
Dentro del candil morado de las escaleras vive una familia de arañas. Papá, mamá, tíos, tías y chingos de hijitos. Los hilos de seda con que tejen sus nidos resplandecen cuando la luz de las seis se cuela entre las persianas. Fue así -con brillitos y destellos- como me di cuenta que tenía huéspedes de ocho patas.
Sin tener una buena perspectiva de mi casa, creo que tienen la mejor de las vistas.

Me ven cuando escucho música, pues el estéreo lo tengo a lado izquierdo del sillón. Me ven cuando riego las plantas en calzones, pues hay una maceta en cada extremo de la planta baja. Me observan cuando tomo siestas por las tardes, cuando tengo invitados a tomar cerveza y hasta cuando la prisa para hacer el amor es tanta que no hay tiempo de subir a la cama.
Hace poco, alguien se dio cuenta de la familia de arañas que vive en el candil y me recomendó fumigar la casa entera. La verdad, no tengo agallas. Ni dinero. No me han hecho nada. Sólo espero que el día que planeen hacerme algo no sean venenosas.
Dicen que los insectos no piensan ni razonan. Yo no creo eso.
Ayer por la noche, cuando llegué de cenar, me recosté en la cama con la ropa puesta. En una dormitada que di, sentí como si mi cuerpo flotara; como si me deslizara apenas a centímetros del suelo. De pronto, sentí la cabeza pesada, como si me colgara. Fue entonces que desperté. Y desperté atado, pegado a la pared.

Creo que las arañas sí piensan y hasta tienen memoria... y, aparte, no confían en los humanos.
Sin tener una buena perspectiva de mi casa, creo que tienen la mejor de las vistas.

Me ven cuando escucho música, pues el estéreo lo tengo a lado izquierdo del sillón. Me ven cuando riego las plantas en calzones, pues hay una maceta en cada extremo de la planta baja. Me observan cuando tomo siestas por las tardes, cuando tengo invitados a tomar cerveza y hasta cuando la prisa para hacer el amor es tanta que no hay tiempo de subir a la cama.
Hace poco, alguien se dio cuenta de la familia de arañas que vive en el candil y me recomendó fumigar la casa entera. La verdad, no tengo agallas. Ni dinero. No me han hecho nada. Sólo espero que el día que planeen hacerme algo no sean venenosas.
Dicen que los insectos no piensan ni razonan. Yo no creo eso.
Ayer por la noche, cuando llegué de cenar, me recosté en la cama con la ropa puesta. En una dormitada que di, sentí como si mi cuerpo flotara; como si me deslizara apenas a centímetros del suelo. De pronto, sentí la cabeza pesada, como si me colgara. Fue entonces que desperté. Y desperté atado, pegado a la pared.

Creo que las arañas sí piensan y hasta tienen memoria... y, aparte, no confían en los humanos.
















































