jueves, junio 27, 2013

Acuario Municipal

Si les gusta echar a volar la imaginación y escribir lo que resulta de este viaje, les recomiendo los concursos que organiza mes con mes el escritor mexicano Alberto Chimal en su página Las Historias. Son concursos que consisten en desarrollar una historia -un relato breve, generalmente- a partir de una imagen "random". La fotografía del último concurso (que presento aquí abajo) me inspiró a reescribir el texto del cine Aracely -que publiqué el viernes pasado-, y ésta fue la mafufada que resultó: 
El Le Barón es de los pocos cines porno que sobreviven en la ciudad. Está ubicado en la calle Mondragón, casi esquina con Lugones. Lo rodean edificios de fachadas desgastadas, salas de masajes y puestos de tacos. También algunas leyendas urbanas. La más conocida dice que si no vas acompañado, un hombre vestido de cuero negro y picos de metal se aparece en las butacas del fondo. Pero ninguna leyenda urbana es tan inquietante como la del Acuario Municipal. 

De niño lo visité varias veces. La primaria en la que estudiaba organizaba viajes cada mes. Lo que más me gustaba era el tanque de las mantarrayas, pues podíamos acariciarlas y darles de comer unas bolitas cafés que salían de máquinas tragamonedas. También recuerdo una pecera enorme -al fondo- que siempre tenía un letrero anaranjado que decía: “Cerrado por mantenimiento”. El agua de aquel tanque era tan turbia que no podía verse más allá del cristal. Mis compañeros y yo jugábamos a pegar el rostro en el vidrio, imaginando –con el corazón acelerado- que algo horrible saldría de entre la penumbra. El que aguantara más tiempo era el más valiente. 
Hasta que un día el Acuario Municipal cerró. 

Fue en una posada familiar donde escuché por primera vez “el misterio” del Acuario. Mi tío Roberto estaba sentado frente a la pecera que adornaba la cocina de casa de mis padres, absorto. Cuando me acerqué a la mesa para prepararme un whisky, de la nada, mi tío empezó a hablar: 

“Era tan hermoso como aterrador… El agua se aclaraba en las noches. En eso, salían los globos –así los llamaba yo- que cambiaban de color y hacían formaciones geométricas... como un ballet en perfecta sincronía. Y sentías como si estuvieras flotando dentro del tanque. Como hipnotizado… Pero te juro que siempre procuré irme antes de que los globos se pusieran azules, porque entonces empezaban los gritos de las muchachas... y el agua se agitaba como si el tanque fuera una licuadora gigante… como si el vidrio se fuera a romper. Pero me quedaba. Me atrapaban las luces… el ruido… los colores del agua. Después, todo era silencio... pero las imágenes y los alaridos volvían en mis pesadillas”. 
De pronto, sin despegar la mirada del tanque, mi tío Roberto enmudeció. 

Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando vino a mi mente aquél juego de infancia: el de ver quién aguantaba más tiempo con la cara pegada al cristal, pues claramente recuerdo haber visto rostros de mujeres diluyéndose entre la negrura del agua; pero siempre pensé que había sido mi imaginación. 

 “¿Conoces el cine Le Baron?”, dijo mi tío Roberto, clavando sus ojos en los míos.

viernes, junio 21, 2013

El Aracely

Caminando por el centro de la ciudad me topo con el mítico cine Aracely. Confieso que siempre había escuchado hablar de él, pero nunca lo había tenido enfrente; por lo que decido sacar la cámara de la mochila y tomar algunas fotografías. De pronto, un hombre robusto y con barba de candado sale de una puerta de cristal polarizado; se para en la orilla de la banqueta y me hace un ademán levantando las manos y parando el cuello, como preguntando “¿Qué quieres?”. Guardo la cámara en el bolsillo de la camisa, cruzo la calle y me acerco extendiéndole la mano, explicándole que las fotos son para un supuesto artículo que saldrá la próxima semana en un periódico ficticio: "Un artículo en el que hablo sobre construcciones emblemáticas de Monterrey". “Ah, perdón, pero es que uno ya no sabe las intenciones de la gente, compadre”, me dice, sereno y sonriente; y entonces entramos en confianza. 

