martes, noviembre 08, 2011

Las andanzas de una mudanza


Tengo un plazo de 15 días para dejar la casa en la que he vivido este último año. Quince días para explicarles a las aves que llegan a diario a la terraza y al patio que me voy, y que posiblemente los nuevos inquilinos no tengan la intención de alimentarlas.

Las estanterías de los muebles están casi vacías y la mesa y las sillas del comedor están llenas de cajas llenas de libros, discos, películas y adornos.

En las mudanzas uno recuerda por qué no es bueno acumular tantas cosas. Como quiera ese valor sentimental por un adorno o el renglón más importante del libro que cambió tu vida quedan guardados en la memoria y en el corazón, y los cargarás para todos lados.

Aún no encuentro cliente para mi sala recién tapizada ni para mi cama. La computadora de escritorio, el reproductor de devedes y el viejo televisor que pocas veces encendí para ver las series que rentaba, ya tienen nuevo dueño. El refrigerador, al parecer, me lo compran esta semana.

A la mayoría de las personas les da gusto mi partida. Quiero pensar que es porque me aprecian y piensan que seré feliz y mi felicidad es la suya o mi viaje los motiva a emprender el suyo; no porque me quieran tener lejos, snif.

No falta quien me dice: “Pues sí, tú no tienes hijos, por eso puedes irte”; o: “Tú puedes irte porque no tienes responsabilidades, ni horario laboral fijo, ni ataduras, ni nada”. Y sus palabras me suenan a reproche. ¿Por qué reprocharle a alguien la vida que ha decidido vivir?

Cuando se atrevan a realizar un cambio radical en su vida, acuérdense que casi todas las personas buscarán que sigas su camino, no el tuyo. Querrán que seas como ellos porque ellos no pueden ser como tú. Eso es lo que más desearían ser. Por eso prefieren que te sumes a su amalgama insípida, predecible y homogénea, para no verte correr libre desde las filas que están imposibilitados a romper.

Los límites nos los ponemos nosotros porque permitimos que nos impongan límites. Hay que romper filas. Agarrar el camino que no está pavimentado. Las filas nos llevan de vuelta al salón de clases después del recreo. No es que sea malo el salón de clases, pero ¿por qué no estudiar donde tenemos el recreo? Ve más allá del límite. Cruza la raya y mira hacia ambos lados. Aunque te digan que vienen coches que te arrollarán, no es así. El camino está libre. Y si algún coche pasa, será el que te llevará hasta tu destino.

viernes, noviembre 04, 2011

Ahora que visito más el twitter que el blog, me dieron ganas de subir esta caricatura.


Buen fin de semana.

jueves, noviembre 03, 2011

El Filósofo de Cantina me sacó de onda

Ayer tuve una de las pláticas más extrañas que he tenido en mi vida. Fue con el Filósofo de Cantina.

Llegué al Zacatecas antes de las 10 de la noche y le comenté al Filósofo de Cantina lo de mi próximo viaje. Me dijo sonriendo que desde que me conoció era algo que sabía que tarde o temprano haría. Le pregunté que por qué, y me respondió con un escueto: “Simplemente lo sabía”.

Le platiqué también de mis miedos, de las preguntas que a veces me hago, de las veces que estoy bien seguro de mi decisión y de las pocas en las que titubeo. El Filósofo de Cantina dio un largo trago a su cerveza y me miró muy serio:

-Voy a hacer algo que pocas veces he hecho -me dijo haciendo a un lado su cerveza, el servilletero y los platos con totopos y salsa que había frente a nosotros, y puso ambas manos sobre la mesa, como si la acariciara.

-¿Qué recuerdos tienes de tu infancia? Específicamente entre los 7 y los 9 años. Dime algo importante que haya sucedido en esa etapa.

Pensé en muchas cosas. No sé si eran cosas importantes, pero pensé en muchas. Pensé en mi primera bicicleta: una Bimex de color azul; pensé en el pequeño balcón que daba al árbol de la primera casa donde vivimos; en todas las veces que jugué dentro de la casa de madera de nuestra perra bóxer; en lo mucho que me gustaba colgarme del tubo del tendedero de la ropa porque me creía Tarzán; en la vez que me fui en la parte de atrás del camión de la mudanza, cuando cambiamos de domicilio; recordé el nuevo barrio, donde había pocas casas y casi todo era monte. Todo eso se lo dije al Filósofo de Cantina, y, sin dejar de mirarme a los ojos, me dijo: "Muy bien".

-Ahora, quítale la mitad a tus años. ¿Dónde estabas cuando tenías la mitad de tu edad?

-Mmmm... Ya había acabado la prepa. Estaba en un pueblito de Kansas, estudiando inglés. Estaba por regresar a Monterrey -le dije.

De pronto, el Filósofo de Cantina adoptó una actitud más relajada. Me sonrió, dejó de mirarme con esos ojos profundos, volvió a poner los platos y el servilletero frente a nosotros, tomó su cerveza y le dio otro largo trago.

-¿Eso qué tiene que ver?... -le dije algo desconcertado.

-No voy a explicártelo porque sé que no crees en nada… o en casi nada. Sería ocioso y al tratar de explicártelo me sentiría como los charlatanes. Lo único que te puedo decir es que ahí tienes la respuesta. Este viaje era algo que vas a hacer quieras o no. Simplemente tenía que suceder ahora.

-No te entiendo... o sea… ¿por qué lo dices?, ¿qué tiene que ver eso de las edades?...

-Pues que estás en la edad para hacerlo. Entre los 7 y los 9 años tu familia se cambió de domicilio. A la mitad de tu edad te fuiste del país. Era hora de que sucediera otra vez. Es algo que simplemente está escrito. No me pidas que te lo explique, por favor.

-Achinga… pero... ¿qué tiene que ver que cuando tenía esas edades… ¿cómo...

-No trates de entenderlo ni me pidas que te lo explique, Gustavo. Ahí está. Por más dudas que tengas, ahí está. Por eso lo sé desde la primera vez que te vi. Sí, yo sé que sueno a loco, pero ¿qué loco te pregunta las edades en las que hubo mudanzas o cambios en tu vida cuando estás a punto de realizar uno?

Me quedé callado, bien sacado de onda, la verdad. Me sacó de onda lo de los "viajes" o "cambios" en mi infancia y adolescencia. ¿Cómo lo supo?, ¿qué relación tenían?, ¿por qué tenían que tener una relación? Traté de recordar si alguna vez le hablé de mi pasado con detalle al Filósofo de Cantina, pero no recordé haberlo hecho. O, si alguna vez llegué a hacerlo al calor de las cervezas, el hombre debía tener una memoria impresionante para recordar fechas, edades, situaciones, hacer números, cálculos o qué sé yo, para armar un circo onda esotérica, como me pareció lo que acababa de decirme. Honestamente, lo que me dijo me dejó algo inquieto; pero el respeto y admiración de tantos años por ese hombre no me permitieron verlo como a un farsante, ni como un orate alucinado, ni como un adivino, ni como alguien que se quería hacer pasar por un brujo misterioso. Aunque debo de confesar que, al no recibir una explicación, estaba en el límite de la frontera de la decepción, en el punto crítico de perderle todo respeto.

El Filósofo de Cantina se terminó la cerveza de un pequeño trago. Sacó un billete de 100 pesos y lo puso debajo del servilletero. Se puso de pie, se frotó el estómago y se despidió de mí, amable, como siempre. Dijo que tenía un compromiso.

Lo seguí con la mirada hasta la puerta del fondo. Al abrirla, el bullicio nocturno de la avenida que pasa frente al bar inundó por unos segundos el lugar. Antes de salir, el Filósofo de Cantina se detuvo, me devolvió la mirada y sonrió. Al salir y cerrar la puerta, el Zacatecas volvió a quedar envuelto en ese silencio efervescente que sólo rasgan los vasos y botellas de vidrio al chocar.

martes, noviembre 01, 2011

Reconciliándome con mi ciudad

Comenzó el último mes del otoño. Desde hace algunos días, muy temprano en las mañanas, percibo en el ambiente una brisa fresca y perfumada. Los aromas son variados. A veces el aire huele a leña ardiendo, como huele por las tardes cuando el señor que vende elotes pasa por enfrente de mi casa. Otras veces huele a sopa de verduras hirviendo, como olía la cocina de mi abuela al medio día. Pero la mayoría de las veces me visita en la terraza un olor a hierbas y flores de las cuales me gustaría conocer sus nombres, pero siento que si los supiera, dejarían de tener ese halo silvestre y misterioso. Mientras observó una de las montañas que nos rodean –la imagen que todos deberían grabar en sus cabezas antes de irse a trabajar-, la brisa cargada de aromas también carga consigo las ganas de reconciliarme con esta ciudad.

Pareciera que estos primeros soplos del invierno que se aproxima le cambian el feo rostro a esta capital industrial. Hasta ganas dan de andar caminando entre sus calles, plazas y parques sin miedo a ser asaltado, levantado o a quedar como queso gruyer: lleno de agujeros.
Honestamente, eso de la reconciliación lo hago porque no me gustaría irme a Canadá odiando a esta ciudad por más que la aborrezca. Sé que no es su culpa ser odiosa. Pero tampoco es la mía que así sea.

Juro que no es un odio irracional. Tampoco es un berrinche que se me pudiera pasar fácil. Quizás esté exagerando y ni siquiera sea odio lo que siento; tal vez es sólo hartazgo por haber perdido todas mis expectativas del lugar en el que vivo.

Y sí: mis razones tengo para afirmar que nada va a cambiar, que todo esto es un círculo vicioso y que, con el tiempo, las cosas se van a poner peores o, mínimo, serán iguales que antes y nos llevarán de nuevo a lo que hoy vivimos. Por lo que he concluído que no es la ciudad en la quiero hacer mi vida.

Para comprender y comprobar lo que digo, tendrían que leer algo de historia, análisis político, geografía, periodismo y filosofía, en vez de dejar todo “en manos de Dios”. Todas las respuestas las he encontrado en los libros, y mis decisiones las he basado en lo que he leído y en los sentimientos que desde hace algunos años me abruman.

Conociendo un poco la historia de esta ciudad, comprenderán que no hay muchas esperanzas.

Si saben quiénes son sus fundadores y dueños, se darán cuenta quiénes son los propietarios de las escuelas públicas y privadas que educan a sus hijos y con qué filosofía los educan; se darán cuenta quiénes son los dueños de las empresas, de los bancos, de las tierras, de las iglesias, del transporte, de los medios de comunicación, del gobierno, de tu dinero y de tu vida. Sabiendo lo anterior concluirán que nada cambiará ni a corto plazo ni a mediano plazo. Y como la vida es un plazo muy corto, prefiero no estar aquí.

Rásquenle tantito y verán por qué nunca vamos a tener un transporte colectivo autosustentable y eficiente, que abarque toda el área metropolitana; lean y dense cuenta el por qué vamos a tener siempre más concreto que árboles, más negocios gringos que mexicanos, más basura en el radio y la televisión que contenido nutritivo; lean y verán por qué nunca seremos la ciudad de las bicicletas, la ciudad de la gente culta y por qué sí la gente de esta ciudad seguirá siendo neurótica, agresiva, racistas, pendenciera, soberbia, prejuiciosa, enajenada y de conductas compulsivas. Todo eso está en los libros, y para abrir los ojos y darnos cuenta, hay que leer (y vivir aquí, obviamente); no poner las cosas en manos de Dios.

