sábado, enero 05, 2019

Y todo por un dibujo

Siempre estaré agradecido con este dibujo, pues fue el que me llevó a dar una plática sobre caricatura política y derechos humanos al Palacio de la Paz de La Haya, algo que ni en mis sueños más locos hubiera imaginado.

Son curiosas las circunstancias que se dieron para la creación de esta imagen. Al principio era sólo un puño de colores que nos pidieron hacer para una campaña en la agencia en la que actualmente trabajo, pero como a la mera hora mi ilustración no se utilizó para tal propósito –y, la verdad, me había gustado mucho (y no siempre quedo tan satisfecho con mi trabajo)–, decidí guardar el dibujo para darle algún uso a futuro.

Y la oportunidad de revivirlo llegó el verano pasado...

Resulta que a mediados del 2018, Cartoon Movement –una agencia de caricaturistas a donde mando trabajo desde hace casi 5 años– lanzó una convocatoria para ilustrar los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su 70 aniversario. Los cartones que mejor los representaran, serían elegidos y exhibidos en varios eventos en varias partes del mundo, y, aparte, se pagaría algo así como 100 euros por dibujo escogido.

Aunque el premio era "simbólico", ésta no era una convocatoria "cualquiera", pues, aparte de Cartoon Movement, en el evento estaban involucrados el gobierno del Reino de Países Bajos, el Palacio de la Paz de La Haya y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidad para los Derechos Humanos.

Y, como desde hace dos años empecé a mandar dibujos a todos los concursos de los que me entero, obviamente decidí ponerme a trabajar en mis propuestas para ilustrar los artículos de la DUDH que más me inspiraran. Y éstas fueron algunas de las imágenes que mandé:
De todos los dibujos que envié, preseleccionaron 3 (el del puño, el del pasaporte y el morado con la familia abrazada), y, después de una votación, mi puño de colores rechazado en la agencia –con algunas modificaciones– fue la propuesta elegida para representar al Artículo 21 de la DUDH ("Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país").

Como nota aparte: siempre pensé que el dibujo morado, el último que les mostré arriba (ése sobre la migración) –y que representa al Artículo 14 y 17–, sería el elegido para el evento, pues se convirtió en mi favorito porque dibujarlo fue un proceso un tanto emotivo, snif. Pero bueno, no se dio; pero como sucedió con el puño de colores: ya llegará el momento de darle una segunda oportunidad a esta imagen. 

Total que todo muy bien: expondrían mi dibujo en el Palacio de la Paz de la Haya y en las oficinas de la ONU en Ginebra y en Sao Paulo y en varias ciudades del mundo; aparte, recibiría un módico pago en euros como los otros 29 participantes cuyos dibujos resultaron seleccionados. Pero de pronto, todo cambió...

Justo el día en que acepté volver a la agencia para la que había estado trabajando durante la primavera y el verano (en el proyecto del mentado puño de colores), el mero mero de Cartoon Movement me manda un correo diciéndome que los demás involucrados en la organización del evento del 70 aniversario de la DUDH, querían que yo, Guffo Caballero, fuera a La Haya –avión, hospedaje y viáticos pagados por 8 días– para dar una plática en el mismísimo Palacio de la Paz sobre mi trabajo como caricaturista en México y mi experiencia como guardia de seguridad en una prisión preventiva, pues éste tenía que ver con el tema de los derechos humanos.

Y pues me quedé en shock. La verdad nunca imaginé que el trabajo más pinche feo que he tenido en toda mi vida –junto con el dibujo de un puño de colores– me llevarían una semana con todos los gastos pagados a la sede del derecho internacional. Y que, aparte, hablaría frente a un público multicultural sobre mis vivencias como monero/celador.

Total que acepté más que gustoso la invitación al Reino de Países Bajos. Los días antes del vuelo, me puse al corriente con todos los pendientes de la oficina, adelantando toda la chamba que pudiera (pues acababan de recontratarme y yo ya andaba pidiendo días libres para viajar, jejeje). Por las noches, después de la oficina, me ponía a recordar las experiencias más amargas que viví como guardia de seguridad, y las redactaba, traducía y practicaba frente al espejo el speech que daría en el Palacio de la Paz, imaginándome a todos los presentes encuerados –obviamente– para así vencer el maldito pánico escénico que siempre he tenido, pues no quería que mi primer plática ever fuera un desastre. Y el 4 de diciembre, al mediodía, volé a Ámsterdam.

Recuerdo que lo primero que pensé ya trepado en el avión, fue: "Qué chingón cuando el trabajo creativo te abre las puertas del mundo". Este pensamiento era algo que traía clavado desde hacia tiempo; algo que, de cierta forma, siempre había deseado vivir. Creo esa espinita se me clavó después de ver una entrevista de Chavela Vargas, en donde decía que ella nunca había necesitado dinero, pues a todos lados la invitaban por su forma de cantar. Y hagan de cuenta que así me sentí esa semana. No era el "ser famoso" ni el  "ser reconocido" ni el "Uy, qué honor, soy el único regiomontano que ha hablado en este lugar"; era algo que iba más allá. Era sentir que mi trabajo, lo que quiero hacer por el resto de mi vida, es un lenguaje universal que traspasa cualquier frontera.

Muchas gracias a todos los que siempre han estado aquí, disfrutando de lo que disfruto hacer. Les mando un abrazo y les deseo un buen fin de semana.
Infrest...infrestructochor... infraestructur...
Calidad de vida, snif.
Puestos de jochos y arenques.
Bicis, bicis y más bicis.
La Haya
Biblioteca Central de Ámsterdam, con 5 pisos, elevadores y escaleras eléctricas. Impresionante.
Así lució el Palacio de la Paz el lunes 10 de diciembre, día en que se celebró el 70 aniversario de la DUDH. 
Tjeerd Royaards, el mero mero de Cartoon Movement.
Despedida en un bar cuyo logo eran dos ranitas cogiendo O_o

miércoles, mayo 23, 2018

Nunca más...

