, el Bola Ocho, el Tucanes, el ¡Carambolas!, el Robin Hood y el Xanadú –por mencionar sólo algunos– fueron salas de billar que alguna vez visité con mis compas; pero al que iba casi a diario –por estar cerca de casa de mis padres– se llamaba Señor Pool. 

El Señor Pool era un pequeño local en un segundo piso –arriba de una tienda Supercolchones– sobre la calle lateral de Avenida Paseo de los Leones. No era un billar de mala muerte, pero tampoco era La Elegancia y El Buen Gusto atrapados entre cuatro paredes. Había cinco mesas para jugar: una de ellas con el paño rojo (ahí fue la primera vez que vi una mesa de billar con el paño rojo) y una barra de madera al centro con algunos bancos para sentarse, que casi siempre estorbaban para hacer los tiros. También se podía jugar a lanzar los dardos en un tablero circular de esponja y corcho que colgaba de una pared llena de agujeros. Detrás de la barra sólo se vendían refrescos en botella de vidrio, cerveza y bolsas de frituras; no había aire acondicionado y, los días entre semana, casi todo el día era “Hora Feliz”: pagabas una hora y jugabas dos. 

Al dueño del Señor Pool le decían He-Man. Era un güey de unos treinta años, todo mamado y malencarado que usaba el pelo ondulado hasta los hombros. Más que He-Man parecía un cavernícola, o uno de esos estereotipos de bárbaro que salen en las películas. Sólo sus amigos y los clientes más frecuentes le decían como al mero mero de Los Amos del Universo, pero nosotros, aunque íbamos casi todos los días, no nos atrevíamos a llamarlo así; tal vez por la diferencia de edades o porque una vez uno de mis amigos –tratando de hacer confianza–, le dijo: “¿Qué onda, He-Man?, véndeme una cheve, ¿no?”, y el He-Man, bien cagado, le respondió desde el otro lado de la barra: “¡¿Cuál He-Man, pendejo?! Y si quieres cerveza, primero que te salgan pelos en el culo”. Nos quedamos fríos. Ni ganas de burlarnos de nuestro compa nos dieron.

Una de las cosas que más recuerdo es la vez que llegamos al 2 X 1 del sábado –que era sólo de diez de la mañana a doce del medio día– y las escaleras por las que se subía al billar estaban llenas de sangre. Gino, el encargado –un cholillo veinteañero de coleta y pelos parados como cepillo– trapeaba los escalones. Nos explicó que en la madrugada el He-Man había sacado a chingazos a dos clientes que, borrachos, se negaban a pagar las horas que habían estado jugando. Mientras observábamos a Gino limpiar la sangre, llegó el He-Man. Los cuatro que íbamos dimos un paso –que pareció un salto– hacia atrás. El He-Man, que nunca nos había dirigido la palabra mas que para cobrarnos, esa mañana, lo hizo: "¿Quieren jugar una hora gratis?: ayúdenle a Gino a limpiar este pinche desmadre". En dos segundos ya estábamos llenando tinas con agua y trapeando. Ese sábado pagamos el 2 X 1 y He-Man nos regaló una hora de billar y una bolsa mediana de fritos.

El Señor Pool sigue apareciendo en Google Maps. La foto data del 2009. Hace mucho que no paso por ahí. La verdad no sé si siga existiendo. De lo último que me enteré fue que lo cerraron, lo volvieron a abrir y lo cerraron definitivamente. Cada que veo una mesa de billar o escucho a alguien mencionar la palabra, los recuerdo del Señor Pool se disparan como las bolas del triángulo después de un buen saque. 

jueves, junio 27, 2013

Acuario Municipal

Si les gusta echar a volar la imaginación y escribir lo que resulta de este viaje, les recomiendo los concursos que organiza mes con mes el escritor mexicano Alberto Chimal en su página Las Historias. Son concursos que consisten en desarrollar una historia -un relato breve, generalmente- a partir de una imagen "random". La fotografía del último concurso (que presento aquí abajo) me inspiró a reescribir el texto del cine Aracely -que publiqué el viernes pasado-, y ésta fue la mafufada que resultó: 
El Le Barón es de los pocos cines porno que sobreviven en la ciudad. Está ubicado en la calle Mondragón, casi esquina con Lugones. Lo rodean edificios de fachadas desgastadas, salas de masajes y puestos de tacos. También algunas leyendas urbanas. La más conocida dice que si no vas acompañado, un hombre vestido de cuero negro y picos de metal se aparece en las butacas del fondo. Pero ninguna leyenda urbana es tan inquietante como la del Acuario Municipal. 

