sábado, mayo 31, 2008

Siendo honesto...

Siendo bien honesto conmigo, he llegado a la conclusión que mi “talento” para dibujar no me va a llevar a Marvel, Image, DC, Norma o alguna otra editorial gringa o europea.

Sé que lo que escribo no va a pasar de este blog o del libro que pueda publicar con mis propios recursos económicos y con ayuda de mis amigos, lectores o familiares que lo van a comprar tal vez por lástima.
Aparte, no me gusta eso de “andar en el medio” o "en los eventos culturales para conocer gente del medio", o presentándome con los zares de la cultura del país para que "me echen la mano". Tampoco me gusta andar aplicando para concursos y becas (que lo he hecho), pues las becas se acaban y no son eternas; pero se agradecen un chingo cuando se reciben y, cuando esto sucede, se demuestra que uno es una verga y puede seguir con el proyecto a como dé lugar.
Por eso ¡#$&&! Cómics seguirá hasta que las ganas se nos acaben, nos quedemos sin colegas interesados en el proyecto (a los que no se les paga ni un cinco y se los agradecemos con los calzones en las rodillas por estar comprometidos con el amor al arte y la filosofía de "si yo gano, todos ganamos") o nos quedemos sin manos para dibujar. Y si nos quedamos sin manos, dibujaremos con las pinches patas y con el corazón.

Once años haciendo lo que me gusta profesionalmente (profesionalmente me refiero a estar dado de alta en Hacienda y dar facturas por lo que hago) y nunca he buscado que se me reconozca; simplemente quiero hacer lo que me gusta y que la gente disfrute lo que hago. Pero eso se convierte en trabajo desde que das recibo y te dicen qué dibujar y cómo dibujarlo; entonces, pierde el chiste y lo disfrutable.

Once años dibujando y escribiendo y que las revistas de tu ciudad te digan: “Me gusta mucho tu trabajo y te quiero en mi publicación, pero te puedo pagar 500 pesos cada dos meses”. Muchas gracias, responde uno, y simplemente te vas a la chingada, pues de mejores congales me han corrido. Tampoco abusen, revistas popof, y tampoco me vengan con el cuento de que: "Esta revista te va a dar proyección”. La proyección me vale madre si tienen anunciantes como Fendi, Aeroméxico o el Tec de Monterrey. Una vez, una publicación de Monclova -¡Monclova!- me ofreció mil pesos (1000) por una tira quincenal en blanco y negro, y no tenían esos patrocinadores. Eso es ser justo y humano. Y es más: no les cobré; trabajé gratis, por el simple hecho de que me ofrecieron lo que no pensé que me podían pagar y por ser honestos desde un principio conmigo.
¿Proyección? Tengo bastante frente como para proyectar un domo IMAX en mi futura calvicie.

Y es aquí donde entra mi padre: político priísta recalcitrante, enamorado de su país (todavía cree que México es una chingonada de país y que puede salir adelante sin tener su casa en Vallarta, Cancún o un reloj como el del puto Romero Deschamps), workaholic de 5 de la mañana a 10 de la noche (ni el pinche Pedro Ferriz de Con se levanta tan temprano) y con quien yo choco muy cabrón por ser eso: priísta recalcitrante, enamorado de México (prefiero Europa) y trabajador de esos de chinga bruta que hasta sus casi 60 años está viendo resultados y viviendo holgadamente (pues sí, se lo merece, ¿y qué pedo?):

-Mira mijo –dijo mi padre una noche de esas en que se dio cuenta que la vida se termina en lo que caga un gato-. No tengo dinero, y aunque tuviera, no te lo voy a dar. Los ahorros que tenemos son para reinvertirlos; son para poner un negocio de cajas de cartón, porque esto de estar en la política se acaba pronto; es sólo un espejismo… No dura y no es como la gente cree que es. ¿Cómo ves: le entras?, o si no, consigo a un cabrón que le interese…
-¿Cajas de cartón? –dije yo-. ¿Por qué no un cantina, un restorán de mariscos, un golf miniatura, una juguetería, una editorial de cómics o algo más divertido, apá? –cuestioné (¿y la Cheyene, apá?). Pero mi padre es tan correcto, visionario y, a veces, hasta cagante, como todos los padres, que respondió:
-Así está la cosa... ¿Le entras o no? Lo que yo te puedo dejar son estudios y trabajo: mucho trabajo; disciplina y libertad de seguir haciendo lo que te gusta pero con una entrada extra… Vendiendo cajas de cartón… Eso te ofrezco.
-Psss…¡Va!… Le entro… -respondí
-El lunes 2 de junio, a las 7 de la mañana, te vas al DF a la capacitación de la franquicia…

Mi vida –y la de otros- ha dado un vuelco de siéntateamiladoydatevueltas grados.
Los mantendré al tanto…

jueves, mayo 29, 2008

Cómics y más cómics

Aquí están dos entregas del Capitán Cooltura y el Agente Moleskine. Pueden ver todas las tiras (de la 1 a la 11) aquí mero o en mis archivos de marzo y abril.



Algunas tiras cómicas de las que me publican en las ediciones juveniles del periódico El Norte, de Grupo Reforma:






Agradezco infinitamente lo que mi compadre Lacho escribió acerca de mí, después de un violento altercado que tuvimos una noche antes de la boda de un compa en la Huasteca Potosina, cuando la peda se nos salió de control, nos ofendimos y nos dimos en la madre armando un desmadre de sillas voladoras, mesas tiradas y gritos de mujeres histéricas en la palapa/bar del hotel. Ahora comprendo que la amistad a veces va más allá que el amor, porque muchas veces, aunque haya mucho amor, el amor no perdona, y la verdadera amistad siempre (ay, qué cursi y joto me leí). Gracias mi Lacho.
Aquí está la prueba de que la noche siguiente, en la boda, ya no tomé y me porté bien para que no me corrieran del hotel, snif. Mi cara de ñiño bueno lo comprueba:


Saludos.

miércoles, mayo 28, 2008

Matadero

Uno de los periódicos en los que trabajo sacó un reportaje sobre los rastros municipales. Los videos y las fotos son espeluznantes. Me invade de nuevo ese sentimiento de estar loco, pues me encabrona, entristece y perturba ver a las reses siendo golpeadas sin piedad con la parte trasera de un hacha hasta caer muertas, pero no me conmueven en lo más mínimo las imágenes de empresarios, policías y delincuentes ejecutados, quemados o decapitados. La neta que no. Es más, he de confesar que a veces hasta gusto me da. Pero con los animales es otro pedo.
Si ya le había bajado mucho a mi consumo de carne roja, con esto -que no es nada nuevo, pues siempre he sabido la crueldad con la que sacrifican a los animales que nos comemos- estoy pensando en dejar de comerla por completo.

martes, mayo 27, 2008

No podrás...

El monstruo urbano despierta temprano. Los vicios y excesos que se ofrecen y consumen a diario lo vencen tan tarde que siempre lo sorprende la mañana.
En pocos minutos sus arterias se tapan y sus músculos se tensionan. Siente que su cabeza va a explotar, sus ojos se llenan de cólera y arremete contra todo, como si estuviera acorralado o herido de una de sus patas por una trampa de oso.

Cada una de las partículas que forman ese gran monstruo -ese universo hostil- tiene motivaciones propias para hacer todos los días la misma actividad durante el resto de sus vidas. Motivaciones, propósitos y políticas que permiten que el animal siga funcionando a la perfección aunque muera lentamente junto con todos nosotros.

Algunos engranes sólo quieren seguir comiendo, otros quieren darles un mejor futuro a sus hijos en un mundo que va en picada; otros sueñan con crecer por fuera aunque se pudran por dentro, pues no hay tiempo para otra cosa. No hay tiempo para reflexionar o nutrir el alma, pues también eso se ha vuelto falacia y negocio.

El que no se mueve se jode; aunque sea moverse por inercia. Tienes que aventarte a la corriente pestilente, si no, como quiera te van a empujar aunque te escondas o te van a jalar aunque no estés cerca del borde. Una vez adentro, está muuuy cabrón que alcances la orilla para salirte. A veces tú solito te avientas porque ser diferente es sinónimo de eso mismo: de quedarte solito, aunque se oiga putito. Nadar en contra, ni pensarlo: es inútil, te vas a cansar y terminarás ahogado. Lo mejor es nunca aventarse; mirar el río desde afuera mientras barre con todo el escombro, los cadáveres de ovejas y la mierda. Pero si así fuera, mejor uno no nace, para evitar lo inevitable.

Hay que meterse hasta para pagar un recibo de la luz, firmar un contrato de arrendamiento para tener un techo donde morir, hacer un depósito en un banco de 8 cajas y sólo dos empleados o darse de alta en Hacienda para poder trabajar y cobrar un cheque que la mitad del dinero será para quien te da el permiso de trabajar legalmente.

Y aunque sólo metas los pies, ya te chingaste; la corriente te va a arrastrar y vas a tener que hacer todo eso que nunca quisiste hacer y que sólo hace la gente que se tensiona y no tiene sueños, más los que aquí le ofrecen; gente que trabaja en oficinas haciendo labores aburridas que nunca los ponen en contacto con lo que alguna vez soñaron ser. Pero no los culpo, pues a nadie le queda de otra. Gente que hablará toda su vida de troqueladoras, despachos, inventarios, notarías, asesorías fiscales, equipos digitales, montacargas, softwares, maniobras y rutinas aburridas que les dan para comer y vivir más o menos bien los años que les queden de vida.