Hoy en la mañana, al llegar a la oficina, un pájaro se posó en uno de los barrotes garigoleados de la puerta. Su intempestiva llegada me provocó un pequeño sobresalto que se llevó los residuos de sueño que aún arrastraba de la noche anterior. 

Al principio pensé que el pajarillo estaba lastimado, pues se postró a la altura de mi mano, del otro lado del vidrio, muy quitado de la pena.
Para corroborar que no estuviera herido, decidí abrir la puerta de nuevo, muy despacio. Pero el ave voló. 

Sentí alivio. 

Al mediodía salí a comprar algo de comer. Al acercarme a la puerta vi que el ave seguía ahí, en el mismo travesaño. Saqué mi teléfono y le tomé un par de fotos, asombrado. Giré la chapa con delicadeza y el pájaro aleteó, aterrizando en una rama del árbol que está frente al despacho.

Me quedé contemplándolo por un momento. Su postura en el ramal era como la de alguien que está tomando impulso; como si pretendiera entrar en la oficina cuando volvieran a abrir la puerta. Pero ahí se quedó, inmóvil. 

Regresé y el pajarillo estaba sobre el mismo barrote garigoleado. Me acerqué cauteloso, no porque quisiera atraparlo, sino para ver hasta dónde llegaba su confianza. Imaginé que abría la puerta con el ave postrada en ella. Pero el pájaro esperó a que estuviera lo más cerca de él para alzar de nuevo el vuelo y colocarse en la misma rama donde lo dejé cuando salí, adoptando esa posición de acecho.

Entré a la oficina pensando que quizás había un pájaro atrapado ahí adentro, pues éste se volvió a posar a la altura de mi mano, del otro lado del vidrio, mirando hacia los cubículos. 

Durante toda la tarde vimos por la cámara de la oficina cómo el pequeño plumífero iba de la rama al barrote y del barrote a la rama. Así estuvo hasta la hora de salida. De regreso a casa, pensé en El Cuervo, el poema de Edgar Allan Poe; pero de día, en verano, en Monterrey y en vez del busto de Palas Atenea, una puerta de forja. Pensé en su nombre: "Nunca más".

Estas palabras adquieren los matices más lúgubres del mundo si se les asocia a un cuervo, pero en un pajarillo de estos, creo que cobran otro significado; uno menos oscuro, supongo. Uno donde el "Nunca más" sigue siendo definitivo, pero no duele tanto.  

jueves, abril 19, 2018

Microcrónica urbana de buenos deseos a un desconocido

Un hombre llena solicitudes de empleo mientras le bolean los zapatos. El bolero da un par de palmadas en el costado de sus botines desgastados: señal de que ha finalizado el trabajo. El hombre guarda apresurado los papeles en un legajo amarillo, se pone de pie y paga 20 pesos con pura morralla; mira hacia abajo y sonríe, como si su rostro se reflejara en la superficie recién lustrada de su calzado viejo. Se acomoda el pantalón brincacharcos y se retira caminando con la seguridad de aquel que siente que el mundo le pertenece. 
¡Ojalá encuentre trabajo, señor!

martes, marzo 27, 2018

Un cómic sobre el poder judicial

Les comparto una historieta didáctica que realicé en conjunto con el magistrado de circuito Carlos Soto Morales, en la cual hablamos de la función de las juezas y jueces en México, documento gráfico que a su vez se publicó en el Huffington Post. Espero sea de su agrado.

miércoles, febrero 28, 2018

Banqueta con isla desierta

Sobre la banqueta del antiguo Palacio Federal, hoy sede del Servicio Postal Mexicano, me topé con un diente de león. Imagino que al abrirse fue como una supernova que nadie notó. 

Recupero mi fe en la humanidad pensando que, si ahí sigue, es porque los transeúntes se han percatado de su existencia y le han sacado la vuelta en un acto de compasión, aunque tal vez sólo ha sido suerte que nadie lo haya aplastado. 

Su presencia es como la de una isla desierta en la ciudad, un descanso para el alma distraída, un momento para la contemplación antes de seguir en automático. 

Supongo que en algún momento del día la pierna de algún peatón -sumergido en el trance de la prisa laboral- le pasará zumbando por un lado, como péndulo, y sus espigas blancas saldrán volando como una bandada de cisnes diminutos, soñando que hubiera sido mejor el soplo de un niño que pide un deseo. Fantasmas que se arrastrarán por el suelo, llevándose la calma, devolviéndole a la gente su ritmo agitado. 

Nadie se dará cuenta cuando esto suceda. Como nadie se dio cuenta cuando brotó de la banqueta. Como la última isla desierta de esta ciudad.

martes, enero 30, 2018

Cuando un ex de Control Machete tuvo una planilla en mi secundaria

La repulsión que me provoca la guerra sucia de las precampañas políticas en México hizo que me acordara de las campañas, planillas y mesas directivas de mi época estudiantil, pero, sobre todo, de aquella que sucedió en el año de 1990, cuando cursaba tercero de secundaria en el CUM de Monterrey y Carlos Salinas de Gortari era el heroico presidente que –decían– salvaría al país.

Yo estaba recién llegado al plantel marista. Venía de recibir una educación Montessori desde el kínder hasta el segundo grado de secundaria, por lo tanto, todo eso de las planillas y las mesas directivas y el sistema educativo estandarizado, eran rarezas para mí.

Por ponerles un ejemplo: en el Montessori no había niños uniformados que se pintaban bigotes con refresco de sabor naranja y engullían pastelillos y frituras bañadas en salsa roja durante el recreo. ¿Por qué no? Pues porque en el Montessori no había tiendita, y la comida chatarra traída del mundo exterior estaba penadísima por el director. De hecho, corrían de los alrededores a los carritos de nieves, raspados y tostadas que pretendían vender sus productos a la salida de clases.

Polvorones, Gansitos, Mamuts, Pizzerolas, Churrumais, bebidas gaseosas y demás monchis insustanciales eran motivo de reporte y de llamada de atención tanto a alumnos como a padres, a quienes se les hacía llegar una lista con los alimentos permitidos para comer dentro del colegio (frutas, verduras y sándwiches de mermelada o crema de cacahuate). La verdad yo nunca tuve problemas con esto, ya que mi padre tenía mucho en común con el director, pues en casa estaban prohibidos incluso los Frutilupis, los Chocokrispis y demás cereales con personajes antropomorfizados en la caja.

