jueves, septiembre 27, 2012

Como sabrán -pero igual y les vale madre, snif-, llevo nueve meses viviendo en Toronto: ciudad multicultural, financiera, universitaria y relativamente "nueva", en comparación con otras ciudades canadienses "importantes". En mi corta estancia me he dado cuenta de la proliferación de negocios y eventos relacionados con la cerveza artesanal, al igual que de la creciente cultura que se ha ido formando alrededor de esta industria "indie" en tan poco tiempo. Me llama mucho la atención que siendo Ontario una provincia con políticas muy estrictas para la venta de alcohol y en donde las marcas de cerveza que dominan el mercado son las de las grandes compañías -Molson, Coors, Moosehead, Heineken, Corona-, las microcervecerías se multipliquen como conejos borrachos. 

Alguna vez les comenté en este blog -pero igual y les valió madre, snif- que en la provincia de Ontario no se vende alcohol en ninguna tiendita de la esquina, changarrito, tienda de conveniencia o supermercado; todo el chupe se consigue en los establecimientos del gobierno, llamados LCBO (Liquor Control Board of Ontario), The Beer Store y creo que en otros que se llaman Winerack. Obviamente, también se puede conseguir alcohol en bares y restaurantes con LLBO (Liquor Licence Board of Ontario), pero casi al triple del precio; y vaya que aquí el precio “normal” es alto. 
Lo más tarde que uno puede comprar alcohol en un LCBO o en un Beer Store, es a las diez de la noche; dependiendo del día de la semana y la ubicación del establecimiento, pues algunos días cierran a las seis de la tarde y otros a las ocho de la noche. En los bares y restaurantes se puede beber hasta las dos de la madrugada, siempre y cuando el lugar cierre a esa hora. Como dato curioso, en nueve meses que llevo viviendo acá, no he conseguido cerveza fuera de horario en ningún lado... porqueee, obviamente no he querido infringir la ley, cof, cof... Por lo tanto, aquí sí aplica eso de que es más fácil conseguir drogas que cerveza, por si andaban buscando un paraíso psicodélico, queridos yunkies. 

Comento lo anterior porque cada que me bebo una cerveza, no puedo evitar comparar a Monterrey con Toronto (jajajaja), y preguntarme: ¿qué chingados pasa allá? Qué chingados pasa allá en todos los aspectos; pero, sobre todo, con el de la cerveza en relación a una cultura y un entorno social sano, como lo es aquí. Sé que a muchos de ustedes les valdrá verga y no es un tema trascendente con toda la problemática que se vive en México actualmente y wara wara, pero no tengo otra cosa de qué escribir y se me antojó hablar de cerveza porque me estoy bebiendo una y ahora se aguantan, ¡hic!

Les decía que cada que me bebo una cerveza me pregunto por qué carajos si en Monterrey hay una empresa que tiene más de 120 años en el mercado y produce millones de litros de cerveza a diario, no se ha podido crear una cultura cervecera, pero sí una "cultura" de embrutecimiento, enajenación y exceso. Porque no, señores puristas de la “regiomontanidad”: tomar cerveza todos los días, o mientras se asa carne, o cuando se ve un partido de fútbol -o cuando se asa carne mientras se ve un partido de fútbol- no significa que tengamos una cultura cervecera; por más que los medios locales mierderos se empeñen en vendernos esa “identidad regiomontana” y la ciudad esté forrada de publicidad ingeniosa sobre este brebaje. La cultura cervecera requiere más que beber a lo pendejo las mismas agüitas carbonatadas levemente amargas hasta ponerse idiotas. 

Es curioso que en Monterrey no haya Oktoberfest ni festividad alguna que se relacione con la cebada, como las hay en las ciudades productoras de cerveza y hasta en las que no producen tanta. Y por “festividad” no me refiero a esos eventuchos –conciertos, carreras de coches, peleas de box- patrocinados por las mismas marcas guangas de siempre, ni tampoco a esas pinchurrientas noches de 2 X 1 en tarros de la cadena de restaurantes Das Bierhaus -antro de poca monta que frecuentan los oficinistas y sus amantes antes de irse a matar cochino a un motel-, que nada de alemán tienen, salvo el nombre engañabobos. 

Pienso en Monterrey y sus leyes tan laxas en cuanto a venta de alcohol: leyes que pretenden ser duras pero que terminan quebrantando quienes "dan moche". Pienso en qué tan bueno es que haya un control total del gobierno sobre el alcohol, con horarios y lugares reducidos para su venta. Pienso también en las consecuencias de que no exista tal control, y que cada quien sea responsable de la cantidad de alcohol que se bebe y tenga la libertad de comprarlo donde sea a la hora que sea. Pienso en la apertura de antros, bares, congales y casinos; pero en la inexistente apertura del mercado local para la importación y producción masiva de nuevos y mejores productos cerveceros. Pienso en las autoridades y sus “operativos antialcohólicos”, que sólo sirven para sorprender ebrios al volante y extorsionarlos, en vez de promover el consumo responsable, el transporte público eficiente y así reducir los accidentes viales y muertes a causa de esto. Me cuestiono también qué tipo de relación tendrán las autoridades con el monopolio -o duopolio- cervecero, y me pregunto quién manda a quién; quién hace las leyes, quién da los permisos, quién pone las condiciones y prohibiciones, qué intereses se siguen y de quién.

