viernes, octubre 25, 2013
lunes, octubre 21, 2013
Ya estaba ahí, en quién-sabe-dónde
Despertó en una cápsula metálica apenas más ancha y más alta que un coche volkswagen.
Sujeto a un asiento de piel acolchado trató de recordar cómo había llegado ahí, pero no pudo.
A su derecha vio una escotilla con un pequeño vidrio circular por donde podían apreciarse un montón de luces titilando a lo lejos.
Sintió como si la sangre se le fuera a la cabeza; después, la sensación desapareció.
Al desabotonar el cinto que lo sujetaba, esperó flotar; pero esto no sucedió. Pegó el rostro sobre la fría ventanilla, evitando tocar los botones y palancas que lo rodeaban. Era como contemplar la noche más oscura y estrellada.
Hasta que algo lo hizo retroceder de golpe. Era una medusa. Se impulsaba a centímetros del cristal contrayendo el cuerpo de manera rítmica. Después, otra. Y otra. Cientos de ellas.
Volvió a recargar el rostro en la escotilla, observando los gráciles tentáculos del banco de aguamalas perderse en la penumbra.
Las luces, a lo lejos, seguían centelleando.
Le volvió la sensación de tener la sangre en la cabeza. Sintió de pronto como si una fuerza lo jalara hacia arriba. Se aferró a uno de los descansabrazos y con la otra mano ajustó transversalmente el cinturón. Recostó la cabeza en el almohadón del respaldo y cerró los ojos.
Lo de menos era saber si se encontraba en el fondo del mar o en el espacio exterior; en el limbo o en un sueño. Ya estaba ahí. Aunque nunca supiera cómo había llegado.
Lo de menos era saber si se encontraba en el fondo del mar o en el espacio exterior; en el limbo o en un sueño. Ya estaba ahí. Aunque nunca supiera cómo había llegado.
miércoles, octubre 16, 2013
Winona Ryder y los pavo reales gigantes que disparan rayos fosforescentes
Casi siempre le sugiero al subconsciente el tema que me
gustaría soñar, pero pocas veces me hace caso, y, cuando lo hace, lo hace a
como se le pega su gana. Por ejemplo: si quiero soñar que tengo un date mega romántico con Winona Ryder, posiblemente
lo tenga, pero en las faldas de un volcán en erupción del cual tenemos que salir
huyendo para después ser perseguidos por pavo reales gigantes que disparan
rayos fosforescentes por la cresta y terminan comiéndose a mi amor
platónico, snif.
También es común que duerma con la idea de que en mi sueño
quiero darme cuenta que estoy soñando para así poder controlarlo y dirigirlo
hacia donde quiera –apagar el volcán de una meada, matar a los pavo reales que
disparan rayos fosforescentes y apachurrarme a Winona Ryder en una hamaca en la playa-,
pero supongo que los sueños perderían su encanto si pudiéramos hacer esto.
He escuchado gente que asegura soñar lo que le plazca, pero
no sé si sea cierto. También he leído algunos artículos que dicen que se puede
lograr esto "con cierta disciplina mental", pero no soy muy disciplinado que
digamos. No lo he logrado incluso cuando más empeño he puesto en ello; ya
saben, de esas veces que despertamos en la parte más interesante de un sueño y
queremos volver a dormirnos para continuar en donde nos quedamos pero se nos va
el sueño o soñamos algo distinto o bien aburrido.
Despertar de un sueño es entrar en la realidad (¡qué frase
tan genial y tan poco obvia!), que no es otra cosa que una ilusión que tampoco podemos
controlar; por lo tanto, eso que conocemos como "realidad" es algo
parecido a seguir soñando.
Uno empieza a controlar su realidad cuando se despierta de
la ilusión de lo que se cree que es estar despierto. La realidad es el sueño
que quieren que vivamos pero a la vez que permanezcamos soñando con vivirlo.
Cuando despiertas de esa ilusión puedes sentirte a ti mismo
y comprender tu existencia; lo básico de las cosas, el trasfondo sencillo de la
vida. Obviamente este “despertar” acarreará soledad, aislamiento,
miradas burlonas o tragos amargos, pero al final de cuentas todo eso también son ilusiones.
Quizás no tengamos la habilidad de soñar lo que queremos ni de ver completa la realidad que deseamos, pero lo más importante -creo yo- es no ver lo que
quieren que veamos.
Encajar en esta realidad es una ilusión. No te sientas un
extraño. Ten en mente que si logras despertar simplemente eres la persona que
pudo ver detrás del telón.
lunes, octubre 07, 2013
Un compa apodado El ¡Qué Oso!
Cuando cursaba el tercer grado de secundaria a los hermanos
maristas se les ocurrió organizar una rifa en la que el premio mayor sería un
coche de reciente modelo. Era el año 1989.
El dinero que se recaudara de la venta de los boletos sería
para acabar el gimnasio que estaba construyendo el CUM de Monterrey en un terreno
aledaño a su plantel (para ser exactos, en donde se ponía Doña Pelos, la señora
de los tacos). Los estudiantes de los tres niveles de secundaria nos dimos a la
tarea –más bien nos la impusieron los adoradores de san Marcelino Champagnat– de
vender talonarios con veinte boletos de a 35 pesos cada uno.
Fue así como a mis trece años anduve durante un mes molestando
a todos mis tíos, importunando a los vecinos y rogándole a alguno que otro incauto
para que me compraran un boleto.
Llegó el día en que tuvimos que entregar los talonarios y
lo que habíamos recaudado. El maestro al que apodábamos El Pitufo pasó salón
por salón a recoger el dinero mientras pasaba lista. Cuando escuché mi nombre
me puse de pie, entregué casi 700 pesos de los de antes y dos boletos que ya no
pude vender. El Pitufo hizo una mueca desaprobatoria que bien pudo meterse por el culo.
Después llegó el turno del compañero cuyo apodo tomé para
titular este escrito. Se llamaba Jaime, pero ahí todavía no le decíamos como le
decíamos. El sobrenombre se lo pusimos esa misma tarde, después de que se paró,
caminó entre la hilera de pupitres y entregó el talonario ¡completo!: con los veinte
boletos.
Ya se imaginarán la cara que puso El Pitufo, que de por sí
estaba bien pinche feo el cabrón. Se le subieron los colores a las mejillas,
como si la acción de Jaime hubiera sido una afrenta personal, y le dijo,
sacudiendo el talonario con dos dedos, como si le diera asco:
–¿Qué es esto?
–No pues no vendí los boletos –respondió Jaime.
–Sí, ya me di cuenta, pero: ¿por qué no los vendiste?
–No, pues no los vendí.
–¿Por qué no los vendiste?
–Pues porque qué oso andar ahí ofreciendo boletos.
