lunes, febrero 16, 2015

Siete Leguas

Según mi filosofía de vida, con una mente en silencio, los sentidos bien alerta, una irresponsable actitud de a-donde-me-lleve-el-viento y la compañía perfecta la de uno mismo también cuenta como compañía perfecta, cualquier nimiedad aparente o salidita a la esquina puede transformarse en una experiencia memorable. Y en eso se convirtió mi visita a la mítica cantina Siete Leguas.
El Siete Leguas es una cantina ubicada en el poblado de Paredón, en el municipio de Ramos Arizpe, Coahuila; a casi 100 kilómetros de la ciudad de Monterrey. 

Había escuchado, leído y visto muchas historias, reportajes y artículos sobre este peculiar sitio, pero nunca había tenido la oportunidad de visitarlo. Hasta hace poco.

Paredón es una pequeña localidad al sur del estado coahuilense, donde convergen dos líneas de ferrocarril. Durante la Revolución Mexicana, Paredón fue un importante centro ferrocarrilero, pues era un punto estratégico para la movilización de tropas y armamento. De hecho, según la historia oficial, Pancho Villa sometió a las fuerzas federales de Victoriano Huerta en este lugar. 
Como dato adicional: Paredón está muy cerca de Icamole, Nuevo León, lugar donde supuestamente Porfirio Díaz rompió en llanto al verse derrotado por Mariano Escobedo, ganándose el apodo de El Llorón de Icamole.

El nombre de la cantina hace honor a un corrido revolucionario que se titula "Siete Leguas", que, al mismo tiempo, alude al nombre del que fuera el caballo predilecto de Villa.

Como podrán deducir por lo que he escrito hasta el momento, el lugar es un templo dedicado al Centauro del Norte y al México revolucionario. Las paredes rezuman historia: fotos de soldados y trenes en tonalidades sepia; documentos, monedas y bilimbiques enmarcados; casquillos de balas, pistolas oxidadas y un sin fin de souvenirs de aquella época. 
Don Gaspar atiende el Siete Leguas desde un banco de madera. Muy apenas puede caminar. El menú es limitadísimo: cerveza de Grupo Modelo y bolsas de cacahuates y chicharrones con salsa Botanera. A veces algún cliente lleva limones o una salsa casera. También hay un par de mesas de billar.

Don Gaspar dice que la cantina es propiedad de uno de sus hijos que "vive fueras". Presume que mucha gente se la ha querido comprar, pero su hijo no quiere deshacerse de ella. Asegura que han venido a beber cerveza bien fría alcaldes y gobernadores, y "gente muy importante". También presume que "se han modernizado", pues en la parte de atrás hay un par de asadores amplios, mesas y sillas, "para quienes quieran hacer una carnita".

Pienso en la gentrificación de algunos lugares a los que les tuve cierto afecto, pues comienzo a tenerle aprecio a éste. Sitios a donde llegó gente con el capital suficiente para comprarlos y "mejorarlos". Imagino lo que yo haría con un lugar de estos si tuviera el dinero para comprarlo. Deduzco que dentro de la "mediocridad" o "mal servicio" o la inexistente variedad en el menú, es mejor que el Siete Leguas se mantenga así como es.
Hay oro molido flotando en todas partes. Pláticas que nunca imaginamos. Personas que marcarán nuestro día con una frase. Basta curiosidad. Basta lo que dije al principio: mente silenciosa, sentidos alerta, actitud de a-donde-me-lleve-el-viento y compañía perfecta.

Al caer la noche en Paredón sólo se escucha el canto de las cigarras. Las suelas de mis zapatos crujen con las rocas del camino y los insectos callan. Pudiera asegurar que es tanto el silencio que, cuando corre el viento, escucho cada partícula de tierra levantando el vuelo.

jueves, enero 29, 2015

Los ricos también pedalean (o eso dicen ellos)

Me duele admitirlo, pues fui uno de los más entusiasmados cuando me enteré del proyecto, pero, con lo poco que va de la ciclovía en el municipio de San Pedro, puedo pronosticar con premura que el plan será un rotundo fracaso, ¡snif!

Y es lógico, pues: ¿a quién se le ocurre construir más de 100 kilómetros de carriles para bicicleta en el municipio más ricachón de Latinoamérica, donde nadie nunca jamás en su vida color de rosa y pañales de seda ha utilizado una bicicleta como medio de transporte?

Una cosa es usar la bicicleta para ir a todas partes y otra muy distinta, usarla con fines recreativos. Quienes entrenan para carreras o triatlones, dudo mucho que la mentada ciclovía les sea de utilidad; y, todos esos mamertos que pretenden abrazar el estilo de vida de ciudades como Utrecht, Berlín o Copenhague, dudo mucho que su intención vaya más allá de una llamarada de petate. 

