miércoles, mayo 02, 2012

Cuando desperté, mi sándwich ya estaba ahí, snif.

Cada mañana que entro en la cocina tengo la esperanza de no encontrar sobre la mesa mi sagrado emparedado (me siento Lorenzo, el esposo de Pepita, diciendo “emparedado”) envuelto en papel aluminio, como vil  lingote de plata arrugado, pero Mamá Fratelli, la vieja que me renta el cuarto donde vivo, es dura de roer. 

Mamá Fratelli se dio cuenta que de un mes a la fecha me he estado levantando más temprano que de costumbre para poder prepararme a mi gusto el sándwich que me llevo a la escuela, pero como eso no lo puede permitir, ahora es ella quien madruga para preparármelo. Neta que no sé si esta ñora tenga complejo de esclava o no entienda que a mí me gusta prepararme mis sándwiches o qué pedo, pero a este ritmo voy a tener que levantarme a las tres o cuatro de la madrugada para que la vieja no meta mano en mi comida. Aunque estoy seguro que si Mamá Fratelli se entera de mi nuevo plan, me va a dejar hecho el sándwich desde las seis de la tarde del día anterior nomás por joderme.
  
Hoy en la mañana tomé el envoltorio brillante que contenía mi “changüis” y, al no escuchar ningún ruido en casa, lo desenvolví, tratando comoquiera de no hacer mucho barullo. Le quité la tapa de arriba, espulgué a ver qué chingados le había puesto, qué no le había puesto y en qué orden había puesto lo que le había puesto, y, obviamente, no estuve satisfecho con el resultado. Fue entonces que saqué más jamón del refrigerador -jamón del bueno, no la pinche mortadela que a veces usa-, partí medio aguacate, rebané un tomate y le puse algunas hojas de espinacas en el pan de abajo (que nunca debe de convertirse en el de arriba). ¡Y que de pronto, a mis espaldas, ¡ahijodelachingada!, se me aparece Mamá Fratelli! Ni el pedo con esencia a faláfel que se me escapó debido al susto la ahuyentó. Me quedé inmóvil. La mujer se acercó más y me miró sospechosamente a los ojos, después vio mis manos embarradas de aguacate y semillas de tomate, volteó a ver el sándwich y me dijo:

-¿Estás rehaciendo tu sándwich? -y casi casi escuché cómo su corazón se quebraba. 

-Eh… Sí… -le dije.

-¿Acaso le faltó algo? -me preguntó.

Quise gritar: “¡Sí, Mamá Fratelli: a mi sándwich le faltó amor y aguacate; mucho amor y mucho aguacate, snif! También le faltó tomate y espinacas; pero sobre todo ¡amooooor!”, y después ponerme a llorar, aventarle el lonche a los pies y salir corriendo, pero no me pareció una actitud madura para una persona de mi edad. Por eso, con la sobriedad de un monje tibetano y sin que el pulso me temblara, seguí poniéndole montañas de aguacate a mi sándwich, y dije:

-No le faltó nada; simplemente mis sándwiches me gustan con más aguacate y con espinacas.

-Ok –me dijo-, así no se echan a perder los aguacates.

Ah, pinchi vieja. Sentí como si me hubiera dicho: “¡Júchile, pinche perro!, cómase todas las sobras para que no se echen a perder”, pero luego pensé que era el primer comentario sensato que le había escuchado decir a Mamá Fratelli en cuatro meses.

Total que ya, salí de casa y corrí por las calles del barrio, con los brazos en alto, sosteniendo mi sándwich envuelto en papel aluminio que destellaba con los rayos del sol, snif. Llegué a la parada (de autobús) y todos se me quedaron viendo y mejor escondí mi sándwich en la mochila porque sus miradas me parecieron sospechosas. Tomé el autobús, me senté y vi que una ancianita se dirigía hacia mí. Entonces hice lo que todo caballero hace: puse mi mochila en un asiento y subí los pies en otro, para que la anciana no se sentara a mi lado. Y después de treinta minutos llegué a la escuela.

Y como ya les había comentado antes, en la escuela de idiomas todos los maestros tienen otros trabajos o aficiones chingonas. Algunos son montañistas, otros son viajeros, otro barmans o cadeneros de antro; Peter es comediante y hay un wey que se llama Luke que siempre pone música de fondo, recomienda bandas o toca una rola con su guitarra antes de empezar cada clase. Luke tiene un grupo que empieza a ser famosón por estos rumbos y se llama Wool and Howl; ha sacado dos discos –uno como banda y otro como solista- y hoy trajo unos discos a la escuela. Le compré los dos porque tenemos gustos musicales similares y ya había escuchado algunas de sus rolas. Al salir de clases le comenté que el arte de ambos discos me había gustado mucho. Le dije que yo era dibujante, le enseñé algo de mi trabajo, se emocionó y me dijo que mañana jueves, a las cuatro, estaba invitado a hacer unas pruebas para el arte de su nuevo disco. ¡Ajúa!
Y para celebrar algo que todavía no sé si es un hecho, les dejo algunas fotos que he tomado. Saludos.

miércoles, abril 25, 2012

Onírica

A veces sueño con desconocidos.

Sé que algunos de ellos pudieran ser individuos que vi en algún lugar durante el día y no les puse mucha atención, y  que su imagen se me queda grabada en el subconsciente y brota mientras duermo

Pero también pudiera ser otra cosa: que sea en mis sueños donde veo por primera vez a esas personas.

Es fácil soñar más de una vez con alguien a quien conoces en vivo, pero volver a soñar con alguien que conociste en tus sueños es casi imposible. Por tal motivo ni siquiera nos tomamos la molestia de imaginar que pudiéramos coincidir en la vida real con alguien que sólo existe en sueños.

Yo quiero pensar distinto. Quiero pensar que cada que sueño con alguien que no conozco, existe. Que no es un invento mío. Que existe en algún lugar o tiempo remoto, pero existe.

Hace algunos meses soñé con una mujer de ojos grandes y cabellos negros. No volví a soñar con ella hasta hace poco. La reconocí en mi sueño, pero estoy seguro que nunca la he visto en la vida real. Apareció de repente en la copa de un árbol mientras me soñaba corriendo sobre las ramas entrelazadas de un bosque.  

Si ella existe quiero pensar que le ha pasado lo mismo: que de pronto tuvo un sueño donde apareció un extraño en el lugar más extraño y que, después de algún tiempo, volvió a soñar con él. Quiero pensar que mi sueño no fue mío, sino el sueño de ella, y viceversa.

Imagino que al despertar, después de soñarla, ella empieza a soñar donde yo me quedé. Imagino que se imagina que hubo alguien soñando lo mismo que ella y que ese extraño no existe nada más en su cabeza. Quiero imaginar que en el fondo siente que, así como coinciden en sueños, podrían coincidir fuera de ellos.

jueves, abril 19, 2012

Las piedras chocando se encuentran

Ya empezó el curso de primavera en la escuela de artes y el primer día de clases tuvimos enfrente a una modelo encuerada que posaba de muchas formas.

Sí, yo sé que esto suena tan  glamoroso como una película de Hollywood y que quisieran que hubiera tomado fotos y que me imaginan como a Leonardo Di Caprio dibujando a capela a Kate Winslet en Titanic; o, mejor aún: como a Ethan Hawke dibujando en pelotas a Gwyneth Paltrow en Great Expectatios, pero la realidad fue más triste, ¡snif! La modelo era una señora como de unos 45 años, toda gordilla y aguada, pero le echaba ganas y se encueraba sin pena y posaba como si fuera la vieja más buena del universo. Ese día fui el primero en llegar -pensé que la clase era más temprano- y me aventé como treinta dibujos y me encargaron hacer otros tantos. 

Las clases terminan a las diez de la noche y la modelo siempre se retira con la frente en alto. No sé si sea la novia o esposa del maestro o nomás sean buenos amigos, porque siempre se van juntos. A veces yo me quedo un poco más tarde, corrigiendo algunos ejercicios o pendejeando en los estudios hasta que cierran el edificio. Al salir compro un té frío en un local que está a un lado de la escuela y camino sobre la avenida Spadina. Cruzo el barrio chino hasta llegar a la estación del metro que hace interconexión con la línea que corre de este a oeste. Sólo tomo el tranvía rumbo al norte cuando traigo algo para leer en la mochila o cuando de plano ya es muy tarde y quiero llegar a dormir.

También ya empezó el taller literario en la Universidad de Toronto, en un campus que está frente a la biblioteca más grande del país, según me dijeron. El edificio está en una calle muy arbolada donde la mayoría de la gente anda en bicicleta y se antoja andar en bicicleta ahora que el clima está mejorando. De hecho, ya me metí al Internet a buscar bicicletas usadas en venta. No están tan caras: rondan entre los 50 y los 100 dólares. A ver si para mayo me hago de una. 