–¿Cómo que “qué oso”? –espetó El Pitufo, molesto y
confundido.
–Pues sí, qué oso: qué vergüenza andar ahí de que “¿me
compra un boleto?”, “ándele señora, cómpreme un boleto”. ¡Qué osooo!
Todos los del salón nos cagamos de la risa; algunos tacharon
a Jaime de fresa y de hipermamón, y, obviamente, desde ese incidente se le
quedó el apodo de El ¡Qué Oso!
El Pitufo, furioso, mandó a Jaime a la dirección. Llamaron
a sus papás y, a las tres horas, Jaime regresó al salón con una ligera sonrisa
en el rostro, que denotaba más tranquilidad que cinismo “Mis papás compraron
todos los boletos y se arregló el pedo”, dijo.
Yo, en el fondo, admiré a Jaime. No porque sus padres hayan
comprado todos los boletos y le hayan salvado el pellejo por una estupidez, sino porque a esa
edad no había visto brotes de tal honestidad en “actos de rebeldía”, por
llamarlos de alguna forma. La rebeldía de la que muchos alardeaban se resumía en
cometer pendejadas sin ton ni son para hacer enojar a alguien. No eran conductas auténticas, comprometidas con alguna creencia o sentimiento; la rebeldía consistían
en llevar la contra nomás por llevarla. Jaime era buen estudiante, cumplía con sus tareas y sacaba buenas calificaciones; pero se negó a vender los boletos simplemente porque le pareció incómodo.Y eso admiré.
Cabe aclarar que sus papás se ganaron el coche, y ya se
imaginarán la cara que puso El Pitufo, que de por sí estaba bien pinche feo el cabrón.
martes, octubre 01, 2013
El cascabel
Gabino, el guardia encargado de
subir y bajar la pluma del estacionamiento del departamento de policía,
comenzó a recibir una visita inusual: un gato.
Poco tiempo bastó para que el felino se ganara la simpatía de Gabino y los demás uniformados, quienes le compartían de su almuerzo o cooperaban para comprar latas de atún en la tienda de la esquina; incluso el animalito se paseaba a sus anchas por las oficinas y pasillos de la demarcación, en donde Carmen, la recepcionista, había puesto ya una caja de arena y algunos juguetes de goma.
Pero un día el gato -al que nunca le pusieron un nombre- desapareció.
A la semana el ejército
realizó un operativo en las instalaciones de la policía. Fueron destituidos 56
agentes –entre ellos Gabino- y dos altos mandos.
Al día siguiente el periódico de mayor tiraje de la ciudad publicó una nota a ocho columnas -y varias fotografías en su edición online- en donde se mostraban las orgías con alcohol y cocaína que se realizaban
dentro de la dependencia municipal.
Nunca nadie se imaginó que el cascabel que colgaba del collar de Matute -como se llamaba el gato- era en realidad una cámara.
martes, septiembre 24, 2013
Como portada de Pink Floyd
Imagino que cuando alcanzamos cierta lucidez, paz o congruencia con nosotros mismos somos como la mancha de colores que se refleja en la pared cuando el rayo de luz atraviesa el prisma; y que "El Mundo" -esa simulación pensada por alguien más- es el velo que se empeña en cubrir estas cualidades que resultan de las experiencias físicas, mentales y "espirituales", por llamar de alguna manera a toda esa actividad interior que relacionamos con planos etéreos.
Y sí: pareciera que el mundo que conocemos todo lo nubla con su ruido, pretendiendo sustituir nuestras emociones, anhelos e inteligencia por engranajes, cableado y computadoras; manteniendo vigente ese antiquísimo sistema condicionado de recompensas y castigos. Poco es ya lo que cuestionamos y casi todo lo aceptamos. Tragamos sin masticar porque "no hay tiempo". Perdemos poco a poco la espontaneidad y el gusto por lo natural porque la tecnología lo estandariza todo. No hay tiempo para la contemplación. Menos cuando se necesita salir a ganarse unos pesos. Nos programan como robots desde
niños para actuar de acuerdo a un patrón específico que, si no conocemos otro, hasta nos resulta cómodo y seguro, normal: "Es lo que hay porque no hay de otra".
Es como si viviéramos detrás de una cascada: del otro lado se ven los colores tal cual, pero la imagen del mundo está distorsionada.
El mundo es la mancha de colores que se refleja a través de nosotros cuando alcanzamos la lucidez, no la simulación que creemos vivir. Es cuestión de cruzar al otro lado de la cascada. De atravesar el prisma.
lunes, septiembre 16, 2013
Tiña
Lo único que no me gusta de tener
un trabajo de oficina y un negocio de hamburguesas los fines de semana, es que
me quita tiempo para dibujar, escribir, leer, ver a mi familia, ver a mis
compas y tirar hueva como antes lo hacía, snif; pero ahorita que tengo tiempo aprovecho
para contarles una breve anécdota Godínez. Ay, estos Godínez…
Resulta que un güey de la oficina
en donde trabajo como alcaide llegó platicando que a su hijo le había dado
tiña. ¡Tiña! Jajajajajaja… no mamen. ¿A quién diablos le da tiña en pleno siglo
XXI? ¿Qué es esto: la Europa del siglo XVI? Es como decir “Mi hijo tiene peste
bubónica” o “A mi niña le dio lepra”. Pero bueno, uno nunca sabe con los
Godínez y sus costumbres. La cosa es que este güey llegó platicándonos su
tragedia y esto hizo que yo me acordara de una bonita anécdota de mi lejana adolescencia.
Me acordé de la noche antes de mi
primer día de preparatoria. Tenía yo unos 13 ó 14 años y usaba el cabello “de
hongo” (sí, señoras y señores: en algún momento de mi vida tuve una cabellera
abundante, como la de José Luis Rodríguez, El Puma). A esa edad tenía la manía
de rebajar el volumen del cabello de los costados con un rastrillo; ya saben, para
no gastar en peluqueros y hacer más bombacho “el hongo”.
Total que esa noche agarré el
rastrillo y empecé a rebajarme el cabello de atrás de las orejas porque quería
ser la sensación entre las morritas con mi corte moderno. Y no sé si fueron los nervios de entrar a la prepa o qué pedo, pero en una distracción que tuve, que se me
pasa la mano de fuerza y que me corto de más el cabello y que me dejo una
pinche trasquilada en el coco.
Como sabía que el cabello no me iba a crecer de un día para otro, hice lo que todo hombre haría a esa edad: corrí llorando al cuarto de mi mamá para que me solucionara el problema, snif.
