lunes, septiembre 03, 2012

El cártel de los carteles

Se ven horrendos: como matamoscas gigantes que tapan el cielo. Algunos se caen con los aironazos y con las lluvias. Se la pasan anunciando puras pendejadas con la mínima pizca de creatividad, la mayoría de las cuales ni siquiera necesitamos. Y, para acabarla de joder, le parten el queso a los árboles que “se atreven a taparlos”. Así son los anuncios espectaculares.

Al menos en Monterrey, mi ciudad natal, esto de los anuncios espectaculares sigue siendo un negocio turbio –dicen que no-, que no está regularizado –dicen que sí- y una sentencia de muerte para la vegetación endémica que se cruza en el camino de estos gigantes de lona y acero. No creo que exista ciudad que tenga más chingaderas de éstas que Monterrey, lo que implica otro récord absurdo en la lista de todos los récords inútiles que ha acumulado mi ciudad en su historia, tales como: la ristra de chorizo más larga, el hombre más gordo, el alcalde más imbécil, la mayor cantidad de robos de autos en menos días, la mayor cantidad de casinos que no atraen turistas, etcétera.

En Monterrey ponen estas estructuras por todos lados, sin ton ni son; sin reglas claras de altura, longitud, metros cuadrados, sin evaluaciones de impacto ambiental (aunque digan que sí). Nomás las autoridades y los dueños de este negocio saben qué pedo y cuántos billetes se embolsan para que valga la pena afear la ciudad -de por sí fea- y dejarla sin árboles, que al cabo ellos con el dinero que deja pasarse las leyes -de todo tipo- por los huevos pueden irse a vivir a la luna o a una isla con hartos arbolitos.

Siendo bien honesto, no creo que este problema se vaya a acabar, pues nadie lo ve como un problema y a quienes debería importarles simplemente les vale gorro porque les gusta más el verde del dinero que el verde de los árboles.

Entonces, a lo que voy es que si ya las autoridades y los empresarios de este ramo hicieron el daño y lo van a seguir haciendo, de perdido hagan como que les preocupa –ya no les pido que les preocupe de verdad, sino que finjan hacerlo, pues eso se les da muy bien- y hagan lo siguiente para “solucionarlo”:
¿Qué tal? Incluso hasta pueden hacer negocio con quien les fabrique las jardineras de plástico y les venda las plantas; y de paso hacen que la ciudad se vea más bonita por fuera; como la estrategia que tanto les gusta: cambiar la forma pero no el contenido.

Tomen mi idea, gobiernos del mundo que han hecho negocio con la invasión de los anuncios espectaculares. Se las regalo, culeros.

miércoles, agosto 29, 2012

Osos y estrellas fugaces

“Estamos a cuatro horas del poblado más cercano, así es que piensen dos veces antes de hacer algo estúpido”, fue la primera advertencia del guía, un tipo flaco y de cabello grisáceo hasta los hombros, quien se jactaba de conocer los siete mil kilómetros cuadrados del Parque Provincial Algonquin como la palma de su mano. “Y por algo estúpido me refiero a no tener comida dentro de las tiendas de campaña ni a cincuenta metros a la redonda del campamento. No queremos toparnos de cerca con un oso, ¿o sí?”.  

En el fondo yo quería toparme con un oso. Tal vez no tan cerca como para orinarme de miedo, pero sí deseaba ver uno –o varios- aunque fuera de lejecitos. El guía siguió hablando mientras mis ojos se perdían en el bosque, imaginando que todo tipo de animales nos observaban agazapados entre la maleza. Las demás advertencias del guía fueron menos lúgubres: quemar todos los desperdicios, nadar bajo nuestro propio riesgo, guardar silencio al acercáramos a territorio de castores, cagar en un pozo “especial”, meter los papeles en una bolsa de plástico y llevarla a la fogata; donde también deberían tirarse las colillas de los cigarros.

Quienes conocen de campismo saben que el oso negro no es tan agresivo como el pardo, cuyo hábitat –por suerte- es más al noroeste de donde nos encontrábamos. El oso negro, por lo general, le huye al ser humano. Rara vez ataca, a menos que se sienta amenazado o sienta que sus crías están en peligro. El guía nos dijo que la manera más sencilla de ahuyentar a un oso negro –siempre y cuando no haya comida cerca- es agitando dos ramas en el aire y hacer mucho ruido. El oso huye en la mayoría de los casos, pues su visión no es muy buena y, al ver y oír tanto alboroto, se imagina que lo que tiene enfrente es un animal de mayor tamaño que él. 