Sí, el Montessori de mi infancia era un bonito experimento pseudodictatorial para formar superniños bien alimentados sin atuendos monótonos que les machacaran el individualismo, donde aprendíamos a tocar la flauta dulce (no, no es albur), jugar ajedrez y criar animales de granja (esto último no es broma: teníamos una granjita con hortalizas, gallinas y cabras en el patio del plantel).

Esta utopía duró algunos años, hasta que el director –por razones que aún de$conozco– decidió uniformar a los alumnos y abrir una tiendita con comida chatarra dentro de las instalaciones. Esta contradicción disgustó a mi padre, quien decidió cambiarnos de colegio: yo fui enviado a una sucursal del padre Marcelino Champagnat; mis hermanas, a una escuela de monjas, snif.

Acepto que fue un shock salir de una pequeña burbuja hippie socialistoide que pretendía mentes sanas en cuerpos sanos para, de golpe, llegar a una escuela de hermanos maristas y toparme con tiendita de comida chatarra, equipos intramuros de futbol, básquetbol y vóleibol; mesas directivas, planillas, campañas, elecciones y quesque democracia estudiantil.

Me acuerdo que el año de mi ingreso había dos planillas que se disputaban el poder: Metal y Pereztroika.

Metal era la planilla de los nerds, quienes en una jugada maestra, decidieron ponerle a su partido el nombre de un género musical estridente para que –supongo– todos dijéramos: “¡Wooow… son nerds pero de seguro son desmadrosos!”. Obviamente no eran desmadrosos ni les gustaba el metal, pero cada letra del nombre tenía un significado: M de Mente, E de Estudio, T de Transformación, A de Amistad y L de... alguna mamada. Después, haciendo campaña salón por salón, para ensalzar "su identidad", los miembros de la planilla salían con alguna analogía o metáfora mamilas como discurso, tipo: “Nos llamamos Metal porque somos fuertes como el metal y somos una aleación de mentes e ideas distintas, y queremos que ustedes también se unan, para que nuestra fortaleza bla bla bla bla".

El presidente de Metal era un nerd que, la verdad, era a toda madre y bien alivianado; muy diplomático también, de ésos que la llevaba bien con todos y te echaba la mano cuando no entendías algo en clase. La cosa es que este nerd se rodeaba de los nerds considerados “puñetas” o “cagapalos”, de ésos que ni nerds son pero se dedican a lamerle las bolas a los verdaderos nerds y a barbear maestros y lloriquearles si no sacan buenas calificaciones. De ésos que copian en el examen pero tapan el suyo para que tú no te copies. Alumnos pusilánimes, pues. Entre los “directivos” de esta planilla, había dos de este tipo: un güey cabezón al que apodaban El Totonaca, quien tenía fama de ser el "corre ve y dile" del director y de los maestros; y otro flaco ojeroso de hueva al que apodaban El Muerto, que tenía fama de "culo", pues siempre se escondía el dinero adentro de un zapato para no prestar cuando le pedían una moneda. Y pues ésa era la debilidad de Metal, lo que la hacía impopular entre la racilla (palabra de tío).


Por otro lado, Pereztroika era la planilla de los desmadrosos, la planilla de los güeyes con los que todos nos queríamos juntar: los que fumaban en el puesto de Doña Pelos, los que se agarraban a chingazos atrás del gimnasio, los que iban a otras escuelas a aventar huevos, los que se juntaban con chavos de prepa, iban a los quinceaños y habían formado una planilla nomás para salirse de clases a cada rato. Aunque no por esto eran "los burros" o "los malos estudiantes" o "los que acabarían mal", como se estigmatiza siempre a estos alumnos.

De hecho, el mero mero de la Pereztroika era un ex integrante de la banda Control Machete: Antonio Hernández/Toy Kenobi/Toy Selectah, pa´la banda (pero en aquel tiempo la pinche raza gacha lo apodaba "Chabelo"). El nombre de la planilla lo habían agarrado por la situación que se vivía en la U.R.S.S. Perestroikca significaba Reestructuración, por lo tanto, no se anduvieron con mamarrachadas de: Ay, ay: P es de Participación, E de Energía, R de Responsabilidad... Pereztroika era Perestroika. Punto. Por eso les digo que los desmadrosos de la escuela tampoco eran unos pendejos. 

(Como dato aparte: no recuerdo si para ese año ya habían salido los zapatos marca Perestroika, de Zapaterías Canadá. ¡Un clásico noventero clasemediero!)

Desde un principio se notaba que la Pereztroika como que “incomodaba”. No sé si la apariencia de "greñudos" de sus integrantes o su actitud desparpajada o que los maestros sabían que eran ellos los que escribían sus apodos en el pizarrón entre clase y clase; no sé. Lo que sí es que a los miembros de la Pereztroika los regañaban por cualquier cosa a cada rato, hasta que amenazaron con descalificarlos si no le cambiaban el nombre a su planilla, quesque porque aludía a un movimiento político extranjero con tufo comunista y bla bla bla. De hecho, creo que de ahí salió la z en vez de la s, para "mexicanizar" el nombre (Pérez), situación que, supongo, los altos mandos tomaron como una afrenta.
Y pues ese año "las elecciones" las ganó Metal, la planilla de los nerds. Y uno como espectador empezaba a darse cuenta de cómo funcionaban las cosas "en el mundo real".