Obviamente mi jefecita me metió
una pedorriza marca diablo: “¡Mira nada más cómo te dejaste! ¡Nada más a ti se
te ocurre andarte rasurando! ¡Pareces tiñoso!" Oso… oso… oso… oso... Esta última palabra retumbó en lo más hondo de mi ser; como si las entrañas de mi cuerpo fueran las paredes de un cañón en donde rebotan infinitamente los ecos. “Tiñoso”. Qué pinche se oye, ¿no? A esa edad había escuchado
hablar de la tiña porque mi papá es veterinario de profesión y había visto algunas
fotos de perros con esa madre y ¡guákatelas!; pero en humanos nunca lo había visto, y ahora yo parecía uno de ésos.
Total que estaba todo preocupado porque
tenía una trasquilada arriba de la oreja, trasquilada que no alcanzaba a cubrir mi moderno corte de champiñón, y pues ya no
sería la sensación entre las morritas y, ay, snif, una tragedia.
Pero como las mamases se las saben de
todas todas, la mía me dio la solución: sacó de su bolsa el rímel y me empezó a pintar de negro la parte trasquilada. Y quedó bien. Había que clavarse mucho en la textura para darse cuenta que esa
parte de mi cabeza no tenía pelo.
Y al día siguiente fui a la
preparatoria y nadie se dio cuenta que parecía tiñoso gracias a la pericia de mi madre y sus remedios. Nadie se dio cuenta hasta que empecé a sudar y el rímel comenzó a escurrir...
Ah, pero este post era porque al hijo
de un Godínez le dio tiña, jajajajaja… no mamen. ¿A quién le da tiña en pleno
siglo XXI?
miércoles, septiembre 04, 2013
El hamburguesero
Se va a cumplir un año desde que regresé a México de una estancia voluntaria en Canadá. Desde entonces han pasado muchas cosas.
Regresé a Monterrey sin dinero, sin coche, sin casa, sin vieja, sin negocio de cajas y sin algunos sueños cumplidos -snif-; con la idea de volver en un futuro a ese país, pues en éste sigo sin sentirme a gusto.
Cuando regresé sólo tenía mi trabajo de caricaturista y columnista en un periódico de la localidad, pero terminé mandándolo a la jodida por deberme dinero y pagarme siempre a destiempo. En este proceso de "reaclimatamiento", mis padres me echaron la mano en varias cosas, entre ellas, prestándome el cuarto que era de mis hermanas para que ahí viviera por un tiempo.
Luego, en enero, un amigo me invitó a trabajar a un lugar en el que nunca imaginé trabajar, desempeñando un puesto que nunca imaginé tener: alcaide de las celdas preventivas de un pequeño municipio aledaño a Monterrey, cerca de Ramos Arizpe, Coahuila. Ya llevo ocho meses en este cargo, con algunas historias interesantes que a veces cuento en mi Twitter y que luego les narraré por aquí.
Obviamente éste no es el trabajo soñado, pero es un sueldo seguro en lo que sale algo "mejor" o más acorde a mis gustos y habilidades. A pesar de ser turnos de 24 horas por 48 de descanso, la carga laboral no es tanta; la que pesa es la emocional. Estar hombro con hombro con la ignorancia, la miseria y toda la problemática social de un municipio pobre, es deprimente y desalentador; más sabiendo que no se puede hacer mucho para cambiar al mundo desde un puesto tan insignificante. Se puede ayudar, se puede ser humano, se puede hacer sonreír, se puede hacer que la gente cambie su percepción negativa sobre la autoridad, pero no basta con eso. Aunque tal vez sea un comienzo.
Por otro lado, hace un par de meses el compa que me invitó a trabajar de alcaide traía la inquietud de poner en el pueblo en el que trabajamos un negocio de comida “distinto”, pues no hay muchas opciones a donde ir, por lo que me invitó de socio para poner un puesto de hamburguesas. “Tú eres muy creativo y te gusta la cocina; a ver qué se te ocurre”, me dijo. También invitó a otro alcaide que en algún momento tuvo un restaurante en el centro de Monterrey, ahí por La Alameda. Con pequeños préstamos de por aquí y de por allá, pude entrarle al “bissness".
Debo confesar que este proyecto me entusiasma, pues me ha hecho descubrir habilidades que no tenía –o tenía dormidas; por ejemplo, las numéricas- y conocer algunos rincones de mi ciudad que hasta hace poco permanecían siendo un enigma. También siento que he trabajado lo que nunca trabajé en toda mi vida, snif.
He disfrutado este proyecto de las hamburguesas desde que lo imaginamos bebiendo unas cervezas. He disfrutado desde ir a la casa de una viejita del pueblo a cortar bambús secos de más de quince metros de altura para hacer el techo del negocio, hasta ir a surtir todo lo necesario para las hamburguesas a los mercados de Monterrey. Creo que la última vez que me metí en un mercado fue hace como 16 años, y me metí nada más para tomar fotos "folklóricas" para alguna clase mamona de la carrera de Ciencias de la Comunicación. En pocas palabras, ando en mercados cuando ando de turista, por lo que cada ida a surtir es como andar de turista en mi ciudad. Y eso me agrada, pues amortigua la chinga de andar cargando cosas. He disfrutado preparar a mano cada carne de cada hamburguesa, limpiar la parrilla, asar la cebolla, hacer bolsitas con pepinillos, zanahorias y jalapeños; darle las gracias a la gente que compra para llevar, ver los rostros de asombro de quienes se quedan a comer... Todo.
Abrimos hace dos semanas. De jueves a lunes de 7 de la tarde a 12 de la noche. Van bien las ventas. Ha habido flujo de clientes. Ha gustado la comida y, sobre todo, el lugar, pues no hay nada que se le parezca en este municipio. Los dueños de los puestos de comidas de los alrededores se han puesto a pintar sus cochecitos de hot dogs y de tacos, también las bardas en donde anuncian sus productos. Creo que sucedió lo que dijo Tolstoi: "Pinta tu aldea y pintarás al mundo". Tal vez no se pueda hacer mucho por cambiarlo desde un puesto de comidas tan insignificante, pero puede que sea un buen comienzo.
Regresé a Monterrey sin dinero, sin coche, sin casa, sin vieja, sin negocio de cajas y sin algunos sueños cumplidos -snif-; con la idea de volver en un futuro a ese país, pues en éste sigo sin sentirme a gusto.
Cuando regresé sólo tenía mi trabajo de caricaturista y columnista en un periódico de la localidad, pero terminé mandándolo a la jodida por deberme dinero y pagarme siempre a destiempo. En este proceso de "reaclimatamiento", mis padres me echaron la mano en varias cosas, entre ellas, prestándome el cuarto que era de mis hermanas para que ahí viviera por un tiempo.
