lunes, octubre 07, 2013

Un compa apodado El ¡Qué Oso!

Cuando cursaba el tercer grado de secundaria a los hermanos maristas se les ocurrió organizar una rifa en la que el premio mayor sería un coche de reciente modelo. Era el año 1989.

El dinero que se recaudara de la venta de los boletos sería para acabar el gimnasio que estaba construyendo el CUM de Monterrey en un terreno aledaño a su plantel (para ser exactos, en donde se ponía Doña Pelos, la señora de los tacos). Los estudiantes de los tres niveles de secundaria nos dimos a la tarea –más bien nos la impusieron los adoradores de san Marcelino Champagnat– de vender talonarios con veinte boletos de a 35 pesos cada uno.

Fue así como a mis trece años anduve durante un mes molestando a todos mis tíos, importunando a los vecinos y rogándole a alguno que otro incauto para que me compraran un boleto.

Llegó el día en que tuvimos que entregar los talonarios y lo que habíamos recaudado. El maestro al que apodábamos El Pitufo pasó salón por salón a recoger el dinero mientras pasaba lista. Cuando escuché mi nombre me puse de pie, entregué casi 700 pesos de los de antes y dos boletos que ya no pude vender. El Pitufo hizo una mueca desaprobatoria que bien pudo meterse por el culo.

Después llegó el turno del compañero cuyo apodo tomé para titular este escrito. Se llamaba Jaime, pero ahí todavía no le decíamos como le decíamos. El sobrenombre se lo pusimos esa misma tarde, después de que se paró, caminó entre la hilera de pupitres y entregó el talonario ¡completo!: con los veinte boletos.

Ya se imaginarán la cara que puso El Pitufo, que de por sí estaba bien pinche feo el cabrón. Se le subieron los colores a las mejillas, como si la acción de Jaime hubiera sido una afrenta personal, y le dijo, sacudiendo el talonario con dos dedos, como si le diera asco:

–¿Qué es esto?

–No pues no vendí los boletos –respondió Jaime.

–Sí, ya me di cuenta, pero: ¿por qué no los vendiste?

–No, pues no los vendí.

–¿Por qué no los vendiste?

–Pues porque qué oso andar ahí ofreciendo boletos.

–¿Cómo que “qué oso”? –espetó El Pitufo, molesto y confundido.

–Pues sí, qué oso: qué vergüenza andar ahí de que “¿me compra un boleto?”, “ándele señora, cómpreme un boleto”. ¡Qué osooo!

Todos los del salón nos cagamos de la risa; algunos tacharon a Jaime de fresa y de hipermamón, y, obviamente, desde ese incidente se le quedó el apodo de El ¡Qué Oso!

El Pitufo, furioso, mandó a Jaime a la dirección. Llamaron a sus papás y, a las tres horas, Jaime regresó al salón con una ligera sonrisa en el rostro, que denotaba más tranquilidad que cinismo “Mis papás compraron todos los boletos y se arregló el pedo”, dijo.

Yo, en el fondo, admiré a Jaime. No porque sus padres hayan comprado todos los boletos y le hayan salvado el pellejo por una estupidez, sino porque a esa edad no había visto brotes de tal honestidad en “actos de rebeldía”, por llamarlos de alguna forma. La rebeldía de la que muchos alardeaban se resumía en cometer pendejadas sin ton ni son para hacer enojar a alguien. No eran conductas auténticas, comprometidas con alguna creencia o sentimiento; la rebeldía consistían en llevar la contra nomás por llevarla. Jaime era buen estudiante, cumplía con sus tareas y sacaba buenas calificaciones; pero se negó a vender los boletos simplemente porque le pareció incómodo.Y eso admiré.

Cabe aclarar que sus papás se ganaron el coche, y ya se imaginarán la cara que puso El Pitufo, que de por sí estaba bien pinche feo el cabrón.

10 comentarios:

Haydee C dijo...

En el mexicano también nos obligaban las hijas del verbo encarnado a vender esos famosos talonarios. Mi papá me los compró todos cada año, no sé si por orgullo o por que le daba flojera acompañarme a "hacer el oso". Quién sabe, a la mejor mi papá fue el "que oso" del 68, o cualquier expresión que estuviera de moda en esos tiempos

Guffo Caballero dijo...

Haydee: Chido tu papá, jajaja. A mí me molestaba andar vendiendo boletos porque sabía que era molesto -valga la rebusnancia- para la gente, y que te los compraban o, por compromiso, o ya para que no estuvieras fregando. Saludos.

Anónimo dijo...

Vaya!!!
Un poco mejor pelochas, por el momento te perdonaré

Anónimo dijo...

Jajaja! Que buena anécdota! Que sincero y la verdad a mi si me cayó bien su sinceridad jajaja! Qué será de ese chico hoy en día?
Por cierto, qué baratos los boletos! Ahorita hasta un simple celular los venden a 50 pesos :( a mi sí me gusta ayudar comprando, pero nadamas cuando son de 20 para abajo juju. Igual estoy bien salada y nunca me saco nada :( pero cuando a mi me tocaba vender... Mi mamá me regañaba por penosa :(


Saludos, escribes y narras todo muy padre :D

Abel dijo...

Jajajaja, Pinches lecciones que da la vida.

Me acuerdo cuando se hacian rifas pequeñas en la escuela primaria donde mi papa daba clases,normalmente rifaban pasteles, compre mi boleto para apoyar a la causa y curiosamente gane, meses despues se volvio a repetir la misma situacion, entonces a esa temprana edad commence a reflexionar y cuestionarme que mi suerte era demasiada, fue entonces cuando me di cuenta que todo era un complot de los maestros y mi padre (maestro tambien) para entre ellos repartirse el pastel en la direccion con su respectiva cocacola...

ahi me di cuenta de que mi suerte no era tan Buena pero a la vez disfrute ser parte de ese "mini fraude" muy bien ejecutado

Saludos
Abel

Anónimo dijo...

haydee casate conmigo

Sivoli dijo...

A huevo que se iban a ganar el carro carnal, muy merecido por educar a su hijo a no soportar pendejadas de esa índole.

Un abrazo, Guffo.

Anónimo dijo...

pues que maestros tan miserables........

Alexander Strauffon dijo...

Me acordé cuando en el colegio nos obligaban a esa y otras actividades, como las ventas de dulces y la dichosa kermesse.

Aun de pequeño, siempre dije que se trataba de una forma de explotación.

Anónimo dijo...

Jajajjajajajajjajjajajana

Nunca olleme bien! Nunca dejes de escribir