En el taller literario me encargan leer y escribir muchas cosas y a veces se me tapa el cerebro porque estoy pensando en todo lo que tengo que hacer para la escuela de idiomas, para la escuela de artes, para el taller literario y para el periódico en el que sigo trabajando en México. Entonces aprovecho los espacios y tiempos muertos para destaparme el cerebro y pensar y sentir otra cosa que no sea en lo que tengo que hacer. Algo que reacomode mis ideas y emociones fuera del mundo real y los mande a una utopía aunque sea sólo por unos minutos. Y siempre me funciona.

Por ejemplo, hace poco, mientras viajaba en el vagón del metro y ocupaba mi cabeza pensando en alguien, se me ocurrió que eso de “las parejas perfectas” era algo tan primitivo –y a la vez tan lógico- como dos piedras que necesitan chocar para hacer fuego. No con cualquier par de piedras se puede hacer lumbre. Una piedra tiene que ser un sílex y la otra tiene que ser ferrosa, para que salten chispas. Y pensé que así pasa cuando dos personas creen enamorarse y deciden estar juntas. Pasa que a veces, por más que froten y froten y lo quieran y lo deseen, no sacarán ni una chiribita de luz. Y que la naturaleza es tan sabia que hasta ese principio lo aplicó en nosotros y no podemos torcerlo ni forzarlo. Somos tan primitivos y tan básicos en algo que creemos tan complicado e irracional como lo que llaman “amor”.

Y también pensé que aparte de primitivos y básicos, somos ignorantes y antinaturales, pues casi nadie sabe de dónde viene ni para dónde va ni de qué está hecho. Y entonces buscamos lo que no debemos porque nos olvidamos de nuestra esencia y encontramos lo que creemos que andamos buscando y queremos forzar las cosas a que tomen un curso que creemos natural cuando hemos olvidado ese curso. 

Yo lo que creo es que todo está en el aire. No arriba ni abajo, sino rodeándonos. Que no importa si está lejos, o detrás de un monitor, o detrás del aparador de una boutique, o del vidrio en la caja de un banco. Ahí siempre hay algo esperando hacer chispas. Incluso puede estar a tu lado, pero si olvidaste algo tan básico como dos minerales que chocan para hacer fuego, nunca lo verás, y te la pasarás tratando de hacer fuego con dos pedruscos de lodo endurecidos por el sol.

Uno tiene que ser sabio, como la naturaleza -como su naturaleza-, y despertar ese principio mineral de percusión. Porque cuando esté despierto, las cosas simplemente sucederán, y, cuando sucedan, lloverán centellas. Si sospechabas esto que digo, sabrás que estás a punto de ser abrazado por un fuego tan intenso que no consume y que no querrás que se extinga jamás.

viernes, abril 13, 2012

La historia de amor que jamás pudo ser

Es la estación más fría del año y Jaime Jiménez no tiene el valor de meterse en la regadera.

Se olfatea los sobacos, se pone mucha loción y la chamarra azul de plumas de ganso. Se prepara un bocadillo, lo mete en la mochila y camina hacia la estación de trenes más cercana. Nunca imaginó estar tan lejos de casa.

El sándwich de atún ya tiene humedecida una de sus tapas. Jaime desprende con cuidado y a pedacitos la servilleta pegada al pan. Le da varias mordidas y tira el resto en el contenedor de basura en donde hurga una ardilla. El tren llega un minuto antes de lo anunciado en la pizarra.

Jaime toma asiento junto a la ventana, de espaldas al paisaje. Él dice que lo hace para sentir que va dejando todo atrás, pero la verdad es que siempre ha tenido miedo a un choque frontal. Según las estadísticas tienen más probabilidad de sobrevivir los pasajeros que se sientan como él. Se escucha el ruido de los mecanismos hidráulicos y los vagones avanzan.

Es la estación más calurosa del año y Jimena Jaimes se da el segundo regaderazo del día.

Se viste de prisa, bebe los restos de un jugo de naranja con hielos, desconecta todos los aparatos eléctricos y sale de casa arrastrando una enorme maleta para tomar un taxi al aeropuerto. Nunca imaginó tener el valor para emprender un viaje tan largo.

Jimena pide un sándwich de pavo en el restaurante de la terminal C. Derrama accidentalmente su vaso y el agua moja una de las tapas del pan. El mesero pasa un trapo por la mesa y le retira el plato sin antes preguntar si seguirá comiéndolo. Se pone de pie, paga la cuenta y se mete en el baño un minuto antes de que anuncien su vuelo por los altavoces.

Jimena se sienta a un lado de la ventanilla, atrás de una de las salidas de emergencia. Según las estadísticas, los pasajeros que se sientan cerca de éstas tienen las mismas probabilidades de morir que el resto. Se escucha el ruido de las turbinas y los timbres que indican abrocharse el cinturón y no fumar. Jimena mira hacia abajo y piensa en todo lo que está dejando atrás; levanta la vista y piensa en todo lo que la puede estar esperando.

En algún momento ese día, Jaime y Jimena coinciden en el mismo aeropuerto. Él tomará su primer avión y ella tomará un taxi a la estación de trenes más cercana. No se conocen. Nunca se han visto. Coinciden un par de segundos cuando pasan uno a un lado del otro. Se ven a los ojos cuando el aroma de su loción le trae un recuerdo. Y cada quien sigue su camino.

Si la vida fuera más justa en cuestión de coincidencias, quizás la suya habría sido la historia de amor más bonita del mundo.

jueves, abril 12, 2012

Vlatko y Max Phillipe son los primeros amigos que hice cuando llegué a Toronto. Los conocí en la clase de las diez el primer día de clases. Vlatko es de Croacia y Max Phillipe es de Benín.  El martes fue su último día en la escuela de idiomas. Vlatko posiblemente se case con su novia canadiense y se vayan a vivir a un poblado a dos horas de Toronto. Max Phillipe se regresa a Paris -donde vive su familia- este fin de semana.

Pareciera que aquí no se pueden hacer amistades duraderas porque casi todos vienen de paso. Apenas empiezas a conocer y a apreciar a alguien y se va. “Así lleves 5 años viviendo aquí, aclimatado a la mezcla de culturas y con amigos de todas partes del mundo, terminas regresando al suelo en que naciste”, me dijo un amigo –así quiero llamarlo aunque tenga poco de conocerlo- que lleva un lustro viviendo en este país y se regresa a México en agosto. “Yo lo veo como si me hubiera pasado lo mismo que le pasó a Siddhartha, el del libro de Hermann Hesse: enfrenté al mundo para encontrar que lo que buscaba estaba dentro de mí y lo que está dentro de mí está en mi origen”.  Platicamos un rato sobre el libro -uno de nuestros favoritos- sobre la metáfora del río y sobre la búsqueda de uno mismo. Y prosiguió: “Me tomó 5 años darme cuenta que lo que buscaba estaba dentro de mí. Quizás en México no lo hubiera descubierto. Tenía que venir hasta acá para darme cuenta de eso y ahora que lo sé es tiempo de regresar, estén como estén las cosas, porque  ahora soy más sabio al haberlo descubierto”. Tal vez tenga razón. Sus palabras me recordaron a las del Filósofo de Cantina y el Filósofo de Cantina siempre tiene razón.

He comenzado a hacer nuevos amigos. Desde que empezó la temporada de béisbol, hace una semana, las clases de mi maestro Peter son en el bar que está a un lado de la escuela. Peter dice que si aprendemos la terminología del béisbol aprenderemos a hablar mejor el inglés, pues ésta se aplica todos los días en cualquier contexto: first base, homerun, off base, strike, swing, etcétera. También hemos ido a sus shows de stand-up comedy. La última vez se presentó en The Hot Box, un pequeño lugar en Kensington Marquet donde está prohibida la venta de tabaco y alcohol, pero se puede fumar marihuana siempre y cuando cada quien lleve lo suyo. Suena escabroso viniendo de un país donde se supone que están matando por plantitas prohibidas y drogas sintéticas, pero el lugar es tan tranquilo que raya en lo aburrido.

Al terminar el show de mi maestro, salimos del lugar y caminamos calle arriba buscando algún bar donde pudiéramos beber algunas cervezas. Cuando algunos alumnos le preguntaron a Peter cómo en un lugar que tiene revocada su licencia para vender alcohol y cigarros, en un país donde está prohibida la marihuana, se puede fumar marihuana; ni él mismo supo cómo explicarlo. “Aquí en Canadá no necesitamos mafia”, nos dice con las manos en los bolsillos de su chaqueta. “El gobierno es la mafia; lo controla todo: el juego, el sistema de salud, las bibliotecas, el transporte público, el alcohol, las drogas e incluso a los indigentes, a quienes prefiere darles dinero porque sale más barato eso a que anden delinquiendo. Y así funciona casi a la perfección este sistema; y así nos respetamos unos a otros y así vivimos en paz y, a pesar de ese control gubernamental, somos libres. Es una libertad curiosa, pues sabes que siempre hay alguien ahí viéndote, vigilándote; pero eso te da tranquilidad y la tranquilidad te da libertad”.