El hombre –Héctor, se llama– me dice que el boleto de entrada cuesta $60 pesos. El precio lo confirma una cartulina anaranjada con plumón negro que está pegada en el vidrio de la taquilla. “Abrimos todos los días: los sábados de 10am a 10pm. Es como un cine normal”. Héctor recalca siempre la palabra “normal”. “Tenemos una dulcería, como los cines normales, pero obviamente las medidas de higiene de la sala son mayores”. Prefiero no ahondar en eso de “las medidas de higiene”, pues supongo a lo que se refiere.
Héctor también me platica que lleva 15 años trabajando ahí, y que siguen conservando los proyectores de 35mm –“unas reliquias que han de valer una lana”–, a pesar de que la mayoría de las películas que proyectan ya son en formato DVD. 

En eso, el teléfono de la taquilla suena. Héctor me pide que lo disculpe; mete la mano por una abertura y saca el auricular. Cuelga minutos después. “Si quieres otro día te doy un rol por adentro, ahorita ya me tengo que ir a unos mandados, compadre”. “No te preocupes,” le digo. “Te agradezco mucho tu tiempo” Antes de estrechar su mano para despedirme, me dice que quienes acababan de llamar son los dueños del cine: “Es una pareja de viejitos. Unas reliquias: como los proyectores”. Reímos. Cruzo la calle y me quedo con la imagen de una pareja de más de setenta años usando ropa de látex negro. 

El Aracely es de los pocos cines porno que sobreviven en la ciudad. Está ubicado en la calle Isaac Garza, casi esquina con Villagómez, en el centro de Monterrey. Lo rodean edificios de fachadas desgastadas -algunas balaceadas- y salas de masajes. También varias leyendas urbanas. Una de ellas dice que si vas solo y alguien se sienta en la butaca de enfrente, te está invitando a tener sexo; otra cuenta que los domingos el cine permanece cerrado porque hacen orgías. Pero a la fecha no he conocido alguien a quien le consten tales historias. De hecho, cuando se las mencioné a Héctor, se rió y lo negó. 

Me acuerdo que hace más de veinte años los periódicos todavía publicaban entre sus páginas una larga lista de películas pornográficas en exhibición; incluso más larga que la cartelera infantil, que se limitaba a las matinés de dibujos animados del Teatro Montoya, los fines de semana. 
Lo recuerdo porque a esa edad me llamaban mucho la atención los nombres de estas salas –Sala Rex, Cine Chaplin, El Adelita, Cine Encanto, Vistarama, Lírico I y II– y las películas que proyectaban: “Colegialas Ardientes”, “Sexorama 2000”, La Guarra y el Vagabundo”, "La Ninfómana que se vino del Espacio”, por mencionar algunas. También me llamaba la atención que a estas películas les pusieran tres letras equis, que para mí eran “tachitas”, y que relacionaba con las que ponía mi maestra con tinta roja en los exámenes para los que no había estudiado muy bien. Por lo tanto, en mi cabeza deducía que las "tachas" también eran algo “malo” en el mundo de los adultos; algo “prohibido” pero “permitido” al mismo tiempo; un misterio inquietante para mi edad. 

Hasta que un día dejaron de publicar la lista de películas porno en los dos periódicos que había en ese entonces, a pesar de que los cines seguían funcionando. Imagino que fue cuestión de negocios y de doble moral, defecto que siempre ha caracterizado a esta ciudad. Según Héctor, los cines porno dejaron de ser negocio cuando empezó el auge de las antenas parabólicas y los establecimientos de renta de videos, por eso muchos cerraron; pero eso para El Aracely fue una ventaja, pues había menos competencia. Hasta que se desató la ola de violencia y los cines porno no fueron los únicos negocios que se vieron obligados a cerrar; transformándose manzanas enteras de zonas comerciales en pequeños pueblos fantasma.