Después viví otras planillas: las de prepa y carrera; aunque nunca me involucré. Prefería mantenerme al margen. Aparte, no era tan popular como para que los famosillos de la escuela me acogieran en su planilla y tampoco quería juntarme con los ñoños matados que le hacían la barba a los maestros. No me interesaba. Todas las planillas me parecían lo mismo. Todas, ante mis ojos, eran una farsa y una pérdida de tiempo. No había sorpresa: ganaba quien llevaba a tocar al recreo a Conceptos Digitales o a Apple: las cintas de moda de aquella época. Ganaba la planilla que repartía más lápices, plumas, calcas, botones o playeras; o la que regalaba más cortesías y no covers para los antros más exclusivos. Ganaba la planilla con las viejas más buenas y los güeyes más guapos; ganaban los políticamente correctos, los que no incomodaban, los que estaban bien con los maestros, los que no se salían del molde, los que no eran "un mal ejemplo"...

Recuerdo un año que ganó una planilla –Tunas, creo que se llamaba– que tapizó la escuela de propaganda: lonas en formato gigante, globos de helio enormes y de esos "bailarines" de tela que se conectan a un abanico y que, para ese tiempo, era lo más novedoso en publicidad. Y pues sí: el presidente de la planilla ganadora era hijo del dueño de una agencia de promocionales. La planilla que perdió muy apenas y puso lonas que ellos mismos pintaron, snif.

Otro año ganó una planilla que hizo un fiestón en una nueva discoteca. Cena, bebida, baile: todo gratis. Aparte, regalaron pases de entrada para Bosque Mágico, pues el papá de uno de los integrantes "tenía vara alta" en no sé dónde y conocía mucha gente y podía conseguir muchas cosas. La planilla perdedora muy a huevo y regaló pizzas en un descanso entre clases.

Eso era la vida real. Nos estaban preparando. Nos estaban moldeando. Nos estaban acostumbrando. Ganaban quienes le invertían a la forma, no al fondo. Aparte: ¿qué podían ofrecer unos chamacos caguengues de 15 años en materia de educación? ¿Acaso derrocarían al director o al rector del plantel e instituirían un nuevo sistema educativo? No. Antes que esto sucediera, llamarían a sus padres por mal comportamiento; y, si seguía así el muchacho o muchacha, posiblemente lo expulsarían. Por eso todo ese espectáculo me parecía una burla soporífera. 

Ahora, tradúzcanlo a nivel país...  

Y pareciera que no aprendimos nada de aquellas planillas de la secundaria, preparatoria y carrera. Pareciera que nada ha cambiado, que nos convencen de la misma forma, con los mismos discursos, trucos y regalos baratos. Pareciera que desde chavos nos inculcaron aceptar la farsa que es la democracia.

Me gustaba mucho el sistema de mi escuela Montessori. Falta que funcione llevándolo a la vida real.

viernes, diciembre 29, 2017

"El Último Jediondo": mi crítica sobre The Last Jedi

En diciembre del 2015 fui casi sin expectativas al estreno de The Force Awakens, el esperado regreso de Star Wars a los cines. Quizás por eso me gustó tanto la película. Y digo "casi sin expectativas" porque: por un lado, ni el director J.J. Abrams ni el hecho de que Disney estuviera involucrado, me latían; pero el misterio en torno al regreso de Luke Skywalker -mi héroe de infancia favorito- aunado al trailer donde aparece Han Solo y Chewbacca, reavivaron el llamado "Factor Nostalgia", es decir: al niño de 8 años que vio el estreno de The Return of the Jedi en el cine y quería tener un sable de luz y coleccionar todos los monitos; porque, siendo honestos, gran parte de la columna vertebral de la saga de Star Wars es sólo eso: nostalgia y comprar mercancía.

Confieso que en ningún momento me causó ruido -como a muchos hardcore fans les sucedió- que el Episodio VII fuera casi casi una copia al carbón del Episodio IV: A New Hope. Tal vez no me disgustó porque lo asimilé como un recurso para atraer nuevos fans y mantener a la mayoría de los fans primigenios satisfechos y cautivos; tal vez no me molestó porque me sentí en terreno seguro, viendo prácticamente lo mismo que vi y amé de niño: viendo un remake de una de mis películas favoritas pero con mejores efectos visuales, mejores coreografías de batallas con sables de luz, más criaturas espaciales, algunos giros imprevistos en la historia y nuevos personajes que iban coincidiendo de manera perfecta con los personajes y artefactos de la trilogía original. Pero, sobre todo, el Episodio VII me hizo esperar con ansias las siguientes películas porque había dejado varias preguntas al aire -tanto de los personajes recién agregados como de los clásicos-, misterios por resolver que generaron las más locas teorías y las más grandes esperanzas entre los aficionados a este universo creado por George Lucas.

Y tal vez ése fue el problema principal: que fui con muchas expectativas -un chingo, de hecho- a ver el Episodio VIII: The Last Jedi. Expectativas que, como dije más arriba, el Episodio VII generó y el reciente Episodio VIII aniquiló por completo; porque, la mera verdad, salí del cine desencantado, sin ganas de ver qué sucederá en el Episodio IX. Ya no me interesa lo que puedan contar después de lo que le hizo Rian Johnson a los hilos argumentales de la película anterior y a los conceptos místico/filosóficos de la trilogía original.

Y aclaro -antes de que empiecen a joder con eso- que esto va más allá de un berrinche de fan encabronado porque en The Last Jedi no le cumplieron su capricho de ver por última vez a Luke Skywalker partiendo madres con su sable de luz verde en un duelo épico, snif (¿qué fan no esperaba eso? ¿Qué fan puede quedar satisfecho sin eso, en serio?). Tampoco es la pataleta de un nostálgico que se aferra a la primera trilogía y no quiere dejar morir el pasado para que las nuevas generaciones bla bla bla... Disfruté las precuelas "por la nostalgia", pero todos sabemos que son malísimas en muchos aspectos. De hecho, las batallas con sables de luz de las precuelas son tan buenas que "las salvan", y el Episodio VIII que, aunque "lo disfruté" como película palomera, ni a eso recurrió para salvarse; es lo que me pareció más increíble. Porque, así como dije que Star Wars es nostalgia y comprar mercancía, también es peleas con sables de luz: y más si son con Luke Skywalker. En fin.

