jueves, junio 07, 2012

Los rumores del bosque boreal

La alarma de mi teléfono sonó a las seis de la mañana del viernes. Es el único despertador que tengo. Salté de la cama para apagarla y vestirme con la ropa que había dejado tendida sobre el buró la noche anterior. Fui a la cocina todavía sin haberme calzado los zapatos viejos y me preparé un sándwich de carnes frías con mucho aguacate para comérmelo en el camino. Cuando estuve listo, me colgué la mochila al hombro, salí de casa y caminé bajo una tenue llovizna hasta la esquina donde pasa el autobús número 32 que va hacia el Este de la ciudad.
Después de veinte minutos de trayecto –en donde yo era el único pasajero del vehículo- llegué al punto acordado. El remolque con las canoas y la camioneta tipo van que lo arrastraba y me llevaría al Parque Provincial Algonquin me estaban esperando.

El Parque Provincial Algonquin está al norte de Ontario, a tres horas de Toronto, pasando el distrito de Muskoka. Abarca casi 8 mil hectáreas de bosque boreal y lagos. Su vegetación es tan densa que a los claros en donde se puede acampar sólo se tiene acceso por agua. Se podría decir que el lugar no es tan conocido debido a que es una zona con desarrollos muy controlados, que no contemplan el turismo masivo. No hay resorts, ni viajes guiados, ni baños; y está prohibido llevar vidrio, latas o botellas de plástico. Por mí, eso está excelente: entre menos humanos vayan es mucho mejor.
Antes de poner mi mochila en la parte trasera de la van, saqué de ella una pequeña cangurera con algunas cosas necesarias para el viaje por carretera: un poco de dinero, un paquete de chicles, una pequeña libreta para tomar notas y una pluma. Con la cangurera amarrada a la cintura, me subí en el asiento del copiloto y arrancamos rumbo a Algonquin. Al tomar la primera curva en un semáforo, empecé a escribir estos renglones en mi cuaderno.

Baz, el maestro de inglés experto en campismo, me iba platicando que la camioneta se la había comprado a muy buen precio a una iglesia bautista que estaba en quiebra hace algunos años. Me dijo que la situación de la iglesia era tan crítica que incluso estaban vendiendo el terreno con todo y el edificio; incluyendo las bancas de madera y la campana del campanario. En aquel tiempo Baz tenía ahorrado dinero suficiente para hacer una oferta, pero cuando le comunicó su plan de comprar el lugar a su esposa, a ésta no le pareció tan buena idea, pues, siendo creyente, dijo que no se sentiría muy a gusto haciendo el amor en una casa que había sido el templo de Dios. Al decir esto último, Baz soltó una carcajada y le dio la razón a su mujer.

Dejamos atrás los grandes edificios de acero y cristal que a diario recortan el horizonte del centro financiero de Toronto. Baz metió un disco compacto en el estéreo de la camioneta y la primera canción que sonó fue I still haven´t found what I´m looking for.
La letra me puso a pensar en las veces que las personas me preguntan si he encontrado lo que estoy buscando. Cada que me hacen esa pregunta siento que esperan escuchar una respuesta profunda y pienso que se decepcionarían al saber que a veces ni yo sé en busca de qué ando. Desgraciadamente no tengo una respuesta ni lógica ni mística, pero sí una muy simple: busco hacer lo que quiero y lo que siento. No hay más misterio ni secreto. Busco vivir como quiero. Disfrutando mucho lo poco que tengo sin aspirar cosas que no necesito; sin vivir la vida de los otros y, mucho menos, vivir la vida que los demás quisieran que viviera. Claro, algunas veces huyo de mí mismo; pero también huyo conmigo mismo.
Me quedé callado por un buen rato, como en trance, enredado en estos pensamientos; hasta que Baz me volvió a sacar plática.

Después de dos horas de viaje, abrí el zíper de la bolsa canguro y metí mi libreta junto con la pluma, pues los pinos y los abetos empezaron a flanquear el camino. Un espectáculo que no quería perderme. Árboles enormes, uno enseguida del otro, en  filas muy cerradas y de todas las tonalidades del verde.
Una hora después, llegamos a un lago. Cargamos las canoas con las tiendas de campaña y algunos víveres. Metimos nuestras mochilas en bolsas de plástico negro -para que nuestra ropa no se fuera a mojar en dado caso que alguna canoa se volteara- y remamos durante casi tres horas bajo una lluvia intermitente y un sol que a veces se asomaba entre los nubarrones negros. Hasta que llegamos al lugar en donde estableceríamos el campamento.

Este viaje lo hice hace una semana. La verdad pensé que tendría mucho material para escribir, pero como que me sucedió eso de cuando algo te deja sin palabras.
El lenguaje de la naturaleza es tan simple y maravilloso que se debe de vivir para sentirlo y comprenderlo. No es lo mismo que les platique de la tortuga lagarto y la gaviota que visitaban todas las mañanas el campamento: a la misma hora llegaban y a la misma hora se iban. Ni es lo mismo tratar de describir la belleza de las hembras de los colimbos empollando los huevos en sus nidos; una hembra por lago, pues son aves que viven con la misma pareja toda la vida, pero no son animales grupales. Imposible describirles también la sensación de ver a un castor bebé nadando a un lado de mi canoa. Algo tan hipnótico que ni por la cabeza me pasó sacar la cámara para tomar fotos o un video.
Los rumores del bosque al anochecer me hicieron ver sombras con fauces donde no las había. Tal vez era el miedo de sentirme diminuto ante tanta perfección y grandeza; ante tanta paz y silencio. Dicen los nativos que eso pasa cuando uno hace conexión con el bosque. Es como un shock; como cuando te avientas al agua fría y luego te acostumbras. Es el shock de compenetrarse con lo que el mundo moderno –más terrorífico que éste- nos ha prohibido tener una conexión constante. Y, como yo siento que la tuve, repetiré el viaje en dos semanas. Tal vez en esas fechas tenga más que contarles.

jueves, mayo 31, 2012

Las plantas nos van a salvar del Apocalipsis, incluso con zombis

Si algo me encabrona de las personas -aparte de casi todo- es que no quieran tener plantas en sus casas. Pero más me encabronan las razones que algunos dan para no tenerlas: “No tengo tiempo para cuidarlas”, “se me mueren”, “generan muchos bichos y luego hay que fumigar”, “no tengo espacio”, “es mucho lo que se invierte en agua para regarlas”, “es un problema andar barriendo hojas” o “caen tantos aguacates, duraznos y limones que termino tirándolos porque se echan a perder”. 

Sí, yo sé que la vegetación atrae insectos y aves y pequeños mamíferos -como los perros y borrachos miones-, pero también producen oxígeno, atraen agua, dan sombra, bajan la temperatura, evitan la erosión y puras buenas vibras, maestrosss. Pero sobre todo, las plantas nos salvarán del fin del mundo. Sí, es en serio. Imaginen el Apocalipsis. Imagínense por favor al pinche fin del mundo. Imaginen a todos esos vecinos odiosos que prefirieron poner una placa de cemento en su patio para construir un asador. ¿Cómo chingados le van a hacer para sobrevivir sin plantas cuando llegue el fin del mundo? Díganme cómo. En cambio ustedes, amantes de la naturaleza, que son uno con el universo, que tienen un vergel en su patio o en su terraza o en un rincón de su sala, sobrevivirán a toda madre alimentándose de insectos y hojas verdes y frutos. 