Luego, en enero, un amigo me invitó a trabajar a un lugar en el que nunca imaginé trabajar, desempeñando un puesto que nunca imaginé tener: alcaide de las celdas preventivas de un pequeño municipio aledaño a Monterrey, cerca de Ramos Arizpe, Coahuila. Ya llevo ocho meses en este cargo, con algunas historias interesantes que a veces cuento en mi Twitter y que luego les narraré por aquí.
Obviamente éste no es el trabajo soñado, pero es un sueldo seguro en lo que sale algo "mejor" o más acorde a mis gustos y habilidades. A pesar de ser turnos de 24 horas por 48 de descanso, la carga laboral no es tanta; la que pesa es la emocional. Estar hombro con hombro con la ignorancia, la miseria y toda la problemática social de un municipio pobre, es deprimente y desalentador; más sabiendo que no se puede hacer mucho para cambiar al mundo desde un puesto tan insignificante. Se puede ayudar, se puede ser humano, se puede hacer sonreír, se puede hacer que la gente cambie su percepción negativa sobre la autoridad, pero no basta con eso. Aunque tal vez sea un comienzo.
Por otro lado, hace un par de meses el compa que me invitó a trabajar de alcaide traía la inquietud de poner en el pueblo en el que trabajamos un negocio de comida “distinto”, pues no hay muchas opciones a donde ir, por lo que me invitó de socio para poner un puesto de hamburguesas. “Tú eres muy creativo y te gusta la cocina; a ver qué se te ocurre”, me dijo. También invitó a otro alcaide que en algún momento tuvo un restaurante en el centro de Monterrey, ahí por La Alameda. Con pequeños préstamos de por aquí y de por allá, pude entrarle al “bissness".
Debo confesar que este proyecto me entusiasma, pues me ha hecho descubrir habilidades que no tenía –o tenía dormidas; por ejemplo, las numéricas- y conocer algunos rincones de mi ciudad que hasta hace poco permanecían siendo un enigma. También siento que he trabajado lo que nunca trabajé en toda mi vida, snif.
He disfrutado este proyecto de las hamburguesas desde que lo imaginamos bebiendo unas cervezas. He disfrutado desde ir a la casa de una viejita del pueblo a cortar bambús secos de más de quince metros de altura para hacer el techo del negocio, hasta ir a surtir todo lo necesario para las hamburguesas a los mercados de Monterrey. Creo que la última vez que me metí en un mercado fue hace como 16 años, y me metí nada más para tomar fotos "folklóricas" para alguna clase mamona de la carrera de Ciencias de la Comunicación. En pocas palabras, ando en mercados cuando ando de turista, por lo que cada ida a surtir es como andar de turista en mi ciudad. Y eso me agrada, pues amortigua la chinga de andar cargando cosas. He disfrutado preparar a mano cada carne de cada hamburguesa, limpiar la parrilla, asar la cebolla, hacer bolsitas con pepinillos, zanahorias y jalapeños; darle las gracias a la gente que compra para llevar, ver los rostros de asombro de quienes se quedan a comer... Todo.
Abrimos hace dos semanas. De jueves a lunes de 7 de la tarde a 12 de la noche. Van bien las ventas. Ha habido flujo de clientes. Ha gustado la comida y, sobre todo, el lugar, pues no hay nada que se le parezca en este municipio. Los dueños de los puestos de comidas de los alrededores se han puesto a pintar sus cochecitos de hot dogs y de tacos, también las bardas en donde anuncian sus productos. Creo que sucedió lo que dijo Tolstoi: "Pinta tu aldea y pintarás al mundo". Tal vez no se pueda hacer mucho por cambiarlo desde un puesto de comidas tan insignificante, pero puede que sea un buen comienzo.
| Esto es amor por los árboles. |
| Un sabor dulce/ahumado inolvidable. |
| La "mezcla secreta" que se añade a la carne molida |
| En la pared del fondo siempre proyectamos la película de"Cowboys & Aliens" |
¡Si no pagan me los como, putos!
|
viernes, agosto 23, 2013
Los jugos del vallenato
Hay un empleado nuevo en el negocio de jugos al que
acostumbro ir. No debe llevar ni dos
meses trabajando ahí.
Desde que lo vi se me hizo muy conocido, pero me daba pena
preguntarle si era quien sospechaba que era, pues cada que me le quedaba viendo
para hacer memoria, el hombre me evadía la mirada o se ponía a platicar con
algún otro cliente, como no queriendo ser reconocido.
Hoy que me vio llegar empezó a picar papaya. Ya sabe que
siempre pido lo mismo: agua de papaya con un poco de miel. Me dio los buenos
días y me sonrió mientras metía los cuadritos de fruta en la licuadora. Le
devolví el saludo y me senté en un banco de la barra de acero inoxidable. Me percaté
de que el local estaba vacío, por lo que decidí salir de una vez por todas de
mí duda sobre su identidad.
Apenas abrí la boca para preguntarle si era quien yo creía
que era y el hombre encendió el motor de la licuadora.
Cuando las cuchillas del aparto se detuvieron, sirvió el
jugo en un vaso de unicel de a litro. Me lo entregó y me dijo que bebiera un poco, para
verter el resto que había quedado en el recipiente. Obedecí y se lo entregué de
nuevo limpiándome con la lengua el bigote espumoso que me había quedado en el
labio superior. El hombre sirvió un pequeño chorro de jugo, puso una tapa con
un popote rojo en la boca del vaso y me lo entregó sin mirarme a los ojos.
Sorbí un poco y, antes de que se diera la media vuelta, le dije:
–Disculpe, pero: ¿de pura casualidad no es usted –o era– el
vocalista de un grupo que se llama –o se llamaba– Los Vallenatos de la Cumbia?
El hombre sonrió tanto que hasta se le cerraron los ojos, y
asintió varias veces.
–Síiii… síiii… soy yo mero... Bueno: era –respondió, y después puso cara de
sospecha–. Pero, tú no tienes pinta de que te guste ese tipo de música. Te ves
fresilla. Y joven.
Reí.
–No, cómo cree. No soy fresa ni estoy taaan joven. Nada más pretendo saber un
poquito de todo; aparte de que tengo muy buena memoria.
Y es cierto: ni soy fresa, ni soy un quinceañero, ni me gusta esa música. Pura buena memoria.
A los 18 años tuve mi primer trabajo. Fue en Radio Nuevo
León, la estación radiofónica del gobierno del estado. Los estudiantes de
Ciencias de la Comunicación acostumbraban hacer prácticas o su servicio social en esa institución.
Yo acababa de llegar a Monterrey de un viaje de estudios en un pequeño poblado
de Kansas, y, como mi papá no quería que estuviera de huevón en la casa mientras
entraba a la universidad, me metí a trabajar ahí aquel verano.