Pienso en tantas cosas -que hasta se me revuelven en la chompa- mientras me bebo una cerveza y comparo a Monterrey con Toronto y veo un potencial en la cuidad del norte de México que nunca han querido explotar por razones que no comprendo e intereses oscuros que tal vez alucino. Y también me pregunto si alguien será el responsable de esto: ¿la ambición de las autoridades, la ambición de las dos empresas cerveceras, la ignorancia y apatía de los consumidores, o todo? Es raro saber que Monterrey, que casi casi fue fundada por Cuauhtémoc Moctezuma, no sea referencia obligada de cerveza chingona en el mundo. ¿A qué se debe? No sé: pregúntenle a los dueños del changarro.

Vamos, es increíble –y admirable- que en Guadalajara, Mexicali, San Miguel de Allende o el D.F. tengan más eventos, más variedad de productos, más apertura, más “ondita” y más todo que Monterrey, que cacarea tanto su "tradición cervecera”. Increíble que la tierra de Cuauhtémoc Moctezuma, empresa que tiene presencia nacional e internacional y es una de las más importantes en el mundo –más ahora, que fue adquirida por Heineken en su mayoría- no ha logrado ser ni la cuarta parte de lo que son Alemania, Irlanda, República Checa y, últimamente, la provincia de Ontario, que no para de producir cerveza, dar cursos, impartir talleres y organizar festividades en honor a este líquido.
Y no es exageración: ¿ciento veinte años y no ser nada? Qué poco ambiciosos salieron los de la empresota. Más bien, salieron muuuy ambiciosos, pero en el pésimo sentido de la palabra.

Aceptemos como regios que carecemos de cultura cervecera (aunque hagan anuncios tan bonitos de que "en el norte somos así y bla bla bla) tanto como de cultura vial y cultura en general. Bebemos cerveza a lo bruto, manejamos como brutos y casi todos son unos brutos, porque, si esto no fuera cierto, la ciudad sería una mejor ciudad. Pero eso ya es desviarme del tema. Insisto, tal vez es una pendejada "abogar" por una cultura de la cerveza padeciendo tantos problemas; pero en serio que he llegado a pensar -por lo que he visto y vivido- que si la tuviéramos, no dudo que también tendríamos mejor transporte público, mejor cultura vial, menos accidentes y mejores ciudadanos. Díganme loco, pero así lo creo.

Bueno, ya, dejen me tomo mi cerveza a gusto.

lunes, septiembre 24, 2012

Últimamente me ha dado por dibujar edificios con cuerpo humano (o humanos con cabeza de edificio) haciéndole alguna chingadera a hombres con cabeza de árbol (o árboles con cuerpo de hombre). Desde que empecé a ir de campamento los fines de semana, he estado pensando mucho en el choque eterno entre este par de mundos: el del llamado progreso y el de lo natural; de cómo el primero necesita del otro y cómo el otro no necesitaría del primero si no fuera por nosotros. Hago estos dibujos imaginando que tal vez, algún día, ambos mundos podrán convivir sin que uno se joda al otro.

viernes, septiembre 14, 2012

Cuando tenía poderes II

Como les platicaba el miércoles, de niño tenía la manía de retener en mi cabeza todo tipo de información irrelevante. Hasta que un día esta habilidad me sirvió para sacar 100 en un examen (¡Uy, qué de mucho!). 

Cursaba el tercer año de secundaria en el CUM de Monterrey. Era época de exámenes finales. Aquel lunes presentaríamos el último examen de la materia de Español III. La prueba constaba de cien preguntas sobre autores latinoamericanos y sus respectivas obras literarias. Yo había estudiado suficiente, pues la materia me gustaba mucho; pero de pronto me bloqueé al tener el examen enfrente. Como que no era lo mismo aprenderme pendejadas que aprenderme de memoria cosas para la escuela. Es como cuando uno hace algo por amor al arte y luego lo tiene que hacer por obligación y como que pierde su chiste. Eso me pasó. Aparte, no sé si la cantidad de preguntas me espantó o fueron los códigos que tenían las respuestas, que parecían no tener un patrón establecido. Por ejemplo: el código MAT era para Agustín Yáñez; el EAF, para El Gesticulador; el CBJ, para El Llano en Llamas, y así; y teníamos que escribirlos en el espacio en blanco que había después de cada pregunta. En un principio me pareció confuso el sistemita de la prueba, hasta que vino Rubén Darío a esclarecerme el panorama. Rubén Darío tenía el código GCT, y era la respuesta número cinco. Cuando mi cerebro se percató de eso, empezó a trabajar y a sacar la información inútil que le había metido durante ese año. Yo era el número cinco en la lista del salón y Rubén Darío era la respuesta número cinco. Rubén Darío tenía el código GCT: mis iniciales.