Pero El Aracely ha sobrevivido. Según Héctor, nunca ha cerrado sus puertas, aunque acepta que ha bajado la afluencia de clientes. El Aracely sigue de pie, a pesar de las nuevas tecnologías, las crisis económicas y la violencia. El Aracely sigue ahí, rodeado de abandono, recordándonos que hubo un tiempo en que abundaron este tipo de cines y Monterrey era un mejor lugar para vivir.

lunes, junio 17, 2013

Pequeños secretos de mi ciudad

Suelo estacionar el coche algunas cuadras después del lugar al que voy.

Lo hago para caminar. Caminando se conocen las ciudades.

También lo hago porque siento que es una forma de reconciliarme con la mía.

Descubrir rincones que no conocía porque siempre pasaba en coche y no me detenía a contemplarlos.

Creo que no puedes amar algo que no conoces; o que conoces a medias.

Pero también creo que puedes odiar algo que conoces muy bien.

Caminar entre estas calles es una manera de decir: "Te odio pero quiero aprender a amarte".

Aunque me queda claro que el amor no es algo que brote a la fuerza o se imponga a huevo.

Pero mientras estás con algo o con alguien, es mejor sentir amor a sentir odio; o, peor tantito: no sentir nada.

Con el sol de las seis de la tarde de frente, me topo con un mural en una esquina, con un árbol creciendo entre los escombros de una casa abandonada y con una famosa fábrica de dulces cuyas ventanas se ven tan reales que nunca me había dado cuenta que son pintadas.

Y me maravillo con estos secretos recién descubiertos en mi ciudad.

viernes, junio 14, 2013

Notición II

Mi libro del Escuadrón Retro ya está a la venta en las tiendas ComiCastle de Monterrey, D.F. Guadalajara y Querétaro.
Prometo que el lunes escribiré más de otras cosas y no nomás de mi libro de monitos. Saludos a todos.

miércoles, junio 05, 2013

Anda bien "high"

Recuerden que ya pueden adquirir el libro del Escuadrón Retro. Informes en la sección de comentarios o en el post de abajo.

martes, mayo 28, 2013

¡Notición!

La primera tira del Escuadrón Retro que dibujé, apareció en este blog en abril del 2007. Era más o menos así:
Versión remasterizada
Después de muchos años de desidia y de pegarle al artista ermitaño -y como una deuda de agradecimiento a todos los lectores que "se hicieron fans" de mis personajes-, decidí sacar la primera recopilación de tiras del Escuadrón Retro.
El libro tiene 112 páginas y cuesta $120 pesos con el envío ya incluido a cualquier parte de México; y va dedicado, autografiado y garabateado de mi puño y letra (qué elegante se leyó eso, snif). El envío es por Sepomex y va con número de guía, para que no se extravíe.

O si quieren se los puedo entregar personalmente. Nos ponemos de acuerdo para vernos en algún lugar de la ciudad de Monterrey y sólo pagan $95 pesitos.

Los pedidos a Estados Unidos -libro y envío- salen en $220 pesos.

Si el pago lo hacen vía PayPal -en el botón que está en el extremo superior derecho de su monitor-, el costo del libro aumenta $5 pesitos, por la comisión que cobra ese medio.

Escríbanme para hacer sus pedidos y mandarme sus datos (o si tienen dudas) a guffo76@hotmail.com. La cuenta bancaria es de Banorte, la 0106819211, o pueden hacer una transferencia con la CLABE 072 580 00106819211 9, a nombre de Gustavo Fernando Caballero Talavera. No se saquen de onda si les aparece "Gystavo" en vez de "Gustavo"; es una larga historia -bueno, ni tanto- que pueden leer en el archivo de febrero del 2010 de éste, su blog favorito.

