martes, julio 30, 2013

Renuncia

Se cumplieron dos semanas desde que renuncié al periódico local en el que trabajé como caricaturista político –y columnista esporádico– durante quince años.

Entré a trabajar ahí en abril de 1998. Tenía 21 años y medio. Una compañera de la carrera de Ciencias de la Comunicación era novia del hijo del dueño, con quien terminó casándose un lustro después. Un día,  en el receso entre clase y clase, mi amiga me comentó que su suegro andaba buscando un caricaturista para la sección editorial del periódico. Me pasó una dirección, fui a entrevistarme y al día siguiente me contrataron.

Yo ya había trabajado como cartonista político un año antes en El Porvenir –el rotativo más antiguo de la ciudad; que me pagaba una baba– y llevaba seis meses haciendo tiras cómicas para las ediciones juveniles del periódico El Norte, de Grupo Reforma (ya saben que un trabajo nunca es suficiente para "los artistas"); aparte, salía los martes haciendo caricatura deportiva en un programa de fútbol en el Canal 2 de Monterrey, donde nunca me pagaron ni un cinco argumentando que “me daban proyección” y “conocía gente famosa”. Culeros.

Viendo hacia atrás, en los quince años que duré en este diario, no pasó ni fu ni fa. Me refiero a que la gente conoció más lo que escribo y dibujo por medio de mi blog y mi cuenta de Twitter que por este periódico. Pero bueno.

La razón de mi renuncia fue que en dicha publicación nunca –nunca– me pagaban a tiempo, y eso me parece una falta de respeto, pues yo siempre entregué mi trabajo a tiempo. Duré quince años aguantando pagos atrasados y frases como: “Ponte la camiseta”, “No hay lana”, “No nos han pagado los anunciantes”, "No nos han pagado las maquilas", “Aguántanos a la otra quincena, que al cabo tú eres soltero y no tienes hijos”. Esta última frase me encabronaba tanto que me hacía desear poner una bomba en las instalaciones.

Ir a cobrar siempre fue algo indignante. Casi casi como si fuera a pedir algo que no era mío. Sentía un nudo en la garganta y un ardor en la panza cada que me decían: “No hay dinero”, y veía al dueño del lugar llegando en una camioneta Porsche Cayenne de modelo reciente o en el Mercedes Benz más lujoso que existe.

Ir a cobrar era tan doloroso como una patada en los huevos, que se sumaba a la patada que me daban cada quincena en el culo. Y me aguantaba por amor al arte, por ver mi trabajo publicado en papel, por los pocos correos que recibía de gente a la que le gustaba lo que hacía, por “traer la camiseta bien puesta”… Mamadas con las que nomás uno se compromete porque con quien uno se compromete es con uno mismo y con lo que le gusta hacer, pero eso al resto del mundo le importa un carajo.

Todavía hace un año me bajaron el sueldo. Me dijeron que "las cosas andaban mal", que "me pusiera las pilas", que trabajara más, que mandara más escritos, que dibujara más caricaturas, que tuviera un programa on line –porque le estaban apostando a la “televisión digital”–; y lo hice, ah, pero eso sí: sin recibir más dinero por ello, y, aparte, reteniéndome las quincenas.

Y pues a la verga. Troné como Ned Flanders en el capítulo de Los Simpson donde un tornado destruye su casa y manda a todos sus vecinirijillos a la chingada. Todo se me acumuló. Sobre todo recordaba los cuatro meses que no me pagaron estando yo en Toronto, pariendo chayotes sin dinero, diciéndole a la rentera que me diera chance unos días para poder pagarle y pidiéndole prestado a mis padres; todo esto mientras el director general y propietario del diario vacacionaba tres semanas en Dubai con toda su familia.

Qué poca madre, en serio; pero no pueden decir que la paciencia no es una de “mis virtudes”. Aguanté un chingo. Y no, no lo digo para que me lo agradezcan. El pendejo fui yo, por "paciente".

El martes de mi renuncia pedí que me devolvieran los recibos de honorarios de cuatro quincenas ya trabajadas. El contador de la empresa –no sé si fingiendo o en verdad empático– me dijo que era un trabajo que ya estaba hecho, que tenían la obligación de pagarme; pero neta que ya no quería saber nada de nada. Sentí que ya no podía humillarme más. Tenía que renunciar por pura pinche dignidad, y le dije que no quería que me pagaran, que simplemente me devolviera mis recibos para cancelarlos. No soportaría ir a rogar para que me pagaran lo que me quedaron a deber. Si no entienden que el trabajo es un intercambio, un trato, un servicio que se paga los días acordados aunque “seas soltero y no tengas hijos“, pues es su pedo. Tal vez ellos necesiten el dinero más que yo. Y me fui sin despedirme de nadie, sin dar las gracias (¿de qué?) y simplemente dejé de mandar mi trabajo. Y en dos semanas ni el dueño, ni el editor, ni nadie de los que fueron mis compañeros me han buscado. 

Yo ya no juego su juego. Me enferma, a pesar de que era un trabajo que me fascinaba, pero si no lo valoran, pues a la verga. Si son decentes me van a llamar o a mandar un email para decirme que pase a recoger el adeudo que quedó pendiente; si no, no hay pex: sé que como quiera dormirán con la consciencia tranquila. Así es esa gente de valeverga. A mí no me resulta ser como ellos. A veces tampoco me resulta ser como yo, pero me gusta más ser como yo que como ellos, aunque en una sociedad como esta casi siempre salga bailando con la más fea, transado, jodido, burlado, pisoteado, trepado. No me importa. Me siento tranquilo. Me aíslo un poco. El aislamiento es bueno. Dejas de rodearte de culeros y de ambientes pestilentes. Dejas de jugar el juego de los ojetes y los ojetes dejan de jugar contigo. Y no, no es victimizarme, sólo digo que no soy como ellos y prefiero mantenerlos lejos de mí.