Seamos realistas: es el municipio de San Pedro; sus habitantes nacieron en camionetas blindadas con chofer, aviones privados, helicópteros y yates; es más: Santa Clos nunca les trajo bicicletas de regalo porque se fue directo a las cuatrimotos, los bugys y los jetskis. 

Creo que a lo mucho, lo que lograrán con la ciclovía, es que la utilicen algunos padres de familia con sus hijos los fines de semana (y uno que otro hipster que no supera vivir en San Pedro en vez de vivir en Portland o Montreal, snif); pero: ¿bicicletas como medio de transporte en San Pedro? ¡Qué oso!,
Sí, los sampetrinos se sentirán muy de primer mundo, pero nomás para lo que les conviene.

Las ciclovías sirven para reducir la carga vehicular y los costos de movilidad de las personas; sirven para tener ciudades más dinámicas, ciudadanos más sanos, aire más limpio, menos ruido, entre muchas cosas más; no para cumplir el caprichito de un montón de niños ricos que se cree trendy. Sí, yo sé que el proyecto tiene muy buenas intenciones, pero no creo que resuelva algún problema. Al menos no en San Pedro. Y mucho menos en Nuevo León.

A todo esto, me pregunto: ¿por qué no materializan este mega proyectos tan ambicioso, sustentable, ecológico y cosmopolita en los municipios más pobres, donde la gente SÍ camina y SÍ anda en bicicleta?

Porque, ¿a poco no les parece absurdo que a un municipio multimillonario lo quieran modernizar con ciclovías y a los municipios más jodidos pretendan modernizarlos con calles?

¿O ustedes qué opinan?

jueves, enero 08, 2015

Del perdón y esas ondas

Imagino a quienes no perdonan caminando entre pasillos. Van topando siempre con pared, disfrutando los golpes que se propinan, llorando una dulce rabia, incapaces de distinguir las puertas de salida; y, cuando llegan a distinguir alguna, van y se estrellan contra ella por el puro placer de hacerlo. 

Después de un arduo trabajo que creen espiritual –y que muchas veces es sólo tiempo–, algunos lograrán abrir la puerta que por fin los liberará de su dolor, pero insistirán en volver a entrar, quedando atrapados afuera, con su cantaleta de siempre, magnánimos: "Perdono, pero no olvido" uy, no, pues muchas gracias, eh o ese otro estribillo que dice: "Que te perdone Dios, porque yo no puedo". Si  tan sólo supieran que el perdón no tiene nada que ver con seres fantásticos, y que si fueran un poquito congruentes con sus creencias, sabrían que Dios son ellos mismos. Pero bueno.

Pareciera que quienes no perdonan disfrutan del dolor autoinfligido porque no tuvieron suficiente con el infligido por el prójimo, que, en su defensa, también entra en ese proceso existencial de perdonarse a sí mismo; digo, si se quiere crecer como ser humano, pues, contrario a lo que muchos con complejo de víctima creen, ni el dolor ni la culpa hacen que nos sintamos vivos: es la ausencia de ellos la que nos hace vivir aquí, ahora.

Creo que el perdón tiene cierta dosis de insensibilidad, de desapego; más que de olvido. Va ligado al ego. Es un desapego del ego. Por eso a veces es tan difícil perdonar o pedir perdón.

Perdonar no depende de olvidar, sino de recordar el agravio y que éste ya no duela. Por "insensibilidad" no me refiero a volverse indiferente o duro como roca; descarado, cínico o como si se tuviera una caverna de hielo en el pecho. No. Otros dirán que el perdón depende de las circunstancias o del tamaño de la ofensa. Yo digo que el perdón depende del tamaño del ser. Y del tamaño del ego.

Esa insensibilidad la veo como una tranquilidad liberadora, que aflora de la sabiduría que dejan las experiencias, el aprendizaje que ofrecen los errores que no son errores si dejan aprendizaje y el conocimiento de uno mismo. Y esto último da humildad.

El perdón va a la par o más allá, y a riesgo de sonar cursi del amor y la libertad. O quizás se transmuta en ambas cosas. Un amor y una libertad propia y ajena que insensibilizan al ego. Tener conciencia de esto, es saberse finito. O parte del infinito. Depende la percepción que tengamos del mundo.

miércoles, diciembre 24, 2014

Los fantasmas de las Navidades

De niño tenía una guarida secreta en un armario que casi no utilizábamos en casa. Era el armario en donde mi madre guardaba, a finales de enero de cada año, todo lo navideño: nacimientos, esferas con escarcha, velas aromáticas, coronas con cascabeles, nochebuenas bordadas, extensiones de luces de colores y demás adornos centelleantes.

