miércoles, abril 17, 2013

Parkour


Y para todos los que me preguntan que qué pedo con El Escuadrón Retro, que cómo se me ocurrió tal mafufada, etcétera; ahí les va más o menos una respuesta:

Creo que dibujé al Escuadrón Retro por primera vez cuando me entró la crisis de los 30, por ahí del año 2007. A diferencia de muchos treintones, a mí no me angustió el hecho de no estar casado, no tener hijos ni haber obtenido un crédito para comprar una casa (los guapos no tenemos tiempo para eso :P). A mí me golpeó la absurda y cursi obsesión de querer volver a ser niño y –obviamente– no poder, pues mi infancia –como la de muchos– ha sido la etapa de vida que más he disfrutado. Y cómo no, si trepaba árboles, construía fuertes en montes baldíos, me bañaba en la lluvia, fabricaba paracaídas con bolsas para la basura, aparecía un dinosaurio oprimiendo un botón de mi reloj y me volvía invisible oprimiendo otro; mi bicicleta volaba, mi cuarto tenía pasadizos secretos que conducían a tesoros y podía tener el mar en casa tapando con un trapo la coladera de la regadera. Todos esos sueños y juegos imaginativos; todos los recuerdos; toda la inocencia y libertad de aquella etapa -que muchas veces olvidamos en el proceso de convertirnos en adultos-, todo lo rescaté para crear estas tiras.

Pero ¿qué pedo con los personajes principales?

Bueno, pues me tocó vivir una época en la que las mamás se enamoraban de Tom Selleck, no se perdían la telenovela Cuna de Lobos y bebían TaB: un refresco bajo en calorías que contenía un endulzante cancerígeno y prometía figuras esbeltas. La primera y única vez que probé -y escupí- esa madre, me supo como si hubiera pegado la lengua en el polo positivo de una pila doble A. Aunque muchos decían que "sabía a medicina", pero nunca especificaban a qué medicina. Recuerdo que mi padre –enemigo público número uno de la comida chatarra– regañaba a mi mamá cada vez que la veía bebiendo una lata de ese nefasto brebaje que terminó por convertirse en la Coca Cola Light, y que mi madre sigue bebiendo a pesar de los regaños de su marido.

Fue también cuando se puso de moda una consola de videojuegos muy sencilla, pero espectacular para aquellos años. Atari 2600, se llamaba. Bastaba un cuadro negro con palanca, un botón anaranjado y mucha imaginación para derribar naves extraterrestres o manejar un coche de carreras que más bien parecía una mancha cuadriculada. A diario nos juntábamos en la casa del niño rico de la cuadra –el único al que sus papás le habían comprado el aparato en Houston– a jugar los cartuchos de Pac-Man, Dig Dug, Frogger, Pole Position, Jungle Hunt, Asteroids y Space Invaders.

Fue precisamente en casa del Pollo -el niño riquillo de la cuadra- que descubrí dentro de un cajón –mientras esperaba mi turno en el Pac-Man– el cubo Rubik. Esa tarde me olvidé por completo del Atari, me senté en un sillón e intenté poner de un mismo color las seis caras del novedoso rompecabezas. No pude formar ni siquiera una. De hecho, es fecha que no lo he logrado. De la única forma que podía hacerlo, era despegando y volviendo a pegar los cuadritos adhesivos de colores o pintándolos a mi antojo con Pincelines.

Muchas cosas marcaron mi infancia, pero las tres anteriores fueron las primeras que me vinieron a la mente cuando se me ocurrió crear a los tres personajes principales del Escuadrón Retro.

Así fue.

miércoles, abril 03, 2013

Con el cerro a un costado


Salgo de casa a las once de la mañana, con un sándwich de jamón con queso y un litro de agua de papaya en la panza. El recorrido al trabajo dura aproximadamente 35 minutos en coche. El Cerro de las Mitras me acompaña al costado izquierdo durante casi todo el camino, hasta que tomo la desviación del libramiento y la imponente masa de piedra y hierba queda a mis espaldas. Hay partes en donde todavía no construyen los fraccionadores, pero no tardan. Las mallas ciclónicas en medio de la nada anuncian el inminente final de miles de metros de arbustos rastreros y árboles de Josué; o yucas, como mejor los conocemos aquí. Durante estas fechas también pueden apreciarse las flores blancas de las anacahuitas y el amarillo intenso de las retamas floreciendo. En algunas partes donde el campo está cercado, hay lonas que anuncian la próxima construcción de un fraccionamiento exclusivo: “Cumbres Allegro”, “Cumbres Bonanza”, “Cumbres Premier”… Un Seven Eleven y una gasolinera desentonan con el paisaje agreste. El contraste me recuerda el chiste aquel de que lo primero que habrá en Marte será un McDonald´s o una de estas tiendas. 

En mis días libres subo hasta acá en bicicleta. Hay algunas veredas por las que puede andarse. Se ven conejos, culebras, lagartijas y gavilanes, hasta que uno se topa con pequeños claros desmontados desde la raíz por maquinaria pesada. El golpe de realidad es duro como el concreto. Pienso que si tuviera dinero, me gustaría ser el dueño aunque fuera de una hectárea. Haría un parque estatal. Un parque ecológico como el de árboles de Josué en California. Con senderos para cross-country, letreros informativos sobre la vegetación y la fauna del lugar, y áreas para acampar. O tal vez construiría un pequeño resort autosustentable. Unas ocho o diez cabañas, y haría actividades diurnas, como tours en bicicleta y safaris fotográficos; y actividades nocturnas, como fogatas y terraza con telescopios para contemplar el cielo. Tendría tarifas especiales cada luna llena y cada que hubiera lluvia de estrellas. Los niños entrarían gratis y se permitiría la entrada a mascotas. Pero de seguro mi plan no es tan redituable como un fraccionamiento.


Tomo el libramiento. El cerro queda atrás. Es la hora de los tráilers. Bajo la velocidad y comienzo a esquivarlos. Un señalamiento verde anuncia que he entrado al pequeño municipio en donde trabajo. Ha dejado de ser el área rural que era hace 25 años, pero no deja de ser un rancho. La diferencia es que donde antes había ejidos ahora hay casas de interés social. No son como las que harán en “Cumbres Allegro” y “Cumbres Bonanza”; estas casas son de un piso y una recámara, con nombres más modestos y absurdos: “Villas Campestres”, “Riveras del Prado”, "Elite Estrella".

Recuerdo que un amigo de la infancia nos invitaba al rancho donde vivían sus abuelos, que quedaba por estos rumbos. El camino me parecía larguísimo. Sentía que viajaba a otro país. Veníamos los fines de semana a nadar en una pila de concreto, a corretear gallinas y montar a caballo. La abuela de mi amigo sacaba agua de un pozo, mataba víboras con machete para secar su carne, ordeñaba vacas y chivas, hervía la leche y nos preparaba panes y tortillas con nata. Nada de eso queda: ni los abuelos de mi amigo, ni los pozos de agua, ni los corrales con animales ni la leche hace nata. Ahora todo es un yermo extenso de donde se elevan nubes de polvo.

Me comentan en el trabajo que los ejidatarios vendieron sus terrenos a las constructoras. Que recibieron buen dinero por ellos. "Un pago justo". Eso dicen. No me consta. Había familias que poseían tierra en donde cabían 20 ó 30 casas de interés social. Pienso que por más justo que haya sido el pago, no creo que se compare vivir en una casa de ésas a vivir en un ejido. Es como enjaular a un cenzontle. Los ejidatarios cambiaron -o los obligaron a cambiar- su patio de tierra con pozo de agua, aves de granja y perros que correteaban entre mezquites y huizaches, por un patio pavimentado de seis por dos metros que seguramente terminará convertido en lavandería o en un cuarto extra. 

Es el costo del progreso que, al parecer, tenemos que pagar aunque no queramos.

viernes, febrero 15, 2013

Los genios incomprendidos no se crean ni se destruyen, sólo se transforman... en Godínez

Nos reúnen en una sala amplia. Nos sientan frente a un escritorio con divisiones, viendo hacia la pared. Tenemos del lado izquierdo un bolígrafo, un lápiz y un borrador. El bolígrafo es para el primer ejercicio: escribir en una cuartilla una autobiografía. No sé cómo empezarla. 

En el fondo quiero sacar de onda a quien o quienes la lean. Sorprender. No quiero que crean que tengo alma Godínez; que soy cualquier persona. Suena mamón, lo sé. “Pues ¿qué chingados se cree este güey?”, de seguro han de pensar. Pero acepto que quiero que noten que soy diferente. Igual y ni lo soy, pero lo quiero. Que cuando lean lo que escribí, digan: “¿Qué hace una persona como ésta pidiendo trabajo aquí? Es más: ¿qué hace siquiera pidiendo trabajo? Deberían pagarle sólo por ser quien es”. 

Se me vienen a la cabeza varias ideas, pero ninguna me convence. Empezar con un: “Nací bajo el signo de Escorpión” es muy cliché. Aparte, mencionar signos zodiacales es de Godínez que leen revistas de chismes del mundo espectáculo. Podría empezar con: “Hijo de un médico veterinario y una cariñosa ama de casa; hermano de una maestra que vive en el exilio y una nutrióloga”, pero también está muy cliché. Esas entradas que mencionan a la familia las utilizan mucho los escritores famosos para parecer terrenales, o para no sonar pretenciosos; para restregarnos en la cara su éxito diciendo que lo mejor que les ha pasado es lo que todos tenemos por de faul. 

Comienzo mi escrito con un: “Desde niño estuve rodeado de animales”. Si en verdad alguien lee estas pruebas mamonas, de seguro esto los ganchará. Tiene jiribilla. Me gusta. La siento “distinta”. No creo que alguien con mentalidad Godínez redacte algo así. Todos deben de ser aburridísimos. Han de empezar poniendo sus nombres, la fecha y el lugar donde nacieron y sus logros. De seguro enumeran sus diplomados y todas esas conferencias con valor curricular. Es lo que más les importa. 

De pronto, ya voy a más de media página y no he acabado de escribir acerca de mi infancia, y me pongo paranoico. Van a creer que tengo el síndrome de Peter Pan, que nunca crecí, que estoy enchichado o atrapado en los ochentas. Me apresuro a ponerme serio, a escribir algo sobre mi vida laboral, cualquier cosa; y termino la autobiografía con una frase poética, algo así como: “…me gusta dibujar porque así puedo trazar mi propio destino”. Una mamarrachada, lo sé; pero hay que darle algo a los Godínez que leerán esto. Tirarles un hueso. 

