domingo, junio 29, 2008

Varias del domingo

En 10 años que llevo dibujando y publicando caricatura política diariamente, hacía rato que no me censuraban una. Ayer sábado fue uno de esos días.
La caricatura habla del Alcalde Adalberto Madero, quien renovó contratos por 5 años a una empresa de publicidad panorámica, quienes se la pasan talando árboles en camellonoes y avenidas de la ciudad para que se vean sus horrendos anuncios.
Aquí está la caricatura:

Chequén este video y comprueben que nuesto edil realmente padece de sus facultades mentales. No es burla ni broma ni falta de respeto, es en serio.

En otras cosas...
Algo que nunca había hecho: Ir al mercadito que se pone los domingos por mi casa y comprar tunas.


Tunas y cerveza: el desayuno, la comida y la cena de los campeones, como yo.

Noticia: Ya salió el número 9 de ¡#$%&! Cómics, con portada de la raza de La Purgatoria, que se une a nuestro equipo.


Trabajos que me gusta hacer y que tenía mucho de no hacer y ahora que no tengo tiempo de hacer me los ofrecen y como quiera los hago: Storyboards para ImperCrest. He aquí algunos cuadritos:




Mensaje cachondo de la semana.


"Amor es: podértela jalar pensando en cualquier mujer y, sin embargo, jalártela pensando en la tuya".

Buen inicio de semana.

jueves, junio 26, 2008

Fábulas del mundo gris 3

Los empleados se fueron. Estoy a punto de cerrar el negocio. Falta hacer el corte de caja, cosa que nunca hubiera imaginado que alguna vez haría en mi vida.
De pronto llega un cliente y pregunta si ya cerramos, pues una de las cortinas metálicas está abajo y con candado. Le digo que no; que pase; que será un gusto atenderlo. El cliente compra como 600 pesos de cajas. Cuarenta de una misma medida. Me ofrezco ayudarle a subirlas a su coche. Me lo agradece. Mientras subo el pedido, veo que llega otro cliente. Una señora. Baja de su auto y se dirige al negocio. Antes de que abra la puerta, y aplicando las hermosas enseñanzas que adquirí de la capacitación y el curso de inducción para operar una exitosa franquicia y hacer sentir bien a los clientes, le digo:

-Buenas tardes, señora, en un momentito la atiendo.

Y que se prende la pinche araña.

-Achis, ¡pues ni que te fuera a robar algo, pendejo! ¿Qué te crees, eh?

Cargando 20 cajas apiladas entre mis brazos de He-Man, y algo sudoroso, no puedo evitar poner mi cara de pendejo, esa que sólo uso los domingos para que no se gaste. Estaba petrificado, al igual que el señor. “Entendió mal lo que dije”, razono para mis adentros, e intento decirle de nuevo mi frase ensayada:

-No señora, nada más le digo que en un…
-Ya no me digas nada, pendejo, ¿qué crees que soy?

Hasta el señor que me compró las cajas trató de calmarla, pero salió pedorreado el pobre.

-Permítame tantito, señor –le digo al cliente, mientras pongo sus cajas en el piso y me dirijo con la señora, que ya se estaba subiendo al coche.
Por la ventana del copiloto, trato de explicarle lo inexplicable, y le pido que me explique en dónde estuvo la ofensa.

-Qué buena política, eh, mijo; qué buena política de negocios traen… así sí van a vender mucho, eh –me dice de la manera más sarcástica que puede.

Me doy la media vuelta y pienso: “Una señora con pelo de cachirulo hablándome de políticas empresariales. El mundo está muy mal”. Vuelvo con el señor. Le pido una disculpa por hacerlo esperar. Me dice que no me preocupe: pinche vieja loca. De la veterinaria de a lado sale la secretaria, un doctor y mi madre al escuchar el escándalo. Mi madre le dice a la señora que no sea grosera. La señora con pelo de cachirulo le grita furiosa:

-¡Tú cállate! ¡De seguro eres la amante de ese pendejo (o sea yo, snif)!

Lo único bueno, aparte de la venta, fue que esa señora (la de pelo de cachirulo) me recordó por qué no soporto esta ciudad ni a la mayoría de su gente. Un punto más para pensar en un retiro pronto y alejado –muy alejado- de aquí.

El señor trata de darme una propina jugosa porque, creo yo, siente que por su culpa perdí una venta, pero no se la acepto.

-Gracias por comprar en EM-PACK. Vuelva pronto –le digo, como nos enseñaron en la capacitación del DF para tener una franquicia exitosa con clientes felices y satisfechos.

miércoles, junio 25, 2008

Piropos que nunca debí haber dicho

Me aventuro a romper el hielo:

- ¿Nunca te han dicho que te pareces a La Mapacha de Big Brother?
- ...... -el silencio se vuelve incómodo y sus ojos se transforman en dos violentos "chingatumadre".
- ¿Quéee? A mí la Mapacha se me hace guapilla... -respondo de la manera más honesta que puedo.
- ¡No mames! ¡Te mamaste! Ahora sí me hiciste sentir de la chingada. Compararme con esa pinche vieja naca, corriente, sobreactuada, vulgar, chichis de limón exprimido, negra, cara de macuarra...

"Mejor no le platico que en el baño de mi depa tengo la Playboy donde salió encuerada", pienso para mis adentros, mientras sus insultos me golpean la cara de pendejo que siempre pongo cuando me cagotean.

Snif.

martes, junio 24, 2008

Fábulas del mundo gris 2

Prácticamente vivo en la parte de atrás de un negocio de cajas de cartón. Al fondo de la bodega, entre las enormes estanterías tubulares que sostienen los productos y los pasillos impregnados de un aroma a aserrín, hay una puerta. Mi casa/oficina. Si tuviera cama, regadera y un pequeño hueco en la pared a manera de ropero, de seguro ahí dormiría.

Por las mañanas, cuando llego y el almacén está apagado, imagino que recorro el Cementerio de los Libros Olvidados de las novelas de Ruiz Zafón. Imagino que las cajas apiladas verticalmente y recargadas unas contra otras son volúmenes gigantescos de textos milenarios o libros de conjuros mágicos. Tengo que alucinar desde muy temprano para que mi cerebro no se vuelva acartonado por pasar tanto tiempo en este lugar.

Traspaso la puerta y enciendo la luz. El pasillo de la bodega toma un look de thriller cinematográfico que me eriza los pelitos de la nuca. Agarro del escritorio mi flexómetro, el cutter y mi radio, me los acomodo en el cinturón e imagino que es el cinturón de Batman o Han Solo.

Afuera, la gente se dirige al trabajo, a dejar a sus hijos a la escuela, a conseguir un empleo, a velar a algún familiar, a pagar una deuda interminable al banco, a asesinar, chantajear, secuestrar o robar a alguien que, a veces, ni la debe ni la teme.

Miro la estampida de fierros retorcidos rodar sin avanzar sobre el asfalto y no pierdo la esperanza de que alguien -sólo uno- vaya en camino sin regreso a otro lugar que no sea esta ciudad; alguien que vaya a hacerle el amor a una mujer que lo vuelve loco, a recibir una buena noticia, a cumplir un sueño o, simplemente, alguien que esté pensando en comprar un moño, un metro de burbuja con aire, algunos kilos de película estirable o varias cajas para archivar papeles para que salga el gasto de mi día.

Suena la alerta del radio: “¡Bip, bip!”. Alguien me llama. Al contacto de mi mano con el aparato sujetado a mi cintura, imagino que es un sable de luz Jedi. Después de oprimir el botón y contestar con un “Adelante”, todos los villanos intergalácticos a los que me iba a chingar con mi espada láser se desvanecen y vuelve la realidad.

Tengo que mantenerme imaginando desde muy temprano para que mi cerebro no se vuelva cuadrado, como las cajas que acechan todo el día a mis espaldas.

lunes, junio 23, 2008

Piropos que nunca dije y debí haber dicho 2

- Tú no me amas, Guffo....
- Ahchingá. ¿Por qué dices eso?
- Porque no quieres tener hijos conmigo...
- Mamacita: yo no quiero tener hijos con nadie.
- Un hombre que ama realmente a una mujer, PERO REALMENTE, quiere tener de perdido un hijo con ella: esa es la mayor prueba de amor que puede darle un hombre a una mujer. Me conformo con que lo sintieras, aunque no tuviéramos hijos.
- Pues no creo que así sea. Qué mayor prueba de amor quieres a ésta: a que yo no quiera partir, compartir o repartir el amor que te tengo con nadie más; ni siquiera con un hijo.

viernes, junio 20, 2008

Piropos que nunca dije y debí haber dicho

- ¿Por qué estás conmigo, Gustavo?
- Porque te amo.
- ¿Pero por qué me amas?
- Por lo que eres... porque me gustas mucho.
- ¿Nada más por eso?
- Porque estoy seguro que a los 70 años vas a ser la viejita más hermosa del universo.

Con eso, creo yo, le hubiera dado a entender que quería pasar el resto de mi vida a su lado.

miércoles, junio 18, 2008

Fábulas del mundo gris

Desde que supe que era Testigo de Jehová no me dio buena espina. Mi padre argumentaba que "esa gente es muy decente y no te roba un cinco", por eso convenía contratarlo como cajero, además de sus conocimientos en sistemas computacionales. No dudo que sean gente honesta. Mi desconfianza radica en el hecho de que todo aquel que se jacte de pertenecer a una religión o una secta significa que no tiene una doctrina propia o una filosofía personal, y hacen "lo que las escrituras dicen", cayendo muchas veces en la hipocresía, la conveniencia y las contradicciones.