En ese armario yo guardaba algunos monos de Star Wars que no quería que se me perdieran y los mapas de tesoros que dibujaba y escondía entre los matorrales de los montes de los alrededores, para que algún día alguien los encontrara y pensara que en el barrio había un tesoro enterrado.

Una vez decidí decorar las paredes interiores del armario con las series de foquitos. Pegué las hileras de luces con cinta adhesiva, les di vueltas por el tubo de donde pendían los ganchos de ropa y saqué un extremo de los cables por debajo de la puerta para conectarlos a un enchufe.

Cuando el interior se iluminó, imaginé que flotaba entre cuásares y nebulosas; o que me había perdido en una cueva y un enjambre de luciérnagas había ido a rescatarme. También imaginé que pilotaba una nave espacial y un submarino en lo más profundo del mar, y que cada bombilla era un botón que tenía una función específica.

Recuerdo que ese día me entró el espíritu navideño y se me ocurrió agarrar un cuchillo de la cocina, cruzarme al lote baldío frente a mi casa y cortar un racimo de semillas de ricino para ponerlo como pinito de Navidad en mi guarida secreta.
Cuando mi mamá lo vio, me dijo que tirara esa cosa a la basura, que porque esas bolitas con púas -que mis amigos y yo siempre nos aventábamos- eran venenosa. Al escuchar eso, corrí a toda velocidad a la cocina para lavar el cuchillo que había utilizado para mochar el ramillete, por lo que me sentí todo un superhéroe que había salvado de la muerte a su familia. Y regresé al armario iluminado a seguir imaginando que había salido del submarino por una escotilla y ahora me encontraba rodeado de fauna abisal.

Ayer me acordé de todo lo anterior porque, de visita en casa de mis papás, mi madre me pidió que me subiera a una escalera y bajara unas cajas del clóset. No es el mismo armario, ni la misma casa, ni el mismo yo en muchos aspectos; pero al abrir la puerta y oler el barniz de la madera, de golpe me vinieron un montón de recuerdos navideños; detalles cargados de significados de Navidades que no volverán.

Recordé el espejo en la entrada de casa de mi abuela, en el que tenías que agacharte para poder verte, y también el pequeño espejo que ponía sobre el paixtle para simular un lago en donde descansaban los pastores del nacimiento. Recordé la puerta de vaivén de la sala, por la que nadie acostumbraba cruzar a la cocina porque topaba con un viejo refrigerador que usaban como alacena, pero que esa noche, de tanta gente que había, tenían que usar. Me acordé de doña Chayo, la señora que ayudaba a mi mamá con el aseo y preparaba buñuelos. El olor a canela y manzana de los baños. Los caramelos en forma de bastón que nunca me gustaron, pero usaba como espada. Recordé el espeso manto de humo gris flotando al ras de la calle después de la tronadera de cuentes; y ese penetrante olor a pólvora quemada que sobrevivía hasta la mañana siguiente escondido, tal vez, debajo de todos los pedacitos de papel periódico que cubrían la banqueta.
Tantas cosas... Sólo espero que las Navidades por venir las disfrute tanto como las que extraño, y que den para más y mejores recuerdos

Felices fiestas. Un abrazo a todos.

lunes, diciembre 15, 2014

El Anthony Bourdain región 4 que todos llevamos dentro

Don Francisco Calvillo se gana la vida preparando caldo de rata.
Pasando la zona más urbanizada del municipio de García –de casi 150 mil habitantes–, rumbo al ejido Chupaderos del Indio –de menos de 100–, a orillas de una carretera casi desierta, el señor Calvillo construyó hace cuatro años un pequeño tejaban de madera y lámina con apenas dos mesas de plástico, ocho sillas y un asador de ladrillos y cemento donde prepara con leña su receta secreta; la cual, dice, "tiene propiedades curativas".

Don Calvillo también vende cepillos para impermeabilizar, escobillas y brochas que él mismo fabrica con "zacate" y madera. El desperdicio lo vende como estropajo para tallarse el cuerpo o fibras para lavar trastes. 
Escuché hablar del caldo de rata por dos policías que trabajan en donde yo trabajo. Se referían a él como "Caldo de Semillas del Ermitaño". Pero mi curiosidad por la peculiar sopa aumentó una tarde que cayó detenido un borrachín por andar orinando adentro de un cajero de Banorte. “Licenciado: usted nunca ha probado el caldo de rata, ¿verdad?”, me dijo entre balbuceos, mientras yo tomaba lista de sus pertenencias y las metía en una bolsa de plástico. En un principio pensé que me estaba bromeando, por lo que me limité a sonreír y le respondí que no, que nunca lo había probado. El hombre me dijo, tambaleante: “Se nota a leguas: perro no come perro”, y lanzó una mirada inquisitiva a uno de los oficiales de la barandilla, que ni se inmutó. Tomé sus palabras como un cumplido.

