lunes, agosto 17, 2015

Uber

Un amable lector de este espacio me platicó por correo electrónico su experiencia trabajando para Uber. Aquí se las comparto con su autorización, para que conozcan un poco más sobre esta empresa. Aparte, quiero que lo lean porque creo que su relato es un fiel reflejo de lo que sucede en el triste ámbito nacional, y las ideas que pueden propiciar cambios positivos en la mentalidad y en el actuar de los mexicanos:

Hola Guffo. Disculpa la tardanza, es que no había tenido chance de revisar mis correos.

Te cuento rápido: la empresa donde trabajaba recortó personal debido a la inseguridad en el norte del país (los principales clientes eran/son PEMEX, CFE, Sistemas de Aguas y las oficinas de Catastro de los diferentes estados del país). Yo era técnico fotogrametrista y mi trabajo consistía en ubicar físicamente puntos topográficos sobre fotografías aéreas, medirlos con un GPS o dron y posteriormente procesar la información para convertirla en un mapa digital y así crear una red geodésica.

Entré a Uber en enero de este año, luego de buscar -sin mucho éxito- otras opciones relacionadas con lo que yo hacía. La verdad es que los sueldos raquíticos y las pocas oportunidades de crecimiento en los lugares donde busqué me motivaron a tomar esa decisión. 

No me arrepiento. Gano lo mismo que antes y en algunas ocasiones un poco más. No fue fácil, pues Uber te exige que pases por una serie de filtros que van desde un examen de 50 preguntas sobre ubicación y conocimiento de los puntos de interés en el Distrito Federal, (en mi caso), el cual debes pasar con al menos el 90% de respuestas correctas para continuar con el proceso de certificación como conductor, el cual consta de un examen psicológico, un examen psicométrico, una plática-entrevista con una psicóloga, un examen teórico-práctico de manejo y, por último, si pasas esos cuatro filtros, un examen toxicológico; además de presentar una carta vigente de no antecedentes penales, sin mencionar que no debes tener tatuajes ni perforaciones y mostrar una presentación aceptable (bañado, cabello corto, rasurado) al momento de brindar el servicio (traje y corbata), pues cuando un usuario solicita el servicio, aparece el nombre y la fotografía del conductor que te dará el servicio, su calificación en estrellas así como el modelo y las placas del automóvil que conduce, pues todos tus documentos están disponibles para consulta en el portal de Uber (IFE, licencia, carta de no antecedentes penales, fotografía tomada por Uber y comprobante de domicilio)

La política de Uber es tan estricta que te dan de baja si alguna usuaria se queja de que la miras con morbo o intentas ligarla; si les llamas después de dejarlas sin ninguna razón que no sea relacionada al servicio e, incluso, por negar el servicio a personas con discapacidad (de cualquier tipo) y/o que viajen con sus mascotas. Uber es "Pet Friendly": tiene cero tolerancia con este tipo de actitudes mencionadas.
Cada viaje eres calificado por los usuarios mediante estrellas y si no mantienes una calificación de al menos 4.7 estrellas, Uber te deshabilita una semana donde no puedes conducir y debes asistir a un curso, y si tu calificación no mejora, de plano te dan de baja. Los conductores deben bajarse del auto para darte la bienvenida, abrirte la puerta al abordar y descender del vehículo y mostrarse amables y atentos en todo momento. A grandes rasgos, eso es lo más importante. Los mayoría de los vehículos son del año y deben contar con :seguro de cobertura amplia (el dueño debe estar dado de alta en hacienda), botellas de agua de cortesía, paraguas, dulces, aire acondicionado, Chip TAG para usarlo en las autopistas urbanas, radio con entrada auxiliar para que el usuario ponga su música si así lo desea, deben estar limpios (lavados) y libres de olores extraños (aromatizante); además de que está estrictamente prohibido fumar dentro de un Uber.

Te menciono algunos otros puntos:

-Cuando te registras en la plataforma, tu primer viaje es gratis.

-Si por alguna razón el conductor te lleva a propósito por una ruta diferente o se pierde, tienes derecho a solicitar un "ajuste de tarifa", para que se te haga el cargo correctamente.

-Si olvidas algún objeto, puedes contactar al conductor o ir directamente a las oficinas a preguntar si el conductor devolvió el objeto olvidado. Si Uber sospecha que el conductor se lo apropió de manera indebida, puede aplicarle el polígrafo y, si lo considera necesario, el socio y/o conductor deberán reponer el objeto perdido por uno igual o con las mismas características.

-Los conductores pueden negar el servicio a usuarios que estén en avanzado estado de ebriedad o que muestren un comportamiento indebido, además de solicitar "tarifa de limpieza" en caso de que el usuario derrame alguna bebida o vomite dentro del vehículo.

-Los socios (propietarios de los vehículos) deben realizar también el proceso de certificación, pues en primera instancia Uber los considera como primeros conductores del vehículo; posteriormente, ellos deciden si contratan a sus propios conductores.

Saludos y que tengas excelente semana, un abrazo.

Después, para que corroborara que no estaba exagerando con las estrictas políticas de la empresa, mi lector me mandó un correo que le envió Uber sobre una situación que tuvieron con una persona con discapacidad. Aquí la captura de pantalla del correo. 
Ahora se imaginarán por qué están tan encabronadas con Uber las mafias que controlan los taxis.

El único "pero" que le pongo a Uber es eso de no contratar personas con tatuajes o piercings. Está medio arcaico. Todo lo demás me parece muy bien. Ojalá perdure. 

lunes, agosto 10, 2015

Barberías: el nuevo mame del año

Como si no fuera suficiente con los productos orgánicos, los restaurantes veganos, los food trucks, las cervezas artesanales, los mezcales gourmet, los gimnasios de crossfit y los negocios que empiezan con "La" y terminan en "ría" -La Lonchería, La Charcutería, La Tequilería, La Hamburguesería, La Chilaquilería-, llegan las barberías. Sí, las barberías son el mame más reciente del siglo.

El mítico "Tengo una banda de rock" fue mutando poco a poco hasta convertirse en el "Tengo un barecito", para seguir evolucionando hasta llegar al "Tengo un negocio de tatuajes", pasar por el "Tengo una marca de cheve artesanal", transformarse en el "Tengo un food truck" y culminar en el "Tengo una barbería". 

Y así como empezaron a salir programas televisivos sobre chefs, tatuadores, remodeladores de bares, dueños de casas de empeño, gordos que quieren adelgazar, camioneros que manejan en la nieve y pendejos que compran tiliches en bodegas olvidadas, no dudo que pronto tengamos una serie de televisión  (o igual y ya existe y yo ni en cuenta) que convierta a los barberos en los nuevos rockstars. Y por mí está bien; por mí se la pueden arrancar. 

Pero me llama la atención el reciente boom de estos lugares. Me llama la atención porque conozco a varios novedosos -ahora clientes asiduos de estas mentadas barberías- que no hace mucho tiempo tenían prejuicios bien cabrones sobre que un hombre les agarrara la cabeza y les cortara el cabello (sí, en pleno siglo XXI y en la moderna ciudad de Monterrey). Estos güeyes no iban a estéticas donde hubiera hombres porque de seguro eran "jotitos". Y pues bueno, muchas veces sí lo son, pero por mí está bien; por mí se la pueden arrancar, pero estos güeyes eran de que: "¡¿Cómo voy a permitir que un jotito me acaricie el cabello?! ¡Mucho menos que me agarre el rostro y me acerque el suyo para delinearme la barba!". Sí: tal cosa la consideraban una agresión a su virilidad. Y como que las barberías han venido a borrar un poco este tabú/trauma/fobia/prejuicio que -creo yo- comenzó con el surgimiento de las escuelas de belleza y las estéticas, que fue algo así como "la modernización" o "diversificación" de las barberías tradicionales.

¡Holis! 
Pero lo más curioso es que estos novedosos que ahora frecuentan las barberías modernas, antes no iban a las barberías clásicas. De hecho, las barberías más representativas de la ciudad de Monterrey han ido desapareciendo, snif. Lo que me dice que muchos clientes de estos lugares "revividos" son personas que actúan en base a moditas pasajeras -como la mayoría de los regiomontanos promedio-; y pues, qué triste, deveras, porque al rato también van a desaparecer estos negocios, como lo hicieron las peluquerías típicas.