Pienso que la nostalgia y lo novedoso pueden ir perfectamente de la mano, como lo demostró The Force Awakens con todo y sus fallas; por eso sigo sin comprender esa obsesión de esta nueva película de "romper con el pasado", como si éste fuera algo malo, como si lo viejo fuera lo apestado. A final de cuentas, quienes se enamoraron del universo fílmico de Star Wars lo hicieron porque vieron la trilogía original y la esencia de este universo "viejito" los marcó (así como muchos descubrieron a los Beatles o a los Rolling Stones 20 ó 30 años después de su apogeo y terminaron siendo megafans).

También pienso que hay conceptos fundamentales que no se tocan, por decirlo de alguna manera; que hay ciertos tonos que deben mantenerse y contextos de los cuales no hay que salirse, menos si tienes en tus manos una franquicia de 40 años de edad y millones de fans que han mantenido los engranes de esta maquinaria funcionando tal como es. Por eso cada que dicen que a esta última película no le importa lo que los fans piensen acerca de Star Wars y que "eso es lo más genial de ella", me parece una enorme falta de respeto. Y también me parece muy cobarde que, aparte, vengan y nos culpen de nuestro desencanto con The Last Jedi por "haber alucinado teorías ridículas en nuestras cabezas". Digo, si no quieren que hagamos teorías o suposiciones, entonces no dejen hilos sueltos, no creen personajes que parecen importantes para la trama y mejor cierren sus historias; pero si hay hilos sueltos interesantes que le darán continuidad a una historia que funcionó y gustó a la mayoría, ¿por qué los "resuelves" de la forma más absurda, argumentando que "son giros inesperados", y le quitas toda la importancia a los trabajos anteriores y, aparte, la agarras contra los fans "por hacer teorías tontas"? 

Respecto a lo de "hay cosas que no se tocan", dejen ver si me explico, para no sonar cuadrado o cerrado o anticuado. Star Wars es como Mafalda, por poner un ejemplo. La tira de Quino sigue vigente aunque su autor tenga más de 40 años sin dibujarla. El personaje sigue vendiendo libros y sigue sumando seguidores sin haber cambiado un ápice (porque, pues bueno, ya no la dibuja). A lo que voy es: ¿creen que sería buena idea cambiar el tono de Mafalda y sacarla de contexto para atraer nuevos fans y "llevarla a otros niveles"? Sí, tal vez habría que "modernizarla" para adecuarla más a estos tiempos, pero cambiar el tono y el contexto sería matarla y sería darle una estocada a las personas que se hicieron sus seguidores por lo que el personaje significa y lo que ha representado por más de 40 años. Por eso digo que hay cosas que no se tocan; hay conceptos universales que no necesitan "cambios creativos radicales para sorprender y atraer nuevos fans": las películas de Star Wars son una de esas cosas, como lo es Mafalda; como lo son Los Beatles: que no se van a hacer techno para atraer a las nuevas generaciones; como lo son los Rolling Stones: que no se van a hacer reguetoneros para pretender eso. A esto me refiero con "hay cosas que no se tocan".

Respecto a esta película, pues sí: The Last Jedi es impactante visualmente, pero siento que nos cambiaron la esencia de Star Wars por espejitos destellantes. La película tiene una historia mal contada, larga y repetitiva que abusa de lo que en literatura se conoce como deus ex machina; también abusa de las subtramas y de personajes nuevos de hueva metidos a huevo. Los únicos giros sorprendentes son cuando uno dice: "¿Qué acaba de hacer el pendejo del director?", quien no repara en zurrarse encima de los hilos argumentales que J.J. Abrams había construido en el Episodio VII, quitándole toda importancia a personajes y tramas que parecían  relevantes para la continuidad lógica de la historia; para, después de las malas reseñas de los fans, todavía venir a decir que la culpa es de ellos por construir teorías estúpidas en sus cabezas e imaginarse cosas que no eran. Malo el cuento. Malo el futuro para Star Wars. Y eso que no entré en el terreno de las escenas ridículas o ilógicas o incoherentes. Comprendo que es una fantasía espacial y uno no puede ponerse "científico", pero al menos una buena historia -con un duelo de sables de luz digno del personaje más icónico de la saga- hubiera estado chido, snif.

Rian Johnson se dice fan de hueso colorado de Star Wars, pero en serio que ningún fan de Star Wars se hubiera atrevido siquiera a hacerle esto a la saga. Y más me caga su actitud arrogante de: "Pinches fans pendejos, no les voy a cumplir sus caprichos: si quieren ver tal o cual cosa, pues no se los voy a cumplir". Sí, yo sé que no a todos se les pude dar gusto, pero, repito: hay conceptos universales y suposiciones lógicas que no son sólo "caprichos de fans". ¿Se acuerdan de Rogue One? ¿Qué creen que fue el final? ¡Exacto! Puro fan service. La película no hubiera sido lo mismo sin ese final. Todos esperaban algo así y el director no dijo: "Ah, pues como todos alucinan con ver a Darth Vader otra vez en acción, a la verga: no se los cumplo por andar inventando sus teorías". 

¿Y qué onda con Luke Skywalker? Aaaay... Luke... Pobre Mark Hamill... Pobre Luke... Pobres las nuevas generaciones que se perderán de este mítico personaje... Pobres todos. ¿Cómo tienes a este Luke Skywalker con el look más badass de todos los tiempos y lo desperdicias toda la película para, al final, ponerlo como "una proyección de La Fuerza" con cabello y barba cortos y teñidos y bata tipo Hugh Hefner? No mamen... Neta que no mamen. ¿En serio no querían ver al Luke de esta foto cortando cabezas y brazos y haciendo malabares con el sable de luz para salvar a su hermana o a su sobrino o a su hija o algo?, snif.
Mark Hamill nos lo advirtió en todas sus entrevistas antes del estreno, cuando decía que estaba en desacuerdo con casi todas las decisiones que Rian Johnson había tomado con su personaje. Incluso llegó a decir que ese no era su Luke Skywalker. Llegué a pensar que era una broma, pues el actor suele trollear a sus fans en redes sociales; pensé que lo decía porque el director nos tenía preparada una sorpresa; pero no. Mark Hamill fue honesto. Mark Hamill tenía razón: no es el Luke Skywalker ni de él ni de nadie.