Mi trabajo consistía en asistir –y aprender- en la
producción de un par de programas en amplitud modulada. Uno de ellos era sobre ciencia: lo transmitían los domingos a las 7 de la mañana, por lo que no era un programa muy popular. El otro era el programa de más rating de la estación: un programa de música vallenata. La
conductora era toda una celebridad en el todavía marginado ambiente de ese género
musical; antes de que Celso Piña, Toy Selecta, 3BALLMTY y demás mamarrachos
“afresaran” esos ritmos.
Bueno, pues resulta que los mentados Vallenatos de la
Cumbia eran unas estrellas en aquella época. Me acuerdo que siempre iban a la
cabina de radio a promocionar sus sencillos, sus discos y los eventos
musicales en donde eran la carta fuerte. Neta que ni Celso Piña era tan famoso
como lo era el señor de los jugos. Me acuerdo de una canción en especial que hacía que las cholitas se mearan de la emoción en pleno baile. Aquí el video (el señor que atiende el negocio de jugos es el vocalista del grupo: el que trae el saco de color azul culero):
Me acordé del olor a encerrado de las cabinas de radio y de los
botones desgastados de las consolas de audio; de las cintas magnéticas que
había que poner en queue; de las historias de miedo que me contaba el
operador que se quedaba en las madrugadas a programar música clásica; de las
anécdotas sexuales de un locutor al que le decían El Vaquero Enfermo... Me acordé del Willy,
el güey que me ayudaba a mecanografiar los guiones de los programa culturales, con quien me regresaba en camión a mi casa. Lo tomábamos a una cuadra de la
estación de radio y nos bajábamos cerca de La Alameda para tomar el ruta 23. A
veces nos metíamos en un bar que se llamaba El Conquistador a tomarnos un par de cervezas. Recuerdo la adrenalina que me provocaban las primeras cervezas legales
en un bar del centro de la ciudad en donde el sonido de fondo era el de las
fichas de dominó chocando unas contra otras, y el olor a orines y lavanda era penetrante.
–¿Y ya no le siguió en el grupo, don?
–No, ya no –dijo esto último sin nostalgia–. Las disqueras son bien rateras. Nuestro mánager resultó ser igual. Mucha droga y
mucho alcohol para alguien como uno, que se crió en la calle; sin educación, sin guía... Me
harté de eso. Iba a acabar mal. Con mucho dinero, pero mal. Preferí terminar así, como estoy; aunque muchos piensen que esto fue terminar mal.
Le di las gracias con un apretón de manos, subí al coche y me fui. Encendí el radio
y recorrí estaciones que tenía años de no sintonizar, esperando escuchar algún
viejo éxito de Los Vallenatos de la Cumbia; cualquiera de sus canciones, nada más para alargar el viaje que acababa de aventarme a mi pasado y no olvidar el destello de humildad y sabiduría que acababa de recibir.
lunes, agosto 19, 2013
El misterio del "no se puede"
Aaaah, los misterios insondables que bucean en las profundidades de la mente del ser humano. Las conductas cuyas motivaciones permanecerán ocultas bajo el velo de lo incomprensible, y esa naturaleza contradictoria que, así como los hace organismos adorables, también los transforma en seres cagantes y sin una pizca de sentido común.
De camino al trabajo hay un tendajo improvisado en donde una señora vende aguas frescas y “rusas”. Contrario a lo que muchos de ustedes creerán, las rusas no son mujeres altas con los pellejos blancos, el cabello rubio, los ojos azules y que hablan así: “Brakjhagtrebkladfegkuyrw”. No, chavos y chavas: las rusas son unos brebajes repugnantes preparados a base de refresco de toronja, agua mineral, trozos de piña y naranja, chile en polvo, jugo de limón, pulpa de chamoy y una golosina apodada de manera muy chispa como “tarugo”, que no es otra cosa que un popote amarillo envuelto en tamarindo que sirve para beber esa pinche asquerosidad de agua puerca.
Me ha tocado ver que la gente pide mucho esa bebida, al igual que unas frituras en bolsa aluminizada que la dueña del negocio abre de manera horizontal con unas tijeras, y a las que agrega elote, cacahuates japoneses, jícama y zanahoria rayadas, más chile, más pulpa de chamoy y más cuacha. Pareciera que el fin último de este tendajo es mezclar a lo pendejo todo lo que hay en existencia.
Yo, soy más conservador; más chapado a la antigua. Si me detengo en este comercio es para comprar un litro de limonada para el resto del camino. El problema es que la limonada siempre está demasiado dulce, y mi lengua de viejito ya se escalda con cualquier cosa, snif. Total que hoy se me ocurrió una brillante idea; y digo “brillante” porque el calor estaba cayendo a plomo y la frente me sudaba tanto que resplandecía.
-Buenos días, señora. Quiero una limonada de litro, pero llene la mitad del vaso de limonada y la otra mitad de agua mineral, por favor.
-No se puede, joven.
-¿Cómo?
-No se puede.
-¿Por qué no se puede?
-No, pos es que no se puede.
-Eeeeh… bueno… ¿y si me cobra algo extra?
-No es lo extra, mijo; es que no se puede.
-Pero ¿por qué? Cóbreme la limonada como una rusa y ya.
-Pero es que no es rusa... No se puede.
-Bueno, entonces véndame un agua mineral de medio litro y sírvame sólo medio vaso de limonada.
-No tengo aguas de medio litro: sólo de 2 litros.
-¿Y por qué no puede echarle un chorrito de la de dos litros a mi limonada?
-No se puede: te lo tendría que cobrar como rusa, pero no es rusa.
En ese momento mi cerebro hizo corto circuito. Cuando reaccioné, me puse a voltear hacia todas partes, buscando una cámara escondida. Neta que pensé que estaba en el programa de Los Hinchapelotas, de MTV, y acababa de ganarme 100 dolarotes. Pero no, snif. Era "no se puede" y no se pudo.
Aaaah, los misterios insondables que navegan la mente del ser humano. Esas conductas cuyas motivaciones permanecerán ocultas bajo el velo de lo incomprensible. Por siglos.
jueves, agosto 15, 2013
Pedaleando y fotografiando
Antes de que me regañen, aclaro que el casco me lo quitaba para las fotos; para parecer -ustedes ya saben- más cool y buena onda. Lo de pedalear en zapatos "tipo chancla" sí es real. ¿Qué tiene de malo que pedalee en sandalias? Si algo me caga es ponerme toda esa ridícula indumentaria alienígena que acostumbran usar los ciclista: tenis especiales que vayan ganchados a los pedales, lentes Oakley noventeros, lycras con rayas fosforescentes, calcetines hechos bola para verme más huevudo... ¡digo!, para que no cale tanto el asiento... sí, para eso... Salvo el casco, lo demás me viene valiendo madres. Yo soy como los holandeses, que pueden pedalear trajeados y con los zapatos recién boleados o descalzos; yo no me ando con pinches payasadas, sépanlo. Y bueno: después de esta amigable introducción, espero que disfruten tanto del paisaje como lo hice yo.
viernes, agosto 09, 2013
Tacos El Horla
Movido por la curiosidad me
detuve a cenar en unos tacos llamados El Horla.