Después de una valoración médica y de la prueba de alcoholemia –ebriedad completa–, entre un compañero y yo cargamos al borrachín y lo metimos en una celda donde habíamos hecho un tendido con algunos cobertores. Acomodamos al hombre bocabajo y empezó a roncar. Durante la noche di varias vueltas por su celda para cerciorarme que estuviera bien. Durmió como león hasta el día siguiente.

Ya sobrio, el hombre quedó libre. Fue sólo una detención preventiva. Me dio cosa que nadie había ido a buscarlo o a preguntar por él. Mientras lo daban de baja del registro, le pregunté: “Oiga, don: ¿se acuerda que ayer me mencionó un caldo de rata?”. “Claro, mi Lic., si no andaba taaaaan borracho”, dijo sonriendo. “¿A poco lo quiere probar?”, y le dije que "sí" en un arranque anthonybourdainezco.

Yo iba saliendo de mi turno. Cuando le devolví sus pertenencias, me comentó que él vivía por el rumbo que daba a la carretera que conducía al caldo de rata, que si quería, podía guiarme. Le dije que a huevo. Todos se me quedaron viendo raro; no sé si por querer probar el caldo de rata o por darle ride al borrachín del día anterior. Subimos al coche y manejé  hacía las afueras del municipio.

Don Benigno, como se llamaba el-que-andaba-bien-crudo, se bajó en la esquina del panteón municipal. Con señas me explicó cómo tomar la carretera a Chupaderos del Indio y con cálculos mentales más o menos dedujo a qué altura estaba el tejaban del caldo de rata. "No tiene pierde: es el único que hay en la orilla de la carretera". Don Benigno me dio las gracias, nos dimos la mano y arranqué. Veinte minutos después, del lado izquierdo, me topé con el tejaban.
El caldo está bueno: lleva algunas verduras y especias, y a veces le ponen carne seca de víbora de cascabel "para hacerlo más potente". La carne de rata también está rica. No es nada del otro mundo. Es como el pollo "de patio" o el conejo. Quizás ligeramente más fuerte de sabor. Como que es más el prejuicio que se tiene al escuchar la palabra “rata”, por eso muchos se imaginan que van a comer algo asqueroso y mejor le sacan la vuelta. Citadinos al fin, relacionan al pobre roedor con la inmundicia y las enfermedades, pero por aquellos rumbos no hay drenajes ni desagües ni nada, y los pocos desperdicios que generan las personas, los queman. Las ratas se alimentan de granos, hierba, raíces e insectos; nada de qué asustarse (a menos que sean muy delicaditos y mamoncitos y les dé roña comer en un tejaban de madera y lámina con mesas y sillas de plástico).

El señor Calvillo sobrevive con lo que le da la tierra; con lo que puede conseguir en un ejido de no más de setenta habitantes; un poblado que es árido en verano y muy frío en invierno; una localidad donde sólo hay arbustos rastreros, tierra y uno que otro árbol bajo, donde no existe la electricidad, ni el agua ni el gas entubados, y, mucho menos, la señal del celular. Eso sí: no dudo que los cielos nocturnos sean todo un espectáculo.
  
Mientras desmenuzo una de las patas traseras de la rata de mi caldo –se sirven enteras–, pienso en lo que sucedería si algún día el progreso y la modernidad desmedidos alcanzaran esta parte del estado. Imagino cuando todo esté urbanizado, sepultado bajo el concreto; cuando los sándwiches rancios del Seven Eleven, los horrendos hot dogs del OXXO, las pizzas asquerosas del Mister Pizza y el pollo agusanado del Church´s hagan desaparecer con su "comodidad" y "rapidez" tan peculiar y exquisito platillo. Me preocupa que nadie con los recursos económicos o los puestos indicados en el gobierno haya pensado en fomentar la cría y reproducción de la rata de campo para preservarla como sustento de muchos, o como una opción "más sana" o menos grasosa de alimentación. Me preocupa que a nadie se le haya ocurrió hacer de este municipio –les sonará ridículo, pero: ¿por qué no?– La Capital Mundial de la Rata de Campo, y organizar el Festival Anual de la Rata de Campo, y que la gente la prepare de muchas formas: en mole verde, con chilaquiles, sobre láminas de jícama con miel de agave y huitlcoche, o en alguno de esos platillos mamones; y que vengan chefs famosos de todo México como jueces, y... ¡Imaginen los beneficios que eso atraería! Imaginen capacitar gente para preparar los campos, alimentar las ratas, reproducirlas, exportar su carne, venderla a los supermercados. ¡Uf!, cientos de posibilidades de crecimiento sustentable si tan sólo se pensara en armonía con el entorno y en beneficio de los más "jodidos".
Pero, por lo pronto, creo que don Francisco Calvillo y su ejido están mejor así, casi en el anonimato. 