Otra de las cosas que no me dio confianza al leer su solicitud de empleo fue que vivía a hora y media de distancia. "Qué motivación o entusiasmo puede tener un güey que acepta un sueldo bajo -porque en estos momentos no se le puede ofrecer más-, para trabajar de lunes a sábado 10 horas diarias y, aparte, hace casi dos horas de ida y otras tantas de vuelta en camión", pensé.
Para mi padre, soy muy negativo y sí existe gente que hace esos sacrificios por necesidad. Yo digo que soy realista. Aparte, tampoco confío en la gente “que tiene necesidad”.

El joven Testigo de Jehová aceptó la oferta de trabajo y se le pagó su avión, su hospedaje, sus comidas, su capacitación en el D.F. y demás cosas que se necesitaban para laborar en el nuevo negocio.

Ayer martes ya no se presentó a trabajar y no respondió mis llamadas en todo el día. Me contestó su teléfono celular ya en la noche, cuando le marqué de un número que no reconoció. No me molesté ni nada, pues veía venir esa conducta. Me confesó que había ido a una entrevista de un posible empleo que le quedaba más cerca de su casa.

Hoy se presentó para devolver su gafete, sus camisetas bordadas y una que otra cosa que se había llevado a su casa para estudiarla: una lista de productos con sus códigos y claves.

- Estoy muy apenado, Gustavo, pero la verdad tengo que ver por mí –me dijo.
- Te entiendo perfectamente. Yo haría lo mismo. Simplemente nos hubieras dicho eso antes de invertirte tanto tiempo y dinero.
- Sí, yo sé, estoy muy apenado, la verdad, pero es que tengo que ver lo que más me conviene a mí.
- Sí, eso te lo entiendo perfectamente -le repetí.
- Son 10 horas de trabajo y otras 3 de transporte. Siempre llego tarde al estudio: las lecturas que tenemos los Testigos de Jehová tres veces por semana, y pues eso para mí es muy importante y está por encima de todo.
- No te preocupes. Te entiendo. Nada más, si me haces el favor, termina de instalar las computadoras y el Internet inalámbrico y, si quieres, pues ya te vas a tu casa o a tus lecturas y, pues, muchas gracias.
- Sí, y una disculpa de nuevo… -finalizó.

Pasaron un par de horas y se fue. Se despidió, volvió a agradecer y a pedir una disculpa apenado. Chequé la compu de mi oficina. Estaba lista. Le funcionaba todo. Me metí al Google a buscar una nota para dibujar y mandarla al periódico desde mi nueva oficina.
En la barra buscadora me aparecieron tres páginas pornográficas.

Desde que supe que era Testigo de Jehová, no me dio buena espina.

martes, junio 17, 2008

Querer dar avión en el avión...

Durante el vuelo de regreso me tocó en un asiento a lado del pasillo. Eso sólo se agradece cuando las azafatas están guapas o quieres beber hasta llegar pedo a tu destino.

Me tocó de vecino -en el asiento de en medio- uno de esos pasajeros que traen muchas ganas de platicar puras mamadas y que sienten que es nuestra obligación ir escuchando su palabrería mientras te agandallan uno de los descansabrazos y entonces te tienes que ir todo el viaje con un brazo engarruñado como manita de tiranosaurio rex. El otro brazo sí lo descansa uno, siempre y cuando el pinche carrito de las cocas no pase y te golpée en el mero huesito chistoso del codo.

Saqué mi voluminoso libro de El Juego del Ángel antes de que mi vecinito me hiciera más plática de la que ya me había hecho, a ver si entendía con señales tan obvias que lo que quería era leer y no ir escuchando sus mamadas. Aparte, ¿qué puede esperar uno de un cabrón que trae puestos pupilentes azules?, bbbrrrrrr.
Pero nel, no se calló, me preguntó que si yo era de Monterrey o nada más iba de turista. "¿Quién chingados va a turistear a esa ciudad tan espantosa?", pensé.
Preguntó que si hacía mucho calor cuando le dije que, en efecto y desafortunadamente, yo era regiomontano y no un turista. Le respondí que Monterrey era más apestoso y caliente que el culo del diablo, y rió de una manera bastante gay: como que se imaginó el culito prieto y arrugado del demonio y se le antojo, o vayan ustedes a saber qué haya pasado por su mente. El pedo es que volteó a ver mi libro y preguntó que si me gustaba leer. "No, fíjate que nomás me gusta cargar libros bien voluminosos, pues son harto cómodos para usarlos como almohadas, baboso".
Y desde ahí, el joven ojiazul no se calló. Leyó el título del libro y soltó una sarta de pendejadas como cualquier loquito abandonado en manicomio por su familia que necesita de mucha atención y que lo escuchen.

-Aaaay, a mí también me encanta leer. Me encanta leer sobre ángeles. He leído mucho de ángeles. Hay un libro que habla de cómo platicar con tu ángel guardián, de cómo ponerte en contacto con su luz. Dicen que hasta nombres tienen los ángeles que nos cuidan y que hay que saber dónde...

Este cabrón sí es gay, pensé.

-Eh... este libro no es de ángeles... es una novela de aventuras... jeje... -le dije aún aturdido por su metralla de mafufadas orales.

-Aaaah, es que como en el título dice algo de ángeles, pues pensé que era de ángeles, jaja. Es que no saaabes: a mí me encaaanta leer sobre ángeles. Yo leo mucho. También he leído de otros temas, pero así, mi libro favorito favorito: es la Biblia. Ese sí que es un librazo; en serio que mis respetos para ese libro. Por ejemplo...

Mientras tanto, en Honduras, un avión se descarrilaba de la pista y explotaba envuelto en llamas. Yo, sólo pensaba en por qué ese cabrón no iba metido en esa aeronave con todo y sus angelitos. "De seguro porque lee la Biblia", me respondí yo mismo encabronado. O tal vez porque, muy en el fondo, iba pensando en el culo del diablo.

viernes, junio 13, 2008

Variedades del fin de semana

¿A que no adivinan de qué grupo es "fans" el gran empresario regiomontano dueño del exitoso negocio "Snack Gomitas"?



Y aquí van las tiras 12, 13, 14 y 15 de las aventuras del Capitán Cooltura y el Agente Moleskine.




miércoles, junio 11, 2008

Diría José José...

Y en verdad soy un payaso, pero qué le voy a hacer...



No, pos sí cobro rete caro. Y más cuando llevo a mi muñeco ventrílocuo "El Ganas Tienes"

martes, junio 10, 2008

Tres tristes tiras

A continuación, tres tiras cómicas algo ñoñas, con gags muy obvios y un humor muy universal, pero políticamente correctas para ser publicadas en las ediciones juveniles de Grupo Reforma, donde laboro desde hace 11 años. Bueno, la tercera no la he terminado de colorear porque se publicará hasta el otro miércoles. A ver si no me la censuran porque en el último cuadro "sugiero un embarazo entre jóvenes".
Sí, a veces los medios se pasan de puritanos. En fin, chamba es chamba; ya habrá tiempo para hacer tiras cómicas pornográficas de hombres que meten sus pipises en las pipises de las mujeres, snif.



sábado, junio 07, 2008

Bye bye Albur City

Léase esta pieza literaria que a continuación presento con un hermoso tonito de voz defeño:

-¿Qué pex mi Guffooooo? ¿No quieres que te presente a una morena que de seguro te afloja las nalgas?...

Capté la madreada 10 minutos después, snif, cuando vi que no llegó ninguna morena.

Chilangos: 1
Guffo: 0


Boleándome los zapatos, como el pulcro catrín que soy, me dice el bolero:

-Mire para allá, jefeeeee. ¡Mire, mire, mireeeee!

Volteo hacia donde apunta el LLC (Licenciado en Lustre de Calzado) y veo a una muchacha con unas nalgas iguales a las de Yayita, la novia de Condorito.

-Órale... -exclamo yo.

-¿Qué haría usted con ese culooooote, jefecitooooo? -cuestiona el IAGFT (Ingeniero en Aplicación de Grasa y Fricción con Trapo).

Suelto una carcajada y, antes de responder con mi varonil tono norteño, el bolero me dice:

-Pos unas cacoooootas, ¿no, jefeeeee?

Chilangos: 2
Guffo: 0


Buscando deportes extremos urbanos decido cruzar la calle rumbo a un puesto de tacos de guisados cercano al hotel. La lluvia acumulada hace cóncavos invertidos sobre el toldo amarillo que protege del agua al changarro. Pido unos tacos de huevito, de croqueta de atún y rajas con crema. De pronto, de la nada, que me salen dos indigentes que me sacan un pedo y me hacen tomar mi posición de combate de Karateca Azteca tipo Jorge Kahwagi. Los desamparados pordioseros me piden que les invite un taco. El dueño de la microempresa sonríe y me dice:

-Tú invítale dos al pinche barbón y yo le regalo dos al flacooooo. Los chescos corren por mi cuenta, valedooooor. Estos cabrones siempre vieneeeeen, ya son como mis protegidooooos. No les tenga miedooooo.

Y fue así que comí deliciosamente mis tacos entre dos indigentes con rastas de dos años, barbas de cuatro y perfumes fabricados con las más finas cacas, miados, sudores de sobacos y vómitos del mundo.

Chilangos: 3
Guffo: 0


Veinte minutos pasé en el baño del aeropuerto tratando de abortar la torta de tamal que me tragué en una esquina de cuyo nombre no quiero acordarme. Eso me pasa por andar diciendo que nunca las había probado y andar con un chilango necio que no me hubiera dejado partir sin que las probara.

