miércoles, mayo 16, 2012

Abajo, un riachuelo se pierde entre los matorrales. Adentro, los pasajeros comienzan a impacientarse. Han dejado de lado lo que iban leyendo o han desprendido la mirada de sus reproductores de música. Ahora todos ven hacia el frente del vagón, buscando una respuesta.

Yo observo por encima del hombro el pequeño río que cruza por debajo de las vigas metálicas del puente. Corre con calma entre dos avenidas principales de la ciudad. Los arbustos que lo bordean ondulan con el viento y los coches circulan en la misma dirección que lleva el agua.  

Nadie más mira hacia afuera. Están más preocupados buscando una explicación.

La respuesta les llega a medias. Proviene de las bocinas del vagón: una voz pide disculpas por “los inconvenientes”, pero no especifica cuál es el problema ni la razón por la que nos detuvimos. La voz dice que tardarán diez minutos en “arreglarlo”, y se vuelve a disculpar por la molestia ocasionada.

Apenas se calla la voz de los altoparlantes y se escucha una carcajada en el otro extremo del coche. Un hombre de cabello y barba muy largos no para de reír. Viste con harapos y calza solamente un zapato roto. Se desprende de un salto del asiento y camina como si cojeara por el centro del vagón. Va carcajeándose y señalando a cada pasajero con su mano mugrienta.

Las personas se echan hacia atrás con repulsión. Algunos no pueden disimular el horror en sus rostros y prefieren fingir que miran hacia otro lado. El hombre se acerca cada vez más a mí.

Ya ha señalado y se ha reído de la mujer rubia de lentes de pasta gruesa, del hombre calvo con rasgos de medio oriente que carga bolsas de comida y del hombre de saco y corbata que parece un ejecutivo.

Me giro hacia el otro lado y observo el riachuelo. La pestilencia del hombre me llega de un golpe. De pronto, todo es silencio. Siento un escalofrío en el estómago, como si una bolsa de agua fría se me hubiera roto adentro. Vuelvo la mirada al interior del vagón y la poso en el rostro del vagabundo, esperando su carcajada. Pero ni siquiera me está viendo. Tampoco me apunta con el dedo como lo hizo con los demás. Ve a través de la ventana. A lo lejos. Hacia donde se pierde el río. Su rostro se transforma. No es el rostro del demente que mostraba los dientes amarillos y podridos mientras se burlaba de los pasajeros.

El hombre sacude la cabeza, como si acabara de salir de un trance hipnótico. Su olor a orines no deja de martillarme la nariz. En eso, baja la mirada, me ve a los ojos, me señala con el dedo y me hace un guiño. La cara se le transforma de nuevo en la de un loco, se da la media vuelta y, entonces, rompe en carcajadas.

Se siente un tirón. El tren avanza. El hombre se sostiene de un tubo que va del piso al techo. No para de reír. Los pasajeros vuelven a sus lecturas, quienes escuchan música miran las pantallas de sus reproductores y otros se ponen de pie y se acercan a la salida. Yo observo el riachuelo, que se va quedando atrás y desaparece cuando entramos en un túnel y llegamos a la siguiente estación.

Las puertas se abren. El indigente ríe con más fuerza. Señala a todos los presentes -ahora con ambas manos- y sale del vagón. Se para del otro lado de la ventana que tengo enfrente, en silencio. Me observa otra vez con esa cara de cordura. Me señala con el índice, sube la mano despacio y se pone el dedo en la boca, como si quisiera que le guardara un secreto. Su secreto. El tren avanza y el hombre se pierde a los lejos, como se perdió el riachuelo.

9 comentarios:

Fernando Gil dijo...

Damn weird!

Anónimo dijo...

los aztecas veian a la locura como divinidad.........

Palo dijo...

Que no era el simpatías? Saludos viejo.

Anónimo dijo...

chingon, simplemente:
mejor imposible!!
saludos!!!!

Àngello dijo...

creo que si le entendi..... saludos compadre.

BlancheWorld dijo...

Que anecdota tan rara, pero extraordinaria. Acaso perciben los 'dementes' algo que no vemos la gente 'normal'?.. No dejes de escribir nunca. Un abrazo desde el calurosisimo Mexicali...

Anónimo dijo...

cinco a uno a que el guffo termina viviendo un romance idilico con la mama frateli y asi y solo asi se le va a quitar esa pinche neurosis que trae.......

quien me apuesta ????

va a terminar en una cabaña canadiense con la mama frateli dandole cariñitos y el guffo feliz de la vida pintandola desnuda rodeada de aguacates.......

polvo de estrella dijo...

Bienvenido a Toronto con sus personajes de ficcion que son mas reales que lo ficticio y acartonado de lo cotidiano

Anónimo dijo...

Un cuento corto de Galeano.

http://eduardogaleano.org/2011/11/01/ellos-venian-desde-lejos/