El guía aclaró que esta acción no surte el mismo efecto con los osos pardos, con quienes asegura haber tenido un par de encuentros cercanos: a menos de 50 metros. Si uno hace lo de agitar ramas en el aire y gritar, el oso pardo lo tomará como una agresión, y lo único que queda es correr o subirse a un árbol o “hacerse bolita” y rezar por que el animal no esté hambriento, nos olfatee y se retire sin más. “Pero de preferencia, si se topan con un oso negro, pasen de largo. Aléjense. Hagan como que lo ignoran. Uno nunca sabe cómo actuará la naturaleza”, dijo el guía sacando una cámara fotográfica de su mochila, mostrándonos en la pantalla la cabeza de un perro. Cuando redujo el tamaño de la imagen pudimos apreciar la espina dorsal del animal: impecable, sin rastros de carne. Después nos mostró la foto de un pie desgarrado: un hombre había tomado la primera advertencia a la ligera y, cuando despertó, tenía a medio oso metido en la carpa. “No es que los quiera asustar, simplemente no quiero que se anden con pendejadas, como éste hombre”, concluyó el guía echándose el cabello detrás de las orejas.

Remamos en canoas por varios lagos cristalinos y caminamos durante casi todo el día los tres días que duró el viaje. Vimos ardillas listadas, azulejos, gansos, colimbos, garzas azules, serpientes, tortugas mordedoras, castores, nutrias… pero ningún oso negro. Regresábamos al campamento antes del anochecer. Algunos buscábamos leños para la fogata y otros preparaban la cena; y rotábamos las tareas cada mañana. La última noche el cielo estuvo completamente despejado. El viento barrió las nubes que durante toda la tarde se habían reflejado en la superficie del agua. Después de cenar me acosté sobre una roca musgosa, a unos cuantos metros de la hoguera, con los pies dentro de la orilla del lago. Las chispas del fuego se elevaban y se confundían con las estrellas. No vi osos, pero contemplé como nunca a la osa mayor y a la osa menor. También pude ver cuatro estrellas fugaces. Al día siguiente alguien del campamento me preguntó si había pedido deseos. Le respondí que no, pero que de haberlos pedido hubiera deseado ver más estrellas fugaces. 

O quizás sí pedí deseos sin darme cuenta, pues cada que veía una estrella fugaz trazando la noche, esperaba con todas mis fuerzas ver otra; y otra aparecía. Pero después de la cuarta no vi más meteoros. Tal vez, por accidente, pedí un deseo distinto que apenas está por cumplirse. 

miércoles, agosto 22, 2012

Mamá Fratelli reloaded (o recagada)

Tantos años siendo la esclava doméstica de su marido, de su hijo y de estudiantes de intercambio a quienes renta habitaciones, y Mamá Fratelli no ha sido capaz de aprender a cocinar con buen sazón ni a hacer bien la limpieza del hogar.

Cuando llegué a vivir a la mansión Fratelli me di cuenta de la carga de trabajo que la pobre señora tenía a diario, pues el marido y el hijo tragan peor que pelones de hospicio; por tal motivo lavaba los platos y utensilios que usaba al desayunar y cenar. Pero un día Mamá Fratelli me vio frente al lavadero tallando una espátula con la que acababa de prepararme un huevo, y como que su naturaleza femenina se sintió ofendida y me dijo que qué hacía, que dejara ahí, que ése era su trabajo porque para eso le pagaba una renta. Y pues bueno: en cierta parte tenía razón y no lo volví a hacer… ¡hasta que me di cuenta de lo pinche mal que lava los trastes! No, no mamen. Un niño manco los lavaría mejor utilizando sus muñoncitos, snif.

Neta que es bien vale verga. Talla los platos y los cubiertos con un trapo en vez de usar fibras de acero o estropajo o algo que raspe como chamorro de francesa. Los tenedores siempre tienen queso derretido pegado y los platos hondos residuos de cereal seco. Los vasos ni se diga: siempre tienen el fondo de algún color extraño debido a los polvos endulzantes que le echa al agua y a la leche. Y no me hagan seguir con la mesa, las repisas y los pisos, pues trapea con uno de esos trapeadores de esponja que no limpian ni madres y nunca pasa un pedazo de tela húmeda por el comedor para quitarle las boronas y granos de sal que caen en él. Eso sí: del baño no me puedo quejar ni de mi cuarto, pues este último lo limpio yo, snif.

Pero bueno, pues resulta que Édgar -el amor de Mamá Fratelli- se regresó hace como un mes a México, y en su lugar llegó un brasileño metrosexual que se tarda horas en el puto baño. Yo siempre he tenido una filosofía de vida con los baños: si no eres mujer, si no estás cagando o el pito no te mide más de dos metros y es un pedo enrollarlo de nuevo, ¡no tienes porqué tardarte más de cinco minutos en el baño! Te la paso si te tardas poco más de cinco minutos porque el pito te mide sesenta centímetros -como a mí, snif-, pero fuera de eso no tienes  motivo para pasar más de cinco minutos dentro. Punto.