Después nos piden que tomemos el lápiz, pongamos el librito de actividades horizontalmente y dibujemos una casa. Yo dibujo una de techo de dos aguas, de un piso, con dos ventanas; en la cima de una montaña. Por un lado dibujo dos árboles que sostienen una hamaca que da a un acantilado donde está el mar. Después nos piden que pongamos de nuevo de manera vertical el cuaderno de ejercicios y dibujemos un árbol. Lo dibujo frondoso, de tronco grueso, con pajaritos y mariposas revoloteando. Detallo el tronco con todas sus líneas y arrugas. Pongo también algunas hojas cayendo. Tal vez las hojas cayendo den información extra a los psicólogos; quizá les digan que soy especial... o tal vez esté de más dibujarlas. 

Después nos piden dibujar una persona de cuerpo completo. Nos advierten que no se vale usar palitos y bolitas. Que hagamos un esfuerzo extra: que tratemos de hacer un dibujo lo más parecido a una persona de carne y hueso. Pan comido para mí. Aunque me tardo más que los demás porque me vuelvo a meter en detalles: sombras, uñas, pelo, arrugas de la camisa.
En otra hoja hay que dibujar a una persona del sexo opuesto al dibujo anterior. Trazo a una mujer con el cabello recogido, lentes de pasta y una falda arriba de las rodillas. Por alguna extraña razón, se me ocurre colgarle una cámara fotográfica al cuello. Igual y les da información extra a quienes evalúan este rollo.

Luego nos dicen que inventemos una breve historia -de cinco o seis renglones- sobre el hombre y otra sobre la mujer. Y me esfuerzo otra vez para que vean que no soy cualquier persona; que no seré un Godínez cualquiera, y escribo detrás de la hoja del dibujo del hombre lo siguiente: “Fernando camina por la calle. Se dirige a un partido de fútbol. Se pregunta si encontrará al amor de su vida. Después se arrepiente y se concentra en el juego, sin saber que ya es el amor de la vida de alguien: alguien a quien nunca ha visto pero quien a diario lo observa”.
Detrás del dibujo de la mujer, escribo: “Alejandra es fotógrafa de eventos sociales. Un día, mientras fotografiaba a unos recién casados, se le disparó su cámara accidentalmente, capturando la imagen de un grupo de jóvenes jugando al fútbol en el parque de enfrente. Al llegar a su estudio, Alejandra se percata de la foto. Uno de los hombres llama su atención y se enamora perdidamente de él. Ella no sabe que ese hombre está dibujado una página antes que ella”.

Ah, sí: a mí respétenme culeros, yo no soy ni seré cualquier pinche Godínez. Les repito: cuando vean mis dibujos y lean mis historias, mínimo quiero que digan: “Es el genio que estábamos esperando”. ¡Mínimo! 

Ya por último nos piden dibujar a una persona bajo la lluvia. Comienzo a hacer pequeñas rayas diagonales sobre el papel. Después, dibujo a un hombre de traje y corbata; riendo a carcajadas. Está empapado. Tiene las manos a la altura de los hombros, en forma de cucharas, tocando las gotas que caen mientras la gente a su alrededor corre para todo lados. Me piden que escriba una historia sobre ese hombre. Igual: entre cinco y seis renglones. Pero esta vez sólo me sale uno: “Cada que llovía, Gustavo olvidaba el paraguas en casa… intencionalmente”. Y la prueba finalizó

Díganme ustedes, Godínez expertos: ¿alguna vez dibujaron o escribieron algo así en sus pruebas de confianza; o llegaron a pensaron algo similar mientras realizaban las pruebas psicológicas de su empresa? Porque si así lo fue, ¡a la verga el mundo!: somos unos pinches genios y no tenemos nada que estar haciendo de Godínez. Merecemos que se nos estudie, que se nos alabe, se nos ponga de ejemplo y que se nos pague sólo por existir. 
Por cierto: ¿algún psicólogo que amablemente se preste a interpretar mis dibujos?, ya de perdido para dejarme de mamadas, dejarme de sentir diferente e irme resignando ante mi posible situación godinezca, snif.

miércoles, enero 30, 2013

Código 1000: chúpale la cola al albañil

No sé si estén familiarizados con el código 1000, pero a continuación se los explico brevemente. El código 1000 es un grupo de números que sustituyen palabras, y son usados por los cuerpos policiacos y los radioaficionados. Cuenta la leyenda que el código 1000 fue creado en el sexenio de Díaz Ordaz, durante las olimpiadas del 68, y que el objetivo de esta mamada era -y es- comunicarse a través de frases cortas para así evitar la obviedad en las comunicaciones entre polis, para acortar las transmisiones y para que no se gastara la batería de los radios portátiles. Recuerden que antes vivíamos como animales: sin Twitter ni Facebook, puro teléfono, walkie talkie y programas de Verónica Castro.

En lo personal, el código 1000 me parece algo así como los "emoticones", como escribir como fotologuero -tragándose letras y poniendo las que no son- o como los gruñidos de los animales; no por nada el código 1000 se inventó cuando el presidente de México parecía -y era- un pinche chango. Pero bueno...

De entre todos los trabajos temporales que alguna vez tuve antes de convertirme en El Bloguero Más Sexy del Sistema Solar, hubo uno en el que hablaban en código 1000. Al principio fue algo bien cabrón adaptarme, pues es como si todos hablaran otro idioma y uno se siente en una maquiladora de esclavos chinos y nomás hace como que entiende y asiente, o se ríe, o pone cara de pendejo. Me acuerdo que el primer día, nomás llegando a mi nuevo cubículo, entró un oficial muy serio a decirme:

-Licenciado: hay un 24 por 57.

Yo, queriendo parecer la mera verga en eficiencia, le respondí:

-1368.

-¿Cómo dijo? –preguntó el uniformado.

-Le digo que 24 por 57 da un total de 1368. De nada.

El oficial se me quedó viendo, incrédulo.

-Eeeeh… 24 significa “detenido” y 57 significa “asalto”, señor. Cayó un detenido por asalto.

-Aaaaah… je je je… -y me cubrí el rostro con mi rebozo, de la vergüenza que me dio.

Después ya me acostumbré al nuevo idioma, pero no del todo. Hablar con números es muy raro y uno se imagina cosas que no son. Por ejemplo, el número que más decían era el 24, que, como les dije, es el de los detenidos; pero cada que alguien mencionaba: “¡Llegó un 24!”, yo me imaginaba que era un 24 de cervezas y que era hora de encuerarse, subirle a la música y comenzar la fiesta, snif.

Otro número que me causó problemas fue el 7. No es nada cabalístico, ni de buena suerte, ni esas jaladas en las que cree Madonna. El 7 significa “fuera para comer”. Entonces, cuando me decían: “Vamos al 7, ¿gusta acompañarnos?”, pues yo me les pegaba porque tenía mucha hambre; pero resultaba que el 7 lo utilizaban de manera literal, pues llegábamos al pinchurriento 7 Eleven y ahí mis compañeros se atascaban de sopas Maruchan, hotdogs, bolsas con semillitas de calabaza y refrescos de medio litro. Y pues yo me jodía y tenía que comprar mi comida ahí, como vil estudihambre. Pero luego pasaba todo lo contrario, porque ya saben que la Ley de Murphy es la única que rige el universo; entonces, cuando me volvían a invitar “al 7”, les decía que no iba, y resultaba que regresaban de comer mariscos en un restaurante bien chingón y yo les reclamaba diciendo que yo pensé iban a ir al 7 Eleven y me decían que 7 significa “fuera para comer” y yo eso ya lo sabía y total que era un pinche revoltijo y puros malentendidos.

Repito: hablar con números es muy raro. Ningún número tiene que ver con lo que uno puede imaginarse u obviar. Cualquier persona medianamente inteligente pensaría que un 69 significa delito sexual o que un 41 es una acción homofóbica, pero nel: 69 significa “artefacto explosivo” y 41 es “hacer contacto”, pero no contacto pene-culo, no. El único número del cual pude deducir su significado por lógica simple, fue cuando pregunté por un Licenciado y me dijeron: “Está en 7 invertido”, y pues si 7 es comer, 7 invertido es “descomer”. Y sí, a los 5 minutos salió el Licenciado del baño, limpiándose el sudor con un pañuelo y pidiendo cerillos para disimular la hediondez del pozole "descomido".

Fue bonito mi trabajo en donde todos hablaban en código 1000, snif.

jueves, enero 24, 2013

Historias de taxi narradas por otro pendejo que no es Arjona

Si ando solo, me caga subirme en el asiento trasero de los taxis. Se me hace una actitud medio altanera, algo así como: “Yo soy el patrón y tú me tienes que llevar a donde yo te diga, esclavo inmundo”. Bueno, en el fondo sí es algo así, pues tengo ojos verdes y eso me hace superior a cualquier ser humano; pero tampoco hay que mamarse, chavos. ¿Para qué andar exaltando esos complejos genéticos y clasicistas nomás por convivir?

Yo por eso cuando necesito tomar un taxi, me subo en el asiento delantero; para no andar sintiéndome más que el prójimo. Pero subirme en el asiento de adelante también es un problema, pues la cercanía con el chofer es tanta que me incomoda ir en silencio. No es que yo sea un individuo muy pinche platicador que digamos, pero en los taxis no soporto que haya silencio porque el silencio da pie a que le suban a todo el volumen del estéreo con la música más culera que ha inventado la raza humana: el reggaeton.

Por lo tanto, lo que hago es que si el taxista no me saca plática –raro en ellos-, yo empiezo la conversación. Confieso que esto lo hago con toda la intención de que le bajen al volumen y de hacerme “el cliente buena onda”, pues siempre me imagino que los taxistas son asesinos seriales y que si les caigo bien por mi plática, tal vez digan: “¡Órale!, a pesar de tener los ojos verdes, este chavo es bien buenas ondas. No lo voy a descuartizar”. Quizás nunca lo sepa a ciencia cierta, pero no tengo la menor duda de que alguna de mis pláticas buena onda me salvó el pellejo en más de una ocasión.