Para asegurarme que no fuera una coincidencia y no errar mi “presentimiento”, chequé la primera respuesta, la que tenía el código MAT; y, ¡en efecto!, las letras concordaba con las iniciales del compañero de clases que era el número uno en la lista: Mauricio Aguilar Thompson. Vi la respuesta número dos, la del código EAF: concordaba con Eduardo Arellanes Femat, el número dos en la lista. Y así sucesivamente. Las respuestas del examen tenían las iniciales de todos los alumnos del salón y estaban en el mismo orden que la lista de asistencia. Éramos como 42 alumnos. Al acabarse los códigos -en el número 43-, empezaban de nuevo, pero ahora numerados de la siguiente forma: MAT1, EAF1, CBJ1, etcétera. Me sentí como deben sentirse los detectives después de dar con la pista definitiva que les ayuda a resolver su caso más difícil.
Lo que me parece medio creepy es que me siga acordando de los nombres de mis compañeros y su número en la lista, brrrrr... Pero bueno, nada puedo hacer contra eso.

Total que al salir del salón le comenté a mi maestro el detalle del examen, y sólo se rió y me palmeó la cabeza. También se los comenté a mis compañeros, pero todos me vieron raro, como si no supieran de qué hablaba. Nadie se había dado cuenta del orden de las respuestas. Algunos dijeron que era una coincidencia y que, aparte, "¿quién chingados se anda aprendiendo los dos apellidos de alguien y el orden en la lista de asistencia?" . Pues nomás yo, snif.

Dos días después el maestro nos dio los resultados del examen. Sólo yo saqué calificación perfecta. Hubo cabrones que tronaron con 45, con 58. Hubo uno que sacó 32. Por no estudiar y por no fijarse en los pequeños detalles. De haber hecho una de estas dos cosas, hubieran pasado el examen. Incluso todos pudieron haber sacado un 100 de ser más perceptivos. Pero ni el más nerd del salón pudo: sacó un 97.

Yo me sentí muy bien por mi "logro" y a la vez medio raro. Sentía como si hubiera hecho trampa. El maestro no mencionó nada de la forma en que había realizado el examen. Yo tampoco volví a mencionar nada de eso. Al final de la clase, mi maestro me echó una mirada cómplice, me felicitó delante del grupo por haber sido "el único 100" de tercero de secundaria, y me sonrió. Yo fui el único que había podido descifrar su secreto. 

miércoles, septiembre 12, 2012

Cuando tenía poderes

De niño tenía la manía de aprenderme todo de memoria. El problema era que casi toda la información que guardaba en mi cabeza no servía para otra cosa que no fuera apantallar incautos o salir bien en algunas pruebas de la escuela. O, ¿para qué otras cosas pude servir la información inútil si no es para eso? 

Recuerdo que llegué a aprenderme las capitales, idiomas y monedas de casi todo el mundo –con excepción de algunos países del centro de África- y recitaba en orden numérico la tabla periódica de los elementos. También me sabía el día, el mes y el año en que iniciaban y concluían los horóscopos occidentales y chinos; y, aparte -agárrense porque éste es un dato medio “freaky”-, me aprendía los cumpleaños de tíos, tías, primos, primas, abuelos y abuelas que ni siquiera eran de mi familia. Sí, así estaba yo de pinche dañado.

Me gustaba tener esta habilidad, pues, como les dije antes, apantallaba a gente de todas las edades. Muchas personas eran tan tarugas que incluso llegaban a creer que yo “tenía superpoderes” o era “un niño especial”; y eso me gustaba, pues todo niño sueña con tener un superpoder. Aunque yo hubiera preferido volar, snif.

Mi superpoder consistía en, por ejemplo: si determinado día un amigo del barrio me decía que no podría salir a jugar porque iría al cumpleaños de su abuela materna, retenía esa fecha en mi cabeza y, al año siguiente, le decía a mi amigo: “Ah, hoy cumple años tu abuelita Conchita, ¿verdad? Es Capricornio y es víbora en el zodiaco chino”. O si un amigo no me invitaba a su casa a jugar porque iría al cumpleaños de alguno de sus primos, el próximo año se lo recordaba: “Ah, hoy cumple 12 años tu primo Toño, ¿no?. Es Aries y chango en el horóscopo chino”. Obviamente mis amigos se sacaba todos de onda y se me quedaban viendo bien raro y me preguntaban que cómo chingados sabía cosas que ni siquiera ellos sabían. Yo, magnánimo, les respondía: “Pues es que yo lo sé todo... tengo poderes”, y me retiraba envuelto en un halo de misterio... ¡Ahijuelachingada!, qué miedo... Neta que ahora me doy cuenta que, de haber seguido con mis ondas de memorizarlo todo, podría haber hecho una carrera exitosa en charlatanería, jejeje. Pero bueno, me decidí por otro camino, snif. 

También me acuerdo que otras veces, frente a invitados, mi padre –enciclopedia en mano- me señalaba en un mapamundi un país al azar y yo le decía qué país era, cuál era su capital, qué idioma se hablaba, qué moneda usaban y a cuánto estaba en contra del dólar. ¡Nah!, no es cierto; eso del dólar es mamada, jejeje, pero todo lo demás sí es cierto. También los invitados me decían su fecha de nacimiento y yo les decía sus signos zodiacales. Y, pues, como les decía más arriba: la gente se asombraba y a mí eso me hacía gracia y me hacía sentir bien. Las personas no se daban cuenta que si ponían tantita atención en los detalles a los que nadie pone atención, hubieran podido hacer lo mismo que yo. Pero en fin, supongo que no tenían tanto tiempo libre como yo para andarse memorizando pendejadas.