Un joven se
apresuró a tomar mi pedido apenas y me senté en la mesa del fondo, junto al
refrigerador con refrescos. Supuse que era el dueño del lugar, pues actuaba y
vestía distinto al resto de los empleados.
Cuando me
preguntó si deseaba ordenar algo más, decidí salir de mi duda: “¿El Horla es
por el famoso cuento de Guy de Maupassant?”. Ingenuo de mí... El tipo se limitó a tartamudear con un signo de
interrogación en el rostro.
Sonreí apenado y
le dije que por favor olvidara mi estúpida pregunta, pero de manera muy atenta, me aclaró: “Lo que pasa
es que yo me llamo Orlando, pero todos me conocen como El Orla porque así también le
dicen a mi papá. La hache es por Orlando hijo”.
Confieso que comí
un poco decepcionado. Por un momento pensé que me había topado con vida inteligente en esta ciudad.
viernes, agosto 02, 2013
Evento de firma de libros y cómics
Mañana sábado 3 de agosto estaré
en la tienda Comicastle de Monterrey firmando libros del Escuadrón Retro y
regalando playeras a los primeros que lo adquieran. También estará Homero Ríos,
escritor de cómics cuyo trabajo ha sido publicado en la célebre revista
estadounidense Heavy Metal, quien presentará el tercer volumen de su cómic
Dharma.
Ahí los esperamos entre 3 y 7 de la
tarde. Chequen este link para más información:
martes, julio 30, 2013
Renuncia
Se cumplieron dos semanas desde
que renuncié al periódico local en el que trabajé como caricaturista político –y
columnista esporádico– durante quince años.
Entré a trabajar ahí en abril de
1998. Tenía 21 años y medio. Una compañera de la carrera de Ciencias de la Comunicación era novia del
hijo del dueño, con quien terminó casándose un lustro después. Un día, en el receso entre clase y clase, mi amiga me
comentó que su suegro andaba buscando un caricaturista para la sección editorial del periódico. Me pasó una dirección, fui a
entrevistarme y al día siguiente me contrataron.
Yo ya había trabajado como cartonista político un año antes en El Porvenir –el rotativo más antiguo de la ciudad; que me pagaba una baba– y llevaba seis meses haciendo tiras cómicas para las ediciones juveniles del periódico El Norte, de Grupo Reforma (ya saben que un trabajo nunca es suficiente para "los artistas"); aparte, salía los martes haciendo caricatura deportiva en un programa de fútbol en el Canal 2 de Monterrey, donde nunca me pagaron ni un cinco argumentando que “me daban proyección” y “conocía gente famosa”. Culeros.
Yo ya había trabajado como cartonista político un año antes en El Porvenir –el rotativo más antiguo de la ciudad; que me pagaba una baba– y llevaba seis meses haciendo tiras cómicas para las ediciones juveniles del periódico El Norte, de Grupo Reforma (ya saben que un trabajo nunca es suficiente para "los artistas"); aparte, salía los martes haciendo caricatura deportiva en un programa de fútbol en el Canal 2 de Monterrey, donde nunca me pagaron ni un cinco argumentando que “me daban proyección” y “conocía gente famosa”. Culeros.
Viendo hacia atrás, en los quince
años que duré en este diario, no pasó ni fu ni fa. Me refiero a que la gente
conoció más lo que escribo y dibujo por medio de mi blog y mi cuenta de Twitter
que por este periódico. Pero bueno.
La razón de mi renuncia fue que en
dicha publicación nunca –nunca– me pagaban a tiempo, y eso me parece una falta de respeto, pues yo siempre entregué mi trabajo a tiempo. Duré quince años aguantando pagos
atrasados y frases como: “Ponte la camiseta”, “No hay lana”, “No nos han pagado
los anunciantes”, "No nos han pagado las maquilas", “Aguántanos a la otra quincena, que al cabo tú eres soltero y
no tienes hijos”. Esta última frase me encabronaba tanto que me hacía desear poner una bomba en las
instalaciones.
Ir a cobrar siempre fue algo
indignante. Casi casi como si fuera a pedir algo que no era mío. Sentía un nudo
en la garganta y un ardor en la panza cada que me decían: “No hay dinero”, y
veía al dueño del lugar llegando en una camioneta Porsche Cayenne de modelo
reciente o en el Mercedes Benz más lujoso que existe.
Ir a cobrar era tan doloroso como una patada en los
huevos, que se sumaba a la patada que me daban cada quincena en el culo. Y me
aguantaba por amor al arte, por ver mi trabajo publicado en papel, por los
pocos correos que recibía de gente a la que le gustaba lo que hacía, por “traer
la camiseta bien puesta”… Mamadas con las que nomás uno se compromete porque
con quien uno se compromete es con uno mismo y con lo que le gusta hacer, pero eso al resto del mundo le importa
un carajo.
Todavía hace un año me bajaron
el sueldo. Me dijeron que "las cosas andaban mal", que "me pusiera las pilas", que trabajara más, que mandara más escritos, que dibujara más
caricaturas, que tuviera un programa on line –porque le estaban apostando a la
“televisión digital”–; y lo hice, ah, pero eso sí: sin recibir más dinero por
ello, y, aparte, reteniéndome las quincenas.
Y pues a la verga. Troné como Ned
Flanders en el capítulo de Los Simpson donde un tornado destruye su casa y
manda a todos sus vecinirijillos a la chingada. Todo se me acumuló. Sobre todo
recordaba los cuatro meses que no me pagaron estando yo en Toronto, pariendo
chayotes sin dinero, diciéndole a la rentera que me diera chance unos días para poder pagarle y pidiéndole prestado a mis padres; todo esto mientras el director general y propietario del diario vacacionaba tres semanas en Dubai con toda su familia.
Qué poca madre, en serio; pero no pueden
decir que la paciencia no es una de “mis virtudes”. Aguanté un chingo. Y no, no lo digo para que me lo agradezcan. El pendejo fui yo, por "paciente".