Y, si un consejo puedo darles, es que no se pongan la camiseta de ninguna empresa, a menos que ésta se las proporcione o tengan mucha necesidad.  Porque acá era: “Ponte la camiseta, pero págala tú y, cuando yo quiera, te la quito”. No. A la chingada. Tengan dignidad, no tengan necesidades que los hagan perderla. Los negocios no contratan gente digna, contratan a necesitados, a lamehuevos, a los mejores y más obedientes esclavos, a los agachones. Yo fui un agachón durante quince años y, cuando me armé de huevos, ya no les serví.

En fin. Ellos se lo pierden.

lunes, julio 29, 2013

La niña rayada

Fui a desayunar a unos tacos a los que voy esporádicamente desde hace más de diez años. Dejé de ir un tiempo porque la señora que atendía –la dueña- era demasiado platicadora y fastidiosa, hasta que hace poco me enteré que la doña abrió otro puesto lejos del rumbo y que su hijo se había quedado a atender ese negocio. “Ojalá que el hijo no resulte igual de fastidioso que su jefa”, pensé, y me monté en la bicicleta.

Al llegar pedí cinco de frijoles con papa. “¿Refresco?”, me preguntó el hijo de la señora. “Si tienes agua, te pido agua, por favor”, y me senté. En eso salió una niña de unos cinco o seis años de una puerta con tela mosquitera. Cargaba un bote con agua. Le di las gracias, le sonreí y le acaricié el cabello cuando me lo entregó. Su papá le gritó desde la parrilla: “¿Cómo se dice, Abril?”. “Ponada, señor. ¿Quere otacosha?”, me dijo. “Nada, Abril, muchas gracias”.

Terminé de desayunar y me puse de pie para pagar. Abril llegó a mi mesa de la mano de su padre con una bandejita de color negro y el ticket en la otra mano. “¡Gracias, Abril!”. Pagué la cuenta y le di unas monedas de más. “Qué bonita estás, Abril”, le dije. El papá se agachó, le murmulló algo al oído y la niña me dijo:

-Deja tú lo monita: ¡lo Rayada!

Y el corazón se me quebró :(

¡¿Por qué lo hacen, pinches papás nacos?¡ ¿Por qué quieren hacer a sus hijas reguetoneras desde chiquitas? ¿Por qué les transmiten sus traumas?, ¿por qué les meten ideas idiotas?, ¿por qué las enajenan desde pequeñas?, ¿por qué matan su inocencia?, ¿por qué las enemistan desde esa edad con gente que ni conocen? ¿Por quéee, pinches padres nacos?... ¡Púdranse en el infierno, culeros!
.
Abril: tú no tienes la culpa, pequeña, Te tocó un papá muy menso. Mejor suerte en tu otra vida. 

lunes, julio 22, 2013

El hombre es el hombre del hombre

Hay fiesta en el pueblo donde trabajo: abrieron un S Mart

Antes de la hora de la comida decido darme una escapada y unirme al jolgorio, pues el nuevo supermercado queda casi enfrente de mi oficina. 

La diferencia que tiene este centro comercial con el Soriana, el Aurrera y el Merco que existen desde administraciones pasadas es que éste abre 24 horas y cuenta con un área de comidas preparadas; obviamente con sazón más pinche y peor servicio que cualquier S Mart de Monterrey.

Imagino que La Empresa cree que la gente de este pueblo –en su mayoría de clase baja y media baja, con estudios truncos hasta primaria o secundaria- no merece lo que hay en Monterrey; o que tal vez no tienen la capacidad de exigir algo mejor porque ni siquiera pueden notar la diferencia.

Para mi sorpresa, las filas de las cajas son largas. También muy lentas, pero esto no me sorprende. El área de la comida preparada está atiborrada de gente. Hay algunas mesas vacías, pero lo están porque tienen montañas de basura sobre ellas: refrescos derramados, vasos de nieve derritiéndose, orillas de pizza, servilletas arrugadas… Un mugrero.

Noto que a algunas familias no les queda de otra mas que poner los desperdicios en el piso para poder sentarse. Nadie del personal del supermercado levanta la basura del suelo ni de las mesas. 

Pienso que a mucha gente las cosas no le duran nada. A veces no las cuidan ni siendo suyas. Si ven algo limpio no pueden dejarlo igual. Tienen una fijación por la mugre, por lo roto, por lo parchado; por dejar su huella; por marcar su territorio. No tienen inconveniente en pasearse entre basureros creyendo que alguien más recogerá los desperdicios o estos desaparecerán por arte de magia. 

Borro de mi vista la estructura del centro comercial y me imagino al aire libre, en un paraje natural; con árboles y riachuelos. Apuesto a que mi visión no duraría ni un día si fuera real. 