Total que lo primero que hago estando sentado en el asiento del copiloto, es preguntar: “¿Y el taxi es suyo o lo renta?”. Esta pregunta nunca falla, pues de ahí surgen cuestionamientos suficientes como para no ir en silencio o escuchando mierda durante el trayecto; preguntas como: ¿Cuánto paga de renta?, ¿Cuánto gasta de gasolina?, ¿De qué hora a qué hora trabaja?, ¿Lo han asaltado?, etc. Confieso que siento un alivio en mi lado humano –ése donde se encuentra el corazón de pollo- al escuchar que el taxi es propio. Los taxistas que rentan sus coches me dan algo de lástima porque las pinches rentas rondan entre los 350 y los 450 pesos, dependiendo de qué tan madreada esté la unidad; por lo que me imagino al pobre hombre trabajando en chinga medio día para sacar apenas los 450 pesos de ley para, ya después de la joda que se metió, ahora sí empezar a sacar lo suyo y de su familia. De cierta forma los admiro. Si yo fuera ellos y no sacara la renta, abandonaría el taxi a la verga y ahí que alguien vaya por él y que el pinche dueño culero y explotador chingue a su madre.

Volviendo al tema de la plática: ya entrados en confianza, algunos taxistas me dicen que “sí sale buena lana; nomás chingándole”. Otros -casi siempre los que renta el taxi- dicen que “sale nomás pa´ la botana”, y lloro por dentro, snif, y ahí sí aplico mi política de redondeo, ésa que aplican Soriana y demás cadenas de tiendas criminales: si la carrera es de 42 pesos, les doy 50 y les digo que se queden con el cambio; si son 85, les dejo el billete de 100 completo (¡Denme el Nobel de la Paz inmediatamente: lo merezco!).

Todo este rollote se los platico como introducción porque no sé escribir y digo cosas a lo pendejo y sin orden, ni pies, ni cabeza y porque hoy en la mañana me subí a un taxi y el chofer resultó ser muy platicador. El vato traía lentes oscuros, el pelo parado -de cepillo- y una camiseta negra con una máscara de lucha libre estampada. Cuando le pregunté sobre su playera, el chofer me confesó que, aparte de ser taxista, era luchador. “¡Órale, qué chido! ¿Y ésa es su máscara o qué?”, le pregunté señalando su camiseta. "Nel, yo no uso máscara, compirri. Yo soy de la escuela luchística del legendario Pierrot después de que le quitarán la máscara", me respondió orgulloso, y yo nomás hice una expresión facial de ¡a-la-verga-con-este-vato! Total que llegamos a un semáforo en rojo. El chofi me volteó a ver y me preguntó: “¿No me reconoce?”, y se empezó a subir y a bajar los lentes. “¿No me reconoce?”, repitió, haciendo el mismo ademán de los lentes saltarines. Yo nomás me le quedaba viendo con cara de pendejo, pensando que era una broma. Cuando la luz se puso en verde, tuve que responderle muy apenado que yo no era muy asiduo a la lucha libre. “Ah, con razón no me reconoce”, me dijo, con el orgullo zurcido. “¡Soy el Canelo Casas!".

En mi puta vida había escuchado hablar del Canelo Casas. Lo primero que me vino a la mente fue un cabrón trepado en un cuadrilátero con un calzón en la cabeza a manera de máscara. Para contener la risa que me provocó la imagen -y para bolearle un poquito el ego al tal Canelo- le dije: “¡Ah, cómo de que no!, sí he escuchado su nombre y bla bla bla”. Total que le caí bien por mi plática buena onda que me volvió a salvar de ser descuartizado y me dijo que el próximo domingo pelea contra Big Neurosis y El Símbolo (sepa vergas quiénes son ésos) y que estoy cordialmente invitado. Me dijo que nomás pregunte en la entrada por el Canelo Casas y que él sale y le dice a los guardias que me dejen pasar. Voy a llegar a la arena "El Jaguar" -como me dijo que se llamaba el congal- con lentes oscuros, y, cuando lo vea, me los voy a hacer par arriba y para abajo, y le voy a decir: “¿Sí me reconoce?”.

viernes, enero 18, 2013

La noche que bajó la Osa Mayor

Oscurece a las seis de la tarde y el contorno del cerro se transforma en la silueta de un animal gigantesco que parece dormir a un costado del pueblo. Las calles –con agujeros y parches, como muelas- se llenan del olor a leña de encino y mezquite que los habitantes queman a diario para cocinar y resguardarse del frío. La noche clara y profunda me recuerda que dentro del maletín cargo “El Enamorado de la Osa Mayor”, novela autobiográfica de Sergiusz Piasecki que no he podido terminar. Ni siquiera voy a la mitad. Espero que la jornada laboral esté tranquila, para dedicarle tiempo a las andanzas de esos contrabandistas que se jugaban el pellejo entre las fronteras boscosas de Polonia y Rusia. Muchas páginas del libro me han recordado las noches que pasé acampando en el bosque canadiense; remando en la penumbra donde es imposible medir las distancias, alejándome de la orilla para tumbarme en el piso de la embarcación a contemplar las estrellas. Dicen que las noches en el bosque no son para los ojos, sino para los oídos. Yo pienso que las noches, en general, son para todos los sentidos. La inmensidad del monte siempre aviva el sentimiento de soledad del ser humano. Más aún cuando se está en tierra ajena y el único guía y acompañante es el firmamento. Incluso en este pequeño poblado, el sentimiento es el mismo. La noche es noche. Su grandeza es la misma en todas partes. Antes de entrar al edificio, me detengo a buscar la Osa Mayor. No la veo, a pesar de la claridad del cielo. Bajo la mirada y contemplo de nuevo el contorno del cerro. Es como un gigantesco animal durmiendo a un costado del pueblo. Es la Osa Mayor.

sábado, enero 12, 2013

Atardecer de invierno después del fin del mundo

Una línea de asfalto que parece interminable se extiende frente al parabrisas del coche. A un lado del camino hay tierra, yucas y matorrales; al otro, más tierra y el Cerro del Fraile, que se eleva con todo el esplendor que puede otorgarle un atardecer de invierno a casi un mes del fin del mundo.

Las yucas son de la especie brevifolia, una agavácea conocida también como árbol de Josué. No puedo  evitar recordar el primer casete de U2 que compré y la inocente sensación de escucharlo completo en el estéreo del pequeño estudio que tenía mi padre en casa. Aquella tarde, tirado en el sillón que estaba a un lado de las bocinas, imaginé lugares con "calles sin nombre"; lo que nunca imaginé fue que veinte años después "seguiría sin encontrar todo lo que andaba buscando".

La interferencia de la radio comienza a raspar el aire y decido mejor apagarla. Me quedo a solas con el paisaje desértico y el silencio. Y uno que otro insecto que se embarra en el vidrio.

Kilómetros adelante me orillo del lado del Cerro del Fraile. Tengo ganas de orinar. Volteo para ambos lados de la carretera antes de desabotonarme el pantalón, para cerciorarme de que no vengan patrullas. Una vez me quisieron llevar detenido por orinar entre la hierba frente al acotamiento. No había baños en cien kilómetros a la redonda, pero sí había patrullas vigilando que nadie orinara. Absurdo. 

Sopla el viento. La tierra se desprende como si fuera humo y se combina con el vapor de la orina. Las hebras de pasto se mecen haciendo un sonido similar al del radio cuando no agarra señal. Contemplo la textura accidentada del cerro. Parece un gigante abatido. Siento como si me fundiera con la tierra y el cielo, hasta que un escalofrío me sacude el cuerpo y unas gotas de meados mojan mi mano, arrebatándome del trance.

Me seco el costado de la mano con el pantalón y subo al coche. Continúo manejando por la línea recta que parece no tener fin. Me gustaría que esta carretera llevara al mar. Me pregunto cómo sería yo de haber nacido en el mar. Siempre he pensado que la geografía moldea nuestra esencia; nuestra forma de vivir y ver la vida.

La radio sigue transmitiendo interferencia. Como mi mente.

lunes, enero 07, 2013

“Comenzar de nuevo”: una de las máximas favoritas de los seres humanos. He de reconocer que suena bien la frasecita. Se lee esperanzadora. Incluso poética. “Comenzar de nuevo”. ¡Ahijuesupinchemadre! Hasta chinita se pone la piel.  

Pensamos en "un nuevo comienzo" –lo que sea que eso signifique- y de inmediato aparece frente a nosotros una carretera que se pierde en el horizonte; un camino iluminado por esos rayos de sol que bajan como columnas de entre las nubes para indicarnos el trayecto.

La incertidumbre provoca efervescencia en el cuerpo. Lo inmaculado siempre emociona. La perfección, obsesiona. Supongo que por eso los humanos tienen ese afán de “volver a empezar”. Cada que “empiezan de nuevo” -según ellos- pretenden borrar por arte de magia una historia imperfecta; un pasado que no es otra cosa que experiencias, que no son otra cosa que alimento para el espíritu –lo que sea que eso signifique- y la memoria. 

Imagino que quienes agarran esa filosofía de Empezar de Nuevo se ven a sí mismos como máquinas. Como computadoras que fallan y deben obedecer a una voz divina que les dicta: “Apágate y vuélvete a encender”. Y nada cambia. El disco duro sigue igual. Con todos los archivos y el historial. Supongo también que estas personas ven la vida como si fuera el cartucho de un videojuego al que pueden resetear cada que la cagan o les toca un nivel difícil. Si van a darle reset, neta que mejor ni jueguen. Nomás se hacen tontos. Porque todo eso que quisieran borrar, los convirtió en lo que son, y lo cargarán por siempre. Por eso son patéticos quienes apenas avanzan diez pasos y quieren volverse a poner en sus marcas para escuchar otro disparo de salida. Quieren salir con ventaja y regresar a la línea de arranque cada vez que alguien los rebase o se tropiecen o se lesionen. Y ni empiezan ni avanzan ni acaban y nomás se hacen pendejos como el perro que se corretea la cola.

A mí me gusta más el “Continuará…” que el “Había una vez…” aplicado una y otra vez hasta el infinito. Y sí: en algún momento de mi vida llegué a pensar que cada cosa nueva que hacía era un nuevo comienzo. Hasta que me pareció absurdo, pues comprendí que nada termina. Ni siquiera con la muerte. Todo es un proceso eterno de transformación. Por eso en lugar de “empezar de nuevo”, decidí hacer pausas. Preferí poner puntos suspensivos; cambiar de equipaje y recorrer otros caminos.