Después de dos platos de caldo de rata, don Calvillo envolvió un camote en papel aluminio y lo puso sobre las brasas. “El postre se lo regalo”, me dijo. Estaba exquisito. Hasta una lata de "Lechera" para echarle a los camotes tenía el señor. Creo que fue lo más industrializado que vi.

La experiencia estuvo tan chingona que el fin de semana regresé con un amigo a comer caldo de rata. Esta vez don Francisco dejó a su hijo al mando del negocio y nos llevó a su casa, a media hora del tejaban, por un camino de terracería. Queríamos ratas crudas para asarlas en casa y el hombre sólo tenía en un pequeño refrigerador conectado a un generador, en un cuartito de madera a un lado de su casa. Nos vendió siete ratas y tres elotes por cien pesos. Fue todo un suceso. Cabe destacar que los riñoncitos del roedor son un manjar, snif.
Moraleja: no sean quisquillosos y prueben de todo.

lunes, diciembre 01, 2014

Regalos navideños

A petición de algunos lectores hice una producción limitada de dos estilos de playeras del Escuadrón Retro en algunos colores y tallas (blanca con mangas negras, verde claro, azul claro, anaranjado, verde "bandera" y amarillo). 

También tengo la última tanda de la primera edición del libro que publiqué el año pasado y que recopila 105 tiras cómicas de mis personajes; ya que, en el 2015, sacaré el segundo libro con material totalmente nuevo. ¡Espérenlo!
Si les interesa hacer un regalo -o hacérselo ustedes mismos-, mándenme un correo a guffo76@hotmail.com o déjenme un comentario.

LOS PRECIOS DE LOS PAQUETES YA INCLUYEN EL ENVÍO (¡Dios mío, Guffo se ha vuelto loco!). Playera: $100 pesos. Libro $100 pesos. Paquete de playera y libro: $180 pesos. Cada paquete trae regalillos. Y nomás por ser navidad -y porque soy bien buenas ondas-, los primeros diez pedidos pagados recibirán de obsequio la playera con el dibujo -de mi autoría- ganador del concurso "Ideas Verdes" de Ilustramesta 2014. 

Trae el logo de la CONACULTA y todo el rollo O_O
Los pedidos empiezan a partir de hoy y terminan el día 15 de diciembre.
Saludos. Buen inicio de semana.

jueves, noviembre 20, 2014

Esto que llaman ARTE

Llámenlo arte moderno, contemporáneo, posmoderno, minimalista o el calificativo que quieran endilgarle a eso que exhiben algunos museos y galerías, pero, la mayoría de las obras que representan estas corrientes, parecen más una tomadura de pelo.

Es bien triste saber que hay un montón de personas talentosas que, por ejemplo, andan mendigando que les paguen lo justo por unos dibujos que hicieron para una agencia de publicidad, mientras otros huevones irresponsables sin talento acaparan los reflectores y exposiciones más importantes del país -y del extranjero- con sus mamarrachadas sobrevaloradas (¡hola, Gabriel Orozco!).

"Habría que definir lo que es el talento, Guffo", dirán algunos mamertos, o: "Habrá que definir qué es arte", dirán otros más mamertos, pero la neta me da mucha hueva entrar en ese terreno tan truculento porque creo que es precisamente el lugar común al que recurren los carentes de capacidad creativa para defender "su trabajo". Recurrir al "Es que habrá que definir qué es arte" es hacerse pendejo. Es como no saber qué es obrar bien y qué, obrar mal. El arte no es un dilema. No creo que sea algo moral o inmoral; tampoco algo relativo o que dependa por dónde se le vea o el contexto en el que se encuentre. Un basurero no se convierte en arte nomás porque a algún chiflado se le ocurrió ponerlo en un museo. El arte es arte dentro y fuera de ese sagrado recinto.

¿Definir "arte"? ¡Qué hueva! Aparte, no soy el indicado porque no soy experto en payasadas. Mejor les recomiendo que lean a Avelina Lésper para que ella misma los instruya y aprendan a diferenciar entre un verdadero artista y un mamarracho caprichoso sin talento que cree ser artista; léanla para que no caigan en el chantajito ese de: "Habría que definir lo que es el arte porque, si no, todo puede ser arte y nada puede serlo", o el típico: "Es que tú no entiendes de arte".

Pero bueno, les comento esto porque he ido a unas cuantas exposiciones "de arte" últimamente y, oh, mi Dios: qué horror.