Puede ser que debido a las carencias –de todo tipo- de los pobladores de este lugar, las cosas sean así. Pero a veces creo que no importa la educación ni el nivel socioeconómico ni las oportunidades. El hombre pasó de ser lobo a hombre del hombre. El depredador de su entorno. Con diferencias mínimas entre millonarios y pobres. El primero destruye y ensucia tanto como el otro, sólo que el millonario tiene la capacidad de esconder su basura, de pagar por que se la lleven lejos; el pobre no. El jodido, por lo general, recibe los residuos -de todo tipo, incluso emocionales y espirituales- de los pudientes, y se acostumbra a vivir entre ellos porque la mayoría de las veces no le queda de otra. 

Mientras camino de regreso a la oficina por el amplio estacionamiento del centro comercial, me pregunto cuándo será la próxima fiesta en el pueblo. Tal vez cuando llegue el HEB. O el WalMart.

martes, julio 16, 2013

A mes y medio del primer volumen del Escuadrón Retro

¡¡¡Aviso!!! Ya funciona el botón de PayPal para los que quieran hacer pedidos del libro del Escuadrón Retro desde Estados Unidos (18 dólares), Centroamérica y Sudamérica (23 dólares) y Europa (25 dólares). Estas cantidades incluyen un libro autografiado y el envío. El botón de PayPal es amarillo, está en la casi-casi parte superior derecha de mi blog -abajo de la foto donde tengo un libro en la mano- y dice "Comprar ahora".
Si viven en México, el libro les cuesta $120 pesos (10 dólares si es por PayPal) con el envío ya incluido, y también va dedicado, autografiado y garabateado de mi puño y letra. El paquete lo mando por Sepomex, tarda de 6 a 10 días en llegar y va con número de guía, para que no se pierda.

Escríbanme a guffo76@hotmail.com por si tienen alguna duda, o depositen en la cuenta 0106819211 de Banorte, o hagan una transferencia con la CLABE 072 580 00106819211 9 a nombre de Gustavo Fernando Caballero Talavera. Una vez hecho el depósito, mándenme sus datos al correo, para enviarles el paquete.

Pero si les caga PayPal y las instituciones bancarias, pueden comprarlo en las tiendas ComicastleFantástico de Monterrey, Querétaro, Guadalajara y D.F.

¡Muchas gracias a todos los que lo han adquirido! Un abrazo.

martes, julio 09, 2013

El billar de He-Man

En algún momento de nuestra vida los hombres soñamos con ser jugadores profesionales de billar. A mí me sucedió durante la prepa y parte de la carrera. 

En aquel tiempo había tantos billares en la ciudad de Monterrey como ahora hay casinos y muertos. El Atlantis, el Moritas, el Bola Ocho, el Tucanes, el ¡Carambolas!, el Robin Hood y el Xanadú –por mencionar sólo algunos– fueron salas de billar que alguna vez visité con mis compas; pero al que iba casi a diario –por estar cerca de casa de mis padres– se llamaba Señor Pool. 

El Señor Pool era un pequeño local en un segundo piso –arriba de una tienda Supercolchones– sobre la calle lateral de Avenida Paseo de los Leones. No era un billar de mala muerte, pero tampoco era La Elegancia y El Buen Gusto atrapados entre cuatro paredes. Había cinco mesas para jugar: una de ellas con el paño rojo (ahí fue la primera vez que vi una mesa de billar con el paño rojo) y una barra de madera al centro con algunos bancos para sentarse, que casi siempre estorbaban para hacer los tiros. También se podía jugar a lanzar los dardos en un tablero circular de esponja y corcho que colgaba de una pared llena de agujeros. Detrás de la barra sólo se vendían refrescos en botella de vidrio, cerveza y bolsas de frituras; no había aire acondicionado y, los días entre semana, casi todo el día era “Hora Feliz”: pagabas una hora y jugabas dos. 

Al dueño del Señor Pool le decían He-Man. Era un güey de unos treinta años, todo mamado y malencarado que usaba el pelo ondulado hasta los hombros. Más que He-Man parecía un cavernícola, o uno de esos estereotipos de bárbaro que salen en las películas. Sólo sus amigos y los clientes más frecuentes le decían como al mero mero de Los Amos del Universo, pero nosotros, aunque íbamos casi todos los días, no nos atrevíamos a llamarlo así; tal vez por la diferencia de edades o porque una vez uno de mis amigos –tratando de hacer confianza–, le dijo: “¿Qué onda, He-Man?, véndeme una cheve, ¿no?”, y el He-Man, bien cagado, le respondió desde el otro lado de la barra: “¡¿Cuál He-Man, pendejo?! Y si quieres cerveza, primero que te salgan pelos en el culo”. Nos quedamos fríos. Ni ganas de burlarnos de nuestro compa nos dieron.

Una de las cosas que más recuerdo es la vez que llegamos al 2 X 1 del sábado –que era sólo de diez de la mañana a doce del medio día– y las escaleras por las que se subía al billar estaban llenas de sangre. Gino, el encargado –un cholillo veinteañero de coleta y pelos parados como cepillo– trapeaba los escalones. Nos explicó que en la madrugada el He-Man había sacado a chingazos a dos clientes que, borrachos, se negaban a pagar las horas que habían estado jugando. Mientras observábamos a Gino limpiar la sangre, llegó el He-Man. Los cuatro que íbamos dimos un paso –que pareció un salto– hacia atrás. El He-Man, que nunca nos había dirigido la palabra mas que para cobrarnos, esa mañana, lo hizo: "¿Quieren jugar una hora gratis?: ayúdenle a Gino a limpiar este pinche desmadre". En dos segundos ya estábamos llenando tinas con agua y trapeando. Ese sábado pagamos el 2 X 1 y He-Man nos regaló una hora de billar y una bolsa mediana de fritos.