Incluso podrán comer carne cazando las urracas, palomas, tortolitas y lagartijas que se posen sobre las ramas de sus árboles. Lo único que van a necesitar es una pistola, pero no para matar a estos animales, sino para matar a sus vecinos que, en su desesperación por estar muriendo de hambre, trataran de quitarles a ustedes sus tomates cherry y sus higos y sus rábanos caseros y su deliciosa sopa de cola de lagartija y plumas de colibrí. Pero un tiro en la frente bastará para ponerlos a dormir. Eso se buscan por preferir evitarse “la joda de barrer hojas”, por techar para hacer una lavandería o hacer otro cuarto para el nene que viene en camino en donde debería de haber un patio con vegetación.

Pero bueno, ya, hablando en serio: sí me emputa que vean a la vegetación como algo que causa problemas. Que digan que “no tienen espacio para una planta” porque viven en un apartamento, ah, pero sí lo tienen lleno de muebles que están nomás de adorno (mesitas de centro con figuritas de papel maché, revisteros de bejuco, mesitas escalonadas… puras mamadas). Ah, pero más me encabronan quienes viven en una casa y dicen no tener espacio para plantas pero sí tienen un comedor de ocho personas en el que siempre se quedan seis asientos vacíos. Esta gente tiene un lugar reservado en una alcantarilla del infierno si, aparte de vivir en una casa, la casa tiene patio y no tienen vegetación. Tienen el espacio para sembrar un chingao bosque privado, ¡y no lo hacen! No mamen. Aclaro que el zacate no cuenta como vegetación ni como planta ni como nada. El zacate no sirve para una chingada; sólo que para deforestar y dárselo de tragar a las vacas para nosotros tragárnoslas a ellas y nos engorden y nos den enfermedades. 

Disculpen ustedes, amados lectores, pero si son así de ecoterroristas, no puedo respetarlos. Menos ahora que vivo donde hay tanto verde; un lugar donde casi todos los espacios se aprovechan para tener un jardín: pasillos de edificios, oficinas, baños, escaleras, tejados, azoteas, etc. Creo que esta es la única forma en la que podemos volver a tener un cachito de naturaleza quienes venimos de ciudades que le han partido la madre con tanto gris a todo lo verde. Creo que ésta es la única forma de crear un “equilibrio” entre dos mundos opuestos, en donde el artificial siempre intenta destruir al natural. 

Esta última foto es la vista de los baños de un edificio de oficinas. ¿Quién no va a cagar a gusto con esta vista?

miércoles, mayo 30, 2012

Mamá Fratelli es una vampiresa moderna

De entre todas las enfermedades que padece Mamá Fratelli –preguntitis aguda, cagapalitis crónica, etc.-  creo que su fotofobia es la que más me afecta, pues a diario se la pasa jodiéndome con que apague las luces que uso para, digamos, hacer cosas que hace la gente normal con las luces prendidas.

Mientras esté en mi cuarto no hay tanto problema: puedo tener las luces encendidas el tiempo que guste. Ah, pero que no se me ocurra abrir la puerta para ir al baño o para ir por una manzana a la cocina porque entonces es como si se liberara toda la cagada radioactiva contenida en el sarcófago de Chernóbil. 

Mamá Fratelli pretende que abra el gabinete, tome un vaso y me sirva agua en la oscuridad de la madrugada; quiere que suba al segundo piso para darme un baño nocturno sin prender el foco de la escalera y que lave mi ropa sucia en la penumbra apenas iluminada por la lucecita verde del botón de “Inicio” de la lavadora. Luz que enciendo fuera de mi habitación, luz que me dice que apague aunque la esté usando. En serio que pinche vieja se mama.

Podría decir que Mamá Fratelli es algo así como una vampiresa moderna, pues sólo la luz de los focos le hace daño. La he visto salir de casa todos los días bien a toda madre, sin lentes oscuros ni capa negra para cubrirse del sol, y nunca se ha convertido en polvo (desgraciadamente, snif).

Mamá Fratelli se queja de que tiene la vista débil y de que sus ojos son muy sensibles a la luz de las bombillas, por eso las pocas que hay en su casa son de muy bajo wattaje.  Yo creo que eso de la vista débil se debe precisamente a eso: a que se la vive en tinieblas -como un pinche topo-, forzando los ojos. Pero ella dice que no; que “los focos modernos” son los que le han ido devorando tan preciado sentido.

Por lo tanto, imaginarán que el interior de la Mansión Fratelli oscurece conforme va oscureciendo el mundo de allá afuera. Cuando la negrura es total, Mamá Fratelli enciende el pequeño televisor de la sala o el foco pedorro de la campana de la estufa, y ésa es toda la luz que hay de nueve de la noche hasta que amanece.

Y es precisamente por esta razón que he comenzado a cenar más temprano que de costumbre: por ahí de las 6 de la tarde, hora en que la gente normal no cena. Pero tengo que hacerlo cuando todavía hay suficiente luz de día porque si ceno más tarde sé que Mamá Fratelli estará acosándome en la cocina con sus preguntas incómodas y sé también que no me dejará prender otra luz que no sea la de la campana de la estufa; y neta que cenar a media luz me caga porque me imagino que estoy en un ambiente bien romántico, y pensar en eso con Mamá Fratelli enfrente ¡me crispa los pelitos de la nuca, brrrrr!...

Pero ya me he ido acostumbrando tanto a la oscuridad como a cenar temprano. Lo que sí me sigue sin gustar es cuando tengo que lavar mi ropa. Mamá Fratelli fue muy clara cuando llegué a rentarle el cuarto. Me dijo que podía lavar mis harapos entre semana, después de las siete de la tarde, porque la electricidad es más económica y ella lava los fines de semana. Yo acepté. El pedo es que para lavar mi ropa tengo que bajar a un sótano que está más oscuro que el culo del diablo, incluso al medio día. El sótano de los Fratelli es un lugar tan tenebroso que no dudo que en él hayan filmado la escena final de El Silencio de los Inocentes. Neta que lugar más tétrico no he conocido. Nomás le faltan las estanterías con hileras de frascos llenos de formol y fetos flotando adentro. Para bajar ahí hay que tener muchos huevos… o mucha ropa sucia acumulada.

Total que en punto de las siete enciendo la luz de las escaleras, cargo el cesto que contiene mi ropa -que siempre está al último grito de la moda-, bajo los escalones de madera que rechinan a la menor presión y, cuando estoy a mitad del camino, ¡Mama Fratelli me apaga las chingadas luces! Y ahí me quedo parado como pendejo, sin ver más allá de mis narices, abrazando el contenedor de plástico y queriendo a mi mamá, snif.

-¡Abajo hay un interruptor de luz! ¡Prende la luz de abajo porque esta luz me hace daño! –me grita mi rentera mientras arrastro mis pies con mucho cuidado hasta el borde de cada escalón para no irme de hocico.

Cuando al fin llego al sótano, dejo el cesto de la ropa en el piso y camino como ciego, manoteando con los brazos extendidos, imaginando que voy a tocar algo peludo o el hocico babeante de algún monstruo; ¡o peor aún!: las carnes blandas de Mamá Fratelli, quien tiene la facultad de aparecerse en todos lados. Siento un alivio bien cabrón cuando me topo con la pared donde está el interruptor y se hace la luz.

Mentándole la madre entre dientes a mi rentera, abro la lavadora, pongo jabón en polvo, pongo la flechita del botón en donde dice “ropa de colores” y, cuando lo apachurro, empieza a salir agua fría. Meto la ropa y subo a mi cuarto. Obviamente dejo la luz del sótano prendida para no correr el riesgo de partirme el hocico o de que se me aparezca algún “mostro” en la oscuridad cuando baje de nuevo para poner mi ropa en la secadora.