Como paréntesis: recuerdo con cariño la peluquería -con su cilindro azul, blanco y rojo que giraba y toda la cosa- donde de niño me cortaba el cabello; ahí por la colonia Vista Hermosa, en un segundo piso. Pancho, el peluquero, me decía: "Si te mueves te mocho la oreja, cabrón", y yo mantenía el cuerpo rígido. De repente, Pancho me pasaba el borde sin filo de la navaja por detrás de la oreja y me decía: "¡Ándele, cabrón, casi se la mocho", y se reía al ver que se me saltaban los ojos, aguantaba la respiración y más rígido ponía el cuerpo.

(¡Ay, qué bonita historia, Guffo, casi lloro!).

Volviendo a lo de los prejuicios sobre que un hombre le dé mantenimiento a nuestros pelos: como que ahora con este concepto de barberías modernas buenaondita donde hasta puedes chupar alcohol, es distinto. Ahora los hombres muy hombres se dejan que otros hombres muy hombres, barbones, tatuados, con chalequito, corbata y pinta de malandro rehabilitado -al parecer ése es el requisito para trabajar en uno de estos lugares- les acaricien el rostro, se los masajeen, les pongan pomadas, bálsamos -¡qué palabra más maricona!- y les pongan toallitas calientes en sus delicados rostros; les vendan peinecitos y lociones y tratamientos para el cuidado de sus pelos faciales. Lo que nunca. Y por mí está bien; por mi se la pueden arrancar. Yo nunca he tenido pedos con que un hombre muy hombre o uno muy femenino me corte el cabello o me rasure. Mucho menos si es una chichona guapa :)

Somos bien malotes y, sobre todo, ¡bien hombres!
De hecho, este fenómeno del resurgimiento de las barberías me llama la atención precisamente por eso: porque el hombre se está haciendo vanidoso gracias a su barba. Como que el hombre que se cree muy hombre siempre ha tenido miedo a ser vanidoso; o al menos a exteriorizar su vanidad. El hombre muy hombre ve a la vanidad con rescoldos de feminidad. Ser vanidoso es ser femenino. Es como comer ensaladas: si te las comes con un rib eye de dos pulgadas o sobre una pizza, pues te sientes menos mujer. Y sí: como que el hombre muy hombre tenía miedo a ser vanidoso, pero en su barba encontró la manera de serlo sin culpas. Con este fenómeno "reciente" de las barbas largas y las barberías, la ondita retro/elegante que manejan, los productos de grooming y mamadita y media, el hombre muy hombre puede darle vuelo a su vanidad sin dejar de sentirse muy hombre. ¡Qué belleza! ¡Aplausos!

Sí, las barberías no son nada nuevo, pero resulta que ahorita están de moda. De hecho, supongo que muchas barberías legendarias desaparecieron porque nunca se modernizaron; porque nunca le entraron a la fantochada ésa de cambiar las batas blancas por los chalequitos, los tirantes y las corbatitas o moños, que, al parecer, es parte del encanto mamador de estos nuevos templos de hombría, ¡ahijuesupinchimare!

Y ya para terminar: el otro mame; ése sobre que si son lugares exclusivos para caballeros y sólo hombres pueden laborar en ellos. Pues yo creo que es como en las cantinas en las que no trabajan mujeres ni dejan entrar mujeres. No es pedo machista ni misógino ni tiene que ver con la igualdad de géneros ni es para que se encabronen las feminazis. Por eso: ¡paren su mame, plis! Así como hay espacios y tiempos para puras mujeres -sus mentados Martecitos, Juevecitos, despedidas, babyshowers, etc.-, así los hombres requerimos de espacios y tiempos para estar con puros hombres. Tampoco es nada homosexual. Es simplemente tener un espacio sin viejas. Punto.

Y pues bueno, desde hace rato que quería escribir sobre este tema. Sólo falta ver cuánto durará el mame de las barberías. La neta espero que, como todo buen mame y buen negocio, perdure, y no sea sólo una llamarada de petate. 

jueves, agosto 06, 2015

Dos interesantes artículos sobre el Estadio BBV Bancomer

Un excelente escrito autoría de  Federico Compeán, quien habla sobre la frágil identidad prefabricada del regiomontano promedio: Monterrey y su infantil identidad.

Y otro artículo escrito por Víctor Esparza, llamado: Estadio BBV Bancomer: premio al crimen ambiental de la década, en el que  menciona mi post anterior, por lo cual agradezco mucho. 

Buen jueves. 

viernes, julio 31, 2015

Orgasmo colectivo

Este fin de semana la ciudad de Monterrey vivirá un orgasmo más chingón que el de la estudiante de la UACH, pues se inaugura el nuevo estadio del equipo los Rayados de Monterrey.
¡Uy, sí, qué emoción! Borrachera, euforia, enajenación y caos vehicular a todo lo que da.

"PueZ LLo No eZtoI HemoZionaDo GufFo XKe LLo NO ZoY RaLLado: ¡¡¡LLo Zoy TiGre de Koraz..." Sí, amigo: también eso me vale verga.

Lo que no me vale madres es que Femsa, Banco BBV Bancomer, el mentado club de futbol, empresarios, autoridades municipales y estatales hayan sido cómplices de la destrucción de la última reserva ecológica del área metropolitana de Monterrey: el bosque de La Pastora, snif.
Nada pudo hacerse para construir esa bacinica gigante en donde no jodiera un área colmada de agua, flora y fauna. Pero en Nuevo León la vida silvestre no vale nada, diría José Alfredo Jiménez si fuera de Greenpeace. Aquí el verde que importa es el de los billetes, los envases de vidrio para guardar cerveza regia/holandesa y los botes de tereftalato de polietileno para contener agua carbonatada y edulcorantes.

En algún momento el saliente gobernador, Rodrigo Medina, dijo sobre el estadio: "En la medida en que a través del futbol impulsemos el cariño para ídolos de la afición que representen valores positivos, habrá más espacios para generar mejores ciudadanos y para también contribuir al mejoramiento de los valores colectivos en aspectos tan importantes como el combate a la delincuencia, a la violencia y al crimen organizado".

Así es: el tipo no tiene ni puta idea de lo que dice. El güey éste cree como muchos otros que con estadios de futbol donde las personas comunes y corrientes NO practican el deporte, se generan "mejores ciudadanos" y se promueven "valores positivos" bebiendo cerveza y gritándole "¡Puto!" al portero gracias a "ídolos de la afición". Ajá, sí: ídolos que se comportan como divas, visten como cholos fresas con ropas "de marca", manejan automóviles de más de un millón de pesos y viven como jeques.

Seguramente así se promueven más los valores y se crean mejores ciudadanos, y no preservando un pulmón urbano rico en biodiversidad y educando a la gente para que lo aprecie y lo respete. Pero bueno: son rependejos, insensibles y voraces.

Por eso aprovecho para repetir lo que alguna vez dijo  el astrofísico canadiense Hubert Reeves: "El hombre es la especie más insensata: venera a un Dios invisible y masacra a una Naturaleza visible, sin saber que esta Naturaleza que masacra es el Dios invisible que venera". Nada más que este Dios invisible tiene muchos años siendo visible en nuestra ciudad; en nuestro país. Se llama futbol, y aquí se hace lo que él diga. 

lunes, julio 27, 2015

Me preocupa el tiempo perdido

La audiencia intermedia de Jairo no fue nada bien.

Llegué a la oficina y entré a celdas con la esperanza de no encontrarlo. Pero ahí estaba. Cabizbajo sobre el colchón. Desparramado por un lado, el periódico del día de hoy. Al verme se puso de pie, sacó la mano entre los barrotes y me saludó con el ánimo más apagado que de costumbre. "¿Qué pasó?", le dije, y me platicó lo sucedido. Todo lo que escuché fue "desahogo de pruebas", "interponer un amparo", "el juicio hasta que salga el amparo", "no me dieron fecha" y "lo que me preocupa es el tiempo perdido". Hablaba sereno, aunque, por su semblante, deduje que minutos antes había estado llorando.

Jairo seguirá en prisión preventiva hasta quién sabe cuándo.