El Señor Pool sigue apareciendo en Google Maps. La foto data del 2009. Hace mucho que no paso por ahí. La verdad no sé si siga existiendo. De lo último que me enteré fue que lo cerraron, lo volvieron a abrir y lo cerraron definitivamente. Cada que veo una mesa de billar o escucho a alguien mencionar la palabra, los recuerdo del Señor Pool se disparan como las bolas del triángulo después de un buen saque. 

jueves, junio 27, 2013

Acuario Municipal

Si les gusta echar a volar la imaginación y escribir lo que resulta de este viaje, les recomiendo los concursos que organiza mes con mes el escritor mexicano Alberto Chimal en su página Las Historias. Son concursos que consisten en desarrollar una historia -un relato breve, generalmente- a partir de una imagen "random". La fotografía del último concurso (que presento aquí abajo) me inspiró a reescribir el texto del cine Aracely -que publiqué el viernes pasado-, y ésta fue la mafufada que resultó: 
El Le Barón es de los pocos cines porno que sobreviven en la ciudad. Está ubicado en la calle Mondragón, casi esquina con Lugones. Lo rodean edificios de fachadas desgastadas, salas de masajes y puestos de tacos. También algunas leyendas urbanas. La más conocida dice que si no vas acompañado, un hombre vestido de cuero negro y picos de metal se aparece en las butacas del fondo. Pero ninguna leyenda urbana es tan inquietante como la del Acuario Municipal. 

De niño lo visité varias veces. La primaria en la que estudiaba organizaba viajes cada mes. Lo que más me gustaba era el tanque de las mantarrayas, pues podíamos acariciarlas y darles de comer unas bolitas cafés que salían de máquinas tragamonedas. También recuerdo una pecera enorme -al fondo- que siempre tenía un letrero anaranjado que decía: “Cerrado por mantenimiento”. El agua de aquel tanque era tan turbia que no podía verse más allá del cristal. Mis compañeros y yo jugábamos a pegar el rostro en el vidrio, imaginando –con el corazón acelerado- que algo horrible saldría de entre la penumbra. El que aguantara más tiempo era el más valiente. 
Hasta que un día el Acuario Municipal cerró. 

Fue en una posada familiar donde escuché por primera vez “el misterio” del Acuario. Mi tío Roberto estaba sentado frente a la pecera que adornaba la cocina de casa de mis padres, absorto. Cuando me acerqué a la mesa para prepararme un whisky, de la nada, mi tío empezó a hablar: 

“Era tan hermoso como aterrador… El agua se aclaraba en las noches. En eso, salían los globos –así los llamaba yo- que cambiaban de color y hacían formaciones geométricas... como un ballet en perfecta sincronía. Y sentías como si estuvieras flotando dentro del tanque. Como hipnotizado… Pero te juro que siempre procuré irme antes de que los globos se pusieran azules, porque entonces empezaban los gritos de las muchachas... y el agua se agitaba como si el tanque fuera una licuadora gigante… como si el vidrio se fuera a romper. Pero me quedaba. Me atrapaban las luces… el ruido… los colores del agua. Después, todo era silencio... pero las imágenes y los alaridos volvían en mis pesadillas”. 
De pronto, sin despegar la mirada del tanque, mi tío Roberto enmudeció. 

Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando vino a mi mente aquél juego de infancia: el de ver quién aguantaba más tiempo con la cara pegada al cristal, pues claramente recuerdo haber visto rostros de mujeres diluyéndose entre la negrura del agua; pero siempre pensé que había sido mi imaginación. 

 “¿Conoces el cine Le Baron?”, dijo mi tío Roberto, clavando sus ojos en los míos.

viernes, junio 21, 2013

El Aracely

Caminando por el centro de la ciudad me topo con el mítico cine Aracely. Confieso que siempre había escuchado hablar de él, pero nunca lo había tenido enfrente; por lo que decido sacar la cámara de la mochila y tomar algunas fotografías. De pronto, un hombre robusto y con barba de candado sale de una puerta de cristal polarizado; se para en la orilla de la banqueta y me hace un ademán levantando las manos y parando el cuello, como preguntando “¿Qué quieres?”. Guardo la cámara en el bolsillo de la camisa, cruzo la calle y me acerco extendiéndole la mano, explicándole que las fotos son para un supuesto artículo que saldrá la próxima semana en un periódico ficticio: "Un artículo en el que hablo sobre construcciones emblemáticas de Monterrey". “Ah, perdón, pero es que uno ya no sabe las intenciones de la gente, compadre”, me dice, sereno y sonriente; y entonces entramos en confianza. 

El hombre –Héctor, se llama– me dice que el boleto de entrada cuesta $60 pesos. El precio lo confirma una cartulina anaranjada con plumón negro que está pegada en el vidrio de la taquilla. “Abrimos todos los días: los sábados de 10am a 10pm. Es como un cine normal”. Héctor recalca siempre la palabra “normal”. “Tenemos una dulcería, como los cines normales, pero obviamente las medidas de higiene de la sala son mayores”. Prefiero no ahondar en eso de “las medidas de higiene”, pues supongo a lo que se refiere.
Héctor también me platica que lleva 15 años trabajando ahí, y que siguen conservando los proyectores de 35mm –“unas reliquias que han de valer una lana”–, a pesar de que la mayoría de las películas que proyectan ya son en formato DVD. 