Llegamos al bar, pedimos un par de jarras de cerveza y bebemos y platicamos hasta las 2 de la madrugada. Tomamos el tranvía hacia el sur, rumbo al lago Ontario. A mí me da flojera regresar hasta el cuarto que rento y me quedo a dormir en el departamento de dos nuevos amigos que tal vez se vayan en 3 meses. Despierto y me topo con esta vista que me trae más preguntas que respuestas.

martes, abril 10, 2012

Su última foto juntos

Nemesio recibió el teléfono mientras barría la banqueta de adoquines frente al Palacio Municipal.

-Y ya sabes: si ves al ejército patrullando o algo sospechoso, nos mandas una alerta en chinga -le dijo el copiloto de la lujosa camioneta negra.

Nemesio asintió con un “sí, mi comandante”. El hombre subió la ventana polarizada y el vehículo arrancó rechinando las llantas.

En todo el día Nemesio no vio ni al ejercito ni algo que le pareciera “sospechoso”. Cuando estaba oscureciendo marcó el número de Catalina y quedaron de verse en el kiosco de la plaza a las ocho.

Se besaron en los labios cuando se vieron y, al desprenderse, Nemesio le presumió su nuevo teléfono a su novia.

Catalina posó para Nemesio. Algunas veces le ganaba la risa porque sus poses le recordaban a las modelos de los catálogos de zapatos. Nemesio hizo lo mismo y se recargó en coches estacionados que le parecían lujosos, mientras Catalina capturaba el momento.

Nemesio la besó de nuevo en los labios, la abrazó por la espalda y se tomaron la penúltima foto en la que saldrían juntos, pues la última sería dos días después.

Su última foto juntos salió en la sección local de varios periódicos. Nemesio aparecía tirado sobre un charco de sangre y a Catalina se le veía al fondo de la imagen, llorando histérica, tratando de acercarse al cuerpo de su amado mientras un policía se lo impedía.

lunes, abril 09, 2012

La mirada del búfalo

No sé cuántos de ustedes hayan estado frente a un búfalo africano. Yo lo estuve antes de cumplir los diez años.

Mi padre trabajaba como veterinario en el zoológico del Parque España, que en aquel tiempo comenzaba a hacerse de una vasta colección de animales.
A mi padre -junto a otros dos médicos y dos cazadores experimentados- le habían encomendado la tarea de capturar a una pareja de búfalos negros para ponerlos en cautiverio en el parque.

Era sábado y salimos muy temprano de casa. Mi padre manejó durante tres horas por carretera y veredas sin pavimentar, siguiendo a una camioneta que arrastraba un enorme remolque gris que levantaba nubes de tierra, hasta que llegamos a una cabaña en un rancho cinegético donde se criaban especies que no eran nativas del estado de Nuevo León.

En la cabaña ya nos esperaba un ranchero que conocía el terreno como la palma de su mano. Mi padre y yo subimos en la caja de su camioneta junto a uno de los cazadores, que cargaba un rifle de dardos tranquilizantes con una solución que minutos antes habían preparado basándose en el peso promedio de los búfalos que habitaban en el lugar.

Sentí una punzada eléctrica en la espalda cuando a lo lejos vi la manada. El ranchero que piloteaba la camioneta hizo una señal con la mano para que nos mantuviéramos sentados, y aceleró a fondo. Mi padre me abrazaba y yo sólo veía nubarrones de tierra roja que revoloteaban y se me metían en la boca. De pronto el suelo comenzó a retumbar, como cuando el cielo ruge anunciando que caerá una tormenta. Sin quitarme el brazo de encima, mi padre me gritó que mirara hacia afuera con mucho cuidado, sin ponerme de pie. Al alzar la cabeza vi pasar una marejada de cornamentas de búfalos negros.

El cazador estaba postrado en un pie y en una rodilla, tratando de mantener el equilibrio, apuntando con el rifle hacia el rebaño. De pronto el estruendo del galope fue disminuyendo a la par de la velocidad del vehículo, que se detuvo entre dos pequeñas lomas con árboles muy altos y matorrales. Atrás de nosotros llegó la camioneta con el remolque gris y más gente. Todos se bajaron de los vehículos gritando y dando indicaciones. Algunos búfalos cambiaron de dirección y empezaron a correr hacia nosotros para tratar de escapar. Todos brincamos de nuevo en las cajas de las camionetas. Mi padre me tomó del brazo y corrimos hasta uno de los montículos donde había una especie de escondite entre la maleza y las ramas de los árboles. Mi papá me dijo que ahí me quedara y que no me moviera y lo vi descender de nuevo para unirse al grupo de hombres que jalaba una soga mientras un búfalo forcejeaba.

De pronto el crujir  de unas ramas secas me advirtió que algo estaba a escasos metros de mí.

Miré hacia la izquierda y, del otro lado de un enorme tronco caído, estaba un búfalo negro. Traté de agazaparme, pero su mirada ejerció sobre mí un poder aterrador y fascinante al mismo tiempo. Le escurría baba  del hocico y de vez en cuando algunas moscas se posaban alrededor de sus ojos. Miré hacia donde estaba mi padre, que seguía forcejeando con el grupo que sostenía la soga, y miré de nuevo al animal, que no me quitaba la vista de encima; imponente.
Yo estaba petrificado. Había leído en un tomo de la enciclopedia Salvat que teníamos en casa que los búfalos eran animales de muy mal carácter y sin depredadores naturales, salvo el león y el cocodrilo.  

La bestia también permanecía inmóvil. Viéndome del otro lado de las raíces del tronco caído con unos ojos tan negros que brillaban como las bolas de boliche. Ahí estábamos los dos observándonos con un silencio cómplice, como si fuéramos de la misma especie. De pronto todo fue paz y el miedo se me quitó. Incluso puedo jurar que el animal me sonrió.

Después, el búfalo hizo un sonido, como un estornudo, y se dio la vuelta y se internó entre los árboles moviendo la cola un par de veces. No sé cuánto tiempo pasó hasta que mi padre subió de nuevo por la colina y me empezó a quitar con las manos unas hojas que se me habían adherido al pantalón. 

Bajamos la pequeña pendiente y corrí al remolque para asomarme. Vi a uno de los búfalos adormecido, pero bufando agitadamente. Sentí mucha pena por él.

Mire hacia la loma, hacia el pequeño escondite con el tronco caído y hacia los alrededores, para ver si veía  otra vez al búfalo que me había enfrentado, pues acababa de comprender lo que me había querido decir con su mirada.

jueves, abril 05, 2012

Tuve otro sueño extraño

Soñé que corría por las calles de la ciudad cargando un montón de papeles entre los brazos. Que no tenía internet en la casa y que por eso había tenido que escribir desesperadamente a mano todo lo que quería decir antes de que se me anudara más tiempo en la garganta.

Alguna vez un maestro me dijo que las hojas de papel son la piel de los árboles que se sacrifican para que nuestras almas se liberen en forma de poemas o garabatos. Me gustó mucho lo que dijo sobre la libertad y los poemas y los garabatos; pero no me gustó esa parte de que los árboles se sacrificaran para eso. Mi maestro notó que se me entristecía el semblante y remató diciendo que ésa también era la forma en que los árboles se liberaban de estar toda su vida en un mismo lugar. Y eso me gustó más.

Seguía corriendo lo más rápido que podía, pues me urgía que mis sentimientos plasmados en papel llegaran a su destino. Corría y corría y de entre las axilas se me escapaban de pronto algunos garabatos y poemas que los árboles recogían con sus ramas y con ellos se cubrían los pedazos donde no tenían corteza.

En eso llegaba a una estación del metro y me tropezaba en las escaleras y todos los papeles se me caían. El convoy del tren subterráneo llegaba envuelto entre chirridos y chispas. Sólo uno de los vagones abría sus puertas y, en el momento en que lo hacía, succionaba con un remolino todas las hojas de papel hacia su interior. Las puertas del vagón se cerraban y el convoy avanzaba hasta perderse en la oscuridad del túnel.

Esperaba el próximo tren para ir detrás de mis pensamientos, pero nunca llegaba. Quise caminar por las vías y cruzar el túnel por donde se habían ido mis sentimientos, pero en ese momento recordé lo que alguna otra vez me dijo el mismo profesor: “Deja tus pensamientos y sentimientos volar. Deja que fluyan y se vayan. No los sigas. Ellos sabrán llegar a quien pertenecen y a quien le pertenecen dará con ellos”.

En eso me desperté. Quise volver a dormirme y soñar lo mismo sólo para estar seguro de que al menos había una persona en la siguiente estación esperando recibirlos.

lunes, abril 02, 2012

Ah, pinchi vieja preguntona

¡Ah, qué pinche preguntona es la señora que me renta el cuarto donde vivo! En serio que es bieeen pinche preguntona. Antes se me hacía bien gacho que su marido y su propio hijo le sacaran la vuelta o le respondieran con cierto hartazgo en su tono de voz cuando la ñora les preguntaba algo, pero neta que ahora los comprendo y hasta los compadezco. 