Una vez ahí, te acostumbrarás. Te dirán que “así es la vida” y te darás cuenta que así es la vida, y ya no la harás más de pedo, y flotarás como muertito, haciéndote pendejo porque así es más fácil sobrellevar las cosas. Entonces, tendrás que vacacionar cuando los demás vacacionen y nunca conocerás una playa vacía y limpia; y tendrás que hacer filas interminables en los aeropuertos, en las centrales camioneras y en las casetas de cobro de las carreteras junto con los demás como tú; con el montón; con la mayoría. Te bañaras en la mierda de todos esos a los que arrastra la corriente junto contigo, comprarás lo mismo que ellos, el mismo día, las mismas ofertas; te crearás necesidades iguales y buscarás sus mismos escapes. Tendrás que descansar cuando los demás descansen de tanto que les machacan el alma. Considerarás sagrados los domingos o cualquier tiempo libre que tengas para echarte una siesta. Esa será tu vida y esos serán ahora tus satisfactores: los domingos y las siestas. Patético, ¿no?

No podrás ser espontáneo: comprarte un helado a las 4 de la tarde, comerte un elote a las 11 de la mañana, o agarrar carretera un martes o un jueves hasta algún municipio olvidado o una costa azul sin turistas. No podrás porque ya eres parte del sistema. Y no podrás abandonarlo porque te quedarás sin nada y dejarás sin nada a tus hijos. Tendrás que aguantar hasta llegar a tus 50 o 60 abriles, junios u octubres para poder ser dueño de tu tiempo, tu espacio y tu libertad; pero a esa edad ya poco importa eso, pues pasaste la vida haciendo todo lo contrario, condicionándote a la joda física del día a día para no ahogarte en el cauce que te arrastra… y todo lo demás se te olvidó. Te olvidaste de ti. Te hicieron olvidar lo más importante y te dejaste. La corriente te devorará con el tiempo y nadie se dará cuenta. Ni siquiera tú.

lunes, mayo 26, 2008

Los psicólogos y el tamaño de la pipí

Los(as) que estudiaron psicología -muy alzaditos ellos- salen siempre con la misma madreada, broma o -según ellos- análisis. Te agarran desprevenido y preguntan: "¿Qué crees que sea mejor: tenerla grande o saberla mover?".

Si uno responde: "Saberla mover", de volada el psicólogo de marras deduce que el tamaño de nuestro pene es diminuto, como pito de Liliputense, que porque el subconsciente nos traiciona, que porque quien la tiene chiquita siempre responde eso y quién sabe qué jaladas más. Entonces, en vez de que uno quede como un pinche acróbata sexual, queda como un pendejo acomplejado y resignado a tener que enseñarle a bailar reguetón y pasito duranguense a la manguerita que un Dios envidioso puso a una cuarta de nuestro ombligo.

Pero si uno responde: "Es mejor tenerla grande", también deducen que la tenemos del mismo tamaño que la de un mono tití del amazonas, que porque el que presume de un gran miembro viril es porque carece de él y no sé qué tantas mentiras les enseñan en esa carrera.

Alguna que otra vez, algún muchacho vivales más listo que los estudihambres de psicología, ha respondido: "Lo mejor es tenerla grande y saberla mover, ¿quihubo?".
Pero un compa me dio la mejor respuesta que he escuchado para cuando le pregunten a uno el calibre de su pistola... o carabina, dependiendo el permiso que se tenga para portar armas y la genética heredada:

(Léase como poema de García Lorca)
"No la tengo ni muy chiquita
ni tampoco muy grande,
lo que sí te aseguro
es que no te dejará con hambre".

Tráguense esa, pinches psicólogos. Y ésta también, por si tienen hambre, jojojo.

domingo, mayo 25, 2008

Las increíbles aventuras de un niño clasemediero en los años ochentas

Yo siempre pedía la Brontodoble, pero un día de esos en que uno se siente muy machín rin, me animé a pedir la Dinotriple.
La pedí a pesar de la advertencia de mi padre de: "Ay de ti donde no te la acabes, cabrón". Me valió madre. Pero una vez más, mi papá tuvo la razón, snif. Una torre de tres carnes emparedadas entre dos panes con ajonjolí era demasiado hardcore para una boca y un estómago de nueve años.
Pedimos la hamburguesa para llevar y en la noche mi padre me hizo comerla -ya con el pan aguadado por la lechuga y el tomate- porque si no, me iba a castigar por desperdiciar comida y por desobediente.
Bueno, al menos me fue mejor que a un amigo al que cacharon fumando a los 12 años. A él, como castigo, lo hicieron fumar media cajetilla de cigarros en el baño. Bueno, una cajetilla, pero a los 10 cigarrillos empezó a vomitar y a llorar. Creo que sus papás no lo querían.
Desaparecieron los Burguer Boys al igual que los casetes BETA, las consolas de Atari, los cigarros Sport, Varonet, Fiesta y aquellos veranos que no pasaban de los 33 grados.

jueves, mayo 22, 2008

Hoy tengo hueva de escribir...

Para los geeks de Jalisco (que creo que hay "munchos"): Ahí les va un mensaje, una noticia, el oráculo de la felicidad. Píquenle aquí.

miércoles, mayo 21, 2008

martes, mayo 20, 2008

Mi amigo Cristian Castro

He de confesar que tengo una foto con Cristian Castro. Sé que soy la envidia de todas las mujeres con pésimos gustos tanto para hombres como musicales, pero a mí me causa la más grande de las vergüenzas. No pondré la imagen en cuestión como prueba porque -gracias al Señor- ya no existe; y si existiera, no la pondría porque puede ser usada en mi contra.
Cabe mencionar que esa foto es algo que no le perdono aún a mi padre, snif, el culpable de tal humillación pública que, a la fecha, no he superado.

Tendría yo unos 14 años. Viajé con mi familia a Huatulco cuando Huatulco era un paraíso casi virgen. En el único hotel que existía en aquél tiempo, estaba hospedado Cristian Castro (insertar aquí grito de vieja histérica: "¡Aaaaaaahhhh!").
Sonaba en la radio su "éxito musical", ese que dice: "Hey, el uni-veeerso es paaara ti, no lo castiiiigues máaas así, ayúdame hazme sonreir d-a-m-e la ma-a-ano" (lo más escalofriante es que me acuerdo de la letra, bbbrrrrr…).

Bueno. Total que el Cristian Castro (¡Aaaaaahhh!) andaba ahí de vacaciones con una morenota nalgonzota que hacía caras de fuchi cada que algún naco mortal de sus fans se acercaba a pedirle un autógrafo y una foto. Debo aceptar que, en esa época, el Cristian se veía un tipo muy accesible, buena onda porque no era tan famoso y posiblemente aún no disfrutaba de agarrar a chingazos a su mamá Rosa Salvaje ni a su ex esposa (aunque la tipa que llevaba estaba tan nalgona que no dudo que le haya puesto sus buenas palmadas en el colote a la condenada).

Resulta que una mañana, en la playa, mi padre les propone a mis hermanas que se tomen una foto con Cristian Castro, “el Galán de América”. Mis hermanas decían que no, que qué pena y que quién sabe qué más. En eso, recortando el horizonte con su cuerpo esbelto como perro parado, que aparece el Cristian Castro (¡Aaaaahhh!) caminando con su morenaza nalgona a un costado Mi padre, cámara en mano, se le acerca, lo saluda, saluda a la acompañante nalgona, le dice no sé qué cosas, Cristian ríe con su sonrisa Colgate que destella con el sol, la morena nalgona pone cara de fuchi y, por último, mi padre lo convence de venir a conocer a la familia. Cristian accede y se acerca a las sombrillas donde estábamos tomando el sol apaciblemente como vacacionistas normales; pero en eso, que mis hermanas echan a correr de la pena, tapándose el rostro con sus rebozos y trenzas, levantándose las enaguas para que no se les llenaran de arena. Por más que mi padre y Cristian Castro les gritaron, mis hermanas huyeron a esconderse como rancheritas evadiendo la furia de su Tata o el regaño del patroncito.

Cristian Castro se atacó de la risa, mi padre se disculpó por haberlo hecho ir hasta donde estábamos, Cristian dijo que no había problema, que había sido un placer... y ahí hubiera terminado todo si mi padre, para lavar su culpa, no hubiera dicho:

- A ver Guffo: párate y ponte aquí a un lado de Cristian, para tomarte una foto.

¡EL HORROR!

- ¿Qué onda mano, tú cómo te llamas? –dijo Cristian muy campechano.
- Eh… Gustavo…
- Mucho gusto, Gustavo. A ver, voltea a la cámara de tu papá –y como avestruz, desenterré de la arena mi rostro enrojecido y humillado.
Bastó un click para que ese momento quedara inmortalizado como el más deshonroso de mi existencia, sólo después de la vez que la niña que más me gustaba en la primaria Montessori abriera la puerta del baño y me viera cagando, snif.

lunes, mayo 19, 2008

Del fin de semana

Después de casi 6 horas de carretera, un inútil retén militar con soldados todavía crudos, un zorrillo descuartizado a la orilla del pavimento y dos clamatos camineros para ir entrando en ambiente, llegamos al punto de reunión. Esperamos a que llegaran nuestros demás amigos bebiendo en la palapa del hotel.

No pasaron ni 15 minutos y llegó un compa que tiene muy mala suerte con las viejas. El güey es medio tímido y penoso, y nomás se pone borracho y la anda cagando. Además, es medio mentirosón en el tema femenino. Dice ser el Mil Morras, pero yo sólo le conozco a la de los 4 Fanásticos: la mujer invisible.

