Me incomoda toparme con ex compañeros de la primaria, secundaria o del barrio, sobre todo con ésos a los que dejé de frecuentar desde hace algún tiempo. Me incomoda topármelos porque siento que tengo que forzar una platica que no da para mucho, pues ponernos al corriente de lo que hemos hecho en los últimos 15 ó 20 años es una tarea casi imposible, que me provoca una hueva tremenda.
Ah, pero más me caga toparme con esos cabrones que “eran un desmadre”, según sus propias palabras.
Son los típicos güeyes que, como no tienen nada de que platicar y siguen sin tener gracia o virtud alguna, se ven en la necesidad de revivir los desmadritos que se aventaron en la adolescencia. Cuando te los encuentras, siempre te dicen: “¿Te acuerdas?, ¿sí te acuerdas?, yo siempre fui un desmadre, ¿te acuerdas?, verdad que yo siempre fui un pinche desmadre”, y uno nomás siguiéndoles la corriente y diciéndoles que sí para no hacerlos sentir mal. Incluso, hasta inferior lo ven a uno por no haber sido como ellos.
“Yo era puro cabrón en aquella época, ¿te acuerdas?”, dicen orgullosos, aferrados a un pasado sin oficio ni beneficio ni memorable en lo más mínimo. Aparte, ¡qué arrogancia! Si algo me caga es que alguien hable y hable y hable de su persona si no se le pregunta por su persona.
Estos cabrones insoportables creen que por haber sido el terror de las fiestas de quinceaños, por haberse agarrado a chingazos con otros morritos, haber roto vidrios de casas, haberse robado el Shadow rojo de su jefecita, haber escapado de clases, haber fumado a los 12 o haber hecho llorar a sus espinilludas noviecitas casándose con otra en una kermés, eran muy cabrones y dignos de admiración.
Pero lo peor de todo, ¡lo peor de lo peor!, ¡el horror de horrores!, es cuando te dicen: “Y mírame ahora: quién iba a pensar que me iba a casar y a tener hijos”.
No sé qué se creen al decir esto, en serio. Como si eso de casarse y tener hijos los redimiera automáticamente de todas las mamadas y pendejadas que hicieron por el puro gusto de ser unos hijos de puta.
Aparte, no sé por qué creían que siendo los desmadrositos eran los “diferentes” o los "liberales" del grupo. La prueba más grande de que nunca fueron diferentes, es que terminaron haciendo lo que cualquier persona con dos neuronas y un poco calentura entre las piernas hace: casarse y tener hijos.
Se creen que eran muy cabrones, pero ni siquiera fueron lo suficientemente cabrones como para desafiar las leyes de la naturaleza y los protocolos sociales negándose a casarse y a tener hijos. Estos güeyes se la pasaron “desafiando” pendejadas infantiloides que no había necesidad de desafiar; reglas pendejas que cualquiera podía cumplir y romper; pero nunca podrán desafiar nada en serio.
Por eso, cuando veo de lejos a una de estas personitas, me cambio de banqueta o me escondo dentro de un basurero o hago como que me abrocho los zapatos, para no tener que hablar con ellos. Y es mejor para esa persona, porque piensa que le siguen teniendo miedo o lo siguen "respetando" por haber sido un cabrón. Y eso le alimenta el ego y es feliz. Y hacer felices a las personas me hace feliza mí, snif.
Ah, pero más me caga toparme con esos cabrones que “eran un desmadre”, según sus propias palabras.
Son los típicos güeyes que, como no tienen nada de que platicar y siguen sin tener gracia o virtud alguna, se ven en la necesidad de revivir los desmadritos que se aventaron en la adolescencia. Cuando te los encuentras, siempre te dicen: “¿Te acuerdas?, ¿sí te acuerdas?, yo siempre fui un desmadre, ¿te acuerdas?, verdad que yo siempre fui un pinche desmadre”, y uno nomás siguiéndoles la corriente y diciéndoles que sí para no hacerlos sentir mal. Incluso, hasta inferior lo ven a uno por no haber sido como ellos.
“Yo era puro cabrón en aquella época, ¿te acuerdas?”, dicen orgullosos, aferrados a un pasado sin oficio ni beneficio ni memorable en lo más mínimo. Aparte, ¡qué arrogancia! Si algo me caga es que alguien hable y hable y hable de su persona si no se le pregunta por su persona.
Estos cabrones insoportables creen que por haber sido el terror de las fiestas de quinceaños, por haberse agarrado a chingazos con otros morritos, haber roto vidrios de casas, haberse robado el Shadow rojo de su jefecita, haber escapado de clases, haber fumado a los 12 o haber hecho llorar a sus espinilludas noviecitas casándose con otra en una kermés, eran muy cabrones y dignos de admiración.
Pero lo peor de todo, ¡lo peor de lo peor!, ¡el horror de horrores!, es cuando te dicen: “Y mírame ahora: quién iba a pensar que me iba a casar y a tener hijos”.
No sé qué se creen al decir esto, en serio. Como si eso de casarse y tener hijos los redimiera automáticamente de todas las mamadas y pendejadas que hicieron por el puro gusto de ser unos hijos de puta.
Aparte, no sé por qué creían que siendo los desmadrositos eran los “diferentes” o los "liberales" del grupo. La prueba más grande de que nunca fueron diferentes, es que terminaron haciendo lo que cualquier persona con dos neuronas y un poco calentura entre las piernas hace: casarse y tener hijos.
Se creen que eran muy cabrones, pero ni siquiera fueron lo suficientemente cabrones como para desafiar las leyes de la naturaleza y los protocolos sociales negándose a casarse y a tener hijos. Estos güeyes se la pasaron “desafiando” pendejadas infantiloides que no había necesidad de desafiar; reglas pendejas que cualquiera podía cumplir y romper; pero nunca podrán desafiar nada en serio.
Por eso, cuando veo de lejos a una de estas personitas, me cambio de banqueta o me escondo dentro de un basurero o hago como que me abrocho los zapatos, para no tener que hablar con ellos. Y es mejor para esa persona, porque piensa que le siguen teniendo miedo o lo siguen "respetando" por haber sido un cabrón. Y eso le alimenta el ego y es feliz. Y hacer felices a las personas me hace feliza mí, snif.

