El martes de mi renuncia pedí que
me devolvieran los recibos de honorarios de cuatro quincenas ya trabajadas. El
contador de la empresa –no sé si fingiendo o en verdad empático– me dijo que era un trabajo
que ya estaba hecho, que tenían la obligación de pagarme; pero neta que ya no quería saber
nada de nada. Sentí que ya no podía humillarme más. Tenía que renunciar por
pura pinche dignidad, y le dije que no quería que me pagaran, que simplemente me
devolviera mis recibos para cancelarlos. No soportaría ir a rogar para que me
pagaran lo que me quedaron a deber. Si no entienden que el trabajo es un
intercambio, un trato, un servicio que se paga los días acordados aunque “seas
soltero y no tengas hijos“, pues es su pedo. Tal vez ellos necesiten el dinero
más que yo. Y me fui sin despedirme de nadie, sin dar las gracias (¿de qué?) y simplemente dejé de mandar mi trabajo. Y en dos semanas ni el dueño, ni el editor, ni nadie de los que fueron mis compañeros me han buscado.
Yo ya no juego su juego. Me
enferma, a pesar de que era un trabajo que me fascinaba, pero si no lo valoran,
pues a la verga. Si son decentes me van a llamar o a mandar un email para
decirme que pase a recoger el adeudo que quedó pendiente; si no, no hay pex: sé
que como quiera dormirán con la consciencia tranquila. Así es esa gente de valeverga. A mí
no me resulta ser como ellos. A veces tampoco me resulta ser como yo, pero me
gusta más ser como yo que como ellos, aunque en una sociedad como esta casi
siempre salga bailando con la más fea, transado, jodido, burlado, pisoteado, trepado. No me importa.
Me siento tranquilo. Me aíslo un poco. El aislamiento es bueno. Dejas de
rodearte de culeros y de ambientes pestilentes. Dejas de jugar el juego de los
ojetes y los ojetes dejan de jugar contigo. Y no, no es victimizarme, sólo digo que no soy como ellos y prefiero mantenerlos lejos de mí.
Y, si un consejo puedo darles, es que no se pongan la camiseta de ninguna empresa, a menos que ésta se las proporcione o tengan mucha necesidad. Porque acá era: “Ponte la camiseta, pero págala tú y, cuando yo quiera, te la quito”. No. A la chingada. Tengan dignidad, no tengan necesidades que los hagan perderla. Los negocios no contratan gente digna, contratan a necesitados, a lamehuevos, a los mejores y más obedientes esclavos, a los agachones. Yo fui un agachón durante quince años y, cuando me armé de huevos, ya no les serví.
En fin. Ellos se lo pierden.
Y, si un consejo puedo darles, es que no se pongan la camiseta de ninguna empresa, a menos que ésta se las proporcione o tengan mucha necesidad. Porque acá era: “Ponte la camiseta, pero págala tú y, cuando yo quiera, te la quito”. No. A la chingada. Tengan dignidad, no tengan necesidades que los hagan perderla. Los negocios no contratan gente digna, contratan a necesitados, a lamehuevos, a los mejores y más obedientes esclavos, a los agachones. Yo fui un agachón durante quince años y, cuando me armé de huevos, ya no les serví.
En fin. Ellos se lo pierden.
lunes, julio 29, 2013
La niña rayada
Fui a desayunar a unos tacos a los que voy
esporádicamente desde hace más de diez años. Dejé de ir un tiempo porque la
señora que atendía –la dueña- era demasiado platicadora y fastidiosa, hasta que hace poco me
enteré que la doña abrió otro puesto lejos del rumbo y que su hijo se
había quedado a atender ese negocio. “Ojalá que el hijo no resulte
igual de fastidioso que su jefa”, pensé, y me monté en la bicicleta.
Al llegar pedí cinco de
frijoles con papa. “¿Refresco?”, me preguntó el hijo de la señora. “Si tienes
agua, te pido agua, por favor”, y me senté. En eso salió una niña de unos
cinco o seis años de una puerta con tela mosquitera. Cargaba un bote con agua. Le di las gracias, le sonreí y le
acaricié el cabello cuando me lo entregó. Su papá le gritó desde la parrilla: “¿Cómo
se dice, Abril?”. “Ponada, señor. ¿Quere otacosha?”, me dijo. “Nada, Abril, muchas gracias”.
Terminé de desayunar y me puse de pie para pagar. Abril llegó a mi mesa de la mano de su padre con una bandejita de
color negro y el ticket en la otra mano. “¡Gracias, Abril!”. Pagué la cuenta y le di unas monedas de más. “Qué bonita estás, Abril”, le
dije. El papá se agachó, le murmulló
algo al oído y la niña me dijo:
-Deja tú lo monita: ¡lo Rayada!
Y el corazón se me quebró :(
¡¿Por qué lo hacen, pinches papás
nacos?¡ ¿Por qué quieren hacer a sus hijas reguetoneras desde chiquitas? ¿Por qué
les transmiten sus traumas?, ¿por qué les meten ideas idiotas?, ¿por qué las
enajenan desde pequeñas?, ¿por qué matan su inocencia?, ¿por qué las enemistan desde esa edad con gente que
ni conocen? ¿Por quéee, pinches padres nacos?... ¡Púdranse en el infierno, culeros!
.
Abril: tú no tienes la culpa,
pequeña, Te tocó un papá muy menso. Mejor suerte en tu otra vida.
lunes, julio 22, 2013
El hombre es el hombre del hombre
Hay fiesta en el pueblo donde trabajo: abrieron un S Mart.
Antes de la hora de la comida decido darme una escapada y unirme al jolgorio, pues el nuevo supermercado queda casi enfrente de mi oficina.
La diferencia que tiene este centro comercial con el Soriana, el Aurrera y el Merco que existen desde administraciones pasadas es que éste abre 24 horas y cuenta con un área de comidas preparadas; obviamente con sazón más pinche y peor servicio que cualquier S Mart de Monterrey.
Imagino que La Empresa cree que la gente de este pueblo –en su mayoría de clase baja y media baja, con estudios truncos hasta primaria o secundaria- no merece lo que hay en Monterrey; o que tal vez no tienen la capacidad de exigir algo mejor porque ni siquiera pueden notar la diferencia.
Para mi sorpresa, las filas de las cajas son largas. También muy lentas, pero esto no me sorprende. El área de la comida preparada está atiborrada de gente. Hay algunas mesas vacías, pero lo están porque tienen montañas de basura sobre ellas: refrescos derramados, vasos de nieve derritiéndose, orillas de pizza, servilletas arrugadas… Un mugrero.
Noto que a algunas familias no les queda de otra mas que poner los desperdicios en el piso para poder sentarse. Nadie del personal del supermercado levanta la basura del suelo ni de las mesas.
Pienso que a mucha gente las cosas no le duran nada. A veces no las cuidan ni siendo suyas. Si ven algo limpio no pueden dejarlo igual. Tienen una fijación por la mugre, por lo roto, por lo parchado; por dejar su huella; por marcar su territorio. No tienen inconveniente en pasearse entre basureros creyendo que alguien más recogerá los desperdicios o estos desaparecerán por arte de magia.