Sin más por el momento, les doy las gracias por seguir leyéndome. Un abrazo a todos.

martes, mayo 21, 2013

Con el cerro a un costado. Segunda parte.


Una camioneta vieja y destartalada se orilla en donde termina la avenida Paseo de los Leones, al poniente de la ciudad. En realidad ahí no termina la calle, pero enormes piedras –supongo que puestas con montacargas sobre el concreto -y una caseta con alambre de púas que parece abandonada, impiden el paso a los vehículos desde hace algunos años. Hasta este paraje campestre –de los pocos que quedan en Monterrey- han llegado los fraccionadores. Todavía no echan a andar todos los proyectos de vivienda anunciados, pero no tardan. El último atisbo de civilización que hay antes de que tope la avenida y todo lo que la rodee sea de nuevo monte, es un Seven Eleven y un OXXO: uno enfrente del otro, como delimitando dos mundos que nunca han podido llevarse bien.

La carrocería de la camioneta está manchada de pintura anaranjada en los costados y en el cofre, y en otras partes se deja ver oxido y golpes resanados con pasta gris. En la caja, dos jovencitas platican y ríen cada que se arrebatan lo que parece ser un teléfono celular. Las acompaña un niño moreno y regordete que, apenas y la camioneta detuvo su marcha, se puso de pie y apuntó la mirada en dirección al cerro de las Mitras. Adentro de la pickup, en el asiento del copiloto, hay una mujer. Supongo que es la madre de los tres. Con una mano se echa el cabello detrás de la oreja y con la otra baja el vidrio para gritarle algo a quien supongo es su pareja o el padre de los tres de atrás.

El hombre se interna algunos metros en el monte. Carga un palo largo con una especie de gancho amarrado en un extremo. Esquiva rocas y arbustos con destreza, hasta que se detiene frente a una yuca de gran tamaño. La mujer vuelve a gritar algo. Esta vez el hombre voltea, hace un ademán y sonríe, para después  volver la vista a la yuca y, con ayuda de la garrocha, cortar el racimo de flores amarillentas que cuelga de la parte más alta del árbol. El hombre se introduce un par de metros más entre los matorrales rastreros, se detiene frente a otra yuca de menor tamaño -pero con más ramificaciones- y arranca con el gancho el ramillete de flores. El niño grita “¡Apá!” mientras señala con una mano a una pareja de conejos que corren despavoridos entre los arbustos cuando el manojo golpea el suelo. El hombre los mira de reojo y hace un puchero de amargor: tal vez recordó que olvidó cargar con la resortera, el arma portátil casera que hubiera hecho la diferencia para la cena.

El hombre camina hacia otra yuca, conocidas también como árboles de Josué. Son de crecimiento lento -dos centímetros por año- y pueden vivir hasta 200 años; pero esto tal vez él no lo sabe. Las niñas no paran de reír ni de manotear en la caja de la camioneta. El niño no despega la mirada del hombre, quien ahora recoge los montones de flores y los va metiendo en un costal blanco y deshilachado que tenía metido -doblado- en el resorte del pantalón. Al terminar, se pone el costal sobre el hombro y sale de entre la maleza. El niño se acerca, presto para ayudarlo. Jala el costal del hombro y lo deja caer en la caja. El hombre sonríe mientras el pequeño se acomoda el costal entre las piernas, se sienta y pone los antebrazos sobre las rodillas. La camioneta arranca envuelta en una nube de humo. 

La escena fue como una imagen rupestre grabada en la cara del cerro. Una alegoría de una ciudad "moderna" donde no se ve gente arrancando comida de los árboles porque, para empezar, ni árboles hay.  Un suceso poco común, que tal vez no vuelva a repetirse porque no volverán a florecer las yucas. O quizás el próximo año me vuelva a topar a este hombre con el mismo palo largo, pero en vez de tener un gancho en la punta para cortar ramilletes de flores, tendrá un rodillo para pintar las paredes de las flamantes residencias.

lunes, abril 29, 2013

Aventuras en una sexshop

Ir de compras me pesa como no tienen una idea. Sólo lo hago cuando mis camisas tienen una tonalidad amarillenta en la parte de los sobacos o cuando mis zapatos están más jodidos que los del Chavo del 8; siendo esta última la razón por la que tuve que ir a un centro comercial a comprarme "papos" nuevos.