Total que un día ya iba tarde a la escuela y me quería lavar los dientes, pero Giorgiño Armani estaba en el baño poniéndose sus cremas humectantes en la cara y sus químicos en el pelo y sacándose la ceja y pues yo me quería lavar los pinches dientes y no tenía dónde. Y pues me vino a la mente la idea de hacerlo en el fregadero de la cocina. Qué tanto es tantito, pensé. Mamá Fratelli ni lava bien los trastes, no creo que la haga de pedo por tantita pasta de dientes y tantita baba que caiga en la coladera. Entonces fui a la cocina bien decidido, le dije a Mamá Fratelli que se me había hecho tarde para ir a la escuela y que el baño estaba ocupado y que necesitaba lavarme "el océano" en la cocina por una sola ocasión. Y que me dice la pinche vieja:

-¿Quieres lavarte los dientes en la cocina? ¿Cómo?

- Pues así: como todo el mundo se lava los dientes–le dije haciendo un movimiento de arriba hacia abajo con mi mano a la altura de la boca.

-¿Pero cómo que te los quieres lavar aquí en la cocina?

- Ah, es que el brasileño está en el baño y no sale, y ya voy tarde a la escuela y no me gustaría irme sin lavarme la boca.

-¿En la cocina?, ¿pero cómo?; ahí ponemos los platos y las cucharas y los tenedores… yo creo que no es correcto... es la cocina... hay platos y vasos... no, no creo que sea correcto...

-Sí, Mamá Fratelli- le respondí-, tiene usted razón: fui un loco. Hacer eso sería  ASQUEROSO.

Pinche vieja... ¡Lave bien los trastes, culera, eso sí que es asqueroso!...

P.D. Si supiera que ahí vacío los botes en donde orino para no tener que subir al baño en las madrugadas, jijijijiji...

jueves, agosto 16, 2012

Mamá Fratelli contra los moluscos asesinos

Mamá Fratelli, mi rentera extraterrestre, acostumbra comprar lo más barato que encuentra en el supermercado: paquetes de jamón ahumado de dos dólares y misteriosa fecha de caducidad, cereal más pinche duro que el Maizoro que trae el dibujo del gorila morado, leche tan transparente como la bolsa de plástico en que viene empaquetada, y frutas y verduras que, por lo magulladas, juraría que las roba de la huerta de la casa de al lado.  

Pero no todo es comida barata en la mansión Fratelli. Una noche -aunque ustedes, amados lectores, no lo crean- Mamá Fratelli cocinó mejillones. Sí: mejillones. Y sí: sé que muchos de ustedes no los conocen por no ser de paladar fino; pero qué le vamos a hacer. 
La primera reacción que tuve cuando mi mamá adoptiva me preguntó si me gustaba dicho molusco, fue un “¡Ahijuelachingada!”, acompañado de una relamida de bigotes. Le dije que obviamente me gustaba comer mitílidos, sobre todo porque su forma se parece tanto a la del órgano reproductor femenino porque tiene una… digo… ejem… nada. Bueno, total que, incrédulo todavía de que fueran mejillones –pues son costosos-, me acerqué a la estufa, abrí la olla que humeaba para ver de cerca su contenido y corroborar que no fueran piedras de río con musgo y sal. Y no. En efecto eran mejillones. Por una vez en su vida Mamá Fratelli se había vuelto loca, pero loca en el sentido chido de la palabra, snif. 

Total que para degustar tal manjar me puse mi sombrero de copa, mis guantes blancos, mi monóculo y caminé hasta el comedor dándole vueltas a mi bastón de oro con diamantes. Tomé asiento en la cabecera de la kilométrica mesa y Mamá Fratelli puso frente a mí un plato hondo que rebosaba mejillones. Esa tarde –recuerden que acá la cena es a las seis de la tarde- me comí como tres kilos –sin concha-, porque he de aceptar que le quedaron muy buenos a mi rentera.

El pedo ahora es que Mamá Fratelli se la pasa cocinando mejillones. Tooodos los pinches días me quiere dar a tragar mejillones nomás porque le dije que me gustaban y que le habían quedado ricos. Sí, son deliciosos, Mamá Fratelli, pero no es un platillo que pueda comer todos los días, como mis mega sándwiches, que nunca aprendiste a prepararme, snif. 

Lo más gacho es que yo pensé que mi mamá postiza me estaba consintiendo porque le había gustado tanto que le dijera que le habían quedado muy ricos y por eso me los preparaba, pero resulta que su hijo entró a trabajar al mercado de productos marinos, y resulta que le regalaron un chingó de mejillones y Mamá Fratelli no quiere que se le echen a perder ni que le apesten el congelador.