Y es que uno no puede decirle o preguntarle algo a Mamá Fratelli -recuerden que es idéntica a la villana de la película Los Goonies- porque todo lo responde repitiendo la misma pregunta que uno le hace y, aparte, haciendo más preguntas, pero bien pendejas.

Por ejemplo, la vez pasada necesitaba un trapo húmedo para limpiar una chamarra que se me había manchado y cometí el error de pedirle uno a Mamá Fratelli. Una interacción que pudo haber durado un minuto se tornó una pesadilla de media hora. Esto fue lo que pasó:

-Disculpe, señora: ¿tendrá un trapo que me preste?

 -¿Necesitas un trapo? ¿Para qué necesitas un trapo?

 -Es que se me manchó mi chaqueta.

-¿Se manchó tu chaqueta? ¿De qué se manchó tu chaqueta?

-De comida.

-¿Comiste tacos? (obvio: soy mexicano y para ella debo de comer tacos todos los días)

-Eh… no, sólo se me manchó de comida.

-¿No comiste tacos? ¿Entonces qué comiste para que se te haya manchado?

-Comí sushi.

-¿Sushi? ¿Comiste sushi? ¿Se te manchó de sushi?

-Sí señora, comí sushi… Tendrá un trap…

-¿En dónde comiste sushi?

-Eh… en un restaurante japonés… podría prestarm…

-¿O sea que ya comiste? ¿Ya no vas a cenar?

-Eh… sí, sí voy a cenar… faltan casi 4 horas para la cena. 

-¿Tienes hambre? ¿No comiste suficiente sushi?

-Ahorita no tengo hambre pero en 3 horas tal vez tenga.

-Ok… ¿En México tienen restaurantes japoneses?

-Sí… eh, me podría pres…

- ¿Sí tienen restaurantes japoneses?

-Sí, tenemos muchos… ¿Podría prestarme un tra...

-¿Son igual de costos que aquí, o en México son más baratos?

-Son más baratos. Eeeeh… señora: ¿podría prestarme el trapo que le pedí para limpiar mi chaqueta?

-Oh, sí, deja te lo doy.

Y así hasta el infinito. Todos los días a todas horas. Incluso cuando no le pido nada ella empieza a preguntarme cosas y más cosas. Incluso las más obvias. Por ejemplo, la vez pasada me vio con chamarra de plumas de ganso, orejeras, gorro, bufanda y botas de nieve puestas; y todavía me pregunta: “¿Vas a salir?”. No señora, lo que pasa es que me encanta andar vestido con un chingo de ropa adentro de su casa para cagarme de calor nomás por puro gusto.

Ah, pero ahí no para el asunto. Cuando le respondo que sí, que voy de salida, y ve que tengo mis manos cubiertas con guantes de fibra térmica especial sosteniendo la perilla de la puerta, la señora remata con un: “Está haciendo mucho frío allá afuera”. ¿En seeerio, señora? Yo pensé que estábamos a 40 grados, por eso traigo puestas mis bermudas floreadas, mis chanclas Old Navy de 5 dólares y mi toalla blanca colgando en los hombros, cual suéter de Julio Iglesias.

Confieso que ya de plano perdí la paciencia y trato de evitar a toda costa a Mamá Fratelli. Por eso siempre antes de salir del cuarto abro tantito la puerta y pongo un sombrero en un palo de escoba y lo asomo como carnada, para que Mamá Fratelli se ponga a platicar con el palo con sombrero en lo que yo me escabullo por otro lado. Si todo es silencio en la casa al asomar el palo con sombrero, eso significa que el camino está libre de peligro.

Pero a veces es imposible evitarla. A veces llego a casa después de la escuela y su marido y su hijo están escondidos para no aguantarla, y soy yo el que tiene que hacerla de carne de cañón. Como ya la situación es extrema, lo que ahora hago es fingir que no entiendo lo que me pregunta o le respondo cualquier pendejada, para que pierda la paciencia antes que yo. Por ejemplo, hoy llegué después de la 6 a casa. Al llegar, Mamá Fratelli me esperaba en la cocina, que queda de paso a mi cuarto, y me empezó a bombardear con sus preguntas idiotas:

-Oh, llegaste tarde. ¿A qué se debe que hayas llegado tarde?

-Wachumara la papaya –le respondí.

-¿Cómo?

-Shaka Zulu.

-¿Te fuiste con los amigos de la escuela?

-Shaka kaka titi kaka.

-¿Eh? ¿Qué dices? ¿Te fuiste con los de la escuela?

-Burundango guango.

-¿Entiendes lo que te estoy preguntando?

-Claro que sí, señora.

-Te preguntaba que si te fuiste con tus amigos de la escuela.

-Ah, mis amigos Bunga chaka unga bunga.

-¿Cómo?

-Sí, jajajajaja… así fue. Gracias por preguntar.

-¿Eh? ¿Qué dices?

-….. -y entonces me le quedé viendo en silencio y ella se me quedó viendo con cara de “a este güey ya se le botó la canica o no ha aprendido ni madres de inglés”. Y ya nomás se dio la media vuelta y me dijo:

-La cena va a estar lista en una hora.

Y mi triunfo lo celebré con un grito de guerra digno de un Apache, palmeándome los labios: “¡Ou-ou-ou-ou-ou-ou-ou!”.

Y fue así como me libré de Mamá Fratelli. Por hoy....

miércoles, marzo 28, 2012

Las fotos que tomo en sueños o los sueños que tomo en fotos


A veces tengo fotos que se parecen a mis sueños... o sueños que se parecen a mis fotos. Ya ni sé.

Es algo que me saca mucho de onda, pues pareciera que mis sueños se basan en las fotos que tomo o, todavía más loco: que las fotos que tengo las tomé en algún sueño.

Por ejemplo: anoche soñé que viajaba hacia el norte.

Quería ver narvales y auroras boreales.

Gente que nunca había visto me decía que en el norte el frío gangrena la carne.

Pero a mí no me importaba porque ni los conocía y por esa razón no creía lo que decían.

También pensé que aunque fuera cierto valía la pena morir viendo narvales y auroras boreales.

De pronto me vi caminando en una tormenta de nieve.

Las ráfagas heladas me elevaban de vez en cuando por los aires, sobre las copas de un pinar.

La gorra de mi chamarra me servía como vela para no perder el rumbo.

De pronto empezaban a encenderse luces por todos lados. Como chispas entre el bosque.

Eran tantos los destellos que el cielo se ponía de color anaranjado y luego verde y luego azul y rojo y morado.

En eso la nieve se convertía en agua pero yo no me hundía. Estaba encima de un narval.

Y aparecían narvales por todos lados. Muchos narvales.

Todos asomaban sus cuernos afuera del agua, como en una ceremonia, y la aurora boreal resplandecía en ellos.

De repente todo desaparecía. Me quedaba solo en una llanura gélida. Como en otros sueños que he tenido y como en muchas fotos que he tomado.

No importa que sueñe con narvales y auroras boreales; no importa que sueñe las cosas más increíbles o románticas o absurdas. Últimamente todos mis sueños terminan en ese llano blanco en el que a veces salgo retratado.

No sé si mis sueños se basen en algún sentimiento o si mis sentimientos se basan en algún sueño. Ambos se parecen cuando no podemos descifrarlos.

Al igual que no he podido descifrar si las fotos las tomo en sueños o los sueños los tomo en fotos.

jueves, marzo 22, 2012

Mi rentera

No extraño a mis clientes y sus excentricidades –por no decir “y sus mamadas”- porque la señora que me renta el cuarto donde vivo es igual de insoportable que ellos.

Es una señora como de unos 50 años, pero parece de 70. La mujer siempre trae la misma ropa puesta, siempre dice que está enferma, camina arrastrando los pies y se parece físicamente a Mamá Fratelli, la villana de la película Los Goonies, detalle que la hace ver todavía más graciosa de lo que está y ser más insoportable de lo que es. Aquí se las presento. En serio que es igualita:


He de mencionar que para esta señora todo es un estereotipo erróneo. Por ejemplo: si soy mexicano, por regla general debo de comer hartos burritos; por lo que la semana pasada la señora compró unos burritos de microondas que nomás de verlos deduje que estaban bien pinches horrorosos.

Como soy un caballero, no quise hacerles el feo y parecer un malagradecido, lo que me llevó a pensar que quizás los burritos mejorarían su sabor y consistencia si los ponía un rato en un sartén y esperaba a que la tortilla se dorara un poco, como le hace uno cuando calienta los tamales con todo y hoja sobre un comal.

Total que ahí estaba yo, calentando mis burritos de "microwey", cuando de repente se me apareció Mamá Fratelli por la espalda, quien, al verme haciendo aquello, me dijo que no, que esos burritos no se calentaban así, que se calientan en el microondas porque eso dice en el envoltorio. Y por más que le decía que en México así se calientan las tortillas y los tacos, no sacaba de su necedad a la pinche vieja, que me insistía en que las tortillas y los burritos se calientan en el microondas y no en un sartén, que porque "un mexicano" le había dicho que así se queman, y que en el microondas no se queman y aparte se calienta lo que tienen adentro.