Pero como no me gusta andar paseando entre aglomeraciones de personas, ni viendo aparadores, ni probándome zapatos como una mujer; primero los busco en Internet. Pongo en Google: "Papos chiditos", y ahí me aparecen un chorro de opciones. Elijo el modelo más elegante, veo en qué tienda lo tienen, compruebo que tengan de mi talla, me cercioro en qué centro comercial está la tienda en donde los tienen y voy directo por ellos, sin hacer escalas en ninguna parte, para así estar el menor tiempo posible rodeado de compradores compulsivos y empleados incompetentes y… gente en general.

Y eso hice precisamente la semana pasada. Me lancé por mis zapatos Flexi directamente a la tienda del centro comercial en la que los tenían, y, una vez que los pagué, salí corriendo de ahí para alcanzar los quince minutos de tolerancia del estacionamiento. Pero, ¡oh, sorpresa!: una mujer extraña me interceptó bajando las escaleras eléctricas, dándome un volante y ofreciéndome pasar a “un nuevo concepto en tiendas”. Cabe aclarar que cuando iba bajando por las escaleras vi que dos personas habían ignorado bien feo a la señora, y pues se me hizo gacho hacer lo mismo porque, podré odiar los centros comerciales y al mundo entero, pero tengo corazón de pollo, snif. Total que la señora me dijo que sólo quitaría cinco minutos de mi tiempo, pero obviamente también me quitaría los 15 pesotes del estacionamiento. Y pues ya, resignado y no teniendo de otra, entré en el local. Era una sexshop.

La señora, muy amable, me dijo: “Deme su mano”, y yo bien obediente se la di. La mujer tomó un botecito de una vitrina con peluche rosa y me embarró una crema en la muñeca; la frotó y me dijo que la oliera. Obedecí. “Es para estimular la vagina de su pareja”, me dijo· “Es comestible. Sabe a fresa. La puede lamer”. Y como yo andaba de obediente, pues me chupé la muñeca y, en efecto: sabía a fresa. Cuando quité el mejunje  de mi mano y me disponía a despedirme con un: “Muchas gracias, pero no me interesa; yo uso pura salivita”,  la mujer me dijo: “Espere: todavía no termino”, y me jaló a otra parte de la tienda y tomó  otro botecito de otra sección de la vitrina, en donde se apreciaban consoladores de todas formas, texturas, tamaños y colores. Y me puse nervioso, snif. “Deme su mano”. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, pues, por los nervios, pensé que había dicho: “Deme su ano”; pero no. Aunque no niego que todavía levanté la mano con cierta desconfianza, pues pensé que la ñora me iba a pedir que sostuviera uno de los viborones que tenía en exhibición. Pero no. La señora me puso el aceitito del bote y me lo  frotó en la muñeca. “Éste sabe a coco”. Al querer lamerlo, como hice con la crema, la ñora me dijo: “Éste es para la estimulación anal”. ¡Ay, güey! Hasta me dieron ñañaras y salté pa´tras con la lengua de fuera. “Es comestible, no tema: chúpelo con confianza"; pero como que ya no se me antojó probarlo y sonreí y  mejor me lo embarré en el pantalón.