Pasemos a analizar algunas obras que de seguro no entendí por ser un ignorante. La primera es un ropero. Sí: un ropero.
Aaaah, pero el ropero tiene patas. Uuuuy, sí, es un ropero con patas... sí, uy, qué gracioso; sí, uy, muy novedoso y digno de ponerse en un parque temático de Disney donde los muebles cobran vida. Pero, ¿y luego?...

"Es que tú no entiendes de arte, Guffo; es muy fácil criticar cuando no sabes de arte y cuando no haces arte y cuando no arriesgas nada y cuando...". 

Sí, tábueno.

Sigamos con la siguiente pieza.
Sí, es una cabeza de peluche que parece Falcor, el dragón de La historia sin fin, pero travestido como reina del carnaval de la verdolaga. Es arte porque... este... mmmmm... pues está en un mueso y mmmh, pues... ¡me rindo! No sé qué chingados...

"Pues sí, Guffo, pero eso a lo que llamaste Falcor travesti llamó tu atención; la obra hizo que te detuvieras a contemplarla y le tomaras una foto; provocó algo en ti, y ésa es la intención del arte; por lo tanto, esto es arte".

Eeeeh... O-okey...

En la siguiente imagen podemos apreciar unos trapos colgados en la pared, una redes y uno palos acomodados de forma extraña, como formando una casita y otros que parecen una escalera.
De seguro, como soy un ignorante que no entiende el trasfondo político/social/cultural de esta obra, la critico. Pero como no me gusta criticar sólo por criticar, sino también proponer, propongo como artista prometedor al vagabundo que habla solo y pide limosna en el crucero de por mi casa; ese señor todo chamagoso que duerme en una construcción abandonada donde cuelga sus trapos en clavos, igualito que el autor de esta obra. Además, el señor este también amontona de forma extraña la leña que corta en los lotes baldíos aledaños para no pasar frío en las noches. En serio que deberían de llevarlo a exponer en la galería más chic de Miami o, incluso, al Louvre, porque neta que está a la altura de este artista.

"Ay, Guffo, qué ardido eres. Si es tan fácil hacer eso, ¿por qué tú no lo haces?" 

Simple: no lo hago porque no quiero ser un farsante (y porque no soy un vagabundo que habla solo, pide limosna en un crucero y vive en una construcción abandonada).
Prosigamos.

Confieso que cuando llegué a esta parte del museo pensé que le estaban haciendo alguna reparación o remodelación al recinto. Supuse que lo que tenía enfrente era un pedazo de techo de plafones que colocarían en la galería debido a las goteras o qué sé yo; pero, al voltear hacia arriba y no ver trabajadores ni nada, me di cuenta que esa cosa colgante era la obra de arte. Sí. Esto: 


¿Cómo lo ven? ¿O acaso estoy loco y en donde no veo más que una estructura plana, ustedes ven una obra de arte digna de una bienal de FEMSA? Díganme la neta, si en verdad estoy loco, lo aceptaré.
Por cierto: puse unas repisas yo solito en una pared de mi casa, ¿no le interesará a alguna galería de arte o museo exponerlas? 

Esto que sigue es un recorte o algo que se supone debería de impresionarnos... Ooooooooh...
Y por último, esto... La gran mamada. La mamadototototota:


¿Que qué es? Bueno, queridos lectores, esto que ven aquí es un digno representante del arte moderno. Quienes saben de arte creen que esta ¿cosa? merece un espacio en los museos, y, pues, ¿quién es uno para andarlos contradiciendo? Si se fijan, hasta rayitas negras tiene delimitándolo para que no se pase la gente, uuuy... ¡Y no se les ocurra usar flash en su cámara porque se gasta con el destello la chingadera esta!
Esto se supone que es un rollo hecho con los periódicos recopilados en todo un año. Órale... Y de seguro tampoco lo entiendo porque es arte moderno y yo ya no soy moderno.
Lo más curioso es que si cualquier mortal decidiera hacer algo así en su casa, no sería otra cosa más que un pobre loquito con algún trastorno obsesivo compulsivo, o uno de esos enfermos que acumulan cosas y son exhibidos en el Discovery Channel para nuestro morbo.

Aaaay, el arte, snif.

miércoles, noviembre 12, 2014

Desaparecido (literalmente)

Hernán se orinó cuando escuchó que lo iban a desaparecer. Su mente imaginó mil formas de morir –quemado, ahogado, decapitado vivo–, pero nunca le pasó por la mente lo que le harían.

Lo pusieron de rodillas y de un manotazo le quitaron el costal de yute que le cubría la cabeza. La luz de la mañana lo cegó. Una voz cavernosa le dijo que no volteara hacia atrás, mientras el frío metálico de una pistola le trepaba por la nuca.

La voz le dijo que contara hasta el número cincuenta, y que después se pusiera de pie y corriera hacia los columpios oxidados que estaban al fondo del parque.

