Va poco más de un mes que abrimos el negocio de cajas de cartón. De toda la gente que vino a la inauguración a cenar y chupar gratis a cambio de palabras de aliento, tales como: "¡Wow, qué bonito negocio!, vas a ver que te va a ir muy bien, felicidades, yo siempre compro cajas de cartón, se ve que es un negociazo, bla bla bla", ninguna se ha vuelto a parar aquí a comprar siquiera un moño o un pliego de papel de china.
Sigo dibujando y escribiendo después de las 6 de la tarde para los periódicos en los que trabajo desde hace más de 10 años. Hace dos semanas que fui a cobrar a uno de ellos me tope con un conocido; un güey que he visto un par de veces y con el que tengo un amigo en común. La plática fue más o menos así:
- Hey, ya me dijeron que tienes un negocio de cajas de cartón.
- Ah, sí.
- Yo conozco a un güey de una empresa que puede comprarte muchas cajas. Compran chingos de cajas de cartón a la semana. De a madre, güey.
- ¿Neta?, ¡chingón!, pues pásame el dato.
- ¿Pero de a cómo va a ser la comisión o qué?
Reí, pues pensé que estaba bromeando. Pero no.
- No, es en serio. ¿O sea que yo te paso el contacto y tú te ganas la lana? Nooooo, así no es esto. Dime de a cómo y ya veo yo si me conviene pasarte el dato o no –me dice con cierta arrogancia y aires de grandeza el pobre muerto de hambre.
- No. No me interesa, muchas gracias -le respondo, pues ahorita las ventas apenas dan para pagar los servicios báscios y los sueldos.
- Uuuuh. Pues así nunca vas a ganar lana. Bissness is bissnes -me dice.
- Pos sí.
- Bueno, pues ahí me avisas si cambias de opinión -y me extiende su tarjeta de presentación.
En eso, la contadora me hace pasar a la oficina. Le digo al “Hombre de Negocios” que me permita, sin tomar su tarjeta. Por la ventana de la oficina de la contadora veo que llega el amigo en común que tenemos, saluda al pendejo, me saluda a mí por la ventana, platica algo con el pendejo, veo de reojo que mueven los labios sin sonido; ambos no dejan de mirarme a través del cristal, salgo de la oficina con mi cheque y resulta que el pendejazo conoce a mi papá de algún lado, por lo que su actitud cambia completamente hacia mí, tornándose cobarde y servil.
- Oye, aquí me está diciendo mi compadre que eres hijo del Dr. Caballero.
- Sí, es mi papá -le digo, mientras saludo de abrazo a mi amigo.
- Aaaah, yo lo conozco... es un señorón. ¿Cómo le va allá en el Congreso?
- No sé, tengo mucho de no verlo y cuando lo veo no le pregunto de su trabajo –concluyo.
Me despido para ir al banco a cambiar mi cheque, abrazo a mi amigo y, antes de retirarme, Don Bissness is Bissness me dice:
- Oye, Tavillo - El güey da por hecho que soy “Tavillo” nomás por ser hijo de un “Gustavo”-: márcame cuando quieras y te paso el dato, es que aquí no tengo los teléfonos de este chavo que compra cajas, pero aquí tienes mi tarjeta -me extiende por segunda vez el rectángulo blanco. Saco mi cartera y le extiendo una tarjeta arrugada de mi padre que tenía guardada ahí ya mucho tiempo.
- Yo no voy a estar en la ciudad –miento-, pero ten: habla con mi papá y ahí te arreglas con él con lo de tu comisión -le digo.
- ¡No!, cómo crees, es un placer...
Antes de que acabe de hablar me retiro y lo dejo hablando solo, como deben de hablar los pendejos: con la pared o con el piso.
No pasaron ni dos minutos y me llama mi amigo al celular, diciéndome que no me ponga así, que el güey estaba jugando y que estaba muy apenado.
Me sorprende que siendo mi amigo no sepa que los lame huevos, lame culos y convenencieros me cagan las pelotas, y que tengo una ley ficticia anotada en un cuaderno donde propongo castración química para todos ellos.