Después de una hora salgo de mi cuarto y me encuentro con la novedad de que la luz de la catacumba (el sótano) está apagada. Sólo alcanzo a percibir los primeros dos escalones de la escalera que baja a la lavandería; los demás son tragados por las tinieblas. Enciendo la luz de la escalera y Mamá Fratelli me grita y me dice que esa luz le hace daño a sus divinos ojos. Che vieja delicada, ni que los tuviera verdes como yo. Le resongo que sólo la voy a encender para bajar porque no veo ni una chingada. Bajo al sótano y, al llegar al fondo, Mamá Fratelli apaga la pinche luz. Y es el cuento de nunca acabar.

Es tanto el daño psicológico que ha causado en mí esta conducta compulsiva de Mamá Fratelli, que anoche soñé con ella. Soñé que la tenía amarrada en una silla y que le rapaba la cabeza con una rasuradora eléctrica y se la dejaba como al tío Lucas, de La Familia Addams. Después, sacaba un costal lleno de focos y se los iba poniendo de uno en uno en la boca, hasta que se prendieran. Y cada que un foco se encendía, se lo empujaba y hacía que se lo comiera. Lo peor del caso es que Mamá Fratelli lo disfrutaba y se reía con unas carcajadas demoníacas. Por eso fue una pesadilla.

martes, mayo 29, 2012

Esto se está poniendo cada día más interesante. Ahora sólo falta saber que el artistas detrás del widget imposible de Jackson Pollock es mujer, snif.

lunes, mayo 28, 2012

Ustedes quejándose de que no se puede dibujar en el widget de Jackson Pollock que tengo en el blog y miren nomás lo que me acaban de mandar.
Que haya sido una mujer, que haya sido una mujer, que haya sido una mujer, pastel de chocolate, helado de vainilla, pastel de chocolate, helado de vainilla, pastel de...

Y ya si no es mucho pedir, que esté bien buena y bien guapa y tenga buenos sentimientos y le vaya a AMLO y le gusten los animales y...

jueves, mayo 24, 2012

Mamá Fratelli ya no me ama, snif

No conforme con atosigarme con preguntas incoherentes cada que me ve, a Mamá Fratelli le ha dado por hablarme de un joven inquilino regiomontano que tuvo hace algunos años. Era un estudiante de inglés llamado Édgar, entre cuyas virtudes se encontraba levantarse muy temprano los domingos para ir a misa. Sí, lo sé: debió ser un tipo muy divertido ese pinche “Ésgar”.

Últimamente, a la hora de la cena -a las pinches 6 de la tarde, hora en que la gente normal no cena-, Mamá Fratelli aprovecha para desempolvar sus recuerdos y platicarme sobre este joven de 23 años. La boca se le llena de emoción y en la mirada se le nota un halo de nostalgia cada que menciona su nombre.

Mamá Fratelli me cuenta lo mucho que a Édgar le gustaba su comida (de seguro este cabrón no tenía lengua), de lo educado que era, de que sus papás tenían mucho dinero, de que aquí en Toronto se la pasaba como rey, saliendo a todas partes; de que no bebía alcohol ni fumaba ni llegaba tarde a casa. También me platicó de las veces que la llevó a cenar a restaurantes lujosos y me confesó que, posiblemente, Édgar vuelva este año a rentarle el cuarto de arriba por dos semanas porque los miembros de la iglesia rara a la que pertenece lo están invitando a pasar el verano.

No sé a ustedes, pero a mí,  la historia de Édgar me causa escalofríos. ¿Hacer amigos en una iglesia en Toronto? ¿Volver a Toronto porque quieres ver a tus amigos de la iglesia? ¿Llevar a cenar a Mamá Fratelli? No mamar. ¿Hay acaso algo más creepy que eso?

Yo nada más la escucho mientras mastico, tiemblo de repente y pongo cara de como si me importara un chingo lo que me dice.
Pero ayer, Mamá Fratelli me la hizo. Y me la hizo fea, snif.

Llegué a casa más tarde de la hora de la cena, por ahí de las siete y media. Mamá Fratelli estaba en el sillón de la sala, dormitando frente al televisor. Cuando escuchó que abrí la puerta y di los primeros pasos en la escalera de madera, reaccionó y, desmodorrándose, dijo:

-¿Édgar, eres tú?

¡Aaaayja de la chingada!… Puedo perdonarle todo: que me pregunte si mis amigos son ilegales, que si en México tenemos restaurantes italianos, que de quién es la fiesta, que dónde es la fiesta, que por qué es la fiesta; pero que haya dicho el nombre de otro hombre, eso sí que no se lo perdono a la cabrona. Pero ahí no quedó la cosa. Cuando me volví y le respondí: “No, soy yo: Gustavo”, me dijo:

-Oh… -con un pinche tonito de decepción que se me clavo en el corazón, snif.

Te odio, Édgar. Rompiste el tenso equilibrio de amor odio que existía entre Mamá Fratelli y yo.

domingo, mayo 20, 2012

Otra de mi querida Mamá Fratelli

El viernes estaba en la cocina sirviéndome agua en mi termo de plástico, cuando se me apareció Mamá Fratelli.

-¿Vas a salir? –me preguntó.

-Sí, como a las nueve –le respondí.

-¿A dónde vas a ir?

-A una fiesta.

-¿Vas a una fiesta? ¿En dónde es la fiesta?

-No sé. Un amigo me invitó.

-¿Vas a ir a una fiesta y no sabes dónde es la fiesta? 

-Así es –le dije sin mirarla, cerrando la llave del grifo.

-¿De quién es la fiesta?

-Tampoco sé. Un amigo me invitó –y sorbí del termo.

-¿No sabes de quién es la fiesta? ¿Eso hacen en México: la gente va a fiestas de gente que no conoce?

-Así es.

-¿No sabes de quién es la fiesta y tampoco sabes dónde es; pero vas a ir?

-Así es –le dije sacando el teléfono celular de la bolsa de mi pantalón. –Pero aquí tengo el teléfono de mi amigo. Si quiere le llamo y se lo paso para que le explique dónde es la fiesta y quién es el festejado, para que salga de sus dudas.

-¿Vas a llamarlo para eso? ¿Pero a mí qué me importa?

-¡EXACTO!, pinche vieja preguntona. Si no le importa entonces para que anda preguntando.

Obviamente esto último no lo dije, sólo lo pensé, snif.

miércoles, mayo 16, 2012

Abajo, un riachuelo se pierde entre los matorrales. Adentro, los pasajeros comienzan a impacientarse. Han dejado de lado lo que iban leyendo o han desprendido la mirada de sus reproductores de música. Ahora todos ven hacia el frente del vagón, buscando una respuesta.

Yo observo por encima del hombro el pequeño río que cruza por debajo de las vigas metálicas del puente. Corre con calma entre dos avenidas principales de la ciudad. Los arbustos que lo bordean ondulan con el viento y los coches circulan en la misma dirección que lleva el agua.  

Nadie más mira hacia afuera. Están más preocupados buscando una explicación.

La respuesta les llega a medias. Proviene de las bocinas del vagón: una voz pide disculpas por “los inconvenientes”, pero no especifica cuál es el problema ni la razón por la que nos detuvimos. La voz dice que tardarán diez minutos en “arreglarlo”, y se vuelve a disculpar por la molestia ocasionada.

Apenas se calla la voz de los altoparlantes y se escucha una carcajada en el otro extremo del coche. Un hombre de cabello y barba muy largos no para de reír. Viste con harapos y calza solamente un zapato roto. Se desprende de un salto del asiento y camina como si cojeara por el centro del vagón. Va carcajeándose y señalando a cada pasajero con su mano mugrienta.