Es fecha que los pinches burritos siguen ahí en el congelador, esperando a que algún valiente se los trague.

Otro inconveniente que tengo de vivir en esta casa es que no me gusta que me preparen mi comida, y a esta señora -cuando no compra comida congelada- le encanta prepararme el desayuno, la comida y la cena. Neta que ya no hallo cómo decirle de la manera más educada que vaya mejor a chingar a su madre y me deje a mí solito prepararme mis sagrados alimentos, snif.

Desde que vivo solo desarrollé esta manía de que nadie toque mi comida; sólo mi mamá y mi abuela tenían permitido eso por el hecho de ser ellas y por tener excelente sazón, virtud de la cual carece mi rentera.

Y aclaro que no le tengo miedo a los gérmenes ni me imagino a Mamá Fratelli rascándose la covacha antes de tocar la comida que me voy a comer; no, para nada, lo que pasa es que la gente no sabe –por ejemplo- la cantidad exacta de mayonesa -según yo- que debe de llevar un sándwich, o la cantidad exacta de aceite y ajo -según yo- que se necesita para cocinar un filete de pescado; y eso me enloquece. La gente no sabe el orden de las carnes frías y el queso para que un sándwich tenga armonía, ni la forma, el tamaño y la consistencia que deben de tener las rebanadas de aguacate para poder acomodarlas ordenadamente en la tapa de un pan. Tampoco saben cómo poner la lechuga y las espinacas entre el queso y el jamón para que el pan no se moje, ni el tamaño que deben de tener los cuadritos de chile, tomate y cebolla para hacer un pico de gallo que sepa más a tomate y menos a cebolla. Y esos detalles, que si no los hago yo no me laten y la comida me sabe distinta; detallitos que cualquier loquito no peligroso como yo toma en cuenta al momento de preparar los alimentos a su modo, pues es el único modo correcto que existe, snif.

Total que lo que hice para evitar que la señora me dejara de preparar el desayuno y la comida –la cena no puedo evitar que la prepare, pues a esa hora no estoy en casa- fue empezar a levantarme más temprano, antes de que Mamá Fratelli se levante de sus aposentos y se ponga a cocinar. El pedo es que cada que me ve en la cocina me dice que me siente, que ella me prepara el desayuno y la comida que me llevaré a la escuela, y si no le hago caso me pregunta que si no me gusta cómo cocina, que si yo sé cocinar, que en México quién me cocinaba y bla bla bla, y la neta no me gusta hablar con ella porque hace muchas preguntas muy pendejas y como que no piensa mucho.

Por ejemplo, hace poco no pude despertarme más temprano que ella y mi desayuno ya estaba en la mesa –un huevo con rebanadas de jamón más grandes de lo normal, al que obviamente no le puso ni chile ni tomate ni cebolla- y mi comida ya estaba guardada en una bolsa de plástico. Abrí la bolsa de plástico para ver qué era. Ya que no podía salvar el desayuno, de perdido ver si podía salvar o mejorar la comida. Era una mandarina, una manzana, una bolsa con almendras y un sándwich de carnes frías. Espulgué el sándwich y me pareció justa la cantidad de rebanadas de jamón y de queso, al igual que su acomodo; lo que no me pareció es que el sándwich tenía sólo como 4 pinchurrientas rebanadas de aguacate. Me paré de la mesa, abrí el refrigerador, la ñora se me apareció a mis espaldas, me sacó un pedo y me dijo:

-¿Qué buscas?

-El aguacate.

-¿Le vas a poner aguacate a tu huevo?

-No, le voy a poner aguacate al sándwich que me voy a llevar a la escuela.

-Pero ya le puse aguacate a tu sándwich.

-Sí, pero le quiero poner más.

-Pero ya le puse. Ya tiene aguacate.

-Eeeeh, sí... ya sé... pero...

Me quedé mudo. No sabía si me estaba cobrando el aguacate o qué pedo, pero pues fue lo primero que sospeché. Entonces le dije:

-Puedo pagarle los aguacates. ¿Cuánto le costaron?

La señora como que se sacó de onda con mi comentario y me dijo:

-No, esa comida la compro con lo que me pagas de renta. No tienes que pagarme nada extra. Puedes tomar lo que quieras -me dijo.

-¿Entonces puedo ponerle más aguacate a mi sándwich si quiero? –le pregunté.

-Claro... pero ya le puse –me respondió. Y de ahí no la saqué.

Total que agarré el aguacate, caminé al refrigerador, abrí la puerta y lo volví a poner en su lugar. ¡¿Y qué creen que me dijo la pinnnche vieja?!

-¿Pues no que le ibas a poner más aguacate a tu sándwich?

¡Ahi-ja-de-la-chin-gaaa-da!… Abrí el refri, saqué otra vez el aguacate, lo partí en rebanadas y le puse una montañota del fruto de la persea americana (aguacate) a mi sándwich. Volví a envolverlo en el aluminio, lo metí en la bolsa de plástico y me comí mis huevos con jamón que ya estaban casi fríos. Y en eso, la ñora salió con uno de sus estereotipos:

-Vaya, no sabía que a los mexicanos les gustara tanto el aguacate.

-Eeeeh... pues no sé si a todos los mexicanos les guste el aguacate; pero a mí sí me gusta mucho –le respondí, y me terminé los huevos fríos en silencio.

Ya ni los quise calentar porque cuando caliento comida en el microondas pasa lo mismo. La ñora me sale con un: “Pero está caliente, la acabo de preparar”, y yo le digo: “Sí, pero a mí me gusta más caliente”, y ella me dice: “¿Más caliente?", y yo le digo: “Sí, señora, más caliente”, y ella sale con su maquinita estereotipadora y me dice: “Vaya, a los mexicanos les gusta su comida muy caliente”, y ya mejor me quedo callado porque nunca llego a nada.
Y ya también mejor les sigo contando otro día sobre mi rentera porque si le sigo ahorita se me va a botar el ombligo del pinche coraje.

miércoles, marzo 14, 2012

La noche que fui espía del gobierno

La noche del viernes caminaba de regreso a casa cuando decidí meterme en un lugar que desde que llegué a Toronto llamó mi atención. Y no, no me refiero a esas elegantes cabinas de cibersexo que abren toda la noche ni al tabledance que por fuera parece una iglesia católica porque nunca hay nadie haciendo fila para entrar.

El lugar que les digo es una panadería portuguesa que está justo en la entrada del barrio donde vivo: un barrio donde casi toda la gente y los negocios son jamaicanos o africanos.

Ah, sí: por si no lo sabían vivo rodeado de personas de raza negra, pues uno como humano tiene que estar cerca de sus semejantes en cuanto a fuerza bruta y tamaño de pito se refiere, para no deprimirse o sentirse “diferente” si los demás tienen el pito chico.

Bueno, después de esa explicación antropológica, retomo el tema. Les decía que lo curioso del lugar que les mencioné es que, aparte de ser panadería y pastelería, también venden playeras de equipos de fútbol, banderas de todos los países del mundo, "productos latinos" y tienen un karaoke/bar donde venden cerveza.

Sí, yo sé que es una mezcla extraña de giros en un mismo negocio y que nadie en su sano juicio entraría en un lugar más indefinido que la sexualidad de Lady Gaga, pero desde hacía rato que quería entrar ahí porque siempre veo un chingo de gente –menos negros- y porque pensaba que podría ser una buena opción para no tener que ir hasta el centro de la ciudad a beber cerveza cuando llueva o caiga nieve.

Pensaba eso hasta que entré, snif…

El sitio olía a betún y a lo que huelen los uniformes chafas de fútbol, ésos uniformes que pican de lo pinches que están. En las paredes del local había cuadros de Cristiano Ronaldo, Luis Figo, el Che (¿?) y otro cabrón que no reconocí. Deduje que el mal gusto en Portugal tiene la misma esencia que en México: la onda estaba nomás en cambiar las fotos de los cuadros por una del Temo Blanco y otra del Chicharito y poner afiches de Pancho Villa y Emiliano Zapata y John Lennon a lo pendejo para que el lugar pareciera “mexicano” y “rebelde”; así como éste tenía todo el ambiente “portugués” y “rebelde” gracias a la decoración.

De pronto apareció una señora rubia detrás de una barra llena de adornos de cristal y cerámica (la barra, no la señora). Me preguntó que si quería ver el menú de los panes y le dije que no, que sólo quería una cerveza. Me mencionó las opciones de cheve y le pedí una Rickard´s roja, que es la menos pinche cuando todas las opciones están pinches. Le di el primer sorbo a mi cerveza y seguí embelesando mis ojos con la decoración tan por-ancas-a-la-chingada del lugar.