Chilangos: 4
Guffo: 0


Estoy peor que la Selección Mexicana.

viernes, junio 06, 2008

Sin novedades chilangas

Me acabo de enterar que Amandititita es hija del fallecido Rockdrigo Gonzalez.
No entiendo cómo este güey y el Alex Lora escribieron canciones tan chidas inspirándose en cosas tan horribles del DF. Ah, y tampoco entiendo por qué tuvo una hija así el pobre Rockdrigo.

Quise preguntar cómo mataban a las vacas en el restaurante argentino al que ayer fuimos a cenar, pero de seguro no me tendrían la respuesta o me dirían alguna mentira. Es que ahora ya me da más asco y se me afloja el estómago nomás de acordarme de los mazasos en la cabeza que les dan a las reses para matarlas.

En el restaurante estaba Biebrich, de quien Jesús Blancornelas escribió un libro hace 30 años. Mi padre me llevó a saludarlo para presentármelo porque creo que lo admira y la fecha de su encarcelamiento coincide con la de la muerte de mi abuelo... algo así. Se dicen cosas muy buenas de ese tal Biebrich y también cosas oscuras, como se dicen de todos aquellos hombres que se atreven a desobedecer o desafiar al señor Presidente en turno cuando algo no les parece.
En la política siempre existen esas dos versiones. No sabe uno a cuál irle. Yo prefiero no creer en ninguna, pero espero que la más humana, heróica y bondadosa sea siempre la verdadera.

Toda la gente se cree muy chingona y opina. "Deberías vender tus cómics en Estados Unidos, Guffo", me dice con cara de "estás bien pendejo si no lo haces". Cómo explicar que no es así de fácil y que el mercado gringo es imposible y no me interesa. No me interesa ni siquiera vender las revistas, y no es por ser mediocre o conformista. Explico eso sin que parezca eso, y como quiera me ven con cara de mediocre. "¿A qué te dedicas tú?", pregunto. "Tengo un negocio de canceles para baño", responde. "¿Y tú exportas tus productos a Estados Unidos, o no?", pregunto de nuevo. "No, para nada". Le devuelvo la cara de "pinche mediocre sin aspiraciones" que me puso en un principio que se metió con mis revistitas, snif.

jueves, junio 05, 2008

Sin agallas para los bissness

El aire acondicionado me pega en la nuca. Estoy de 8 a 7 sentado en un pupitre, frente a una presentación en Power Point impartida por un treintón entusiasta y positivo, de traje y pelo muy engomado, anillos de oro en varios de sus dedos y voz afable.

"Las partes de una caja de cartón son...", "las cajas suajadas tienen la ventaja de...", "los rollos de cartón microcorrugado pesan...", "El polifom es una espuma que hace la función de...", "el servicio óptimo en mostrador es una política de...", "La atención al cliente es columna vertebral para...", "entonces ingresan al sistema la clave del producto vendido y ponen el código...". No para de hablar el tipo.

Yo, con el aire frío dandome en la nuca y ambas nalgas dormidas, simplemente pienso en la cantidad de árboles que se han de chingar para que un negocio como este sea exitoso. Le hago una pregunta ecológica al capacitador y lo saco de onda. "Mañana te tengo esa información", me dice. Sé que no me la tendrá.

Prometo que cuando sea millonario, abandonaré todo a la chingada, compraré muchas hectáreas de tierra y las reforestaré.

lunes, junio 02, 2008

Regalos


Los hermanos chilangos que quieran los números 6, 7 y 8 de ¡#$%&! Cómics y figuritas del Chimicuil y el Señor Frazzetti GRATIS, mándenme un mail y les digo a dónde pueden pasar a recogerlas.
Saludos.

sábado, mayo 31, 2008

Siendo honesto...

Siendo bien honesto conmigo, he llegado a la conclusión que mi “talento” para dibujar no me va a llevar a Marvel, Image, DC, Norma o alguna otra editorial gringa o europea.

Sé que lo que escribo no va a pasar de este blog o del libro que pueda publicar con mis propios recursos económicos y con ayuda de mis amigos, lectores o familiares que lo van a comprar tal vez por lástima.
Aparte, no me gusta eso de “andar en el medio” o "en los eventos culturales para conocer gente del medio", o presentándome con los zares de la cultura del país para que "me echen la mano". Tampoco me gusta andar aplicando para concursos y becas (que lo he hecho), pues las becas se acaban y no son eternas; pero se agradecen un chingo cuando se reciben y, cuando esto sucede, se demuestra que uno es una verga y puede seguir con el proyecto a como dé lugar.
Por eso ¡#$&&! Cómics seguirá hasta que las ganas se nos acaben, nos quedemos sin colegas interesados en el proyecto (a los que no se les paga ni un cinco y se los agradecemos con los calzones en las rodillas por estar comprometidos con el amor al arte y la filosofía de "si yo gano, todos ganamos") o nos quedemos sin manos para dibujar. Y si nos quedamos sin manos, dibujaremos con las pinches patas y con el corazón.

Once años haciendo lo que me gusta profesionalmente (profesionalmente me refiero a estar dado de alta en Hacienda y dar facturas por lo que hago) y nunca he buscado que se me reconozca; simplemente quiero hacer lo que me gusta y que la gente disfrute lo que hago. Pero eso se convierte en trabajo desde que das recibo y te dicen qué dibujar y cómo dibujarlo; entonces, pierde el chiste y lo disfrutable.

Once años dibujando y escribiendo y que las revistas de tu ciudad te digan: “Me gusta mucho tu trabajo y te quiero en mi publicación, pero te puedo pagar 500 pesos cada dos meses”. Muchas gracias, responde uno, y simplemente te vas a la chingada, pues de mejores congales me han corrido. Tampoco abusen, revistas popof, y tampoco me vengan con el cuento de que: "Esta revista te va a dar proyección”. La proyección me vale madre si tienen anunciantes como Fendi, Aeroméxico o el Tec de Monterrey. Una vez, una publicación de Monclova -¡Monclova!- me ofreció mil pesos (1000) por una tira quincenal en blanco y negro, y no tenían esos patrocinadores. Eso es ser justo y humano. Y es más: no les cobré; trabajé gratis, por el simple hecho de que me ofrecieron lo que no pensé que me podían pagar y por ser honestos desde un principio conmigo.
¿Proyección? Tengo bastante frente como para proyectar un domo IMAX en mi futura calvicie.

Y es aquí donde entra mi padre: político priísta recalcitrante, enamorado de su país (todavía cree que México es una chingonada de país y que puede salir adelante sin tener su casa en Vallarta, Cancún o un reloj como el del puto Romero Deschamps), workaholic de 5 de la mañana a 10 de la noche (ni el pinche Pedro Ferriz de Con se levanta tan temprano) y con quien yo choco muy cabrón por ser eso: priísta recalcitrante, enamorado de México (prefiero Europa) y trabajador de esos de chinga bruta que hasta sus casi 60 años está viendo resultados y viviendo holgadamente (pues sí, se lo merece, ¿y qué pedo?):

-Mira mijo –dijo mi padre una noche de esas en que se dio cuenta que la vida se termina en lo que caga un gato-. No tengo dinero, y aunque tuviera, no te lo voy a dar. Los ahorros que tenemos son para reinvertirlos; son para poner un negocio de cajas de cartón, porque esto de estar en la política se acaba pronto; es sólo un espejismo… No dura y no es como la gente cree que es. ¿Cómo ves: le entras?, o si no, consigo a un cabrón que le interese…
-¿Cajas de cartón? –dije yo-. ¿Por qué no un cantina, un restorán de mariscos, un golf miniatura, una juguetería, una editorial de cómics o algo más divertido, apá? –cuestioné (¿y la Cheyene, apá?). Pero mi padre es tan correcto, visionario y, a veces, hasta cagante, como todos los padres, que respondió:
-Así está la cosa... ¿Le entras o no? Lo que yo te puedo dejar son estudios y trabajo: mucho trabajo; disciplina y libertad de seguir haciendo lo que te gusta pero con una entrada extra… Vendiendo cajas de cartón… Eso te ofrezco.
-Psss…¡Va!… Le entro… -respondí
-El lunes 2 de junio, a las 7 de la mañana, te vas al DF a la capacitación de la franquicia…

Mi vida –y la de otros- ha dado un vuelco de siéntateamiladoydatevueltas grados.
Los mantendré al tanto…

jueves, mayo 29, 2008

Cómics y más cómics

Aquí están dos entregas del Capitán Cooltura y el Agente Moleskine. Pueden ver todas las tiras (de la 1 a la 11) aquí mero o en mis archivos de marzo y abril.



Algunas tiras cómicas de las que me publican en las ediciones juveniles del periódico El Norte, de Grupo Reforma:






Agradezco infinitamente lo que mi compadre Lacho escribió acerca de mí, después de un violento altercado que tuvimos una noche antes de la boda de un compa en la Huasteca Potosina, cuando la peda se nos salió de control, nos ofendimos y nos dimos en la madre armando un desmadre de sillas voladoras, mesas tiradas y gritos de mujeres histéricas en la palapa/bar del hotel. Ahora comprendo que la amistad a veces va más allá que el amor, porque muchas veces, aunque haya mucho amor, el amor no perdona, y la verdadera amistad siempre (ay, qué cursi y joto me leí). Gracias mi Lacho.
Aquí está la prueba de que la noche siguiente, en la boda, ya no tomé y me porté bien para que no me corrieran del hotel, snif. Mi cara de ñiño bueno lo comprueba:


Saludos.

miércoles, mayo 28, 2008

Matadero

Uno de los periódicos en los que trabajo sacó un reportaje sobre los rastros municipales. Los videos y las fotos son espeluznantes. Me invade de nuevo ese sentimiento de estar loco, pues me encabrona, entristece y perturba ver a las reses siendo golpeadas sin piedad con la parte trasera de un hacha hasta caer muertas, pero no me conmueven en lo más mínimo las imágenes de empresarios, policías y delincuentes ejecutados, quemados o decapitados. La neta que no. Es más, he de confesar que a veces hasta gusto me da. Pero con los animales es otro pedo.
Si ya le había bajado mucho a mi consumo de carne roja, con esto -que no es nada nuevo, pues siempre he sabido la crueldad con la que sacrifican a los animales que nos comemos- estoy pensando en dejar de comerla por completo.

martes, mayo 27, 2008

No podrás...