Según él, tenía tres candidatas para llevar a la boda a la que nos habían invitado al día siguiente; pero el güey, misteriosamente, llegó solo, como a todos lados. Nadie preguntó qué había pasado con su supuesta acompañante.

Nos saludó, pidió una cerveza y se jaló un banco a la barra. En eso, un amigo le pregunta:

- Oye, güey, ¿sabes en qué se parece Ana Guevara y Lorena Ochoa?
- No, caón, ¿en qué?
- En que las dos agarran más viejas que tú.

¡PLOP!

viernes, mayo 16, 2008

La Chipa

Corría el año del ochentayvalemadre. Cursaba la primaria en el colegio Montessori (o Mongossori, como lo llaman ahora): salones mixtos con pocos estudiantes de tercero y cuarto año mezclados bajo el mismo techo. Mis amigos de la cuadra -que estudiaban en escuelas públicas con nombres de héroes mexicanos- no podían creer que en un mismo salón hubiera alumnos de distintos grados.

En la televisión pasaban un programa pésimo –pero muy exitoso- llamado “Chispas de Chocolate”. Lo conducía el talentosísimo Zamorita, que, en vez de decir “chispas”, decía “chipas” el muy pendejo.

Y en mi salón estaba la Chipa.

La Chipa era una niña con un enorme lunar sobre la nariz. Era tan grande que parecía un tercer ojo que se le resbalaba por el tabique. La apodamos la Chipa porque decíamos que tenía una “chipa” de chocolate en la nariz, en alusión al mentado programa de la Televisa del Tigre Azcárraga.
No dudo que los años en el Montessori hayan sido muy duros para la Chipa. Sinceramente, todos fuimos ojetes con ella, porque, el que no era pinche con ella, le iba mal. “¡Eeeeeeeee, te gusta la Chipa!, le quieres dar un beso en la mosca que tiene en la nariz”, canturreaban los mocosos malandrines a quienes no se sumaban a las burlas.

Recuerdo que le cantábamos la canción de la telenovela Chispita, muy de moda en aquella época. “Chipiiitaaa, es como un mojón, Chipitaaaa, la la la la la…”.
Nunca escuché a la Chipa quejarse de las burlas. Sonreía o hacía como que no escuchaba. Alguna vez tiró un débil manotazo en el hombro del burlón en turno; pero de ahí no pasaba. Sus padres nunca pusieron una queja del abuso psicológico que cometíamos todos contra su hija. Posiblemente lo escondía, pero al llegar a su casa se soltaba a llorar encerrada en su cuarto sin que nadie se diera cuenta.

Volví a ver a la Chipa en la Universidad de Monterrey. Llegó a saludarme una mañana en el sombreado –patio techado de reunión de universitarios- mientras yo, líder nato, agarraba a madreada a uno de mis amigos más feos. Honestamente, no la reconocí.

- Hola Gustavo…
- Hola… -dije amablemente.
- Soy Irma, ¿no te acuerdas de mí?
- Ájale… nooo, qué pena… ¿de dónde nos conocemos?
- Del Montessori… soy la Chipa.

Uuuuta, me sentí de la chingada. No la reconocí porque ya no tenía el lunar, el origen de todas sus inseguridades y nuestras burlas. ¡Qué huevos para decir “Soy la Chipa”! Cachetada de guante blanco (aunque seguía sin ser bonita). La saludé efusivamente llamándola por su nombre verdadero y como si me hubiera portado bien a toda madre con ella durante la primaria; queriendo purificar las crueldades del pasado. Imaginé el día en que tomó la decisión de quitarse el lunar con toneladas de burlas despreciables. Ese punto negro del tamaño de una cochinilla que le había pesado lo que pesa un camión de tres toneladas lleno de chatarra, y, que sin embargo cargó, aguantó, y mandó a chingar a su madre con todos nosotros encima.

Platicamos, nos preguntamos sobre nuestros compañeros de la primaria y todas esas formalidades. Me dijo que ella no había tenido contacto con nadie porque no tuvo tantos amigos en aquella época; por no decir que no tuvo ninguno. Me sentí mal. Nos despedimos, me dijo que le había dado mucho gusto verme y me sentí de la rechingada; con un “perdóname desde el fondo de mi corazón por haberme burlado de ti en el Montessori” en la lengua, pero mis huevos no fueron tan grandes para hacerlo salir.

Me la topaba seguido en el campus y siempre me portaba amable y caballero con ella. Amable de más, pues la culpa me corroía y ya no era el mismo pendejillo influenciable que fui a los 9 años. Pero más que nada, por culpable.

Espero que la Chipa me perdone donde quiera que se encuentre.

miércoles, mayo 14, 2008

Nuevo disco

Ya, la mera verdad: Guffo Caballero no existe. El verdadero autor de este blog es Jimmy Güitron.
¡Compren mi disco, cabrones, no sean gachos! Televisa ya se olvidó de mí, nomás me explotaron, al igual que mi jefecita, que ahora se la pasa en el salón de belleza y jugando al bingo en el Caliente. Aparte, desde que descubrí la cheve, ya me da harta hueva ir crudo a mis terapias al CRIT.

Atentamente: Su amigo Jimmy. Y recuerden:
"Si les vienen a contaaar cositas maaalas de mí, manda a todos a volar y diles queee yo no fui, tu-ru tu-ru, tu tienes cara de pirulí, na na na na na..."


P.D. Y antes de que me salgan con que: "Aaay, pinche Guffo, te burlas de los discapacitados, te va a salir un hijo así", o: "Aaay, pinche Guffo cruel, te vas a ir al infierno por mamón", quise poner un ejemplo -entre en broma y en serio- para que se den cuenta que sus problemas, depresiones y angustias no valen madre. Gacho cuando se fue artista de Televisa y ahora ni en TV Azteca te dan chamba, snif.

martes, mayo 13, 2008

Lo que viene...

Va un pequeño avance de lo que podrán disfrutar del Escuadrón Retro en ¡#$%&! Cómics versión impresa número 9, que sale en junio (la número 8, de mayo, ya está en imprenta, y se supone que sale el 20 de mayo, snif... Esperemos que así sea).




Por cierto: si quieren ejemplares del número 7, con portada de Kabeza, y son de Chihuahua o del D.F., pónganse de acuerdo con él, que el fin de semana le mandaré otro paquete con muchas revistas para que las regale a sus "flans". Si no, pos mándenme un mail a mí. Si no, pos ya se chingaron.

domingo, mayo 11, 2008

La ciudad del desconocimiento

Mi ciudad presume ser "la ciudad del conocimiento" y, como estado, dice ser el "estado del progreso". Lo más curioso es que no existe un sólo río limpio en el que se pueda uno meter a nadar sin riesgo a rajarse la palma de la pata con un vidrio o agarrar una infección por tanto deshecho tóxico y mierda que vierten en ellos. Es más: algo tan sencillo como arrodillarse, meter el rostro y beber agua directamente del cauce es imposible. Es garantía de muerte. Una alberca pública en semana santa, llena de niños miones y albañiles con sudor de tres días es más higiénica que nuestros mantos acuíferos.

"Conocimiento" y "progreso" están peleados con las formas más básicas de convivencia con la naturaleza. El conocimiento es sinónimo de ignorancia y el progreso significa ir para atrás llevándonos todo lo que se nos atraviese de encuentro.

Los alcaldes y alcaldesas se la pasan haciéndose tarugos, los empresarios son voraces barriles sin fondo, las calles se llenan de pordioseros pediches, sangre, casquillos de bala y por 5 pesos extras cualquiera lame botas, mama un pito o mata a su madre.

Hace poco escuché que van a construir un nuevo estadio de fútbol. “Ya es necesario”, alegaban los empresarios “preocupados por darles a los regiomontanos lo que se merecen” bajo la bandera de: "La mejor afición del país se merece un estadio de primer nivel". Pffft... ¿Qué mamadas son esas?

En el lugar donde está planeado construirlo, derribarán sabinos de más de 200 años de antigüedad y exterminarán la poca fauna endémica; el impacto ecológico, el caos vial y los borrachos al volante harán más fea a esta de por sí horrible urbe. Será más fea que cualquiera de los integrantes de los Kumbia Kings… ¡imagínense!

Pero la mayor preocupación no es ninguna de las anteriores, sino: ¿Cómo es posible que los Rayados del Monterrey (dígase esto con chingos de orgullo) vayan a compartir estadio con los Tiges (dígase esto último con desprecio, como si se dijera la palabra "naco")?. Eso sí les parece aberrante a los ciudadanos.

¿Valdrá la pena sacrificar un pulmón de 10 hectáreas –o más- para construir un estadio para dos equipos que siempre han sido maletas? ¿Realmente es necesario?
Ah, pero eso sí: Somos la ciudad del conocimiento y el estado del progreso.

Como me dijo un amigo que vino de visita a la ciudad: "La primer oportunidad que tuve de irme de este país, no la pensé dos veces... es más: no la pensé ni una vez".
Él, ahora vive en una pequeña ciudad de un pequeño país europeo donde nunca sucede nada. A veces, hasta aburridos suelen ser los días. Todo es tan perfecto allá, todos son tan disciplinados, tan sanos y respetuosos, que a veces da hueva.