Las cosas no van a cambiar. Entiéndanlo de una vez. No está en ninguno de nosotros cambiarlas. Aquí nadie quiere un cambio. Monterrey es una ciudad que no compite con nada ni con nadie (si no, échenle un ojo a sus empresas más importantes y díganme si alguna tiene competencia). Monterrey no es una ciudad leal, no es una ciudad moderna, no es una ciudad progresista, no es una ciudad que quiera un cambio. Es como querer poner un restaurante vegetariano exitoso en la capital de los devoradores de carne; en la ciudad donde asar trozos de animales en un gen. Por más ganas que le eches a tu restaurante vegetariano, por más fe que le pongas, por más duro que trabajes, vas a fracasar rotundamente.

Me decido y camino por las calles de esta ciudad, y veo a su gente y me dan ganas de pararme frente a ellos y decirles: “A nadie le importas”, “te están engañando”, “tus hijos no tienen futuro”, “las cosas nunca van a cambiar”, “morirás y nunca verás lo que anhelaste”.
No lo hago porque muchos pensarán “quién es este pinche loco”. Y no lo hago también porque muchos simplemente lo saben. Lo veo en sus miradas resignadas.

En una ciudad donde hay tanto dinero, siempre habrá tratos con quien no debiéramos hacerlos; en un estado que presume tener al municipio más rico de Latinoamérica (monetariamente hablando, recuerden que aquí ser rico es tener dinero y cosas materiales), los problemas siempre serán un chingo; pues en un país sin educación, ni valores, ni oportunidades, ni igualdad, siempre habrá quienes quieran obtener bienes materiales sin ganárselos y vivir el estilo de vida que unos cuantos imbéciles de fuera quieren imponernos. Por lo tanto, esta ciudad siempre será el paraíso de los bandoleros, de los ignorantes y de los huevones. No importa qué tantos maten, no importa qué tanto depuren las policías, no importa qué tantos soldados haya en las calles, no importa qué tantos empleos malpagados generen. Mientras se cambie el envase pero no el contenido, esto seguirá siendo mierda perfumada, pero mierda al fin.

Lo bueno es que ya me voy, y me quiero ir reconciliado con mi ciudad.

lunes, octubre 31, 2011

Mi compa el Adivinanzas

Juro por un molcajete con callo de hacha fresco que ya no me cagan tantas cosas como antes. Saber que me voy de esta ciudad me ha hecho ver la vida de un color rosa chillante con matices “paulo-cohelescos”. Y, en parte, debo admitir que eso me caga, jejejeje.

Pero si algo me sigue pateando las pelotas más que ver al Pato Zambrano diciendo pendejadas en horario doble A, son esos cabrones que te platican anécdotas como si fueran adivinanzas. Si no me explico, aquí les va el ejemplo del fin de semana.

Estaba con un compa al que tenía algunos meses de no ver, y me empezó a poner al tanto de su vida. Y la plática fue más o menos así:

-¿Y a que no sabes a quién vi? -me preguntó mi compa.

-No, no sé -le respondí.

-¡Al Vampiro! ¿Te acuerdas del Vampiro?

-Sí, sí me acuerdo.

-Pues me lo topé hace una semana. ¿Y a que no sabes a dónde nos fuimos?

-No, no sé.

-¡A La Coneja!

-El congal que está en avenida Colón.

-Ése mero. ¿Y hasta qué hora crees que estuvimos ahí?

-…no sé…

-Hasta que cerraron.

-Órale.

-Y luego, ¿a que no sabes a dónde nos fuimos?

“¡Aaaaarrrgggjooooode la veeerrrrrgggg#$%&! ¡Deja de estarme haciendo preguntas. Yo no estuve ahí, yo no estuve ahíiiiii, no tengo por qué sabeeerrrr hijo de la tiznadaaaaaa! ¡Desde niño me cagan las putas adivinanzaaaaasssss y tú haciéndome una cada que me quieres platicar algoooo! ¡Aaaaarrrrrggghhhhhhhggggrrrrrrr!”, pensé serenamente.Y mi compa siguió con sus preguntas pendejas y yo de pendejo escuchándolo.

Y ya. No me culpen. Hoy es lunes y los matices rosas chillantes “paulo-cohelescos” de la vida no los distingo los lunes. Tal vez mañana.

viernes, octubre 28, 2011

Cartón del fin de semana.

Ya les puse etiquetas a mis tiras y a mis caricaturas políticas, por si quieren darse un rol y verlas todas de corrido. Nomás píquenle donde dice "Etiquetas: Cartón Político". Buen fin de semana.

martes, octubre 25, 2011

Hoy, a mis 35

Hoy, a mis 35, amaneció como me gusta: nublado. La gente y la ciudad siguen siendo las mismas y no espero que cambien; simplemente porque hoy amaneció nublado. Porque las nubes son como un telón gris que cae y esconde todo lo malo. Un telón que se despejará por la tarde esperando que el escenario quede limpio e iluminado.

Si me baso en la expectativa promedio de vida de las personas, hoy llego a la mitad de la mía. No es que me esté sugestionando ni nada por el estilo, simplemente así es. Dependerá de mí y mis circunstancias vivir más o vivir menos. También dependerá de mí sentir que estoy vivo; depende de mí la intensidad que le aplique a los días por venir, viva más o viva menos que el promedio de la gente.

Llegué aquí, a mis 35, con la rapidez que un mago aparece una paloma; por lo que estoy consciente que en lo que la desaparece, estaré en la otra mitad. Es un instante. Un parpadeo. Un balonazo en la cara. Casi 13 mil días que se sienten como 13 segundos.

No es nada nuevo lo que les estoy diciendo. Se la pasan repitiéndonos lo mismo desde que nacemos: que si la vida es corta, que si hay que vivirla como si fuera el último día, que si hay que ser feliz, que si esto, que si lo otro. Nos lo dicen tanto que ni siquiera lo razonamos, que ni siquiera lo sentimos. Nos lo dicen tanto que nomás repetimos lo mismo, como cotorros, sin estar conscientes de la tragedia tan chingona que es vivir. Si en realidad viviéramos los días como si fueran los últimos, el mundo sería otro. Nuestro mundo interior sería otro. Yo aprendí eso en esta ciudad. Quizá sea lo único que voy a agradecerle: el haberme hecho consciente de que cualquier día te pueden matar nada más porque sí. Y ahí es cuando te sientes valioso. Ahí es cuando te pesa saber lo que perderá el mundo si tú faltas. Ahí es cuando sientes rabia de que mueran los chingones y sigan vivos los inútiles. Y la rabia es buena, porque te desapendeja y te lleva a la acción.

A mis 35, te lo digo: debes estar bien consciente que como llegues aquí, posiblemente así será el resto de lo que te queda de vida. Si eres celoso, serás más celoso y enfermarás de celos; si eres intolerante, lo serás más con los años y te volverás odioso e ignorante; si eres un pendejo, morirás siendo un pendejo. Busca tu libertad, tu luz, tu paz, tu felicidad, tu como-quieras-llamarlo, pero búscalo –o búscate- y no te permitas ser el mismo que llevas siendo toda la vida ni permitas que toda tu vida sea la misma que es o lo que dicen los demás que debe de ser. Si no estás conforme, búscalo. Hazte un favor y conócete y sé tú y no seas el que aparentas ser para mantener una felicidad ajena o un estatus quo comodino y frívolo.

También espero que cuando llegues a este punto en el que me encuentro –o si ya lo pasaste-, hayas aprendido a tomar las decisiones correctas. Ésas siempre sabemos cuáles son. ¿Sabes cuáles? Las más difíciles. Las que más te dolerán. Ésas son. Espero que si tomaste las decisiones incorrectas, o si alguien o algo las tomó por ti, haya vuelta atrás. Espero que no te arrepientas de nada de lo que hayas hecho, siempre y cuando lo hayas hecho acorde a tu esencia, congruente con tu pensar y haya sido una acción honrosa de tus sentimientos más profundos.

Recuerda no privarte de emociones, sobre todo de las que brotan espontáneamente; pero tampoco prives a los demás de ellas ni las confundas con lo visceral. No le digas no a nuevas oportunidades, pero tampoco le digas que sí a todas -aprende a elegir- y respeta a quienes no quieren tomarlas. Allá ellos. No tengas miedo y, cuando lo tengas, que sea sólo para asegurar tu supervivencia. El miedo a veces es bueno. Es convenenciero. No te andes con mamadas, no le pegues al valiente ni seas un déspota. Aprende a leer a la gente con sólo mirarla a los ojos o escucharla hablar. No pierdas el tiempo con pendejos. Busca a quienes te dejarán algo de provecho, aunque sea una anécdota divertida. Aléjate de quienes nada más hablan del trabajo y de la inseguridad y de cómo hacer más dinero y de que "no hay de otra más que seguirle chingando". No es que me haya costado 35 años comprender esto, lo que pasa es que posiblemente me queden sólo 35 más y no quiero ser otra persona que no sea yo ni quiero que otros vivan o dirijan mi vida.

Debes de nacer viejo, pensar como viejo, sentirte viejo, actuar como viejo, para así poderle encontrar el poco sentido que tiene la vida. Sólo siendo un viejo podrás volver a ser joven y mantenerte joven.

Y no, ni te estoy aconsejando ni te estoy motivando ni nada. Nomás te digo lo que a mí me ha funcionado para “abrir los ojos”. Cuando “abras los ojos”, cuando te sientas pleno por dentro por méritos propios, tanto mentales, materiales y espirituales; cuando encuentres ese equilibrio que descifre el manual de cómo vivir de acuerdo a ti para así poder vivir rodeado de los demás, entonces será el primer día de tu vida. Como dice esta canción:


lunes, octubre 24, 2011

¿Se extrañan los árboles?


Por cada hijo que no tengo y por cada libro que no he escrito, decidí plantar árboles; creo que así equilibro ese dicho estúpido de “las tres cosas que uno debe hacer antes de morir”. También espero con mi acción borrar esa monótona y gris geometría de los fraccionamientos y equilibrar un poco la ausencia de áreas verdes y aire limpio en mi ciudad.

En la banqueta de la casa donde vivo hay un fresno de unos 30 años y unos 12 metros. Obviamente yo no lo planté, pero lo he cuidado muy bien. Es de los pocos árboles que quedan en mi calle y en la colonia. Como alguna vez les dije, pareciera que las personas encuentra molestos a los árboles, porque se la pasan podándolos y tumbándolos nomás porque se les caen las hojas y los pájaros se posan en sus ramas y cagan sus autos. Ay, qué gran tragedia…

En el patio trasero tengo una higuera, un ciruelo, un limón y un guayabo. También algunas plantas, como tomates, orégano y hasta nopales. Tenía un aguacate, pero se secó hace algunos meses y lo sustituí con el limonero. Los árboles del patio tienen poco más de un año que los sembré –menos el limonero-, y cada que salgo fantaseo con el día en que cumplan su función natural y alcancen la altura y el grosor necesarios para cubrir con sus ramas la superficie del jardín y tener mi propio bosque. Y es que a falta de bosques y de conciencia ecológica en esta ciudad, uno debe de construirse sus propias junglas, aunque sea en un área de dos metros por dos metros.