El monstruo urbano despierta temprano. Los vicios y excesos que se ofrecen y consumen a diario lo vencen tan tarde que siempre lo sorprende la mañana.
En pocos minutos sus arterias se tapan y sus músculos se tensionan. Siente que su cabeza va a explotar, sus ojos se llenan de cólera y arremete contra todo, como si estuviera acorralado o herido de una de sus patas por una trampa de oso.

Cada una de las partículas que forman ese gran monstruo -ese universo hostil- tiene motivaciones propias para hacer todos los días la misma actividad durante el resto de sus vidas. Motivaciones, propósitos y políticas que permiten que el animal siga funcionando a la perfección aunque muera lentamente junto con todos nosotros.

Algunos engranes sólo quieren seguir comiendo, otros quieren darles un mejor futuro a sus hijos en un mundo que va en picada; otros sueñan con crecer por fuera aunque se pudran por dentro, pues no hay tiempo para otra cosa. No hay tiempo para reflexionar o nutrir el alma, pues también eso se ha vuelto falacia y negocio.

El que no se mueve se jode; aunque sea moverse por inercia. Tienes que aventarte a la corriente pestilente, si no, como quiera te van a empujar aunque te escondas o te van a jalar aunque no estés cerca del borde. Una vez adentro, está muuuy cabrón que alcances la orilla para salirte. A veces tú solito te avientas porque ser diferente es sinónimo de eso mismo: de quedarte solito, aunque se oiga putito. Nadar en contra, ni pensarlo: es inútil, te vas a cansar y terminarás ahogado. Lo mejor es nunca aventarse; mirar el río desde afuera mientras barre con todo el escombro, los cadáveres de ovejas y la mierda. Pero si así fuera, mejor uno no nace, para evitar lo inevitable.

Hay que meterse hasta para pagar un recibo de la luz, firmar un contrato de arrendamiento para tener un techo donde morir, hacer un depósito en un banco de 8 cajas y sólo dos empleados o darse de alta en Hacienda para poder trabajar y cobrar un cheque que la mitad del dinero será para quien te da el permiso de trabajar legalmente.

Y aunque sólo metas los pies, ya te chingaste; la corriente te va a arrastrar y vas a tener que hacer todo eso que nunca quisiste hacer y que sólo hace la gente que se tensiona y no tiene sueños, más los que aquí le ofrecen; gente que trabaja en oficinas haciendo labores aburridas que nunca los ponen en contacto con lo que alguna vez soñaron ser. Pero no los culpo, pues a nadie le queda de otra. Gente que hablará toda su vida de troqueladoras, despachos, inventarios, notarías, asesorías fiscales, equipos digitales, montacargas, softwares, maniobras y rutinas aburridas que les dan para comer y vivir más o menos bien los años que les queden de vida.

Una vez ahí, te acostumbrarás. Te dirán que “así es la vida” y te darás cuenta que así es la vida, y ya no la harás más de pedo, y flotarás como muertito, haciéndote pendejo porque así es más fácil sobrellevar las cosas. Entonces, tendrás que vacacionar cuando los demás vacacionen y nunca conocerás una playa vacía y limpia; y tendrás que hacer filas interminables en los aeropuertos, en las centrales camioneras y en las casetas de cobro de las carreteras junto con los demás como tú; con el montón; con la mayoría. Te bañaras en la mierda de todos esos a los que arrastra la corriente junto contigo, comprarás lo mismo que ellos, el mismo día, las mismas ofertas; te crearás necesidades iguales y buscarás sus mismos escapes. Tendrás que descansar cuando los demás descansen de tanto que les machacan el alma. Considerarás sagrados los domingos o cualquier tiempo libre que tengas para echarte una siesta. Esa será tu vida y esos serán ahora tus satisfactores: los domingos y las siestas. Patético, ¿no?

No podrás ser espontáneo: comprarte un helado a las 4 de la tarde, comerte un elote a las 11 de la mañana, o agarrar carretera un martes o un jueves hasta algún municipio olvidado o una costa azul sin turistas. No podrás porque ya eres parte del sistema. Y no podrás abandonarlo porque te quedarás sin nada y dejarás sin nada a tus hijos. Tendrás que aguantar hasta llegar a tus 50 o 60 abriles, junios u octubres para poder ser dueño de tu tiempo, tu espacio y tu libertad; pero a esa edad ya poco importa eso, pues pasaste la vida haciendo todo lo contrario, condicionándote a la joda física del día a día para no ahogarte en el cauce que te arrastra… y todo lo demás se te olvidó. Te olvidaste de ti. Te hicieron olvidar lo más importante y te dejaste. La corriente te devorará con el tiempo y nadie se dará cuenta. Ni siquiera tú.

lunes, mayo 26, 2008

Los psicólogos y el tamaño de la pipí

Los(as) que estudiaron psicología -muy alzaditos ellos- salen siempre con la misma madreada, broma o -según ellos- análisis. Te agarran desprevenido y preguntan: "¿Qué crees que sea mejor: tenerla grande o saberla mover?".

Si uno responde: "Saberla mover", de volada el psicólogo de marras deduce que el tamaño de nuestro pene es diminuto, como pito de Liliputense, que porque el subconsciente nos traiciona, que porque quien la tiene chiquita siempre responde eso y quién sabe qué jaladas más. Entonces, en vez de que uno quede como un pinche acróbata sexual, queda como un pendejo acomplejado y resignado a tener que enseñarle a bailar reguetón y pasito duranguense a la manguerita que un Dios envidioso puso a una cuarta de nuestro ombligo.

Pero si uno responde: "Es mejor tenerla grande", también deducen que la tenemos del mismo tamaño que la de un mono tití del amazonas, que porque el que presume de un gran miembro viril es porque carece de él y no sé qué tantas mentiras les enseñan en esa carrera.

Alguna que otra vez, algún muchacho vivales más listo que los estudihambres de psicología, ha respondido: "Lo mejor es tenerla grande y saberla mover, ¿quihubo?".
Pero un compa me dio la mejor respuesta que he escuchado para cuando le pregunten a uno el calibre de su pistola... o carabina, dependiendo el permiso que se tenga para portar armas y la genética heredada:

(Léase como poema de García Lorca)
"No la tengo ni muy chiquita
ni tampoco muy grande,
lo que sí te aseguro
es que no te dejará con hambre".

Tráguense esa, pinches psicólogos. Y ésta también, por si tienen hambre, jojojo.

domingo, mayo 25, 2008

Las increíbles aventuras de un niño clasemediero en los años ochentas

Yo siempre pedía la Brontodoble, pero un día de esos en que uno se siente muy machín rin, me animé a pedir la Dinotriple.
La pedí a pesar de la advertencia de mi padre de: "Ay de ti donde no te la acabes, cabrón". Me valió madre. Pero una vez más, mi papá tuvo la razón, snif. Una torre de tres carnes emparedadas entre dos panes con ajonjolí era demasiado hardcore para una boca y un estómago de nueve años.
Pedimos la hamburguesa para llevar y en la noche mi padre me hizo comerla -ya con el pan aguadado por la lechuga y el tomate- porque si no, me iba a castigar por desperdiciar comida y por desobediente.
Bueno, al menos me fue mejor que a un amigo al que cacharon fumando a los 12 años. A él, como castigo, lo hicieron fumar media cajetilla de cigarros en el baño. Bueno, una cajetilla, pero a los 10 cigarrillos empezó a vomitar y a llorar. Creo que sus papás no lo querían.
Desaparecieron los Burguer Boys al igual que los casetes BETA, las consolas de Atari, los cigarros Sport, Varonet, Fiesta y aquellos veranos que no pasaban de los 33 grados.

jueves, mayo 22, 2008

Hoy tengo hueva de escribir...

Para los geeks de Jalisco (que creo que hay "munchos"): Ahí les va un mensaje, una noticia, el oráculo de la felicidad. Píquenle aquí.

miércoles, mayo 21, 2008

martes, mayo 20, 2008

Mi amigo Cristian Castro

He de confesar que tengo una foto con Cristian Castro. Sé que soy la envidia de todas las mujeres con pésimos gustos tanto para hombres como musicales, pero a mí me causa la más grande de las vergüenzas. No pondré la imagen en cuestión como prueba porque -gracias al Señor- ya no existe; y si existiera, no la pondría porque puede ser usada en mi contra.
Cabe mencionar que esa foto es algo que no le perdono aún a mi padre, snif, el culpable de tal humillación pública que, a la fecha, no he superado.