He comido tres veces mejillones en una semana, pero hoy sí ya de plano dije: “No mame, pinche vieja, ya cámbiele al menú”, y mejor me preparé fruta con yogurt y abrí unas galletas de granola. Cuando Mamá Fratelli vio mi osadía de haber rechazado su cena, me dijo:

-Ahí hay mejillones, los preparé para la cena, ¿no vas a comer mejillones?

-No, señora, muchas gracias. Hoy quiero cenar otra cosa.

-Pensé que te gustaban los mejillones. Me dijiste que te gustaban los mejillones.

-Sí señora, sí me gustan…

-¿Entonces por qué no te los comes? ¿No te gustan? Pensé que te gustaban los mejillones.

-Sí, señora, sí me gustan, ¡PERO NO TODOS LOS PUTOS DÍAS!

Bueno, esto último no lo grité, nomás lo pensé, snif.

lunes, agosto 06, 2012

Velocípedos II

Mi segunda bicicleta fue una ItalJet de color azul, rojo y amarillo, más grande que la Bimex en la que aprendí a andar en… ehmmm… pues en bicicleta, valga la “rebuznancia”.   
Tendría yo doce o trece años. Ésa sí estoy seguro que me la trajo Santa Clos. Obviamente a esa edad no era yo un creyente del viejo gordo y barbón, pues ya tenía “pelícanos en el puerto” –o estaban a punto de salirme-, pero mis hermanas seguían creyendo en él, por lo que mis padres montaron todo un teatro para que no se les cayera el teatrito de “los regalos de Santa” y me obligaron a fingir -con una actuación digna de un premio TVyNovelas- asombro al momento de ver mi nueva “rila” a un lado del pinito de navidad. 

Me acuerdo que en aquel tiempo mis amigos y yo traíamos de moda dos cosas: ponerle un bote de Frutsi a la llanta trasera para que sonara como motocicleta y ponerle nombre a nuestras biclas. También traíamos de moda las revistas Video Risa, pero ahorita estamos hablando de otra cosa. Mi ItalJet era portadora del ridículo mote de “Dragón Multicolor” (no se rían, más respeto por favor, snif), pero en comparación con las de mis amigos –que se llamaban “Tigre Robot”, porque era amarilla con plateado; y “Corcel del Pavimento”, porque era de color blanco- mi bici tenía el mejor nombre del universo (según yo).

También recuerdo que para que los compitas del barrio que no tenían bicicleta pudieran andar con nosotros recorriendo los montes baldíos y las cuadras de nuestras “pandillas” rivales, había unos dispositivos que se llamaban diablitos –ignoro por qué-, que no eran otra cosa más que unas barritas de fierro horizontales que se ponían en los tornillos de la llanta trasera y se podía subir un pasajero de pie. Los diablitos fueron un invento genial, pues al huir de barrios enemigos, quien iba montado atrás servía como escudo humano, cubriendo a quien manejaba la bici de pedradas y botellazos: acción loable y heroica de cualquier niño carne de cañón. Y pues sí,  viví muchas aventuras muy chidas en mis bicicletas.

Pero mi ciudad creció al igual que todas las ciudades del mundo y necesitó dinero y buscó inversionistas y se quiso “modernizar” y “progresar” y "desarrollar" y la cantidad de automóviles y calles y avenidas creció sin control y la gente enloqueció y ¡buaaaa!, snif. Y la mayoría de los parques y plazas y áreas verdes y ciclopistas fueron tragados por la indiferencia y el olvido de ciudadanos y autoridades. Y de aquellos tiempos sobre dos ruedas no quedó nada. Carajo: ya ni los niños de hoy las usan. Hasta ese gusto nos robaron quienes “dirigen" las ciudades, pues, por lo general, entienden que el progreso tiene cuatro ruedas y el retroceso dos; la riqueza cuatro y la pobreza dos; la modernidad cuatro y lo obsoleto dos.

Desgraciadamente la bicicleta no pudo convertirse en un medio de transporte funcional; en un medio de transporte de uso cotidiano sin consecuencias negativas para el ambiente o para la salud pública. Las bicicletas quedaron relegadas -al menos en el México "civilizado”- a deportistas profesionales, aficionados y algunos hipsters y hippies suicidas. Las bicicletas son para quienes pueden darse el lujo de tener un coche con adecuaciones para transportarlas fuera de la ciudad o para quienes buscan contribuir a que haya menos humos tóxicos en las ciudades, arriesgando su vida entre conductores que no poseen una pizca de cultura vial. Pero también pasaron a ser de uso exclusivo de quienes no pueden darse esos lujos porque comer está primero. Algo tan útil, noble y divertido como una bicicleta se convirtió en un estigma social: el que la usa con casco, lentes y ropa deportiva llamativa,  tiene dinero; quien la usa para ir de un lugar a otro porque es su único medio de transporte, es albañil, jardinero, velador o alguna personas que a nadie le importa que llegue sudada a su trabajo; y, si llega sudada a su trabajo, ha de ser un trabajo inferior, porque pos ya saben que “como te ven te tratan” y "la primera impresión es la que cuenta" y esas mamadas. 
Gran diferencia con la mentalidad de los daneses, holandeses y canadienses -por mencionar sólo algunos-; ciudadanos balanceados mentalmente que supieron ver a la bicicleta como un medio de transporte benéfico para propiciar un entorno social saludable y al coche como un gasto excesivo, cuestionable, dañino e impráctico; no como un símbolo de estatus.