Creo que se fantasea con los nuevos comienzos porque, en el fondo, estamos conscientes de que el mundo empezó mal y que, posiblemente, la única solución para mejorarlo, es destruirlo y construir uno nuevo. Es el peso eterno de la imperfecta naturaleza humana obstinada con alcanzar la perfección.  

No pretendan volver a empezar. Volver a empezar es un placebo. Empezar de nuevo es quemar las naves y nunca nadie las quema del todo. Volver a empezar es destruirlo todo y no se puede empezar de la nada. Es caminar en cámara lenta hacia adelante mientras una cortina de humo y fuego se eleva a nuestras espaldas, como en las películas mamonas. No pretendan hacer borrón y cuenta nueva. Eso existe sólo en su imaginación. Caminen en cámara lenta mientras a sus espaldas se queda todo lo bueno, lo malo y lo inservible. Volteen de vez en cuando, para que sepan que ahí sigue, y reafirmen lo que son gracias a lo que dejan atrás para continuar; que es lo que nos empuja para avanzar en ese camino que se aparece enfrente, iluminado por los rayos del sol y que se pierde en el horizonte.

miércoles, diciembre 26, 2012

1500

Si suman 78 más 215 más 168 más 150 más otros 215 más 221 más 212 más 160 más 81, da como resultado 1500. Cada una de las nueve cifras que suman el millar y medio es el número de entradas por año que publiqué en este blog. He publicado mil quinientas entradas en poco más de ocho años. Me llama la atención que el año más "productivo" que tuve fue el 2009 -con 221 posts- y el menos, fue el 2012, con apenas 81. Me parece curioso, pues pensé que este año andaría más inspirado y subiría más cosas a esta humilde bitácora; ya saben,  por los cambios que hice en mi vida y esas ondas, pero no fue así. Supongo que la inspiración nos suelta la mano cuando alcanzamos cierta tranquilidad al encontrar la mayoría de las cosas que buscamos, y que tenemos que volver al caos y a la incertidumbre para que regresen las musas a rescatarnos. En fin. Sólo quería agradecerles por los primeros 1500 posts de este blog. Un abrazo y mil quinientas gracias.

viernes, diciembre 21, 2012

Jorge paseó la mirada por todos los rincones del departamento. Caminó hasta la ventana de la sala y cerró la persiana con un rápido movimiento de manos. Temeroso, tomó la jarra de agua vacía por el asa y se dirigió con cautela hacia su recámara. Abrió el clóset de un tirón con el recipiente de vidrio por encima de la cabeza, pero no había nadie. Se asomó debajo de la cama y dentro del baño y la regadera. Comprobó que se encontraba solo, pero la sensación de estar siendo observado no lo abandonó. Volvió a la cocina, puso la vasija sobre la mesa, tomo un cucharón del cajón del gabinete y se acercó al sobre. Se agachó y lo palmeó con sospecha con el mango del utensilio, para darse una idea de lo que pudiera contener. Lo volteó como si fuera un hotcake y se percató de que no tenía remitente. Pasaron unos segundos hasta que se armó de valor y tomó el paquete con las manos todavía temblorosas, echando vistazos esporádicos alrededor del apartamento. Se puso de pie, abrió la puerta y volteó hacia ambos lados del corredor del edificio, pero no vio a nadie. Creyó escuchar pasos bajando por las escaleras, pero al asomarse por encima del barandal cayó en cuenta que sólo había sido su imaginación.

Jorge se relajó al pensar que la señora Borja de Zulueta había deslizado el paquete por debajo de la puerta, pero, al abrirlo, su conjetura se vino abajo. Del interior del sobre saco un pequeño montón de fotografías tomadas, al parecer, desde un edificio cercano a la plaza Metropolitana. Imágenes de cinco meses atrás, cuando la señora Borja lo había ido a visitar a la oficina que había heredado de su abuelo, en busca de consuelo, mientras su esposo convalecía en el hospital a causa del derrame cerebral.

Jorge no pudo dormir en toda la noche. Una angustia horrible le arañaba dentro del pecho, hasta que el cansancio terminó por cerrarle los ojos casi al amanecer. El timbre del teléfono de su habitación sonó un par de horas después.

– ¿Diga?... –contestó aclarando la garganta.

–Jorge, soy yo, tu vecina. Disculpa la hora, pero mi marido se fue antes de lo normal.

–No, no se preocupe, señora Borja…

– ¿Tienes algo de lo que te pedí, hijo?

–Sí, señora, aquí lo tengo.

–Voy para allá.

Jorge se desprendió de la cama de un salto, se enfundó una playera azul y se dejó puesto el pantalón corto de la piyama. La luz que se filtraba bajo el umbral de la entrada se oscureció cuando la señora Borja golpeó tres veces la puerta. Jorge abrió y la hizo pasar con un ademán amable mientras con la otra mano se aplacaba el cabello.

Le ofreció tomar asiento y algo de beber. Ella agradeció diciendo que acababa de tomarse dos tazas de café y un jugo de toronja, y permaneció de pie. Jorge colocó su computadora portátil sobre la mesa de la cocina y le mostró una serie de fotografías en la pantalla. La señora Borja se mantuvo inmóvil, en silencio, mientras las imágenes desfilaban ante sus ojos. Colocó ambas mano sobre su boca cuando la pantalla se oscureció después de la última fotografía.

–Lo siento mucho, señora Borja…

La mujer acarició la mejilla de Jorge. Sus ojos destellaron por el llanto reprimido, a punto de desbordarse.

–No te preocupes, hijo.

Jorge pensó que no era buen momento para mencionar lo del sobre sin remitente que había recibido la noche anterior, pero no pudo quedárselo callado.

–Señora Borja: anoche me dejaron esto: –dijo, extendiéndole el paquete.

Ella lo abrió, tomó el montón de fotografías del interior y las barajó con rabia ascendente.

–Mi marido estaba en coma… ¡Se iba a morir! -profirió, arrugando las fotos.

Jorge bajó la mirada. La señora de Zulueta dejó caer el montón de imágenes y rompió en llanto.

–Mi marido iba a morirse, Jorge, ¿tú sí lo comprendes, verdad que sí, hijo?

–Sí, señora… lo entiendo.

La mujer se echó hacia adelante y dejó que los brazos de él la envolvieran. Permanecieron en silencio por un rato. Ella sollozaba apoyando el rostro en su hombro huesudo.

–Si mi marido se entera de esto, podré explicárselo. Podré justificarlo. Son muchos años los que llevamos de matrimonio y muchas cosas las que le he aguantado. Pero me preocupa meterte a ti en un lío, muchacho.

–Creo que los dos estamos metidos en un lío, señora –respondió.

La señora Borja se desprendió del abrazo y, con el rostro manchado por el maquillaje corrido, le sonrió. Dio media vuelta y salió del apartamento limpiándose la cara con un pañuelo que sacó del bolso, dejando en el aire una estela de perfume dulzón. Jorge cerró la puerta y volvió a su cuarto. Durmió hasta el medio día a pesar de que la angustia de sentirse observado no lo abandonaba.

En punto de las dos de la tarde, Jorge salió del apartamento y se topó con el señor Zulueta Inzugaray en el pasillo del segundo piso del edificio. Lo saludó con un “buenas tardes” que no obtuvo respuesta. Las piernas le flaquearon al suponer que el hombre ya estaba enterado de lo que había sucedido entre él y su esposa, pero trató de no pensar en eso en todo el día. Era demasiada la carga emocional que había acumulado en tan poco tiempo.

Apenas llegó al despacho, devoró el sándwich de atún que había preparado antes de salir del departamento. Después, encendió su computadora portátil para pasar a un USB las fotos del señor Zulueta y su acompañante. Abrió el archivo con las fotografías y dio una minuciosa repasada a cada una. Sentía curiosidad por el aspecto y la edad de la mujer con la que se veía a escondidas. Comparada con ella, la señora Borja no era una jovenzuela, pero mantenía un halo de frescura al actuar y una belleza física que pocas mujeres conservan a su edad. Jorge agrandaba cada una de las imágenes y las observaba a detalle. Lo que más le sorprendió no fue lo joven y atractiva que era la muchacha, sino un hombre que se veía al fondo: un sujeto de sombrero tipo fedora y traje negro que aparecía en la mayoría de las fotografías mirando de frente a la cámara.

Jorge puso el pasador a la puerta y atrancó una silla entre la perilla y el suelo. Se acercó a la cámara fotográfica, que seguía sujeta en el tripié, y miró a través de ella en varias direcciones de la plaza Metropolitana, con el corazón palpitándole como si se le fuera a salir del pecho.

lunes, diciembre 17, 2012

Continuación del cuento que escribí el 5 de diciembre.

Había pasado una semana desde que la señora Borja de Zulueta recibió la visita de Begoña, su única hermana. Con el pretexto de tomarse un café y ponerse al tanto de sus vidas, la señora Begoña confesó a su hermana mayor haber visto en más de una ocasión a su esposo –el señor Virgilio Zulueta Inzugaray– bebiendo copas de vino con una hermosa joven en un restaurante al aire libre, frente a la plaza Metropolitana, en pleno centro de la ciudad. La señora Borja conocía la afición de su marido por ocultarle cosas, la de su hermana por los chismes y la de Jorge Monroy por la fotografía. “Tu oficina está casi enfrente de la plaza Metropolitana. Desde tu ventana puede verse Los Candiles, el restaurante que supuestamente frecuenta mi marido con otra mujer casi todos los días. Te pido que estés muy atento entre la una y las tres de la tarde, Jorge. Quiero desmentir o comprobar lo que me dijo mi hermana”. La señora Borja quiso pagarle la encomienda, pero él no aceptó el dinero, a pesar de necesitarlo.

Jorge llegó a su oficina antes de las nueve de la mañana. Un pequeño despacho ubicado al fondo del pasillo en el séptimo piso del edificio Plaza, una de las construcciones más antiguas y representativas de la ciudad. Su oficina había pertenecido antes a su abuelo paterno, el doctor George Monroy Toole, químico farmacobiólogo, autoexiliado francocanadiense, amante de la lectura y aficionado a la astronomía. Así, Jorge había heredado el espacio y todo lo que se encontraba en él al morir su abuelo, seis meses atrás. 