Tendría yo unos 14 años. Viajé con mi familia a Huatulco cuando Huatulco era un paraíso casi virgen. En el único hotel que existía en aquél tiempo, estaba hospedado Cristian Castro (insertar aquí grito de vieja histérica: "¡Aaaaaaahhhh!").
Sonaba en la radio su "éxito musical", ese que dice: "Hey, el uni-veeerso es paaara ti, no lo castiiiigues máaas así, ayúdame hazme sonreir d-a-m-e la ma-a-ano" (lo más escalofriante es que me acuerdo de la letra, bbbrrrrr…).

Bueno. Total que el Cristian Castro (¡Aaaaaahhh!) andaba ahí de vacaciones con una morenota nalgonzota que hacía caras de fuchi cada que algún naco mortal de sus fans se acercaba a pedirle un autógrafo y una foto. Debo aceptar que, en esa época, el Cristian se veía un tipo muy accesible, buena onda porque no era tan famoso y posiblemente aún no disfrutaba de agarrar a chingazos a su mamá Rosa Salvaje ni a su ex esposa (aunque la tipa que llevaba estaba tan nalgona que no dudo que le haya puesto sus buenas palmadas en el colote a la condenada).

Resulta que una mañana, en la playa, mi padre les propone a mis hermanas que se tomen una foto con Cristian Castro, “el Galán de América”. Mis hermanas decían que no, que qué pena y que quién sabe qué más. En eso, recortando el horizonte con su cuerpo esbelto como perro parado, que aparece el Cristian Castro (¡Aaaaahhh!) caminando con su morenaza nalgona a un costado Mi padre, cámara en mano, se le acerca, lo saluda, saluda a la acompañante nalgona, le dice no sé qué cosas, Cristian ríe con su sonrisa Colgate que destella con el sol, la morena nalgona pone cara de fuchi y, por último, mi padre lo convence de venir a conocer a la familia. Cristian accede y se acerca a las sombrillas donde estábamos tomando el sol apaciblemente como vacacionistas normales; pero en eso, que mis hermanas echan a correr de la pena, tapándose el rostro con sus rebozos y trenzas, levantándose las enaguas para que no se les llenaran de arena. Por más que mi padre y Cristian Castro les gritaron, mis hermanas huyeron a esconderse como rancheritas evadiendo la furia de su Tata o el regaño del patroncito.

Cristian Castro se atacó de la risa, mi padre se disculpó por haberlo hecho ir hasta donde estábamos, Cristian dijo que no había problema, que había sido un placer... y ahí hubiera terminado todo si mi padre, para lavar su culpa, no hubiera dicho:

- A ver Guffo: párate y ponte aquí a un lado de Cristian, para tomarte una foto.

¡EL HORROR!

- ¿Qué onda mano, tú cómo te llamas? –dijo Cristian muy campechano.
- Eh… Gustavo…
- Mucho gusto, Gustavo. A ver, voltea a la cámara de tu papá –y como avestruz, desenterré de la arena mi rostro enrojecido y humillado.
Bastó un click para que ese momento quedara inmortalizado como el más deshonroso de mi existencia, sólo después de la vez que la niña que más me gustaba en la primaria Montessori abriera la puerta del baño y me viera cagando, snif.

lunes, mayo 19, 2008

Del fin de semana

Después de casi 6 horas de carretera, un inútil retén militar con soldados todavía crudos, un zorrillo descuartizado a la orilla del pavimento y dos clamatos camineros para ir entrando en ambiente, llegamos al punto de reunión. Esperamos a que llegaran nuestros demás amigos bebiendo en la palapa del hotel.

No pasaron ni 15 minutos y llegó un compa que tiene muy mala suerte con las viejas. El güey es medio tímido y penoso, y nomás se pone borracho y la anda cagando. Además, es medio mentirosón en el tema femenino. Dice ser el Mil Morras, pero yo sólo le conozco a la de los 4 Fanásticos: la mujer invisible.

Según él, tenía tres candidatas para llevar a la boda a la que nos habían invitado al día siguiente; pero el güey, misteriosamente, llegó solo, como a todos lados. Nadie preguntó qué había pasado con su supuesta acompañante.

Nos saludó, pidió una cerveza y se jaló un banco a la barra. En eso, un amigo le pregunta:

- Oye, güey, ¿sabes en qué se parece Ana Guevara y Lorena Ochoa?
- No, caón, ¿en qué?
- En que las dos agarran más viejas que tú.

¡PLOP!

viernes, mayo 16, 2008

La Chipa

Corría el año del ochentayvalemadre. Cursaba la primaria en el colegio Montessori (o Mongossori, como lo llaman ahora): salones mixtos con pocos estudiantes de tercero y cuarto año mezclados bajo el mismo techo. Mis amigos de la cuadra -que estudiaban en escuelas públicas con nombres de héroes mexicanos- no podían creer que en un mismo salón hubiera alumnos de distintos grados.

En la televisión pasaban un programa pésimo –pero muy exitoso- llamado “Chispas de Chocolate”. Lo conducía el talentosísimo Zamorita, que, en vez de decir “chispas”, decía “chipas” el muy pendejo.

Y en mi salón estaba la Chipa.

La Chipa era una niña con un enorme lunar sobre la nariz. Era tan grande que parecía un tercer ojo que se le resbalaba por el tabique. La apodamos la Chipa porque decíamos que tenía una “chipa” de chocolate en la nariz, en alusión al mentado programa de la Televisa del Tigre Azcárraga.
No dudo que los años en el Montessori hayan sido muy duros para la Chipa. Sinceramente, todos fuimos ojetes con ella, porque, el que no era pinche con ella, le iba mal. “¡Eeeeeeeee, te gusta la Chipa!, le quieres dar un beso en la mosca que tiene en la nariz”, canturreaban los mocosos malandrines a quienes no se sumaban a las burlas.

Recuerdo que le cantábamos la canción de la telenovela Chispita, muy de moda en aquella época. “Chipiiitaaa, es como un mojón, Chipitaaaa, la la la la la…”.
Nunca escuché a la Chipa quejarse de las burlas. Sonreía o hacía como que no escuchaba. Alguna vez tiró un débil manotazo en el hombro del burlón en turno; pero de ahí no pasaba. Sus padres nunca pusieron una queja del abuso psicológico que cometíamos todos contra su hija. Posiblemente lo escondía, pero al llegar a su casa se soltaba a llorar encerrada en su cuarto sin que nadie se diera cuenta.

Volví a ver a la Chipa en la Universidad de Monterrey. Llegó a saludarme una mañana en el sombreado –patio techado de reunión de universitarios- mientras yo, líder nato, agarraba a madreada a uno de mis amigos más feos. Honestamente, no la reconocí.

- Hola Gustavo…
- Hola… -dije amablemente.
- Soy Irma, ¿no te acuerdas de mí?
- Ájale… nooo, qué pena… ¿de dónde nos conocemos?
- Del Montessori… soy la Chipa.

Uuuuta, me sentí de la chingada. No la reconocí porque ya no tenía el lunar, el origen de todas sus inseguridades y nuestras burlas. ¡Qué huevos para decir “Soy la Chipa”! Cachetada de guante blanco (aunque seguía sin ser bonita). La saludé efusivamente llamándola por su nombre verdadero y como si me hubiera portado bien a toda madre con ella durante la primaria; queriendo purificar las crueldades del pasado. Imaginé el día en que tomó la decisión de quitarse el lunar con toneladas de burlas despreciables. Ese punto negro del tamaño de una cochinilla que le había pesado lo que pesa un camión de tres toneladas lleno de chatarra, y, que sin embargo cargó, aguantó, y mandó a chingar a su madre con todos nosotros encima.

Platicamos, nos preguntamos sobre nuestros compañeros de la primaria y todas esas formalidades. Me dijo que ella no había tenido contacto con nadie porque no tuvo tantos amigos en aquella época; por no decir que no tuvo ninguno. Me sentí mal. Nos despedimos, me dijo que le había dado mucho gusto verme y me sentí de la rechingada; con un “perdóname desde el fondo de mi corazón por haberme burlado de ti en el Montessori” en la lengua, pero mis huevos no fueron tan grandes para hacerlo salir.

Me la topaba seguido en el campus y siempre me portaba amable y caballero con ella. Amable de más, pues la culpa me corroía y ya no era el mismo pendejillo influenciable que fui a los 9 años. Pero más que nada, por culpable.

Espero que la Chipa me perdone donde quiera que se encuentre.

miércoles, mayo 14, 2008

Nuevo disco

Ya, la mera verdad: Guffo Caballero no existe. El verdadero autor de este blog es Jimmy Güitron.
¡Compren mi disco, cabrones, no sean gachos! Televisa ya se olvidó de mí, nomás me explotaron, al igual que mi jefecita, que ahora se la pasa en el salón de belleza y jugando al bingo en el Caliente. Aparte, desde que descubrí la cheve, ya me da harta hueva ir crudo a mis terapias al CRIT.

Atentamente: Su amigo Jimmy. Y recuerden:
"Si les vienen a contaaar cositas maaalas de mí, manda a todos a volar y diles queee yo no fui, tu-ru tu-ru, tu tienes cara de pirulí, na na na na na..."


P.D. Y antes de que me salgan con que: "Aaay, pinche Guffo, te burlas de los discapacitados, te va a salir un hijo así", o: "Aaay, pinche Guffo cruel, te vas a ir al infierno por mamón", quise poner un ejemplo -entre en broma y en serio- para que se den cuenta que sus problemas, depresiones y angustias no valen madre. Gacho cuando se fue artista de Televisa y ahora ni en TV Azteca te dan chamba, snif.

martes, mayo 13, 2008

Lo que viene...