Yo, en lo personal, preferiría vivir en un pueblito donde no sucede nada, a vivir en una ciudad donde todo lo malo sucede a diario.

viernes, mayo 09, 2008

De gordis

Ayer un amigo me confesó que se acostó con una de sus muy buenas amigas. La mujer en cuestión es más gorda que el Estadio Azteca (decir que "es más gorda que un planeta" sonaría a cliché). Ésta fue nuestra plática:

- ¿Y qué pedo? ¿Cómo estuvo? -pregunté.
- Pos muy chido... pinches gordas le meten muchas ganas.
- Pero... o sea... ¿estuvo rico o qué pedo? -cuestioné de nuevo.
- Pues no diferenciaba las chichis de la panza, ni las lonjas de las piernas... estaba llena de pliegues que me confundían. No sabía por dónde...
- ¿Y luego?
- Pos ya vez que a las gordas les gusta un chingo comer. Entonces, que agarro un costal de harina y que se la espolvoreo en el cuerpo: Donde vi mojadito, por ahí se la metí.

¡Qué cerdo!

jueves, mayo 08, 2008

sábado, mayo 03, 2008

Una de compas

Un compa de fuera terminó con su vieja y se regresó para acá para Monterrey, pues se quedó sin casa allá en su pueblo. Se ha hospedado algunos días en mi departamento. Ayer, entre cerveza y cerveza, me preguntó:

- Oye, Gus: ¿no sabes quién querrá unos aceites para masaje, unos vibradores y un consolador?

¡Verga! "Este güey se volvió puto y sus intenciones de quedarse aquí en mi depa son muy macabras y cochinas" -pensé.

- A chinga... ¿Y eso? ¿A poco andas vendiendo esas mamadas? -le pregunté algo nervioso.

- Nel, güey: los compramos mi vieja y yo cuando nos casamos, pero me da cosa tirarlos.

- ¡No mames! ¿Quién va a querer esas madres usadas?

- Ay, güey, me da chingadera tirarlos: nos costaron una lana; además, se lavan y ya: quedan como nuevos.

Entonces pensé en darle una lección de higiene como las que nos daban en la primaria.

- Mira: tengo este cepillo de dientes, ya no lo uso, ¿no lo quieres? Todavía está bueno, nomás lo lavas y ya.

- No mames, ¡guákala¡ -respondió con cara de fuchi.

- ¿Ya me entendiste?

- Pos comoquiera me da chingadera tirarlos...

jueves, mayo 01, 2008

Sin novedá...

Éste iba a ser un post laaargo como la cuaresma, pero me acordé que no soy católico, entonces aquí se acaba.

miércoles, abril 30, 2008

Cosas sin importancia que suceden en mi vida.


Dicen por ahí que un par de tetas jalan más que mil carretas.

Me encargaron hacer 30 ilustraciones en blanco y negro referentes a las vulgarmente llamadas “teclas” y cursimente llamadas "bubis", para un libro quesque de medicina (ha de ser del Doctor Simi).
No disfruto mucho el jale cuando los dibujos tienen que ser “serios” o “muy realistas”, pues batallo un poco, me lleva más tiempo del normal y me tengo que meter a ver libros de anatomía y del cuerpo humano y hacer varias veces el dibujo hasta quedar satisfecho. Casi siempre -como tengo años haciendo caricatura política, tira cómica e ilustración- los dibujos “serios” que hago no dejen de tener cierto aire caricaturesco por más que me empeñe en no hacerlos así, snif.

Obviamente, preferiría que fueran dibujos humorísticos los que me encargaran; de viejas con chichis desproporcionadas, con pezones de pivote y nalgonzotas; o dibujar una chichi con dientes comiéndose a otra representando el cáncer de mama y cosas así. Pero ni modo: trabajo es trabajo y ahorita anda escaso.

Recuerdo la vez que una maestra me cachó haciéndole un dibujo porno a un amigo. El muy cabrón me pidió que le dibujara a una chava encuerada y “de a perrito”; con pelos púbicos y todo el rollo. El güey este lo iba a pegar en el cuarto donde dormía la sirvienta que ayudaba en su casa, según él “para calentarla y cogérsela” (pfff, si la vida fuera así de fácil). La regañada que me dio la maestra cuando me cachó el dibujo aún no la olvido.

Pero maestra de la secundaria, si es que está leyendo este blog: ¿a poco algún día se imaginó que me iban a pagar por dibujar viejas encueradas?

Ah, verdá. Le gané al sistema.


Tarde pero seguro. El número 7 de ¡#$%&! Cómics ya está en la matriz de Cómic Castle del D.F, Guadalajara y Monterrey. La portada es del buen colega Kabeza.

Aquí en Monterrey las consigen en los lugares de costumbre.
Si les dicen que está agotada (porque es la revista sensación del momento, jojo), mándenme un mail y con gusto nos vemos en algún lado para entregarles los ejemplares que quieran o que les falten (menos el 1 y el 2, snif).

Las suscripciones se han terminado porque los números 1 y 2 están completamente agotados (es que corrieron un maratón y terminaron bien jodidos).
Muchas gracias a todos los suscriptores por el interés mostrados en nuestro trabajo. Esperen nuevo aviso a quien le interese tener su colección completa de revistas.

Hay una nueva sucursal donde se puede conseguir. Es la tienda para escatos (chavos patineteros) Relax, que está sobre Venustiano Carranza, enfrente de la secundaria 10. Y pos en en la librería Gandhi y en la Biblioteca Alfonsina saben que no hay falla; ahí siempre están los ¡#$%&! Cómics.


De diciembre a la fecha he leído como 9 libros (dos los releí porque en su momento me gustaron mucho: Bajo la Rueda, de Hesse, y El Cazador de Tatuajes, de Juvenal Acosta). Y no es presunción, al contrario: esto no habla muy bien de mí, pues denota que tengo muuucho tiempo libre para huevonear, jejeje.

Dense una vuelta por Kala. Hoy publicaron uno de mis textos mafufos que creo que aquí nunca publiqué. Aparezco muy formalmente con el apodo de Gustavo.

Saludos.

viernes, abril 25, 2008

Buen fin de semana

El Capitán Cooltura y el Agente Moleskine se mudan a la página de Kala Editorial -que es ésta-, a la sección "Cómics". Las tiras saldrán los lunes y jueves a partir de la número 1. También aparecerán algunos de mis escritos, para que le echen un ojo a este proyecto que está muy chido. Buen fin de semana.

P.D. Este es mi post número 666... ¡aaay, nanita!

jueves, abril 24, 2008

Luisa y la alberca. Última parte.

Me quedé petrificado, con un dolor horrible en la tráquea, mirando cómo sus brillantes labios no paraban de decir cosas dolorosísimas para un corazón de nueve años. A mi abuela le sorprendió que no terminara mis lentejas más que los planes de su sobrina. Ella no sabía de eso; ella había estudiado hasta la escuela primaria y a los 15 años tuvo su primer embarazo, al cual le siguieron diez más. Mi abuela no sabía de universidades ni de maestrías ni de viajes o escuelas fuera del país. Yo tampoco sabía nada de eso, pero comenzaban mis lecciones en materia de amor: Luisa acababa de enseñarme que cuando uno no puede seguir comiendo su comida preferida, es porque el corazón se ha hecho picadillo.

Me paré de la mesa cargando el plato con ambas manos y lo deposité en la tarja. Di un beso de buenas noches en la mejilla pegajosa de la abuela y el aroma a cosméticos baratos agredió mi olfato. Besé a Luisa con la otra mejilla. ¡Hey, no te he enseñado cómo hacer el truco con las barajas! –me dijo. Mañana… -respondí, y salí de la cocina antes de que mis ojos se derramaran en llanto.
Esa noche, la tristeza no me dejó dormir, sin embargo, el cansancio y la sensación de tener un peñasco sobre el pecho terminaron por vencerme. Dentro de lo poco que dormí, soñé que Luisa y yo nos besábamos en las profundidades púrpuras del océano.

Después de esa declaración en la cocina sobre su posible viaje al extranjero, no sé cuánto tiempo más estuvo Luisa en la ciudad. Semanas, meses… no me acuerdo. Lo que sí sé es que todo pasó muy rápido, como cuando subes a la resbaladilla del parque y en un instante ya estás sentado en la tierra con las nalgas adoloridas, y, del trayecto de bajada, sólo te queda el ansia de querer que dure una eternidad. No recuerdo cuántas otras veces engañamos a los del Squash Club con la membresía falsa para poder zambullirnos en la alberca; ni cuantos chapuzones, saltos, clavados y maromas me aventé para impresionarla. De seguro fueron muchas otras más las veces que miré sus nalgas cubiertas por el bañador rosa bajo el espejo líquido de aquel estanque de concreto y mosaicos vidriados… pero no me parecieron suficientes. Saber que Luisa se iría a un lugar extraño y lejano, me apedreaba el alma hasta desangrarla.
Me aterraba pensar que no había en el mundo un sólo adulto interesante, que no me tratara como un niño y que platicara conmigo como ella lo hacía; me angustiaba estar tan seguro de que no habría mujer más hermosa y divertida que ella. Pero, sobre todo, considerar que posiblemente nunca más la volvería a ver, aceleraba los días en el calendario y los convertía en la apresurada mecha encendida de una cuenta regresiva que al llegar a cero convertiría mi amor total y puro en carne de cañón.

El día que vinieron los padres de Luisa a la ciudad, mi madre me compró una camiseta color azul. La planchó con cuidado hasta dejarla sin arrugas y me la puse aún estando calientita. Me la abotoné hasta arriba frente al espejo del baño y bajo la mirada compasiva de mi madre, como todos los viernes.
Llegué a casa de la abuela con el pelo lleno de gelatina y el apartado perfecto por un lado. Ese día me puse un poco de loción en el cuello, de esa que guardaba mi padre en un cajón y que usaba sólo en ocasiones especiales. ¡Guaaau!, ¿quién ese este galanazo? -dijo Luisa, y me besó en la mejilla que siempre se me sonrojaba. Nunca la había visto tan hermosa y tan inalcanzable. Besó a mi madre y mi madre le agradecía una y otra vez todas esas veces que se hizo cargo de mí. Luisa metió la mano en su bolso y me regaló un paquete de naipes nuevos. Para que practiques los trucos que te enseñé –dijo. Me quedé mudo. ¿Cómo se dice? -imperó mi madre. Gracias –dije, y Luisa sonrió de la manera más dulce mientras despeinaba mi cabello. Los pajarillos y mariposas que sentía en el estómago por Luisa se habían convertido en murciélagos y dragones que me quemaban las entrañas.