El fallecimiento del doctor Monroy Toole coincidió con el desempleo de Jorge, quien sobrevivía con el dinero que recibió a manera de liquidación en la empresa automotriz donde trabajó durante ocho años. Cuando el dinero comenzó a escasear y no encontró a nadie interesado en rentar el inmueble heredado, comenzó a ir todas las mañanas a limpiar y acomodar las reliquias que su abuelo había ido coleccionado a través de los años, con el propósito de venderlas y tener un lugar donde dormir el día que no pudiera seguir pagando la renta del apartamento. Lo único que Jorge no puso en venta fue la colección de cientos de libros que tapizaban la pared del fondo, un pequeño baúl de madera tallado a mano en donde su abuelo guardaba puntas de flecha y un telescopio rojo, los dos últimos, objetos por los que Jorge sentía especial afecto, pues le recordaban los veranos de su infancia, cuando viajaba con su abuelo y su padre al norte de México, a recolectar pedernales y observar noches estrelladas. 

Jorge encendió el pequeño televisor de la oficina. Volvieron a mencionar su nombre en el noticiero del mediodía. Esta vez el escalofrío que sintió no fue tan intenso. Dijeron que había muerto calcinado junto a otras diez personas dentro de una bodega para cartón. “Entre las víctimas fatales se encuentran: Jorge Monroy…” Esperó atento a que transmitieran la foto de su homónimo, imaginando que sería la suya, pero no sucedió. Tomó el celular del bolsillo de su pantalón y lo miró con sospecha, temiendo que sonara como la primera vez. Pero el aparato permaneció en silencio. Apagó el televisor con el control remoto y dejó el teléfono sobre el escritorio. Se reclinó sobre el sillón de piel desgastada color vino y echó una mirada pausada alrededor de la oficina. Miró la hora en el viejo reloj de pared con forma de un Buda, y recordó el encargo de la señora Borja de Zulueta. Impulsándose con las piernas, Jorge hizo rodar el sillón hasta el ventanal que enmarcaba al fondo la enorme plaza Metropolitana, y observó a través de su cámara fotográfica sujeta a un tripié, a la que había adaptado un lente. 

Los empleados de las oficinas y negocios de los alrededores comenzaron a salir a su hora de comida. La concurrencia de peatones en la plaza Metropolitana aumentó de manera significativa. Desde su oficina del séptimo piso, la explanada parecía un hormiguero alborotado. A pesar de eso, Jorge sabía que no sería difícil detectar al señor Zulueta Inzugaray: hombre rutinario, calvo y de bigote tupido, que caminaba con ayuda de un bastón, consecuencia de un derrame cerebral; a quien ya se había topado en varias ocasiones por ese rumbo, cuando empezó a ir a la oficina de su abuelo. Jorge apuntó la cámara en dirección del restaurante Los Candiles y esperó.

No pasaron ni cinco minutos cuando ubicó al señor Zulueta. Caminaba con su cojera característica, abriéndose paso a través de los cuerpos que iban en dirección contraria. Desde esa lejanía que acortaba el lente, Jorge pudo apreciar la sonrisa que se le dibujó al hombre cuando una mujer de aspecto treinta años menor corrió a su encuentro. Por la manera en que la joven lo abrazo, Jorge concluyó que eran más que amigos. El señor Zulueta Inzugaray y su acompañante se tomaron de la mano y caminaron entre las palomas que aleteaban cerca de la fuente del dios Neptuno, la escultura más distintiva de la ciudad. Para su sorpresa, la pareja no entró al restaurante que acostumbraba. Jorge los vio pasar de largo a través del lente hasta que su visión fue obstruida por las ramas de los enormes álamos y robles que bordeaban la plaza. Tomó tantas fotos como para despejar cualquier duda que tuviera la señora Borja de Zulueta sobre los sospechosos encuentros de su marido.

Al regresar al apartamento, Jorge no quiso encender el televisor. Pensó que de seguro volvería a escuchar su nombre en el noticiero de la noche. En todo el día nadie lo había llamado para cerciorarse de que estuviera bien. Ni siquiera la tía que cuidaba a su madre, que se la pasaba todo el día pegada al televisor. Pero ya no le inquietó que a nadie le hubiera importado su supuesto fallecimiento. Jorge sirvió cubos de hielo en un vaso de plástico grande. Al darse cuenta que la jarra del agua estaba vacía, llenó el vaso directamente del grifo y se lo bebió de un tirón. Un chorro de líquido le escurrió por la barbilla y el pecho. Al bajar la mirada para sacudir los faldones de la camisa, vio algo tirado frente a la puerta. Era un sobre amarillo. 

Continuará...

martes, diciembre 11, 2012

Yo ni quería jugar en la NFL

A diferencia de otros niños, a mí nunca me gustaron los deportes. Es fecha que me caga practicarlos. Incluso no soporto jugarlos en consolas de videojuegos o verlos en la televisión. Obviamente practiqué varios de ellos en mi infancia y parte de la adolescencia –tae kwon do, beisbol, atletismo y hasta, ¡gulp!, gimnasia olímpica, snif-, porque ya saben cómo son los papases, que se ahuevan a que uno haga cosas que “son por nuestro bien” y terminamos haciéndolas aunque no nos gusten. Por eso creo que los peores recuerdos que tengo de mi infancia son ésos de cuando jugué al futbol americano... y los de la gimnasia olímpica; pero esto último por favor olvídenlo y dejen ya de imaginarme en leotardo pegando de brincos. Y pues así es, estimados lectores y lectoras, aunque ustedes no lo crean, fui jugador de futbol americano; por eso de ahora en adelante diríjanse a mí como: Guffo Montana Marino Elway. O simplemente: El Wey. O Guffo Comanechi, en dado caso que les resulte imposible borrar la imagen de un servidor dando piruetas olímpicas en licras ajustadas, snif.
               
Bueno, como les decía: ¡me cagan los deportes! Me parece patética esa filosofía cursi que los rodea; eso de competir para ganar pero a la mera hora nadie pierde porque lo importante es competir y compitiendo ya se es un ganador y que contra quien se debe competir en realidad es contra uno mismo y bla bla bla. Puras mamadas. Volviendo a lo del americano, neta que nunca le encontré la menor gracia a un montón de mocosos tratando de ser más rudos que otros mocosos; dándose con todo cabeza contra cabeza, queriendo mandar de nalgas o hacer llorar a quien se tuviera enfrente. A mí me valía madres. Yo lo que quería era estar en otra parte porque me sentía de lo más estúpido aprendiendo a “defender” a un pendejo para que pudiera correr con un balón al otro lado del campo y así “ganar puntos”. ¡Uy, qué emoción! Nunca me lo tomé en serio, por eso siempre fui bien maleta para todos los deportes y por eso no podía soportar que los demás niños se lo tomaran tan en serio, al grado de encabronarse con uno por no cachar un balón, o llorar por una derrota, o enloquecer con un touchdown. ¿En qué cambiaban las cosas si sucedía una cosa o la otra cosa? En fin...

Ir a los entrenamientos era como un castigo, sobre todo si tenía que ir también los sábados. Las clases particulares son como capacitaciones para irte haciendo a la idea de que toda tu existencia estará tan llena de compromisos que ni siquiera los sábados tendrás tiempo para ti. Si no lo disfrutas, no es más que un vil adoctrinamiento para un futuro esclavizante. Neta que me pesaba un chingo ir al fútbol americano, como no tienen una idea; porque, aparte de tener que acatar órdenes y seguir ciertos reglamentos en casa para no recibir castigos -y hacer lo mismo en el colegio-, tenía que ir por las tardes a tomar una clase al aire libre donde tenía que acatar más órdenes y seguir más reglamentos para no ser castigado, cosa que creo que no es vida para un niño de menos de doce años.

Entrenar fútbol americano no tenía sentido, como tampoco lo tienen un chingo de cosas más importantes en la vida. Nadie de la Asociación de Fútbol Americano de Monterrey –AFAIM, por sus siglas en español- llegaría jamás a la NFL (que supongo que es el sueño de todo jugador o coach de americano). Prueba de ello es que en los más de 30 años que tiene existiendo dicha liga, no han logrado posicionar a un solo jugador o entrenador a nivel internacional. Y sí, yo sé que dirán que ésa no es la intención de tal asociación y que más bien se trata de promover los valores en la sociedad y la convivencia familiar y la salud infantil y bla bla bla. No me importa: yo terminé odiándolos con todo y sus buenas intenciones; odiando todo lo que huela a fútbol americano y a deporte, gggrrrrrr *suelta espuma por la boca*.

Pero lo peor de todo, eran los entrenadores. Por lo general, eran jóvenes estudiantes de preparatoria o facultad que jugaban en los equipos de americano de sus instituciones educativas. Jóvenes que no pasaban de los 21 años y se creían la gran cagada: estrellas de los Vaqueros de Dallas o de los Osos de Chicago. Pendejetes que con tantito poder sentían que tenían el derecho de humillarnos a gritos y apodos a quienes no hiciéramos correctamente los ejercicios o no tuviéramos las mismas habilidades que niños más diestros. Por ejemplo, a mí me tocó el apodo de El Eskeletor, por lo flaco y cabezón que estaba a esa edad. Recuerdo que la segunda temporada -que jugué a regañadientes- me salió una infección en el labio superior y tenía que ponerme una pomada para proteger la herida de la tierra y el sudor. Y fue así que me apodaron El Bigotes de Leche. Un día decidí no untarme la pomada para que no me estuvieran jodiendo, pero me fue peor, pues la irritación del labio fue tanta que me salió una costra café horrible, y entonces me decían:  "¡Límpiate el pinche Quick del hocico!". Snif. 