Va un pequeño avance de lo que podrán disfrutar del Escuadrón Retro en ¡#$%&! Cómics versión impresa número 9, que sale en junio (la número 8, de mayo, ya está en imprenta, y se supone que sale el 20 de mayo, snif... Esperemos que así sea).




Por cierto: si quieren ejemplares del número 7, con portada de Kabeza, y son de Chihuahua o del D.F., pónganse de acuerdo con él, que el fin de semana le mandaré otro paquete con muchas revistas para que las regale a sus "flans". Si no, pos mándenme un mail a mí. Si no, pos ya se chingaron.

domingo, mayo 11, 2008

La ciudad del desconocimiento

Mi ciudad presume ser "la ciudad del conocimiento" y, como estado, dice ser el "estado del progreso". Lo más curioso es que no existe un sólo río limpio en el que se pueda uno meter a nadar sin riesgo a rajarse la palma de la pata con un vidrio o agarrar una infección por tanto deshecho tóxico y mierda que vierten en ellos. Es más: algo tan sencillo como arrodillarse, meter el rostro y beber agua directamente del cauce es imposible. Es garantía de muerte. Una alberca pública en semana santa, llena de niños miones y albañiles con sudor de tres días es más higiénica que nuestros mantos acuíferos.

"Conocimiento" y "progreso" están peleados con las formas más básicas de convivencia con la naturaleza. El conocimiento es sinónimo de ignorancia y el progreso significa ir para atrás llevándonos todo lo que se nos atraviese de encuentro.

Los alcaldes y alcaldesas se la pasan haciéndose tarugos, los empresarios son voraces barriles sin fondo, las calles se llenan de pordioseros pediches, sangre, casquillos de bala y por 5 pesos extras cualquiera lame botas, mama un pito o mata a su madre.

Hace poco escuché que van a construir un nuevo estadio de fútbol. “Ya es necesario”, alegaban los empresarios “preocupados por darles a los regiomontanos lo que se merecen” bajo la bandera de: "La mejor afición del país se merece un estadio de primer nivel". Pffft... ¿Qué mamadas son esas?

En el lugar donde está planeado construirlo, derribarán sabinos de más de 200 años de antigüedad y exterminarán la poca fauna endémica; el impacto ecológico, el caos vial y los borrachos al volante harán más fea a esta de por sí horrible urbe. Será más fea que cualquiera de los integrantes de los Kumbia Kings… ¡imagínense!

Pero la mayor preocupación no es ninguna de las anteriores, sino: ¿Cómo es posible que los Rayados del Monterrey (dígase esto con chingos de orgullo) vayan a compartir estadio con los Tiges (dígase esto último con desprecio, como si se dijera la palabra "naco")?. Eso sí les parece aberrante a los ciudadanos.

¿Valdrá la pena sacrificar un pulmón de 10 hectáreas –o más- para construir un estadio para dos equipos que siempre han sido maletas? ¿Realmente es necesario?
Ah, pero eso sí: Somos la ciudad del conocimiento y el estado del progreso.

Como me dijo un amigo que vino de visita a la ciudad: "La primer oportunidad que tuve de irme de este país, no la pensé dos veces... es más: no la pensé ni una vez".
Él, ahora vive en una pequeña ciudad de un pequeño país europeo donde nunca sucede nada. A veces, hasta aburridos suelen ser los días. Todo es tan perfecto allá, todos son tan disciplinados, tan sanos y respetuosos, que a veces da hueva.

Yo, en lo personal, preferiría vivir en un pueblito donde no sucede nada, a vivir en una ciudad donde todo lo malo sucede a diario.

viernes, mayo 09, 2008

De gordis

Ayer un amigo me confesó que se acostó con una de sus muy buenas amigas. La mujer en cuestión es más gorda que el Estadio Azteca (decir que "es más gorda que un planeta" sonaría a cliché). Ésta fue nuestra plática:

- ¿Y qué pedo? ¿Cómo estuvo? -pregunté.
- Pos muy chido... pinches gordas le meten muchas ganas.
- Pero... o sea... ¿estuvo rico o qué pedo? -cuestioné de nuevo.
- Pues no diferenciaba las chichis de la panza, ni las lonjas de las piernas... estaba llena de pliegues que me confundían. No sabía por dónde...
- ¿Y luego?
- Pos ya vez que a las gordas les gusta un chingo comer. Entonces, que agarro un costal de harina y que se la espolvoreo en el cuerpo: Donde vi mojadito, por ahí se la metí.

¡Qué cerdo!

jueves, mayo 08, 2008

sábado, mayo 03, 2008

Una de compas

Un compa de fuera terminó con su vieja y se regresó para acá para Monterrey, pues se quedó sin casa allá en su pueblo. Se ha hospedado algunos días en mi departamento. Ayer, entre cerveza y cerveza, me preguntó:

- Oye, Gus: ¿no sabes quién querrá unos aceites para masaje, unos vibradores y un consolador?

¡Verga! "Este güey se volvió puto y sus intenciones de quedarse aquí en mi depa son muy macabras y cochinas" -pensé.

- A chinga... ¿Y eso? ¿A poco andas vendiendo esas mamadas? -le pregunté algo nervioso.

- Nel, güey: los compramos mi vieja y yo cuando nos casamos, pero me da cosa tirarlos.

- ¡No mames! ¿Quién va a querer esas madres usadas?

- Ay, güey, me da chingadera tirarlos: nos costaron una lana; además, se lavan y ya: quedan como nuevos.

Entonces pensé en darle una lección de higiene como las que nos daban en la primaria.

- Mira: tengo este cepillo de dientes, ya no lo uso, ¿no lo quieres? Todavía está bueno, nomás lo lavas y ya.

- No mames, ¡guákala¡ -respondió con cara de fuchi.

- ¿Ya me entendiste?

- Pos comoquiera me da chingadera tirarlos...

jueves, mayo 01, 2008

Sin novedá...

Éste iba a ser un post laaargo como la cuaresma, pero me acordé que no soy católico, entonces aquí se acaba.

miércoles, abril 30, 2008

Cosas sin importancia que suceden en mi vida.


Dicen por ahí que un par de tetas jalan más que mil carretas.

Me encargaron hacer 30 ilustraciones en blanco y negro referentes a las vulgarmente llamadas “teclas” y cursimente llamadas "bubis", para un libro quesque de medicina (ha de ser del Doctor Simi).
No disfruto mucho el jale cuando los dibujos tienen que ser “serios” o “muy realistas”, pues batallo un poco, me lleva más tiempo del normal y me tengo que meter a ver libros de anatomía y del cuerpo humano y hacer varias veces el dibujo hasta quedar satisfecho. Casi siempre -como tengo años haciendo caricatura política, tira cómica e ilustración- los dibujos “serios” que hago no dejen de tener cierto aire caricaturesco por más que me empeñe en no hacerlos así, snif.

Obviamente, preferiría que fueran dibujos humorísticos los que me encargaran; de viejas con chichis desproporcionadas, con pezones de pivote y nalgonzotas; o dibujar una chichi con dientes comiéndose a otra representando el cáncer de mama y cosas así. Pero ni modo: trabajo es trabajo y ahorita anda escaso.

Recuerdo la vez que una maestra me cachó haciéndole un dibujo porno a un amigo. El muy cabrón me pidió que le dibujara a una chava encuerada y “de a perrito”; con pelos púbicos y todo el rollo. El güey este lo iba a pegar en el cuarto donde dormía la sirvienta que ayudaba en su casa, según él “para calentarla y cogérsela” (pfff, si la vida fuera así de fácil). La regañada que me dio la maestra cuando me cachó el dibujo aún no la olvido.

Pero maestra de la secundaria, si es que está leyendo este blog: ¿a poco algún día se imaginó que me iban a pagar por dibujar viejas encueradas?

Ah, verdá. Le gané al sistema.


Tarde pero seguro. El número 7 de ¡#$%&! Cómics ya está en la matriz de Cómic Castle del D.F, Guadalajara y Monterrey. La portada es del buen colega Kabeza.

Aquí en Monterrey las consigen en los lugares de costumbre.
Si les dicen que está agotada (porque es la revista sensación del momento, jojo), mándenme un mail y con gusto nos vemos en algún lado para entregarles los ejemplares que quieran o que les falten (menos el 1 y el 2, snif).

Las suscripciones se han terminado porque los números 1 y 2 están completamente agotados (es que corrieron un maratón y terminaron bien jodidos).
Muchas gracias a todos los suscriptores por el interés mostrados en nuestro trabajo. Esperen nuevo aviso a quien le interese tener su colección completa de revistas.

Hay una nueva sucursal donde se puede conseguir. Es la tienda para escatos (chavos patineteros) Relax, que está sobre Venustiano Carranza, enfrente de la secundaria 10. Y pos en en la librería Gandhi y en la Biblioteca Alfonsina saben que no hay falla; ahí siempre están los ¡#$%&! Cómics.


De diciembre a la fecha he leído como 9 libros (dos los releí porque en su momento me gustaron mucho: Bajo la Rueda, de Hesse, y El Cazador de Tatuajes, de Juvenal Acosta). Y no es presunción, al contrario: esto no habla muy bien de mí, pues denota que tengo muuucho tiempo libre para huevonear, jejeje.

Dense una vuelta por Kala. Hoy publicaron uno de mis textos mafufos que creo que aquí nunca publiqué. Aparezco muy formalmente con el apodo de Gustavo.

Saludos.

viernes, abril 25, 2008

Buen fin de semana

El Capitán Cooltura y el Agente Moleskine se mudan a la página de Kala Editorial -que es ésta-, a la sección "Cómics". Las tiras saldrán los lunes y jueves a partir de la número 1. También aparecerán algunos de mis escritos, para que le echen un ojo a este proyecto que está muy chido. Buen fin de semana.