Hoy lo cambiamos de celda. Van a pintar la suya y a arreglar un desperfecto del baño. Durante "la mudanza" se dieron cuenta de la libreta, los lápices, el borrador y el sacapuntas. Los tenía escondidos debajo del colchón. También se percataron de la pequeña bocina y el USB: la tenía metida en la funda de la almohada.

Acepté que yo había tomado esa decisión por convicción propia; que yo le había permitido tener eso en su celda, pues al muchacho le gusta dibujar y lo más correcto es fomentarle esa vena artística. No me llamaron la atención, pero me dijeron que no podía tener ese tipo de consideraciones. "Le puede entrar una depresión y se puede hacer daño". Propuse que el chavo dibujara mientras esté yo ahí presente, pero me dijeron que no. "Lectura toda la que quiera, pero nada de instrumentos que pueda usar para hacerse daño".

Jairo me miró con tristeza mientras me entregaba el cuaderno y los utensilios de dibujo. La bocina no le dolió tanto entregarla. Tampoco puede tener jabón, shampoo y pasta de dientes dentro del calabozo. Todo se le entregará cuando necesite usarlo.
La administración entrante también verá lo de las visitas de sus hermanos. Por ser menores de edad se supone que no pueden estar dentro de las instalaciones. La noticia le cae como bomba.

Ya instalado en la nueva celda, le digo que él sabe que conmigo no hay problema de nada; que por mí puede dibujar, escuchar música y recibir la visita de sus familiares y su novia más del tiempo permitido; pero "son órdenes de arriba", de la nueva administración, y no puedo hacer nada más. "Yo sé, Lic. Muchas gracias". Jairo toma el periódico del suelo y me extiende la página del crucigrama. "Si quiere hágalo usted solo, yo me voy a dormir". Tomo la hoja de papel y la doblo a la mitad. Jairo me vuelve a dar las gracias y se acuesta viendo hacia la pared.

Vuelvo a mi oficina. Guardo la bocina, el cuaderno y los lápices en un cajón. Aprovecho que no hay trabajo para hacer el crucigrama. Las palabras de Jairo me retumban en la cabeza como rebota el eco de todo lo que se dice en los pasillos de la prisión: "Lo que me preocupa es el tiempo perdido".

A mí también.

miércoles, julio 22, 2015

Fragmentos de ciudad que nos pasan de largo

Una niña juega en la parada del camión. A estas horas de la tarde el sol pega de tal manera que la sombra de la techumbre no cubre a quienes esperan debajo de ella. De la mano de quien supongo es su abuelo,  la nena sube a la banca metálica y pega de brincos hacia la banqueta una y otra vez.

El hombre parece exhausto, aunque no deja de sonreír y de seguirle el juego a su nieta. Un par de minutos después, la carga y la sienta sobre su regazo. Intenta calmarla haciéndole caballito en sus piernas. Se quita la gorra y se limpia el sudor con la manga de la camiseta, que trae el logotipo de un partido político estampado a la altura del corazón. La pequeña toma al viejo por los cachetes. El hombre le tira una mordida juguetona, atrapando sus pequeños dedos entre los labios. La niña estalla en risas y engurruña el cuerpo hasta quedar tendida sobre la plancha de metal, reposando la cabeza en el regazo de su abuelo.

La pequeña toma con las manos los cordones que le salen del cuello del vestido, los observa unos segundos y se los mete a la boca. El hombre le dice que no lo haga, dando un suave manotazo. La niña se pone de pie sobre la banca, como una catapulta. El viejo hace lo mismo, la toma de una mano y le sigue el juego de brincar una y otra vez del asiento a la acera.

El camión se aproxima.

La niña se para en el borde de la raya amarilla y levanta la mano. El abuelo se apresura a sostenerla por los hombros con sus manos toscas, para impedir que vaya a dar un paso en falso. La masa metálica se detiene soltando resoplidos hidráulicos y rechinidos. La puerta de abre justo frente a la pequeña, quien voltea emocionada a ver a su abuelo: cree que tiene poderes; que hizo magia. Su abuelo la carga y suben al camión atestado de gente.

Para la niña, esperar el transporte colectivo con su abuelo es toda una aventura. Por la mirada que me concede el viejo de ventana a ventana, deduzco que le entristece saber que algún día su nieta dejará de ser niña y se dará cuenta del suplicio que implica moverse en esta ciudad para poder apenas sobrevivir.

lunes, julio 13, 2015

La vida es un crucigrama

Jairo se supo nueve de las veintiocho respuestas del crucigrama de hoy. Nada mal para un chavo de nivel socioeconómico bajo que no ha terminado la preparatoria.

Y digo "nada mal" porque alguna vez intenté implementar "La Hora del Crucigrama" en el trabajo, para no estar con el cerebro en neutral durante los tiempos muertos de oficina. Pero mi idea no tuvo éxito. Los Godínez se desesperaban con facilidad, les daba hueva pensar más de un minuto, se rendían al menor esfuerzo y preferían hablar de futbol o ver videos de comediantes mexicanos en Youtube. Juro que no resolvían ni cinco interrogantes entre cuatro Licenciados.

Hoy, Jairo se supo "púlpito", "poseso", "pelotón", "pabilo", "apatía" y otras cuatro que no recuerdo. Me sorprendió que se supiera "púlpito" y "pabilo". A mí ni por la cabeza me pasó la segunda palabra. "Es que mi abuelita prende muchas veladoras", me dijo sonriendo. Los Godínez, al enterarse que Jairo ha respondido más casillas en blanco que ellos, dedujeron que: si es inteligente, entonces debe ser culpable de lo que se le acusa. "Así son de inteligentes los delincuentes peligrosos".

Yo me supe veintiun respuestas. Supongo que para los Godínez soy un delincuente peligroso en potencia. Aunque confieso que el crucigrama de hoy venía relativamente fácil, a comparación de otros días, que preguntan las capitales de Bangladesh, Laos, Uganda y Zimbabue. Me gusta que el crucigrama venga difícil. Que sea un reto. Una vez sólo respondí siete casillas. Aprendí muchas cosas aquel día.

Salgo de celdas, regreso a mi oficina y le doy otra pensada al acertijo. Me cuesta trabajo, pero resuelvo otras dos: "cadencia" y "corcova". Busco las restantes en Google y regreso a las mazmorras para decirle a Jairo el resto de los resultados, aunque a veces ni usando Google doy con todos. Una de las respuestas es "casualidad". Quizás la razón por la que Jairo esté aquí.

Me gusta que queden casillas en blanco. Disfruto la expectación que me provoca el periódico del día siguiente con las soluciones del día anterior.

Aparte de dibujar, los crucigramas son mi forma de enseñarle algo a Jairo; mi aporte desinteresado. Es mi forma de mantener su mente ocupada, ejercitada, para que no se le atrofie, como a los pobres Licenciados con quienes trabajo.

Desde hace unos cinco años que le agarré el gusto a este pasatiempo gracias al papá de la Fabi, que nos ponía a resolverlos en grupo todos los domingos, mientras asábamos carne y vegetales en su patio.

Poniéndome filosófico y metafórico -y un poco mamón-, creo que la vida es como un crucigrama: llena de encrucijadas y espacios en blanco que hay que ir llenando; buscar respuestas, ayudarte con las que ya tienes y saber esperar las que no llegan. Pero creo que también se trata de no conocerlas todas, pues se acabaría el misterio; la emoción que provocan las cosas por aprender.

Horizontales. 25.-Destino. Me vinieron a la cabeza "azar", "suerte" y "fortuna". La respuesta correcta era "casualidad".
El 22 de julio es la audiencia intermedia de Jairo. "A ver si en ésta me voy", dice con seriedad. "Es como esperar el crucigrama del día siguiente para saber la respuesta, ¿verdad, Lic.?; pero en éste hay que esperar diez días más". Me quedo callado, pensando sólo en que el destino de Jairo sea el justo.

lunes, julio 06, 2015

El caso de Jairo

Jairo cumplirá cuatro meses de prisión preventiva en las celdas del único municipio en el estado de Nuevo León donde ganó la alcaldía un candidato independiente.

Nunca me había tocado un caso como el suyo. Es decir: nunca alguien se había quedado más de 36 horas detenido en este lugar. Jairo está aquí porque no hay casas de arraigo y sigue un proceso legal en su contra, esperando librarse de ir al escabroso Penal del Topo Chico. Su próxima audiencia será el 22 de julio.