En eso, el teléfono de la taquilla suena. Héctor me pide que lo disculpe; mete la mano por una abertura y saca el auricular. Cuelga minutos después. “Si quieres otro día te doy un rol por adentro, ahorita ya me tengo que ir a unos mandados, compadre”. “No te preocupes,” le digo. “Te agradezco mucho tu tiempo” Antes de estrechar su mano para despedirme, me dice que quienes acababan de llamar son los dueños del cine: “Es una pareja de viejitos. Unas reliquias: como los proyectores”. Reímos. Cruzo la calle y me quedo con la imagen de una pareja de más de setenta años usando ropa de látex negro. 

El Aracely es de los pocos cines porno que sobreviven en la ciudad. Está ubicado en la calle Isaac Garza, casi esquina con Villagómez, en el centro de Monterrey. Lo rodean edificios de fachadas desgastadas -algunas balaceadas- y salas de masajes. También varias leyendas urbanas. Una de ellas dice que si vas solo y alguien se sienta en la butaca de enfrente, te está invitando a tener sexo; otra cuenta que los domingos el cine permanece cerrado porque hacen orgías. Pero a la fecha no he conocido alguien a quien le consten tales historias. De hecho, cuando se las mencioné a Héctor, se rió y lo negó. 

Me acuerdo que hace más de veinte años los periódicos todavía publicaban entre sus páginas una larga lista de películas pornográficas en exhibición; incluso más larga que la cartelera infantil, que se limitaba a las matinés de dibujos animados del Teatro Montoya, los fines de semana. 
Lo recuerdo porque a esa edad me llamaban mucho la atención los nombres de estas salas –Sala Rex, Cine Chaplin, El Adelita, Cine Encanto, Vistarama, Lírico I y II– y las películas que proyectaban: “Colegialas Ardientes”, “Sexorama 2000”, La Guarra y el Vagabundo”, "La Ninfómana que se vino del Espacio”, por mencionar algunas. También me llamaba la atención que a estas películas les pusieran tres letras equis, que para mí eran “tachitas”, y que relacionaba con las que ponía mi maestra con tinta roja en los exámenes para los que no había estudiado muy bien. Por lo tanto, en mi cabeza deducía que las "tachas" también eran algo “malo” en el mundo de los adultos; algo “prohibido” pero “permitido” al mismo tiempo; un misterio inquietante para mi edad. 

Hasta que un día dejaron de publicar la lista de películas porno en los dos periódicos que había en ese entonces, a pesar de que los cines seguían funcionando. Imagino que fue cuestión de negocios y de doble moral, defecto que siempre ha caracterizado a esta ciudad. Según Héctor, los cines porno dejaron de ser negocio cuando empezó el auge de las antenas parabólicas y los establecimientos de renta de videos, por eso muchos cerraron; pero eso para El Aracely fue una ventaja, pues había menos competencia. Hasta que se desató la ola de violencia y los cines porno no fueron los únicos negocios que se vieron obligados a cerrar; transformándose manzanas enteras de zonas comerciales en pequeños pueblos fantasma.

Pero El Aracely ha sobrevivido. Según Héctor, nunca ha cerrado sus puertas, aunque acepta que ha bajado la afluencia de clientes. El Aracely sigue de pie, a pesar de las nuevas tecnologías, las crisis económicas y la violencia. El Aracely sigue ahí, rodeado de abandono, recordándonos que hubo un tiempo en que abundaron este tipo de cines y Monterrey era un mejor lugar para vivir.

lunes, junio 17, 2013

Pequeños secretos de mi ciudad

Suelo estacionar el coche algunas cuadras después del lugar al que voy.

Lo hago para caminar. Caminando se conocen las ciudades.

También lo hago porque siento que es una forma de reconciliarme con la mía.

Descubrir rincones que no conocía porque siempre pasaba en coche y no me detenía a contemplarlos.

Creo que no puedes amar algo que no conoces; o que conoces a medias.

Pero también creo que puedes odiar algo que conoces muy bien.

Caminar entre estas calles es una manera de decir: "Te odio pero quiero aprender a amarte".

Aunque me queda claro que el amor no es algo que brote a la fuerza o se imponga a huevo.

Pero mientras estás con algo o con alguien, es mejor sentir amor a sentir odio; o, peor tantito: no sentir nada.

Con el sol de las seis de la tarde de frente, me topo con un mural en una esquina, con un árbol creciendo entre los escombros de una casa abandonada y con una famosa fábrica de dulces cuyas ventanas se ven tan reales que nunca me había dado cuenta que son pintadas.

Y me maravillo con estos secretos recién descubiertos en mi ciudad.

viernes, junio 14, 2013

Notición II

Mi libro del Escuadrón Retro ya está a la venta en las tiendas ComiCastle de Monterrey, D.F. Guadalajara y Querétaro.
Prometo que el lunes escribiré más de otras cosas y no nomás de mi libro de monitos. Saludos a todos.

miércoles, junio 05, 2013

Anda bien "high"

Recuerden que ya pueden adquirir el libro del Escuadrón Retro. Informes en la sección de comentarios o en el post de abajo.

martes, mayo 28, 2013

¡Notición!

La primera tira del Escuadrón Retro que dibujé, apareció en este blog en abril del 2007. Era más o menos así:
Versión remasterizada
Después de muchos años de desidia y de pegarle al artista ermitaño -y como una deuda de agradecimiento a todos los lectores que "se hicieron fans" de mis personajes-, decidí sacar la primera recopilación de tiras del Escuadrón Retro.
El libro tiene 112 páginas y cuesta $120 pesos con el envío ya incluido a cualquier parte de México; y va dedicado, autografiado y garabateado de mi puño y letra (qué elegante se leyó eso, snif). El envío es por Sepomex y va con número de guía, para que no se extravíe.