P.D. Este es mi post número 666... ¡aaay, nanita!

jueves, abril 24, 2008

Luisa y la alberca. Última parte.

Me quedé petrificado, con un dolor horrible en la tráquea, mirando cómo sus brillantes labios no paraban de decir cosas dolorosísimas para un corazón de nueve años. A mi abuela le sorprendió que no terminara mis lentejas más que los planes de su sobrina. Ella no sabía de eso; ella había estudiado hasta la escuela primaria y a los 15 años tuvo su primer embarazo, al cual le siguieron diez más. Mi abuela no sabía de universidades ni de maestrías ni de viajes o escuelas fuera del país. Yo tampoco sabía nada de eso, pero comenzaban mis lecciones en materia de amor: Luisa acababa de enseñarme que cuando uno no puede seguir comiendo su comida preferida, es porque el corazón se ha hecho picadillo.

Me paré de la mesa cargando el plato con ambas manos y lo deposité en la tarja. Di un beso de buenas noches en la mejilla pegajosa de la abuela y el aroma a cosméticos baratos agredió mi olfato. Besé a Luisa con la otra mejilla. ¡Hey, no te he enseñado cómo hacer el truco con las barajas! –me dijo. Mañana… -respondí, y salí de la cocina antes de que mis ojos se derramaran en llanto.
Esa noche, la tristeza no me dejó dormir, sin embargo, el cansancio y la sensación de tener un peñasco sobre el pecho terminaron por vencerme. Dentro de lo poco que dormí, soñé que Luisa y yo nos besábamos en las profundidades púrpuras del océano.

Después de esa declaración en la cocina sobre su posible viaje al extranjero, no sé cuánto tiempo más estuvo Luisa en la ciudad. Semanas, meses… no me acuerdo. Lo que sí sé es que todo pasó muy rápido, como cuando subes a la resbaladilla del parque y en un instante ya estás sentado en la tierra con las nalgas adoloridas, y, del trayecto de bajada, sólo te queda el ansia de querer que dure una eternidad. No recuerdo cuántas otras veces engañamos a los del Squash Club con la membresía falsa para poder zambullirnos en la alberca; ni cuantos chapuzones, saltos, clavados y maromas me aventé para impresionarla. De seguro fueron muchas otras más las veces que miré sus nalgas cubiertas por el bañador rosa bajo el espejo líquido de aquel estanque de concreto y mosaicos vidriados… pero no me parecieron suficientes. Saber que Luisa se iría a un lugar extraño y lejano, me apedreaba el alma hasta desangrarla.
Me aterraba pensar que no había en el mundo un sólo adulto interesante, que no me tratara como un niño y que platicara conmigo como ella lo hacía; me angustiaba estar tan seguro de que no habría mujer más hermosa y divertida que ella. Pero, sobre todo, considerar que posiblemente nunca más la volvería a ver, aceleraba los días en el calendario y los convertía en la apresurada mecha encendida de una cuenta regresiva que al llegar a cero convertiría mi amor total y puro en carne de cañón.

El día que vinieron los padres de Luisa a la ciudad, mi madre me compró una camiseta color azul. La planchó con cuidado hasta dejarla sin arrugas y me la puse aún estando calientita. Me la abotoné hasta arriba frente al espejo del baño y bajo la mirada compasiva de mi madre, como todos los viernes.
Llegué a casa de la abuela con el pelo lleno de gelatina y el apartado perfecto por un lado. Ese día me puse un poco de loción en el cuello, de esa que guardaba mi padre en un cajón y que usaba sólo en ocasiones especiales. ¡Guaaau!, ¿quién ese este galanazo? -dijo Luisa, y me besó en la mejilla que siempre se me sonrojaba. Nunca la había visto tan hermosa y tan inalcanzable. Besó a mi madre y mi madre le agradecía una y otra vez todas esas veces que se hizo cargo de mí. Luisa metió la mano en su bolso y me regaló un paquete de naipes nuevos. Para que practiques los trucos que te enseñé –dijo. Me quedé mudo. ¿Cómo se dice? -imperó mi madre. Gracias –dije, y Luisa sonrió de la manera más dulce mientras despeinaba mi cabello. Los pajarillos y mariposas que sentía en el estómago por Luisa se habían convertido en murciélagos y dragones que me quemaban las entrañas.

Había muchos familiares rodeándola y deseándole feliz viaje, pero estoy seguro que a nadie le dolía tanto como a mí. Por primera vez desabroché el botón de a mero arriba de mi camisa porque hacía insoportable el nudo que cargaba en el cogote desde la noche aquella en que no pude acabar mi plato de lentejas. Luisa quebró en llanto cuando se despidió de la abuela y permaneció abrazada a ella más tiempo que con cualquier otro pariente.
Mi madre fue la única que advirtió el brusco sonido que emitió el lado izquierdo de mi pecho al despedazárseme el corazón; por eso cruzó su brazo por detrás de mi hombro y acarició mi cuello y mi oreja con sus uñas largas y recién limadas. Yo también la abracé. La soga invisible que rodeaba mi garganta se apretó violentamente cuando Luisa nos abrazo otra vez, más fuerte que la primera, y, cuando se separó, emitió un “adiós” casi imperceptible.

Entre el padre de Luisa y uno de mis tíos terminaron de meter las maletas en la cajuela. Se despidieron y agradecieron por última vez antes de subir al coche. Luisa bajó el vidrio de la puerta trasera y sacó la mitad de su cuerpo: mandaba besos y ondeaba las manos con lágrimas que el viento desparramaba en su rostro. La última mirada que posó en mí fue eterna, como el trayecto de la primera gota que escapó de mi ojo. El coche desapareció al doblar la esquina y sentí como si sus cuatro llantas me pasaran por encima y las vísceras se me hubieran salido por el fondillo.

Mis padres seguían trabajando hasta tarde los sábados. Yo seguí quedándome en casa de la abuela los fines de semana, pero ya no me pulía con el aspecto de mi peinado ni abrochaba el botón de a mero arriba de mi camisa. Dejé de llevar el visor a la alberca del club porque ya no había nada agradable que ver bajo el agua. El personal de limpieza seguía vertiendo cloro de más y no era agradable nadar con los ojos cerrados y chocar accidentalmente contra las nalgas de mi abuela o de algún desconocido. “¡Ten cuidado, niño, ve por dónde nadas!” Ya no me tiraba clavados, pues ya no había a quién impresionar. Dejamos de ir a la piscina cuando las autoridades del centro recreativo se enteraron que nuestra membresía era falsificada.

Y de Luisa no he vuelto a saber.

FIN

miércoles, abril 23, 2008

Luisa y la alberca. Tercera parte.

No fue a propósito, lo juro por mi mamacita santa. Fue un accidente, aunque he de confesar que muchas veces imaginé mis manos acariciando intencionalmente ese par de botones de rosa. El exceso de cloro en la alberca me impidió abrir los ojos bajo el agua, he ahí la razón de tan agradable encuentro. Creo que los del personal de mantenimiento cloraban de más la piscina porque sabían que los niños acostumbrábamos a orinar dentro de ella.
Le dio un ataque de risa al verme desesperado romper la transparente superficie para tomar aire. Salí con el pelo pegado al rostro sonrojado, tosiendo y pidiéndole perdón por haber metido mi carota exactamente entre sus pompas. ¿Te lastimaste? -preguntó mientras me daba unas palmadas en la espalda. No, ¡cof, cof! No me lastimé -respondí haciéndome el muy macho.

Me gustaba ir a nadar con Luisa porque no me trataba como un niño. Platicaba conmigo como si fuera uno de sus amigos de la universidad, sonreía todo el tiempo, era divertida y me enseñaba trucos con los naipes. Es más, una vez hasta me defendió de unos niños grandes que trataban de mojarme la ropa.

Desde ese incidente en que mis cachetes fueron a dar en medio de “sus cachetes”, empecé a llevar un visor al club para poder abrir los ojos sin ardor. Pasaba horas sumergido bajo el borde cristalino de aquel caldo de orines y cloro, mirando el traje de baño rosa ceñido a su esbelta cintura; todo sobre un fondo de azulejos resplandecientes y sordos movimientos en cámara lenta. Me gustaba ver a Luisa manteniéndose a flote con la cabeza afuera del agua para no mojar su cabello lacio y oscuro, batiendo sus brazos y saltando delicadamente sobre las puntas de sus pies en el fondo celeste. Pero más me gustaba ver cuando su bañador rosado se le metía por la rayita que partía sus glúteos y lo acomodaba con sus manos disimuladamente, sin darse cuenta que yo nunca me perdía ese espectáculo. Bendito visor.

Me gustaba jugar a ver quién aguantaba más tiempo la respiración bajo el agua, pero no hubo una sola vez que pudiera ganarle. Intenté imponer un récord de resistencia para poder mirar por más tiempo su cuerpo semidesnudo bajo el fino oleaje de la piscina, pero a los cuarenta y cinco segundos mis pequeños pulmones y mi rostro rojo a punto de estallar me obligaban a salir a respirar antes que ella.