Había muchos familiares rodeándola y deseándole feliz viaje, pero estoy seguro que a nadie le dolía tanto como a mí. Por primera vez desabroché el botón de a mero arriba de mi camisa porque hacía insoportable el nudo que cargaba en el cogote desde la noche aquella en que no pude acabar mi plato de lentejas. Luisa quebró en llanto cuando se despidió de la abuela y permaneció abrazada a ella más tiempo que con cualquier otro pariente.
Mi madre fue la única que advirtió el brusco sonido que emitió el lado izquierdo de mi pecho al despedazárseme el corazón; por eso cruzó su brazo por detrás de mi hombro y acarició mi cuello y mi oreja con sus uñas largas y recién limadas. Yo también la abracé. La soga invisible que rodeaba mi garganta se apretó violentamente cuando Luisa nos abrazo otra vez, más fuerte que la primera, y, cuando se separó, emitió un “adiós” casi imperceptible.

Entre el padre de Luisa y uno de mis tíos terminaron de meter las maletas en la cajuela. Se despidieron y agradecieron por última vez antes de subir al coche. Luisa bajó el vidrio de la puerta trasera y sacó la mitad de su cuerpo: mandaba besos y ondeaba las manos con lágrimas que el viento desparramaba en su rostro. La última mirada que posó en mí fue eterna, como el trayecto de la primera gota que escapó de mi ojo. El coche desapareció al doblar la esquina y sentí como si sus cuatro llantas me pasaran por encima y las vísceras se me hubieran salido por el fondillo.

Mis padres seguían trabajando hasta tarde los sábados. Yo seguí quedándome en casa de la abuela los fines de semana, pero ya no me pulía con el aspecto de mi peinado ni abrochaba el botón de a mero arriba de mi camisa. Dejé de llevar el visor a la alberca del club porque ya no había nada agradable que ver bajo el agua. El personal de limpieza seguía vertiendo cloro de más y no era agradable nadar con los ojos cerrados y chocar accidentalmente contra las nalgas de mi abuela o de algún desconocido. “¡Ten cuidado, niño, ve por dónde nadas!” Ya no me tiraba clavados, pues ya no había a quién impresionar. Dejamos de ir a la piscina cuando las autoridades del centro recreativo se enteraron que nuestra membresía era falsificada.

Y de Luisa no he vuelto a saber.

FIN

miércoles, abril 23, 2008

Luisa y la alberca. Tercera parte.

No fue a propósito, lo juro por mi mamacita santa. Fue un accidente, aunque he de confesar que muchas veces imaginé mis manos acariciando intencionalmente ese par de botones de rosa. El exceso de cloro en la alberca me impidió abrir los ojos bajo el agua, he ahí la razón de tan agradable encuentro. Creo que los del personal de mantenimiento cloraban de más la piscina porque sabían que los niños acostumbrábamos a orinar dentro de ella.
Le dio un ataque de risa al verme desesperado romper la transparente superficie para tomar aire. Salí con el pelo pegado al rostro sonrojado, tosiendo y pidiéndole perdón por haber metido mi carota exactamente entre sus pompas. ¿Te lastimaste? -preguntó mientras me daba unas palmadas en la espalda. No, ¡cof, cof! No me lastimé -respondí haciéndome el muy macho.

Me gustaba ir a nadar con Luisa porque no me trataba como un niño. Platicaba conmigo como si fuera uno de sus amigos de la universidad, sonreía todo el tiempo, era divertida y me enseñaba trucos con los naipes. Es más, una vez hasta me defendió de unos niños grandes que trataban de mojarme la ropa.

Desde ese incidente en que mis cachetes fueron a dar en medio de “sus cachetes”, empecé a llevar un visor al club para poder abrir los ojos sin ardor. Pasaba horas sumergido bajo el borde cristalino de aquel caldo de orines y cloro, mirando el traje de baño rosa ceñido a su esbelta cintura; todo sobre un fondo de azulejos resplandecientes y sordos movimientos en cámara lenta. Me gustaba ver a Luisa manteniéndose a flote con la cabeza afuera del agua para no mojar su cabello lacio y oscuro, batiendo sus brazos y saltando delicadamente sobre las puntas de sus pies en el fondo celeste. Pero más me gustaba ver cuando su bañador rosado se le metía por la rayita que partía sus glúteos y lo acomodaba con sus manos disimuladamente, sin darse cuenta que yo nunca me perdía ese espectáculo. Bendito visor.

Me gustaba jugar a ver quién aguantaba más tiempo la respiración bajo el agua, pero no hubo una sola vez que pudiera ganarle. Intenté imponer un récord de resistencia para poder mirar por más tiempo su cuerpo semidesnudo bajo el fino oleaje de la piscina, pero a los cuarenta y cinco segundos mis pequeños pulmones y mi rostro rojo a punto de estallar me obligaban a salir a respirar antes que ella.

Salimos de la alberca. Luisa me arropó con una enorme toalla de rayas de colores. Se recostó en el camastro como si fuera a tomar el sol y agarró la mochila. Sacó un paquete de naipes y los sándwiches. Mira, ven, siéntate aquí: te voy a enseñar un truco muy padre. Y me senté a su lado sin dejar de pensar en sus pompas redondas y aperladas, como dos bolitas de suave migajón que mordían un trozo de tela sonrosada

Durante el trayecto de regreso me la pasé suplicándole que me dijera cómo le había hecho para adivinar mi carta: un siete de tréboles. Me prometió que llegando a casa de la abuela me revelaría el secreto, pero antes me hizo jurar que no se lo diría a nadie. A Luisa podía jurarle lo que me pidiera.
Llegamos minutos antes de la hora de la cena y minutos después de que el día oscureciera por completo.

Mi abuela sudaba a mares cuando cocinaba, pero, a pesar de ello, siempre olía a crema facial y maquillaje perfumado. De eso podía percatarme cada que le daba un beso o ella me agarraba a besos. Ya saben cómo son las abuelas de besuconas. Las cremas rejuvenecedoras que se aplicaba a diario avivaban el brillo de su rostro sudoroso y evitaban que los filos ya caídos de su cara se desbordaran en goteras imparables. Fue esa noche -una de tantas donde el viento no sopla-, mientras cenábamos frente a un ventilador en la mesa cubierta por el mantel de frutas de colores que la abuela había bordado años atrás, cuando Luisa nos platicó sobre sus planes al salir de la universidad. Dijo algo de irse al extranjero a seguir estudiando. El corazón se me estrujó al escuchar eso. Pasé la cucharada de lentejas que me acababa de meter en la boca sin masticar. El secreto del truco con los naipes que prometió revelarme dejó de tener importancia. Casi me ahogo y tosí con fuerza, escupiendo un poco de comida. Luisa me palmeó la espalda con delicadeza, ladeó su cabeza y sonrió mirándome directamente a los ojos, igual como lo había hecho por la tarde en la piscina del club. Gracias -le dije raspando la voz para aclarar mi garganta. Me frotó unas cuantas veces y volvió a poner su mano sobre el mantel de frutas bordadas. Habló de que había estado investigando escuelas desde hacía algunos meses y que en el estado de Nebraska había una que le interesaba más que cualquier otra por sus planes de estudio y no sé qué más. Nebraska se escuchaba lejísimos. Para mí era otro planeta. Las tripas se me fueron hasta los pies y no pude seguir comiendo mi platillo favorito.

Continuará...

martes, abril 22, 2008

Luisa y la alberca. Segunda parte.

Por el marco de esa misma puerta, Luisa me recibía los viernes a medio día, cuando mi madre -después de recogerme del colegio- me dejaba para poderse ir a trabajar. Uuuuy, ¿quién es ese galanazo que viene contigo, prima? -decía cada que me veía llegar. Yo me soltaba de inmediato de la mano de mi madre para que Luisa no pensara que era lo que en realidad era: un niño. Mira nada más qué guapetón vienes hoy –y me besaba en la mejilla. Su perfume floral y el tacto fresco de su piel me sonrojaban.

Todos los viernes acostumbraba peinarme de lado con mucha gelatina y abrocharme hasta el último botón de la camisa porque sabía que vería a Luisa. Mi madre me contemplaba con ternura desde la moldura de la puerta del baño cuando me descubría arreglándome para mi amor platónico frente al espejo. Qué bonita está Luisa, ¿verdad que sí, mijo? -preguntaba disimuladamente, cuestión que me ponía muy nervioso y prefería no responder haciendo como que no escuchaba, pues no quería que nadie descubriera mi enamoramiento. Me quedaba callado y aplastaba con fuerza el apartado del peinado con la mano derecha para que no fuera a quedarme algún pelo mal acomodado, sin embargo, en mi interior, revoloteaban todo tipo de aves y mariposas.