Hasta que llegó el día en que los datos más inútiles que le había metido a mi cabeza rindieron frutos.

Continuará...

jueves, septiembre 06, 2012

El adorno de mesa

A Jeannette le habían gustado tanto los arreglos de mesa que al final de la boda fue a pedirles a los novios que le regalaran uno. Luis, quien la había invitado como su acompañante, deseó con todas sus fuerzas que se lo tragara la tierra. El lunes al mediodía, Luis fue a comer a casa de Jeannette, como acostumbraba hacerlo desde que comenzaron a salir. El arreglo floral sobre el comedor le hizo recordar la vergüenza que había pasado aquel fin de semana. Sentado frente a un plato de lentejas, Luis contempló a la Jeannette que se reflejaba del otro lado del jarrón de cristal, como si fuera un mundo paralelo: un mundo en el que ella era más refinada o -quizás- un poco más parecida al modelo de mujer que su familia le había inculcado buscar. "Me la pasé muy bien en la boda",  dijo Jeannette sonriendo. "Tus amigos son buenísima onda". Luis permaneció callado y sorbió un poco de lentejas. “Mira, deja te enseño las fotos de La Víbora de la Mar: casi me caigo por culpa de los zapatotes de tacón que traía puestos”, remató tomando su teléfono y soltando una carcajada.  Luis permaneció inmóvil mientras ella buscaba las fotos en el aparato. Seguía observando a la otra Jeannette a través del florero. Tanta claridad le impedía ver la transparencia de la Jeannette que no era un reflejo.

lunes, septiembre 03, 2012

El cártel de los carteles

Se ven horrendos: como matamoscas gigantes que tapan el cielo. Algunos se caen con los aironazos y con las lluvias. Se la pasan anunciando puras pendejadas con la mínima pizca de creatividad, la mayoría de las cuales ni siquiera necesitamos. Y, para acabarla de joder, le parten el queso a los árboles que “se atreven a taparlos”. Así son los anuncios espectaculares.

Al menos en Monterrey, mi ciudad natal, esto de los anuncios espectaculares sigue siendo un negocio turbio –dicen que no-, que no está regularizado –dicen que sí- y una sentencia de muerte para la vegetación endémica que se cruza en el camino de estos gigantes de lona y acero. No creo que exista ciudad que tenga más chingaderas de éstas que Monterrey, lo que implica otro récord absurdo en la lista de todos los récords inútiles que ha acumulado mi ciudad en su historia, tales como: la ristra de chorizo más larga, el hombre más gordo, el alcalde más imbécil, la mayor cantidad de robos de autos en menos días, la mayor cantidad de casinos que no atraen turistas, etcétera.

En Monterrey ponen estas estructuras por todos lados, sin ton ni son; sin reglas claras de altura, longitud, metros cuadrados, sin evaluaciones de impacto ambiental (aunque digan que sí). Nomás las autoridades y los dueños de este negocio saben qué pedo y cuántos billetes se embolsan para que valga la pena afear la ciudad -de por sí fea- y dejarla sin árboles, que al cabo ellos con el dinero que deja pasarse las leyes -de todo tipo- por los huevos pueden irse a vivir a la luna o a una isla con hartos arbolitos.

Siendo bien honesto, no creo que este problema se vaya a acabar, pues nadie lo ve como un problema y a quienes debería importarles simplemente les vale gorro porque les gusta más el verde del dinero que el verde de los árboles.

Entonces, a lo que voy es que si ya las autoridades y los empresarios de este ramo hicieron el daño y lo van a seguir haciendo, de perdido hagan como que les preocupa –ya no les pido que les preocupe de verdad, sino que finjan hacerlo, pues eso se les da muy bien- y hagan lo siguiente para “solucionarlo”:
¿Qué tal? Incluso hasta pueden hacer negocio con quien les fabrique las jardineras de plástico y les venda las plantas; y de paso hacen que la ciudad se vea más bonita por fuera; como la estrategia que tanto les gusta: cambiar la forma pero no el contenido.

Tomen mi idea, gobiernos del mundo que han hecho negocio con la invasión de los anuncios espectaculares. Se las regalo, culeros.

miércoles, agosto 29, 2012

Osos y estrellas fugaces

“Estamos a cuatro horas del poblado más cercano, así es que piensen dos veces antes de hacer algo estúpido”, fue la primera advertencia del guía, un tipo flaco y de cabello grisáceo hasta los hombros, quien se jactaba de conocer los siete mil kilómetros cuadrados del Parque Provincial Algonquin como la palma de su mano. “Y por algo estúpido me refiero a no tener comida dentro de las tiendas de campaña ni a cincuenta metros a la redonda del campamento. No queremos toparnos de cerca con un oso, ¿o sí?”.  