Pero ya me voy de esta ciudad. Me voy a una ciudad con más árboles. Y cuando me vaya, voy a extrañar este patio y a sus habitantes. No importa que en Canadá haya pinos, arces o cedros; yo extrañaré esta pequeña porción de tierra con cuatro árboles frutales que riego casi todos los días de la semana después del trabajo.

Me voy. Y la casa en la que vivo la rentarán o quizá la venderán y sólo espero que quienes la habiten comprendan el valor de los árboles y aprecien su belleza y los disfruten tanto como yo.

No sabía que los árboles podían extrañarse. Yo voy a extrañar a los míos.

viernes, octubre 21, 2011

Clientes monstruosos

No sé si se deba a que es octubre, el mes del halloween, los fantasmas, los “mostros” y el “horrors”; pero es que neta que últimamente han llegado al negocio de cajas muchos clientes que dan miedo, brrrrrr...

El primero fue hace un par de semanas. Llegó un cabrón de ésos que alguna vez estuvo musculoso y ahora tiene cuerpo de luchador mexicano, acá: todo ancho y barrigón, y que cree que sigue estando musculoso y delgado y sigue usando playeras pegadas al cuerpo y no sabe que es de muy mal gusto para los ojos de cualquier ser viviente por más insignificante que éste sea.

Total que el güey llegó preguntando por material de empaque para una mudanza, y pues ya, le ofrecí plástico burbuja, mecate, cajas, cinta adhesiva y chingaderas de ésas. El güey, sin que yo se lo preguntara, sacó el tema de que había sido integrante de un grupo músico vocal mexicano. Cuando le pregunté, por pura cortesía, que de cuál agrupación, me dijo muy orgulloso que de Ragazzi.

Aaaah, síiii…, le dije sin saber qué putas era Ragazzi. Luego me aclaró: Bueno, yo soy de la segunda etapa del grupo. “Mmmmta madre, ¡no conozco ni a los de la “primera etapa” y este cabrón cree que voy a conocer a los segundones!”, pensé.

Después me sentí algo incómodo porque se quedó callado y yo no sabía si el güey me había hecho esa revelación porque quería que le pidiera un autógrafo o porque buscaba que le hiciera un descuento por su fugaz y vergonzosa carrera musical. Durante ese silencio incómodo, yo nomás pensaba: “Que no se vaya a poner a cantar, nomás que no se vaya a poner a cantar por favor Diosito...”.

Total que el chico Ragazzi no cantó ni pidió descuento y terminó llevándose nomás mecate y plástico burbuja.

A los 5 minutos de su partida, me entró una angustia bien gacha y empecé a tener visiones, pues supuse que lo que el “Ragazzo” había comprado lo iba a utilizar para suicidarse. Ya lo veía yo en su cuarto, cubriendo todos los muebles de plástico burbuja, subiéndose a una silla y metiendo la cabeza en una horca de mecate, snif. ¿O a poco no se suicidarían ustedes, queridos lectores, de haber sido integrantes de la segunda etapa de un grupo músico vocal mexicano del cual nadie se acuerda ni de los integrantes de la primera etapa? Yo sí lo haría, y a mucha pinche honra.

Pero nel. El güey no se suicidó porque llegó como a las dos horas por más cosas y ahora sí se llevó cajas y cinta adhesiva y bolsas de mic pac y otras cosillas. Pero cuando se fue, otra vez me entró la angustia, pues pensé: “¿De dónde diablos habrá sacado el dinero para pagar todo lo que se llevó este cabrón? Si Rigo Tovar murió en la miseria siendo exitosísimo como cantante, no quiero imaginar la vida de un miembro de la segunda etapa de un grupo llamado Ragazzi”.

Y ya no volvió. Tal vez sí se suicidó.

Luego, como a la semana, llegó un cabrón bien raro, con la cabeza rapada, acá, tipo skin head pero con la mirada más loca. El hombre quería pedazos de cartón pequeños, quesque para unas manualidades que iban a realizar los niños de una iglesia. Le ofrecí una lámina de cartón, pero me dijo que si no tenía los cuadritos ya cortados. Entonces busqué unos pedazos de cartón de desperdicio que a veces nos manda la franquicia. Y los encontré y se los di. Eran bastantitos. Cuando me dijo que cuánto me debía, le dije que no había problema, que se los regalaba. Y con una seriedad perturbadora, me dijo: “Estás trabajando para Dios”, y se fue. Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta el nudo de globo. Cerré la puerta del negocio con llave y me puse detrás del mostrador, armado con un cuchillo desechable de esos que vienen en las comidas corridas. Y es fecha que sigo teniendo pesadillas con ese cliente pelón y sueños raros de que soy el empleado del mes del supermercado de Dios.

Y bueno, ya. El último cliente del horror llegó hoy. Era un señor cincuentón que me preguntó por bolsa navideñas. Estamos a 10 días de halloween, ah, no, pero el señorón quería bolsas navideñas, con santocloses y monos de nieve y renos y nochesbuenas. Cuando le dije que eso lo empezábamos a manejar la primera semana de noviembre, se dio la media vuelta y se fue tranquilamente. Y cuando se fue, ¡me cayó el veinte! Era un viajero en el tiempo. ¡Era un pinche viajero en el tiempo! Nunca antes había venido al negocio un viajero en el tiempo y yo lo eché a perder, snif. Desperdicié la que posiblemente sea mi única oportunidad de conocer a un viajero en el tiempo. ¡Vuélve y llévame contigo, viajero en el tiempooooo; llévame a donde sí haya bolsas de navidad en octubreeeee, viajero en el tiempooo!

Y ya, ésos han sido mis clientes del mes.

martes, octubre 18, 2011

Fuentes



A falta de playa, las fuentes de mi ciudad. Las fuentes de cualquier ciudad sin playa.


A veces sueño que brinco de una fuente a otra, como un delfín alado que escapa de un tanque del circo.


Sueño que salpico a los oficiales de policía cuando me persiguen para atraparme, que mojo el pavimento y lo dejo resbaladizo y que dibujo estelas de arcoíris en el aire que adornan los edificios, destellan en sus ventanas y envuelven a la gente.


Las fuentes atraen a los niños en tiempo de calor. A veces también a la gente que no tiene aire acondicionado. Cuando los niños dejan de ser niños, las fuentes dejan de manar agua y se llenan de maleza y bichos. Se convierten en monumentos al olvido; en tumbas de nuestra inocencia.


¿Quién no ha visto alguna vez las gotas que salpican y traslucen con el sol, el mosco que patina en la superficie a pesar de la turbulencia y ese eterno color azul que huele a musgo y cloro?


Pienso que las ciudades no tienen tantas fuentes como debieran. La vida cotidiana tiene mucho más fuentes: las fuentes de empleos, las fuentes de ingresos, las fuentes con las que se escribe un reporte en la oficina. Soñar con la fuente de la juventud o la fuente de la vida eterna después de una jornada laboral. O pensar que jamás se acabará la fuente de nuestro amor o de nuestras ideas.


Todo en la vida –podría decir que todo lo mejor-, brota de una fuente. Por eso deberían de construir más fuentes en las ciudades: para que no se nos olvide este pensamiento.


Nada más hay que tener cuidado de que no suceda con nuestra fuente interna lo que sucede con la mayoría de las fuentes de la ciudad: que dejan de manar agua, se llenan de maleza y bichos y terminan convirtiéndose en monumentos de olvido o en sepulcros de nosotros mismos.


Que nuestras fuentes sean inagotables.

lunes, octubre 17, 2011

El mejor alcalde del mundo

No sé si el video sea real, pero si lo es, ejemplifica perfectamente eso que dicen de que se deben tomar medidas radicales para tener cambios reales.

El alcalde de Vilnius, Lituana, aplasta con tanquetas los coches mal estacionados de los ricos que creen que están por encima de la ley y no pueden respetar una regla tan sencilla: no estacionar el coche en el carril por donde circula la gente en bicicleta.


jueves, octubre 13, 2011

Aquí les comparto uno de mis poemas favoritos. Lo leo casi todas las noches, como si fuera una oración. Creo, en el fondo, que hacer eso me ayudará a sobrellevar estos últimos tres meses en México. Ideas de uno...

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
De otro modo, no empieces siquiera.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
Tal vez suponga perder novias, esposas,
parientes, empleos y quizá la cabeza.

Ve hasta el final.
Tal vez suponga no comer durante 3 o
4 días.
Tal vez suponga helarte en el
banco de un parque.
Tal vez supongo la cárcel,
Tal vez suponga mofas, desdén,
aislamiento.

El aislamiento es la ventaja,
todo lo demás es un modo de poner a prueba tu
resistencia, tus auténticas ganas de
hacerlo.

Y lo harás a pesar del rechazo y las
ínfimas probabilidades
y será mejor que cualquier otra cosa
que puedas imaginar.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
No hay sensación parecida.

Estarás a solas con los
dioses y las noches arderán en
llamas.

Hazlo, hazlo, hazlo.

Hazlo.

Hasta el final.
Hasta el final.

Llevarás las riendas de la vida hasta
la risa perfecta, es la única lucha digna
que hay.

Charles Bukowski

lunes, octubre 10, 2011

¡Hasta de Chipre piden el libro Diarios del Fin del Mundo!


¡Sí, todavía hay!
Buen inicio de semana.

viernes, octubre 07, 2011

...entonces tu mente será libre


Ya vendí mi carro. Ya completé para el viaje y para parte de mis estudios por un año. Me faltan sólo dos cartas -una en español y otra en "inglich"- firmadas por el director general del periódico donde diga que seguiré mandando mi trabajo y recibiendo mi sueldo durante mi estancia en Toronto. Teniendo esto, directo al consulado a tramitar mi visa.

Últimamente batallo menos para dormir en las noches, pero los días me siguen pareciendo larguísimos y a veces me duelen y me pesan. Dudas sobre mi decisión, ya no las tengo.

De pronto siento que empiezan a tener sentido muchas cosas. Pequeñas cosas que complementan nuestra manera de ver el mundo. Por ejemplo: todas esas canciones que nos gustan tanto pero que nuestras vidas no son como sus letras y quisiéramos que así lo fueran, o todos esos autores a los que admiramos por sus ideas pero nunca las imitamos. Tantos pensamientos y sentimientos sin acción, que permanecían guardados por distintas razones, ahora afloran. No es que antes nada tuviera sentido, simplemente era otro el sentido. Ni más bueno ni más malo, distinto nada más. Y cambiarlo muchas veces es aterrador, como ir en el carril express en sentido contrario.

Hace un par de noches soñé que me encontraba un huevo tirado en la calle y que empezaba a ver cómo se iba rompiendo y cómo iba asomándose el pájaro. Lo curioso del sueño era que todo estaba oscuro y, cuando el cascarón se quebraba por completo, todo se iluminaba y el aleteo del pájaro hacía que todo a mi alrededor volara y sentía como si yo hubiera sido el que acababa de liberarse. Muy raro pero muy chido.

Tengo que empezar a llevarme mis libros y películas a casa de mis padres. También tengo que llevar al Cucho más seguido con ellos, para que se vaya aclimatando. Dicen que cuando salgo de la ciudad, aúlla y llora y se pone muy chiflado. Creo que lo maleduqué llevándolo todos los días a la oficina. Está enchichado, como dicen. Pienso también hacer una venta de garaje para vender lo poco que tengo y empezar a guardar textos, dibujos y recuerdos en usbs o en algún disco duro externo.