Las personas se echan hacia atrás con repulsión. Algunos no pueden disimular el horror en sus rostros y prefieren fingir que miran hacia otro lado. El hombre se acerca cada vez más a mí.

Ya ha señalado y se ha reído de la mujer rubia de lentes de pasta gruesa, del hombre calvo con rasgos de medio oriente que carga bolsas de comida y del hombre de saco y corbata que parece un ejecutivo.

Me giro hacia el otro lado y observo el riachuelo. La pestilencia del hombre me llega de un golpe. De pronto, todo es silencio. Siento un escalofrío en el estómago, como si una bolsa de agua fría se me hubiera roto adentro. Vuelvo la mirada al interior del vagón y la poso en el rostro del vagabundo, esperando su carcajada. Pero ni siquiera me está viendo. Tampoco me apunta con el dedo como lo hizo con los demás. Ve a través de la ventana. A lo lejos. Hacia donde se pierde el río. Su rostro se transforma. No es el rostro del demente que mostraba los dientes amarillos y podridos mientras se burlaba de los pasajeros.

El hombre sacude la cabeza, como si acabara de salir de un trance hipnótico. Su olor a orines no deja de martillarme la nariz. En eso, baja la mirada, me ve a los ojos, me señala con el dedo y me hace un guiño. La cara se le transforma de nuevo en la de un loco, se da la media vuelta y, entonces, rompe en carcajadas.

Se siente un tirón. El tren avanza. El hombre se sostiene de un tubo que va del piso al techo. No para de reír. Los pasajeros vuelven a sus lecturas, quienes escuchan música miran las pantallas de sus reproductores y otros se ponen de pie y se acercan a la salida. Yo observo el riachuelo, que se va quedando atrás y desaparece cuando entramos en un túnel y llegamos a la siguiente estación.

Las puertas se abren. El indigente ríe con más fuerza. Señala a todos los presentes -ahora con ambas manos- y sale del vagón. Se para del otro lado de la ventana que tengo enfrente, en silencio. Me observa otra vez con esa cara de cordura. Me señala con el índice, sube la mano despacio y se pone el dedo en la boca, como si quisiera que le guardara un secreto. Su secreto. El tren avanza y el hombre se pierde a los lejos, como se perdió el riachuelo.

miércoles, mayo 09, 2012

La pasión intermitente

Me preocupa que a mi edad nada me apasione. Es como ese cliché de no saber qué se quiere en la vida, pero elevado a la chingomil potencia. Será que “pasión” me parece una palabra muy grande. O tal vez a la palabra yo le quedo muy corto, snif.

Puedo mencionar cosas que disfruto mucho hacer –dibujar, escribir, cocinar, tomar fotos, leer, viajar, comer, amar-, pero acepto con algo de vergüenza que no puedo afirmar que me apasionen. Si algo me apasionara, no fuera tan tibio con mi actitud. Haría las cosas a pesar de las carencias, adversidades, recompensas o circunstancias, y no pararía de hacerlas.

A veces dibujo y a veces no. A veces escribo y a veces no. A veces quiero hacer cosas nuevas o materializar planes, pero de un día para otro se me quitan las ganas. En situaciones como éstas lo más fácil sería echarle la culpa a “las musas”, por no traerme inspiración; pero creo que lo más honroso es asumir mi incapacidad para apasionarme por algo. Podría también decir que de todo lo que me rodea no existe algo tan extraordinario como para que la semilla de la pasión germine en mí, pero sonaría estúpidamente arrogante. O como si estuviera muerto por dentro. 

Quiero pensar que la pasión es algo intermitente, como la felicidad y otros sentimientos. Pero no apasionarme ni con las cosas que me gustan me empina los ánimos. Me siento derrumbado por mí mismo. Es como darme un golpe a traición por la espalda; como si no me conociera y tuviera que sumergirme otra vez en lo más profundo de mis aguas para ver qué pedo conmigo. Es buscar otra vez el camino y hacerme las mismas preguntas que creí haberme respondido; encontrar las mismas respuestas o encontrar una nueva, contundente,  y no aceptarla: no aceptar el simple hecho de que nada de lo que hago me apasiona. 

Pudiera ser que creo conocerme y no me conozco del todo. Que todavía hay algunas capas gruesas en mi interior que no he logrado penetrar. O pudiera ser que me conozco y no me gusta lo que soy;  o que me conozco tan bien que sé cómo funciona todo, pues, al conocerme, sé de dónde vengo, de qué soy parte y hacia dónde voy, y por eso nada importa y todo pierde sentido y sin sentido no puede haber pasión. Conocer los rincones de uno mismo es saber que todo volverá al origen, el eterno retorno; el uróboros: la serpiente que se come su propia cola representando el esfuerzo inútil que marca el comienzo de otro ciclo a pesar de todo lo que hagamos por impedirlo o cambiarlo. La futilidad devora a la pasión, pero a mí me gustaría que la despertara.

Pero bueno… Espero que algo de todo lo que hago les sirva, a pesar de la ausencia de pasión con la que a veces hago las cosas que me gustan. Espero que encuentren entre líneas esa pasión que yo no veo en mí y que pudiera estar debajo de todas esas capas internas que me falta penetrar. Espero que escritos como éste inspiren al menos a alguien a no sentirse o ser como yo, que por el momento se declara incompetente para sentir pasión por algo. Espero encontrarla, obviamente; pero si ella me encuentra primero, qué mejor. Convertirme en la pasión ajena que despierte la propia y así dejar de pensar que es un sentimiento intermitente. 

miércoles, mayo 02, 2012

Cuando desperté, mi sándwich ya estaba ahí, snif.

Cada mañana que entro en la cocina tengo la esperanza de no encontrar sobre la mesa mi sagrado emparedado (me siento Lorenzo, el esposo de Pepita, diciendo “emparedado”) envuelto en papel aluminio, como vil  lingote de plata arrugado, pero Mamá Fratelli, la vieja que me renta el cuarto donde vivo, es dura de roer. 

Mamá Fratelli se dio cuenta que de un mes a la fecha me he estado levantando más temprano que de costumbre para poder prepararme a mi gusto el sándwich que me llevo a la escuela, pero como eso no lo puede permitir, ahora es ella quien madruga para preparármelo. Neta que no sé si esta ñora tenga complejo de esclava o no entienda que a mí me gusta prepararme mis sándwiches o qué pedo, pero a este ritmo voy a tener que levantarme a las tres o cuatro de la madrugada para que la vieja no meta mano en mi comida. Aunque estoy seguro que si Mamá Fratelli se entera de mi nuevo plan, me va a dejar hecho el sándwich desde las seis de la tarde del día anterior nomás por joderme.
  
Hoy en la mañana tomé el envoltorio brillante que contenía mi “changüis” y, al no escuchar ningún ruido en casa, lo desenvolví, tratando comoquiera de no hacer mucho barullo. Le quité la tapa de arriba, espulgué a ver qué chingados le había puesto, qué no le había puesto y en qué orden había puesto lo que le había puesto, y, obviamente, no estuve satisfecho con el resultado. Fue entonces que saqué más jamón del refrigerador -jamón del bueno, no la pinche mortadela que a veces usa-, partí medio aguacate, rebané un tomate y le puse algunas hojas de espinacas en el pan de abajo (que nunca debe de convertirse en el de arriba). ¡Y que de pronto, a mis espaldas, ¡ahijodelachingada!, se me aparece Mamá Fratelli! Ni el pedo con esencia a faláfel que se me escapó debido al susto la ahuyentó. Me quedé inmóvil. La mujer se acercó más y me miró sospechosamente a los ojos, después vio mis manos embarradas de aguacate y semillas de tomate, volteó a ver el sándwich y me dijo:

-¿Estás rehaciendo tu sándwich? -y casi casi escuché cómo su corazón se quebraba. 