No ahondaré mucho en términos o referencias legales, pues soy un ignorante del tema. Lo muy poco que sé es por oídas, algunas lecturas, papeleo de oficina y pláticas con el propio Jairo, que, por su situación, sabe más que yo de materia penal. Tampoco hago muchas preguntas sobre su caso a otras personas porque, pues, a mí qué me importa. Y no es que no me importe, pero, digamos que laboralmente, su asunto no debe ser de mi incumbencia. Las contadas veces que han venido el fiscal y su abogado, me quedo escuchando al margen de la puerta de la sala de visitas, pues mi trabajo se limita a que la estancia de Jairo en celdas sea digna.

Jairo acaba de cumplir los 19 años. Se le acusa de violación y robo con violencia a una menor de edad. He convivido con él, con su novia y su familia durante el tiempo que lleva detenido, y, conociéndolo un poco más a fondo -su mirada, movimientos, pensamientos, carácter, el tono en que agradece o pide las cosas por favor-, creo que es inocente.

Su historia es medio confusa. Parece una mala jugada del destino. La versión de Jairo es que su hermano menor -un chavito de 13 años- encontró en un lote baldío el chip del teléfono de la chavita a la que violaron, y se lo puso al suyo. Dieron con él por la foto del Whatsapp. Al principio la chavita dijo que el de la foto no era su agresor, pues, según su versión, éste era mayor y tenía aspecto de indigente. Después, al ver a Jairo, dijo que se parecía a quien había abusado de ella, "pero en limpio". Total que lo señaló y lo acusaron y aquí está encerrado.
A la chica le han realizado algunos estudios médicos. No encontraron semen ni desgarramiento anal, como en un principio refirió la joven en su versión del ataque, la cual, tiene algunas contradicciones. Jairo asegura nunca haber visto a la chica, pero piensa que pudiera estar encubriendo a alguien. Quizás a su novio, de quien sí ha escuchado hablar y dice tener "mala fama".
Hay más pruebas a favor de Jairo, pero me comentan que los padres de la niña pudieran tener miedo de que salga libre y tome acciones legales en su contra por el tiempo que le hicieron pasar encerrado siendo inocente; por eso dicen que la niña no se retracta de lo que dice. Espero que esta versión sea sólo un rumor. Jairo asegura que nunca haría eso. Que no quiere problemas ni dinero. Que nada más quiere volver a la prepa. Le duele no haberse graduado junto a su novia.

El abogado de Jairo también cree que es inocente. Lo he escuchado decir eso varias veces en privado, cuando no está presente Jairo. "Mire, Lic., la verdad no perdería mi tiempo sabiendo que el chavo es culpable". Por otro lado, el fiscal no está tan convencido. La historia del chip en el lote baldío le parece absurda. ¿Encontrar un chip de teléfono entre tanto escombro y maleza? Una vez el fiscal llegó a sugerir que el hermano de Jairo pudiera haber sido el violador y que Jairo se había echado la culpa. "Me ha tocado ver niños sicarios", fue su argumento.
Jairo dice que su hermano cruza ese lote baldío casi a diario para ir a la secundaria y que desde que Jairo está preso, siente mucha culpa, llora y no duerme por las noches. Otro argumento a favor del fiscal: "el hermano siente culpa por algo". Yo nunca he visto llorar a Jairo. Tampoco lo he escuchado hacerse la víctima. Platica con soltura y sonríe seguido, como si no le guardara rencor a nada ni a nadie. Por eso digo que si Jairo está diciendo la verdad, su situación es una muy mala jugada del destino.

A diario vienen familiares a verlo. Su mamá le trae desayuno, comida y cena. Una vez me regaló elotes y tamales. Una tía le trajo una Biblia y un rosario. Su papá siempre le trae el periódico El Metro. También dejé que pasaran una pequeña bocina y unos audífonos para que escuche música. Yo le he traído algunos libros y muchas revistas para fomentarle el gusto por la lectura. Hace poco me pidió hojas y lápiz. "Me gusta mucho dibujar, Lic.". Me muestra sus dibujos. Le doy algunos consejos y tips de lo poco que sé y le muestro los que yo hago. La vez pasada le ayudé a trazar un rinoceronte que vio en una National Geographic. Los dibujos los pega en la pared de la celda con cinta adhesiva. Los oficiales los observan curiosos y lo felicitan. También le estoy enseñando a hacer los crucigramas de la penúltima página del periódico. La otra vez me sorprendió que se supiera la palabra "etnia" como respuesta. También se supo "caparazón", "oleaje", "hilera" y "reprender".

Éste es el caso de Jairo. Sólo quería que lo conocieran. Estas cosas son las que hacen interesante este trabajo; las que hacen que valga la pena venir y sentir que se hace una diferencia, aunque sea en una persona. Sólo espero que después de la audiencia del 22 de julio, Jairo sea declarado inocente y quede en libertad. 

miércoles, julio 01, 2015

El blues del chupamirto

Esta situación de la colibrí anidando en una rama del bambú de la cochera de mi casa, me puso muy sensible, snif. Sí: aunque se burlen de mí, bola de cabrones; y aunque me digan que "¡Ay, ay, inche joto": es la verdad, ¿qué quieren que haga? (es verdad que me puse sensible, no que sea joto, snif). Y digo "sensible" porque como que se exponenció la percepción que tengo respecto a la relación del hombre con su entorno; de cómo hasta el ser "más insignificante" es importante y complejo; y de cómo si uno es un imbécil puede borrar de un manotazo un eslabón -o varios- de ese engranaje perfecto que es La Madre Naturaleza. 

Desde que vi los huevos de colibrí en el nido me puse a leer tooodo lo relacionado con estos animalitos. Incluso encontré una página donde vienen "primeros auxilios para bebés colibrí" y explican qué hacer en caso de que la mamá no volviera al nido o alguno de los polluelos se cayera de él. Por ejemplo, aprendí que los colibríes no tienen olfato, por lo que un polluelo puede ser regresado al nido por un humano sin problema de que sea rechazado por la madre. ¿Cómo ven?

Pero bueno... Volviendo al tema: la neta sí me preocupó bastante tener un nido de colibrí en casa. Me sentí privilegiado -algo así como un Neo de La Matrix de los colibríes- y a la vez, sentía una responsabilidad medio cabrona, pues no quería que les fuera a pasar algo. Con decirles que hasta a mi gato el Chocorrol le prohibí sus salidas.

Y pues bueno: resultó que entre más leí sobre colibríes, más me maravillaron estos pajaritos. Su fragilidad y, a pesar de ella, la capacidad de adaptación que tienen en un medio tan hostil como el de la ciudad de Monterrey, es impresionante. Que un ave de esas características pueda sobrevivir entre el concreto, el hierro, el vidrio, el smog, las balaceras y el plástico, está muy cabrón. Es una maravilla de la evolución, no un milagro, religiosos pederos.

Si antes los respetaba por el simple hecho de ser seres vivos, ahora los respeto más. Ahora respeto todo más. Incluso estoy a dos pasos de preferir echar pa´fuera a escobazos a los cucarachos que pisarlos para escuchar cómo truenan.

Les platico todo esto porque ayer, al salir de casa, volteé a ver el nido de colibrí y me percaté que los picos negros de los polluelos no sobrepasaban el borde. ¡Y me preocupé! Lo primero que pensé fue que se habían caído del nido. Escaneé el suelo con mis hermosos ojos color esmeralda (:P), poniendo minuciosa atención a cada centímetro de concreto, pero no vi nada.

Esperé un poco a una distancia prudente para cerciorarme que la mamá colibrí no anduviera cerca, pues cada que salgo, se aparece, revolotea a mi alrededor y se va a posar sobre un cable de teléfono. Agudicé mi oído para ver si apreciaba el sonido que hacen los colibríes -como un chasquido intermitente- pero no escuché nada. Esperé unos cinco minutos, pero el avecilla no apareció. Me asomé a la calle y miré hacia el cable, pero tampoco estaba ahí.  Fue entonces que decidí acercarme al nido.

Estaba vacío.