En el fondo yo quería toparme con un oso. Tal vez no tan cerca como para orinarme de miedo, pero sí deseaba ver uno –o varios- aunque fuera de lejecitos. El guía siguió hablando mientras mis ojos se perdían en el bosque, imaginando que todo tipo de animales nos observaban agazapados entre la maleza. Las demás advertencias del guía fueron menos lúgubres: quemar todos los desperdicios, nadar bajo nuestro propio riesgo, guardar silencio al acercáramos a territorio de castores, cagar en un pozo “especial”, meter los papeles en una bolsa de plástico y llevarla a la fogata; donde también deberían tirarse las colillas de los cigarros.

Quienes conocen de campismo saben que el oso negro no es tan agresivo como el pardo, cuyo hábitat –por suerte- es más al noroeste de donde nos encontrábamos. El oso negro, por lo general, le huye al ser humano. Rara vez ataca, a menos que se sienta amenazado o sienta que sus crías están en peligro. El guía nos dijo que la manera más sencilla de ahuyentar a un oso negro –siempre y cuando no haya comida cerca- es agitando dos ramas en el aire y hacer mucho ruido. El oso huye en la mayoría de los casos, pues su visión no es muy buena y, al ver y oír tanto alboroto, se imagina que lo que tiene enfrente es un animal de mayor tamaño que él. 

El guía aclaró que esta acción no surte el mismo efecto con los osos pardos, con quienes asegura haber tenido un par de encuentros cercanos: a menos de 50 metros. Si uno hace lo de agitar ramas en el aire y gritar, el oso pardo lo tomará como una agresión, y lo único que queda es correr o subirse a un árbol o “hacerse bolita” y rezar por que el animal no esté hambriento, nos olfatee y se retire sin más. “Pero de preferencia, si se topan con un oso negro, pasen de largo. Aléjense. Hagan como que lo ignoran. Uno nunca sabe cómo actuará la naturaleza”, dijo el guía sacando una cámara fotográfica de su mochila, mostrándonos en la pantalla la cabeza de un perro. Cuando redujo el tamaño de la imagen pudimos apreciar la espina dorsal del animal: impecable, sin rastros de carne. Después nos mostró la foto de un pie desgarrado: un hombre había tomado la primera advertencia a la ligera y, cuando despertó, tenía a medio oso metido en la carpa. “No es que los quiera asustar, simplemente no quiero que se anden con pendejadas, como éste hombre”, concluyó el guía echándose el cabello detrás de las orejas.

Remamos en canoas por varios lagos cristalinos y caminamos durante casi todo el día los tres días que duró el viaje. Vimos ardillas listadas, azulejos, gansos, colimbos, garzas azules, serpientes, tortugas mordedoras, castores, nutrias… pero ningún oso negro. Regresábamos al campamento antes del anochecer. Algunos buscábamos leños para la fogata y otros preparaban la cena; y rotábamos las tareas cada mañana. La última noche el cielo estuvo completamente despejado. El viento barrió las nubes que durante toda la tarde se habían reflejado en la superficie del agua. Después de cenar me acosté sobre una roca musgosa, a unos cuantos metros de la hoguera, con los pies dentro de la orilla del lago. Las chispas del fuego se elevaban y se confundían con las estrellas. No vi osos, pero contemplé como nunca a la osa mayor y a la osa menor. También pude ver cuatro estrellas fugaces. Al día siguiente alguien del campamento me preguntó si había pedido deseos. Le respondí que no, pero que de haberlos pedido hubiera deseado ver más estrellas fugaces. 

O quizás sí pedí deseos sin darme cuenta, pues cada que veía una estrella fugaz trazando la noche, esperaba con todas mis fuerzas ver otra; y otra aparecía. Pero después de la cuarta no vi más meteoros. Tal vez, por accidente, pedí un deseo distinto que apenas está por cumplirse. 

miércoles, agosto 22, 2012

Mamá Fratelli reloaded (o recagada)

Tantos años siendo la esclava doméstica de su marido, de su hijo y de estudiantes de intercambio a quienes renta habitaciones, y Mamá Fratelli no ha sido capaz de aprender a cocinar con buen sazón ni a hacer bien la limpieza del hogar.

Cuando llegué a vivir a la mansión Fratelli me di cuenta de la carga de trabajo que la pobre señora tenía a diario, pues el marido y el hijo tragan peor que pelones de hospicio; por tal motivo lavaba los platos y utensilios que usaba al desayunar y cenar. Pero un día Mamá Fratelli me vio frente al lavadero tallando una espátula con la que acababa de prepararme un huevo, y como que su naturaleza femenina se sintió ofendida y me dijo que qué hacía, que dejara ahí, que ése era su trabajo porque para eso le pagaba una renta. Y pues bueno: en cierta parte tenía razón y no lo volví a hacer… ¡hasta que me di cuenta de lo pinche mal que lava los trastes! No, no mamen. Un niño manco los lavaría mejor utilizando sus muñoncitos, snif.

Neta que es bien vale verga. Talla los platos y los cubiertos con un trapo en vez de usar fibras de acero o estropajo o algo que raspe como chamorro de francesa. Los tenedores siempre tienen queso derretido pegado y los platos hondos residuos de cereal seco. Los vasos ni se diga: siempre tienen el fondo de algún color extraño debido a los polvos endulzantes que le echa al agua y a la leche. Y no me hagan seguir con la mesa, las repisas y los pisos, pues trapea con uno de esos trapeadores de esponja que no limpian ni madres y nunca pasa un pedazo de tela húmeda por el comedor para quitarle las boronas y granos de sal que caen en él. Eso sí: del baño no me puedo quejar ni de mi cuarto, pues este último lo limpio yo, snif.