O si quieren se los puedo entregar personalmente. Nos ponemos de acuerdo para vernos en algún lugar de la ciudad de Monterrey y sólo pagan $95 pesitos.

Los pedidos a Estados Unidos -libro y envío- salen en $220 pesos.

Si el pago lo hacen vía PayPal -en el botón que está en el extremo superior derecho de su monitor-, el costo del libro aumenta $5 pesitos, por la comisión que cobra ese medio.

Escríbanme para hacer sus pedidos y mandarme sus datos (o si tienen dudas) a guffo76@hotmail.com. La cuenta bancaria es de Banorte, la 0106819211, o pueden hacer una transferencia con la CLABE 072 580 00106819211 9, a nombre de Gustavo Fernando Caballero Talavera. No se saquen de onda si les aparece "Gystavo" en vez de "Gustavo"; es una larga historia -bueno, ni tanto- que pueden leer en el archivo de febrero del 2010 de éste, su blog favorito.

Sin más por el momento, les doy las gracias por seguir leyéndome. Un abrazo a todos.

martes, mayo 21, 2013

Con el cerro a un costado. Segunda parte.


Una camioneta vieja y destartalada se orilla en donde termina la avenida Paseo de los Leones, al poniente de la ciudad. En realidad ahí no termina la calle, pero enormes piedras –supongo que puestas con montacargas sobre el concreto -y una caseta con alambre de púas que parece abandonada, impiden el paso a los vehículos desde hace algunos años. Hasta este paraje campestre –de los pocos que quedan en Monterrey- han llegado los fraccionadores. Todavía no echan a andar todos los proyectos de vivienda anunciados, pero no tardan. El último atisbo de civilización que hay antes de que tope la avenida y todo lo que la rodee sea de nuevo monte, es un Seven Eleven y un OXXO: uno enfrente del otro, como delimitando dos mundos que nunca han podido llevarse bien.

La carrocería de la camioneta está manchada de pintura anaranjada en los costados y en el cofre, y en otras partes se deja ver oxido y golpes resanados con pasta gris. En la caja, dos jovencitas platican y ríen cada que se arrebatan lo que parece ser un teléfono celular. Las acompaña un niño moreno y regordete que, apenas y la camioneta detuvo su marcha, se puso de pie y apuntó la mirada en dirección al cerro de las Mitras. Adentro de la pickup, en el asiento del copiloto, hay una mujer. Supongo que es la madre de los tres. Con una mano se echa el cabello detrás de la oreja y con la otra baja el vidrio para gritarle algo a quien supongo es su pareja o el padre de los tres de atrás.

El hombre se interna algunos metros en el monte. Carga un palo largo con una especie de gancho amarrado en un extremo. Esquiva rocas y arbustos con destreza, hasta que se detiene frente a una yuca de gran tamaño. La mujer vuelve a gritar algo. Esta vez el hombre voltea, hace un ademán y sonríe, para después  volver la vista a la yuca y, con ayuda de la garrocha, cortar el racimo de flores amarillentas que cuelga de la parte más alta del árbol. El hombre se introduce un par de metros más entre los matorrales rastreros, se detiene frente a otra yuca de menor tamaño -pero con más ramificaciones- y arranca con el gancho el ramillete de flores. El niño grita “¡Apá!” mientras señala con una mano a una pareja de conejos que corren despavoridos entre los arbustos cuando el manojo golpea el suelo. El hombre los mira de reojo y hace un puchero de amargor: tal vez recordó que olvidó cargar con la resortera, el arma portátil casera que hubiera hecho la diferencia para la cena.

El hombre camina hacia otra yuca, conocidas también como árboles de Josué. Son de crecimiento lento -dos centímetros por año- y pueden vivir hasta 200 años; pero esto tal vez él no lo sabe. Las niñas no paran de reír ni de manotear en la caja de la camioneta. El niño no despega la mirada del hombre, quien ahora recoge los montones de flores y los va metiendo en un costal blanco y deshilachado que tenía metido -doblado- en el resorte del pantalón. Al terminar, se pone el costal sobre el hombro y sale de entre la maleza. El niño se acerca, presto para ayudarlo. Jala el costal del hombro y lo deja caer en la caja. El hombre sonríe mientras el pequeño se acomoda el costal entre las piernas, se sienta y pone los antebrazos sobre las rodillas. La camioneta arranca envuelta en una nube de humo. 

La escena fue como una imagen rupestre grabada en la cara del cerro. Una alegoría de una ciudad "moderna" donde no se ve gente arrancando comida de los árboles porque, para empezar, ni árboles hay.  Un suceso poco común, que tal vez no vuelva a repetirse porque no volverán a florecer las yucas. O quizás el próximo año me vuelva a topar a este hombre con el mismo palo largo, pero en vez de tener un gancho en la punta para cortar ramilletes de flores, tendrá un rodillo para pintar las paredes de las flamantes residencias.

lunes, abril 29, 2013

Aventuras en una sexshop

Ir de compras me pesa como no tienen una idea. Sólo lo hago cuando mis camisas tienen una tonalidad amarillenta en la parte de los sobacos o cuando mis zapatos están más jodidos que los del Chavo del 8; siendo esta última la razón por la que tuve que ir a un centro comercial a comprarme "papos" nuevos.