Hice cálculos mentales y, según lo que aprendí en mis lecturas, los polluelos ya están en edad de dejar el nido, cosa me que dio mucho gusto, pues hay dos colibríes más en la ciudad que nacieron en mi casa. Neta que ojalá mi hogar se convierta en un santuario de colibríes, y que llegue a haber tantos que se coman a mis vecinos :)
Por otro lado, me da algo de tristeza y me pongo chipil, snif, pues ya no los voy a ver. Mientras duró, fue un espectáculo que disfruté mucho; de los mejores de mi vida (tan cabrón como cuando vi a Roger Watters en Toronto, en el 2012)

Como les dije al principio: esto de tener un nido de colibríes me sensibilizó más de lo que estaba. Si antes me preocupaba, ahora me resulta horrendo pensar en el poder e inconsciencia del hombre hacia su entorno. Me aterra pensar que sigamos viviendo rodeados de imbéciles que tengan la fuerza y la ignorancia suficiente como para borrar algo tan maravilloso de un manotazo. Espero que con este escrito cambie su percepción y pongan más atención a cosas que antes no la merecían. Y, como dijo Hubert Reeves: "El hombre es la especie más insensata: venera a un Dios invisible y masacra a una Naturaleza visible, sin saber que esta Naturaleza que masacra es el Dios invisible que venera".

lunes, junio 29, 2015

A veces pasa

Despiertas un día con la seguridad de que las circunstancias se equivocaron contigo.

Como el juego de mesa que tiene revueltas sus fichas y dados con las cartas y el tablero de otro juego.

Te sientes tan ajeno a tu espacio y tu tiempo.

En verdad lo sientes. No como quienes toman esa pose dramática de moda.

Piensas que erraste de familia y ciudad. De profesión. De amigos. Ideales. Sueños.

Crees que desperdiciaste el tiempo aprendiendo, haciendo y persiguiendo cosas que no te han servido para sentirte tú mismo.

Que te rodeaste de gente que daba igual haber estado solo.

Y te vas a la cama con toda la incertidumbre del mundo.

Resignado ante la falta de respuestas.

A veces pasa.

Piensas que hubiera sido mejor no salirte de la raya. No alejarte del común denominador.

Tal vez así no sentirías esto que te digo.

Morir por dentro pero no morir de hambre. Es fácil disimular lo primero con el estómago lleno.

Pasa más seguido de lo que te imaginas.

Y no tiene nada de malo sentir que vives equivocado. Saber que lo estás, es estar en lo correcto.

A veces pasa. Y no pasa nada. Se continúa por el propio camino. Es nuestra única verdad.

martes, junio 23, 2015

Todo proceso evolutivo es una serie de eventos de especiación y extinción.

La especiación es un procedimiento por el cual una especie da lugar a otra mediante dos mecanismos: la cladogénesis y la hibridación. Sin ahondar mucho en el tema para no aburrirlos más de lo normal, por la primera se entiende que dos especies distintas no pueden reproducirse, pero, en cada bifurcación de su árbol filogenético se van dando cambios graduales que conducen a la formación de una nueva especie. La hibridación, al contrario, es el cruce reproductivo entre dos grupos distintos.
Y la extinción vendría siendo la interrupción de algo que ha ido desapareciendo paulatinamente: como el dodo, el tilacino y las mujeres que no la hacen de pedo, snif.

En el mundo interior también existe un proceso evolutivo en donde van ocurriendo cambios graduales según nuestras experiencias; cambios que conducen al desarrollo de una mayor variedad de pensamientos, valores y emociones; estados mentales y espirituales. Las experiencias moldean nuestra forma de percibir el mundo. Las experiencias que abarcan desde las personas que conocemos y los lugares que visitamos, hasta los libros y películas que nos marcan– vendrían siendo algo así como la cladogénesis y la hibridación de la evolución interior; ese árbol filogenético que se va ramificando en nuestro ser o esencia.

El problema aquí es que también puede haber un retroceso; un estancamiento, pues no todas las personas tienen la capacidad o el interés de sacar el mejor provecho de cada vivencia y avanzar en el plano interno. Se llenan de ataduras materiales, complejos, traumas, prejuicios y rencores; siguen patrones sociales impuestos, códigos de ética convenencieros, reglamentos morales absurdos y contradictorios.

Por eso creo que para que esta transformación interior sea verdadera y positiva, la extinción más que los dos mecanismos de especiación juega un papel muy importante. Extinguir es desaprender todo eso que "nos hacen aprender", por llamarlo de alguna forma. Extinguir es liberarse; es deshacerse de esos códigos, patrones, protocolos y prejuicios que ni siquiera brotan de uno mismo para crear los propios en base a las experiencias, o a lo que en algún momento Nietzsche llamó la voluntad de poder y, Schopenhauer, la voluntad de vivir; lo que mejor les embone. Y hasta de esto deben sacar sus propias conclusiones, por más chingones que estos dos hayan sido.

En conclusión: hasta en el mundo interior, si no se deja morir lo que no sirve, no hay evolución.

P.D. Y hablando de evolución, especiación, adaptación, extinción, etc.: las crías de colibrí nacieron hace un par de semanas. En las siguientes fotos pueden apreciarse.

martes, junio 09, 2015

El peso de una promesa

David se encontraba de pie detrás de la barra del bar "La Tía", con un montón de fotografías colgadas y botellas de toda clase de licores alineadas a su espalda. Es curioso que alguien que habla inglés y que no hace el mínimo esfuerzo por hablar español atienda un negocio en México. Se siente como si uno fuera el extranjero en su propio país. Por eso, desde un principio, David me cayó bien: poniendo sus reglas; sin ser condescendiente; con la seguridad de que quien visita el bar habla su mismo idioma. Pasaba del mediodía. Habíamos caminado toda la mañana. Yo pedí un ron con agua mineral y Coca Cola; ella, una cerveza Pacífico.

David –Deivid– nació cerca de Dallas, Texas, “Pero mi última dirección conocida es en el estado de Alabama”, aclara. Llegó a Ajijic –un pueblo mágico de Jalisco, a orillas del lago de Chapala– cuando tuvo que visitar Guadalajara por cuestiones de negocios y uno de sus proveedores, en agradecimiento, lo llevó un fin de semana a dicho poblado. Desde hace siete años, David habita en este lugar.

David tiene 72 años y ha viajado por una tercera parte del mundo. “He visitado tantos países como los años que tengo de vida”, dice en inglés. “¿Y por qué Ajijic?”, pregunté, curioso. “Tiene el clima perfecto”, asegura. “Sólo un lugar se le asemeja, pero está en Malasia. Muy lejos. Aparte, aquí conocí al amor de mi vida”.

Suena el teléfono detrás de la barra. David se estira y contesta en español. Articula algunas palabras y luego habla en inglés. Ríe y cuelga. “Eeeeh... a eia no le gusta que yo hablo en inglés: eia me regania”, dice, mientras, sonriente, pasa un trapo húmedo por la barra.

La dueña del establecimiento y David se enamoraron después de que ésta enviudara. David acudía a "La Tía" cuando los viajes de negocios a Guadalajara se hicieron más frecuentes y aprovechaba los fines de semana para visitar Ajijic. “Miran: es eia”, nos dice, señalando el teléfono y una de las tantas fotografías colgadas en la pared. La mujer parece mucho más joven que David, y él lo sabe, pues, sin que se le borre la sonrisa del rostro y volviendo a su idioma nativo, aclara: “Tiene 23 años menos que yo”.

David es espigado, de piel casi colorada, bigote ralo y cabello entrecano bien peinado; fuma con elegancia, como uno de esos antiguos galanes de Hollywood. Nos platica de cuando vivió en Singapur, de cuando viajó a Filipinas y de sus intenciones de ir a Corea del Norte. “Quiero comprobar si es cierto todo lo que dicen de ese lugar”.

En eso llega Rosario, la novia/esposa/compañera de David. Es una mujer inquieta, dicharachera y alegre. Aparenta menos edad del medio siglo que tiene. David se apresura detrás de la barra, saca un vaso, le sirve un tequila y una cerveza y se estira para darle un beso en la boca. Es ahora Rosario quien nos platica su versión de la historia de amor. "Ah, sí, David nos lo comentó", le decimos; y nos pregunta: "¿Se los dijo en inglés o en español?", para inmediatamente clavarle una mirada punzante y juguetona a su amado, quien no le quita los ojos ni la sonrisa de encima.