A esa hora -las 12:34 del sábado- no había casi nadie en el club. Nos sentábamos en unos camastros a la orilla de la alberca, dejábamos la mochila sobre una mesa que hacía juego con ellos y nos desvestíamos. Yo usaba un traje de baño que no me gustaba; de esos ajustados que aprietan todo y la tela se mete entre las nalgas. Tenía unos barcos de vela, unas anclas doradas y unas cuerdas con nudos estampadas por todos lados sobre un fondo verde militar. Hubiera preferido el bañador azul con las “eses” de Superman que había visto en el Gigante (ahora Soriana) una semana antes, pero mi madre decía que estaba muy caro para ser un simple traje de baño. Fue mi padre quien me compró el bañador de los barquitos en una tienda de rebajas y me lo regaló el Día del Niño, cuando se enteró que teníamos membresía falsificada para entrar al Squash Club del Valle. Al principio no me gustó, pero luego me dijo que era igualito al que usaban los nadadores que habían ganado las medallas de oro en las olimpiadas del 88. Fue así como me convenció para usarlo.
Luisa usaba un bikini en tono rosa muy intenso, pero no fosforescente, aunque todo lo fosforescente estaba de moda en aquella época.

Me paré sobre el margen adoquinado de la piscina y esperé a que Luisa volteara a verme. Quería impresionarla con un clavado: alguna maroma o una bombita que salpicara mucha agua. Ella siempre era la que se aventaba primero; yo era más cauteloso: primero tocaba el agua con la punta del pie y, si no me parecía fría, me aventaba de jalón. De pronto y sin aviso, Luisa saltó a la piscina gritando algo que no entendí. Sacó tanta agua como para bañar a un perro lanudo. Salió a la superficie echándose el cabello hacia atrás con ambas manos y me miró sonriendo. ¡Aviéntate! –me dijo. Fue la primera vez que tomé vuelo y salté sin antes tocar el agua con la punta del dedo gordo. Opté por la bombita, como ella lo había hecho. Saltó agua por todos lados. Luisa rió, se volteó para que las enormes gotas no cayeran en sus ojos… y que voy y choco directamente contra sus nalgas.

Continuará...

lunes, abril 21, 2008

Luisa y la alberca. Primera parte.

Nunca imaginé que una mujer pudiera llamarse “Luisa”. A esa edad ignoraba que el nombre de “Luís” podía transformarse en femenino agregando una letra “a” al final y, a pesar de ello, no sonar tan feo: como “Gustavo”, “Sergio” o “Ramón”, que en nombre de mujer deben sonar horribles.
Pero Luisa suena celestial, como quien portaba ese nombre.

Luisa siempre le quitaba las orillas a sus sándwiches y me las regalaba; igual que lo hacía Bety, la del cuarto grado del Colegio Montessori. Decía que no le gustaban porque estaban duras y sabían a tierra. Todas las mujeres son iguales. Eso de que “sabían a tierra” me daba mucha risa, y me las devoraba haciéndome el valiente ante las muecas de asco que ponía Luisa. También acostumbraba comerme las tapas: esos panes con un lado café y otro blanco que todos desprecian y siempre quedan al final en el envoltorio. A Luisa le parecían chistosos mis “gustos raros”, decía, y a mí me gustaba hacerla reír. Recuerdo que todos los sábados, antes del medio día, cortaba finamente los bordes de sus lonches con un cuchillo afilado, los envolvía cuidadosamente en servilletas de papel y los ponía dentro de una bolsa de plástico transparente; los míos los metía en otra, junto con las orillas mochas de los suyos. Cuando hacía eso, el corazón me brincaba como nunca lo había sentido. Ni siquiera con Bety.

Yo tenía 9 años y Luisa tendría unos 20... ó 21. Llevaba cuatro viviendo en casa de la abuela, cursaba el último semestre de la universidad y era la menor de las primas de mi madre; o sea que para mí venía siendo algo así como una tía.

Mi abuela –su tía directa- era quien nos preparaba los bocadillos antes de irnos al club deportivo a nadar, centro recreativo al que teníamos acceso gracias a una membresía que Luisa había falsificado la vez que mi tía Pinole -la ricachona de la familia- le prestó su tarjeta de socia exclusiva del lugar para que fuera a nadar con sus amigos de la facultad. Los emparedados no eran nada del otro mundo: jamón de pavo, queso panela y mayonesa casera batida en la licuadora, sin embargo, para mí eran los mejores: mejores incluso que los de mi mamá. Y, aunque Luisa llevaba casi un lustro viviendo ahí, la abuela aún olvidaba cortarle los costados oscuros a los suyos.

Hubo una temporada que dormí todos los fines de semana en casa de mi abuelita Aeropajita. Mi madre tuvo que ponerse a trabajar cuando un corto circuito acabó con la clínica veterinaria de mi padre, con todo y perros adentro. Mi padre consiguió un empleo temporal y mal pagado en el rastro municipal en lo que reconstruía su negocio y limpiaba su nombre. Mi madre entró a trabajar en la joyería de una comadre. Ambos trabajaban hasta pasadas las seis de la tarde incluso los sábados. A esa edad no me angustiaba la ruina de mi padre, sino lo que debieron haber sufrido los pobres animales al ser consumidos vivos por el fuego. Todas las noches tenía pesadillas y escuchaba aullidos histéricos de perros calcinándose. En casa de la abuela, durmiendo en el mismo cuarto que Luisa, las pesadillas y los quejidos caninos desaparecían.

Cada quien comía un sándwich antes de ir al centro recreativo, los restantes los metíamos en la mochila -entre las toallas y las chanclas- para que no se aplastaran. Nos despedíamos de la abuela y caminábamos las cuatro cuadras de distancia que nos separaban del lugar. Luisa siempre tomaba mi mano como precaución para cruzar la calle, que ni estaba tan transitada en aquella época. Cada que lo hacía, el cuerpo me burbujeaba. ¡Mucho cuidado! -gritaba la abuela Pajita desde el marco de la puerta, mientras dibujaba una cruz en el aire en señal de bendición. Ya saben cómo son las abuelas de religiosas.

Continuará...

viernes, marzo 28, 2008

Cuando medí mi mano.

Sería en la secundaria o en la prepa cuando por primera vez medí mi mano con la de una chava. Es el primer y mejor pretexto para tocar a la mujer que te gusta o de la que estás enamorado en secreto.
“Uy, qué chiquita tienes la mano”, le dije, y se río mucho, para después tomar una actitud retadora. Me tomó por la muñeca y la puso palma a palma con la suya. “Ay, pero si nomás me sacas una puntita”, dijo, y encorvé mis dedos como garras retractiles de felino para doblar los suyos. Ella hizo lo mismo sonriendo y gruñendo; como jugando luchitas. Me doblé y me dejé ganar. Reímos mucho y efervescí de los pies al pecho. Fue un instante eterno.
Así quisiera sentir a diario, porque así me sentí por muchos años: instantes inmortales, inocentes y espontáneos cargados de pasión.

Y espero que ese largo corredor que se pierde con la noche -alguna metáfora de la vida- siga iluminado; aunque tenga que recorrerlo solo... siempre con la esperanza de que otra vez se crucen nuestros caminos.

miércoles, marzo 26, 2008

Más blogueros que no soporto

¡Dios mío, Dios mío, Dios míooooo...!

Al leer blogs no puedo evitar estos arranques de amargura. Y como la vida es un carnaval, sólo se vive una vez y hay que tratar de vivir lo más amargado posible, pues ahí les va.

Si mi blog y el de muchos está considerado como bazofia por estar escrito con las nalgas, el queso de las patas y los pelitos del escroto, dense una vuelta por los demás "blos", nomás para que valoren y digan: "Chale, mi blog no está tan pior."

Acabo de descubrir una nueva especie de blogueros: Los Que Escriben Sus Posts Como Pochos.

No sé si estos señoritos y señoritas piensen que esto es muy "cool" o muy "trendy", o si creerán que su manejo del idioma inglés va a soltar destellos que nos van a "bling bling" y algún día se los publicarán en la revista Caras y Quién por ser tan "fashion" (no entendí ni madres de lo que acabo de escribir, pero bueno...).

Llegué a pensar que esta especie eran blogueros de alguna ciudad fronteriza, o mexicanos radicados en Estados Unidos; y pensé: "Bueno, es justificable su modo de escribir: han de estar tan apendejados con esa crisis de identidad que tienen que han olvidado muchas palabras en español"... ¡¡¡Pero nooooo!!! La mayoría de estos blogueros son de Chiapas, Tabasco, Hidalgo y estados de la república que nada tienen que ver con la cultura gringa mas que el nuevo Starbucks que acaban de inaugurar a lado del único Soriana de su pueblo o el canal 72 de paga donde pasan Telemundo. Es más: estos blogueros llegaron a caerme más mal que los blogueros "cultos" y "de mucho mundo" que abusan de frasecitas en latín, francés o alemán de los que alguna vez hablé.

Ahí les van unos fragmentos de los posts que escriben estos pochos que no son pochos pero se sienten pochos:

"Las canciones de los Counting Crows son tan especiales que podría quotearlas en momentos random de mi vida".

Mi respuesta: Yo podría kickear your ass por mamón que eres.

"...y entonces le contesté con una frase bitchslapeante que la dejó callada..."

Sin comentarios. Frase más pretenciosa no había leído. Estos güeyes están peor que Ricardo Arjona haciendo que rimen a huevo sus canciones; éstos quieren a huevo castellanizar palabras que nomás no suenan bien.

"...y cuando me disponía, ya en casita, a prepararme mi obligado sandwich de peanut butter and jelly, caí en la cuenta que había comprado el frasco de peanut butter sin jelly..."

Pa empezar: ¿Quién vergas se come un lonche de esa madre? Sólo lo he visto en las caricaturas, series y películas gringas; ah: y uno que otro gringo "random" que cree que la crema de cacahuate es un alimento completo.