Me puse a ver las playeras y las banderas: todas estaban hechas en China. Luego vi la vitrina de los panes y de los pasteles: había de todas formas y colores, pero como no soy “panero” no se me antojó ninguno. Vi el anaquel con los “productos latinos”, pero no hubo uno que reconociera. Ni una triste lata de La Costeña, snif.

Llegué al fondo del lugar. Había cuatro mesas alineadas. Las mesas estaban ocupadas por hombres de todas las edades que bebían distintas marcas de cerveza. También había una pared con fotos y un cajero automático de un banco que no reconocí, pero habiendo visto el lugar de seguro era del banco del Monopoly o del Banco de la Ilusión. Lo que no vi fue el karaoke que tanto presumen en la manta que cuelga de afuera, lo cual me dio harto gusto pues saben que soy el enemigo público número uno de ese pinche aparato arruinafiestas.

Uno de los hombres que estaba en la primera mesa me vio echándole un vistazo a las fotos de la pared –fotos de comensales brindando con playeras de algún equipo de fútbol o comiendo pan (¿?)- se inclinó y me dijo en español: "¿Eres latinoamericano?". Le respondí que sí y le pregunté que cómo se había dado cuenta. Me respondió que había escuchado mi acento cuando pedí mi cerveza.

El hombre -de unos 60 años- me invitó amablemente a sentarme en su mesa con sus cuatro compañeros, que rondaban los 40 y 50 años. Él era de Perú, los demás eran de Colombia, Venezuela, Argentina y El Salvador.
Y pues ahí me puse a platicar con ellos; ya saben, las preguntas de rigor: “¿Cuándo llegaron aquí?, ¿en qué trabajan?, ¿les gusta la ciudad?, ¿por qué decidieron venirse para acá y no a otro lado?, sí, ´ta cabrona la situación, bla bla bla”.

Me acabé la cerveza y vi que no había meseros atendiendo. Me paré, pregunté que si a alguien se le ofrecía algo, me dijeron que no y me encaminé hacia la barra para comprar otra cheve. En eso sentí que alguien me tocaba el hombro por detrás. Era el señor peruano:

-Dime la verdad, ¿quién eres? –me dijo.

-¿Quién soy de qué?

-¿Para quién trabajas?

-Para un periódico en México.

-No luces como mexicano. Dime la verdad: ¿eres un espía del gobierno?

Me quise cagar de risa como nunca en mi vida me he cagado de risa, pero el semblante del hombre era de lo más rígido. O estaba hablando en serio o el güey estaba bien pinche loco.

-¿Un espía? –le dije sonrojado, conteniendo la risa.

-Sí, un espía del gobierno canadiense. No luces como mexicano. Tengo amigos mexicanos y no son de tu color. Has hecho muchas preguntas. Aquí nadie tiene arreglados sus papeles. Todos somos ilegales.

-No tengo ningún problema con eso. Yo sólo vine a tomarme una cerveza.

-¿Por qué tanta pregunta sobre nuestros orígenes?

-Sólo quería ser amable… y platicar… la gente hace preguntas para entablar una conversación –al decir esto último, la señora rubia apareció detrás de la barra. Le pedí otra cerveza y me la dio. El hombre no dejaba de mirarme con sospecha de arriba a abajo, pero la situación me seguía pareciendo más cómica que preocupante.

-¿En qué creen los mexicanos? –me dijo de pronto clavándome los ojos.

-¿En que creemos de qué?

-En qué Dios, en qué virgen…

-Ah, pues… en la Virgen de Guadalupe –le dije.

-Jure por esa virgen que usted es mexicano y no es un espía.

-Juro por la Virgen de Guadalupe que soy mexicano y no soy un espía –dije, pero el hombre no dejaba de analizarme de arriba hacia abajo.

Al fondo del lugar los amigos del hombre nos gritaban y hacían señas. Querían más cervezas. La güera de la barra sacó cuatro botellas instintivamente de un pequeño refrigerador y se las dio al pinche viejo loco. Lo vi alejarse, pero no dejó pasar la oportunidad de mirar hacia atrás y darme un último vistazo amenazador, como diciendo: “No te creo nada, puto”.

En eso recibí la llamada de un compa de Monterrey. Dejé mi cerveza en la barra y me salí a la banqueta para hablar. No pasaron ni dos minutos cuando el peruano salió y se me puso enfrente, hundiéndome de nuevo sus ojos de orate en mis hermosas pupilas bañadas de esmeralda, snif.

-¿Con quién hablas?... ¿Estás pasando tus reportes al gobierno?

De plano no pude contener más la risa. Me reí tanto que hasta una tira de mocos transparentes se me salió por la nariz. Pero al hombre no le causó gracia.

-¿Estás pasando tus reportes al gobierno?

Y ya me valió madres y le respondí:

-Sí, estoy pasándole mis reportes al gobierno de Canadá.

El hombre trató de arrebatarme el teléfono, pero alcancé a reaccionar y me hice para atrás de un salto; riendo, limpiándome la nariz, diciéndole que era una broma, que se calmara. El hombre se quedó estático, analizándome con desconfianza y como si me tuviera un chingo de rencor. Y me dijo muy serio:

-Voy por mi ejército de fieles indocumentados –y entró en chinga en el negocio, gritando los nombres de sus compañeros de mesa.

Yo, como todo buen espía, huí entre la noche oscura y fría para no ser descubierto… y para que no me rompieran la madre una gavilla de chiflados.

jueves, marzo 08, 2012

Cabellera contra cabellera

Conan Casanova, el empresario de lucha libre femenil más importante de México, contrajo matrimonio con Guerrera de la Tercera Cuerda.

Después de la cena, la flamante novia enmascarada se puso de pie y cruzó el salón “Embajadores” del Hotel Presidente para ir al tocador.

En los lavabos -mientras se acomodaba la máscara con incrustaciones de pedrería de fantasía- Guerrera de la Tercera Cuerda se topó con Justiciera Voladora. Ambas se enfrentarían por primera vez en un cuadrilátero la siguiente semana.

Salieron del baño, fueron a la fuente de chocolate, platicaron por más de una hora, intercambiaron números telefónicos, se desearon buena suerte con un fuerte abrazo y volvieron a sus respectivas mesas.

Fue entonces que la novia se dio cuenta que Conan Casanova había bebido tanto que se lo habían tenido que llevar a rastras a la suite nupcial entre varios colosos del ring.

De pronto, el teléfono de Guerrera de la Tercera Cuerda sonó. Era un mensaje de Justiciera Voladora; un mensaje de texto que la hizo ruborizar, seguir bebiendo tequila y, un par de horas después, subir a la habitación de su futura rival entre besos y abrazos.

¿Para qué esperar una semana a enfrentarse máscara contra máscara si lo podían hacer esa noche caballera contra cabellera?

lunes, marzo 05, 2012

Sus lágrimas adquirieron el tono marrón de las hojas de aquel otoño cuando fueron absorbidas por la alfombra de la habitación.

Luisa apoyó la frente contra la puerta y la empujó lo más despacio que pudo, observando cómo el guardapolvo barría las pequeñas manchas de humedad que habían escapado hacía apenas unos instantes de sus ojos. Pensó en gritar su nombre antes de cerrarla por completo, pero ni siquiera se atrevió a echar un último vistazo por la mirilla cuando el sonido de sus pasos alejándose se diluyó en el corredor. El eco de un timbre lejano le indicó que el ascensor había llegado.

El cerrojo apenas y emitió un suave chasquido al embonar con la moldura metálica de la puerta, pero a ella le pareció como una explosión que le sacudió el cuerpo.
Luisa dio media vuelta y caminó en línea recta sobre el tenue puente de luz que se colaba entre las cortinas y se reflejaba en la tersa superficie del tapete, imaginando que si pisaba afuera de éste caería en la tristeza más profunda.

Luisa se detuvo frente a la cama y se frotó los ojos. El rímel oscuro se le corrió un poco, dejándole unas ojeras de un tono más claro. Se dejó caer sobre el colchón -entre el par de enormes maletas negras- y sacó de su bolso de mano la servilleta doblada en cuatro partes que le había dado en la cafetería y que había prometido ver hasta que se fuera. Al leer lo que estaba escrito en ella, se le escapó una sonrisa y el residuo de una lágrima negra fue a parar al papel como un punto final.

Sumergida en el silencio espeso de la habitación, Luisa despegó su mirada de la servilleta y la fijó en la superficie del televisor apagado. Observó su silueta dentro del aparato, como si contemplara un horizonte infinito, hasta que la mirada se le nubló, como si un mar de oscuridad se tragara su reflejo. Fue entonces que no pudo contener más el llanto.

De pronto, llamaron a su puerta...

jueves, marzo 01, 2012


Camino de noche rumbo a casa, al este de la ciudad.

Las luces de neón iluminan los copos de nieve que comenzaron a caer justo cuando el sol se ocultó. Es como una tenue lluvia de plumas de ganso que se deslizan con delicadeza en el aire frío y destellan de vez en cuando. Algunas se meten en mis ojos y distorsionan los colores, como si viera a través de un caleidoscopio.