Siempre he pensado que las ciudades tendrían mejores ciudadanos si se pudiera llegar en bicicleta a todas partes. Al menos apuesto a que seríamos todos un poquito más felices si nos pudiéramos ahorrar horas de congestionamientos viales y mentadas de madre. Con el uso de las bicicletas no existirían todos esos neuróticos que accionan los cláxones a la menor provocación ni existirían ésos que viven compitiendo para tener el coche más nuevo o el más costoso y así no los deje atrás el nivel socioeconómico en el que creen que radica la felicidad. Nada de eso existiría porque las bicicletas están llenas de nobleza; nos mantienen con los pies en la tierra porque nos ponen en contacto con nuestra infancia y eso es sinónimo del más puro sentimiento de libertad.  

Escribo todo esto porque regresé a Toronto después de recorrer partes de Quebec en bici, pero al llegar a la estación del metro en donde la había dejado encadenada, ya no estaba, snif. Pero bueno. Ya conseguiré otra de segunda mano y a muy buen precio. Por lo pronto les dejo algunas fotos que tomé en mis recorridos.

miércoles, agosto 01, 2012

Velocípedos

Mi primera bicicleta fue una Bimex de color azul cromado. Lo que no recuerdo muy bien es si me la trajo Santa Clos o si me la regalaron mis padres en un cumpleaños; pero para el caso viene siendo lo mismo. Tendría yo seis años.

Mi papá me enseñó a montarla en el parque que estaba casi enfrente de la primera casa donde vivimos, ésa que les conté que demolieron hace algún tiempo -junto con otras tres viviendas- para construir un Starbucks y una lavandería. Nunca usé rueditas laterales porque era de ñoños cobardes y porque mi padre procuraba ir siempre detrás de mí tomando la bicicleta por el asiento y soltándola cuando veía que lograba mantener el equilibrio. A mí sí me querían y no me humillaban poniéndole esas pinches rueditas, que para las bicis vienen siendo algo así como los fierros en los zapatos de Forrest Gump, snif.

No recuerdo la primera caída que sufrí, pero imagino que no fue tan grave, pues, de haberlo sido, la tendría grabada en la chompa y viviría con mucho rencor contra la vida ¡gggrrrrggrrr! Lo que sí no olvido es el susto que me metí la vez que frené y acabé debajo de una camioneta en marcha que no vi al ir de bajada -a toda velocidad- y dar la vuelta en una esquina. La camioneta alcanzó a detenerse antes de pasarme las llantas por encima de las piernas, que no paraban de temblarme cuando mis amigos del barrio y la señora que manejaba me ayudaron a salir –pálido y todo raspado- de abajo del vehículo.

Mis primeras caídas se debieron –creo- a que a esa edad todavía no coordinaba muy bien el cerebro con las piernas (o de plano estaba muy pinche wey), pero como que no alcanzaba a comprender con rapidez que para frenar tenía que hacer como si pedaleara hacia atrás. Eso me revolvía. Entonces, cuando sentía que aumentaba la velocidad de la bici, en vez de pedalear hacia atrás, seguía pedaleando normal. Ni los amorosos gritos de mi padre -“¡Freeena, pendejooo!”- hacían que mi cerebro y mis piernas trabajaran en equipo. Total que cuando veía que no me detendría con nada, instintivamente echaba las patas hacia adelante, resignado, y esperaba el golpe contra una banca o contra el tronco de un árbol o contra algo que me detuviera en seco y me mandara de nalgas al pavimento. Con tres o cuatro golpes de esos la misma tarde, aprendí a frenar.

Tampoco se me olvida la emoción que me invadió la primera vez que no perdí el equilibrio ni me tambaleé y pude dar una vuelta completita al parque sin que mi papá fuera detrás de mí ni me gritara “¡freeena pendejooo!” cuando iba directo a un árbol. Me sentí un centauro: como si mi cuerpo se hubiese fundido con la bicicleta. Como un cyborg del tercer mundo, snif. Sentí cómo mi cerebro daba las órdenes y mi bicicleta las escuchaba y las obedecía tal cual: “A la derecha, a la izquierda, ¡frena!, ahora elévate como en la película de E.T y pasa a un lado de la luna”. Bueno, no; esto último obviamente no resultó. Lo que resultó fue que la emoción me ganó y me sentí invencible, perdí el control, me fui contra los matorrales y acabé en el suelo: como de costumbre. Pero esa sensación de poder y libertad, de ser el amo de mi pequeño mundo -que en ese entonces era todo el mundo-, pocas veces la sentí de nuevo.