Todo esto podría parecer algo bien chido, como el inicio de una película porno hardcore; pero nel. En serio que yo ya me quería ir a la chingada de ahí porque me iban a cobrar 15 pesotes en el estacionamiento y porque las agarraderas de la bolsa en donde traía la caja de los zapatos nuevos empezaba a calarme. Pero la vieja nomás no me dejaba porque no paraba de hablar y de jalarme con la mano a otra sección de la larga vitrina que atravesaba el local de pared a pared. Y me siguió mostrando cosas: esposas forradas con terciopelo y con peluche, bolitas chinas para el chikistrikis, pequeños plumeros para estimular entre los dedos de los pies, mazos de póquer para jugar a encuerarse, libros del Kama sutra, libros de sexo tántrico, libros con posiciones bien locas, catálogos de lencería, catálogo de disfraces, calzones con pitos de goma… Neta que me sentí un menonita panista ultraconservador con respecto a mis prácticas sexuales al verme rodeado de tanta cosa maniaca, snif. Y la señora hablaba y hablaba: que si el ano, que si “de a perrito”, que si “los testículos depilados chopeados en chocolate derretido”... Neta que estuve a punto de decirle: “¡Ya bájele de tono, pinche vieja, que se me está parando!”. No, no es cierto. No se me estaba parando… Bueno, nomás un poquito.  

Y pues ahí estuve escuchándola más de media hora, nomás asintiendo, pensando en los 15 pesos que había perdido y aguantándome el dolor de la palma de la mano por el peso de la caja de los zapatos. Hasta que en una de esas pausas en que la mujer quiso tomar aire, le dije que muchas gracias, pero que no iba preparado económicamente para adquirir sendos objetos de placer. Al escuchar esto, la señora puso carita triste, se sacó una tarjeta de las chichis, me dio las gracias por mi tiempo y me dijo que volviera pronto. Y salí de ahí. Con el pito parado. ¡No, no es cierto!... Bueno, nomás tantito.

martes, abril 23, 2013

Amor tlacuache








El fin de semana vi a una pareja de tlacuaches apareándose. Permanecí casi dos horas contemplándolos en silencio mientras el amanecer iba clareando la ciudad. Fue un espectáculo conmovedor. Como pocos he visto en mi vida. El macho lamía el lomo de la hembra con algo que parecía más ternura que instinto animal.

Para los que no lo saben, el tlacuache es de los pocos marsupiales que hay en el continente americano y el único que habita en México. Hace algunos años, en la ciudad de Monterrey, solía haber bastantes de estos animalitos. Abundaban en mi barrio antes de que todo fuera calles y casas; cuando podía cruzar la colonia de lado a lado balanceándome de rama en rama sin pisar una sola vez el suelo. Pero, como pasa en todas partes, la urbanización le ganó terreno a la naturaleza. Los tlacuaches comenzaron a aparecer atropellados o molidos a palos en las banquetas, pues, en su ignorancia y carencia de sensibilidad, mucha gente los veía como plagas: como ratas gigantes que esparcían sus enfermedades y los desperdicios de las bolsas de basura que roían para comer. Hasta que desaparecieron, como lo hicieron otras especies.

Tal vez a algunos de ustedes esto de la pareja de tlacuaches apareándose no les diga mucho, pues en una ciudad como Monterrey –que nunca ha tenido esa "contraparte verde” debido a que se desarrolló en base al concreto, el acero y el vidrio-, los motivos de asombro son otros; pero para mí, este tipo de acontecimientos -aparentemente insignificante por ser una función natural- son importantes y están llenos de sentido. Ser testigo de algo así me recuerda que la vida siempre busca un camino para permanecer; como lo hace el cactus que se aferra a la pared de roca o los dientes de león que brotan sobre la banqueta de alguna concurrida avenida.