Salimos de la alberca. Luisa me arropó con una enorme toalla de rayas de colores. Se recostó en el camastro como si fuera a tomar el sol y agarró la mochila. Sacó un paquete de naipes y los sándwiches. Mira, ven, siéntate aquí: te voy a enseñar un truco muy padre. Y me senté a su lado sin dejar de pensar en sus pompas redondas y aperladas, como dos bolitas de suave migajón que mordían un trozo de tela sonrosada

Durante el trayecto de regreso me la pasé suplicándole que me dijera cómo le había hecho para adivinar mi carta: un siete de tréboles. Me prometió que llegando a casa de la abuela me revelaría el secreto, pero antes me hizo jurar que no se lo diría a nadie. A Luisa podía jurarle lo que me pidiera.
Llegamos minutos antes de la hora de la cena y minutos después de que el día oscureciera por completo.

Mi abuela sudaba a mares cuando cocinaba, pero, a pesar de ello, siempre olía a crema facial y maquillaje perfumado. De eso podía percatarme cada que le daba un beso o ella me agarraba a besos. Ya saben cómo son las abuelas de besuconas. Las cremas rejuvenecedoras que se aplicaba a diario avivaban el brillo de su rostro sudoroso y evitaban que los filos ya caídos de su cara se desbordaran en goteras imparables. Fue esa noche -una de tantas donde el viento no sopla-, mientras cenábamos frente a un ventilador en la mesa cubierta por el mantel de frutas de colores que la abuela había bordado años atrás, cuando Luisa nos platicó sobre sus planes al salir de la universidad. Dijo algo de irse al extranjero a seguir estudiando. El corazón se me estrujó al escuchar eso. Pasé la cucharada de lentejas que me acababa de meter en la boca sin masticar. El secreto del truco con los naipes que prometió revelarme dejó de tener importancia. Casi me ahogo y tosí con fuerza, escupiendo un poco de comida. Luisa me palmeó la espalda con delicadeza, ladeó su cabeza y sonrió mirándome directamente a los ojos, igual como lo había hecho por la tarde en la piscina del club. Gracias -le dije raspando la voz para aclarar mi garganta. Me frotó unas cuantas veces y volvió a poner su mano sobre el mantel de frutas bordadas. Habló de que había estado investigando escuelas desde hacía algunos meses y que en el estado de Nebraska había una que le interesaba más que cualquier otra por sus planes de estudio y no sé qué más. Nebraska se escuchaba lejísimos. Para mí era otro planeta. Las tripas se me fueron hasta los pies y no pude seguir comiendo mi platillo favorito.

Continuará...

martes, abril 22, 2008

Luisa y la alberca. Segunda parte.

Por el marco de esa misma puerta, Luisa me recibía los viernes a medio día, cuando mi madre -después de recogerme del colegio- me dejaba para poderse ir a trabajar. Uuuuy, ¿quién es ese galanazo que viene contigo, prima? -decía cada que me veía llegar. Yo me soltaba de inmediato de la mano de mi madre para que Luisa no pensara que era lo que en realidad era: un niño. Mira nada más qué guapetón vienes hoy –y me besaba en la mejilla. Su perfume floral y el tacto fresco de su piel me sonrojaban.

Todos los viernes acostumbraba peinarme de lado con mucha gelatina y abrocharme hasta el último botón de la camisa porque sabía que vería a Luisa. Mi madre me contemplaba con ternura desde la moldura de la puerta del baño cuando me descubría arreglándome para mi amor platónico frente al espejo. Qué bonita está Luisa, ¿verdad que sí, mijo? -preguntaba disimuladamente, cuestión que me ponía muy nervioso y prefería no responder haciendo como que no escuchaba, pues no quería que nadie descubriera mi enamoramiento. Me quedaba callado y aplastaba con fuerza el apartado del peinado con la mano derecha para que no fuera a quedarme algún pelo mal acomodado, sin embargo, en mi interior, revoloteaban todo tipo de aves y mariposas.

A esa hora -las 12:34 del sábado- no había casi nadie en el club. Nos sentábamos en unos camastros a la orilla de la alberca, dejábamos la mochila sobre una mesa que hacía juego con ellos y nos desvestíamos. Yo usaba un traje de baño que no me gustaba; de esos ajustados que aprietan todo y la tela se mete entre las nalgas. Tenía unos barcos de vela, unas anclas doradas y unas cuerdas con nudos estampadas por todos lados sobre un fondo verde militar. Hubiera preferido el bañador azul con las “eses” de Superman que había visto en el Gigante (ahora Soriana) una semana antes, pero mi madre decía que estaba muy caro para ser un simple traje de baño. Fue mi padre quien me compró el bañador de los barquitos en una tienda de rebajas y me lo regaló el Día del Niño, cuando se enteró que teníamos membresía falsificada para entrar al Squash Club del Valle. Al principio no me gustó, pero luego me dijo que era igualito al que usaban los nadadores que habían ganado las medallas de oro en las olimpiadas del 88. Fue así como me convenció para usarlo.
Luisa usaba un bikini en tono rosa muy intenso, pero no fosforescente, aunque todo lo fosforescente estaba de moda en aquella época.

Me paré sobre el margen adoquinado de la piscina y esperé a que Luisa volteara a verme. Quería impresionarla con un clavado: alguna maroma o una bombita que salpicara mucha agua. Ella siempre era la que se aventaba primero; yo era más cauteloso: primero tocaba el agua con la punta del pie y, si no me parecía fría, me aventaba de jalón. De pronto y sin aviso, Luisa saltó a la piscina gritando algo que no entendí. Sacó tanta agua como para bañar a un perro lanudo. Salió a la superficie echándose el cabello hacia atrás con ambas manos y me miró sonriendo. ¡Aviéntate! –me dijo. Fue la primera vez que tomé vuelo y salté sin antes tocar el agua con la punta del dedo gordo. Opté por la bombita, como ella lo había hecho. Saltó agua por todos lados. Luisa rió, se volteó para que las enormes gotas no cayeran en sus ojos… y que voy y choco directamente contra sus nalgas.

Continuará...

lunes, abril 21, 2008

Luisa y la alberca. Primera parte.

Nunca imaginé que una mujer pudiera llamarse “Luisa”. A esa edad ignoraba que el nombre de “Luís” podía transformarse en femenino agregando una letra “a” al final y, a pesar de ello, no sonar tan feo: como “Gustavo”, “Sergio” o “Ramón”, que en nombre de mujer deben sonar horribles.
Pero Luisa suena celestial, como quien portaba ese nombre.

Luisa siempre le quitaba las orillas a sus sándwiches y me las regalaba; igual que lo hacía Bety, la del cuarto grado del Colegio Montessori. Decía que no le gustaban porque estaban duras y sabían a tierra. Todas las mujeres son iguales. Eso de que “sabían a tierra” me daba mucha risa, y me las devoraba haciéndome el valiente ante las muecas de asco que ponía Luisa. También acostumbraba comerme las tapas: esos panes con un lado café y otro blanco que todos desprecian y siempre quedan al final en el envoltorio. A Luisa le parecían chistosos mis “gustos raros”, decía, y a mí me gustaba hacerla reír. Recuerdo que todos los sábados, antes del medio día, cortaba finamente los bordes de sus lonches con un cuchillo afilado, los envolvía cuidadosamente en servilletas de papel y los ponía dentro de una bolsa de plástico transparente; los míos los metía en otra, junto con las orillas mochas de los suyos. Cuando hacía eso, el corazón me brincaba como nunca lo había sentido. Ni siquiera con Bety.

Yo tenía 9 años y Luisa tendría unos 20... ó 21. Llevaba cuatro viviendo en casa de la abuela, cursaba el último semestre de la universidad y era la menor de las primas de mi madre; o sea que para mí venía siendo algo así como una tía.

Mi abuela –su tía directa- era quien nos preparaba los bocadillos antes de irnos al club deportivo a nadar, centro recreativo al que teníamos acceso gracias a una membresía que Luisa había falsificado la vez que mi tía Pinole -la ricachona de la familia- le prestó su tarjeta de socia exclusiva del lugar para que fuera a nadar con sus amigos de la facultad. Los emparedados no eran nada del otro mundo: jamón de pavo, queso panela y mayonesa casera batida en la licuadora, sin embargo, para mí eran los mejores: mejores incluso que los de mi mamá. Y, aunque Luisa llevaba casi un lustro viviendo ahí, la abuela aún olvidaba cortarle los costados oscuros a los suyos.

Hubo una temporada que dormí todos los fines de semana en casa de mi abuelita Aeropajita. Mi madre tuvo que ponerse a trabajar cuando un corto circuito acabó con la clínica veterinaria de mi padre, con todo y perros adentro. Mi padre consiguió un empleo temporal y mal pagado en el rastro municipal en lo que reconstruía su negocio y limpiaba su nombre. Mi madre entró a trabajar en la joyería de una comadre. Ambos trabajaban hasta pasadas las seis de la tarde incluso los sábados. A esa edad no me angustiaba la ruina de mi padre, sino lo que debieron haber sufrido los pobres animales al ser consumidos vivos por el fuego. Todas las noches tenía pesadillas y escuchaba aullidos histéricos de perros calcinándose. En casa de la abuela, durmiendo en el mismo cuarto que Luisa, las pesadillas y los quejidos caninos desaparecían.

Cada quien comía un sándwich antes de ir al centro recreativo, los restantes los metíamos en la mochila -entre las toallas y las chanclas- para que no se aplastaran. Nos despedíamos de la abuela y caminábamos las cuatro cuadras de distancia que nos separaban del lugar. Luisa siempre tomaba mi mano como precaución para cruzar la calle, que ni estaba tan transitada en aquella época. Cada que lo hacía, el cuerpo me burbujeaba. ¡Mucho cuidado! -gritaba la abuela Pajita desde el marco de la puerta, mientras dibujaba una cruz en el aire en señal de bendición. Ya saben cómo son las abuelas de religiosas.

Continuará...