-Eh… Sí… -le dije.

-¿Acaso le faltó algo? -me preguntó.

Quise gritar: “¡Sí, Mamá Fratelli: a mi sándwich le faltó amor y aguacate; mucho amor y mucho aguacate, snif! También le faltó tomate y espinacas; pero sobre todo ¡amooooor!”, y después ponerme a llorar, aventarle el lonche a los pies y salir corriendo, pero no me pareció una actitud madura para una persona de mi edad. Por eso, con la sobriedad de un monje tibetano y sin que el pulso me temblara, seguí poniéndole montañas de aguacate a mi sándwich, y dije:

-No le faltó nada; simplemente mis sándwiches me gustan con más aguacate y con espinacas.

-Ok –me dijo-, así no se echan a perder los aguacates.

Ah, pinchi vieja. Sentí como si me hubiera dicho: “¡Júchile, pinche perro!, cómase todas las sobras para que no se echen a perder”, pero luego pensé que era el primer comentario sensato que le había escuchado decir a Mamá Fratelli en cuatro meses.

Total que ya, salí de casa y corrí por las calles del barrio, con los brazos en alto, sosteniendo mi sándwich envuelto en papel aluminio que destellaba con los rayos del sol, snif. Llegué a la parada (de autobús) y todos se me quedaron viendo y mejor escondí mi sándwich en la mochila porque sus miradas me parecieron sospechosas. Tomé el autobús, me senté y vi que una ancianita se dirigía hacia mí. Entonces hice lo que todo caballero hace: puse mi mochila en un asiento y subí los pies en otro, para que la anciana no se sentara a mi lado. Y después de treinta minutos llegué a la escuela.

Y como ya les había comentado antes, en la escuela de idiomas todos los maestros tienen otros trabajos o aficiones chingonas. Algunos son montañistas, otros son viajeros, otro barmans o cadeneros de antro; Peter es comediante y hay un wey que se llama Luke que siempre pone música de fondo, recomienda bandas o toca una rola con su guitarra antes de empezar cada clase. Luke tiene un grupo que empieza a ser famosón por estos rumbos y se llama Wool and Howl; ha sacado dos discos –uno como banda y otro como solista- y hoy trajo unos discos a la escuela. Le compré los dos porque tenemos gustos musicales similares y ya había escuchado algunas de sus rolas. Al salir de clases le comenté que el arte de ambos discos me había gustado mucho. Le dije que yo era dibujante, le enseñé algo de mi trabajo, se emocionó y me dijo que mañana jueves, a las cuatro, estaba invitado a hacer unas pruebas para el arte de su nuevo disco. ¡Ajúa!
Y para celebrar algo que todavía no sé si es un hecho, les dejo algunas fotos que he tomado. Saludos.

miércoles, abril 25, 2012

Onírica

A veces sueño con desconocidos.

Sé que algunos de ellos pudieran ser individuos que vi en algún lugar durante el día y no les puse mucha atención, y  que su imagen se me queda grabada en el subconsciente y brota mientras duermo

Pero también pudiera ser otra cosa: que sea en mis sueños donde veo por primera vez a esas personas.

Es fácil soñar más de una vez con alguien a quien conoces en vivo, pero volver a soñar con alguien que conociste en tus sueños es casi imposible. Por tal motivo ni siquiera nos tomamos la molestia de imaginar que pudiéramos coincidir en la vida real con alguien que sólo existe en sueños.

Yo quiero pensar distinto. Quiero pensar que cada que sueño con alguien que no conozco, existe. Que no es un invento mío. Que existe en algún lugar o tiempo remoto, pero existe.

Hace algunos meses soñé con una mujer de ojos grandes y cabellos negros. No volví a soñar con ella hasta hace poco. La reconocí en mi sueño, pero estoy seguro que nunca la he visto en la vida real. Apareció de repente en la copa de un árbol mientras me soñaba corriendo sobre las ramas entrelazadas de un bosque.  

Si ella existe quiero pensar que le ha pasado lo mismo: que de pronto tuvo un sueño donde apareció un extraño en el lugar más extraño y que, después de algún tiempo, volvió a soñar con él. Quiero pensar que mi sueño no fue mío, sino el sueño de ella, y viceversa.

Imagino que al despertar, después de soñarla, ella empieza a soñar donde yo me quedé. Imagino que se imagina que hubo alguien soñando lo mismo que ella y que ese extraño no existe nada más en su cabeza. Quiero imaginar que en el fondo siente que, así como coinciden en sueños, podrían coincidir fuera de ellos.

jueves, abril 19, 2012

Las piedras chocando se encuentran

Ya empezó el curso de primavera en la escuela de artes y el primer día de clases tuvimos enfrente a una modelo encuerada que posaba de muchas formas.

Sí, yo sé que esto suena tan  glamoroso como una película de Hollywood y que quisieran que hubiera tomado fotos y que me imaginan como a Leonardo Di Caprio dibujando a capela a Kate Winslet en Titanic; o, mejor aún: como a Ethan Hawke dibujando en pelotas a Gwyneth Paltrow en Great Expectatios, pero la realidad fue más triste, ¡snif! La modelo era una señora como de unos 45 años, toda gordilla y aguada, pero le echaba ganas y se encueraba sin pena y posaba como si fuera la vieja más buena del universo. Ese día fui el primero en llegar -pensé que la clase era más temprano- y me aventé como treinta dibujos y me encargaron hacer otros tantos. 

Las clases terminan a las diez de la noche y la modelo siempre se retira con la frente en alto. No sé si sea la novia o esposa del maestro o nomás sean buenos amigos, porque siempre se van juntos. A veces yo me quedo un poco más tarde, corrigiendo algunos ejercicios o pendejeando en los estudios hasta que cierran el edificio. Al salir compro un té frío en un local que está a un lado de la escuela y camino sobre la avenida Spadina. Cruzo el barrio chino hasta llegar a la estación del metro que hace interconexión con la línea que corre de este a oeste. Sólo tomo el tranvía rumbo al norte cuando traigo algo para leer en la mochila o cuando de plano ya es muy tarde y quiero llegar a dormir.

También ya empezó el taller literario en la Universidad de Toronto, en un campus que está frente a la biblioteca más grande del país, según me dijeron. El edificio está en una calle muy arbolada donde la mayoría de la gente anda en bicicleta y se antoja andar en bicicleta ahora que el clima está mejorando. De hecho, ya me metí al Internet a buscar bicicletas usadas en venta. No están tan caras: rondan entre los 50 y los 100 dólares. A ver si para mayo me hago de una. 

En el taller literario me encargan leer y escribir muchas cosas y a veces se me tapa el cerebro porque estoy pensando en todo lo que tengo que hacer para la escuela de idiomas, para la escuela de artes, para el taller literario y para el periódico en el que sigo trabajando en México. Entonces aprovecho los espacios y tiempos muertos para destaparme el cerebro y pensar y sentir otra cosa que no sea en lo que tengo que hacer. Algo que reacomode mis ideas y emociones fuera del mundo real y los mande a una utopía aunque sea sólo por unos minutos. Y siempre me funciona.