La vida se abre paso. Tal vez no tan rápido como el progreso y la modernidad, que lo depredan todo; pero lo hace a su ritmo. O al que le hemos impuesto. Pero lo hace. Me lo recuerdan los tlacuaches -y los colibríes, lagartijas, mariposas y urracas- que antes no veía con tanta frecuencia y que ahora veo casi a diario.

miércoles, abril 17, 2013

Parkour


Y para todos los que me preguntan que qué pedo con El Escuadrón Retro, que cómo se me ocurrió tal mafufada, etcétera; ahí les va más o menos una respuesta:

Creo que dibujé al Escuadrón Retro por primera vez cuando me entró la crisis de los 30, por ahí del año 2007. A diferencia de muchos treintones, a mí no me angustió el hecho de no estar casado, no tener hijos ni haber obtenido un crédito para comprar una casa (los guapos no tenemos tiempo para eso :P). A mí me golpeó la absurda y cursi obsesión de querer volver a ser niño y –obviamente– no poder, pues mi infancia –como la de muchos– ha sido la etapa de vida que más he disfrutado. Y cómo no, si trepaba árboles, construía fuertes en montes baldíos, me bañaba en la lluvia, fabricaba paracaídas con bolsas para la basura, aparecía un dinosaurio oprimiendo un botón de mi reloj y me volvía invisible oprimiendo otro; mi bicicleta volaba, mi cuarto tenía pasadizos secretos que conducían a tesoros y podía tener el mar en casa tapando con un trapo la coladera de la regadera. Todos esos sueños y juegos imaginativos; todos los recuerdos; toda la inocencia y libertad de aquella etapa -que muchas veces olvidamos en el proceso de convertirnos en adultos-, todo lo rescaté para crear estas tiras.

Pero ¿qué pedo con los personajes principales?

Bueno, pues me tocó vivir una época en la que las mamás se enamoraban de Tom Selleck, no se perdían la telenovela Cuna de Lobos y bebían TaB: un refresco bajo en calorías que contenía un endulzante cancerígeno y prometía figuras esbeltas. La primera y única vez que probé -y escupí- esa madre, me supo como si hubiera pegado la lengua en el polo positivo de una pila doble A. Aunque muchos decían que "sabía a medicina", pero nunca especificaban a qué medicina. Recuerdo que mi padre –enemigo público número uno de la comida chatarra– regañaba a mi mamá cada vez que la veía bebiendo una lata de ese nefasto brebaje que terminó por convertirse en la Coca Cola Light, y que mi madre sigue bebiendo a pesar de los regaños de su marido.

Fue también cuando se puso de moda una consola de videojuegos muy sencilla, pero espectacular para aquellos años. Atari 2600, se llamaba. Bastaba un cuadro negro con palanca, un botón anaranjado y mucha imaginación para derribar naves extraterrestres o manejar un coche de carreras que más bien parecía una mancha cuadriculada. A diario nos juntábamos en la casa del niño rico de la cuadra –el único al que sus papás le habían comprado el aparato en Houston– a jugar los cartuchos de Pac-Man, Dig Dug, Frogger, Pole Position, Jungle Hunt, Asteroids y Space Invaders.

Fue precisamente en casa del Pollo -el niño riquillo de la cuadra- que descubrí dentro de un cajón –mientras esperaba mi turno en el Pac-Man– el cubo Rubik. Esa tarde me olvidé por completo del Atari, me senté en un sillón e intenté poner de un mismo color las seis caras del novedoso rompecabezas. No pude formar ni siquiera una. De hecho, es fecha que no lo he logrado. De la única forma que podía hacerlo, era despegando y volviendo a pegar los cuadritos adhesivos de colores o pintándolos a mi antojo con Pincelines.

Muchas cosas marcaron mi infancia, pero las tres anteriores fueron las primeras que me vinieron a la mente cuando se me ocurrió crear a los tres personajes principales del Escuadrón Retro.

