Hay un tópico literario llamado “justicia poética”. En pocas palabras: el bueno recibe una recompensa y el malo un
castigo. Así de sencillo. La cosa es que en la vida real la justicia verdadera no
siempre se hace efectiva.
Me ha tocado presenciar algunas
situaciones en las que, tanto la justicia conforme a derecho como la justicia poética, se
han hecho presentes. Sobre todo esta última, pero han sido ondas sencillas,
tipo “me burlé porque te caíste, me di la media vuelta y me caí”; pero ningún
caso tan contundente como el que me tocó vivir esta semana.
Hace un par de días estaba en el
trabajo, cumpliendo mi turno de veinticuatro horas. La noche anterior habían
detenido a un chavo que andaba borracho gritando afuera de casa de su ex esposa. La
mujer le habló a la policía y de inmediato fue una patrulla para traer al
escandaloso a las celdas municipales. El tipo no opuso resistencia al momento
de su detención y la mujer no quiso levantar cargos, por lo que el hombre salió
en libertad al cumplir el arresto "por alterar el orden público".
Al salir de celdas lo pasé a barandilla
para entregarle la bolsa con sus pertenencias: una gorra desgastada de los
Spurs, un par de agujetas, una cartera del equipo Tigres con velcro, algunas
monedas, un encendedor verde, varios piercings y un manojo de
llaves. El hombre vestía uniforme de obrero color negro. Estaba todo empolvado y salpicado con mezcla de cemento y pintura blanca. Visiblemente apenado, me dijo que era albañil, y que cada que se tomaba unas cheves le daba por querer volver con su ex. "Ni chance tuve de cambiarme de ropa cuando los oficiales me agarraron, mi jefe", dijo. “No se preocupe”, respondí, “aquí ni quién se fije en eso”.
Me acompañaba en barandilla un oficial y un licenciado
de ésos que se creen muy verguitas nomás porque son “Lics.” pero son unos pendejazos; de esos imbéciles que
le piden a todo mundo que les digan “Lic.” o les hablen de “Usted” porque de
seguro tienen un complejo muy grande (o un pito muy chico).
Total que el chavo me estaba
platicando su vida mientras le ponía las agujetas a sus tenis y se colocaba de
vuelta todos los piercings que usaba en la cabeza. Pero El Licenciado, con hartazgo y cara de
asco (y nomás por andar de mamón), dijo:
–Ándale, ya acaba de ponerte todo, porque estás aquí
ensuciando la mesa.
El hombre no le hizo caso.
–Este uniforme es de Caterpillar,
mi jefe –dijo señalando un logotipo amarillo, medio borroso, a la altura del pecho–. Hace mucho
me mandaron a Canadá a trabajar por tres años. Ahí fue cuando troné con mi
vieja, pero pues siempre he querido volver con ella, ¿vedá?
El Licenciado se rió burlonamente
y, con tono sarcástico, le dijo:
–¿Canadá? No has de conocer ni
Saltillo, cabrón. ¡Ándale, ya acaba, porque estás ensuciando aquí y nos estás quitando el tiempo!
El hombre, que hasta el momento había mantenido la calma, le clavó la mirada a El Licenciado:
–¿A poco porque me ves así crees
que no conozco ni Saltillo? –dijo extendiendo los brazos.
El Licenciado se hizo para atrás: todo culo, y el oficial de policía se acercó. Le hice un
ademán así como de: “Tranquilo, no hay pedo”; y al Licenciado Pendejo le hice un gesto llevándome
el índice a la boca, así como de: “No mames, ya cállate”.
Don Licenciaducho se rió y dijo:
–Tá bueno´mbe, ya. Acaba de
ponerte todos tus aretitos y vete a Canadá. Pero nomás a la otra háblame de “Usted”.
El chavo se quedó callado, pero
noté que se había tragado el coraje por la forma en que se le marcaron los
pómulos. El Licenciaducho sonreía sabiendo que tenía todas las de ganar si el güey se la hacía de pedo.
–¿En qué parte de Canadá viviste?
–le pregunté a Yahir, como se llamaba el albañil. Y fue aquí en donde la justicia poética se hizo presente.
El hombre pudo haber caído otro día, en otra guardia en donde yo no estuviera, con otro alcaide; o pudo
haber vivido en Montreal, Vancouver, Edmonton o New Brunswick; pero no.
–Viví en Toronto, jefe –me dijo.
–¿Qué estación del metro te quedaba más cerca de donde vivías?
Se le iluminaron los ojos.
–¿A poco conoce allá, jefe?
–No estuve tanto tiempo como tú,
pero sí; algo –respondí.
Y que se suelta:
–Primero estuve cerca de Islington, mi
jefe, porque vivía por Etobicoke; pero luego me cambié allá por el downtown, por
Dundas y bla bla bla bla. ¿Usted por dónde vivía?
–Entre Eglinton y Dufferin, por
donde pasa el 29 y el 32. Casi enfrente de la biblioteca bla bla bla.
A estas alturas, ya se imaginarán la cara de El Licenciaducho. Nomás pelaba los ojos, todo pendejo; incrédulo.
–¿A poco sí es verdad lo que está diciendo? –interrumpió.
–Ni modo que lo esté inventando –le respondí.
Total que ahí en lo que acababa
de ponerse los piercings, estuve platicando con Yahir, que por último se atornilló una bolita de acero que tenía en la lengua, me dio las gracias, se despidió y se fue.
El Licenciaducho seguía con cara de
que no lo podía creer.
–Pinche mugroso… Se me quiso poner muy picudo –murmulló cuando Yahir iba cruzando el portón de salida. Obviamente no lo escuchó.
–Pues mugroso mugroso pero está
más paseado que usted, mi Lic. –le dije.
–¿Eso qué? –dijo sin mirarme a los ojos.
–Lo mismo pienso: “¿Eso qué?” cuando
pides que te hablen de “Usted”.
Cuando estuvimos solos, el
oficial de barandilla me dijo:
–Se la metió hasta el fondo, mi
Lic. Si se hubiera puesto un chicle en la puntita, lo hubiera masticado, el cabrón. ¡Qué
bueno!, porque ese Lic. es bien mamón.
–Justicia poética, le llaman –dije.
–Pues en mi Rancho le dicen "metérsela con todo y huevos" –remató, y reímos.
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida,
amiguitos y amiguitas. Así de curiosa es. Lo más chistoso es que "siendo Licenciado",
tengo más cosas en común –y de que platicar– con ese albañil que con el imbécil ese que quiere que le hablen de “Usted”por ser "Lic.".
P:D. Como el Lic. trajo todo el día la mazacuata adentro y ya no hallaba ni cómo sacársela, me madreba –según él– con: "¿Qué onda con su amiguito el albañil? Vivieron juntos allá en Canadá, ¿verdad?". Me daba tanta lástima que nomás le seguía la corriente y me reía y le decía que sí; que nos quitábamos el frío a besos y arrimones. El Lic. nomás sonreía, creyendo que había triunfado.
Pobre imbécil.