Pero bueno, pues resulta que Édgar -el amor de Mamá Fratelli- se regresó hace como un mes a México, y en su lugar llegó un brasileño metrosexual que se tarda horas en el puto baño. Yo siempre he tenido una filosofía de vida con los baños: si no eres mujer, si no estás cagando o el pito no te mide más de dos metros y es un pedo enrollarlo de nuevo, ¡no tienes porqué tardarte más de cinco minutos en el baño! Te la paso si te tardas poco más de cinco minutos porque el pito te mide sesenta centímetros -como a mí, snif-, pero fuera de eso no tienes  motivo para pasar más de cinco minutos dentro. Punto.

Total que un día ya iba tarde a la escuela y me quería lavar los dientes, pero Giorgiño Armani estaba en el baño poniéndose sus cremas humectantes en la cara y sus químicos en el pelo y sacándose la ceja y pues yo me quería lavar los pinches dientes y no tenía dónde. Y pues me vino a la mente la idea de hacerlo en el fregadero de la cocina. Qué tanto es tantito, pensé. Mamá Fratelli ni lava bien los trastes, no creo que la haga de pedo por tantita pasta de dientes y tantita baba que caiga en la coladera. Entonces fui a la cocina bien decidido, le dije a Mamá Fratelli que se me había hecho tarde para ir a la escuela y que el baño estaba ocupado y que necesitaba lavarme "el océano" en la cocina por una sola ocasión. Y que me dice la pinche vieja:

-¿Quieres lavarte los dientes en la cocina? ¿Cómo?

- Pues así: como todo el mundo se lava los dientes–le dije haciendo un movimiento de arriba hacia abajo con mi mano a la altura de la boca.

-¿Pero cómo que te los quieres lavar aquí en la cocina?

- Ah, es que el brasileño está en el baño y no sale, y ya voy tarde a la escuela y no me gustaría irme sin lavarme la boca.

-¿En la cocina?, ¿pero cómo?; ahí ponemos los platos y las cucharas y los tenedores… yo creo que no es correcto... es la cocina... hay platos y vasos... no, no creo que sea correcto...

-Sí, Mamá Fratelli- le respondí-, tiene usted razón: fui un loco. Hacer eso sería  ASQUEROSO.

Pinche vieja... ¡Lave bien los trastes, culera, eso sí que es asqueroso!...

P.D. Si supiera que ahí vacío los botes en donde orino para no tener que subir al baño en las madrugadas, jijijijiji...

jueves, agosto 16, 2012

Mamá Fratelli contra los moluscos asesinos

Mamá Fratelli, mi rentera extraterrestre, acostumbra comprar lo más barato que encuentra en el supermercado: paquetes de jamón ahumado de dos dólares y misteriosa fecha de caducidad, cereal más pinche duro que el Maizoro que trae el dibujo del gorila morado, leche tan transparente como la bolsa de plástico en que viene empaquetada, y frutas y verduras que, por lo magulladas, juraría que las roba de la huerta de la casa de al lado.  

Pero no todo es comida barata en la mansión Fratelli. Una noche -aunque ustedes, amados lectores, no lo crean- Mamá Fratelli cocinó mejillones. Sí: mejillones. Y sí: sé que muchos de ustedes no los conocen por no ser de paladar fino; pero qué le vamos a hacer. 
La primera reacción que tuve cuando mi mamá adoptiva me preguntó si me gustaba dicho molusco, fue un “¡Ahijuelachingada!”, acompañado de una relamida de bigotes. Le dije que obviamente me gustaba comer mitílidos, sobre todo porque su forma se parece tanto a la del órgano reproductor femenino porque tiene una… digo… ejem… nada. Bueno, total que, incrédulo todavía de que fueran mejillones –pues son costosos-, me acerqué a la estufa, abrí la olla que humeaba para ver de cerca su contenido y corroborar que no fueran piedras de río con musgo y sal. Y no. En efecto eran mejillones. Por una vez en su vida Mamá Fratelli se había vuelto loca, pero loca en el sentido chido de la palabra, snif. 

Total que para degustar tal manjar me puse mi sombrero de copa, mis guantes blancos, mi monóculo y caminé hasta el comedor dándole vueltas a mi bastón de oro con diamantes. Tomé asiento en la cabecera de la kilométrica mesa y Mamá Fratelli puso frente a mí un plato hondo que rebosaba mejillones. Esa tarde –recuerden que acá la cena es a las seis de la tarde- me comí como tres kilos –sin concha-, porque he de aceptar que le quedaron muy buenos a mi rentera.

El pedo ahora es que Mamá Fratelli se la pasa cocinando mejillones. Tooodos los pinches días me quiere dar a tragar mejillones nomás porque le dije que me gustaban y que le habían quedado ricos. Sí, son deliciosos, Mamá Fratelli, pero no es un platillo que pueda comer todos los días, como mis mega sándwiches, que nunca aprendiste a prepararme, snif. 