Los coaches también tenían apodos, pero sólo entre ellos se llamaban por sus apodos. Que no se le ocurriera a alguno de los jugadores -que no fuera la estrella del equipo o el hijo de algún directivo- llamar a un coach por su apodo porque le iba muuuy mal. Recuerdo en particular a tres entrenadores: Wilson, Lupas y La Cotorra. Wilson y Lupas no eran tan mamones. Eran buen pedo y agarraban onda. A Wilson le podías decir Wilson porque así le decía hasta su mamá. Lupas –por lo enormes lentes que usaba- nos pedía que le dijéramos Lupas afuera del entrenamiento, pero durante los entrenamientos era el coach González. Aunque a veces se nos olvidaba y nos regañaba. Pero La Cotorra… ay, pinche Cotorra, cómo te odié hijo de tu puta madre… No olvidó su pinche voz gangosa y odiosa, cagante como él solo. Gritaba como energúmeno a la menor provocación, nos pegaba con el balón en el casco o nos tironeaba de la máscara. Los primeros días, como no me sabía su nombre, se me salió decirle por su apodo: “Oye, Cotorra, ¿puedo ir a tomar agua?”. Uta... No me la acabé. Me jaló del jersey, agarró una piedra y me la azotó en el casco. Los oídos me zumbaron. “¿Cuál Cotorra, cabrón; cuál Cotorra?”, me dijo encabronadísimo. “¡Vas a dar diez vueltas al campo por andar de llevadito, cabrón!” y me dio una patada en el culo para que empezara a correr. A todos los que ponía a dar vueltas de castigo, nos lanzaba balones desde medio campo con tal precisión que vi a muchos irse de boca al no esperar el chingazo. Al terminar las diez vueltas, te agarraba de la barra del casco y te decía con su pinche voz estridente y gangosa: “¡Para que a la otra me vuelvas a decir Cotorra, cabrón! ¡No sea llevadito!”. 

Obviamente nadie hablaba de esto con sus padres. El que rajaba "era un maricón" y le iba peor en el entrenamiento. Así le pasó a un compañero que le decían El Sabritas, por gordo y sonriente. La Cotorra lo hizo llorar-El Sabritas fue a decirle a su papá-El papá se la hizo de pedo a La Cotorra-Éste negó que lo hubiera hecho llorar, alegando mala conducta del Sabritas-el papá del Sabritas le creyó y La Cotorra puso a dar veinte vueltas a la cancha al pobre del Sabritas, con su respectiva dosis de balones desde media cancha pegando justo en la cabeza. Pinche Cotorra, cómo te odié. No se me olvida que presumías ser el corredor estrella de la Facultad de Medicina y que usabas el número 44. No se me olvida cuando fueron a dar un juego de demostración al campo Halcones tú y tus compañeros. Yo, junto con los otros tres o cuatro jugadores a los que apodabas “Los Nalgas del Equipo”, agarramos tu jersey y tus tachones del casillero -sin que nadie se diera cuenta- y los tiramos a la basura. Hiciste el berrinche de tu vida, pinche Cotorra. Golpeaste las puertas metálicas de varios casilleros y después te sentaste en una banca, bajaste la cabeza y se te salieron las lágrimas del coraje. Pero recuerda que lo hicimos para que no anduvieras "de llevadito", juarjuarjuar. Ay, pinche Cotorra, cómo te odié. Pero con esa travesura me liberé.

miércoles, diciembre 05, 2012

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Jorge Monroy al escuchar su nombre en el noticiero de la mañana, pero la sangre se le congeló cuando dijeron que había muerto.

La postura rígida de su cuerpo endureció aún más con el sobresalto que le provocó el repentino timbre del teléfono sobre el buró al lado de su cama. Al mismo tiempo, su móvil comenzó a sonar y vibrar sobre la mesa de la cocina. Jorge miró desconcertado hacia ambos lados de la habitación. Lo primero que le vino a la mente fue que sería algún familiar o amigo quien llamaba para desmentir la noticia; lo segundo, que tampoco podría haber sido su padre el mencionado, pues trabajaba en otro país. Ese par de pensamientos lo tranquilizaron y redujeron el intenso hormigueo que sentía en el pecho. Respiró profundo y estiró el brazo para levantar el auricular antes de que sonara por tercera ocasión.

–Diga...

–Buenos días, Jorge. Habla tu vecina –dijo la señora Borja de Zulueta, esposa del dueño del edificio donde Jorge alquilaba un apartamento desde hacía dos años.

–Buenos días, señora Borja.

–Siempre qué pensaste: ¿me vas a poder hacer el favor?

–Claro que sí, señora –dijo, tratando de concentrarse a pesar del insistente golpeteo que producía el teléfono celular en la cocina–. Si todo sale como espero, hoy por la noche le tengo listo lo que me encargó. 

–Preferiría que nos viéramos mañana temprano –corrigió la mujer bajando el tono de voz–. Te marco cuando mi marido salga de casa.

Jorge aceptó el cambio de planes y se despidió amablemente de la mujer, quien de seguro no había escuchado las noticias. Colgó el auricular y observó el cable del aparato retorcerse como si tuviera vida propia. Intentó correr a la cocina para atender la otra llamada, pero cuando se incorporó, el móvil dejó de sonar y vibrar. Tuvo la esperanza de que alguno de los dos teléfonos volviera a timbrar, pero un silencio profundo inundó el apartamento. Prefirió pensar que nadie había escuchado la nota roja en la televisión mencionando su nombre, pues le pesaba la idea de que a nadie le importara su muerte.

Apagó el televisor manualmente, se montó el estuche de la computadora portátil al hombro, pateó un par de camisas hacia el rincón donde debería estar el cesto de la ropa sucia –que rodó por las escaleras y se rompió el último día que había lavado ropa– y salió del cuarto.

Abrió con prisa el refrigerador, sacó un contenedor de plástico con ensalada de pollo y bebió directamente de una jarra de agua helada hasta vaciarla. Metió la comida en su mochila y tomó el teléfono celular que de tanto vibrar había quedado al borde de la mesa, a punto de caer. La pantalla estaba iluminada. Tenía un mensaje de voz. Tecleó una contraseña –su fecha de nacimiento al revés– y se acercó el aparato al oído. Hubo una larga pausa antes de que pudiera escuchar algo del otro lado de la bocina. “Estás muerto…”, sentenció una voz distinta a todas las que había escuchado antes. Un murmullo mecánico que terminó diluyéndose en el áspero sonido de la interferencia. La sangre se le fue a los pies. 

Las manos comenzaron a temblarle. Limpió la pantalla del teléfono donde habían quedado gotas de sudor. Intentó oprimir el botón que le permitiría escuchar de nuevo el mensaje, pero a causa del nerviosismo oprimió la tecla equivocada, borrándolo accidentalmente. Optó por buscar el registro del número telefónico en el Menú de Llamadas Recibidas, pero aparecía como Sin Número. Por un instante Jorge meditó qué sería más seguro: salir del apartamento o quedarse en él todo el día. 

Continuará...

miércoles, noviembre 28, 2012

El Tragaldabas

De cariño lo apodamos El Compañerito, porque para todo decía: “¿Cómo le va, compañerito?”, “Mándeme las notas de la portada, compañerito”, “Páseme las caricaturas para escanearlas, compañerito”. Pero su verdadero apodo era El Pinche Tragaldabas.

Éste era un güey que trabajaba como diseñador en el periódico y no había noche que llegara sin cena: una tupperware gigante llena hasta el tope –se chorreaba la chingadera- de cortadillo a la mexicana, arroz, frijoles negros en bola y tortillas que le preparaba su mujer. 
Sí, yo sé que llegar con cena al trabajo no tiene nada de malo, pero lo que hacía este culero de El Compañerito era que no le ofrecía a nadie –ni por cortesía-, y se iba casi casi a escondidas a calentar el recipiente al microondas de la pequeña cocineta de la redacción. Después, se encerraba en una oficina abandonada con la vasija humeante y ahí cenaba solo; a oscuras, para que nadie lo viera. Al terminar, salía de la oficina disimuladamente, se metía al baño y a los treinta segundos salía secándose las manos con toallas de papel, fingiendo que se acababa de aventar un cague. 

Y okey, está bien, no hay pedo: cada quien sus ondas, pero lo que a mí más me encabronaba era que cuando pedíamos de cenar, este ojete no ponía ni un peso, argumentando que “ya había cenado en su casa”. Ah, pero que no llegara la cena porque El Pinche Tragaldabas brincaba de su lugar y preguntaba salivando que qué habíamos pedido. Y como uno no es gacho, pues le ofrecíamos de la pizza o de las hamburguesas o de lo que fuera que hubiéramos ordenado de cenar, y este gusgo no decía que no y tiraba manotazos y tarascadas, como animal hambriento. Lo más cagante era que todavía se daba el lujo de comer más que quienes sí habían puesto dinero para la cena. El pinche tragón éste agarraba una rebanada de pizza y se la comía como desesperado; luego agarraba dos trozos al mismo tiempo y decía con un tonito de voz de lo más cínico: “Ay, se me vinieron dos pedazos, compañeritos, jijijiji…”. Caminaba a su lugar, se sentaba, hacía taco una de las rebanada y se la zampaba entera; la otra, la metía en su tupperware: “Ésta es para el camino, compañeritos, jijijiji”, decía con su cínica tonadita de voz, masticando todavía la otra rebanada.
  
El Pinche Tragaldabas siempre agarraba de nuestra cena y él nunca nos ofreció de la suya. Era un tipo mezquino que se comportaba todavía más patético cuando pedíamos de cenar tacos. Después de habernos quitado un taco a cada quien, El Compañerito nos preguntaba: “¿Ya terminaron de cenar, compañeritos?”, y antes de que dijéramos que sí, el güey empezaba a recoger los limones que no estaban exprimidos y las bolsitas de cebolla con cilantro, y los metía en su mochila. Pero el espectáculo más sorprendente era cuando limpiaba las puntas abiertas de las bolsitas de salsa y les ponía cinta adhesiva, para que no chorrearan, y también podérselas llevar. “Es que la verdura está muy cara, compañeritos, jejejeje…”, decía ante nuestras miradas atónitas. Neta que ni un pordiosero que lleva una semana sin comer hace esto. Neta que un pordiosero tiene más dignidad que este cabrón. Pero bueno...

Y en las posadas, ni se diga: era como si El Compañerito nunca hubiera probado bocado en su puta vida. Después de los obligatorios discursos de buenos deseos que daban los altos mandos del periódico, el dueño era el último en tomar el micrófono para decir unas palabras e invitar amablemente a los empleados a que pasáramos a servirnos del buffet. Para cuando decía esto, el Pinche Tragaldabas ya tenía una servilleta amarrada al pescuezo y lamía como desesperado su segundo plato de comida. Muy triste show.