"Me enfundé unos jeans y me puse mis Crocs: ¡Amo mis Crooocs!"

A ver: ¿Por qué fregados tiene que decir la marca del pinche zapato? Por qué no decir "me puse zapatos" y ya. Es más: decir que se pusieron zapatos está de más; a nadie le importa. Además, presumir que usan esos pinches zapatos tan horribles debería darles vergüenza.

Con esta actitud mía, siento que va a ser una semana muuuy larga.

viernes, marzo 21, 2008

Frases para la eternidad

El Filósofo de Cantina ayer me dijo:
"No estés con la mujer con la que quisieras vivir el resto de tu vida; estate con la mujer con la que no podrías vivir sin ella el resto de tu vida".

Un amigo que acaba de mudarse con su novia hace dos meses, me dijo:
"Nunca pensé decir esto, pero extraño un chingo la puñeta".

Henry Miller me dijo:
"No es la cultura del trabajo la que nos inculcan nuestros padres; es la ley de la inercia. Cuando tienes un trabajo, te casas y tienes hijos, tu vida se convierte en inercia... tú sabrás si deseas eso para el resto de tu vida".

Amén, pues es semana santa: época de resurrección.

miércoles, marzo 19, 2008

El ventarrón que se robó la penumbra


No hay luz desde que me amaneció: el foquito rojo del ventilador que siempre permanece encendido aunque el aparato esté apagado me lo advirtió a eso de las nueve.

Una espesa nube de polvo sepia cubre la ciudad. El viento sopla como nunca antes lo había hecho. Y no exagero: quince horas después -cuando vuelve la energía eléctrica- la repetición de los noticieros confirma mi asombro: un par de muertos, daños materiales cuantiosos y medio millón de usuarios sin luz.

Basura de todo tipo se arremolina en cualquier punto donde poses tu mirada herida por el exceso de mugre que vuela rabiosa como enjambre de mosquitos. Ramas de todos tamaños se deslizan por el pavimento como barcos de vela. Gasolineras, restaurantes y hasta la tiendita de la esquina han cerrado.

Los ecologistas -alguna vez tomados por locos y extremistas- tenían razón: Repitieron hasta el cansancio que esto sucedería si la metrópoli seguía creciendo desordenadamente y si las pedreras y fraccionadores continuaban tragándose las montañas que nos rodean.
Lo único justiciero del día es que los más afectados por este ventarrón fueron los negocios de publicidad panorámica, quienes mandan achichincles disfrazados de empleados del municipio a talar árboles centenarios en las madrugadas para que sus anuncios sean visibles desde distintos puntos de la ciudad. Eso fue lo más cómico del día y lo que más gusto me dio -como cuando cuernan de gravedad a un torero-; ver cómo la pagaban con sus lonas desgarradas ondeando como la bandera blanca de un ejército derrotado no tuvo precio, jo jo jo.
Algunos otros -también tomados por locos- dijeron que, en semana santa, la mayoría de las industrias aprovechan para verter sus desperdicios en el aire, para que casi nadie se dé cuenta, ocasionando esta contingencia ambiental. Suena a una paranoica teoría de la conspiración, pero de los acaudalados industriales se puede esperar lo más ruin.

Todo vuelve a ser como en la época de las cavernas, pero con más peligros y más neurosis. Ahora, los depredadores son señalamientos viales de lámina que se desprenden y vuelan por el aire: como los techos de las casas de las colonias populares. Vigas tambaleantes que sostienen publicidad mal hecha y bien cobrada amenazan con colapsarse… y se colapsan; bardas derrumbadas y palmeras fracturadas que golpean transformadores de luz y rompen cables eléctricos.

Y el miedo es el mismo que en la prehistoria: “¿Qué pasará cuando llegue la noche?” Sin televisor, sin música, sin saber dónde están los cerillos y las veladoras. El miedo es mayor para quienes le han sacado la vuelta al camino que los llevará a encontrarse con sí mismos, pues saben que el silencio y la soledad de la oscuridad siempre los tienta a retomar esa vereda; por eso ruegan que los empleados de la Comisión Federal de Electricidad hagan algo pronto para tener el pretexto y seguir distrayéndose de su verdadera esencia.

Quince horas después vuelve la luz. Hay árboles yaciendo sobre el pavimento, con su follaje enredado entre cables negros, como si acabaran de suicidarse con todo y nidos. El viento sopla con más nobleza. Está cansado. Mi coche tiene debajo una gruesa alfombra de hojas, flores de buganvilia, papeles y trozos de cartón. Me subo, lo enciendo y voy en busca de la penumbra que me arrebataron.

lunes, marzo 17, 2008

Los trenes que sueño


Hace dos meses que regresé del viaje de la foto, y cada semana, desde que volví, tengo sueños relacionados con trenes.

En uno, estoy acostado en medio de las vías, inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho. El tren me pasa por encima; no puedo ni respirar porque cualquier movimiento haría que mi cuerpo rozara con los fierros y metales del convoy, causando mi desmembramiento. Hasta ahorita, en todos los sueños, he salido ileso.

En otro, los vagones del tren pasan rajamadre (muy rápido) frente a mí, y yo tengo que brincar a uno antes de que terminen de pasar, porque si no, me quedo solo en medio de un desierto, sentado en el terraplén, esperando a que pase otro tren que nunca pasa. Hasta ahorita no he logrado subirme: me da miedo porque va muy rápido (rajamadre). En el tren va gente que conozco y quiero, pero nomás me dicen adiós: nadie me echa porras ni me alenta a armarme de valor para subirme. Como que les vale madre si me subo o no.

Los demás sueños que tengo no tienen importancia; son de esos que uno sueña hasta despierto y aún no se logran.

viernes, marzo 14, 2008

Una Doctrina de Terror

No es ninguna novedad mi repudio por la iglesia católica. Crear una lista enumerando las pendejadas que predica, prohíbe, permite y promueve en su nombre está de más. Pensar en toda esa gente que se dice católica y cada día es peor ser humano, me da asco. Pero nunca pensé que fuera a aplaudirle algo a esta iglesia de la que tanto reniego y siempre renegaré. Y no es sarcasmo.

Me refiero a eso de los nuevos pecados sociales. Por mí, están con madre, que al cabo que yo soy ateo y ni los cometía antes de que se anunciaran ni los cometo ahora ni los cometeré. Me refiero a esos que hablan de fomentar la pobreza del prójimo, enriquecerse de manera grotesca sin compartir lo obtenido, contaminar el medio ambiente y pasar por alto las injusticias sociales; que más que con la religión tienen que ver con la educación, ética, moral, conciencia, sentido común y el no ser un pinche ojete como persona. Pero ya ven que la iglesia se mete en todo y, ahora, creo que por fin le atinaron en meterse en cosas que realmente importan y no andarla cagando en nimiedades.

Tanto que los líderes, funcionarios, artistas, delincuentes y de más “hijos de Dios” (¡qué soberbia considerarse hijo de un dios!) predican su “espiritualidad” y “amor” y mamadas de esas con Biblia en mano, mientras viven revolcándose en el soquete de sus propios vicios, hipocresías y contradicciones. A ver si ahora sí les da vergüenza… o igual y siguen de dobles caras, como siempre lo han hecho.

Lo malo de estos nuevos pecados es que puede salir contraproducente esa “buena intención” de la iglesia por crear consciencia y menos injusticias sociales, pues se le pueden ir creyentes que se den cuenta que ni siquiera esa institución predica con el ejemplo y se sigue enriqueciendo y no paga impuestos y mantiene a los pobres pobres, etcétera.

Si infundiéndoles un terror de ir al infierno a esos mexicanos valevergas que tienen jodida a la nación va a traer como consecuencia crear mejores ciudadanos, pues por mí está muy bien; es más: que lavar el coche con manguera o tardar más de 5 minutos en la regadera también sean pecados mortales y que a todos se los cargue la chingada en el infierno. Si así voy a tener playas limpias, cielo azul y parajes libres de basura, ¡adelante!, que se les inculque desde niños el temor a atentar contra el planeta por ser pecado.

Yo siempre he pensado que infundir el terror de manera inteligente es algo muy bueno. No como los pinches gringos, que se la pasan con sus mamadas de: “Ay, puede haber un atentado terrorista en el SuperBowl, nos odian, hay malos allá afuera, son barbones y nos quieren matar, bujujuju”, y dos horas después: “No, ya están a salvo, querido pueblo americano, el gobierno acaba de bombardear otra aldea pobre y se descarta el posible atentado”. Y todos los gringos viven con el culo en la mano, pero protegidos. Pffft, a quién vergas le importa el Superbowl para ir a cometer un acto terrorista, por favor, pinches gringos orates. En fin.

Para que me entiendan mejor esta propuesta de sembrar el terror entre los ciudadanos de manera positiva para así crear mejores personas y mejores sociedades, ahí les va un ejemplo:
Imaginen que agarran a un explotador de niños: un güey que les vendía droga y luego los violaba y cometía las peores vejaciones con ellos. ¿Cómo acabar con el problema sin sobrepoblar los penales? Pues por medio del terror. Agarras al Presidente de la República (un presidente inteligente y con huevos, obviamente), lo grabas con todas las cámaras de todas las televisoras en vivo, en cadena nacional y horario triple A; con pistola en mano, diciendo algo así como: “¡Ya me tienen hasta la chingada, pinches delincuentes, secuestradores, y de más enemigos de la paz y el bienestar de los mexicanos!”. En eso, que le dé un balazo a quemarropa en la cabeza a la pinche piltrafa violadora y luego mire de frente a las cámaras: “No me provoquen hijos de la chingada, porque esto les va a pasar a todos y cada uno de ustedes si siguen cometiendo ilícitos y atrocidades”. ¿A poco no te cagas pa dentro si ves esto en la telera? Y pos uno qué; uno no hace esas cosas, ¿pero qué tal los delincuentes?; de perdido le pensarían dos veces, y todo gracias al terror bien inducido. Así le hacen los gringos con sus videos falsos del Al Quepedo o esa madre; así le hacen los narcotraficantes con sus videos de ejecutados y tienen el dominio el país; ¿por qué no utilizar ese método de terror en algo positivo?