 Continuará...

viernes, julio 27, 2012

Aventura swinger

Durante mi estancia en Canadá no he conocido otra provincia que no sea la de Ontario, por lo que hace una semana decidimos subirnos en el primer tren que saliera a Quebec y visitar un par de ciudades de esa provincia. Durante cinco horas atravesamos pequeños poblados, bosques profundos, puentes metálicos y lagos, sentados en el último vagón de un convoy. Llegamos a Montreal al medio día. Salimos de la estación de trenes con un mapa de papel en las manos y caminamos por las calles con nombres en francés. Arrastramos las maletas unos cuantos minutos hasta llegar al hostal donde habíamos reservado una habitación con litera: no había más.

Mientras esperábamos en la recepción a que nos dieran el cuarto, un hombre de lentes, de unos cuarenta años, se nos acercó sonriendo. Hagan de cuenta que era el pinche Kung Fu Panda en persona, nada más que en rubio; pero igual de panzón y chistoso físicamente.

El wey quiso romper el hielo con un chiste en francés -y digo que fue chiste porque el pendejo se rió solo al decir lo que dijo-, pero no contaba con que nosotros no entendemos un carajo de francés. Cuando le dijimos -en inglés- que no habíamos entendido lo que había dicho, el wey dijo lo mismo en el idioma de los gringos –el otro que no es la guerra-, pero no nos reímos porque en verdad su chiste era muy pinche malo: tan malo que ya ni me acuerdo de qué era. Total que el doble de Kung Fu Panda se empezó a poner nervioso y colorado de los cachetes al ver nuestros rostros de “no eres nada gracioso, extraño que vino a sacarnos plática”, y tal vez pensó que tampoco entendíamos el inglés, por lo que el pobre infeliz tradujo al español su chiste con los mismos resultados fatídicos: cero gracia y cero risa. Aunque su español era mocho, debo reconocer el esfuerzo que hizo en hablar en tres idiomas, y fue por eso que reímos. Kung Fu Panda se limpió el sudor, se hizo el pelo hacia atrás, se acomodó los lentes, nos dijo “Bienvenidos a Montreal” y agregó:

-Disculpen –dijo en ese español accidentado-, es que ya me he bebido dos Red Bulls –y se echó a reír como orate. Más que canadiense, el hombre parecía el típico gringo idiota, onda Robin Williams cuando le pega al comediante de noble corazón.

Y después de ahí, el cabrón éste no se calló el hocico. Habló y habló y habló y habló…. Nos contó que su ex esposa era mexicana y lo golpeaba –por pinche hocicón, me imagino-, que era electricista, que le gustaba México, que el gobierno era corrupto en nuestro país pero las playas muy lindas, bla bla bla. Cosas que uno ya sabe. Lo único chido de su plática –y hasta sentí aguda su observación- fue cuando supo que veníamos de Monterrey y dijo que en esa ciudad había puros contadores públicos, licenciados en administración de empresas y abogados, cosa que es verdad. Imagínense: pinche ciudad aburrida y culera. Pero bueno.

Total que este cabrón salido de algún sueño de opio de Walt Disney no paraba de hablar y sólo interrumpía su plática para preguntar: “¿Estoy hablando mucho?”, y la neta a mí las personas que hacen esto me caen en la puntita de la verga porque saben que están hablando mucho y que están incomodando a terceros y no tienen la sensibilidad ni el tacto para callarse amablemente el hocico y dejar en paz a los extraños que no quieren hablar con ellos. Entonces, cada que decía esto, le ponía una pinche cara de “Nooo, cómo crees que estás hablando muuucho… ¡Pendejo!”. Aparte el wey molestaba porque era de esos que se acercan mucho e invaden tu espacio personal y hablan todos alterados y haciendo aspavientos y sudando y… no, no, no, nooo. Horrible.

Por fin -después de cómo media hora de aguantarlo- el pinche Kung Fu Panda pudo descifrar mi cara de hartazgo y de “ya cállate a la verga”. Se despidió amablemente, disculpándose por su atrevimiento, y se fue a sentar a un banco, a un lado de los teléfonos de monedas. Veía de reojo que nos miraba de reojo y se reía y nos señalaba con el dedo y reía otra vez como idiota.

En eso se apareció la chica de la recepción y nos dijo que nuestro cuarto estaría listo en 15 minutos, que nos ofrecían una disculpa y bla bla bla. No hubo pedo y seguimos sentados en el cómodo sillón de la recepción. Pero en eso, que el pinche Kung Fu Panda se para de su asiento y se acerca otra vez a nosotros. Se detuvo unos cuantos pasos antes de invadir nuestro espacio vital, hizo como si tocara en una puerta: “knock, knock”, dijo, y se echó a reír otra vez como loco. Cuando paró de reír, nos extendió un papel doblado en cuatro partes.