Tampoco se me olvida el día que murió Juan Camilo Mouriño. El Compañerito llegó a la sala de redacción, se sentó en su cubículo, encendió la computadora, se metió al Internet y buscó algo en su mochila. De pronto, gritó: “¡Ya valió verga este pedo! ¡Nooo, no, no, no, no puede ser: este pedo ya valió vergaaaaa!”. Se puso de pie y se golpeó la frente con el puño varias veces, repitiendo lo mismo: que todo había valido verga. Los presentes pensamos: “El Compañerito acaba de leer la nota del avionazo donde murió el Secretario de Gobernación y se imagina –como todos nosotros- un negro y violento panorama para el país”. Pero nel: lo que puso al Tragaldabas casi al borde del infarto fue que ¡había olvidado el tupperware con su cena en su casa! Esa noche, El Compañerito estuvo inconsolable. Pero se le pasó la depresión cuando ordenamos una pizza. Obviamente no puso ni un puto cinco y se comió más rebanadas que los demás, como era su costumbre. 

miércoles, noviembre 21, 2012

Después de caer con todas sus fuerzas durante la tarde, la lluvia mengua al esconderse el sol. Ahora sólo queda una tenue llovizna que parece flotar en el aire. Es entonces que aprovecho para pedalear de vuelta a casa.

La llanta trasera de la bicicleta salpica tanta agua que siento cómo va pintándome una franja en el lomo, como la de un zorrillo.

La lámpara del manubrio choca contra las diminutas gotas, produciendo curiosos efectos de luz en la oscuridad de las calles.

A lo lejos, en una esquina, hay un hombre de pie. Inmóvil. No pasan coches, pero el tipo -que tiene pinta de indigente- espera su luz para cruzar al otro lado.

Cuando me acerco, el hombre pone un pie en la calle, levanta el brazo izquierdo y me hace una señal de alto. Me detengo. El hombre levanta el otro brazo, apunta hacia el semáforo y la luz roja se enciende. 

-I am the light! –me grita mientras cruza la calle.

Cuando llega a la acera de enfrente, se gira, apunta al semáforo y la luz cambia del rojo al verde. Le aplaudo sonriendo y me monto de nuevo en la bicicleta. A mis espaldas lo escucho gritar:

-I am the light!

La lluvia arrecia. Pedaleo más rápido. El agua ha traspasado la tela de mi sudadera. Entro al barrio en donde vivo. Desde lejos y entre tinieblas puedo distinguir la casa en donde rento un cuarto, pues mi habitación es la única que está encendida.

Las palabras del hombre del semáforo retumban en mi cabeza.

sábado, noviembre 10, 2012

Un tlacuache vale más que quienes presumen ser "buenos católicos"

Salí temprano para andar en bicicleta. Pedaleé por el barrio donde viven mis padres hasta llegar a una ciclopista que rodea una iglesia y forma un parque. Entre los árboles pude ver a varios niños y jóvenes usando playeras con el nombre y el logotipo de la parroquia. Desde que tengo memoria se juntan en este lugar a organizar campamentos y actividades variadas: amarran troncos con sogas, apilan piedras, cantan rimas con temas religiosos y compiten en pruebas de resistencia física. 

En el tramo más alto de la pista, cerca del campanario, vi un pequeño bulto con pelos tirado. Era un tlacuache. 
Me detuve para quitarlo del camino, pues pensé que estaba muerto. Al acercarme, el animalito reaccionó. Le sangraba una de las patas traseras y tenía la cola llena de llagas; como si se la hubieran masticado. El animal trató de incorporarse con dificultad, pero se derrumbó.

Le acaricié la panza: respiraba muy despacio. Le quité algunas hormigas que caminaban alrededor de sus ojos. Lo tomé con mucho cuidado por el lomo y caminé hacia donde estaba un grupo de jóvenes. Me miraron con sospecha mientras me aproximaba. Me detuve. Les dije que había encontrado al animal herido. Esperaba que al menos los más pequeños se acercaran por curiosidad al ver al marsupial; ya no por compasión. Pero no sucedió. Les pregunté si tenían agua y uno de ellos -el que parecía el mayor de todos- se limitó a señalar hacia los baños. 

Puse al tlacuache cerca de un árbol, sobre un montón de hierbas. Caminé rumbo al sanitario con el bote de plástico que cargo siempre en la bicicleta. Me volví un par de veces, esperando ver a un montón de jóvenes rodeando al animal. Pero no sucedió. Seguían en sus actividades: amarrando palos, apilando rocas y cantándole a Jesús.

Llené el bote en el lavabo. Caminé de regreso hacia donde estaba el animal. Le volví a quitar las hormigas que le rondaban los ojos. Le levanté un poco la cabeza y le di de beber. El animalito movió la lengua con vigor.  Bebió menos de la mitad del agua del bote. De pronto, perdió sus fuerzas. Emitió un suspiro largo y el cuerpo se le ablandó, como si se desinflara. Ningún niño o joven se acercó. Me miraban de reojo, como si mi presencia les incomodara; como si invadiera su territorio. Acaricié por última vez su pelaje gris y duro, como las hebras de un cepillo dental. Me puse de pie, subí a la bici y me fui.   

Bonitos fieles los que cultiva esa iglesia, que sienten más compasión por la imagen de un hombre crucificado, que a nadie le consta que existió, y no por un animal que se les está muriendo enfrente. En vez de enseñarles a cantar rimas, apilar piedras, hacer nudos y amarrar palos, deberían de enseñarles un poquito de compasión. Pensar que algún día esos niños y jóvenes se casarán y se reproducirán, me aterra como no tienen idea.

martes, noviembre 06, 2012

Alimentando mapaches el Día del Juicio

Mariana no pudo contener el llanto cuando el médico nos entregó los resultados de lo que veníamos sospechando desde hacía tiempo: no podríamos ser padres. Me abalancé sobre ella y la envolví con los brazos mientras el doctor -en un acto de prudencia- se ponía de pie y abandonaba el despacho.

Al salir de la clínica, Mariana arrojó el sobre amarillo que contenía los estudios de laboratorio dentro de un tambo de lámina que humeaba en el estacionamiento. Subimos al coche y conduje de regreso a casa entre los destrozos que habían provocado en el centro de la ciudad las protestas de estudiantes y de algunos sindicatos. Mariana se sobresaltó y me tomó del antebrazo cuando una piedra golpeó el cofre y rebotó en el parabrisas, dejando una pequeña cuarteadura con la forma de un copo de nieve. Tomé un atajo que había recomendado el reportero de una estación de radio que monitoreaba la ciudad desde un helicóptero, así evitamos transitar por las zonas de mayor conflicto.

En la habitación -después de una larga ducha- Mariana me confesó entre sollozos que le aterraba imaginar qué sería de nosotros si alguno llegara a faltar. Para tranquilizarla le hice prometerme que empezaría una vida nueva justo al día siguiente que yo muriera. Incluso bromeé mencionándole nombres de amigos con quienes podría emparentar. “¿Y si muero yo primero?”, preguntó muy seria: mi comentario no le había causado la menor gracia. “Si tú mueres primero, yo me muero contigo”, respondí mirándola a los ojos, y la abracé hasta el amanecer, con el revólver bajo la almohada. 
Lo último que escuché esa noche fue la explosión de un transformador, las sirenas de las patrullas -o de las ambulancias- y a Mariana susurrando: “Ni siquiera habrá tiempo para comenzar de nuevo”. La besé en la frente y le dije que no pensara en eso. “Todo va a estar bien”.

Me equivoqué. El día de aquel pacto suicida llegó antes de lo esperado. No hay tiempo para comenzar otra vez. Aún no hemos decidido cuál será la forma más digna de morir. Ni siquiera nos preocupa si es dolorosa o no; lo único que queremos es morir al mismo tiempo. Supongo que pronto lo resolveremos. O alguien más lo resolverá por nosotros. 

Hemos viajado casi tres horas por carretera, bordeando la costa. El cielo está cubierto de cenizas, al igual que el mar. La cámara del revólver está vacía. Las últimas dos balas las disparé al aire para quitar del camino a un grupo de hombres que desde lejos nos hacían señas para que detuviéramos el coche. Ahora me arrepiento de haberlas gastado, pero me aterré al verlos. Posiblemente sus intenciones no eran malas, pues de haberlo sido hubieran respondido mi agresión de la misma forma. No fue el instinto de supervivencia lo que me hizo abrir fuego: fue el temor a que me mataran y le hicieran algo peor a Mariana. El miedo a no cumplir mi promesa.

La aguja del tanque del combustible señala el color rojo desde hace algunos kilómetros. El coche detiene su marcha cerca de un cementerio de mamíferos marinos y cocoteros partidos por la mitad. Salimos del coche y enfilamos a la playa. Los esqueletos de los cetáceos -aún con trozos de carne en descomposición- yacen apilados sobre la arena casi negra. Parvadas de gaviotas graznan hambrientas alrededor de los cuerpos, como si fueran buitres. Hay algunos contenedores de fierro oxidado que forman dunas a lo largo de la costa. Los gases tóxicos que emanan pintan el horizonte de muchos colores. “Es como una aurora boreal”, dice Mariana con nostalgia, “como las que siempre soñamos ver”.

Me confesó lo de las auroras boreales la primera vez que hicimos el amor. Era invierno y se había ido la luz en el sector donde rentaba un pequeño apartamento cerca del Hospital Civil. Con las sábanas hasta el cuello, mientras contemplábamos las sombras que reflejaban en el techo las veladoras, prometimos que nuestras primeras vacaciones serían al norte de Canadá, para ver auroras boreales. Esa noche fue también la primera vez que Mariana me preguntó si la amaría por siempre. “Quiero que seamos como esas parejas de ancianos que alimentan palomas en los parques; aunque te parezca un cliché, así me quiero ver contigo”. Yo, queriendo ser el hombre más romántico del mundo, le dije que la amaría mucho más que eso: “Te voy a amar hasta que las olas dejen de romper”. La luz regresó al sector justo cuando terminé la frase, y volvimos a hacer el amor. Lo que nunca imaginé fue que aquella alegoría de un para siempre se convertiría en realidad. 

“Te amo, Mariana”, le digo mientras entrelazo sus dedos con los míos y la miro a los ojos, “aunque las olas hayan dejado de romper”. El halo de una sonrisa aparece en su rostro: la primera desde el día que nos enteramos que no podríamos tener hijos. 