Llegan más clientes al bar "La Tía". David los atiende. Me presenta a un inglés canoso de la edad de Rosario. Me presume estar casado con una ex modelo y ex reina de belleza mexicana. Me dice el nombre, pero no la ubico. También viven en Ajijic. "El clima es perfecto", dice el inglés. Algo empiezan a filosofar sobre el peso de las palabras; de las promesas. David dice: "Cuando le dije a Rosario que quería que fuera mi mujer, me dijo que nada más le prometiera que no me iba a morir: no quiere ser viuda por segunda vez. Llevo siete años cumpliendo mi promesa".

Rosario alcanza a escuchar el comentario de David. Le da un sorbo al caballito de tequila, se da media vuelta, monta la mitad del cuerpo sobre la barra y lo besa en la boca. "Hasta ahorita me lo has cumplido, mi amor", le dice, reincorporándose en el banquillo. David sonríe, se sonroja y baja la mirada, perdiéndose en algún punto de la barra, pensando, tal vez, cuánto tiempo más podrá mantener su promesa. 

lunes, junio 01, 2015

Extorsión tapatía

Llamaron a la habitación a las dos de la madrugada.

–¡No abras! –me dijo casi susurrando, con cierto sobresalto. Me puse de pie entre la oscuridad, tambaleante, medio dormido y medio despierto. Encendí la luz, me tallé los ojos y me acerqué a la puerta.

–¿Quién es? –pregunté extrañado, aclarando mi garganta.
–Soy el de la recepción, señor. Tiene una llamada –contestó una voz al otro lado del vitral opaco que decoraba la puerta.
–No estoy esperando ninguna llamada –dije con sospecha.

Ella me observaba desde la cama, apretujando las sábanas contra su pecho. Noté su respiración agitada. Yo contenía la mía, como si ese acto agudizara mis sentidos.

–Es que dicen que quieren hablar con usted, señor  –insistió la silueta borrosa.
–¡No abras! –gritó.
–¿Quién quiere hablar conmigo si no estoy esperando ninguna llamada? –pregunté.

No escuché nada. Sólo murmullos. La silueta seguía inmóvil al otro lado, como si hablara con alguien.

–Dicen que usted ya sabe quiénes son. Que conteste, por favor –dijo el tipo.
–¡No abras! –insistió ella. Me acerqué.
–Cálmate, por favor… Si no abro, ¿qué?: ¿nos quedamos aquí? Si alguien quiere hacernos algo de todas formas van a tumbar la puerta.

Quité el pasador y abrí.

–¿Qué pasó?, ¿quién me habla? –dije.

El hombre me extendió su teléfono celular con la mano temblorosa y los ojos muy abiertos: “Están preguntando por usted”.

–Diga… –contesté la llamada.
–Buenas noches, mi amigo. Usted está en el cuarto seis, ¿verdad? Responda nada más si es afirmativo –dijo una voz de hombre.
–No, no estoy en el cuarto seis. ¿A quién busca?
–Mire, amigo, no me eche mentiras; desde aquí lo estamos observando. Soy el comandante… –le devolví el teléfono al recepcionista instintivamente, como si mi brazo fuera un resorte.
–Cuelga. Te están extorsionando –le dije.
–Es que me dicen que quieren hablar con usted. Que están buscando a alguien. Me dijeron que no les colgara –insistió el hombre, extendiéndome el teléfono.
–¡Cuelga! –dije enérgico, y cerré la puerta con pasador.

A los pocos segundos escuché cómo el celular sonaba de nuevo, el hombre tomaba la llamada y tocaba otra vez en nuestra habitación. Sentí una descarga de adrenalina que me estremeció el cuerpo como pocas veces lo he sentido.

–¡Vámonos de aquí, por favor; tengo mucho miedo! –me dijo, mientras metía apresuradamente ropa y productos de aseo personal en las maletas.

No abrí la puerta. No recuerdo qué grité, pero los toquidos cesaron. Apagué la luz del cuarto y otra vez contuve la respiración. Me asomé por las ventanas que daban a la calle. Estábamos en primera planta. No había nadie afuera. El coche que habíamos rentado estaba a la vuelta de la esquina. No alcanzaba a divisarlo.

–¡Vámonos de aquí por favor!

Le pedí que se tranquilizara para poder pensar con claridad las posibilidades. La persona que llamaba no había dicho mi nombre ni había adivinado el número de nuestra habitación, de seguro era una extorsión telefónica. Si era eso, "no pasaba de ahí", pensé; lo sospechoso era el recepcionista, que, o estaba muy idiota para seguir tomando las llamadas o estaba coludido con quien llamaba; por lo tanto, no era seguro seguir durmiendo en ese lugar. En mi inocencia –y dándole el beneficio de la duda– pensé que si el recepcionista hubiera estado involucrado, podría haber dado mis datos completos, para hacer más creíble la extorsión, pues los tenía a la mano. En conclusión: aunque estuviera 100% seguro que todo era una farsa, no íbamos a dormir tranquilos ahí.

El otro problema radicaba en abandonar a esa hora el hostal Casa Vilasanta, que, según TripAdvisor, tiene certificado de excelencia con 9.3 de calificación. Si era una típica extorsión telefónica, posiblemente no había nadie afuera; pero: ¿y si sí?  Fuera o no cierto, no quería que el miedo me venciera. Si hubiera estado yo solo, igual y cerraba la puerta y me volvía a dormir como si nada hubiera pasado. Pero iba con ella. No quería que le pasara nada ni que algo así arruinara nuestras vacaciones.

Le ayudé a meter lo que faltaba en las maletas. Le dije que buscara el teléfono de la policía o que llamara –o mensajeara– a unos conocidos, para que estuvieran al tanto de lo sucedido, en dado caso que sucediera algo más. Me asomé de nuevo a la calle. No había nadie. Sólo oscuridad. Salí del cuarto pensando que me encontraría al encargado de la recepción, pero no estaba. Me asomé a la recepción, que estaba al lado de nuestro cuarto, pero estaba vacía. Me llamó la atención que la habitación contigua estaba abierta, con las luces encendidas y unas maletas a la vista. Eché un ojo dentro, pero tampoco había gente. Entré de vuelta al cuarto. "¡Espérame aquí encerrada", dije, mientras tomaba las llaves del coche del buró. Salí corriendo del hostal. Fue entonces que me percaté que andaba descalzo y en calzones corriendo por la calle. Sentía burbujas en la panza y las piernas frías. Abrí el automóvil, subí, arranqué y lo estacioné frente al albergue. Entré y a lo lejos vi al recepcionista afuera de una habitación, con la mano extendida, como entregando el teléfono a otro huésped. Me miró y la puerta se cerró de golpe.

–¡Cuelga ese teléfono! ¡Ya no contestes! ¡Entiende! –grité mientras me le acercaba, atravesando el patio interior de la hostería. El hombre me miraba con gesto compungido. Escuché como se ponían el cerrojo de la puerta de la habitación que acababan de cerrar. Dentro de mi rush de adrenalina, pensé: “¿Y si los extorsionadores están adentro del hostal?”, y, pues, casi me cago.

El teléfono móvil del hombre volvió a sonar y el hombre volvió a contestar. Se lo arrebaté, se lo apagué y se lo aventé a un sillón que estaba al lado de una maceta.

–¡No haga eso, señor! ¡Me tienen amenazado! ¡Aquí están afuera! ¡Van a venir por todos!
–Ya salí y no hay nadie –le dije.
–¡No salga! ¡No se vayan a ir, es peligroso! –me dijo.

En eso, ella salió de la habitación arrastrando una maleta, sosteniendo su teléfono con el hombro y una oreja. Gritaba la dirección del hostal, el número de nuestra habitación, nombres falsos y narraba lo que estaba sucediendo. Después, me confesó que no había hablando con nadie.

–¡Vengan rápido, por favor! –dijo, antes de fingir que colgaba.