Mi cabeza se llena de nieve como de recuerdos. Cada copo es un recuerdo. Un plan. Un sueño. Una duda. Pero ninguna certeza. Ojalá las respuestas cayeran del cielo como la lluvia o la nieve. Ojalá las respuestas no estuvieran enterradas tan profundo. Ojalá los recuerdos no cayeran como grandes bolas de granizo que lastiman el presente. El aquí y el ahora.

Entro en un lugar de hamburguesas para resguardarme del frío. Mi voz hablándome a mí mismo se calla. Algunos obreros hacen fila para ordenar su cena. Se ven cansados. Tienen el cuello arrugado y terroso. Hago fila detrás de ellos y observo el menú de la pared.


Me reflejo en la vitrina de los vegetales. La escarcha que cubre mi pelo comienza a derretirse. Se diluye como los sueños se diluyen con el tiempo. Como lo hace muchas veces la esperanza. Los recuerdos nunca se diluyen. Buenos o malos, permanecen.

Termino de cenar y salgo a la calle. Ha dejado de caer nieve, pero no dejan de caer recuerdos, dudas, planes, sueños. Nunca certezas. Mi voz vuelve a hablarme a mí mismo y me recuerda que las respuestas nunca caen del cielo. Que están dentro de uno. Donde no se ven. Pero están ahí. Destellan en la oscuridad de lo profundo.

miércoles, febrero 22, 2012

Trabajando y turisteando, pero no filosonseando

He querido escribir muchas cosas, pero me cayó un trabajo de México que me ofrecieron estando allá y apenas se concretó la semana pasada y apenas ayer me dieron un adelanto del pago. Por eso no he tenido chance de filosonsear. Pero ya estoy acabando el trabajillo. Es un cómic de 12 páginas sobre la Reforma del Sistema de Justicia Penal (¿y eso con qué se come?) que me pongo a trazar y colorear por las noches. Miren nomás:


Aparte, pues también he estado haciendo las caricaturas y los escritos para el periódico en el que sigo trabajando en Monterrey, que es con lo que me estoy manteniendo acá en Toronto. Aquí les comparto algunas de las caricaturas que he mandado durante el mes:






Y hablando de la escuela, mi maestro Peter –ése que les dije que es comediante, escritor y viajero- tiene una teoría: “Entre mejor sea la comida de un país, peor es su cerveza”.

Pone como ejemplo a México y Alemania: “México tiene una de las gastronomías más complejas y sabrosas del planeta, pero su cerveza apesta; sin embargo, Alemania tiene la peor comida del mundo, pero de las mejores cervezas”, dice.

Durante más de la mitad de la clase Peter nos da ejemplos de cocina mundial y de cervezas. Nunca había analizado el tema desde ese ángulo, y cada que pienso en algún país del que tenga nociones básicas, la teoría de la comida en relación con la cerveza de mi maestro Peter aplica.

Aquí el gobierno controla el alcohol. No en cualquier parte ni a cualquier hora se puede comprar vino o cerveza, snif. Pero así como en México, hay privilegios y triquiñuelas entre autoridades y empresas. Por ejemplo: Molson-Coors es la cervecería que domina el mercado canadiense, y también la que fabrica la peor cerveza. El dueño -o dueños, lo ignoro- tiene concesiones de unas tiendas llamadas Beer Store, donde venden su mierda y la mierda comercial gringa.
Como nota adicional: neta que no sé en qué estaban pensando mis amigos -ésos que alguna vez visitaron este país o vivieron en él- al recomendarme la Molson. ¡Buákatelas! Mejor me hubieran mentado la madre, snif.

Pero por fortuna, las microcervecerías están proliferando en muchas partes del mundo, por lo que la semana pasada me lancé a una de estas burbujeantes empresas. Está efrentito de la CN Tower, en una vieja estación de trenes. Se llama Steam Whistle Brewing, y, cuando uno entra en las instalaciones, huele a pan recién horneado; ay, mamachita:





Está muy buena esta cheve, pero creo que la mejor de todas las que he "degustado" es la Muskoka. Lástima que sólo se consiga en tiendas jineteadas por el gobierno y no en bares ni en restaurantes ni en el mentado Beer Store:



¡Salud!

miércoles, febrero 15, 2012

La ciudad desde el cielo

Volvió a caer nieve sobre la ciudad.

Los pequeños trozos de hielo rebotan en el plástico impermeable de mi chaqueta haciendo un sonido similar al de la grava fina cuando cae sobre el pavimento.

Camino rumbo a la escuela, brincando las placas de hielo duro para no resbalar y hundiendo mis botas en los manchones de nieve. Mi boca podría confundirse con la chimenea de una locomotora que deja a su paso una estela de vapor blanco y espeso.

Llego al edificio de la escuela, entro en el salón de clases del segundo piso y me doy cuenta que la maestra de esa materia ha faltado, por lo que mandan a un maestro sustituto. Se llama Baz; o al menos ésas fueron las tres letras que apuntó en el pizarrón cuando se presentó.

Aparte de dar clases de todo tipo, Baz es el encargado de organizar los viajes para ir a acampar a los bosques y lagos cercanos durante la primavera y el verano. Se considera a sí mismo un Bear Grills canadiense, pero esquelético, moreno y con el pelo hasta los hombros.

Baz sabe hacer fuego, pescar, cazar, cocinar y construir un refugio con lo que tenga a la mano. En clase nos platica que varias veces ha estado frente a frente con un oso -a menos de 10 metros de distancia- y que lo ha ahuyentado “hablándole bonito”, con el lenguaje de la naturaleza. Dice que una vez hizo lo mismo con un coyote y un puma, con resultados similares.

Baz no fuma tabaco ni bebe alcohol. Dice que nunca en su vida lo ha hecho, pero acepta abiertamente que fuma marihuana. Algunos alumnos –casi todos latinoamericanos- se voltean a ver, como asustados. A Baz no le gusta entrar en el tema de la legalización o el combate a las drogas. Le parece ocioso discutir la criminalización de una hierba que crece de manera silvestre como cualquier otra. Se limita a decir que nadie puede decirte qué hacer con tu cuerpo y lo que llevas dentro; me imagino que recalca eso de “lo que llevas dentro” para también dejarnos clara su postura sobre el tema del aborto.

Al terminar la clase, algunos alumnos curiosos se le acercan a Baz con confianza y le preguntan algunas cosas entre risas. Alcanzo a escuchar que aquí la marihuana es tolerada, más no legal. Baz les habla de un lugar sobre Yonge Street, una de las avenidas principales de Toronto. En el número 666 –no es broma-, al norte, hay un lugar donde se puede fumar marihuana sin ningún problema. Baz aclara que hay varios de esos lugares, pero que ése es el que queda más cerca de la escuela.

Es un pequeño local al que le revocaron su permiso de alcohol cuando consiguió –no supo explicarnos cómo- un permiso para que los clientes fumaran marihuana. El alcohol y el tabaco están prohibidos ahí, al igual que la venta de cualquier otra droga. Si alguien quiere entrar debe de llevar su propia marihuana y hacerse sus carrujos dentro. Como dato curioso –o surreal-, Baz menciona que frente a sus puertas siempre hay dos policías vigilando.

Suena el timbre de salida. Ha dejado de nevar pero el frío no cesa. Camino por la calle que cruza frente al edificio de la escuela y veo a algunos alumnos de la clase de Baz caminando por la avenida Yonge, hacia el norte. Bajo las escaleras de la estación del metro y la temperatura se vuelve más agradable. Me quito la gorra y la bufanda y las guardo en mi maletín. Subo a un vagón del metro con rumbo a la CN Tower. Desde hace tiempo que esas estructuras arquitectónicas ya no me sorprenden por considerar su tamaño y su propósito de ser algo absurdo; pero no quiero regresar a casa.

Subo hasta el mirador de la torre en un ascensor de vidrio que me produce un poco de vértigo. Contemplo la ciudad desde lo alto. Enorme y moderna, pero sin el caos que caracteriza a las demás de su tipo. Los edificios, sus techos nevados, el lago, las islas en el lago, las extensiones de árboles deshojados contrastando con la mancha urbana. Me podría quedar aquí por horas. O quizás por años.


sábado, febrero 11, 2012

El cielo y el maniquí

Me gustaba pasear con mi abuela en el centro comercial. Lo que no me gustaba era cuando le compraba calzones y calcetines al abuelo, pues me hacía esperar quieto en un rincón del departamento para caballeros, donde había un maniquí muy feo que me seguía con la mirada. Siempre intentaba esconderme detrás de los montones de ropa en oferta o detrás de un muro con espejos para que la figura no me viera, pero si hacía esto mi abuela tampoco podía verme y se asustaba y empezaba a gritar mi nombre.

Un día el maniquí ya no estaba. Al salir del centro comercial tomado de la mano de mi abuela vi la mitad del muñeco metida en un contenedor de basura. Ya no me siguió con la mirada, pues su mirada ahora apuntaba al cielo.