Así fue.

miércoles, abril 03, 2013

Con el cerro a un costado


Salgo de casa a las once de la mañana, con un sándwich de jamón con queso y un litro de agua de papaya en la panza. El recorrido al trabajo dura aproximadamente 35 minutos en coche. El Cerro de las Mitras me acompaña al costado izquierdo durante casi todo el camino, hasta que tomo la desviación del libramiento y la imponente masa de piedra y hierba queda a mis espaldas. Hay partes en donde todavía no construyen los fraccionadores, pero no tardan. Las mallas ciclónicas en medio de la nada anuncian el inminente final de miles de metros de arbustos rastreros y árboles de Josué; o yucas, como mejor los conocemos aquí. Durante estas fechas también pueden apreciarse las flores blancas de las anacahuitas y el amarillo intenso de las retamas floreciendo. En algunas partes donde el campo está cercado, hay lonas que anuncian la próxima construcción de un fraccionamiento exclusivo: “Cumbres Allegro”, “Cumbres Bonanza”, “Cumbres Premier”… Un Seven Eleven y una gasolinera desentonan con el paisaje agreste. El contraste me recuerda el chiste aquel de que lo primero que habrá en Marte será un McDonald´s o una de estas tiendas. 

En mis días libres subo hasta acá en bicicleta. Hay algunas veredas por las que puede andarse. Se ven conejos, culebras, lagartijas y gavilanes, hasta que uno se topa con pequeños claros desmontados desde la raíz por maquinaria pesada. El golpe de realidad es duro como el concreto. Pienso que si tuviera dinero, me gustaría ser el dueño aunque fuera de una hectárea. Haría un parque estatal. Un parque ecológico como el de árboles de Josué en California. Con senderos para cross-country, letreros informativos sobre la vegetación y la fauna del lugar, y áreas para acampar. O tal vez construiría un pequeño resort autosustentable. Unas ocho o diez cabañas, y haría actividades diurnas, como tours en bicicleta y safaris fotográficos; y actividades nocturnas, como fogatas y terraza con telescopios para contemplar el cielo. Tendría tarifas especiales cada luna llena y cada que hubiera lluvia de estrellas. Los niños entrarían gratis y se permitiría la entrada a mascotas. Pero de seguro mi plan no es tan redituable como un fraccionamiento.


Tomo el libramiento. El cerro queda atrás. Es la hora de los tráilers. Bajo la velocidad y comienzo a esquivarlos. Un señalamiento verde anuncia que he entrado al pequeño municipio en donde trabajo. Ha dejado de ser el área rural que era hace 25 años, pero no deja de ser un rancho. La diferencia es que donde antes había ejidos ahora hay casas de interés social. No son como las que harán en “Cumbres Allegro” y “Cumbres Bonanza”; estas casas son de un piso y una recámara, con nombres más modestos y absurdos: “Villas Campestres”, “Riveras del Prado”, "Elite Estrella".

Recuerdo que un amigo de la infancia nos invitaba al rancho donde vivían sus abuelos, que quedaba por estos rumbos. El camino me parecía larguísimo. Sentía que viajaba a otro país. Veníamos los fines de semana a nadar en una pila de concreto, a corretear gallinas y montar a caballo. La abuela de mi amigo sacaba agua de un pozo, mataba víboras con machete para secar su carne, ordeñaba vacas y chivas, hervía la leche y nos preparaba panes y tortillas con nata. Nada de eso queda: ni los abuelos de mi amigo, ni los pozos de agua, ni los corrales con animales ni la leche hace nata. Ahora todo es un yermo extenso de donde se elevan nubes de polvo.

Me comentan en el trabajo que los ejidatarios vendieron sus terrenos a las constructoras. Que recibieron buen dinero por ellos. "Un pago justo". Eso dicen. No me consta. Había familias que poseían tierra en donde cabían 20 ó 30 casas de interés social. Pienso que por más justo que haya sido el pago, no creo que se compare vivir en una casa de ésas a vivir en un ejido. Es como enjaular a un cenzontle. Los ejidatarios cambiaron -o los obligaron a cambiar- su patio de tierra con pozo de agua, aves de granja y perros que correteaban entre mezquites y huizaches, por un patio pavimentado de seis por dos metros que seguramente terminará convertido en lavandería o en un cuarto extra. 

Es el costo del progreso que, al parecer, tenemos que pagar aunque no queramos.