Entré a la habitación por la maleta restante. Tomé una camisa y un pantalón que estaban a la vista y me calcé unas chanclas. Me vestí en dos patadas. Salí casi corriendo. Sólo alcancé a escuchar al hombre, que estaba arrodillado en el sillón donde yo acababa de aventar su teléfono móvil, diciendo: "¿Señora Dafne?... sí, soy yo: ¡estoy metido en un problemón!". La habitación contigua seguía con la puerta abierta, las luces encendidas y las maletas a la vista; pero nadie adentro. "A estos, o ya se los llevaron, o cayeron en la trampa y fueron a un cajero", pensé, recordando los tipos de extorsiones de los que tengo conocimiento.

Aventé las maletas en el asiento trasero y arranqué el coche. A la vuelta de la esquina había un Platina oscuro con los vidrios abajo. Dos tipos tenían los pies afuera del coche. Aquel tramo de calle, mirando por el retrovisor, pensando que encenderían el automóvil y nos perseguirían, fue eterno. Me metí en contra en una avenida; también en una calle lateral; casi me subo en una banqueta cuando una camioneta negra salió a mi paso. Me tranquilicé para no ser presa del pánico y recorrimos la ciudad en busca de otro hotel.

Ya instalados en otra habitación, escribí en Twitter lo que había sucedido.

En la mañana regresamos al hostal Casa Vilasanta: había olvidado un par de camisas y unos zapatos en el clóset; aparte, exigiríamos que nos devolvieran el dinero de la noche anterior. Al llegar, había otro recepcionista. Nos dijo que estaban enterados de lo sucedido en la madrugada. Que "qué pena". Que había llegado la policía como a las 4 de la madrugada. Que eran llamadas desde una cárcel de Tuxtla Gutiérrez. Nos devolvieron los $500 pesos de la noche. Fui al cuarto por lo que había olvidado. La habitación que en la madrugada había estado abierta, encendida y con las maletas a la vista, ahora estaba cerrada. Le pregunté al encargado si había huéspedes ahí. Me dijo que sí: que desde el jueves estaba ocupada esa habitación. No quise indagar más. Salimos con rumbo a Santa María del Oro.

Y así fue...

Creo que alguien se aprovechó del estado de shock que vivía la ciudad para hacer esto, pues llegamos a Guadalajara un día después de que grupos criminales casi incendian Jalisco. La prohibición de las drogas y la ordeña de combustibles (y la corrupción, y el analfabetismo, y la desigualdad social, etc.) tienen a este país en la jodidencia total. La verdad, no pensaba en que nos pudiera suceder algo. Ya no pienso en eso, a pesar de que el país en que vivimos amerita que uno ande todo el día neurótico. Desde hace tiempo que no es un mecanismo de defensa actuar con miedo a pesar de todo lo que se entera uno. Ya decidí que unos imbéciles que tienen a México en guerra porque son capaces de matar por droga, gas y petróleo, no me van a robar mi paz a la verga.

A pesar de esta desagradable experiencia, pienso que Guadalajara es una ciudad maravillosa, arbolada, amable, limpia y con un clima envidiable. Aunque, estoy consciente que le falta mucho, sí siento que Guadalajara es todo eso que Monterrey no ha logrado ser en un chingo de aspectos (apertura mental, diversidad sexual, respeto medioambiental, cultura vial, peatonal, cervecera, gastronómica, ecológica, ciclista, foodtruckera, etc.). Y, pues, es una verdadera lástima; en verdad, snif. Con tanto "somos más los buenos que los malos" y tanto tipito "orgullosamente regio", y seguir en retroceso. ¡Qué raro!

Y sí: no faltará el imbécil –nunca falta ese puto imbécil– que diga: "PhueZ Zi No Te GuZtha MonteRReY no BiBaz aKi, GufffFo", y pues, querido imbécil cuya respuesta es ésta cada que alguien critica tu ciudad, te digo: no has entendido nada de nada con esa hueva mental que te cargas, fruto de tu conformismo, tu insensibilidad y tu cero objetividad al ver la triste realidad de nuestra metrópoli. El que debe irse eres tú, no yo. Tú le haces más daño que yo con tu puta pasividad.

Por último: ¡vayan a Guadalajara!

martes, mayo 26, 2015

Nido de colibrí

Regreso de vacaciones y me entero que una colibrí decidió anidar en una de las ramas del bambú de la cochera.
La pueden ver al mero centro de la foto.
Una tarde llegué a casa y escuché un zumbido. Cuando me giré, vi al ave flotando a un par de metros de mí. Zigzagueaba, se acercaba, se alejaba; pero permanecía en la cochera. Se me hizo extraño verla ahí, pues la mayoría de las veces veo a estos pajaritos aleteando en el patio, donde tengo cuatro árboles frutales y algunas macetas con flores. Ese día me quedé inmóvil, contemplándola, hasta que fue a posarse sobre su nido.

La verdad, me siento honrado de tener un nido de colibrí en casa.

Cada que llego o salgo, escucho el batir de sus alas. Ayer la tuve como a sesenta centímetros del rostro, pero esta vez, en lugar de regresar a la rama con la pajarera, salió de la cochera y se paró en un cable, haciendo sonidos, como chasquidos; después, voló y la perdí de vista.

Me preocupa que haya hecho el nido ahí, tan a la vista, en una rama tan delgada, que se agita al menor soplido del viento. Pero La Naturaleza es sabia, dicen. Supongo que la ventaja es que los depredadores naturales de estas aves no pueden trepar o reptar por un tallo tan fino. Supongo también que tengo que empezar a apagar la luz de la cochera por las noches, para no molestar a la colibrí. Incluso pienso dejar el coche afuera, para no importunarla con el crujir de la reja o el humo del escape al encender el motor.

Creo que también limitaré las salidas del Chocorrol a la terraza -de ahí nunca baja-, para evitar que pueda hacerle algún daño -saltándole cuando vuele bajo- al pajarillo; sólo mientras nacen los polluelos y aprenden a volar.

Quiero comprar uno de esos bebederos para colibrí, pero no sé qué tan buena idea sea. Ignoro si a la larga el brebaje colorado ése les haga daño a estos animalitos.

Por lo pronto, cada que salgo de casa y no veo a la pajarita, me gana la curiosidad, me acerco despacito al nido y le tomo una foto desde arriba, para ver si ya hay algún huevito.

Hoy no fue la excepción y, al no ver a la colibrí, aproveché para ver si había huevos. Y, pues, ¡ya hay!
Según lo que encontré en Google, en menos de 20 días habrá crías. No puedo esperar a verlas. 
Y como diría Hubert Reeves: "El hombre venera un Dios invisible y masacra una naturaleza visible, sin saber que la naturaleza que masacra es el Dios invisible que venera". Estos sí son milagros, no las fantasías ridículas que inventan la religiones.

lunes, mayo 25, 2015

Otra expo

Por si se la perdieron, estaré exponiendo "Verde vs. Gris" en el Café Amátle hasta el 28 de junio. El Amátle es un lugarcito muy peculiar sobre la calle Diego de Montemayor, entre Abasolo y Matamoros, en el mero Barrio Antiguo. Vayan y platiquen con los dueños, Pepe y Andrés: traen una responsabilidad social y unos proyectos ecológicos muy interesantes. Aparte, me gusta la onda de que, cada que pides un café o un té, debes de compartir un sueño, y lo escriben en tu taza.
Hay algunas impresiones seriadas de mi obra a la venta. Aquí están más baratas que en la expo pasada ($25 pesos) porque el porcentaje que me piden de retribución en este lugar es simbólico. Si en la expo pasada compraron una a mayor precio y compran alguna en este lugar, yo les regalo otra en agradecimiento, para compensar la diferencia del precio; nomás me mandan un correo a guffo76@hotmail.com y nos ponemos de acuerdo.
El lugar abre todos los días desde las 9 am hasta las 9 pm. También hay sándwiches.

lunes, mayo 18, 2015

Aztlán: un buen lugar para morir

Confieso avergonzado que nunca había escuchado hablar de Mexcaltitán; mucho menos de la importancia histórica –o mística– que tiene. 

Mexcaltitán es una isla localizada en el municipio de Santiago Ixcuintla, en el estado mexicano de Nayarit. Algunos historiadores creen que se trata de la mítica Aztlán, lugar de origen de los aztecas, que en náhuatl significa "lugar entre las garzas".