Hernán empezó a contar. “¡Más fuerte!”, le ordenó la voz cavernosa. “¡UNO! ¡DOS! ¡TRES!...”. Entre más se acercaba al número cincuenta, más se le quebraba la voz. “¡T…treinnn…nnnta…ytttrrr…es…es…”. 

En el número cuarenta y ocho, Hernán dijo: “¡Por favor no me maten!”, pero nadie respondió. “¡No me maten, por favor!”, suplicó.

Terminó de contar: “Cuarent…t…t…a y nu…nu…nnnueve… ¡Cincuen…nnn…nta!”.

Silencio...

De pronto sintió la grava calándole bajo las rodillas y percibió el penetrante olor a orina y sudor de varios días mezclados con el aroma de la hierba mojada. El trino de los pájaros en las copas de los árboles lo sacó de golpe del trance en el que se encontraba inmerso.

Se puso de pie y corrió lo más rápido que pudo hacia los columpios que le habían indicado. Gritaba: “¡NO ME MATEN!”, mientras se cubría la nuca con las manos. En el fondo esperaba que el balazo fuera certero y acabara con su vida de manera instantánea, para evitar la agonía de desangrarse.

Hernán llegó a los columpios. Se sostuvo con las dos manos en uno de los postes descarapelados. Lloraba y se atragantaba con sus mocos y lágrimas cada que intentaba jalar aire. Y esperó lo peor.

Las autoridades estatales encontraron a Hernán al día siguiente en casa de Doña Chabelita, una conocida mujer que vendía tortillas de harina en un pequeño tejaban. Hernán había llegado ahí pidiendo auxilio y un teléfono. Uno de los vecinos de Doña Chabelita fue quien le proporcionó un viejo celular.

De regreso en casa de sus padres, Hernán se enteró que no habían pagado rescate alguno por su liberación porque nadie había exigido un rescate. Se enteró también que lo habían soltado al tercer día, que no tenían idea de quiénes habían sido los culpables ni el motivo de su secuestro, como tampoco el motivo de que lo hubieran liberado así porque sí.

Cuando se sintió un poco mejor, Hernán decidió, por seguridad, cambiar las contraseñas y hacer privadas sus cuentas personales: Facebook, Twitter, Instagram, Tinder, su cuenta secreta de Facebook y hasta su antigua cuenta de Blogger. Para su sorpresa, ya ninguna de ellas existía.

Hernán recordó cuando se orinó encima al escuchar que lo iban a desaparecer. Habían cumplido su amenaza.

lunes, noviembre 03, 2014

¿Quieres ser mi chambelán? (segunda parte)

Foto de Sergio Ruiz
Como les platicaba en la entrada anterior, siempre me negué a ser chambelán. Tenía -y sigo teniendo- pánico escénico y no sabía -y sigo sin saber- bailar.

De hecho, he de confesar que tanto me angustiaba pensar que alguien pudiera invitarme como chambelán, que me volví loco cuando me di cuenta que tarde o temprano mis hermanas llegarían a esa ridícula edad, y, ahí sí, aunque no quisiera, iba a tener que bailar con ellas mínimo un vals, ante la mirada burlona y juzgadora de los ahí presentes, que de seguro pensarían: "Se negó tanto a ser chambelán que Dios por fin lo castigó. Eso se llama karma instantáneo bla bla bla"; porque ya saben cómo es esta sociedad regia de cruel y ranchera. Pero bueno. Les decía que en verdad se convirtió en un martirio pensar que ese día llegaría. Con decirles que todas las noches me despertaba gritando: "¡NOOOOOOOOOO!", y luego me ponía a rezar para que eso de ser chambelán de mis carnalas no sucediera.
Total que para mi muy buen suerte -y la muy mala suerte de mis hermanas- ninguna de las dos tuvo fiesta de quinceaños; al menos no con bailable y esas ridiculeces. Y fue así que otra vez me salvé de la humillación pública, snif.

Creo que en mi vida sólo he querido ir a un quinceaños; curiosamente, a uno al que no fui requerido como chambelán.
Fue la fiesta de una amiga cuyo padre trabajaba en el mundillo del espectáculo. Su fiesta sería en la disco más nice de aquella época y, aparte, ¡tocaría en vivo el grupo Maná! (no se desmayen de la emoción, por favor, que aún no termino mi relato... ¡y no estén chingando con que de seguro esto sucedió hace tanto tiempo que Maná todavía se llamaba Sombrero Verde!, snif).