De pronto todo comienza a tener sentido. Otro sentido. Ni mejor ni peor, sólo distinto. Por lo pronto, hoy cobra sentido una frase de Charles Bukowski con la que siempre me he identificado, y que dice así: “Todo lo que poseas debe de caber en una maleta; entonces tu mente será libre”.

miércoles, octubre 05, 2011

Vete al espejo antes de que te alcance la realidad


Mírate en el espejo. No es que te hagas viejo, lo que pasa es que la realidad nos alcanza a todos. La realidad es una ficción que te hace pendejo. Una fantasía creada para que creamos que no hay más panorama del que ella nos ofrece, y, por lo general, ese panorama nunca es terreno fértil para utopías y sueños. Por eso la triste ilusión de estar envejeciendo.

La realidad de repente te da cierta ventaja, como la liebre se la da a la tortuga, pero termina alcanzándote. La clave está en tener la suerte, la torpeza o la inteligencia (llámenlo como quieran) de la tortuga: que se tropieza, rueda y cruza la meta, que saca fuerzas de quién-sabe-dónde o le sucede algo inverosímil: como la realidad misma.

No hay peor resaca que darte cuenta que tu vida no es como la soñaste a los 9 años o a los 18. Esa cruda no se compara con la cruda del ginebra mezclado con Coca Cola o la del tequila con refresco de toronja. Es una cruda física y moral espantosa, de ésas que al día siguiente no quieres ver a nadie porque sabes que hiciste el ridículo de tu vida cantando en calzones en el karaoke. Sólo que esta resaca muchas veces no depende de ti, aunque te moderes en tu forma de beber o seas abstemio. Esta cruda simplemente te pega, así de fácil, porque ése es el propósito de la realidad: que choques de frente contra ella.

El choque es aparatoso, pero no te matará; no te preocupes. A lo mucho te mandará de nalgas y te matará en vida, que es más feo que morir. Preocúpate por eso, aunque creas estar vivo.

Vete al espejo y háblate con la verdad, antes de que la realidad te alcance. Pregúntate si eres quien quieres ser, si vives lo que quieres vivir y si tienes más de lo que podría caber en una maleta el día que decidas cambiar el rumbo.

Hazte preguntas. Hazte muchas preguntas. Las preguntas abren caminos, no las respuestas. Las respuestas siempre las hemos sabido, nacemos con ellas, pero sin preguntas es imposible que broten de nosotros mismos. Sin preguntas, la realidad se encargará de darnos las respuestas que no buscamos, y terminaremos resignados ante ellas, olvidando las propias, cerrando caminos.

Mírate al espejo y háblate con la verdad. Hazlo antes que la realidad te mande de nalgas y te la pases así: cayendo y levantándote una y otra vez sin avanzar. La gente no avanza por eso, o avanza como las tortugas y los caracoles, porque creen que la vida es de tropiezos o que en la vida sólo se aprende a chingazos.

No lo hagas. Vete al espejo.

martes, octubre 04, 2011

Abrí una cuenta de twitter (@GuffoCaballero) y, como diría el nefasto del Chapulín Colorado: ¡Síganme los buenos! (sí, ya sé que ese chiste lo han dicho veinticatorcemil millones de veces los twitteros, pero déjenme: soy nuevo en esto, snif).

Blogger ya me está dando algo de huevita porque últimamente no tengo mucho de que escribir. Tengo más de 1400 entradas en el blog (y en el cráneo, snif) que siento que ya me estoy ciclando en los mismos temas; por eso decidí cambiar un poco de "aigres", dejar de ser un Australopithecus y modernizarme, ¡unga, bunga!

Como quiera seguiré posteando por aquí, eso que ni qué... dejen nomás recupero la inspiración, así tenga que llegar en forma de Regina Orozco en camizón... ¡brrrrraaggghhh!

lunes, octubre 03, 2011

Fui al Zacatecas a ver al Filósofo de Cantina antes de tomar la decisión de abandonar el país.

No soy del tipo de personas que acostumbra pedir consejos -porque a veces me creo bien chingón y pienso que yo estoy bien y todo el mundo está mal-, pero por alguna extraña razón sentí la necesidad –o la desesperación- de escuchar algo reconfortante: algo que me reafirmara que tomaría la decisión correcta con todo y sus posibles consecuencias negativas y sus pérdidas. Necesitaba escuchar algo que no fueran ni mis corazonadas ni mi niño interior ni mi razón (que siempre me dan por mi lado en todo); algo que me quitara de tajo todos esos miedos e inseguridades que hace un par de meses aún tenía.

En la mesa del fondo, frente a un par de cervezas Superior, le compartía mi sentir al Filósofo de Cantina. De pronto el hombre me interrumpió levantando la mano y mirándome fijamente a los ojos, como si estuviera harto de escuchar lo que salía disparado de mi boca. Guardé silencio apenado, consciente de que en todo ese tiempo no lo había dejado hablar. Le di un trago a mi botella y entonces el Filósofo me dijo muy serio:

- ¿Cuál es tu fruta exótica favorita, Gustavo?

- ¿Qué?

- ¿Cuál es tu fruta exótica favorita?

- No sé… la guanábana… los lichis… ¿por qué?

- Ésta no es tierra ni de guanábanas ni de lichis. ¿Qué estás haciendo aquí?

Y sentí que todo cuadró de pronto con un ejemplo tan sencillo. Mejor no me lo pudieron haber dicho.

- Es como querer tener un cielo azul en una ciudad industrializada. Eso es imposible. Lo que te voy a decir te lo diré con todo respeto, Gustavo: aquí nada más te estás haciendo pendejo, y hacerse pendejo es una actitud hipócrita y más dolorosa que cualquier pérdida, como tú llamas a los cambios. Aquí uno solamente pierde cuando se muere, y a veces he llegado a pensar que hasta en eso salimos ganando.

El Filósofo de Cantina dio un breve sorbo a su cerveza y continuó:

- Ve a donde haya guanábanas y lichis. No pretendas quedarte aquí a cultivarlos. Ni el suelo ni el clima ni la geografía son propicios para que se den. La ciudad, la gente, la felicidad y los sueños que buscas no están aquí. No es suelo propicio para lo que deseas. Sería una estupidez que pensaras en quedarte aquí a “cambiar las cosas”; sería ocioso. Aquí, en esta ciudad, nada va a cambiar mientras haya tanto dinero y tan pocos valores.

El Filósofo de Cantina se quedó callado, mirándome. Pensé que le daría otro sorbo a su cerveza o que estaba esperando a que yo le dijera algo, pero no dije nada. El Filósofo me sonrió. No creo haberlo visto alguna vez sonriendo. O no de esa manera. Fue una sonrisa espontánea, casi paternal. Y me dijo:

- Deja de hacerte pendejo y ve a donde haya guanábanas y lichis. .

miércoles, septiembre 21, 2011

Sabía que tarde o temprano iba a convertirme en “parte de las estadísticas”. No es que lo estuviera esperando o decretando (para que no me salgan con sus jaladas de “la ley de atracción del pensamiento” los fans del libro El Secreto); simplemente observando la cantidad de negocios que han cerrado en los alrededores del nuestro a causa de las extorsiones de los criminales, por lógica no tardaba en tocarme a mí.

El martes, antes del medio día -y cinco minutos después de que salí del negocio a realizar unos trámites- tres hombres armados entraron al local de cajas, le quitaron su camioneta a una clienta, le quitaron sus pertenencias a quien atiende en el mostrador, preguntaron por el encargado o dueño del negocio, entraron a la bodega, entraron hasta mi oficina (cuidada ferozmente por el Cucho), removieron cajones, papeles, se llevaron un usb con tiras cómicas, escritos y fotos, algo de dinero… hasta el teléfono inalámbrico se llevaron.

La disyuntiva es: seguir yendo a trabajar bajo nuestro propio riesgo, dejar de ir a trabajar y morir de hambre, o defender lo nuestro como Don Alejo. Y vaya que es una disyuntiva muy cabrona. De hecho, yo la llamaría "trisyuntiva", pues ninguna de las tres opciones me late, snif.

Entre pagos a Hacienda, multas pendejas a Protección Civil por no tener un letrero de Alto Voltaje en la caja de los fusibles (pero los casinos operando sin salidas de emergencia y sin rociadores de agua), multas estúpidas a Ecología por tener un anuncio adhesivo en la puerta principal (pero otros mochando árboles para que se puedan ver los anuncios panorámicos), pagos a proveedores, descuentos a clientes y estos cabrones que llegan y te quitan a la mala, uno se queda en la calle en pelotas. Es como empezar de cero todos los días. Es caerse y levantarse, caerse y levantarse, hasta el infinito. O más bien es que te tiren y que se esperen a que te levantes para volverte a tirar, una y otra vez; y que, aparte, creas que "así es la vida".

Escribo este post –y prometo que será el último con amargura, pues ya ni eso me divierte- porque yo solamente quiero que me respondan “¿cómo?” Sí, díganme cómo y me quedo. ¿Cómo se lucha aquí?, ¿cómo se pelea?, ¿cómo se defiende lo que es nuestro? Díganme cómo, pero no me digan: ay, educando a nuestros hijos; ay, no consumiendo drogas; ay, siendo buenos ciudadanos; ay, sembrando arbolitos; ay, bla bla bla. No quiero escuchar ni leer las mismas pendejadas de siempre. Si de algo estoy hasta los huevos es de escuchar que “hay más gente buena que gente mala”. Ya les dije que eso es matemáticamente imposible viviendo como vivimos en esta ciudad. Es la gran pinche mentira que todos quieren tragarse para tranquilizarse y pensar que algún día todo estará mejor poniendo las cosas en manos de Diosito y de “los hombres buenos”. Es lo malo de ser un país tan pinche católico: casi todas las personas creen en cosas que no ven, y al creer en cosas que no ven, alucinan cosas que no son, como esa máxima de que hay más gente buena que mala, cuando se refleja todo lo contrario. Hay más jodidos, hay más hambrientos, hay más incultos, hay más necesitados y hay mucho, mucho, mucho dinero que se genera en los negocios ilícitos… hagan sus números y saquen conclusiones.

Cuando nos toque tener un fusil en la cabeza y gritemos ¡Libertad!, mientras jalan el gatillo, ¿será esa la dignidad y el acto heroico que todos esperan? Si es así, yo paso.

Ustedes luchen por lo que crean que vale la pena luchar. Yo no creo que valga la pena. No me gusta defender lo indefendible.

Prefiero vivir debajo de un puente en Estocolmo, aunque me cague de frío. Prefiero dormir dentro de en una alcantarilla de Montevideo o sobre la banca de un parque en Toronto, a esto. Prefiero ser indigente en Quito, vagabundo en Caracas o mendigo en Buenos Aires, a tener un coche, un negocio y una case de renta con todas sus ventanas y puertas con barrotes de protección. Cualquier cosa es mejor que vivir como aquí se vive.