De niño lo visité varias veces. La primaria en la que estudiaba organizaba viajes cada mes. Lo que más me gustaba era el tanque de las mantarrayas, pues podíamos acariciarlas y darles de comer unas bolitas cafés que salían de máquinas tragamonedas. También recuerdo una pecera enorme -al fondo- que siempre tenía un letrero anaranjado que decía: “Cerrado por mantenimiento”. El agua de aquel tanque era tan turbia que no podía verse más allá del cristal. Mis compañeros y yo jugábamos a pegar el rostro en el vidrio, imaginando –con el corazón acelerado- que algo horrible saldría de entre la penumbra. El que aguantara más tiempo era el más valiente. 
Hasta que un día el Acuario Municipal cerró. 

Fue en una posada familiar donde escuché por primera vez “el misterio” del Acuario. Mi tío Roberto estaba sentado frente a la pecera que adornaba la cocina de casa de mis padres, absorto. Cuando me acerqué a la mesa para prepararme un whisky, de la nada, mi tío empezó a hablar: 

“Era tan hermoso como aterrador… El agua se aclaraba en las noches. En eso, salían los globos –así los llamaba yo- que cambiaban de color y hacían formaciones geométricas... como un ballet en perfecta sincronía. Y sentías como si estuvieras flotando dentro del tanque. Como hipnotizado… Pero te juro que siempre procuré irme antes de que los globos se pusieran azules, porque entonces empezaban los gritos de las muchachas... y el agua se agitaba como si el tanque fuera una licuadora gigante… como si el vidrio se fuera a romper. Pero me quedaba. Me atrapaban las luces… el ruido… los colores del agua. Después, todo era silencio... pero las imágenes y los alaridos volvían en mis pesadillas”. 
De pronto, sin despegar la mirada del tanque, mi tío Roberto enmudeció. 

Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando vino a mi mente aquél juego de infancia: el de ver quién aguantaba más tiempo con la cara pegada al cristal, pues claramente recuerdo haber visto rostros de mujeres diluyéndose entre la negrura del agua; pero siempre pensé que había sido mi imaginación. 

 “¿Conoces el cine Le Baron?”, dijo mi tío Roberto, clavando sus ojos en los míos.

viernes, junio 21, 2013

El Aracely

Caminando por el centro de la ciudad me topo con el mítico cine Aracely. Confieso que siempre había escuchado hablar de él, pero nunca lo había tenido enfrente; por lo que decido sacar la cámara de la mochila y tomar algunas fotografías. De pronto, un hombre robusto y con barba de candado sale de una puerta de cristal polarizado; se para en la orilla de la banqueta y me hace un ademán levantando las manos y parando el cuello, como preguntando “¿Qué quieres?”. Guardo la cámara en el bolsillo de la camisa, cruzo la calle y me acerco extendiéndole la mano, explicándole que las fotos son para un supuesto artículo que saldrá la próxima semana en un periódico ficticio: "Un artículo en el que hablo sobre construcciones emblemáticas de Monterrey". “Ah, perdón, pero es que uno ya no sabe las intenciones de la gente, compadre”, me dice, sereno y sonriente; y entonces entramos en confianza. 

El hombre –Héctor, se llama– me dice que el boleto de entrada cuesta $60 pesos. El precio lo confirma una cartulina anaranjada con plumón negro que está pegada en el vidrio de la taquilla. “Abrimos todos los días: los sábados de 10am a 10pm. Es como un cine normal”. Héctor recalca siempre la palabra “normal”. “Tenemos una dulcería, como los cines normales, pero obviamente las medidas de higiene de la sala son mayores”. Prefiero no ahondar en eso de “las medidas de higiene”, pues supongo a lo que se refiere.
Héctor también me platica que lleva 15 años trabajando ahí, y que siguen conservando los proyectores de 35mm –“unas reliquias que han de valer una lana”–, a pesar de que la mayoría de las películas que proyectan ya son en formato DVD. 

En eso, el teléfono de la taquilla suena. Héctor me pide que lo disculpe; mete la mano por una abertura y saca el auricular. Cuelga minutos después. “Si quieres otro día te doy un rol por adentro, ahorita ya me tengo que ir a unos mandados, compadre”. “No te preocupes,” le digo. “Te agradezco mucho tu tiempo” Antes de estrechar su mano para despedirme, me dice que quienes acababan de llamar son los dueños del cine: “Es una pareja de viejitos. Unas reliquias: como los proyectores”. Reímos. Cruzo la calle y me quedo con la imagen de una pareja de más de setenta años usando ropa de látex negro. 