Acepto que a mí encantó el "giro" que le dieron al personaje, el de un ermitaño gruñón, renuente y desencantado que lo único que quería era morir tranquilo sin que nadie lo encontrara. Me encantó el cabello y la barba largos y desaliñados, el vestuario oscuro tipo indigente/caballero Jedi. Sí, el mejor Luke de todas las películas. Pero pues en eso se quedó: en nada. Qué mugrero, qué mamada, qué desperdicio de actor en sus mejores años y que desperdicio de personaje en el que pudo ser su mejor momento.

Ya por último: cuando le externé mi descontento a alguien, me dijo: "Es sólo una película". Para ningún warsie Star Wars es sólo una película, pero Rian Johnson logró que se convirtiera en eso, en "sólo una película". Ahora comprendo a los fans del futbol cuando les dices: "Es sólo un juego", y todo tu entorno se empeña en que lo vivas como una religión. Y pues sí, ahí sí el pendejo es uno.
En pocas palabras: la película me entretuvo sólo como película, pero odié The Last Jedi como película de Star Wars y no quiero volver a saber nada ni de Disney ni de Rian Johnson ni de Kathleen Kennedy.

Aquí les paso algunas reseñas de The Last Jedi que van más o menos por donde mismo:

Rotten Tomatoes: The Last Jedi.

The Last Jedi: perdidos en el espacio.

Por qué sólo J.J. Abrams puede rescatar a Star Wars.

Todo en la vida son Expectativas.

Joe vs. los Monstruos: Los Últimos Jedi.

Espinof: The Last Jedi es una decepción.

John Doe Movie Reviews.

Roz rants against The Last Jedi. 

El granqenk: Los Últimos Jedi.

Cinemascomic: Los Últimos Jedi.

jueves, diciembre 14, 2017

Dibujitos ecológicos

Después de la triste experiencia con Greenpeace, curiosamente, me llegó la inspiración para dibujar, y pues se me ocurrieron estos cuatro cartones sobre árboles. Espero les gusten.

miércoles, noviembre 29, 2017

Cuando Greenpeace me rechazó 200 palmeras

Mientras caminaba por una calle del centro de la ciudad se me acercó un voluntario de Greenpeace. Después de presentarse y mostrarme de manera muy amable su gafete con nombre y foto, me preguntó si tenía un par de minutos para escuchar lo que tenía para compartirme. Como tenía el resto de la tarde libre, accedí a su petición.

El chavo me habló de la alarmante situación que vive el Ártico, de la devastación de la selva amazónica, del cambio climático y demás catástrofes medioambientales que se padecen a nivel global. Al final de su apocalíptica exposición, me di cuenta que todo su rollo había sido encaminado para comprometerme a depositar en una cuenta bancaria un donativo mensual a dicha organización; aportación económica que se utilizaría para apoyar acciones que reviertan los daños que hemos provocado al planeta.
Mi respuesta ante su petición fue un rotundo "¡No!".

Y no me lo tomen a mal, apreciados lectores. No es que no me preocupe o me entristezca la crisis medioambiental por la que atraviesa nuestro hermoso Planeta Azul -incluso desde mi trinchera tomo algunas acciones para "ayudarlo"-, pero: ¿el Ártico?, ¿la selva amazónica?, ¿los pandas gigantes?... O sea: eres de Greenpeace, estás en Monterrey, ¿y no me hablas sobre el déficit de un millón de árboles que padece esta ciudad, ni mencionas la cantidad de ríos que se utilizan como vertederos de escombro y deshechos tóxicos, ni sacas a colación la pésima calidad de aire que respiramos y las pocas medidas que se están tomando al respecto? Es más: ni siquiera me mencionó "algo mexicano"; a la Selva Lacandona o a la vaquita marina, por ejemplo. Absurdo, ¿no les parece?

Mi "No" de respuesta como que sacó de onda al chavo, pues al haber escuchado de principio a fin sus argumentos, posiblemente imaginó que accedería a su demanda. Fue entonces que quiso jugar con mis sentimientos, aplicándome un chantaje emocional tipo: "¿Acaso no te preocupa el planeta? ¿No crees que es mucho lo que nos ha dado y nosotros podemos ayudarlo con muy poco?". No le respondí, y mejor le pregunté si tenían algún programa "más local". "Aquí en Monterrey hacen falta muchas acciones urgentes para revertir los daños que le hemos ocasionado al entorno; no me lo tomes a mal, pero: ¿por qué mandar el dinero al Ártico o a la Amazonia pudiendo usarlo aquí?", le dije. 

El chico fingió estar interesado. Me respondió que "estaba chida mi idea", pero que "de él no dependía eso"; y así como él me echó su rollo, yo proseguí con el mío. "Monterrey es un verdadero ecocidio: ¿por qué no hacer un programa para reforestar los estacionamientos de los HomeDepots, HEBs, Sorianas y demás plazas comerciales?; o: ¿por qué no organizar voluntarios para ir a limpiar el río Santa Catarina y aprovechar para hacer un registro de las especies de flora y fauna que ahí habitan?; o: ¿por qué no plantar un árbol endémico afuera de cada una de las más de 50 mil casas que se construyeron el año pasado en el estado?". A todo lo que le planteaba, el chavo me decía que sí y me repetía que mis ideas "estaban chidas" y fingía estar interesadísimo.

Y ahora fui yo quien le hizo una propuesta (porque, como les dije al principio, tenía el resto de la tarde libre): "Es más: en mi casa tengo 200 palmeras de la especie washingtonia robusta, mejor conocidas como palmera de abanico mexicana. Si lo que andas buscando es un donativo: ¡se las regalo!, ¡tómenlas, es mi donación!, para que las planten en donde consideren necesario: algún área desolada, algún parque abandonado... incluso en la selva amazónica".