Estaré algunos días fuera de la ciudad. Pero regresaré, pues tengo que seguir con algunos trámites y citas. Trataré de dejar algunos cartones programados. Nos leemos luego.

lunes, septiembre 19, 2011

Posiblemente ésta sea la decisión más difícil que he tomado en mi vida, y espero no tener que tomar decisiones así el resto de ella. No soy del tipo de personas "aventadas", de ésas a las que les gusta tomar riesgos. Cuando tomo riesgos me siento como el policía de las películas que no sabe qué cable cortar para que la bomba no explote: el cable azul o el cable rojo. Pero después de algunos meses –o quizás años- de darle muchas vueltas en mi cabeza a una misma idea, me doy cuenta que simplemente no estoy siendo coherente conmigo mismo, y parte de esa deshonestidad me tiene frustrado, amargado e infeliz –podrán notarlo en la mayoría de mis escritos, jejeje-, a pesar de tener cosas tan buenas y gente tan valiosa a mi alrededor.

Tomé la decisión de irme a vivir fuera de México.

Ya no puedo seguir viviendo aquí. Si me quedo, sentiré a diario esa incongruencia con mi filosofía de vida, con mi visión del mundo, con la ciudad en la que me gustaría vivir y la gente de la que me gustaría estar rodeado.

Ya me pesa levantarme de la cama. Manejar, ir al banco o a trabajar, me pesa lo doble. No me veo futuro ni le veo futuro a esta ciudad; no el futuro que yo busco. Así vuelva a ser la ciudad que algún día fue, tarde o temprano volverán los mismos problemas, pues es precisamente nuestro pasado lo que nos tiene en este horrible presente. Es un círculo vicioso. Un eterno retorno. Es escarbar en el mismo pozo al que se le están viniendo las paredes abajo.

Disculparán si ya no posteo tan seguido como antes, pero ando arreglando papelería, haciendo trámites y vendiendo lo poco que tengo para irme lo antes posible.

Nos leemos pronto.

martes, septiembre 13, 2011

Kaka-raoke

Me declaro enemigo público número uno de los “karaokes”. El puro pinche nombrecito -que no sé lo que significa ni me interesa googlearlo- me produce ardor en el cicirisco.

Cuando alguien conecta un aparatejo de esos en alguna fiesta o reunión, siento que la diversión acaba de valer madre. Por lo general, cuando sucede esto, agarro la mayor cantidad de latas de cerveza posible de las hieleras, las meto en mi coche y me voy a beberlas debajo de algún puente en compañía de vagabundos, ex convictos y muertos de hambre. Todo es mejor que quedarme a ver a un montón de cantantes frustrados berreando canciones por demás conocidas; canciones que la radio se ha empeñado en hacerlas insoportables repitiéndolas día y noche hasta el infinito.

Lo irónico del caso es que yo, que soy anti reggaetón, anti mariachis, anti Juan Gabriel y anti José José, me sé esa mierda de música por puritita cultura general; entonces: ¡no comprendo cómo unos borrachos asquerosos que se la pasan escuchando esas odas a la jotería, al desamor y al alcohol necesitan leer su letra en una pantalla de un televisor! ¡No lo comprendo! Pinches canciones tienen más de 30 años pasándolas a diario en el radio, ¿y todavía no se las pueden aprender? ¡No mamen! Lo más increíble es que ni leyéndolas puedan cantarlas al compás o sin desafinar; todos traen el ritmo por anca la verga, anden sobrios o borrachos, da lo mismo.

Por donde se le vea, el karaoke es un espectáculo grotesco. Gordas en ropa entallada que se creen Thalía pero se parecen más a Paquita la del Barrio; prietos con pelo de cepillo que se sienten Luis Miguel pero son clones de Delfín Quishpe; güeras nalgonas que no quieren soltar el micrófono porque se creen Paulina Rubio pero le tiran más a Laura León; pendejos que arrastran la letra “s” y ya nomás por eso se creen españoles como Enrique Iglesias; o los típicos machines que creen que se ven muy graciosos imitando los ademanes amanerados de Juan Gabriel... No, no, no, nooooo… qué pinche horror…

De hecho siempre he pensado que las grandes empresas organizan sus pachangas y sus posadas con karaoke como un plan conspiratorio para ver el comportamiento de sus empleados, para así tomar decisiones futuras en el orden del organigrama basándose en su conducta. Que organizan algo así como un “reality show” mezclado con Animal Planet y la serie de The Office disfrazado de “fiesta”. Porque es ahí, en las fiestas de la oficina, donde pueden ver cómo Gutiérrez, el jefe de compras, después de dos cervezas se pone la corbata en la cabeza, hace señas de amor y paz con los dedos y pega de brincos como Rigo Tovar; es ahí donde pueden ver si Aguirre, el hombre serio del departamento de sistemas, disfruta joteando cuando lo ponen a cantar el Noa Noa; es ahí donde pueden ver si Tere, la secretaria chichona, se aloca y enseña calzón cuando canta una de Gloria Trevi. Es ahí donde los hombres detrás de la cortina deciden qué empleados se van y cuales se quedan, pues está comprobado científicamente por la Universidad de Televisa -muy seria institución- que en el karaoke brotan los verdaderos yos de las personas y se reflejan sus miedos y frustraciones.

Pero no todo es malo. Si en algo le hace justicia a la humanidad el karaoke, es que en sus terrenos todos somos iguales. El gerente general pasa al frente a cantar junto a los choferes de los camiones repartidores. Se abrazan fraternalmente -como si no hubiera diferencias de sueldos y prestaciones-, les suda la bisagra y dejan las camisas manchadas de amarillo después de berrear una de José Alfredo Jiménez a todo pulmón, ¡ahjajaaayyy!. En el karaoke no hay barreras, no hay cantantes malos ni cantantes buenos: todos son artistas, todos comparten un mismo sueño: que les aplaudan aunque sea una puta vez en sus miserables vidas, snif.

Si creen que exagero, queridos lectores, a la próxima fiesta que vayan donde haya karaoke, intenten pedir una canción de su agrado, y verán que la rola que quieren ni siquiera existe en “versión karaoke”. Y al decir “canciones de su agrado” estoy dando por hecho que son personas con gustos un poquito más refinados o especializados, no individuos que se van de nalgas o tienen orgasmos con la "música" de María José, Belanova, el grupo Pesado o El Duelo; porque si es así, entonces el karaoke es el paraíso para ustedes.

Y hablando de "paraísos", a mí nomás avísenme a dónde se van los karaokes cuando mueren: al cielo o al infierno. Me vale madres estar en cualquiera de esos dos lugares, siempre y cuando no haya karaoke.

lunes, septiembre 12, 2011

De esas veces que uno se aguanta la risa por puro respeto

El sábado fui a una reunión de un compa. A la mayoría de los invitados ya los conocía. Cuando saludé a un cabrón que nunca había visto, mi amigo, el organizador de la pachanga, me dijo:

-Mira: él es mi compadre el Briones: es investigador de fenómenos paranormales.

Chale, casi me cago de la risa, ja ja ja. ¿En serio existe gente que se dedica "profesionalmente" a "investigar" fenómenos paranormales?

Noté que el tal Briones se sonrojó un poco, pensando tal vez: "No mames, cabrón, no me presentes como el cazafantasmas; nomás preséntame como Briones".

Y la situación se tornó un boomerang, pues mi compa me presentó:

-Él es mi compadre el Guffo: dibuja monitos.

Estoy seguro que el Briones se sintió menos de la chingada, se aguantó las carcajadas y pensó: "¿En serio existe gente que se dedique profesionalmente a dibujar monitos?"

Yo nomás pensé: "No mames, cabrón, no me presentes como el que dibuja monitos; nomás preséntame como Guffo".

Snif.

sábado, septiembre 10, 2011

El orden criminal del mundo

Les dejo un documental que espero les arruine el fin de semana. Sale uno de mis héroes: Eduardo Galeano (uruguayo, pa´cabarla de chingar).

viernes, septiembre 09, 2011

Dato cinematográfico

Hasta hoy me vengo enterando que Hugo Sánchez sale en The Rocky Horror Picture Show.


Con razón nunca le entendí a esa pinche película de locas.

miércoles, septiembre 07, 2011

Ay, mis clientes…

Entra un señor al negocio y me dice:

-Veo que allá afuera en su anuncio dice que venden cartón, y yo ando buscando unos contenedores de cartón…

“Qué manera tan elegante de llamarle a las cajas”, pensé yo.

-Ah, sí. ¿De qué medida los necesita, señor? –le pregunto señalando el montón de cajas que adorna el negocio, como dándole a escoger. El hombre voltea y me dice:

-¿Cuáles son?, ¿dónde están?

-Son ésos: –le digo señalando las columnas de cajas de todos los tamaños.

El hombre me dice:

-No, yo lo que necesito son contenedores de cartón.

-Eeeeh… Por contenedores ¿a qué se refiere, señor?

-Pues son unos recipientes, como cajas, así, de este tamaño: -y hace un ademán con las manos, como si midiera algo invisible.

-Lo que quiere usted es una caja, pero ¿de qué tipo?: ¿con tapa integrada, con tapa separada, con tapa de pestañas, una caja para archivo muerto?… ¿cómo es el contenedor que busca?

-Pues así: como una caja, pero como de este tamaño: -y vuelve a hacer el ademán.

Total que el hombre terminó llevándose una caja que “se parecía” a “los contenedores” que utiliza en su negocio; el pedo es que yo sigo intrigado por saber qué chingados son esos “contenedores” que son como una caja pero no son una caja.

Lo más positivo en lo que va de la semana, es que el gimnasio que estaba a un lado del negocio ya cerró, y ya no tengo que lidiar con ballenas feas y estúpidas que encallaban sus coches y camionetas en mis cajones de estacionamiento. ¡Viva la crisis económica y el cierre masivo de negocios!

martes, septiembre 06, 2011

Se mece la ciudad del fin del mundo

El pronóstico de la primera lluvia de septiembre mece con delicadeza al bambú. La rama más alta del fresno, la que tiene el nido abandonado de una tórtola, se mece igual que el bebedero que nunca atrajo a los colibrís. Se mecen las julietas que se desbordan por la jardinera y ruedan las hojas secas que no he barrido de la terraza ni de la cochera.

Hay nubarrones oscuros que cierran el cielo de mi ciudad. Son metáforas de nuestra naturaleza humana; proyecciones de nuestros corazones. Es agua limpia que se niega a caer para barrer la suciedad. Todo se mece, como las boyas, las gaviotas y los restos de un naufragio en la superficie del mar.

La mierda ha salido a flote y va meciéndose por la ciudad del fin del mundo. Imagino que estamos postrados en una mecedora que tomó tanto impulso que está en el punto crítico entre regresar y tomar más impulso o caer de espaldas.

Todos traemos la mierda hasta el cuello. La pestilencia ya atravesó fronteras. Ya sobrepasó cualquier lógica; cualquier rastro de humanidad. Mierda, hedor y sangre. No hay más que nos puedan ofrecer. No les interesa lo que podamos ofrecerles. Todo es oscuridad. Ojalá fuera la oscuridad del fondo del mar. Una apacible negrura. Pero es la oscuridad del fondo de un mar de mierda.

No esperes a que flote más mierda. Sal a flote tú.

sábado, septiembre 03, 2011

Ayer leí algo que me pareció muy interesante.