Mexcaltitán es un poblado de pescadores cuyo principal atractivo turístico radica en sus casas con techo de doble agua de tejas; pero, sobre todo, que en temporada de lluvias las calles de la isla se inundan, por lo que pueden ser recorridas en canoas, como en Venecia. 

James nos confesó que había decidido morir en ese lugar.

Al escuchar sus palabras nos quedamos helados. Volteamos a vernos de reojo, como si no hubiéramos comprendido lo que acabábamos de escuchar, pero ninguno de los dos nos atrevimos a pedirle que repitiera lo que había dicho.

Me hubiera gustado ahondar en el tema, pero sus palabras me ofuscaron. Una persona que habla con extraños sobre su propia muerte, con esa naturalidad, no es cosa de todos los días. Me hubiera encantado preguntarle sus motivos, para aprender a lidiar con las muertes que me tocará enfrentar antes de la mía –y con la mía–, pero el tabú alrededor de este tema me hizo creer que, si lo hacía, sería una falta de respeto para el señor, pues podría considerar que no era algo de mi incumbencia.

O tal vez James estaba dispuesto a platicarnos sus razones, pero guardó silencio al ver nuestra reacción. O quizá inconscientemente no quise que profundizara en ellas: la muerte nunca es un tema agradable para pensar. Menos en vacaciones.

Desconozco si James tendría alguna enfermedad terminal o simplemente había decidido acabar con su vida. Pudiera ser que tuviera tal comunión con su cuerpo y espíritu que estaba consciente de que, por su edad, era hora de partir.

No pude decir nada el resto del camino. Ni siquiera articular un diálogo cualquiera con mi acompañante para romper aquel silencio incómodo. Aunque tal vez para James no lo era tanto, pues por el espejo retrovisor alcancé a ver cómo se recargaba en el asiento y miraba el paisaje con una sonrisa dibujada en el rostro.

Al llegar al pueblo, James señaló el cruce de una calle. Nos pidió que lo dejáramos frente a una casa color amarillo yema de huevo. Cuando quise bajarme del coche para abrirle la puerta, posó sus manos sobre mis hombros y dijo que no me molestara. Obedecí, sintiendo un escalofrío. El hombre abrió la puerta, bajó del coche con dificultad, cerró la puerta y se acercó a mi ventana.

 –Fue un placer conocerlos –dijo, levantando el sombrero, tembloroso, dejando que el sol iluminara sus ojos del mismo color de la laguna.

Lo vimos perderse en una calle y seguimos nuestro camino en silencio.

Aquel día en Santa María del Oro, el agua cambió de color. Un día antes tenía destellos azul turquesa. Aquel día amaneció de un tono verde brillante. También aquel día mi forma de ver la vida cambió de color. Un día antes pensaba que era color rosa. Aquel día supe que la muerte también podía serlo.  

jueves, mayo 14, 2015

James en busca de Aztlán

Aquel día el agua cambió de color. Un día antes, mientras descendíamos por el angosto camino, pudimos apreciar, entre la maleza, los destellos azul turquesa de la imponente laguna de Santa María del Oro. Pero, al día siguiente, el agua amaneció de color verde brillante. “Es por el volcán que está abajo”, nos comentó un lugareño que vendía chicharrón de pescado en una pequeña palapa. “Es el chan del agua”, mencionó otro, refiriéndose a una especie de criatura fantástica que, según leyendas locales, "mantiene viva" la laguna.

Antes de tomar el camino de regreso al pueblo de Santa María del Oro –una pequeña carretera de unos 10 kilómetros de longitud, pavimentada y llena de curvas– nos detuvimos en una tiendita para comprar un par de botellas con agua. Al volver al coche y ponerlo en marcha, un anciano enjuto, de vestimenta blanca, impecable, se acercó a mi ventana. Bajé el vidrio para ver qué se le ofrecía. El hombre, en perfecto español con tonito agringado, me dijo que si podía llevarlo al pueblo, pues el taxi colectivo bajaba a la laguna hasta las cuatro de la tarde, y eran apenas las tres. Accedí con gusto quitando el botón de la puerta trasera. El hombre se despojó del elegante sombrero que portaba e intentó subir al coche. Vi de reojo cómo se sostenía de la puerta con una sola mano, tembloroso, y se apalancaba con dificultad para acomodarse en el asiento. Me sentí un poco mal por no haberme bajado a ayudarlo. Como que no reaccioné a tiempo, pues, a simple vista, el hombre no me pareció taaan mayor; supongo que fue por la lucidez con la que se expresaba. Ya para cuando reaccioné, estaba adentro. Y entonces, comenzamos el ascenso.

El anciano se llamaba James. James era de Nueva York, pero vivía desde hacía 30 años en la ciudad de Guadalajara. Vivía de su pensión y hacía trabajo voluntario: daba clases de inglés y fungía como traductor para grupos de turistas que visitaban la ciudad. Decidió venirse a vivir a México porque, según nos comentó, con su pensión no le alcanzaba para seguir viviendo en Nueva York.

A mitad del camino James nos platicó que acababa de regresar de Estados Unidos: su hermano mayor había fallecido apenas la semana pasada, a los 94 años de edad. Ahí fue donde calculé que, si James era el hermano menor de una familia numerosa, debía de tener, mínimo, 85 años; máximo, 92.

Ya entrados en confianza, gracias a su personalidad tan desenvuelta, le ofrecimos nueces, almendras, pasas cubiertas con chocolate y uno de los botes de agua que habíamos comprado, pero James, dando las gracias, no aceptó nada. "Acabo de comer", dijo.
Le preguntamos si andaba solo, pues su edad y condición nos llamó la atención. "Sí. Siempre ando solo". Nos confesó que nunca se había casado ni tenido hijos; que tenía varios sobrinos, pero no los frecuentaba. De hecho, en el velorio de su hermano, uno de sus sobrinos le dijo que quería hacerse cargo de él, pero James se negó, y regresó a Guadalajara para venir hasta Santa María del Oro en autobús, como hacía cada mes: a rentar una pequeña casa en el pueblo, por $2000 pesos, sin aire acondicionado.

De pronto, James se puso serio, como si reflexionara.

–De aquí voy a Mexcaltitán –dijo.

–¿A dónde? –pregunté, pues no lo escuché bien, ya que llevábamos las ventanas abiertas.

–A Mexcaltitán. ¿Sí saben? –negamos con la cabeza. –Dicen que Mexcaltitán es Aztlán, la ciudad perdida de los aztecas.

–¡Órale!, no sabía de ese lugar. Y ¿cómo es? ¿Qué hay ahí?

–Pescadores. Mucha agua. Y mucha paz.

–¿Va a conocer? ¿O ya conoce? –preguntó mi acompañante.

–Voy a morir -respondió.

Continuará...

martes, mayo 12, 2015

Fragilidad

El hombre tiende a destruirlo todo. A veces lo hace por accidente. Otras, por atrabancado. Pero casi siempre por ignorante o porque siente un placer enfermizo al hacerlo. Lo curioso es que en la fragilidad de lo que destruye nunca ve reflejada la propia.  

Por eso, donde veas que ha permanecido lo endeble, ¡alégrate!: es señal de que el hombre no ha pisado aún ese lugar. O, quizá, hay mejores noticias: llegó, pero era un hombre nuevo, que podía comprender lo frágil de su existencia con tan sólo mirar el entorno.

Caminando por una playa nos encontramos varios cangrejos ermitaños. Éste fue el que más llamó nuestra atención por el color de su concha: un lila radiante, con puntos de color gris y blanco. 
Si hubieran llegado hombres atrabancados, ignorantes o con cierto placer enfermizo por la destrucción, supongo que no nos hubiéramos topado con estos crustáceos. Posiblemente los hubieran pisado sin darse cuenta o se los hubieran llevado para tenerlos como mascotas o venderlos como joyas exóticas con patas.

Quiero pensar que estas playas han sido visitadas por más hombres; hombres que han visto la cantidad de cangrejos ermitaños que nosotros hemos visto, y que, como nosotros, pudieron ver su propia fragilidad reflejada en sus conchas. 

¿Qué quieren que haga? Por más que digo que pierdo la fe en la humanidad a cada rato, hay algo que siempre me hace recobrarla. Hoy fue este pequeño cangrejo ermitaño en esta playa desierta.