Y ahí fue que empezó el cascabeleo: "No, pues es sí... es que, o sea,  sí está chido todo lo que propones, o sea... pero como te repito: a mí eso no me corresponde; yo sólo pido donativos económicos, eso apenas verlo con el encargado de aquí para que lo platique con la gente de la Ciudad de México y ver qué se puede hacer con las palmeras, pero sí está chida tu idea y bla bla bla".
Total que mi buena intención de hacer un donativo en especie se convirtió en toda una pesadilla burocrática de trámites y permisos; de hablar con superiores para que éstos hablen con más superiores de otras latitudes para que éstos a su vez hablen con otros superiores más superiores que ellos para ver si podían aceptar 200 palmeras para reforestar un área. No sé ustedes cómo la vean, pero como que siempre todo lo que tiene apariencia de necesitar una acción inmediata, se convierte en un monstruo burocrático de políticas absurdas y de "vamos a analizarlo", "vamos a ver qué se puede hacer", etc. Si no me creen, pregúntenle a los pobladores del ejido de Agua Azul, en Chiapas:
Al final el chavo terminó confesándome que Greenpeace Monterrey era sólo una agencia de telemarketing que recluta gente para recaudar donativos para causas dudosas, no una asociación que organiza gente para llevar a cabo acciones inmediatas en pro del medio ambiente. Y pues, qué triste, deveras, snif.

Por lo pronto, aquí en el patio de mi casa sigo teniendo 200 palmeras de la variedad washingtonia robusta. Las sigo cuidando y haciendo crecer. Confieso que me encantaría tener un patio más grande para poder plantarlas todas; o tener un terreno campestre para bardearlo con ellas. Aquí están y estarán creciendo hasta que haya alguien interesado en ellas. ¡Llévelas, llévelas!, ¡baratas, baratas!, ya que Greenpeace no las quiso ni regaladas, snif.

Es más, hagamos esto: regalo las palmeras si son para una causa noble, una causa medioambiental u ornamental que beneficie a mucha gente (a una colonia, una plaza, una escuela, etc.); pero las vendo baratas si son para algún proyecto personal (decorar alguna quinta, algún rancho). ¿Les parece?
Manden sus propuestas a guffo76@hotmail.com.

A continuación les muestro una parte de las palmeras y su proceso de crecimiento en un año:

martes, noviembre 14, 2017

Sobre el abuso sexual de mujeres a hombres

¿Conocen a algún hombre que haya sufrido acoso o agresión sexual por parte de alguna mujer?

Esta misma pregunta la hice en mi cuenta de Twitter hace poco más de dos semana, y la respuesta que obtuve me sorprendió mucho, pues nunca imaginé que esta modalidad de abuso sexual fuera algo tan común (o al  menos más común de lo que imaginaba).

Antes de entrar en el tema y presentarles algunos testimonios que me llegaron al correo electrónico y a Twitter, me gustaría aclarar que con este post no busco homologar esta práctica con los acosos o abusos que sufren las mujeres por parte de los hombres. Tampoco pretendo banalizar los hechos ni minimizar un acto para engrandecer el otro; mucho menos, victimizar al género masculino para que salgan con su cantaleta de: “¿Ya ven, mujeres? A nosotros también nos acosan y nos violan, y no la andamos haciendo de pedo como ustedes”. Y no: tampoco hice este post "por moda", como por ahí se refieren algunos a tanta denuncia que ha salido a la luz últimamente. Nada de eso. Y quien así lo tome, pues qué triste, la verdad...

Los ejemplos ahí están: Harvey Weinstein, Louis C.K., Bill Cosby, Roman Polanski, Woody Allen, Dustin Hoffman, Felipe Montes, etc. Las estadísticas, también: claramente es más frecuente que un hombre acose o abuse de una mujer a que suceda lo contrario, porque, pues sí: el mundo es una sociedad patriarcal, snif. Pero quería hacer este ejercicio desde hace tiempo para ver si podemos dejar de lado esa guerra de géneros que casi siempre surge cuando se toca este tema, y ver también si podemos tratar el problema desde un punto de vista neutral: desde el género humano como tal. Humanos respetándose mutuamente.

Quería hablarlo porque siento que, al no hacerlo, seguimos perpetuando la hegemonía machista; pero esto se los explico más adelante. Por lo pronto, a continuación les presento algunos de los testimonios que me mandaron. Fueron nueve correos y varias menciones en Twitter (que, por cierto, agradezco mucho la confianza que tuvieron para compartirme algo tan personal). Tres personas de las que me enviaron email me comentaron que si quería compartir sus experiencias, podía hacerlo; a los demás no quise plantearles esta opción si ellos no lo mencionaban por voluntad propia.
Aquí van (dar clic en imágenes para agrandarlas):  
Confieso que hasta hace poco no conocía hombre alguno que hubiera sufrido acoso o abuso sexual por parte de una mujer. Bueno, más bien, no veía esta conducta como tal (y, al parecer, quienes la habían padecido, tampoco lo veían así). ¿Por qué? Pues por lo que mencioné anteriormente: por la cultura del machismo. Como hombres suponemos -y a veces ni eso- que el machismo sólo perjudica a las mujeres, sin percatarnos del daño que a nosotros mismos nos ocasiona.
La educación machista nos programa para, entre otras cosas, no llorar, aguantarnos todo "porque somos hombres" y nunca decirle "No" a una mujer que "quiere algo con nosotros", porque, pues, ni que fuéramos jotos, ¿no?
Vivimos en una sociedad que nos predispone a traducir el acoso como un halago, a verlo como sinónimo de lo irresistibles que le resultamos al género femenino, a percibirlo como el culmen de nuestra hombría. Por lo tanto, creo que al minimizar o normalizar esto, al verlo como una complacencia o lisonja de ellas hacia nosotros, sentimos que del hombre hacia la mujer debe ser igual; por lo tanto, ellas deberían interpretar de esta forma "inofensiva y halagadora" nuestras miradas, piropos o avances lascivos. Tal vez si lo viéramos al revés, sin ese velo machista, podríamos sentir un poco de empatía por las mujeres que incluso llegan a sentirse atosigadas por un "Hola, guapa".