Lo más gacho es que yo pensé que mi mamá postiza me estaba consintiendo porque le había gustado tanto que le dijera que le habían quedado muy ricos y por eso me los preparaba, pero resulta que su hijo entró a trabajar al mercado de productos marinos, y resulta que le regalaron un chingó de mejillones y Mamá Fratelli no quiere que se le echen a perder ni que le apesten el congelador.

He comido tres veces mejillones en una semana, pero hoy sí ya de plano dije: “No mame, pinche vieja, ya cámbiele al menú”, y mejor me preparé fruta con yogurt y abrí unas galletas de granola. Cuando Mamá Fratelli vio mi osadía de haber rechazado su cena, me dijo:

-Ahí hay mejillones, los preparé para la cena, ¿no vas a comer mejillones?

-No, señora, muchas gracias. Hoy quiero cenar otra cosa.

-Pensé que te gustaban los mejillones. Me dijiste que te gustaban los mejillones.

-Sí señora, sí me gustan…

-¿Entonces por qué no te los comes? ¿No te gustan? Pensé que te gustaban los mejillones.

-Sí, señora, sí me gustan, ¡PERO NO TODOS LOS PUTOS DÍAS!

Bueno, esto último no lo grité, nomás lo pensé, snif.

lunes, agosto 06, 2012

Velocípedos II

Mi segunda bicicleta fue una ItalJet de color azul, rojo y amarillo, más grande que la Bimex en la que aprendí a andar en… ehmmm… pues en bicicleta, valga la “rebuznancia”.   
Tendría yo doce o trece años. Ésa sí estoy seguro que me la trajo Santa Clos. Obviamente a esa edad no era yo un creyente del viejo gordo y barbón, pues ya tenía “pelícanos en el puerto” –o estaban a punto de salirme-, pero mis hermanas seguían creyendo en él, por lo que mis padres montaron todo un teatro para que no se les cayera el teatrito de “los regalos de Santa” y me obligaron a fingir -con una actuación digna de un premio TVyNovelas- asombro al momento de ver mi nueva “rila” a un lado del pinito de navidad. 

Me acuerdo que en aquel tiempo mis amigos y yo traíamos de moda dos cosas: ponerle un bote de Frutsi a la llanta trasera para que sonara como motocicleta y ponerle nombre a nuestras biclas. También traíamos de moda las revistas Video Risa, pero ahorita estamos hablando de otra cosa. Mi ItalJet era portadora del ridículo mote de “Dragón Multicolor” (no se rían, más respeto por favor, snif), pero en comparación con las de mis amigos –que se llamaban “Tigre Robot”, porque era amarilla con plateado; y “Corcel del Pavimento”, porque era de color blanco- mi bici tenía el mejor nombre del universo (según yo).

También recuerdo que para que los compitas del barrio que no tenían bicicleta pudieran andar con nosotros recorriendo los montes baldíos y las cuadras de nuestras “pandillas” rivales, había unos dispositivos que se llamaban diablitos –ignoro por qué-, que no eran otra cosa más que unas barritas de fierro horizontales que se ponían en los tornillos de la llanta trasera y se podía subir un pasajero de pie. Los diablitos fueron un invento genial, pues al huir de barrios enemigos, quien iba montado atrás servía como escudo humano, cubriendo a quien manejaba la bici de pedradas y botellazos: acción loable y heroica de cualquier niño carne de cañón. Y pues sí,  viví muchas aventuras muy chidas en mis bicicletas.

Pero mi ciudad creció al igual que todas las ciudades del mundo y necesitó dinero y buscó inversionistas y se quiso “modernizar” y “progresar” y "desarrollar" y la cantidad de automóviles y calles y avenidas creció sin control y la gente enloqueció y ¡buaaaa!, snif. Y la mayoría de los parques y plazas y áreas verdes y ciclopistas fueron tragados por la indiferencia y el olvido de ciudadanos y autoridades. Y de aquellos tiempos sobre dos ruedas no quedó nada. Carajo: ya ni los niños de hoy las usan. Hasta ese gusto nos robaron quienes “dirigen" las ciudades, pues, por lo general, entienden que el progreso tiene cuatro ruedas y el retroceso dos; la riqueza cuatro y la pobreza dos; la modernidad cuatro y lo obsoleto dos.

Desgraciadamente la bicicleta no pudo convertirse en un medio de transporte funcional; en un medio de transporte de uso cotidiano sin consecuencias negativas para el ambiente o para la salud pública. Las bicicletas quedaron relegadas -al menos en el México "civilizado”- a deportistas profesionales, aficionados y algunos hipsters y hippies suicidas. Las bicicletas son para quienes pueden darse el lujo de tener un coche con adecuaciones para transportarlas fuera de la ciudad o para quienes buscan contribuir a que haya menos humos tóxicos en las ciudades, arriesgando su vida entre conductores que no poseen una pizca de cultura vial. Pero también pasaron a ser de uso exclusivo de quienes no pueden darse esos lujos porque comer está primero. Algo tan útil, noble y divertido como una bicicleta se convirtió en un estigma social: el que la usa con casco, lentes y ropa deportiva llamativa,  tiene dinero; quien la usa para ir de un lugar a otro porque es su único medio de transporte, es albañil, jardinero, velador o alguna personas que a nadie le importa que llegue sudada a su trabajo; y, si llega sudada a su trabajo, ha de ser un trabajo inferior, porque pos ya saben que “como te ven te tratan” y "la primera impresión es la que cuenta" y esas mamadas. 
Gran diferencia con la mentalidad de los daneses, holandeses y canadienses -por mencionar sólo algunos-; ciudadanos balanceados mentalmente que supieron ver a la bicicleta como un medio de transporte benéfico para propiciar un entorno social saludable y al coche como un gasto excesivo, cuestionable, dañino e impráctico; no como un símbolo de estatus.