El Aracely es de los pocos cines porno que sobreviven en la ciudad. Está ubicado en la calle Isaac Garza, casi esquina con Villagómez, en el centro de Monterrey. Lo rodean edificios de fachadas desgastadas -algunas balaceadas- y salas de masajes. También varias leyendas urbanas. Una de ellas dice que si vas solo y alguien se sienta en la butaca de enfrente, te está invitando a tener sexo; otra cuenta que los domingos el cine permanece cerrado porque hacen orgías. Pero a la fecha no he conocido alguien a quien le consten tales historias. De hecho, cuando se las mencioné a Héctor, se rió y lo negó. 

Me acuerdo que hace más de veinte años los periódicos todavía publicaban entre sus páginas una larga lista de películas pornográficas en exhibición; incluso más larga que la cartelera infantil, que se limitaba a las matinés de dibujos animados del Teatro Montoya, los fines de semana. 
Lo recuerdo porque a esa edad me llamaban mucho la atención los nombres de estas salas –Sala Rex, Cine Chaplin, El Adelita, Cine Encanto, Vistarama, Lírico I y II– y las películas que proyectaban: “Colegialas Ardientes”, “Sexorama 2000”, La Guarra y el Vagabundo”, "La Ninfómana que se vino del Espacio”, por mencionar algunas. También me llamaba la atención que a estas películas les pusieran tres letras equis, que para mí eran “tachitas”, y que relacionaba con las que ponía mi maestra con tinta roja en los exámenes para los que no había estudiado muy bien. Por lo tanto, en mi cabeza deducía que las "tachas" también eran algo “malo” en el mundo de los adultos; algo “prohibido” pero “permitido” al mismo tiempo; un misterio inquietante para mi edad. 

Hasta que un día dejaron de publicar la lista de películas porno en los dos periódicos que había en ese entonces, a pesar de que los cines seguían funcionando. Imagino que fue cuestión de negocios y de doble moral, defecto que siempre ha caracterizado a esta ciudad. Según Héctor, los cines porno dejaron de ser negocio cuando empezó el auge de las antenas parabólicas y los establecimientos de renta de videos, por eso muchos cerraron; pero eso para El Aracely fue una ventaja, pues había menos competencia. Hasta que se desató la ola de violencia y los cines porno no fueron los únicos negocios que se vieron obligados a cerrar; transformándose manzanas enteras de zonas comerciales en pequeños pueblos fantasma.

Pero El Aracely ha sobrevivido. Según Héctor, nunca ha cerrado sus puertas, aunque acepta que ha bajado la afluencia de clientes. El Aracely sigue de pie, a pesar de las nuevas tecnologías, las crisis económicas y la violencia. El Aracely sigue ahí, rodeado de abandono, recordándonos que hubo un tiempo en que abundaron este tipo de cines y Monterrey era un mejor lugar para vivir.

lunes, junio 17, 2013

Pequeños secretos de mi ciudad

Suelo estacionar el coche algunas cuadras después del lugar al que voy.

Lo hago para caminar. Caminando se conocen las ciudades.

También lo hago porque siento que es una forma de reconciliarme con la mía.

Descubrir rincones que no conocía porque siempre pasaba en coche y no me detenía a contemplarlos.

Creo que no puedes amar algo que no conoces; o que conoces a medias.

Pero también creo que puedes odiar algo que conoces muy bien.

Caminar entre estas calles es una manera de decir: "Te odio pero quiero aprender a amarte".

Aunque me queda claro que el amor no es algo que brote a la fuerza o se imponga a huevo.

Pero mientras estás con algo o con alguien, es mejor sentir amor a sentir odio; o, peor tantito: no sentir nada.

Con el sol de las seis de la tarde de frente, me topo con un mural en una esquina, con un árbol creciendo entre los escombros de una casa abandonada y con una famosa fábrica de dulces cuyas ventanas se ven tan reales que nunca me había dado cuenta que son pintadas.

Y me maravillo con estos secretos recién descubiertos en mi ciudad.

viernes, junio 14, 2013

Notición II

Mi libro del Escuadrón Retro ya está a la venta en las tiendas ComiCastle de Monterrey, D.F. Guadalajara y Querétaro.
Prometo que el lunes escribiré más de otras cosas y no nomás de mi libro de monitos. Saludos a todos.

miércoles, junio 05, 2013

Anda bien "high"

Recuerden que ya pueden adquirir el libro del Escuadrón Retro. Informes en la sección de comentarios o en el post de abajo.