Hace algún tiempo en este blog les platiqué sobre un abuso sexual que sufrí a la edad de 3 ó 4 años por parte de una chavita que ayudaba con las labores domésticas en casa de mis papás.
Cada que mis padres salían y me dejaban encargado con ella, me quedaba llorando. Al principio pensaban que lloraba por chiflado, pero luego se les hizo raro tanto llanto. Un día, mis padres disimularon irse. Yo, como siempre, me quedé llorando desconsolado. Esperaron afuera de la casa unos minutos y luego volvieron a entrar sin hacer ruido. Fue entonces que sorprendieron a la chica haciéndome sexo oral sobre la mesa del comedor.

Hasta hace un tiempo no me refería a este episodio de mi vida como "abuso sexual" por lo mismo: machismo. ¿Cómo va a decir un hombre que una mujer abusó de él? ¿Acaso es puto? ¿Acaso no le gusta que las mujeres lo deseen, lo toquen y lo besen? ¿Qué hombre dejaría pasar una oportunidad así? ¡Al contrario! ¡Qué halago! Por lo mismo, nunca me sentí víctima de abuso sexual, y también porque ese episodio de mi vida lo tengo bloqueado: por más que lo intento, no me acuerdo, a pesar de tener muchos recuerdos de aquella época. Y quizás también porque "era una desconocida". Pero como me dijo una vez un amigo: “Aunque no te acuerdes, fuiste un niño abusado sexualmente, y eso trae consecuencias tanto en conducta como en personalidad; y parte de que no te sientas abusado, es por la programación machista que has recibido”. Y ¡booolas!, me cayó el veinte.

De hecho, hasta hace poco solía platicar esta anécdota de mi infancia a la menor provocación, casi siempre en reuniones; incluso con desconocidos. Me gustaba contarla con humor, a veces exagerándola  para desatar las carcajadas de los presentes. Relataba la anécdota como una hazaña de mi hombría, me vanagloriaba de mi supuesto aspecto irresistible desde pequeño, del tamaño de mi pene, de "haber perdido la virginidad" a los 4 años: ¡un récord! ¡nadie me ganaba! Y sí, qué triste, pues con esa actitud era parte del problema. ¿Por qué era parte del problema si el abusado había sido yo? Pues porque le abonaba a la hegemonía del machismo, porque minimizar esto es minimizar lo otro; porque con este molde de pensamiento ¿cómo podríamos ser empáticos con las mujeres y su situación de acoso y abuso?

Después de que me cayó el veinte de lo del abuso sexual -aunque confieso que sigo sin sentirme víctima por las razones que ya les platiqué- me puse a pensar cómo sería yo de no haber vivido ese episodio que, según la psicología, marcó mi personalidad. También me pongo a pensar qué hubiera pasado si el abusador hubiera sido un hombre. O qué tal si hubiera sido alguien cercano; algún familiar. ¿Lo recordaría, o también lo tendría bloqueado?, ¿ahí sí me sentiría como un niño abusado, o tampoco?, ¿culparía a ese episodio por ser como soy?, ¿provocaría las mismas risas si esta anécdota la platicara con una tía como la protagonista y no con una chica del aseo? Es más: ¿la platicaría?
¿O qué tal si esto hubiera sucedido a otra edad: yo en mi despertar sexual; o en algún trabajo, con una jefa bonita; o en la escuela, con una maestra guapa? ¿Cómo hubiera reaccionado?, ¿lo habría tomado como acoso o no?
¿O qué tal si lo ponemos en otro contexto? Alguien me comentó que en el libro Ensayo de un crimen, de Rodolfo Usigli, esto era una práctica común hace medio siglo en México: las empleadas domésticas dormían así a los niños. Tal vez esta chica aprendió eso en su casa porque veía que la mamá y las tías dormían de esa forma a sus hermanos y primos, y ella me lo aplicaba a mí para que dejara de llorar. En este contexto, ¿se consideraría abuso sexual lo que me hizo?

En fin... Sólo quería compartirles lo que me sucedió y lo que le ha sucedido a otros, esperando que dejemos de lado esa guerra de géneros y seamos más empáticos y respetuosos entre nosotros. Y que en un futuro no muy lejano, el título de este post no tenga que especificar de qué género a qué género, y simplemente diga: Sobre el abuso sexual.

Que tengan buen martes. Espero sus comentarios por aquí o en guffo76@hotmail.com 

viernes, noviembre 03, 2017

Dejando atrás las luces de la civilización

Cada que tengo reunión en mi casa, me gusta salir al patio antes de que lleguen los invitados; antes de que todo se convierta en anécdotas, risas, música, brindis y humo. 

Camino hasta el fondo del jardín, por la vereda empedrada; volteo y me imagino que estoy dejando atrás la civilización. Camino entre anacuas, toronjas, palmeras, orégano y papayas; cruzo por debajo de una bugambilia y me siento en la banca de concreto. La noche se percibe más oscura y silenciosa entre tanto follaje.

Vuelvo a mirar en dirección a la casa. Me la imagino lejísimos. Las luces ornamentales, las de la habitación y el baño me parecen los puntos luminosos de una ciudad a la distancia. Por lo que escribo, podrían imaginar que mi patio es enorme. Una jungla. A mí así me lo parece. Así lo percibo en la penumbra. Incluso algunas veces, para sentirlo inmenso y con más vida, juego a no ir más allá de la bugambilia; a no cruzar ese límite en donde ya no pega la luz y el fondo del jardín pareciera un agujero negro: no vaya a ser que entre las tinieblas se esconda una fiera acechante.

Escucho el timbre de la casa. Ha llegado el primer invitado. Suspiro y me pongo de pie. Cruzo por debajo de la bugambilia, paso a un lado de las papayas, el orégano, las palmeras, las toronjas y las anacuas, siguiendo el trayecto de la vereda empedrada. Volteo hacia atrás instintivamente, como si una voz primigenia me llamara desde la oscuridad; un susurro construido por el viento y las hojas de los árboles. Y sigo las luces, que me parecen lejanísimas.

He regresado a la civilización.