Borro de mi vista la estructura del centro comercial y me imagino al aire libre, en un paraje natural; con árboles y riachuelos. Apuesto a que mi visión no duraría ni un día si fuera real.
Puede ser que debido a las carencias –de todo tipo- de los pobladores de este lugar, las cosas sean así. Pero a veces creo que no importa la educación ni el nivel socioeconómico ni las oportunidades. El hombre pasó de ser lobo a hombre del hombre. El depredador de su entorno. Con diferencias mínimas entre millonarios y pobres. El primero destruye y ensucia tanto como el otro, sólo que el millonario tiene la capacidad de esconder su basura, de pagar por que se la lleven lejos; el pobre no. El jodido, por lo general, recibe los residuos -de todo tipo, incluso emocionales y espirituales- de los pudientes, y se acostumbra a vivir entre ellos porque la mayoría de las veces no le queda de otra.
Mientras camino de regreso a la oficina por el amplio estacionamiento del centro comercial, me pregunto cuándo será la próxima fiesta en el pueblo. Tal vez cuando llegue el HEB. O el WalMart.
martes, julio 16, 2013
A mes y medio del primer volumen del Escuadrón Retro
¡¡¡Aviso!!! Ya funciona el botón de PayPal para los que quieran hacer pedidos del libro del Escuadrón Retro desde Estados Unidos (18 dólares), Centroamérica y Sudamérica (23 dólares) y Europa (25 dólares). Estas cantidades incluyen un libro autografiado y el envío. El botón de PayPal es amarillo, está en la casi-casi parte superior derecha de mi blog -abajo de la foto donde tengo un libro en la mano- y dice "Comprar ahora".
Si viven en México, el libro les cuesta $120 pesos (10 dólares si es por PayPal) con el envío
ya incluido, y también va dedicado, autografiado y
garabateado de mi puño y letra. El paquete lo mando por Sepomex, tarda de 6 a 10 días en llegar y va con número de
guía, para que no se pierda.
Escríbanme a guffo76@hotmail.com por si tienen alguna duda, o depositen en la cuenta 0106819211 de Banorte, o hagan una transferencia con la CLABE 072 580 00106819211 9 a nombre de Gustavo Fernando Caballero Talavera. Una vez hecho el depósito, mándenme sus datos al correo, para enviarles el paquete.
Pero si les caga PayPal y las instituciones bancarias, pueden comprarlo en las tiendas ComicastleFantástico de Monterrey, Querétaro, Guadalajara y D.F.
¡Muchas gracias a todos los que lo han adquirido! Un abrazo.
Pero si les caga PayPal y las instituciones bancarias, pueden comprarlo en las tiendas ComicastleFantástico de Monterrey, Querétaro, Guadalajara y D.F.
¡Muchas gracias a todos los que lo han adquirido! Un abrazo.
martes, julio 09, 2013
El billar de He-Man
En algún momento de nuestra vida los hombres soñamos con ser jugadores profesionales de billar. A mí me sucedió durante la prepa y parte de la carrera.
En aquel tiempo había tantos billares en la ciudad de Monterrey como ahora hay casinos y muertos. El Atlantis, el Moritas, el Bola Ocho, el Tucanes, el ¡Carambolas!, el Robin Hood y el Xanadú –por mencionar sólo algunos– fueron salas de billar que alguna vez visité con mis compas; pero al que iba casi a diario –por estar cerca de casa de mis padres– se llamaba Señor Pool.
El Señor Pool era un pequeño local en un segundo piso –arriba de una tienda Supercolchones– sobre la calle lateral de Avenida Paseo de los Leones.
No era un billar de mala muerte, pero tampoco era La Elegancia y El Buen Gusto atrapados entre cuatro paredes. Había cinco mesas para jugar: una de ellas con el paño rojo (ahí fue la primera vez que vi una mesa de billar con el paño rojo) y una barra de madera al centro con algunos bancos para sentarse, que casi siempre estorbaban para hacer los tiros. También se podía jugar a lanzar los dardos en un tablero circular de esponja y corcho que colgaba de una pared llena de agujeros. Detrás de la barra sólo se vendían refrescos en botella de vidrio, cerveza y bolsas de frituras; no había aire acondicionado y, los días entre semana, casi todo el día era “Hora Feliz”: pagabas una hora y jugabas dos.
Al dueño del Señor Pool le decían He-Man. Era un güey de unos treinta años, todo mamado y malencarado que usaba el pelo ondulado hasta los hombros. Más que He-Man parecía un cavernícola, o uno de esos estereotipos de bárbaro que salen en las películas. Sólo sus amigos y los clientes más frecuentes le decían como al mero mero de Los Amos del Universo, pero nosotros, aunque íbamos casi todos los días, no nos atrevíamos a llamarlo así; tal vez por la diferencia de edades o porque una vez uno de mis amigos –tratando de hacer confianza–, le dijo: “¿Qué onda, He-Man?, véndeme una cheve, ¿no?”, y el He-Man, bien cagado, le respondió desde el otro lado de la barra: “¡¿Cuál He-Man, pendejo?! Y si quieres cerveza, primero que te salgan pelos en el culo”. Nos quedamos fríos. Ni ganas de burlarnos de nuestro compa nos dieron.
Una de las cosas que más recuerdo es la vez que llegamos al 2 X 1 del sábado –que era sólo de diez de la mañana a doce del medio día– y las escaleras por las que se subía al billar estaban llenas de sangre. Gino, el encargado –un cholillo veinteañero de coleta y pelos parados como cepillo– trapeaba los escalones. Nos explicó que en la madrugada el He-Man había sacado a chingazos a dos clientes que, borrachos, se negaban a pagar las horas que habían estado jugando. Mientras observábamos a Gino limpiar la sangre, llegó el He-Man. Los cuatro que íbamos dimos un paso –que pareció un salto– hacia atrás. El He-Man, que nunca nos había dirigido la palabra mas que para cobrarnos, esa mañana, lo hizo: "¿Quieren jugar una hora gratis?: ayúdenle a Gino a limpiar este pinche desmadre". En dos segundos ya estábamos llenando tinas con agua y trapeando. Ese sábado pagamos el 2 X 1 y He-Man nos regaló una hora de billar y una bolsa mediana de fritos.
El Señor Pool sigue apareciendo en Google Maps. La foto data del 2009. Hace mucho que no paso por ahí. La verdad no sé si siga existiendo. De lo último que me enteré fue que lo cerraron, lo volvieron a abrir y lo cerraron definitivamente. Cada que veo una mesa de billar o escucho a alguien mencionar la palabra, los recuerdo del Señor Pool se disparan como las bolas del triángulo después de un buen saque.
viernes, julio 05, 2013
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