Siempre he pensado que las ciudades tendrían mejores ciudadanos si se pudiera llegar en bicicleta a todas partes. Al menos apuesto a que seríamos todos un poquito más felices si nos pudiéramos ahorrar horas de congestionamientos viales y mentadas de madre. Con el uso de las bicicletas no existirían todos esos neuróticos que accionan los cláxones a la menor provocación ni existirían ésos que viven compitiendo para tener el coche más nuevo o el más costoso y así no los deje atrás el nivel socioeconómico en el que creen que radica la felicidad. Nada de eso existiría porque las bicicletas están llenas de nobleza; nos mantienen con los pies en la tierra porque nos ponen en contacto con nuestra infancia y eso es sinónimo del más puro sentimiento de libertad.  

Escribo todo esto porque regresé a Toronto después de recorrer partes de Quebec en bici, pero al llegar a la estación del metro en donde la había dejado encadenada, ya no estaba, snif. Pero bueno. Ya conseguiré otra de segunda mano y a muy buen precio. Por lo pronto les dejo algunas fotos que tomé en mis recorridos.

miércoles, agosto 01, 2012

Velocípedos

Mi primera bicicleta fue una Bimex de color azul cromado. Lo que no recuerdo muy bien es si me la trajo Santa Clos o si me la regalaron mis padres en un cumpleaños; pero para el caso viene siendo lo mismo. Tendría yo seis años.

Mi papá me enseñó a montarla en el parque que estaba casi enfrente de la primera casa donde vivimos, ésa que les conté que demolieron hace algún tiempo -junto con otras tres viviendas- para construir un Starbucks y una lavandería. Nunca usé rueditas laterales porque era de ñoños cobardes y porque mi padre procuraba ir siempre detrás de mí tomando la bicicleta por el asiento y soltándola cuando veía que lograba mantener el equilibrio. A mí sí me querían y no me humillaban poniéndole esas pinches rueditas, que para las bicis vienen siendo algo así como los fierros en los zapatos de Forrest Gump, snif.

No recuerdo la primera caída que sufrí, pero imagino que no fue tan grave, pues, de haberlo sido, la tendría grabada en la chompa y viviría con mucho rencor contra la vida ¡gggrrrrggrrr! Lo que sí no olvido es el susto que me metí la vez que frené y acabé debajo de una camioneta en marcha que no vi al ir de bajada -a toda velocidad- y dar la vuelta en una esquina. La camioneta alcanzó a detenerse antes de pasarme las llantas por encima de las piernas, que no paraban de temblarme cuando mis amigos del barrio y la señora que manejaba me ayudaron a salir –pálido y todo raspado- de abajo del vehículo.

Mis primeras caídas se debieron –creo- a que a esa edad todavía no coordinaba muy bien el cerebro con las piernas (o de plano estaba muy pinche wey), pero como que no alcanzaba a comprender con rapidez que para frenar tenía que hacer como si pedaleara hacia atrás. Eso me revolvía. Entonces, cuando sentía que aumentaba la velocidad de la bici, en vez de pedalear hacia atrás, seguía pedaleando normal. Ni los amorosos gritos de mi padre -“¡Freeena, pendejooo!”- hacían que mi cerebro y mis piernas trabajaran en equipo. Total que cuando veía que no me detendría con nada, instintivamente echaba las patas hacia adelante, resignado, y esperaba el golpe contra una banca o contra el tronco de un árbol o contra algo que me detuviera en seco y me mandara de nalgas al pavimento. Con tres o cuatro golpes de esos la misma tarde, aprendí a frenar.

Tampoco se me olvida la emoción que me invadió la primera vez que no perdí el equilibrio ni me tambaleé y pude dar una vuelta completita al parque sin que mi papá fuera detrás de mí ni me gritara “¡freeena pendejooo!” cuando iba directo a un árbol. Me sentí un centauro: como si mi cuerpo se hubiese fundido con la bicicleta. Como un cyborg del tercer mundo, snif. Sentí cómo mi cerebro daba las órdenes y mi bicicleta las escuchaba y las obedecía tal cual: “A la derecha, a la izquierda, ¡frena!, ahora elévate como en la película de E.T y pasa a un lado de la luna”. Bueno, no; esto último obviamente no resultó. Lo que resultó fue que la emoción me ganó y me sentí invencible, perdí el control, me fui contra los matorrales y acabé en el suelo: como de costumbre. Pero esa sensación de poder y libertad, de ser el amo de mi pequeño mundo -que en ese entonces era todo el mundo-, pocas veces la sentí de nuevo.

 Continuará...