He recibido correos y comentarios muy variados sobre el tema de la paternidad; algunos puntos de vista interesantes y respetables, otros típicos y muy aburridos. Concuerdo con que, es cierto: no tengo que andar dando explicaciones de nada y cada quien hace lo que se le pega la gana; pero si no me quejo, no tendría de qué escribir, jojojo.
Algunos de mis lectores dicen que los hijos son la extensión y la prolongación del amor de pareja. Yo creo que el amor lo único que prolonga es la pilinga, y que, en el amor compartido, una de las partes termina con la menor parte de ese amor. Es como querer amar a muchas mujeres a la vez.
Otros dicen que apenas que tenga un hijo sentiré lo que ellos sienten, cosa que me parece muy sensata y justa (como quien dice: “¡Cállate si no sabes, pinche Guffo”, snif).
Otros me dicen que soy puto, pero si lo fuera ya habría adoptado algún niño de Sumatra o Gabón, o alquilado un vientre para tener a mis gemelos; ya ven como son los gays de “cursilindos” y “mothernos”. Aparte, a mí nunca se me ha antojado achatar frijoles; lo mío lo mío lo mío es ponerle peluquín a Lupillo Rivera (si no entendieron eso de “ponerle peluquín a Lupillo Rivera”, a continuación se los explico con dibujitos):

Otros lectores simplemente nacieron para ser papás y traen ese gen o chip de reproducción y amor y yo no, porque tal vez soy un robot insensible fabricado en Japón y ensamblado por niños en la India, programado para vender cajas de cartón y dibujar, ¡bip-bip!
Otros me dicen que “no ha llegado la madre de mis hijos”. ¡Uy, sí!, qué sexy es pensar en una mujer que está dispuesta a pasar toda su vida encerrada, arreglando la casa, atendiendo mis demandas, oliendo mis pedos y atendiendo a mis hijos. Cero sexy. Y a la vez, me causa mal pedo saber que hay madres que no pueden dedicar tiempo de calidad a sus hijos por estar trabajando.
Bueno, ya, mucho rollo.
En resumen no siento querer tener hijos.
Por otro lado, muchos pensarán que en mi casa faltó amor, cariño, hubo divorcios o mi familia fue desunida y más disfuncional que la Familia Peluche y que de ahí surge mi negativa a formar la mía. Lo más curioso es que no. Nunca nos faltó amor ni, ¡ay!, un plato de comida caliente en la mesa, snif (típica frase cuando uno quiere agradecerle a sus papases que nunca le faltó nada, jejeje), pero sí fui testigo de lo mucho que se la pelaron mis padres para mantenernos a mí y a mis dos hermanas en escuelas Montessori, secundarias maristas, prepas y universidades privadas y viajes al extranjero para aprender inglés (en muchos de los casos, mis hermanas estuvieron becadas; yo no era burro, pero nomás nunca conseguí beca, snif). Puede que mi miedo o “trauma” vaya por ese lado. Pensar en no poderle dar lo mucho o poco que a mí me dieron, no darle lo que quiere por no dañarlo o darle todo lo que sea para que sea feliz pero perjudicarlo; encontrar ese punto intermedio, educarlo, darle un ejemplo, enseñarle cosas en las que no creo para facilitarle su trayecto por el mundo; verlo batallar, en un trabajo jodido o sin trabajo y no poder ayudarlo porque no está en mis posibilidades o la situción está dura, o poder ayudarlo pero dejar que se rasque con sus propias uñas para que “aprenda que el mundo es así de duro y nada se regala” y luego me odie yo y me oide él y qué sé yo… No sé… son tantas cosas que prefiero evitar.
En fin. Ya me dio hueva el tema.
Ya está arriba la número 3 de
¡#$%&! Cómics y la portada del número 11, que saldrá esta semana, para que lo chequen.