-Tienen que visitar este lugar. Es un lugar que nunca olvidarán.

-Gracias -le dije indiferente, a ver si así regresaba a sentarse a su lugar. Como comentario adicional, aclaro que no soy mamón, neta que no. No tengo pedos con platicar con extraños, siempre y cuando te aborden como gente civilizada, no como pinches desaforados. Pero bueno. Prosigamos.

-Es un lugar mixto –me dijo Kung Fu Panda haciendo énfasis en “mixto”. Algo me olió mal desde ahí. Algo me olió a “escabroso”. ¿Por qué tenía que hacer énfasis en la palabra “mixto”?

-¿A qué se refiere con que es un lugar “mixto”? –pregunté ingenuo. -¿Acaso no todos los lugares son mixtos: bares, restaurantes…?

-Eeeh… sí: de hecho hay un bar… y también se puede ordenar comida. Pero lo interesante son los saunas y los jacuzzis… que son mixtos. Yo siempre voy ahí. Casi a diario.

Todavía quería pensar que el hombre, en su locura o retraso mental, era una persona inocente, y que me estaba ofreciendo ir a algún club deportivo o centro recreativo, como los de México, donde hay canchas para jugar tennis, albercas, saunas y jacuzzis.

-Pero lo mejor de lo mejor, es el “Fantasy Room” -dijo con un brillo distinto en la mirada. Bastaron esas dos palabras tan inocentes: “fantasy” y “room”, para imaginarme por dónde iba la invitación. Kung Fu Panda se puso todo colorado y se echó el pelo para un lado y se acomodó los lentes.

-Es un lugar para swingers, me imagino –le dije.

-Sí, pero pueden ir sólo a ver, no tienen por qué intercambiar parejas –respondió Kung Fu Panda barriéndose el sudor de la frente con una mano, con ese destello en la mirada que sólo tienen los ex presidiarios recién salidos del reclusorio al ver a una mujer.

-Sí, lo sé, pero a nosotros no nos gusta ese rollo –le dije cortante. Se disculpó, y se fue haciendo un ademán como si cerrara una puerta, y rió de nuevo.

¿Quién putas llega de buenas a primeras con dos extraños a recomendarles un antro de intercambio de parejas? Neta que no soy mocho ni asustadizo ni tengo prejuicios en contra de las personas que les gusta esa onda, pero: ¿quién putas llega de buenas a primeras con dos extraños y les recomienda un antro swinger? Johnny, la gente está muy loca.

viernes, julio 20, 2012

Destruiré todos los planetas civilizados

Conseguimos habitación en el segundo piso de un hostal en Kensington Market, uno de los barrios multiculturales más representativos de la ciudad de Toronto. El pequeño cuarto no tiene baño ni aire acondicionado, pero tiene un balcón que da a la calle principal, donde a todas horas corre una brisa muy fresca que arrastra los olores de los restaurantes del rededor. El precio del hospedaje incluye un desayuno sencillo en la recepción: pan con mermelada, café y cereal con leche; pero nosotros compramos algunas manzanas, naranjas, racimos de uvas y un queso Philadelphia en la frutería que está a la vuelta de la esquina, para hacer más completas las primeras comidas del día durante nuestra estancia. Lo mejor de estar aquí es no tener que lidiar con Mamá Fratelli, quien se negó rotundamente a que recibiera visitas en mi cuarto aunque le pagara hospedaje extra.

Ya pasan de las dos de la tarde y hace tanto calor como en Monterrey. Dejamos las maletas en el cuarto, metemos la bolsa de las compras –con el número de la habitación escrito en una etiqueta adhesiva- en el refrigerador de la cocina compartida, nos mojamos los rostros y el cuello en el lavabo del baño –también compartido-, salimos del edificio y caminamos entre indigentes que hablan solos, coches antiguos estacionados, parejas con brazos tatuados desde el hombro hasta los nudillos y gente de todas las nacionalidades montando sus bicicletas.

Caminamos calle abajo buscando dónde comer. Hay tiendas de ropa de segunda mano, artesanías, establecimientos de comida vegetariana, pescaderías, antigüedades, bares con jazz en vivo, paredes con grafitis y parafernalia para consumidores de mariguana. Nos decidimos a entrar en un lugar de comida tailandesa. Tomamos asiento en el patio, bajo la sombra de un árbol de cuyas ramas cuelgan estrellas de latón de muchos colores. Nos atiende de manera muy amable un hombre con un lunar rojo que le cubre la mitad del rostro. Ordenamos un par de cervezas y el especial del día: noodles con muchos vegetales y muchos condimentos.