Desde ese día pude esperar tranquilamente a mi abuela en un rincón del departamento de ropa para caballeros. Aunque no dejaba de llamarme la atención un empleado que pasaba empujando aserrín con algo parecido a un trapeador a lo largo del pasillo. Cada que lo veía, el hombre me sonreía o me guiñaba.

Un sábado al salir del centro comercial tomado de la mano de mi abuela, vi al empleado que empujaba aserrín recargado en el contenedor de basura. El hombre no me vio ni me sonrió ni me hizo un guiño como era costumbre, pues su mirada apuntaba al cielo.

jueves, febrero 09, 2012

Aquí los únicos locos son los que no quieren aprender

Peter es maestro de idiomas. Cuando cumplió 24 años decidió hacer un viaje de 5 meses alrededor del mundo. Juntó el dinero que le habían dado sus padres al graduarse de la universidad con el dinero que había ahorrado en su primer trabajo y compró un boleto de avión sin fecha de regreso.

Asia fue el continente que más le gustó, por eso ha vivido en Corea del Sur, China, Japón, India, Malasia y Tailandia; pero asegura –con un halo de nostalgia en la mirada- que su lugar favorito es Benarés: una de las siete ciudades sagradas del hinduismo a orillas del río Ganges. Peter repite casi a diario la misma frase: “En 5 meses de viaje aprendí más que en 5 años de universidad”.

En sus ratos libres Peter escribe poesía, relatos cortos y chistes. Pone su material en una bitácora personal de wordpress a la que llamó Cotton Bombs. Entre clase y clase se mete en la sala de las computadoras y checa los comentarios y la cantidad de visitas que tiene su sitio por hora.

Peter también hace shows de stand-up comedy en algunos bares y centros nocturnos de la ciudad. Sus temas favoritos –tanto para sus shows como para sus clases- son la política, la economía y la geografía: se jacta de conocer todas las capitales, idiomas y monedas de cada país en el mundo. Peter es admirador de Charlie Chaplin y Lenny Bruce; y una vez salió en un programa de la comediante Ellen Degeneres. Nunca he ido a una de sus presentaciones, pero prometió avisarnos el día, la hora y el lugar de su próximo show. Imagino que ha de ser muy bueno, pues siempre arranca y finaliza la clase con una broma que hace reír a todo el salón.

Peter dice que lo mejor de Canadá es que no tiene una identidad propia. Es una mezcla de muchas culturas. Para él, tener una identidad nacional es un problema, pues eso fomenta un patriotismo enfermizo que provoca rivalidades y odio. “Miren a Toronto: todos los países, todas las religiones, todas las ideologías conviviendo en paz. Aquí a nadie le importa lo que eres mas que a ti”.

Peter también asegura que el sistema político de su país es el socialismo. Odia al alcalde de Toronto -como muchos torontonianos- por ser un hombre capitalista y escandaloso, que aborrece a los inmigrantes, busca aumentar el parque vehicular y reducir las banquetas a la mitad en una ciudad donde el transporte público funciona casi a la perfección y el peatón siempre ha estado primero que el automovilista.

Cuando alguien del salón dice que Canadá es maravilloso, Peter lo niega y dice que los canadienses no son lo que el mundo cree. “Somos igual de mierdas que los gringos, la única diferencia es que somos menos que ellos”. Alega que por culpa de su estilo de vida en el mundo existen las grandes diferencias que padecemos: pocos países muy ricos y casi todos los demás pobres. “Tanta riqueza ha hecho a Canadá un país tan flojo como para preocuparse por los problemas del mundo”, y nos expone el ejemplo de First Majestic Silver, la minera canadiense que recibió del gobierno mexicano 22 concesiones por 3 millones de dólares para extraer oro y plata en más de 4 mil hectáreas de tierra considerada sagrada por los indios huicholes. “¿Por qué tu país permite que hagamos eso? ¿Por qué nosotros no permitimos que ustedes hagan eso aquí? ¿Por qué nosotros no hacemos en nuestro país lo que hacemos en el tuyo?". Y se queda callado, como yo, negando con la cabeza.

Hace un par de semanas Peter me vio usando una de las computadoras de la escuela y me preguntó:

-¿Qué haces aquí?

-Checando mi correo y leyendo periódicos. Ya salí de clases.

-No pierdas tu tiempo, ven a mi otra clase.

-Pero sólo tengo 4 horas diarias. Eso fue lo que pude pagar.

-Prometo no decirle a nadie si tu prometes no decir que regalo mis materias –me respondió sonriendo.

Y desde hace dos semanas tomo una asignatura de más sin costo extra.

El lunes que Peter me vio en su clase, se sorprendió: “¡Wow!, pensé que no aguantarías ni una semana. He invitado a varios alumnos a unirse a este grupo pero duran un día. A veces la gente no quiere el conocimiento ni aunque se lo regalen”, y salió por la puerta del aula. Un compañero me miró y giró su mano apuntando con el dedo índice alrededor de su oído, dándome a entender que Peter estaba loco. Tomó sus libros y se fue. No volvió a aparecerse en esa clase.

Si antes estaba de acuerdo en casi todo lo que decía mi maestro, ahora lo estoy más.

lunes, febrero 06, 2012

Manuel es físico, escritor y chef mexicano. Creo que es de Jalisco, pero la mayor parte de su vida la pasó en la Ciudad de México. Manuel lleva cuatro años viviendo en Toronto, pues su esposa está haciendo un doctorado en la Universidad de York sobre temas ambientales. A Manuel lo conocí gracias a Pedro, un amigo que tenemos en común que también es escritor, diseñador y motociclista viajero. Por “conocí” y “amigos en común” obviamente me refiero a que todo el “contacto” fue gracias a las redes sociales –blogs, twitter, email-, pues los tres vivíamos a más de 1000 kilómetros de distancia uno del otro.

“Tengo un muy buen compa en Canadá, deberías de ponerte en contacto con él”, me sugirió Pedro en un correo electrónico cuando se enteró que me vendría a vivir a Toronto; por lo que días antes de venirme, contacté a Manuel vía twitter. Una vez establecido en el país de la hoja de maple, le mandé un correo para vernos y echarnos unas cervezas.

Manuel ha sido un amable guía turístico estos últimos días. Me ha llevado a conocer gran parte de la ciudad: los antiguos, disímiles y tétricos edificios de la Universidad de Toronto; la variedad de olores, colores y sabores del barrio chino; los contrastes sociales y raciales del mercado Kensington y las avenidas principales de los alrededores. Me ha recomendado dónde comer rico y barato, algunas marcas de cerveza local, cineclubes, teatros y centros nocturnos. Me ha explicado cómo funcionan las rutas de los autobuses y de los tranvías, y algunas políticas, reglas, usos y costumbres de los torontonianos. Incluso ya hasta me invitó a una cena que dará en su departamento en la que horneará un borrego con una de sus recetas.

Fue un fin de semana muy productivo. Creo que al ver las fotografías ustedes sabrán redactar un mejor texto de lo que yo hubiera podido. Saludos.










viernes, febrero 03, 2012

Toronto al mediodía


Muy temprano por la mañana todavía podía escucharse el murmullo de la nieve derretida corriendo a un lado de las banquetas y colándose entre las alcantarillas.

Las delgadas capas de hielo se han ido desvaneciendo irregularmente, permitiendo que las hebras verdes de pasto y hierba que sobrevivieron a las heladas comiencen a brotar en jardines y parques.

El sol pega del lado de la ventanilla en la que recargo mi cabeza en el tranvía. Su luz se abre paso entre el contorno de los edificios y la bruma lejana, pero al tocar mi rostro languidece. Veo destellos de colores que van y vienen, intermitentes, como los recuerdos de los que quisieras no tener memoria. El chirrido metálico del vagón me arrebata de mis pensamientos.

Levanto el cuello de mi gabardina, meto las manos en los bolsillos aterciopelados y bajo del tranvía en un punto de la ciudad donde nunca antes había estado. Al parecer es un barrio musulmán. Un barrio cualquiera para alguien que como yo no cree en las religiones. Camino entre sus calles, sobre banquetas amuralladas por esqueletos de árboles que dibujan telarañas con sus ramas en el cielo.



Después de caminar algunas cuadras entro a un buffet de comida india. Hombres con turbantes y barbas largas; mujeres con vestidos coloridos y lentejuela. También hay japoneses; o coreanos. Y yo. Aquí nadie es extranjero. Me sirvo dos platos y como en silencio. Todo huele y sabe a curry y jengibre.


Pago la cuenta, levanto el cuello de mi gabardina, meto las manos en sus bolsillos aterciopelados y de vuelta a la calle. Tomo el primer tranvía que se detiene frente a mí. No recuerdo cómo regresar a casa. Recuesto mi cabeza en la ventana y otra vez veo centellas de luz que parpadean conforme suben y bajan las siluetas de los edificios. Quizá me baje en otro barrio que no conozco. Otro barrio donde nadie es extranjero.