Total que así fue, mis muy estimados lectores: fui a un quinceaños en el que Maná tocó; aquel Maná famosísimo y ecologiquísimo de ¿Dónde jugarán los niños?, que, aunque no te gustara, terminabas aprendiéndote al menos la de Me Vale porque a todas pinches horas la pasaban en el radio y en la tele. Me acuerdo que en la fiesta el mamón del Fher -Fher el de Maná- hizo un intermedio en su concierto privado para pasar a mi amiga al frente del escenario, felicitarla de parte del grupo y regalarle un bonsái... sí, un bonsái; porque ya saben: "su onda ecológica"... Ay, pinche Fher tan mamón y tacaño.

Años después esta misma amiga me invitó a su boda, a la que fue Raul Di Blasio, Armando Manzanero y José José. Sí, yo sé que odio ir a bodas sean de quien sea, pero a ésta fui con gusto; no porque sea yo muy fan de esos artistas, sino porque quería tener algo que me sirviera a futuro para presumirle a los Godínez y demás simples mortales cuando se pusieran muy locos con sus presunciones comunes y corrientes. ¡Pos estos! ¡Si no somos iguales!
Recuerdo que esa noche un amigo llegó a la mesa con cara de orgasmo porque se había topado al Príncipe de la Canción en el baño y había orinado al lado de él y, pues... chido por él.

Pero volviendo a lo de los quinceaños, en especial recuerdo uno. A éste no quería ir porque no iban a ir mis amigos, pero mis papás me llevaron a la de a huevo porque era la pachanga de una prima "de cariño"; ya saben: esas hijas o hijos de compadres de nuestros padres que no son parientes pero nos relacionamos de cierta forma con ellos que son "casi casi" como de la familia. Yo tendría unos 13 ó 14 años y estaba en un enorme salón del Club Palestino Libanés sentado en una mesa con otros primos "de cariño", metido en un traje azul marino que me quedaba como le quedaban los trajes a Clavillazo, snif.

Y fue entonces que comenzó la pesadilla, pues tía "de cariño" que pasaba por la mesa, tía que decía: “¡Ándenles, no sean rancheros: saquen a bailar a las chavas!”. Ya saben cómo son las pinches tías de cagaleras. Así estuvieron chingue y chingue durante toda la fiesta, hasta que un primo de mi edad, que se sintió muy chingoncito, se puso de pie y fue a Las Mesas de las Chavas y las empezó a invitar a bailar. Está de más decir que a mi primo el traje le quedaba como a Resortes le quedaban los trajes, y que todas y cada una de las niñas lo mandaron al carajo. Ninguna aceptó bailar con él, snif. El wey regresó todo derrotado a sentarse en La Mesa de los Primos ignorando las risitas burlonas y muecas de asco de algunas adolescentes.

De pronto apareció en la mesa mi papá con otros tíos. Habían ido a "consolar" al galán frustrado. Nos echaron un rollo de que "al menos él lo había intentado" y que "nos había puesto el ejemplo a todos" y ese tipo de mamadas.
Yo pensé: "Eeeemmm... no: mi primo no es un héroe; más bien quedó como un pobre pendejo por doblegarse ante la presión social". Y más como pendejo quedó cuando una tía gorda se acercó efusiva a felicitarlo por su valentía y, de premio, lo sacó a bailar. ¡Wooow! ¡Qué gran premio! ¡Dios es grande! ¡Dios premia a quien lo intenta! ¡Wooow! ¡Qué gran lección!

Y creo que fue ahí en donde me cayó el veinte. No es que yo fuera del todo inseguro, lo que pasaba era que simplemente no soportaba esos eventos de música, baile y amontonaderos, pero iba por mis amigos o por mis papás o por "tratar de ser normal". Pero en verdad me parecían -y me siguen pareciendo- ociosos, sin sentido y aburridos. No quería demostrarle nada a nadie; no quería validarme ante nadie; no quería competir con nadie ni me importaba bailar con la más guapa o bailar con muchas ni me interesaba encajar en el "ambiente normal" de los chavos y chavas de mi edad. Me valía verga, en pocas palabras; y fue entonces que empecé a ser más honesto conmigo mismo: a la chingada todo eso que no quería hacer por el simple gusto de hacerlo; a la fregada todo aquello que no quería hacer de corazón.

Tampoco quedé muy convencido de "la enseñanza" de aquella anécdota del primo al que todas le dijeron que no. Me cagaba la interpretación que la mayoría le daba a esa supuesta lección de vida. Me parecía muy cursi, por lo que preferí ver el lado poético del perdedor; la nobleza que conllevan sus actos como un proceso de crecimiento interno, no la bazofia motivacional que pretendían vendernos. Pero bueno...

Tenía 20 años cuando fui a mi última fiesta de quince años, después de mucho tiempo sin asistir a una. Una niña de 15 que estaba enamorada de mí me invitó como su acompañante. Ahí me confesó que desde que tenía 7 años yo le gustaba. Cabe aclarar que por una u otra cosa, entre ella y yo nunca hubo nada, snif.