Un río enorme y marchito atraviesa la ciudad donde vivo. No corre agua en su cauce desde hace muchos años, como lo hiciera en un principio, cuando este lugar todavía era un valle. En su lecho ahora abundan las canchas de fútbol con pasto sintético, las pistas de go karts, los comercios de piratería, los campos para practicar golf y los mismos parajes desolados de mi infancia.
A diario acompañaba a mi padre al extinto zoológico del Parque España, donde trabajaba vacunando antílopes y palpando leonas preñadas. Tomábamos avenida Constitución a las 7 de la mañana, la arteria vial paralela al Santa Catarina. Papá señalaba hacia el río cuando alzaban el vuelo las pocas garzas que aún lo visitaban cada que llovía. Yo pegaba el rostro en la ventana del volkswagen color verde y seguía con la mirada el aleteo de las aves sobre la inerte cañada. Rocas, desagües, basura y pestilencia desde entonces.
Siempre que pasábamos por ahí, soñaba que era el Presidente de México y construía un huerto gigante, de lado a lado, con riachuelos cristalinos y columpios colgando de ramas; que plantaba higueras, limones, duraznos, manzanos, perales, tomates, aguacates, mangos, chile y elotes. Mi razonamiento era que, como los pobres no tenían trabajo ni comida, podrían ir al huerto a arrancar los frutos cada que les diera hambre y así solucionarían sus problemas. Imaginaba que todo el país me aplaudía y agradecía con lágrimas en los ojos; que me cargaban en hombros y mandaban imprimir mi cara en esas estampitas que venden en las papelerías. Alucinar lo anterior a tan corta edad no era cuestión de soberbia, simplemente era lo que uno creía que sucedía cuando alguien hacía algo bueno por los demás.
Desistí en mi intento por ser Presidente de México y construir un huerto gigante cuando mis amigos del colegio descubrieron mis cuadernos con los planos de mi proyecto trazados –que no eran otra cosa que garabatos de árboles chingándose unos edificios- y dijeron: “Jajajaja, este pendejo quiere ser jardinero, jajajaja”.
Pasaron los años y, en una borrachera, le comenté a un amigo mi inocente propósito de infancia. Se lo platiqué porque –aparte que andaba pedo- mi compa se iniciaba en la política local, era defensor de perros callejeros y ecologista. "Chicle y pega", pensé. Para mi sorpresa, quedó fascinado con mi proyecto “autosustentable”. Así lo llamó. Yo nunca había escuchado esa palabra.
-¿Por qué crees que no hay árboles frutales en ninguna parte de la ciudad? Pues porque al pinche gobierno le vale madre quitarle el hambre a la gente. Porque si les ponen árboles frutales les dan de comer y les quitan la necesidad de trabajar, y lo que quiere el sistema son esclavos. Gente que tenga hambre para convertirla en esclavos.
-Obviamente. Por eso todo lo que se coseche en este huerto se va a regalar o a vender mucho más barato que en cualquier supermercado, güey. Si un kilo de tomate vale 10 pesos, nosotros vamos a darlo en 2. Que trabaje en el huerto la gente más pobre: sembrando, regando, podando, piscando; les pagamos un sueldo justo y les regalamos la fruta y la verdura, para que no emigren a hacer lo mismo con los pinches gringos. Aparte, hasta estaríamos fomentando la buena alimentación y los estilos de vida más sanos: sin pedos de salud ni de sobrepeso ni nada. Eso cuesta mucho al estado y se lo ahorraríamos en programas de salud.
-A huevo, cabrón. Y podemos hacer un chingo de huertos de esos en todo el país. La idea está bien chingona, porque así dejarían de inventar impuestos para combatir la pobreza. De hecho, también podemos hacer programas de concientización con primarias y secundarias, para que los niños vayan y aprendan a sembrar árboles y cultivar hortalizas, y así despertarles el respeto y el amor por la naturaleza.
-Simón, a huevo que sí; y al final del día, regalarles un par de arbolitos para que los siembren en sus casas.
-Sí cabrón, y tener una cuadrilla de camiones que recojan casa por casa puro desperdicio orgánico, para utilizarlo como abono. Y también crear una policía ecológica, que patrulle arroyos, cerros y áreas verdes.
-¡Puta, eso estaría bien chingón! Es más, también podríamos recolectar botes de plástico para construir un centro de investigación: que sea el primer edificio en el país construido a base de botellas de plástico…
Ay… la inocencia de la peda, snif. Ya hasta nos veíamos en Oslo, recibiendo el Premio Nobel de la Paz, o, ya muy jodido, el Príncipe de Asturias o el Global 500.
Recuerdo que brindamos por todos nuestros planes y mi amigo prometió que llevaría a cabo el proyecto cuando estuviera en el poder. Con el tiempo, mi compa se dio cuenta que era más fácil ser burócrata y estar en una narconómina que hacer proyectos de desarrollo sustentable; dar permisos para canchas de fútbol a las que no todos tienen acceso y hacerse pendejo con los puestos de piratería y los desperdicios industriales vertidos en el río, pues eso deja más billetes.
Se enteró -como todos los demás- que es mejor matar de hambre a la gente que darles de comer, que es mejor predicar el evangelio del trabajo duro -de sol a sol- por unos cuantos pesos para malcomer y que, aparte, te agradezcan por ello. Que es más sencillo fomentar entre los hombres la doctrina de “el que no trabaja no come”, pues no es otra cosa que la doctrina de la inercia, la que ha permitido que todo empeore y la que conduce nuestro rebaño al precipicio.
Todos los días tomo avenida Constitución, la arteria vial paralela al río Santa Catarina, y veo mi proyecto sepultado entre el progreso y la modernidad; progreso y modernidad que siguen sin sacarnos del agujero.