Por ejemplo, hace poco, mientras viajaba en el vagón del metro y ocupaba mi cabeza pensando en alguien, se me ocurrió que eso de “las parejas perfectas” era algo tan primitivo –y a la vez tan lógico- como dos piedras que necesitan chocar para hacer fuego. No con cualquier par de piedras se puede hacer lumbre. Una piedra tiene que ser un sílex y la otra tiene que ser ferrosa, para que salten chispas. Y pensé que así pasa cuando dos personas creen enamorarse y deciden estar juntas. Pasa que a veces, por más que froten y froten y lo quieran y lo deseen, no sacarán ni una chiribita de luz. Y que la naturaleza es tan sabia que hasta ese principio lo aplicó en nosotros y no podemos torcerlo ni forzarlo. Somos tan primitivos y tan básicos en algo que creemos tan complicado e irracional como lo que llaman “amor”.

Y también pensé que aparte de primitivos y básicos, somos ignorantes y antinaturales, pues casi nadie sabe de dónde viene ni para dónde va ni de qué está hecho. Y entonces buscamos lo que no debemos porque nos olvidamos de nuestra esencia y encontramos lo que creemos que andamos buscando y queremos forzar las cosas a que tomen un curso que creemos natural cuando hemos olvidado ese curso. 

Yo lo que creo es que todo está en el aire. No arriba ni abajo, sino rodeándonos. Que no importa si está lejos, o detrás de un monitor, o detrás del aparador de una boutique, o del vidrio en la caja de un banco. Ahí siempre hay algo esperando hacer chispas. Incluso puede estar a tu lado, pero si olvidaste algo tan básico como dos minerales que chocan para hacer fuego, nunca lo verás, y te la pasarás tratando de hacer fuego con dos pedruscos de lodo endurecidos por el sol.

Uno tiene que ser sabio, como la naturaleza -como su naturaleza-, y despertar ese principio mineral de percusión. Porque cuando esté despierto, las cosas simplemente sucederán, y, cuando sucedan, lloverán centellas. Si sospechabas esto que digo, sabrás que estás a punto de ser abrazado por un fuego tan intenso que no consume y que no querrás que se extinga jamás.

viernes, abril 13, 2012

La historia de amor que jamás pudo ser

Es la estación más fría del año y Jaime Jiménez no tiene el valor de meterse en la regadera.

Se olfatea los sobacos, se pone mucha loción y la chamarra azul de plumas de ganso. Se prepara un bocadillo, lo mete en la mochila y camina hacia la estación de trenes más cercana. Nunca imaginó estar tan lejos de casa.

El sándwich de atún ya tiene humedecida una de sus tapas. Jaime desprende con cuidado y a pedacitos la servilleta pegada al pan. Le da varias mordidas y tira el resto en el contenedor de basura en donde hurga una ardilla. El tren llega un minuto antes de lo anunciado en la pizarra.

Jaime toma asiento junto a la ventana, de espaldas al paisaje. Él dice que lo hace para sentir que va dejando todo atrás, pero la verdad es que siempre ha tenido miedo a un choque frontal. Según las estadísticas tienen más probabilidad de sobrevivir los pasajeros que se sientan como él. Se escucha el ruido de los mecanismos hidráulicos y los vagones avanzan.

Es la estación más calurosa del año y Jimena Jaimes se da el segundo regaderazo del día.

Se viste de prisa, bebe los restos de un jugo de naranja con hielos, desconecta todos los aparatos eléctricos y sale de casa arrastrando una enorme maleta para tomar un taxi al aeropuerto. Nunca imaginó tener el valor para emprender un viaje tan largo.

Jimena pide un sándwich de pavo en el restaurante de la terminal C. Derrama accidentalmente su vaso y el agua moja una de las tapas del pan. El mesero pasa un trapo por la mesa y le retira el plato sin antes preguntar si seguirá comiéndolo. Se pone de pie, paga la cuenta y se mete en el baño un minuto antes de que anuncien su vuelo por los altavoces.

Jimena se sienta a un lado de la ventanilla, atrás de una de las salidas de emergencia. Según las estadísticas, los pasajeros que se sientan cerca de éstas tienen las mismas probabilidades de morir que el resto. Se escucha el ruido de las turbinas y los timbres que indican abrocharse el cinturón y no fumar. Jimena mira hacia abajo y piensa en todo lo que está dejando atrás; levanta la vista y piensa en todo lo que la puede estar esperando.

En algún momento ese día, Jaime y Jimena coinciden en el mismo aeropuerto. Él tomará su primer avión y ella tomará un taxi a la estación de trenes más cercana. No se conocen. Nunca se han visto. Coinciden un par de segundos cuando pasan uno a un lado del otro. Se ven a los ojos cuando el aroma de su loción le trae un recuerdo. Y cada quien sigue su camino.

Si la vida fuera más justa en cuestión de coincidencias, quizás la suya habría sido la historia de amor más bonita del mundo.

jueves, abril 12, 2012

Vlatko y Max Phillipe son los primeros amigos que hice cuando llegué a Toronto. Los conocí en la clase de las diez el primer día de clases. Vlatko es de Croacia y Max Phillipe es de Benín.  El martes fue su último día en la escuela de idiomas. Vlatko posiblemente se case con su novia canadiense y se vayan a vivir a un poblado a dos horas de Toronto. Max Phillipe se regresa a Paris -donde vive su familia- este fin de semana.

Pareciera que aquí no se pueden hacer amistades duraderas porque casi todos vienen de paso. Apenas empiezas a conocer y a apreciar a alguien y se va. “Así lleves 5 años viviendo aquí, aclimatado a la mezcla de culturas y con amigos de todas partes del mundo, terminas regresando al suelo en que naciste”, me dijo un amigo –así quiero llamarlo aunque tenga poco de conocerlo- que lleva un lustro viviendo en este país y se regresa a México en agosto. “Yo lo veo como si me hubiera pasado lo mismo que le pasó a Siddhartha, el del libro de Hermann Hesse: enfrenté al mundo para encontrar que lo que buscaba estaba dentro de mí y lo que está dentro de mí está en mi origen”.  Platicamos un rato sobre el libro -uno de nuestros favoritos- sobre la metáfora del río y sobre la búsqueda de uno mismo. Y prosiguió: “Me tomó 5 años darme cuenta que lo que buscaba estaba dentro de mí. Quizás en México no lo hubiera descubierto. Tenía que venir hasta acá para darme cuenta de eso y ahora que lo sé es tiempo de regresar, estén como estén las cosas, porque  ahora soy más sabio al haberlo descubierto”. Tal vez tenga razón. Sus palabras me recordaron a las del Filósofo de Cantina y el Filósofo de Cantina siempre tiene razón.

He comenzado a hacer nuevos amigos. Desde que empezó la temporada de béisbol, hace una semana, las clases de mi maestro Peter son en el bar que está a un lado de la escuela. Peter dice que si aprendemos la terminología del béisbol aprenderemos a hablar mejor el inglés, pues ésta se aplica todos los días en cualquier contexto: first base, homerun, off base, strike, swing, etcétera. También hemos ido a sus shows de stand-up comedy. La última vez se presentó en The Hot Box, un pequeño lugar en Kensington Marquet donde está prohibida la venta de tabaco y alcohol, pero se puede fumar marihuana siempre y cuando cada quien lleve lo suyo. Suena escabroso viniendo de un país donde se supone que están matando por plantitas prohibidas y drogas sintéticas, pero el lugar es tan tranquilo que raya en lo aburrido.