Pero como no me gusta andar paseando entre aglomeraciones de personas, ni viendo aparadores, ni probándome zapatos como una mujer; primero los busco en Internet. Pongo en Google: "Papos chiditos", y ahí me aparecen un chorro de opciones. Elijo el modelo más elegante, veo en qué tienda lo tienen, compruebo que tengan de mi talla, me cercioro en qué centro comercial está la tienda en donde los tienen y voy directo por ellos, sin hacer escalas en ninguna parte, para así estar el menor tiempo posible rodeado de compradores compulsivos y empleados incompetentes y… gente en general.

Y eso hice precisamente la semana pasada. Me lancé por mis zapatos Flexi directamente a la tienda del centro comercial en la que los tenían, y, una vez que los pagué, salí corriendo de ahí para alcanzar los quince minutos de tolerancia del estacionamiento. Pero, ¡oh, sorpresa!: una mujer extraña me interceptó bajando las escaleras eléctricas, dándome un volante y ofreciéndome pasar a “un nuevo concepto en tiendas”. Cabe aclarar que cuando iba bajando por las escaleras vi que dos personas habían ignorado bien feo a la señora, y pues se me hizo gacho hacer lo mismo porque, podré odiar los centros comerciales y al mundo entero, pero tengo corazón de pollo, snif. Total que la señora me dijo que sólo quitaría cinco minutos de mi tiempo, pero obviamente también me quitaría los 15 pesotes del estacionamiento. Y pues ya, resignado y no teniendo de otra, entré en el local. Era una sexshop.

La señora, muy amable, me dijo: “Deme su mano”, y yo bien obediente se la di. La mujer tomó un botecito de una vitrina con peluche rosa y me embarró una crema en la muñeca; la frotó y me dijo que la oliera. Obedecí. “Es para estimular la vagina de su pareja”, me dijo· “Es comestible. Sabe a fresa. La puede lamer”. Y como yo andaba de obediente, pues me chupé la muñeca y, en efecto: sabía a fresa. Cuando quité el mejunje  de mi mano y me disponía a despedirme con un: “Muchas gracias, pero no me interesa; yo uso pura salivita”,  la mujer me dijo: “Espere: todavía no termino”, y me jaló a otra parte de la tienda y tomó  otro botecito de otra sección de la vitrina, en donde se apreciaban consoladores de todas formas, texturas, tamaños y colores. Y me puse nervioso, snif. “Deme su mano”. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, pues, por los nervios, pensé que había dicho: “Deme su ano”; pero no. Aunque no niego que todavía levanté la mano con cierta desconfianza, pues pensé que la ñora me iba a pedir que sostuviera uno de los viborones que tenía en exhibición. Pero no. La señora me puso el aceitito del bote y me lo  frotó en la muñeca. “Éste sabe a coco”. Al querer lamerlo, como hice con la crema, la ñora me dijo: “Éste es para la estimulación anal”. ¡Ay, güey! Hasta me dieron ñañaras y salté pa´tras con la lengua de fuera. “Es comestible, no tema: chúpelo con confianza"; pero como que ya no se me antojó probarlo y sonreí y  mejor me lo embarré en el pantalón.

Todo esto podría parecer algo bien chido, como el inicio de una película porno hardcore; pero nel. En serio que yo ya me quería ir a la chingada de ahí porque me iban a cobrar 15 pesotes en el estacionamiento y porque las agarraderas de la bolsa en donde traía la caja de los zapatos nuevos empezaba a calarme. Pero la vieja nomás no me dejaba porque no paraba de hablar y de jalarme con la mano a otra sección de la larga vitrina que atravesaba el local de pared a pared. Y me siguió mostrando cosas: esposas forradas con terciopelo y con peluche, bolitas chinas para el chikistrikis, pequeños plumeros para estimular entre los dedos de los pies, mazos de póquer para jugar a encuerarse, libros del Kama sutra, libros de sexo tántrico, libros con posiciones bien locas, catálogos de lencería, catálogo de disfraces, calzones con pitos de goma… Neta que me sentí un menonita panista ultraconservador con respecto a mis prácticas sexuales al verme rodeado de tanta cosa maniaca, snif. Y la señora hablaba y hablaba: que si el ano, que si “de a perrito”, que si “los testículos depilados chopeados en chocolate derretido”... Neta que estuve a punto de decirle: “¡Ya bájele de tono, pinche vieja, que se me está parando!”. No, no es cierto. No se me estaba parando… Bueno, nomás un poquito.  

Y pues ahí estuve escuchándola más de media hora, nomás asintiendo, pensando en los 15 pesos que había perdido y aguantándome el dolor de la palma de la mano por el peso de la caja de los zapatos. Hasta que en una de esas pausas en que la mujer quiso tomar aire, le dije que muchas gracias, pero que no iba preparado económicamente para adquirir sendos objetos de placer. Al escuchar esto, la señora puso carita triste, se sacó una tarjeta de las chichis, me dio las gracias por mi tiempo y me dijo que volviera pronto. Y salí de ahí. Con el pito parado. ¡No, no es cierto!... Bueno, nomás tantito.

martes, abril 23, 2013

Amor tlacuache








El fin de semana vi a una pareja de tlacuaches apareándose. Permanecí casi dos horas contemplándolos en silencio mientras el amanecer iba clareando la ciudad. Fue un espectáculo conmovedor. Como pocos he visto en mi vida. El macho lamía el lomo de la hembra con algo que parecía más ternura que instinto animal.