El gobernante de un país o ciudad ficticia se encontraba reunido con su secretario particular. El secretario, exaltado, le dice al gobernante:

- ¡Los excluidos se están rebelando, señor!
- Córranlos de sus trabajos.
- No se puede, señor: no tienen trabajo.
- Quítenles entonces los apoyos.
- No reciben ningún apoyo, señor.
- Destruyan sus casas con tanquetas.
- No tienen casas.
- Entonces, estamos perdidos...

¿Será que por eso toleramos tanta mezquindad y tanta sangre: porque tenemos miedo de perder lo poco que tenemos?

Cuando se tiene lo que tenemos, es lo mismo a no tener nada.

jueves, agosto 25, 2011

Hace poco más de 6 horas hubo una masacre en un casino de Monterrey. Más de 50 personas inocentes murieron asesinadas a sangre fría.

Me vienen a la mente todos esos comentarios de las personas a las que alguna vez les menté la madre por ir a jugar a esos congales, al igual que lo hago con los que van a los estadios de fútbol:

“Ay, es sólo una distracción: todos tenemos una”, “ay, mientras no se haga vicio no pasa nada”, “ay, lo hago nada más para pasar el rato”, “ay, si yo nomás le invierto 200 pesitos, no más”, bla bla bla.

Y ya los veo mañana, los casinos abarrotados y la gente diciendo:

“Ay, los casinos no tienen la culpa de lo que está pasando en la ciudad; ya ves Las Vegas, tan seguro que es”, “dejando de ir a jugar a los casinos no se va a acabar el problema de la inseguridad”, "es que ese casino era de los malitos del otro bando", “si me toca una balacera en un casino, pues bueno, ya me tocaba; si no, pues no", "ay, uno no puede vivir con miedo y dejar de hacer lo que le gusta” y bla bla bla.

Y así seguirá una bola infinita de argumentos mediocres, dignos sólo de descerebrados.

Hagan lo que quieran, hijos de la verga: ya no les voy a decir nada. No quieren tomar medidas radicales para tener cambios radicales, pues bueno, no las tomen. Sigan con sus vidas chidas: vayan a los casinos, vayan a los estadios de fútbol, vayan a la verga si quieren. Al parecer otros ya están tomando esas medidas drásticas, y con resultados terroríficos.

miércoles, agosto 24, 2011

La fraternidad de la cheve

Di con la imprenta del señor Manzanares por una casualidad que provocó una urgencia. Nuestra amistad, por consecuencia, fue también accidental.

Era un sábado por la mañana y necesitaba imprimir lo antes posible unos recibos fiscales. Tenía que entregárselos a un cliente el martes por la tarde para poder cobrar mi cheque ese mismo viernes y liquidar el lunes un adeudo pendiente que tenía con la mueblería que me había facilitado un crédito para comprar una sala de color beige que combinara con mi apartamento.

Los últimos 15 recibos fiscales que tenía se habían echado a perder porque la caja de cartón donde los guardaba se había mojado tres días antes: el día del aguacero que duró toda la noche, tapó alcantarillas, hizo que se fuera la luz en mi colonia y se inundaran algunas calles de la ciudad.

Aquel sábado el cielo amaneció despejado después de casi toda una semana con nubarrones negros. Desde temprano me puse a recorrer en mi coche las calles del centro de Monterrey esperando encontrar una imprenta autorizada para imprimir documentos fiscales. Pensé que sería difícil, pues pocos negocios abren los sábados y todas las imprentas que veía al pasar estaban cerradas. Después de manejar por casi una hora me acordé que mi amigo el Rodo alguna vez mencionó la imprenta de un conocido suyo -o de su papá- en la que se juntaban los fines de semana a asar carne. Me acordé de eso porque el Rodo se había referido a la imprenta como “la que está en contra esquina de los masajes LeBaron”, una famosa casa de citas a la que llegué a ir con mis amigos de la prepa, pero sólo a dar lástimas, pues entre todos no pudimos completar el dinero para pagar una puta.

Conduje un par de minutos más hasta dar con los “masajes LeBaron”, y, en contra esquina, efectivamente había una imprenta abierta.

El negocio se llamaba “MegaPrinter”. Al frente tenía un anuncio impreso en lona con el nombre en letras muy grandes y azules. Me pareció gracioso que la letra “pe” tuviera una manzana mordida en el centro. Como la de Apple. Hasta después entendí que ese detalle hacía referencia al apellido del dueño del negocio, no a las computadoras.

Estacioné el coche en la entrada de la imprenta y bajé con la memoria usb donde tenía guardado el archivo con el diseño de mis facturas. Cuando crucé la puerta, que estaba abierta de par en par, me llegó el característico olor de la leña de mezquite cuando arde.

Caminé por un pasillo que tenía dos puertas del lado derecho. En una había una oficina con una computadora y un pizarrón de corcho donde colgaba publicidad de todo tipo –negocios de tacos, de tortas, tintorerías y talleres mecánicos-, y en la otra puerta se apreciaba una habitación más grande, con algunas máquinas de rodillos, montones de paquetes con hojas de papel y botes de tinta. Al fondo había otra puerta. Era una puerta metálica negra con una ventana con algunos barrotes horizontales, por la que se escuchaban voces y risas y se colaba un humo espeso. Me asomé a través de los barrotes y vi a tres hombres que rondaban los 50 o 60 años. Uno estaba de pie, iba muy bien vestido, con la camisa fajada en unos pantalones de tela café y los zapatos boleados; los otros dos estaban sentados en unas cubetas de plástico puestas al revés. Tenían manchas de grasa y tinta de colores en casi toda su ropa. Entre sus piernas, los hombres manchados resguardaban cada uno un par de cartones con envases de cerveza.

-Buenas tarde –dije golpeando con suavidad el metal negro de la puerta, y los tres hombres me voltearon a ver.

-Buenas tardes –contestaron en coro.

-¿En qué puedo ayudarlo, joven? –dijo el hombre que vestía ropas pulcras, quien, supuse, era el dueño del lugar.

-Disculpe que lo moleste en sábado, señor, pero vi que el negocio estaba abierto. Lo que pasa es que necesito unas facturas de urgencia y quería ver si usted me las podía imprimir… soy amigo del Rodo.

-¿Eres amigo del Pedorro? -dijo, y todos rieron.

-De Rodo, de Rodolfo Fontanery –respondí sonriendo.

-¡Ah, eres amigo del pinche Pedorro del Nery! Pásale y sírvete una cerveza, que nos hace falta un jugador para el dominó. Al rato vemos lo de tus facturas.

Titubeé un poco, ya ven cuánto viejo mañoso hay en esta ciudad; pero el semblante de sus rostros era más bien bonachón. Atravesé la puerta y me presenté diciendo mi nombre. El hombre de ropas limpias me extendió su mano y me dijo que se llamaba Mateo Manzanares. Era el dueño del lugar. El señor Manzanares me presentó a sus empleados mientras me daban un apretón de manos.

-Ese güey es el Chatanuga.

-Mucho gusto, señor Chatanuga –dije sacudiendo su brazo, y todos se rieron.

-Y ese otro cabrón es el Hogan.

-Mucho gusto, señor Hogan –dije, y soltaron una risa más escandalosa.

El Chatanuga y el Hogan eran los impresores de Megaprinter y, obviamente, así no se llamaban. El Chatanuga era el barrigón de lentes. Así le decían por su parecido físico con Pedro Weber Chatanuga, el cómico mexicano. El Hogan era el que usaba un bigote largo que terminaba en punta, era calvo y el poco pelo blanco que tenía le colgaba por encima de los hombros, como el luchador norteamericano Hulk Hogan.

El Chatanuga agarró una cerveza del cartón que tenía entre sus piernas, le quitó la corcholata y me la dio. Le di un largo sorbo mientras contemplaba un naranjo repleto de frutas enormes y un asador con varios troncos de leña ardiendo.

-Así que eres amigo del Pedorro del Nery…- dijo el señor Manzanares sonriendo

Fue así como conocí a la Fraternidad de la Cerveza.




martes, agosto 23, 2011

De fut, balazos y pendejos

Reforzarán la seguridad en los estadios de fútbol después de la balacera en Torreón. Eso sí: no esperes que hagan lo mismo en tu calle o en tu colonia. Tú no eres tan importante como un partido de fútbol. Entiéndelo. No generas ese dinero. Los pocos impuestos que pudieras estar pagando no te garantizan una vida tranquila y plena.

Tú estás aquí para partirte el lomo y gastar lo poco que ganas en esos juegos de pelota. Y así como tú hay muchos. Y así como muchas personas inteligentes harían la diferencia, muchos enajenados son los que producen las jugosas ganancias que impiden ese cambio. Por eso, si es necesario poner policías, militares, guerreros medievales y hasta un dragón en los partidos de fut, lo harán con tal de que vayas con la otra bola de alienados a seguir tirando tu dinero sin temor a que te maten. Pero que te quede bien claro que no lo hacen porque les importes tú o tu familia o tu seguridad o el deporte: lo hacen porque les importa no ver mermadas sus ganancias.

Lo peor para ellos sería que de repente pensaras y dejaras de ir a ese pseudo espectáculo deportivo y dejaras de poner en tu Facebook: “Vamos por 3 goles, mis Tigres” o en tu Twitter: “Vamos a dar todo en la cancha, Rayados”. Pero saben que eso nunca va a suceder mientras te den más fútbol.

Saben que es más fácil que se pongan de acuerdo 45 mil personas para ir a ver un partido de soccer a que 100 personas tengan los suficientes huevos para dejar de ir en protesta para exigir vivir en paz. Saben que aunque esos 45 mil individuos se manifestaran con pancartas frente a palacio de gobierno, no los escucharán. Les pondrían atención y tal vez los escuchen el día en que esos 45 mil dejen de ir a un estadio y hagan saber las razones por las que ya no van.

¿Algunas vez has visto o sabido que le roben el coche a un jugador de fútbol famoso; o que se roben algún camión de Carta Blanca, de la Coca Cola, de la leche Lala, de Bimbo, de Televisa, de TV Azteca? Sin embargo a cada rato escuchas que le robaron el coche a un amigo, que le quitaron su negocio a una tía, que le quitaron su casa a un primo, que dejaron en la calle a un conocido. Esto es porque tú no les importas. Mientras a los poderosos no les pase eso, nada va a cambiar. Mientras les sigas entregando tu dinero, nada va a cambiar.

Por eso recemos por que haya más sucesos violentos en los estadios de fútbol. Que se recrudezcan las balaceras para que la gente deje de ir aunque los pinches jugadores salgan con sus mamadas de que “la afición debe de estar unida y no se debe dejar amedrentar” y bla bla blaaa. Eso lo dicen porque tienen miedo de perder sus privilegios. Privilegios que tú les das. Sólo pegándole a los dueños del dinero y a los enajenadores de masas nos van a escuchar. Dejen que haya más atentados y que la gente deje de ir por miedo a los estadios y que dejen de tener su ganancias millonarias las refresqueras, las televisoras y las cerveceras, y van a ver cómo se ponen las pilas las autoridades. Así como se las están poniendo con el sector turístico (echando un chingo de mentira y promoviendo imágenes de un país que no existe), así se las pondrán para todo.

