viernes, octubre 21, 2016

De animales encerrados y sentimientos encontrados

De niño visité muchos zoológicos gracias a que mi papá trabajó en el zoo que había en el Parque España de la ciudad de Monterrey, lo que le permitía viajar -y llevarme con él- a varios parques y safaris de diferentes partes del país.

Confieso que siempre he tenido sentimientos encontrados con zoológicos y acuarios. Por un lado me parece que sin estos espacios sería imposible para el humano común sensibilizarse, conocer y admirar muchas especies. Por el otro, me parece cruel sacar a los animales de su hábitat natural -incluso si es "para su estudio y conservación"-; por eso digo que, irónicamente, estos lugares "sensibilizan".
Sigo "disfrutando" de ir a zoológicos y acuarios, aunque siempre entro y salgo de ellos con una bola de sentimientos agridulces. Antes de visitar alguno de estos llamados "santuarios", primero trato de informarme un poco sobre sus políticas, programas de conservación, rescate y rehabilitación de animales maltratados, etc.; aunque por más interesantes y serios que estos programas puedan resultar, no dejo de sentirme un poco triste al ver animales tras un enrejado o vidrio, por más grande que sea su jaula. Sí, lo se: es casi casi tan contradictorio como ir a corridas de toros odiándolas, snif.
Ayer visité el Acuario Nacional de Baltimore. Había leído mucho sobre él y tenía curiosidad de conocerlo. Y sí, me pareció muy bonito y muy interesantes sus programas de conservación, investigación y concientización, sobre todo en una ciudad que hace algunos años estuvo sumergida en una vorágine de crimen, drogas y desempleo (aunque no se ha librado del todo). 
Pero hubo algo que me gustó aún más: guías, guardias, recepcionistas, cajeros y la mayoría de los empleados de este lugar eran hombres y mujeres de arriba de 70 años de edad. Esto me pareció genial. Me dio mucho gusto- tanto como ver a "cerillos" octogenarios en los Sorianas- y se diluyó un poco ese remolino de emociones encontradas. 
Total que en la parte del edificio que emula la selva del Amazonas, un anciano con dos aparatos auditivos se nos acercó, me tocó en el hombro y señaló tembloroso hacia la rama de un árbol. Había un perezoso colgado. Nos explicó que lo tres que vivían ahí los había donado un institución guatemalteca. Luego nos preguntó que de dónde los visitábamos y nos platicó de su último viaje a Costa Rica con su esposa, y de lo mucho que les había gustado ese país. Nos platicó de sus amigables políticas de migración -las cuales desconocía- y del respeto que tienen por el medio ambiente (eso sí lo sabía). Al final, el hombre nos dijo a manera de susurro: "Los Estados Unidos deberían de aprender mucho de ese país". Fue refrescante para mi interior escuchar eso. Al despedirnos, el hombre me extendió la mano temblorosa y le dije: "¿Hillary o Trump?". Hizo una trompetilla con la boca, sacó la lengua como si tuviera un ataque de nauseas y agitó la mano. Reí, y seguimos con el recorrido. 

Hacía mucho que no salía con un buen sabor de boca de uno de estos lugares. Sí, a veces -o casi siempre- me preocupo más por los animales que por los humanos; y tal parece que en el Acuario Nacional de Baltimore se preocupan en serio por ambos.

2 comentarios:

Karlos F. dijo...

Ah que chingona crónica, realmente transmitiste el sentimiento.

Saludos...

Alexander Strauffon dijo...

Muy buen tour el que te aventaste. Lo de la reacción del anciano ante la pregunta sobre Hillary o Trump fue genial.