Al terminar el show de mi maestro, salimos del lugar y caminamos calle arriba buscando algún bar donde pudiéramos beber algunas cervezas. Cuando algunos alumnos le preguntaron a Peter cómo en un lugar que tiene revocada su licencia para vender alcohol y cigarros, en un país donde está prohibida la marihuana, se puede fumar marihuana; ni él mismo supo cómo explicarlo. “Aquí en Canadá no necesitamos mafia”, nos dice con las manos en los bolsillos de su chaqueta. “El gobierno es la mafia; lo controla todo: el juego, el sistema de salud, las bibliotecas, el transporte público, el alcohol, las drogas e incluso a los indigentes, a quienes prefiere darles dinero porque sale más barato eso a que anden delinquiendo. Y así funciona casi a la perfección este sistema; y así nos respetamos unos a otros y así vivimos en paz y, a pesar de ese control gubernamental, somos libres. Es una libertad curiosa, pues sabes que siempre hay alguien ahí viéndote, vigilándote; pero eso te da tranquilidad y la tranquilidad te da libertad”.

Llegamos al bar, pedimos un par de jarras de cerveza y bebemos y platicamos hasta las 2 de la madrugada. Tomamos el tranvía hacia el sur, rumbo al lago Ontario. A mí me da flojera regresar hasta el cuarto que rento y me quedo a dormir en el departamento de dos nuevos amigos que tal vez se vayan en 3 meses. Despierto y me topo con esta vista que me trae más preguntas que respuestas.

martes, abril 10, 2012

Su última foto juntos

Nemesio recibió el teléfono mientras barría la banqueta de adoquines frente al Palacio Municipal.

-Y ya sabes: si ves al ejército patrullando o algo sospechoso, nos mandas una alerta en chinga -le dijo el copiloto de la lujosa camioneta negra.

Nemesio asintió con un “sí, mi comandante”. El hombre subió la ventana polarizada y el vehículo arrancó rechinando las llantas.

En todo el día Nemesio no vio ni al ejercito ni algo que le pareciera “sospechoso”. Cuando estaba oscureciendo marcó el número de Catalina y quedaron de verse en el kiosco de la plaza a las ocho.

Se besaron en los labios cuando se vieron y, al desprenderse, Nemesio le presumió su nuevo teléfono a su novia.

Catalina posó para Nemesio. Algunas veces le ganaba la risa porque sus poses le recordaban a las modelos de los catálogos de zapatos. Nemesio hizo lo mismo y se recargó en coches estacionados que le parecían lujosos, mientras Catalina capturaba el momento.

Nemesio la besó de nuevo en los labios, la abrazó por la espalda y se tomaron la penúltima foto en la que saldrían juntos, pues la última sería dos días después.

Su última foto juntos salió en la sección local de varios periódicos. Nemesio aparecía tirado sobre un charco de sangre y a Catalina se le veía al fondo de la imagen, llorando histérica, tratando de acercarse al cuerpo de su amado mientras un policía se lo impedía.

lunes, abril 09, 2012

La mirada del búfalo

No sé cuántos de ustedes hayan estado frente a un búfalo africano. Yo lo estuve antes de cumplir los diez años.

Mi padre trabajaba como veterinario en el zoológico del Parque España, que en aquel tiempo comenzaba a hacerse de una vasta colección de animales.
A mi padre -junto a otros dos médicos y dos cazadores experimentados- le habían encomendado la tarea de capturar a una pareja de búfalos negros para ponerlos en cautiverio en el parque.

Era sábado y salimos muy temprano de casa. Mi padre manejó durante tres horas por carretera y veredas sin pavimentar, siguiendo a una camioneta que arrastraba un enorme remolque gris que levantaba nubes de tierra, hasta que llegamos a una cabaña en un rancho cinegético donde se criaban especies que no eran nativas del estado de Nuevo León.

En la cabaña ya nos esperaba un ranchero que conocía el terreno como la palma de su mano. Mi padre y yo subimos en la caja de su camioneta junto a uno de los cazadores, que cargaba un rifle de dardos tranquilizantes con una solución que minutos antes habían preparado basándose en el peso promedio de los búfalos que habitaban en el lugar.

Sentí una punzada eléctrica en la espalda cuando a lo lejos vi la manada. El ranchero que piloteaba la camioneta hizo una señal con la mano para que nos mantuviéramos sentados, y aceleró a fondo. Mi padre me abrazaba y yo sólo veía nubarrones de tierra roja que revoloteaban y se me metían en la boca. De pronto el suelo comenzó a retumbar, como cuando el cielo ruge anunciando que caerá una tormenta. Sin quitarme el brazo de encima, mi padre me gritó que mirara hacia afuera con mucho cuidado, sin ponerme de pie. Al alzar la cabeza vi pasar una marejada de cornamentas de búfalos negros.

El cazador estaba postrado en un pie y en una rodilla, tratando de mantener el equilibrio, apuntando con el rifle hacia el rebaño. De pronto el estruendo del galope fue disminuyendo a la par de la velocidad del vehículo, que se detuvo entre dos pequeñas lomas con árboles muy altos y matorrales. Atrás de nosotros llegó la camioneta con el remolque gris y más gente. Todos se bajaron de los vehículos gritando y dando indicaciones. Algunos búfalos cambiaron de dirección y empezaron a correr hacia nosotros para tratar de escapar. Todos brincamos de nuevo en las cajas de las camionetas. Mi padre me tomó del brazo y corrimos hasta uno de los montículos donde había una especie de escondite entre la maleza y las ramas de los árboles. Mi papá me dijo que ahí me quedara y que no me moviera y lo vi descender de nuevo para unirse al grupo de hombres que jalaba una soga mientras un búfalo forcejeaba.

De pronto el crujir  de unas ramas secas me advirtió que algo estaba a escasos metros de mí.

Miré hacia la izquierda y, del otro lado de un enorme tronco caído, estaba un búfalo negro. Traté de agazaparme, pero su mirada ejerció sobre mí un poder aterrador y fascinante al mismo tiempo. Le escurría baba  del hocico y de vez en cuando algunas moscas se posaban alrededor de sus ojos. Miré hacia donde estaba mi padre, que seguía forcejeando con el grupo que sostenía la soga, y miré de nuevo al animal, que no me quitaba la vista de encima; imponente.
Yo estaba petrificado. Había leído en un tomo de la enciclopedia Salvat que teníamos en casa que los búfalos eran animales de muy mal carácter y sin depredadores naturales, salvo el león y el cocodrilo.  

La bestia también permanecía inmóvil. Viéndome del otro lado de las raíces del tronco caído con unos ojos tan negros que brillaban como las bolas de boliche. Ahí estábamos los dos observándonos con un silencio cómplice, como si fuéramos de la misma especie. De pronto todo fue paz y el miedo se me quitó. Incluso puedo jurar que el animal me sonrió.

Después, el búfalo hizo un sonido, como un estornudo, y se dio la vuelta y se internó entre los árboles moviendo la cola un par de veces. No sé cuánto tiempo pasó hasta que mi padre subió de nuevo por la colina y me empezó a quitar con las manos unas hojas que se me habían adherido al pantalón. 

Bajamos la pequeña pendiente y corrí al remolque para asomarme. Vi a uno de los búfalos adormecido, pero bufando agitadamente. Sentí mucha pena por él.

Mire hacia la loma, hacia el pequeño escondite con el tronco caído y hacia los alrededores, para ver si veía  otra vez al búfalo que me había enfrentado, pues acababa de comprender lo que me había querido decir con su mirada.

jueves, abril 05, 2012

Tuve otro sueño extraño

Soñé que corría por las calles de la ciudad cargando un montón de papeles entre los brazos. Que no tenía internet en la casa y que por eso había tenido que escribir desesperadamente a mano todo lo que quería decir antes de que se me anudara más tiempo en la garganta.