Recuérdalo: tú no les importas. Mientras les des tu dinero, no les importas. Al único que deberías de importarle, es a ti mismo. Ya desapendéjate, por favor. No te pierdes de nada con dejar de seguir a un equipo de fútbol. No va a pasar nada nuevo. Es una monotonía que tú mismo te has creado que no te hace mejor persona y sí te degrada a niveles de bruto. Deja de ir y le harás mucho bien a ese país que tanto dices amar; ese país que está en manos de estas empresas criminales. Deja de ir y ahí sí se van a cagar. Ahí sí los vas a hacer temblar. Ahí sí se van a poner a jalar parejo para todos. Ya desapendéjate. Deja de venerar los colores de una camiseta a la que no le debes nada y deja ya de coger a lo pendejo para no seguir trayendo niños que “hereden tu pasión por un equipo”. Ya córtales la chichi para que dejen de mamarse. Sólo tú puedes hacerlo… siempre y cuando te desapendejes.


jueves, agosto 18, 2011

Retiro espiritual

Cuando vi el documental Jesus Camp –una de las películas más aterradoras que he visto en mi vida-, me vino a la mente mi época de preparatoria, cuando “la sociedad de alumnos maristas” organizaba esas mamadas llamadas “retiros espirituales”.

Lo que más me cagaba de los retiros espirituales es que eran obligatorios. Si llegabas a faltar, te jodían con faltas –valga la rebusnancia- o con alguna calificación baja en alguna materia de ésas sin importancia pero que te jodía el promedio general.

Los retiros espirituales no tenían nada de espirituales. No sé por qué la gente se empeña en relacionar a la fe católica con “lo espiritual”. No tiene nada que ver una cosa con la otra. La fe católica es una locura adoctrinamensos y el espíritu ni siquiera se ha comprobado si existe o no. Lo mismo pasa con los valores: siempre los relacionan con Dios. “Quien se aleja de Dios no tiene valores”. Puras pendejadas, pero bueno…

Les decía que llegaba uno –a la fuerza- al retiro espiritual y se topaba con que las viejas más buenonas y los güeyes más galanes (menos yo) eran quienes lo impartían. Ya desde ahí uno se ganchaba con tal de ver nalgas.
Después de un pequeño discurso de introducción, cursi y chantajista, empezaban las actividades mamonas. Especialmente recuerdo dos:

En la primera, colgaban una piñata con forma de marrano en el salón y pasaban al frente al más pendejo del grupo o al que tuviera cara de ser el más débil mental. Las viejas y los vatos que impartían el “retiro” empezaban a decirle al pendejo que esa piñata representaba todo lo que odiaba: el maestro que lo había reprobado, el castigo que le había impuesto su padre, el permiso que le habían negado, la fiesta que se perdió, la chava que no quiso ser su novia, el amigo que alguna vez lo ofendió, etcétera. Total que el acoso de los oradores era tanto que el pendejo empezaba a golpear la piñata con odio y con lágrimas en los ojos. Después, otros pendejos se paraban de su asiento y también se ponían a golpear la piñata llorando. Total que al final, cuando la piñata quedaba hecha mierda, de entre los residuos de papel de colores, periódico y varas de carrizo, sacaban una imagen de Diosito, ay, snif… Y una de las viejas pendejas que impartía el curso la elevaban al cielo y decía: “¡Miren lo que le han hecho a Jesúuuuus! ¡Esto que acaban de hacer se lo hicieron a Jesús, Nuestro Señooor! ¡Porque Jesús está hasta en nuestro peor enemigooo!”, y toda la bola de pendejos resentidos se ponía a berrear y a tirarse al suelo y a hacer un circo, juajuajuajua… ¡qué pinche risa! Me acuerdo que no aguanté y ahí mismo se me salió una carcajada, y un puñetas me dijo: “¿Te crees perfecto o qué? Cuando estés frente a Dios te vas a cagar, hermano, ¡te vas a cagaaarrr!”. “Ta bueno, pendejo”, dije entre dientes.

La otra actividad estaba todavía más mamona. Después de todo el show lagrimal, los que impartían el curso se ponían a leer pasajes de la Biblia con voz dulce y a preguntarnos lo que habíamos entendido. A mí me preguntaron varias veces, como que para humillarme enfrente del grupo por haberme reído de los pinches chillones de la piñata; total que respondía cualquier pendejada para que ya no me estuvieran chingando. De entre los pasajes que leyeron estuvo ése donde Chuy les lava los pies a sus discípulos. Y que empiezan las pinches viejas mamonas con el chantaje: “¿Serían ustedes capaces de ser tan humildes como Jesús, Nuestro Señor, y lavarle los pies a los pobres?”. Y todos como pinches borreguitos: “Síiii, a huevo, yo sí le lavaría los pies a los pobres, beehehehe”. Y nomás dijeron eso y que entra al salón una bola de indigentes apestosos y haraposos que habían agarrado debajo de un puente; ¡y pues órale!, a lavarles los pinches pies. Los indigentes no sabían ni qué pedo: volteaban a ver para todos lados con cara de hambre, imaginándose que cada uno de nosotros era un filete o una pierna de pollo o algo así. Obviamente muchas pinches viejas hociconas, de ésas que habían dicho que ellas sí les lavarían los pies a los pobres, saltaron de su asiento del asco y se pusieron a llorar y a decir que ellas no lo iban a hacer. Otras, con tal de quedar bien con los demás y sentirse bien con ellas mismas, de volada se pusieron a tallar con estropajo las callosidades de esos pobres cabrones, que no entendían ni puta idea aquel circo estúpido.

Yo, me quedé sentado, y se me acercó uno de los jefecillos y me dijo: “Ándale Gustavo, ¿o qué, no te atreves?”. Y le respondí: “Me parece una pendejada lavarle los pies a unos indigentes. Mejor cómprenles comida o regálenles unas cobijas”. Y el puñetas me respondió: “Claro que vamos a hacer eso. Esto es sólo una metáfora de la palabra del Señor”. Y yo me quedé sentado y le dije: “Pues a ver si por mojarles los pies no les da una pinche pulmonía y se mueren y se van al cielo con Nuestro Señor”. Y nomás se me quedó viendo con cara de “no me gusta tu actitud”.

Y ya. Se acabó el pinche retiro y todos salieron sintiéndose mejores personas. Yo salí de ahí sin poder creer que estuviera rodeado de tantos pendejos enajenados.Tal vez por eso no tuve muchos amigos, snif.

martes, agosto 16, 2011

El lamentable caso de un lector, segunda parte.

El martes 19 de abril del presente año di a conocer el caso de Édgar Avena, un lector de este blog -y otros tantos- que perdió una pierna al quedar en medio del fuego cruzado entre bandas rivales de delincuentes.

Mandé su caso a Hazme el Chingado Favor y a algunos otros contactos, para que lo leyeran y lo reenviaran en dado caso de conocer a alguien en la misma situación que está Édgar.

Hoy, el periódico El Universal le dedicó un artículo a Édgar y, de rebote, a todas las víctimas de la violencia en este país.


Aquí el enlace para que lean el artículo completo.





lunes, agosto 15, 2011

El yoga y el cartón van de la mano

Ahora sí que se la jaló una clienta que vino en la mañana.

A simple vista parecía una señora normal, de ésas que piden lo que hay en la tienda: cajas de cartón, moños, bolsas para regalo, etcétera; pero no: resultó ser uno de esos clientes orates.

La señora me pidió unas cajas pequeñas para meter unos "regalitos" que les iba a dar a las clientas de sus clases de yoga. Cuando le entregué las cajas, me dijo:

-¿Y de pura casualidad no vendes tapetes para hacer yoga?

“Claro que sí, señora. No se imagina la cantidad de personas que vienen a un negocio de cajas de cartón a pedir tapetes para hacer yoga. Me los piden mucho porque el yoga y las cajas de cartón son dos mercados idénticos. ¿Cuántos tapetes para hacer yoga va a querer?: ¿cien?, ¿doscientos?, ¿mil?; ahorita mismo se los traigo, señora”.

Obviamente lo anterior es un sarcasmo. Le respondí que “no manejábamos ese producto” y, como si me leyera la mente, me dijo:

-Pues deberías de manejarlo. Es muy buen negocio.

Qué poca visión de negocios tengo. Cajas de cartón y tapetes para hacer yoga: ¿cómo no se me ocurrió antes? Después pondré un negocio de azulejos para baño y paseos en globo aerostático; porque cuando uno entra a un negocio de azulejos para baño lo primero que piensa es en globos aerostáticos.

Aaaay, no… y apenas es lunes, snif.

viernes, agosto 12, 2011

Perra infancia

En mi casa siempre hubo perros. Es la ventaja de tener papá veterinario. Otra de las ventajas es que te ahorras mucho dinero en doctores.

Una vez a mi hermana menor le tronó un agua mineral de vidrio en el suelo y le rajó toda la pierna. Mi papá se la llevó a su consultorio llorando y sangrando y, en la plancha metálica donde operan a los perros, ahí le cosió la pierna. Le quedó una cicatriz blanca, como una larva que le sube por el chamorro, pero no hubo necesidad de gastar en médicos para humanos. A mi otra hermana le enyesó un brazo cuando se cayó del librero jugando a que era un chango y, como broma, le dijo que la iba a meter en una de las jaulas donde meten a los perros hospitalizados, a ver si así ya se portaba bien. Yo no llegué a tanto: mi padre solamente me checaba los oídos –con los que siempre tuve problemas- o me ponía yodo en los raspones.

Pero volviendo a lo de tener perros en casa: casi siempre tuvimos Chihuahuas o French Poodles, porque los patios de nuestras casas nunca fueron muy amplios.

Una vez tuvimos un Whippet, que es como un Galgo Inglés, pero más chaparro. También tuvimos un Gran Danés, pero ése estaba en el patio de la clínica veterinaria, que era más grande y, aparte, servía para ahuyentar a los ladrones. El único perro grande que tuvimos en casa fue una Boxer que existía antes de que yo naciera y murió un par de años después de que nací.

Mi perro favorito de todo el mundo siempre ha sido el Saluki, o Galgo Persa. Después le siguen el Borsoi, o Galgo Ruso y el Mastín Napolitano. Con este último soñaba que lo montaba y recorríamos el barrio brincando bardas y coches.

Mis amigos de la escuela no sabían mucho de perros. Para ellos, los mejores perros eran el Pastor Alemán y el Dóberman, pues siempre han sido algo así como que “los más famosos” o "de los más comunes". Pero cuando les enseñaba algunos libros donde venían fotos de lebreles y otros perros de caza, cambiaban sus gustos.

Con los niños del barrio jugaba a que cada quien era un perro. Imaginábamos que éramos un grupo de perros con poderes que salvaba a la ciudad después de que se escapaban unos leones de un zoológico galáctico. La única regla era que no se podía ser el mismo perro que alguien más. Yo, obviamente, siempre escogía ser un Saluki, y dos amigos siempre se peleaban por ser el San Bernardo. Dejaron de pelear hasta que a uno de ellos le enseñé una foto del Mastín Napolitano, y prefirió ser ése perro a ser el San Bernardo. Lo que no me gustaba era cuando jugaba el hermano mayor del Pollo, porque siempre quería ser "un perro de pelea” –ni sabía la raza ni nada, sólo "un perro de pelea"- y se la pasaba de mamón, dándonos patadas o manotazos en la cabeza. Cuando le reclamábamos, nos decía: "¿Quéeeee? Soy un perro de pelea". Me cagaba que jugara con nosotros.