Pagamos la cuenta y caminamos calle arriba, comentando cómo sería la vida con un lunar rojo cubriéndonos la mitad del rostro. Echamos vistazos en todas las vitrinas de las tiendas y entramos en algunas para ver qué venden. En muchas de ellas tienen fotos de Rob Ford, el alcalde de Toronto, pegadas en la pared. Le han puesto cuernos de diablo, ojos rojos o globos con diálogos que lo hacen ver tan estúpido como parece ser cada vez que sale en televisión. Casi nadie quiere al alcalde. Al menos en este barrio. Es un hombre que tiene fama de conservador, alcohólico, cocainómano, ignorante y xenófobo. Quiso cerrar bibliotecas públicas, recortar el presupuesto destinado a guarderías y se dice que odia al peatón, al ciclista y al transporte público. Alguna vez propuso quitar banquetas para tener más carriles para coches, pues quería traer como inversión agencias de automóviles. Hay una ilustración pegada en el fondo del local. El alcalde está representado como Godzilla: pisa transeúntes y ciclistas, carga una ristra de vagones del metro en una mano y entre los dientes trae un tranvía. Se acerca la chica que atiende la caja y me dice: “No lo permitiremos, pero tememos que algún día el dibujo se convierta en realidad. Quieren robarnos nuestros espacios para –según ellos- modernizarnos, que no es otra cosa que crearnos la necesidad de tener un coche, algo que nunca hemos necesitado”. Asiento y hago una mueca en señal de solidaridad. Le compro un libro que se llama “I shall destroy all the civilized planets” y otro de Banksy. Salimos del lugar. Los canadienses luchando por que no les quiten sus espacios y los mexicanos luchando por tenerlos. No sé qué sea más triste. El título del primer libro se me queda retumbando en la cabeza el resto de la tarde.

Ya son las ocho de la noche pero aún no oscurece. Volvemos al cuarto. Llevamos despiertos desde las tres de la madrugada del día anterior. Curiosamente yo no me siento cansado, por lo que aprovecho para leer notas y pensar en algunas ideas para las caricaturas que tengo que mandar al periódico, aunque todavía me deban dinero. Renunciar no es un lujo que pueda darme. Enciendo el ventilador de tres aspas, saco las plumas y plumones del morral que últimamente cargo, corto algunas hojas de papel y arrastro una pequeña cómoda frente a la puerta corrediza del balcón, donde corre el aire. Me siento sobre la cama -a un lado de ella, que se ha quedado dormida dándome la espalda- y las ideas comienzan a fluir tan rápido como sus sueños.

De pronto, en el balcón, aparece una pareja de mapaches. No sé por dónde treparon ni de dónde salieron. No hay áreas verdes cerca, sólo árboles que brotan entre el concreto de las banquetas y sus troncos se confunden con los postes de luz. Los mapaches no pudieron alegar ni defenderse, como otros torontonianos. Tuvieron que adaptarse a la ciudad que devoró su hábitat. Posiblemente viven en las alcantarillas, comiendo desperdicios de los contenedores de basura, escondiéndose en los huecos que hay entre edifico y edificio. Me observan. Trato de no hacer ruido y aguanto la respiración: como si mi respiración hiciera mucho ruido. Cada vez se acercan más. Saco del morral una bolsa con almendras y les aviento unas cuantas. Al principio se asustan y corren al rincón por el que aparecieron, pero después de unos minutos se confían –o les gana el hambre- y se acercan para tomar los frutos. Los devoran con rapidez y me observan de nuevo.

Les aviento más almendras, me vuelvo y la despierto diciéndole al oído que tenemos visitas. Ella se incorpora muy rápido, desconcertada. Cuando le señalo el balcón puedo ver cómo sus ojos brillan incrédulos y se humedecen por la emoción. Le alcanzo la bolsa de almendras, toma un puñado y las tira de una en una. Hace un puchero porque algunas rebotan y caen a la calle. Visualizo el cliché de dos viejos alimentando palomas en la banca de un parque. No me importaría vivir esa imagen en treinta y cinco o cuarenta años, siempre y cuando me cambien el parque por un balcón, la banca por una cama y las palomas por unos mapaches. Recuerdo el poema de Mario Benedetti titulado “Ustedes y Nosotros”. Lo busco en Youtube y lo pongo para que lo escuche. Ningún hotel cinco estrellas hubiera podido ofrecernos este espectáculo.

Pero ahora tenemos un dilema: cerrar la puerta del balcón para que no se metan los mapaches ni la brisa fresca de la noche y morir de calor con el abanico de tres aspas en la velocidad más alta, o dejar la puerta abierta para que corra el aire, refresque la habitación, se metan los mapaches, nos muerdan y muramos infectados de rabia. Creo que la segunda sería una muerte más romántica.