jueves, marzo 09, 2017

Entre magueyes, pirules y el origen del Sol

El sustantivo petricor se lo escuché por primera vez a un hombre a caballo: el guía de una pequeña expedición al Cerro del Quemado. Se llamaba Gonzalo y le habíamos alquilado un par de pencos en el poblado para realizar el típico recorrido hasta el centro ceremonial de los huicholes.

A mitad del camino, en un pequeño claro donde el terreno parecía menos accidentado y las nopaleras, magueyes y pirules ya no eran tan frecuentes, Gonzalo se detuvo. Con una mano se quitó el sombrero y, como si estudiara el horizonte cubierto de nubes oscuras, preguntó: "¿Sienten el petricor?".
Apenado le confesé que no sabía lo que significaba esa palabra. "Es el olor a tierra mojada. Nos llega desde allá, aunque aquí todavía no haya caído ni una gota de agua". Inhalé profundo y fue como beber un pedazo de suelo y cielo a la vez. Gonzalo se volvió a poner el sombrero y continuamos cabalgando hasta donde los huicholes creen que nace el Sol.
Aquellas nubes abultadas pasaron por encima de nosotros cuando regresábamos al pueblo, y, aunque no descargaron un fuerte aguacero, sí dejaron caer una tenue lluvia que intensificó el petricor y oscureció las tonalidades más claras del paisaje semidesértico.
Para hacer todavía más inolvidable aquel viaje inicial, un arcoíris formó un puente vaporoso desde un cerro a otro.

He de confesar que desde aquel día -aunque la RAE aún no se anime a incluirla en el diccionario-, petricor pasó a formar parte -junto a lontananza- de mi lista de palabras favoritas.
Creo que también fue ahí, en Real de Catorce, donde comprendí bien a bien el vínculo que existe entre lo material y lo espiritual; la conexión del hombre con la tierra y el lazo que hay entre lo racional y lo aparentemente místico.
Sin caer en clichés ni en esos lugares comunes a los que acostumbra referirse la gente que cree que ir a Real de Catorce es tomar fotos de hippies vendiendo artesanías, fumar mota, hacer viajes psicodélicos con mescalina o artistas defendiendo Wirikuta para ganar fama; dejo en claro que tal revelación no me vino en una noche de borrachera, ni en una tarde de fumar mariguana con desconocidos, ni de masticar peyote con un chamán en el desierto, ni de andar de activista en contra de las mineras extranjeras. Nada de eso.

Todo vino porque siempre llamó mi atención ese halo de misticismo que rodea a esta ex zona minera. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Me cautivaba el hecho de que los miembros de una etnia que ha mantenido sus costumbres casi intactas, viajen desde tan lejos a un lugar específico movidos sólo por sus creencias ancestrales; y, por el otro lado, que "hombres modernos" y "empresarios estudiados" de México y otros países deseen con tanto ahínco el mismo lugar que un pueblo aparentemente primitivo considera sagrado. Aquí es donde uno piensa: "Aquí debe haber algo más allá de nuestro entendimiento".
Y sí, hay algo. Para unos hay minerales muy valiosos, para otros es el lugar donde se originó el mundo. Motivos diferentes llevan a dos grupos de personas al mismo lugar: a unos los mueven los intereses económicos; a otros, sus creencias. Fundamentos que, por más disímiles que sean, convergen en un mismo punto. ¿Por qué? Uno "entiende" esa parte material, ese "lado capitalista" del asunto; pero ¿por qué coincide éste con un pensamiento mágico?, ¿qué es eso que no vemos y va más allá de nuestro discernimiento "moderno"? Eso es lo que siempre me intrigó.

Sin caer en corrientes New Age ni en ondas de energías mágicas ni con ayuda de alucinógenos, sólo pude comprobar -porque lo "sabía" de oídas y leídas, pero nunca lo había sentido realmente- que uno  en verdad está conectado con un ser vivo llamado Planeta Tierra, y, dependiendo del entorno en el que nos desarrollemos, vamos compenetrándonos o desconectándonos de él; y que entre más nos distanciamos de éste, menos vemos "eso" que otros ven más allá de lo tangible. Y que, a final de cuentas, lo creamos o no, todos somos iguales y vamos hacia el mismo lugar. Y pues ya: esa fue la "brillante" revelación que tuve en uno de tantos viajes contemplativos a este lugar.
Por eso me gusta venir de vez en cuando a Real de Catorce: para caminar -o cabalgar- entre magueyes, yucas y pirules, y reafirmar esa conexión que a veces no percibimos pero en este lugar -como en el mar, el bosque o la selva- se siente con mayor intensidad... como el petricor de las primeras lluvias del año.
Ya se le ve el chicle a la paleta, snif.

8 comentarios:

Roberto Carlos Alonso dijo...

hasta me dieron ganas de visitar real de catorce, que buena experiencia.

Karlos F. dijo...

Ah que chido Guffo, con la forma en que los describes, a veces siento que comparto tus viajes...

Me latió mucho eso del preticor, es algo que desde siempre me ha gustado pero que no sabia que se le nombraba así. También será de mis palabras favoritas.

Saludos...

Guffo Caballero dijo...

Roberto: Es muy bonito. Aparte se come muuuy rico.

Karlos: Es una palabra muy, ¿cómo decirlo?... ¿Fuerte? Así como "Nebraska", no sé, jaja. Está padre: "petricor".

Anónimo dijo...

tal vez los minerales irradian algo que les mueve algo en el cerebro y se sienten bien y ya........... pero no falta el marihuano hippioso alucinado que se inventa cada jalada............

Guffo Caballero dijo...

Anónimo: Por ahí va mi escrito. Por eso hablo de lo racional y lo mágico. Unos lo entienden de una forma y otros de otra, pero a final de cuentas pareciera ser lo mismo.

Anónimo dijo...

Que chingon viaje, petricor nunca lo habia escuchado, en cambio alguna mez me dijeron !Ah! !huele a geosmina! . . . En ese entonces no sabia a que significaba. Saludos.

Guffo Caballero dijo...

Anónimo: De hecho conocí la palabra "geosmina" cuando googleé "petricor", jajaja. Saludos.

Raka Taka dijo...

El post todo espiritual, new age y me sales al final con que el chicle y la paleta jajaja me matas ese.