Hace poco llegó un hombre al consultorio y dejó a un Rottweiler moribundo. Al checarlo, se dieron cuenta que el perro estaba machacado por dentro. Lo habían golpeado salvajemente y lo tuvieron que dormir para que no sufriera más. El supuesto dueño del perro no volvió a contestar el teléfono ni volvió a aparecerse. Es curioso que uno no sienta lo mismo cuando en las noticias dicen que le hicieron lo mismo a una persona. Es curioso que uno quiera buscar al dueño de ese perro y hacerle lo mismo sin ningún remordimiento.

Qué ironía: los perros nos hacen más humanos; en cambio el prójimo nos roba esa humanidad.

miércoles, agosto 10, 2011

Una finísima persona

Si son mis lectores desde hace tiempo, sabrán que soy una finísima persona. Finísima e importante. Mi profesión –bloguero famoso- me mantiene ocupado las 38 horas del día los 1743 días del año.

Entre los compromisos que uno debe de soportar, están las invitaciones de los fans a comer, cenar o beber. En efecto: la gente me invita a salir para escucharme hablar o simplemente para contemplar a alguien tan pinche guapo como yo.

Un día normal en mi vida es recorrer restaurantes lujosos –sí, aquí puro lector pudiente-, donde bebo martinis de manzana, cervezas importadas y cócteles variados; ordeno platillos de comida tailandesa, afgana o mariscos exóticos: como la langosta albina, el pepinillo de mar al chipotle, celacanto al mojo de ajo o algún aguachile de fauna abisal. Aquí les muestro unas fotos, para que vean que no miento:



A pesar de ser una buena vida –ya que yo no pago ni madres-, es una vida vacía; una rutina sin sentido que me plantea muchas dudas existenciales y me mantiene en la búsqueda de algo más sustancioso para mi espíritu.

Y la solución la he encontrado en la lectura. Por eso después de una jornada de invitaciones a comer, cenar o beber con mis lectores, me refugio en la lectura. Pero no en cualquier lectura. Yo pura lectura de primer nivel. Porque si son mis lectores desde hace tiempo, sabrán que soy una finísima y cultísima persona.



viernes, agosto 05, 2011

Aquellos fines de semana


Aquellos fines de semana, en vez de ir a un restaurante, antro o cantina -como acostumbraban distraerse los jóvenes de esta ciudad antes de la ola de inseguridad y violencia que se vino-, nos juntábamos en la carnicería Santa Martha, un negocio de carnes y abarrotes propiedad de la familia paterna de Pedro, un amigo de la universidad.

Los viernes a las seis de la tarde, después de la última clase, Erick, Lacho, Chuy y yo corríamos al estacionamiento para montarnos con todo y mochilas a la caja de la pick up roja de Pedro.
En el trayecto a la carnicería –que era largo- cantábamos, fumábamos y bebíamos algunas cervezas que comprábamos en el Oxxo. Recuerdo que Pedro siempre nos decía: “¿Para qué compran cerveza, si allá en la tienda tengo?”.
Ésa era una de las razones por las que nos gustaba ir a la carnicería de Pedro: podíamos agarrar la cerveza que quisiéramos, al igual que bolsas de papas, chicharrones y carnitas de puerco.

Al fondo del pasillo de la Santa Martha –que casi siempre estaba resbaloso porque por ahí deslizaban los trozos de carne congelados para meterlos al cuarto frío-, había una oficina acondicionada con televisión, estéreo y reproductor de devedes, que era donde pasábamos el resto de la tarde y toda la noche, hasta la madrugada. Recuerdo que en una de las paredes de la oficina había un par de calendarios con fotos de viejas bien chichonas y algunos recortes de revistas con escenas de películas -a todos nos gustaba el cine- y de conciertos de rock, pues Pedro soñaba con ser "rockstar".

De las cosas más folclóricas que tenía el lugar, eran sus empleados, que después de las 10 de la noche, cuando cerraban la tienda, se ponían a beber cerveza y a platicar con nosotros: “los amigos fresillas, pero chidos, de Pedro”.

Estaba el Toris, un güey que despachaba la carne y que en vez de decir “güey” decía “wa”; la Chiva, un cholillo con dos aretes en las orejas, que le ayudaba al Toris a cortar carne con la sierra y soñaba con comprarse unos tenis de Michael Jordan; El Botija, un niño gordo de 13 años que metía lo que los clientes compraban en bolsas de plástico y al que se la pasaban asustando diciéndole que en el cuarto frío se aparecían fantasmas; y el más chingón de todos: el Cuino, un cabrón que hacía de todo en la tienda -barría, trapeaba, cocinaba las carnitas, picaba barras de hielo- y se la pasaba hablando de sexo sucio. Una vez nos cagamos de la risa como por una hora porque el Cuino nos dijo que cada que pasaba por una alcantarilla, se le paraba el pito nomás con el olor, jajajaja. Otra vez nos dijo que le gustaba cogerse a las viejas después de que barrían todo el día, que porque así estaban "sudaditas". Por eso le decíamos el Cuino: por cerdo. Pero, ah, cómo nos hacía reír.

Y así pasábamos las horas: platicando y riendo. Confesando anhelos y miedos. Todo fluía perfecto, como las cervezas a través del gaznate.

No teníamos laptops ni blackberrys ni iPhones ni nada. Dependíamos muy poco del teléfono móvil y sus mensajitos. Ninguno era fan de los videojuegos. No necesitábamos otra cosa más que nuestra compañía, música de fondo, cerveza, anécdotas y ganas de vivir y recordar ese momento. A veces nos quedábamos a dormir en casa de Pedro -que vivía a 5 cuadras- o dormíamos ahí en la oficina en unos tendidos improvisados. Cuando hacíamos esto, despertábamos al mediodía, comiendo barbacoa y planeando el resto del sábado. A veces regresábamos a casa en taxi.

En el trayecto de la Santa Martha a mi casa –que era largo- ya estaba pensando en el sábado y en el próximo viernes. Me ponía triste que se acabara ese día; que se acabara el fin de semana. Me ponía triste tener que irme a dormir y que tuvieran que pasar otros 5 o 6 largos días para volver a hacer lo mismo: una rutina que nunca hartaba como la rutina de los días entre semana, que comoquiera era llevadera, pues nos veíamos en el salón de clases.

Pero esos viernes y sábados... Sabía que esos viernes y sábados no durarían toda la vida. Y eso me entristecía. El trabajo, el matrimonio, los hijos, las responsabilidades, crecer, madurar, cuidarse... todo eso.
También sé que aquellos fines de semana durarán por siempre en mi memoria, pero la memoria nunca se comparará con haber vivido un presente que ya no es.

miércoles, agosto 03, 2011

Cag-arte

Cuando me doy la oportunidad de viajar -ya sea a una ciudad cosmopolita o a un pueblo bicicletero- procuro visitar museos. Mis museos favoritos son los de historia natural y los de arte.

No es que sea yo un chango en busca de sus orígenes, un artista, un bohemio o me considere una persona muy culta; no. A veces simplemente voy a los museos en busca de esculturas de viejas encueradas o maniquís de aborígenes en taparrabos, jejeje.

Pero la realidad es que cada que visito los museos de arte –sobre todo los de arte moderno- y observo lo que ahí exponen, no puedo evitar encabronarme y ponerme como Hulk: verde del puro pinche coraje.

Me encabrono porque pienso humildemente que deberían ser mis dibujos los exhibidos en esas paredes; que debería ser yo quien estuviera cotizando sus pinturas en millones de dólares; que debería ser yo quien se la pasara rascándose las pelotas con una mano y pintando con la otra; dando cátedras en universidades y exhibiendo mi trabajo en todos los países del mundo. No esos mamarrachos.

Esto no es arrogancia, lo que pasa es que uno se encuentra con cada cosa...

Por ejemplo: hace poco paseaba por un museo de Austin, Texas, y me topé con un lienzo que tenía pintada una pinche bola amarilla sobre una mancha azul y otra verde; todo dibujado bien al chile. A un lado del lienzo había un papel que explicaba que "eso no era un círculo amarillo, ni un sol, ni una luz, ni un limón, ni una lima, ni el ojo de un gato ni nada; que simplemente era lo que era: una bola amarilla sobre un fondo azul con verde… o lo que el espectador quisiera que fuera”. Madre mía. ¡Qué chingón salió el autor de ese esperpento con la justificación! Niega lo que es pero a la vez es lo que es pero no es lo que a la vez es… ¡Wow! He aquí “la obra de arte” de la que hablo:


¡Qué mamadas!, ¿no creen? Ahora resulta que el arte es burlarse del propio arte; que el arte es tan relativo que ya cualquier pendejada puede llamarse arte. Ahora resulta que con un papelito que justifique o explique lo que el autor quiso plasmar, ya todo se vale.

Pero ahí no acabó la cosa, pues entré a otro recinto del museo y vi un par de mamadototototas (perdonen mi francés): dos cuadros en blanco. Sí, señoritas y señoritos, dos cuadros en blanco colgados de las paredes del mueso de arte más importante de Austin. He aquí la prueba:


Pero ¿saben qué es lo más irónico del caso? Que este trío de mierdas artísticas me inspiraron. Me duele aceptarlo, pero me inspiraron. Me inspiraron para hacer las tiras de esta semana del Capitán Cooltura. Esas obras insípidas, “creadas” por un par de artistas huevones y sin talento, me inspiraron, snif.

Nada más que no lo sepan sus autores, porque entonces justificarán su mierda diciendo que “el arte cumplió su misión inspiradora”.
Los odio.

lunes, agosto 01, 2011

Cliente loco

Hoy llegó al negocio un cliente muy extraño. Era una mezcla de un cotorro con un zombie con un loquito. Una persona muy curiosa.

Era un viejo setentón que iba con una mujer que parecía veintitantos años menor que él y que, por como se hablaban, deduje que era su hija.

Total que ya, les di las buenas tardes y les pregunté que qué se les ofrecía. Y el señor me dijo:

-Es que el sábado vinimos… el sábado aquí estuvimos –y me miró directamente a los ojos.

Y yo: “… ah, ok… ¿y buscaba algo en especial?”. Y el viejo nomás me seguía viendo y su hija seguía viendo las cajas. Después de un silencio largo e incómodo, la mujer me dijo que buscaba una caja de ciertas medidas, y el señor dijo:

-Sí, es que el sábado aquí estuvimos… el sábado vinimos aquí...

Y yo: “… ok… señor… esteee…”, y no me quitaba la mirada de encima el viejo cochino. Total que busqué las medidas de la caja que quería la señora y encontré una similar y la saqué de la bodega; se la mostré y le dije el precio. La señora asintió y se le quedó viendo un rato, y el señor dijo:

-Sí, es que el sábado aquí vinimos... y nos llevamos unas cajas… el sábado aquí anduvimos…

Y pos yo ya de plano no supe a qué chingados se refería el señor con eso de que “el sábado aquí vinimos”. No comprendía tanta insistencia, y entonces le pregunté:

-El sábado yo no estuve aquí en la mañana, señor, pero ¿qué pasó?: ¿lo atendieron mal, no encontró algo que buscaba, la caja era distinta, era otra medida, se la dieron en algún otro precio, le hicieron algún descuento… o por qué me dice eso?

Y el señor:

-No, nomás… es que el sábado aquí vinimos…

Pinche viejo loco... No supe si quería que le agradeciera, que lo felicitara o qué pedo.