Total que el hijo del dueño de la revista, ese que siempre llegaba más crudo que albañil en quincena a las juntas editoriales, nunca me hizo la invitación a su logia que porque "él no creía que yo tuviera la edad o estuviera preparado para andar en esas cosas". Uuuyyy, sí, viniendo de un pinche viejo borracho, ya se imaginarán qué tan en serio tomé el comentario.
Al mes, la publicación desapareció, y yo, junto con el hijo del dueño, me quedé sin chamba, snif.
Después, por un amigo de la secu marista en la que estuve, conocí a unos compas que eran masones... y también bien pedotes. Bueno, ellos eran "ajefistas", así se les llama a los jóvenes que practican esas ondas "filosóficas" y de "conocimiento", por sus siglas "AJEF": Asociación de Jóvenes Esperanzas Fermentadas en Alcohol, o no sé qué mamadas.
Estos güeyes saludaban medio raro: ponían su dedo índice y el medio (¡¡¡no!!!, no crean que en el fundillo, ese es otro tipo de saludo de otra secta con ondas más hardcore) en donde se toma el pulso de la otra persona, le ponían a su firma tres puntos y me contaban sus aventuras en los congresos de jóvenes masones que había en Puerto Vallarta, en Guadalajara y en el D.F., todos patrocinados por el gober y el ex gober del estado en aquel tiempo, que habían sido masones. Me platicaban que gobierno les prestaban autobuses y les pagaban comidas y cenas a más de 500 cabrones, y eso que ninguno de ellos tenía familiares, ni conocidos, ni palancas en gobierno, todo era por el simple hecho de ser masones. Aquel sí era un buen gobierno, snif.
Total que yo empecé a decirles: "A ver: enséñame ese saludillo que hacen, está bien chido", y como que no les gustaba que les dijera que su saludo estaba chido porque le quitaba solemnidad al asunto. Uno de ellos una vez me dijo: "Éste es un código secreto entre los masones y sólo los masones podemos usarlo, así cómo existen otros que tampoco puedo decirte, a menos que seas miembro de nuestra logia". A la veeeerrrrrrggggggaaaaaa, tanto misterio me intrigaba y me daban más ganas de entrar y por eso siempre andaba de preguntón diciéndoles que me platicaran qué pedo con la masonería. Pero se negaban, era un tema de sumo hermetismo.
Resulta que un día uno de ellos me pregunta que si yo tenía un pariente apellidado Caballero Lazo, y yo le dije: "pos pa qué te digo que no, si sí". El güey este casi se mea y se viene como cuando uno se quita a una gorda de encima y, como comadre chismolera, fue corre y corre a decirles a sus demás amigos que yo era familiar de "El Gran Maestro". Todos me vieron como el siguiente Mesías, nomás me faltaba el 666 marcado en las nalgas. Me decía que cómo yo, teniendo a un familiar masónico tan respetado, nunca me había interesado en meterme a esas mamadas. Pero pos yo ni sabía que este tío abuelo (creo) era tan chingón dentro de ese circo... digo, círculo selecto. Resulta que este tío fue Gran Maestro grado 33 y fundador de no sé qué madres masónicas en Nuevo León.
Total, ahí la cosa cambió. Estos güeyes me invitaron a su logia para que hiciera las pruebas, "para ver si las soportaba", para ver si "no me rajaba y era tan chingón como lo fue mi tío". Uuuuyyy...
Una noche de peda, les pregunto:
- ¿Y de qué se tratan las pinches pruebas esas? ¿Por qué la raza se raja a la mera hora de hacerlas? ¿A poco sí están muy cabronas?
- No podemos decirte nada... pero muchos no las soportan y salen llorando peor que niñas... si eres chingón, pasarás todas las pruebas sin ningún pedo... -me dijeron con una serenidad digna de
David Carradine hablándole a su pequeño saltamontes.
- Pero más o menos díganme de qué se tratan... digo, para ir preparado... díganme si tengo qué llevar traje de baño o cambio de ropa o no sé, algo...
- Tienes qué borrar esa actitud de tu mente... esto no es un juego... si estás preparado para recibir los conocimientos, pasarás las pruebas y serás miembro... -me dijo el que hablaba más mamón y se tomaba más en serio de todos.
Pero, como buenos masones, bastaron unas cheves para que soltaran toda la sopa y me confesaran "las pruebas de iniciación", que más bien parecían novatadas de preparatorianos ebrios y esquizoides. No dudo que
Diego Santoy o su novia jugaran a eso de niños con sus amiguitos.
He aquí las que me platicaron y de las que me acuerdo:
1.- Te vendaban los ojos y te metían a chingazos en un ataúd para que "pensaras" y "reflexionaras" sobre lo que habías hecho y logrado a lo largo de tu vida porque "ese podría ser el último día de tu vida". A las 4 o 5 horas, ya que empezabas a desesperarte y a morir de asfixia y claustrofobia en la caja pa muertos, los nenes te sacaban, te encerraban en un cuarto, te amarraban a una silla y fingían que te iban a madrear como lo hacen los policías ministeriales, y te decían que ese era tu último día sobre la tierra. Ya que uno lloraba, se miaba, se cagaba de miedo e imploraba perdón y clemencia, entraban todos los demás cabrones atacados de la risa con un pastel y te lo embarraban en la cara.
2.- Te vendaban los ojos (tenían este fetiche) y te cargaban entre varios, te sacaban por una ventana del piso del edificio que rentaban para la logia y te obligaban a caminar por una cornisa, mientras los nenes te decían que tenías que aventarte al vacío -sin quitarte la venda de los ojos- si es que confiabas en ellos, tus nuevos hermanos, porque si no confiabas en ellos, ese lugar no era para ti. Abajo de la cornisa, a unos dos metros de distancia, estaba el grupo completo esperando a que saltaras para cacharte.
3.- Algunas veces montaban todo un show y, cuando llegaba el iniciado a las oficinas, estos güeyes se hacían pasar por narcosatánicos y compraban vísceras de animales y las ponían por todo el salón y se ponían túnicas y mamadas así y agarraban al iniciado y le decían que iban a hacer ritos con él. La mayoría de los iniciados estuvieron a punto de morir de un infarto con esta prueba.
Y así, mil mamadas más.
Y total nunca entré.