Para los que no lo saben, el tlacuache es de los pocos marsupiales que hay en el continente americano y el único que habita en México. Hace algunos años, en la ciudad de Monterrey, solía haber bastantes de estos animalitos. Abundaban en mi barrio antes de que todo fuera calles y casas; cuando podía cruzar la colonia de lado a lado balanceándome de rama en rama sin pisar una sola vez el suelo. Pero, como pasa en todas partes, la urbanización le ganó terreno a la naturaleza. Los tlacuaches comenzaron a aparecer atropellados o molidos a palos en las banquetas, pues, en su ignorancia y carencia de sensibilidad, mucha gente los veía como plagas: como ratas gigantes que esparcían sus enfermedades y los desperdicios de las bolsas de basura que roían para comer. Hasta que desaparecieron, como lo hicieron otras especies.

Tal vez a algunos de ustedes esto de la pareja de tlacuaches apareándose no les diga mucho, pues en una ciudad como Monterrey –que nunca ha tenido esa "contraparte verde” debido a que se desarrolló en base al concreto, el acero y el vidrio-, los motivos de asombro son otros; pero para mí, este tipo de acontecimientos -aparentemente insignificante por ser una función natural- son importantes y están llenos de sentido. Ser testigo de algo así me recuerda que la vida siempre busca un camino para permanecer; como lo hace el cactus que se aferra a la pared de roca o los dientes de león que brotan sobre la banqueta de alguna concurrida avenida.

La vida se abre paso. Tal vez no tan rápido como el progreso y la modernidad, que lo depredan todo; pero lo hace a su ritmo. O al que le hemos impuesto. Pero lo hace. Me lo recuerdan los tlacuaches -y los colibríes, lagartijas, mariposas y urracas- que antes no veía con tanta frecuencia y que ahora veo casi a diario.

miércoles, abril 17, 2013

Parkour


Y para todos los que me preguntan que qué pedo con El Escuadrón Retro, que cómo se me ocurrió tal mafufada, etcétera; ahí les va más o menos una respuesta:

Creo que dibujé al Escuadrón Retro por primera vez cuando me entró la crisis de los 30, por ahí del año 2007. A diferencia de muchos treintones, a mí no me angustió el hecho de no estar casado, no tener hijos ni haber obtenido un crédito para comprar una casa (los guapos no tenemos tiempo para eso :P). A mí me golpeó la absurda y cursi obsesión de querer volver a ser niño y –obviamente– no poder, pues mi infancia –como la de muchos– ha sido la etapa de vida que más he disfrutado. Y cómo no, si trepaba árboles, construía fuertes en montes baldíos, me bañaba en la lluvia, fabricaba paracaídas con bolsas para la basura, aparecía un dinosaurio oprimiendo un botón de mi reloj y me volvía invisible oprimiendo otro; mi bicicleta volaba, mi cuarto tenía pasadizos secretos que conducían a tesoros y podía tener el mar en casa tapando con un trapo la coladera de la regadera. Todos esos sueños y juegos imaginativos; todos los recuerdos; toda la inocencia y libertad de aquella etapa -que muchas veces olvidamos en el proceso de convertirnos en adultos-, todo lo rescaté para crear estas tiras.

Pero ¿qué pedo con los personajes principales?

Bueno, pues me tocó vivir una época en la que las mamás se enamoraban de Tom Selleck, no se perdían la telenovela Cuna de Lobos y bebían TaB: un refresco bajo en calorías que contenía un endulzante cancerígeno y prometía figuras esbeltas. La primera y única vez que probé -y escupí- esa madre, me supo como si hubiera pegado la lengua en el polo positivo de una pila doble A. Aunque muchos decían que "sabía a medicina", pero nunca especificaban a qué medicina. Recuerdo que mi padre –enemigo público número uno de la comida chatarra– regañaba a mi mamá cada vez que la veía bebiendo una lata de ese nefasto brebaje que terminó por convertirse en la Coca Cola Light, y que mi madre sigue bebiendo a pesar de los regaños de su marido.

Fue también cuando se puso de moda una consola de videojuegos muy sencilla, pero espectacular para aquellos años. Atari 2600, se llamaba. Bastaba un cuadro negro con palanca, un botón anaranjado y mucha imaginación para derribar naves extraterrestres o manejar un coche de carreras que más bien parecía una mancha cuadriculada. A diario nos juntábamos en la casa del niño rico de la cuadra –el único al que sus papás le habían comprado el aparato en Houston– a jugar los cartuchos de Pac-Man, Dig Dug, Frogger, Pole Position, Jungle Hunt, Asteroids y Space Invaders.

Fue precisamente en casa del Pollo -el niño riquillo de la cuadra- que descubrí dentro de un cajón –mientras esperaba mi turno en el Pac-Man– el cubo Rubik. Esa tarde me olvidé por completo del Atari, me senté en un sillón e intenté poner de un mismo color las seis caras del novedoso rompecabezas. No pude formar ni siquiera una. De hecho, es fecha que no lo he logrado. De la única forma que podía hacerlo, era despegando y volviendo a pegar los cuadritos adhesivos de colores o pintándolos a mi antojo con Pincelines.

Muchas cosas marcaron mi infancia, pero las tres anteriores fueron las primeras que me vinieron a la mente cuando se me ocurrió crear a los tres personajes principales del Escuadrón Retro.

Así fue.