Alguna vez un maestro me dijo que las hojas de papel son la piel de los árboles que se sacrifican para que nuestras almas se liberen en forma de poemas o garabatos. Me gustó mucho lo que dijo sobre la libertad y los poemas y los garabatos; pero no me gustó esa parte de que los árboles se sacrificaran para eso. Mi maestro notó que se me entristecía el semblante y remató diciendo que ésa también era la forma en que los árboles se liberaban de estar toda su vida en un mismo lugar. Y eso me gustó más.

Seguía corriendo lo más rápido que podía, pues me urgía que mis sentimientos plasmados en papel llegaran a su destino. Corría y corría y de entre las axilas se me escapaban de pronto algunos garabatos y poemas que los árboles recogían con sus ramas y con ellos se cubrían los pedazos donde no tenían corteza.

En eso llegaba a una estación del metro y me tropezaba en las escaleras y todos los papeles se me caían. El convoy del tren subterráneo llegaba envuelto entre chirridos y chispas. Sólo uno de los vagones abría sus puertas y, en el momento en que lo hacía, succionaba con un remolino todas las hojas de papel hacia su interior. Las puertas del vagón se cerraban y el convoy avanzaba hasta perderse en la oscuridad del túnel.

Esperaba el próximo tren para ir detrás de mis pensamientos, pero nunca llegaba. Quise caminar por las vías y cruzar el túnel por donde se habían ido mis sentimientos, pero en ese momento recordé lo que alguna otra vez me dijo el mismo profesor: “Deja tus pensamientos y sentimientos volar. Deja que fluyan y se vayan. No los sigas. Ellos sabrán llegar a quien pertenecen y a quien le pertenecen dará con ellos”.

En eso me desperté. Quise volver a dormirme y soñar lo mismo sólo para estar seguro de que al menos había una persona en la siguiente estación esperando recibirlos.

lunes, abril 02, 2012

Ah, pinchi vieja preguntona

¡Ah, qué pinche preguntona es la señora que me renta el cuarto donde vivo! En serio que es bieeen pinche preguntona. Antes se me hacía bien gacho que su marido y su propio hijo le sacaran la vuelta o le respondieran con cierto hartazgo en su tono de voz cuando la ñora les preguntaba algo, pero neta que ahora los comprendo y hasta los compadezco. 

Y es que uno no puede decirle o preguntarle algo a Mamá Fratelli -recuerden que es idéntica a la villana de la película Los Goonies- porque todo lo responde repitiendo la misma pregunta que uno le hace y, aparte, haciendo más preguntas, pero bien pendejas.

Por ejemplo, la vez pasada necesitaba un trapo húmedo para limpiar una chamarra que se me había manchado y cometí el error de pedirle uno a Mamá Fratelli. Una interacción que pudo haber durado un minuto se tornó una pesadilla de media hora. Esto fue lo que pasó:

-Disculpe, señora: ¿tendrá un trapo que me preste?

 -¿Necesitas un trapo? ¿Para qué necesitas un trapo?

 -Es que se me manchó mi chaqueta.

-¿Se manchó tu chaqueta? ¿De qué se manchó tu chaqueta?

-De comida.

-¿Comiste tacos? (obvio: soy mexicano y para ella debo de comer tacos todos los días)

-Eh… no, sólo se me manchó de comida.

-¿No comiste tacos? ¿Entonces qué comiste para que se te haya manchado?

-Comí sushi.

-¿Sushi? ¿Comiste sushi? ¿Se te manchó de sushi?

-Sí señora, comí sushi… Tendrá un trap…

-¿En dónde comiste sushi?

-Eh… en un restaurante japonés… podría prestarm…

-¿O sea que ya comiste? ¿Ya no vas a cenar?

-Eh… sí, sí voy a cenar… faltan casi 4 horas para la cena. 

-¿Tienes hambre? ¿No comiste suficiente sushi?

-Ahorita no tengo hambre pero en 3 horas tal vez tenga.

-Ok… ¿En México tienen restaurantes japoneses?

-Sí… eh, me podría pres…

- ¿Sí tienen restaurantes japoneses?

-Sí, tenemos muchos… ¿Podría prestarme un tra...

-¿Son igual de costos que aquí, o en México son más baratos?

-Son más baratos. Eeeeh… señora: ¿podría prestarme el trapo que le pedí para limpiar mi chaqueta?

-Oh, sí, deja te lo doy.

Y así hasta el infinito. Todos los días a todas horas. Incluso cuando no le pido nada ella empieza a preguntarme cosas y más cosas. Incluso las más obvias. Por ejemplo, la vez pasada me vio con chamarra de plumas de ganso, orejeras, gorro, bufanda y botas de nieve puestas; y todavía me pregunta: “¿Vas a salir?”. No señora, lo que pasa es que me encanta andar vestido con un chingo de ropa adentro de su casa para cagarme de calor nomás por puro gusto.

Ah, pero ahí no para el asunto. Cuando le respondo que sí, que voy de salida, y ve que tengo mis manos cubiertas con guantes de fibra térmica especial sosteniendo la perilla de la puerta, la señora remata con un: “Está haciendo mucho frío allá afuera”. ¿En seeerio, señora? Yo pensé que estábamos a 40 grados, por eso traigo puestas mis bermudas floreadas, mis chanclas Old Navy de 5 dólares y mi toalla blanca colgando en los hombros, cual suéter de Julio Iglesias.

Confieso que ya de plano perdí la paciencia y trato de evitar a toda costa a Mamá Fratelli. Por eso siempre antes de salir del cuarto abro tantito la puerta y pongo un sombrero en un palo de escoba y lo asomo como carnada, para que Mamá Fratelli se ponga a platicar con el palo con sombrero en lo que yo me escabullo por otro lado. Si todo es silencio en la casa al asomar el palo con sombrero, eso significa que el camino está libre de peligro.

Pero a veces es imposible evitarla. A veces llego a casa después de la escuela y su marido y su hijo están escondidos para no aguantarla, y soy yo el que tiene que hacerla de carne de cañón. Como ya la situación es extrema, lo que ahora hago es fingir que no entiendo lo que me pregunta o le respondo cualquier pendejada, para que pierda la paciencia antes que yo. Por ejemplo, hoy llegué después de la 6 a casa. Al llegar, Mamá Fratelli me esperaba en la cocina, que queda de paso a mi cuarto, y me empezó a bombardear con sus preguntas idiotas:

-Oh, llegaste tarde. ¿A qué se debe que hayas llegado tarde?

-Wachumara la papaya –le respondí.

-¿Cómo?

-Shaka Zulu.

-¿Te fuiste con los amigos de la escuela?

-Shaka kaka titi kaka.

-¿Eh? ¿Qué dices? ¿Te fuiste con los de la escuela?

-Burundango guango.

-¿Entiendes lo que te estoy preguntando?

-Claro que sí, señora.

-Te preguntaba que si te fuiste con tus amigos de la escuela.

-Ah, mis amigos Bunga chaka unga bunga.

-¿Cómo?

-Sí, jajajajaja… así fue. Gracias por preguntar.

-¿Eh? ¿Qué dices?

-….. -y entonces me le quedé viendo en silencio y ella se me quedó viendo con cara de “a este güey ya se le botó la canica o no ha aprendido ni madres de inglés”. Y ya nomás se dio la media vuelta y me dijo:

-La cena va a estar lista en una hora.

Y mi triunfo lo celebré con un grito de guerra digno de un Apache, palmeándome los labios: “¡Ou-ou-ou-ou-ou-ou-ou!”.

Y fue así como me libré de Mamá Fratelli. Por hoy....