Cuando cursaba el tercer grado de secundaria a los hermanos
maristas se les ocurrió organizar una rifa en la que el premio mayor sería un
coche de reciente modelo. Era el año 1989.
El dinero que se recaudara de la venta de los boletos sería
para acabar el gimnasio que estaba construyendo el CUM de Monterrey en un terreno
aledaño a su plantel (para ser exactos, en donde se ponía Doña Pelos, la señora
de los tacos). Los estudiantes de los tres niveles de secundaria nos dimos a la
tarea –más bien nos la impusieron los adoradores de san Marcelino Champagnat– de
vender talonarios con veinte boletos de a 35 pesos cada uno.
Fue así como a mis trece años anduve durante un mes molestando
a todos mis tíos, importunando a los vecinos y rogándole a alguno que otro incauto
para que me compraran un boleto.
Llegó el día en que tuvimos que entregar los talonarios y
lo que habíamos recaudado. El maestro al que apodábamos El Pitufo pasó salón
por salón a recoger el dinero mientras pasaba lista. Cuando escuché mi nombre
me puse de pie, entregué casi 700 pesos de los de antes y dos boletos que ya no
pude vender. El Pitufo hizo una mueca desaprobatoria que bien pudo meterse por el culo.
Después llegó el turno del compañero cuyo apodo tomé para
titular este escrito. Se llamaba Jaime, pero ahí todavía no le decíamos como le
decíamos. El sobrenombre se lo pusimos esa misma tarde, después de que se paró,
caminó entre la hilera de pupitres y entregó el talonario ¡completo!: con los veinte
boletos.
Ya se imaginarán la cara que puso El Pitufo, que de por sí
estaba bien pinche feo el cabrón. Se le subieron los colores a las mejillas,
como si la acción de Jaime hubiera sido una afrenta personal, y le dijo,
sacudiendo el talonario con dos dedos, como si le diera asco:
–¿Qué es esto?
–No pues no vendí los boletos –respondió Jaime.
–Sí, ya me di cuenta, pero: ¿por qué no los vendiste?
–No, pues no los vendí.
–¿Por qué no los vendiste?
–Pues porque qué oso andar ahí ofreciendo boletos.
–¿Cómo que “qué oso”? –espetó El Pitufo, molesto y
confundido.
–Pues sí, qué oso: qué vergüenza andar ahí de que “¿me
compra un boleto?”, “ándele señora, cómpreme un boleto”. ¡Qué osooo!
Todos los del salón nos cagamos de la risa; algunos tacharon
a Jaime de fresa y de hipermamón, y, obviamente, desde ese incidente se le
quedó el apodo de El ¡Qué Oso!
El Pitufo, furioso, mandó a Jaime a la dirección. Llamaron
a sus papás y, a las tres horas, Jaime regresó al salón con una ligera sonrisa
en el rostro, que denotaba más tranquilidad que cinismo “Mis papás compraron
todos los boletos y se arregló el pedo”, dijo.
Yo, en el fondo, admiré a Jaime. No porque sus padres hayan
comprado todos los boletos y le hayan salvado el pellejo por una estupidez, sino porque a esa
edad no había visto brotes de tal honestidad en “actos de rebeldía”, por
llamarlos de alguna forma. La rebeldía de la que muchos alardeaban se resumía en
cometer pendejadas sin ton ni son para hacer enojar a alguien. No eran conductas auténticas, comprometidas con alguna creencia o sentimiento; la rebeldía consistían
en llevar la contra nomás por llevarla. Jaime era buen estudiante, cumplía con sus tareas y sacaba buenas calificaciones; pero se negó a vender los boletos simplemente porque le pareció incómodo.Y eso admiré.
Cabe aclarar que sus papás se ganaron el coche, y ya se
imaginarán la cara que puso El Pitufo, que de por sí estaba bien pinche feo el cabrón.