Caminamos hasta la orilla inerte, donde reposa una pequeña embarcación de motor con unos remos de madera dentro. La empujamos con fuerza para desatascarla del lodo verde en el que comienzan a hundirse nuestros pies. El bote flota sobre las pestilentes aguas de lo que alguna vez fue el océano Pacífico. Subimos en él y logro poner el motor en marcha después de varios intentos. La pequeña embarcación avanza dibujando una estela de espuma café en la superficie; los cadáveres de peces enredados entre algas y residuos de plástico se mecen a nuestro paso. 
Quisiera escribirle una carta al hijo que nunca tuvimos. Explicarle qué pasó. Decirle que no fuimos malas personas; que no estuvo en nuestras manos. Quisiera justificar nuestra condición diciéndole que fue lo mejor para él no haber nacido; decirle que lo protegimos para que no viera en lo que acabó todo. Que no se diera cuenta de nuestro fracaso como seres humanos. 

Salgo de mi trance cuando el motor del bote comienza a soltar humo azul. Tose un par de veces hasta que se apaga y nos detenemos. Ni siquiera intento ponerlo en marcha otra vez. Tomamos los remos y seguimos avanzando sin alejarnos mucho de la orilla. Después de unos minutos veo que Mariana suelta el remo y se limpia una lágrima que comenzaba a deslizarse por su mejilla cubierta de hollín. Cuando se da cuenta que la observo, me dice que todo está bien, y saca del bolso de mano el resto de pomada para la piel. 

Aprieto el tubo del medicamento hasta vaciarlo y esparzo la crema en la palma de mi mano. Desabotono su blusa y acaricio con la mano embadurnada la parte del pecho en donde alguna vez hubo un seno hermoso. Mariana me sonríe, me besa en la mejilla y se abotona de nuevo. Ya van dos veces que sonríe. Limpió los residuos del medicamento en mi pantalón y sigo remando. De pronto, a nuestras espaldas,  se escucha un estruendo. Las ondas de choque producen un fino oleaje y una nube con forma de hongo se eleva e ilumina el cielo. Nos tiramos al piso del bote. Abrazo a mi mujer como lo hice todas las noches que pasamos juntos. La luz nos envuelve, parpadea varias veces y luego se apaga.

Estamos agotados y adoloridos. La barca ha quedado estancada de nuevo en un islote de lodo verde. No muy lejos de donde estamos vemos un edificio. Parece un hotel. Es de las únicas construcciones que se mantienen en pie. Me acomodo el revólver en el pantalón, ayudo a Mariana a pisar tierra firme y caminamos por la arena tomados de la mano. Noto que se le desprende un mechón de cabello de la nuca y un sabor ferroso comienza a inundarme la boca: un molar se me ha desprendido. Escupo por un lado, para que Mariana no vea. El diente cae sobre la arena, como si fuera la última concha del mundo.

Rompo uno de los ventanales con una maceta de barro que se parte por la mitad al hacer contacto con el vidrio. Mariana encoge los hombros y se tapa los oídos cuando los pedazos del cristal caen sobre el piso y se hacen añicos. En el interior del edificio hay polvo y papeles tirados. Casi todas las paredes tienen grietas y manchas de humedad. “¡Estamos armados!”, grito agitando el revólver en el aire. Mariana me toma del brazo con ambas manos y se pone detrás de mí. Todo es silencio. A nuestra derecha hay un corredor. Las habitaciones parecen estar cerradas. Caminamos con cautela a lo largo del pasillo. Mariana señala hacia el fondo: hay un cuarto abierto. Entro con el revólver por delante: “¡Estamos armados! ¡Salgan de donde están… no queremos hacerles daño!”. No hay nadie en el clóset, ni en la bañera, ni debajo de la cama, ni detrás de las cortinas que cubren la puerta corrediza que da a un balcón.

Sobre la cama y la alfombra hay pequeños trozos de escombro. Una grieta ha resquebrajado parte del techo. Deslizo la puerta de vidrio, salgo a la terraza y tiro el revólver lo más lejos que mis fuerzas me lo permiten. Aprovecho para escupir otro diente que se me ha caído. Veo a Mariana que se descuelga el bolso del hombro y se deja caer sobre el colchón, rendida. Ni siquiera quita los residuos de hormigón esparcidos en las sábanas. Entro al cuarto, me siento a su lado y le digo que descanse. Paso mis dedos por detrás de su oreja y otro mechón de pelo se viene con ellos.

Busco dentro del bolso las raciones de comida restantes: dos paquetes de galletas y un bote de agua purificada de un litro. Abro uno de los empaques, parto una galleta por la mitad y la meto en mi boca. La humedezco hasta hacerla papilla para no tener que masticarla. Al tragar la masa blanda me sabe a sangre y a sal. Volteo para ofrecerle un bocado a mi mujer, pero se ha quedado dormida. 

De reojo veo que algo se mueve en el balcón. ¡Es un mapache! Ha trepado por una orilla. El animal se pasea y husmea cada tramo de la terraza. No me pone atención. Parto otro pedazo de galleta y me lo acomodo en el paladar, hasta ablandarlo. El mapache se posa sobre el canalete por donde corre la puerta y olfatea el aire del interior de la habitación. Me observa estirando el cuello; mueve la nariz y los bigotes. Permanezco inmóvil para no ahuyentarlo. En eso, aparece otro mapache entre los barrotes de la barandilla.

Les tiro el resto de la galleta y me vuelvo para despertar a Mariana. Me inclino sobre ella y le susurro al oído que tenemos visitas. Se incorpora de un salto, desconcertada. Cuando le señalo el balcón, sus ojos destellan. Toma una galleta del paquete y la rompe por la mitad. Sonríe por tercera vez en el día cuando uno de los mapaches le arrebata al otro el bocadillo que acaba de aventarles.

Contemplo a Mariana y me viene a la mente la imagen de las parejas de ancianos que alimentan palomas en los parques. Creo que le he cumplido su sueño. He cumplido mis promesas. Quizá no al pie de la letra, pues fue antes de tiempo; pero tal vez mejor de lo imaginado: con balcón, cama y mapaches en lugar de parque, banca y palomas.

El olor de las galletas ha atraído a más animales. Debe haber una docena de ellos lamiendo migajas en la terraza y otros tantos dentro de la habitación, rasgando nuestros pantalones, exigiendo más alimento. Abro el último paquete de galletas. Los mapaches babean, se paran en dos patas y muestras sus colmillos. Dos más entran en el cuarto. Otro trepa por la esquina del barandal. Otro asoma su cabeza entre las varas de metal. La ferocidad con que gruñen no corresponde a su tamaño ni a su apariencia. Mariana me toma del rostro y me besa con ternura. Me quita el paquete de galletas, las esparce sobre la cama y me jala hacia ella, sin desprenderse de mi boca. No creo que hubiéramos encontrado forma más romántica de morir que ésta.

sábado, noviembre 03, 2012

La cadena perpetua del regiomontano

La mayoría de los regiomontanos, sin ser delincuentes, viven encarcelados. Basta darse una vuelta por las calles de cualquier colonia para comprobar que no hay casa que no tenga barda alta con picos de acero o enrejados en cocheras, ventanas y puertas. Los “más pudientes”, aparte de todo lo anterior, instalan cámaras de seguridad, casetas de vigilancia y hasta guardias armados con gas pimienta y pistola. Con los negocios es lo mismo. Si transitan de noche por cualquier avenida comercial –Juárez, Madero, Pino Suárez- podrán darse cuenta que todos los aparadores tienen cortina metálica. Si esto no es vivir en una prisión, entonces no sé qué chingados sea. 

Camino de regreso a casa por la avenida St. Clair, al oeste de la ciudad de Toronto. Es casi la una de la madrugada. Todo está cerrado. Observo las vitrinas de los comercios a lo largo de la calle. La mayoría tiene las luces encendidas y puede verse hacia adentro. Restaurantes, jugueterías, mueblerías, tiendas de ropa y joyerías. Ningún negocio tiene enrejado o cortina metálica.

Media hora después, salgo de la estación del metro que queda a cinco cuadras del cuarto que rento. Es un barrio de jamaiquinos, trinitarios y etíopes. También hay algunos italianos y portugueses. Muchos habitantes de esta parte de la ciudad pertenecen al movimiento religioso rastafari: puede deducirse al ver las banderas con el León de Judá ondeando afuera de casas y establecimientos. Camino entre peluquerías, tiendas de aparatos electrónicos, panaderías y restaurantes de pollo y costillas de puerco en salsa dulce. Ninguno tiene enrejados o cortina metálica. He recorrido este barrio todos los días, durante nueve meses, a todas horas. He visto borrachos en la banqueta y jóvenes fumando marihuana en algún rincón oscuro, y nunca me han asaltado ni me he enterado de hechos violentos.

Es curioso que en una ciudad donde hay tantas razas, culturas y religiones -y que posiblemente padezca los mismos vicios que Monterrey-, se viva tan en paz. En Toronto todo es diferente y desconocido, y lo último que llega a sentir uno, es temor por el prójimo (por aquello que dicen que “se le teme a lo diferente y a lo desconocido”). En Monterrey es distinto. Se le teme al prójimo, se le ve diferente: sospechoso. Se le odia por ser de otro municipio (si no me creen, lean los comentarios en las notas del periódico El Norte), se le repudia si es de otro nivel socioeconómico; no importa si es alto o bajo: el pedo es odiar. Me parece curioso -y muy triste- ese repelente clasicista y discriminatorio que se huele a metros de distancia en algunos regiomontanos, siendo que todos -o la gran mayoría- tenemos el mismo tono de piel, practicamos la misma religión y tenemos la misma cultura norteña; digo: por si necesitan algún pretexto idiota y facilón para, aunque sea, dejar de odiarse un ratito.
Y la pregunta es: ¿qué pasa en las ciudades multiculturales que no pasa en "Regiolandia"; que pareciera que en vez de atrasar el reloj una hora, lo atrasó 150 años?

Es claro que la descomposición que vive Monterrey es consecuencia de las grandes desigualdades sociales, la ignorancia y el derrumbe de los valores morales y cívicos, que ha dado paso al elitismo despectivo y al racismo vil; encumbrando el consumismo y el materialismo donde pocos tienen poder adquisitivo.

Pienso que mientras no se estreche esa enorme grieta socioeconómica y se retomen valores tan básicos como ver en el otro a uno mismo, "La Sultana del Norte" seguirá siendo una prisión, y sus habitantes los presos condenados a cadena perpetua.