Sí, yo propongo una doctrina del terror, como la que ha venido fomentado pendejamente la iglesia contra el condón, las cogidas fuera del matrimonio o las mujeres divorciadas, pero en temas verdaderamente importantes. Una doctrina del terror bien planteada, menos convenenciera y más dócil; que no caiga en un régimen represor o dictadura, o una de esas cosas pasadas de moda. Un régimen de terror contra terroristas ambientales, infanticidas, delincuentes de cuello blanco y de más cuacha social. Una doctrina de shock positiva para crear mejores seres humanos ¿Que el terror no trae nada positivo? ¡Cómo chingaos que no! Imaginen que en las escuelas católicas a los niños en vez de decirles pendejadas como: “Si le das un beso a tu novia se embaraza y se van a ir al infierno”, mejor les dijeran: "Si tiras papeles en la calle, en el parque o en la playa, el mundo arderá y tú junto con él; si no plantas un árbol cada mes o maltratas los que hay, el diablo te va a meter toda la chaira roja y peluda por el ano hasta sacarte las tripas; si de grande llegas borracho a tu casa y golpeas a tu mujer, Dios mismo vendrá a colgarte de los huevos, etc". ¡Qué bonito! ¿no? Con este terror de buenas intenciones cambiaríamos la mentalidad del ser humano y formaríamos ciudadanos temerosos –obviamente- pero temerosos para un beneficio general. Ciudadanos que en vez de estar pensando en que se van a ir a infierno por comer carne de res un viernes de cuaresma, piensen que se los va a cargar la chingada si explotan y marginan a sus empelados, ensucian el agua con sus bronceadores Hawaiian Tropic, maltratan a su vieja, van a corridas de toros o tienen dinero que nunca van a poder gastar mientras mueren niños por catarros mal cuidados.

Está bien emplear una doctrina de shock, pero repito, de manera positiva, no a lo pendejo como acostumbra hacer la iglesia y el gobierno la mayoría de las veces. Por eso, felicidades por esa nueva lista de pecados.

miércoles, marzo 12, 2008

La Esposa del Filósofo de Cantina

La Mujer del Filósofo de Cantina alguna vez me dijo:

“Siempre he sentido desprecio por los hombres que se hacen pasar por amigos de las mujeres. Esos que llegan todos lindos y buena onda, ocultando sus verdaderas intenciones hasta ganar tu confianza y -un par de meses después- declararte su amor o llevarte a la cama. No sé, nunca he confiado en ellos. Me parece hipócrita esa actitud; se me hace falsa y alevosa. Yo siempre preferí a los hombres que de buenas a primeras te decían lo que sentían, así fuera al segundo día de verte o al minuto de conocerte. Son más arrojados; más valientes y con los sentimientos a flor de piel. Los que se hacen pasar por amigos son cobardes y la mayoría de ellos cambian cuando se convierten en tus novios: se vuelven todo lo contrario de lo que mostraron ser cuando decían ser tus amigos. Es preferible el hombre que desnuda sus intenciones y sentimientos a la primera -porque estoy segura que no con cualquiera lo hacen-, que el que va recolectando amigas por la vida a ver cuál de todas cae en sus brazos.
Por eso yo amo a mi viejo y sigo con él: por sincerote. Porque el primer día que me vio, me declaró su amor, y aparte, me llevó a la cama”.

lunes, marzo 10, 2008

...lunes...

Pocas cosas nos hacen saber que no somos poca cosa. Si logras que alguien ría, se ruborice, se conmueva, llore de emoción o se acuerde de ti después de mucho tiempo, entonces ha valido la pena cruzar la maraña de ramas espinadas en que a veces se convierte la vida.

jueves, marzo 06, 2008

Rompiendo el hielo

Me estaba echando unas cheves con un compa el fin de semana. Llegó al lugar un amigo de mi compa que yo no conocía. Cuando mi compa se paró al baño a descargar la primer miada de la noche, su amigo me preguntó lo más extraño que he escuchado en mi vida:

-¿Y qué onda: vas a ir al concierto de los Backstreet Boys?

Me quedé helado.

No sé si fue la manera más pendeja de romper un silencio incómodo con un desconocido, si me vio cara de puto, si pensó que tenía pésimos gustos musicales o no sé qué chingados tendría este güey en la cabeza.

¿O es normal que a un cabrón treintón le gusten los Backstreet Boys?

Brrrrrr... lo recuerdo y me dan escalofríos.

martes, marzo 04, 2008

Noticias

Hoy martes a la una de la tarde rellenamos las estanterías de la cafetería de la librería Gandhi con ¡#$%&! Cómics. Así es que si se dan la vuelta esta semana de seguro encontrarán desde el 1 hasta el recién salido número 5, para todos aquellos que no tengan su colección completa.


También recuerden que si no son de Monterrey pueden suscribirse por $250 pesitos, incluyendo ya los gastos de envío y uno que otro regalillo que mandamos porque somos bien buenas ondas. Doce números de ¡#$%&! Cómics por esa lana a cualquier parte de la república: ni la Madre Teresa de Calcuta era tan bondadosa, snif. Mándenme un mail -o al mail de la revista- si les interesa, para pasarles la cuenta donde se hace el depósito.

A todos los colaboradores de ¡#$%&! Cómics: por favor manden su dirección para enviarles sus revistas sin costo alguno.

A quienes ya se suscribieron y no les han llegado sus paquetes, pónganse en contacto conmigo. Al parecer -y gracias al Dios de los carteros- nada más fueron dos personas, pues fueron los dos paquetes que me devolvieron sanos y salvos.

Saludos a todos.

lunes, marzo 03, 2008

La niña y el Dios cobarde

Domingo, nueve treinta de la noche.

- Mira, mija: ya llegó el muchacho que te gusta.

La niña se sonroja mientras se esconde detrás de la falda de su madre, quien acaba de delatarla. Hago como que no escucho y doy las buenas noches.
Una vez por semana voy a ese puesto de tacos. Los de trompo con queso en tortilla de harina están muy buenos; además de baratos.

- ¡Ándale!, atiende al joven –dice la madre, y la niña asoma el rostro con las manos tapando su boca para ocultar que sonríe.

No tiene más de 12 años. Siempre que posa su mirada en mí es celestial. Le sonrío meneando la mano y por fin sale de atrás de su madre, riendo aún, pero ya sin mirarme. Es morena, de ojos grandes -casi saltones- y muy espigada. De mayor será una belleza.
La pequeña toma una vasija con cebolla y cilantro bien picados, los botes de las salsas y un plato con limones que deja sobre mi mesa.

- Gracias, chula –le digo, y corre hacia su madre para abrazarla riendo, posando de nuevo su mirada en la mía cuando se le pasa la pena.

Es curioso gustarle a una niña. Quién sabe qué pensarán o cómo lo verán a uno. Es un halago inocente que no nos genera ego ni vanidad.
Pero es más curioso que una niña de no más de 12 años tenga que atender un puesto de tacos. Siempre está ahí, sin remilgar, ayudando a su mamá en lo que puede. Ignoro si tenga muñecas, tacitas de té o planchita para jugar. Tal vez el haberla empujado hacia el mundo adulto de las responsabilidades debido a las carencias económicas le haya borrado el recuerdo de su mundo infantil. O tal vez nunca tuvo mundo infantil. Tampoco sé si tenga padre. No sé si tenga bicicleta o patines, pero aunque los tuviera: las calles del barrio son transitadas y peligrosas. Ignoro si vaya a la escuela, aunque ¿qué educación podría recibir en una escuela de gobierno gratuita con maestros mal pagados? Las veces que le he preguntado alguna de estas dudas, ríe y se va corriendo.

Pido la cuenta. Son 28 pesos. Pago con un billete de 50 y le digo a la señora que así lo deje.

- Adiós, chula –me despido de la niña.

- Dile adiós al muchacho, mija –y la niña se esconde detrás de su madre, riéndo, como siempre.

Sé que mis 30 pinches pesillos de más no hacen la diferencia, pero son tiempos en que Dios –si es que existe- le teme a los humanos, por eso no hace acto de presencia.
Dios se ha acobardado, y con justa razón. Teme presentarse y ser denigrado; humillado. Teme ser llamado naco, jodido o pinche barbón chancludo, porque el humano se ha vuelto despectivo y prejuicioso con sus semejantes. Le atemoriza presentarse y darse cuenta el mierdero en que hemos transformado el mundo, por eso mejor hace oídos sordos. Teme quebrarse en llanto por las grandes diferencias que se hemos creado entre nosotros y teme volverse loco ante tanto loco, por eso mejor se hace pendejo.
Por eso, si Dios es un cobarde y no hace su trabajo, pues uno tiene que armarse de huevos y hacerlo, ayudando en lo que pueda, aunque sean 30 pinches pesillos. Así, a falta de Dios, uno se convierte en el Dios de otras personas.

sábado, marzo 01, 2008

Tiras de sábado al 2 X 1

Va una tira reflexiva para que lloren todo el fin de semana y pierdan la fe en la humanidad:


Y ahora va una de consejos para solteros: