Las reuniones de generación (convivios, fiestas o borracheras de ex compañeros de la secu, prepa o carrera) me provocan una hueva más grande que ver un partido de fútbol entre Chipre y Botswana.
Más aún cuando la organizadora de tal evento es una mujer, porque siempre salen con la jalada de: “Nos vamos a juntar toooda la generación a tomarnos un cafecito”. ¿Un cafecito? No mamen. ¿Por qué siempre escogen lugares ñoñísimos para reunirse? ¿Por qué no rentar una quinta campestre con alberca, limusinas Hummer con jacuzzi o, de perdido, irnos a una cantina a echarle mierda a los maestros de la institución donde estudiamos y a los compañeros que no están presentes?
Por ejemplo: un lugar de hueva para juntarse -y que siempre eligen- es en las casas de las recién casadas que, por lo general, viven allá, en donde sopla la sexta chingada; pero pues les quieren presumir a sus demás ex compañeritos que ya tienen casa propia y ya son todas unas amas de casa/sirvientas tituladas.
Si la reunión es en casa de una ex compañera recién casada, el aburrimiento está garantizado; no tengan duda de eso. Uno ya sabe que, en vez de cerveza, habrá "vinito" y "bocadillos", y no botanas, tacos y desmadre. Sabes que no te vas a poder desvelar ni poner pedo a gusto porque -aparte de que estás lejísimos de donde vives y por ahí no pasan taxis para evitar un operativo antialcohol- te van a correr temprano porque “los bebés ya están dormidos” o “el marido se tiene que levantar temprano a trabajar en sábado”. Cabe mencionar que los maridos siempre hacen todo lo posible por encajar en el grupo de amigos de su mujer, pero estoy seguro que no dejan de pensar durante toda la reunión: “¿Cuál de estos cabrones le habrá checado el aceite a mi viaje antes de que me conociera?”.
Cuando la cita es en algún “cafecito” o restaurante (porque a los bares, cantinas o antros los esposos no dejan ir a sus viejas), el aburrimiento también es garantía, pero sale lo triple de costoso y lo triple de aburrido.
Las que alguna vez fueron jovenzuelas bien chidas y a toda madre, con sueños locos, con planes interesantes, con las que nos íbamos a taquear antes de clases, con las que nos desvelábamos y emborrachábamos haciendo trabajos finales, con las que nos íbamos de viaje, etc; ahora se la pasan hablando de sus niños, del doctor, de los medicamentos, de lo que gastan en leche y pañales a la semana, de lo mucho que las desvela el llanto en la madrugada de sus recién nacidos, de lo difícil que es viajar con bebés, de lo difícil que resulta coger con el marido cuando se tiene familia y se pierde la privacidad, etc. ¡Ah!, pero eso sí: siempre terminan diciendo un: “Ay, pero vale la pena el sacrificio; la neta está bien chido”. ¿Chido? ¿No poder dormir ni coger está chido? Bueno, cada quién.
Otra de las cosas que me repatea los huevos cuando nos juntamos en restaurantes es que los maridos se la pasan hablándoles al celular cada 5 minutos para ver dónde andan y a qué hora llegan, porque el inútil ya no aguanta al niño que está berreando porque trae el pañal todo cagado y el tullido no sabe cómo cambiárselo. Ni una pinche taza de café, una Piña Colada o una Margarita a gusto se pueden tomar las pobres viejas. “Ah, pero vale la pena el sacrificio, la neta está bien chido que tu marido te demuestre que te ama hablándote obsesivamente cada 5 minutos. Aaaay, el amooor”. Mamadas.
A la hora que se retiran a sus casas, obviamente es muy temprano, y los varones (ay, se oye bien masculino decir “varones”) nos quedamos en el lugar del convivio más rato -por lo general hasta que cierran y nos corren-, y es aquí donde se presenta lo más cagante y lo que más me encabrona de estas reuniones:
Sieeempre resulta que ninguna de las pinches viejas trae dinero en efectivo. Todas traen mucha pinche tarjeta de crédito, mucha pinche tarjeta de Liverpool, de C&A, de Price Cost Co y de más, pero nada de “cash”. Es un pedo a la hora de pagar, pues hay que pedir cuentas separadas, tienen que ir a buscar un cajero, hay que pedir la cuenta de todos, sumar lo que ellas se tragaron y bebieron, darles el efectivo a ellas para que paguen con su tarjeta, dividir la cuenta entre cuatro tarjetas, no, no, no, no, no… es un pinche desmadre mundial que lo único que provoca es querer mandarlas a sus casas de una patada en el fundillo.
Ah, y el comentario al final de la velada:
- Ay, pues me la pasé bien chido, la neta que me dio mucho gusto volver a verlos a tooodos. A ver si se hacen más seguido estas juntadas, ¿no?
¡NOOO!