miércoles, noviembre 16, 2005
la típica doña pelos...
Le decíamos Doña Pelos pero no recuerdo su nombre real. Doña Pelos era una señora del barrio que se la pasaba regañándonos por cualquier cosa. Le pusimos ese apodo en honor a la verdadera Doña Pelos: una prieta gordota y fea que vendía hamburguesas en un puesto de madera al que nuestros padres no nos dejaban ir, pero comoquiera íbamos sin que se dieran cuenta. Doña Mary, la dueña del puesto, si era bien buena gente; pero la otra Doña Pelos no. Balón que se iba a su patio, balón que dábamos por perdido, porque no teníamos el valor de tocar en su puerta o de brincarnos a escondidas en su patio a recuperarlo. Nos corría de la calle cuando jugábamos fútbol y echaba agua a manguerazos sobre la banqueta para que no fuéramos a sentarnos a la sombra del roble que crecía a un lado de su casa; es más: Doña Pelos mandó tumbar el árbol con tal de que ya no descansáramos bajo el follaje después de 4 horas de andar en bicicleta. Me acuerdo que una de las bardas de su casa la usábamos como portería para tirar penaltis, hasta que un día llenó todo el jardín y la banqueta de troncos con espinas para que ya no estuviéramos ahí jugando ni estacionando las bicis. Se quejó varias veces con nuestros padres, quienes le daban la razón y nos subían de las orejas o a cintarazos al cuarto, donde permanecíamos castigados. En Halloween, estrellábamos huevos en su casa -sin importarnos que hubiera niños que no tuvieran para comer- o le bajábamos el switch de la luz a su casa. Desgraciadamente, Doña Pelos sabía que habíamos sido nosotros los culpables, nos acusaba con nuestros padres y terminábamos otra vez con las nalgas coloradas y castigados sin poder salir. Es fecha que Doña Pelos no me saluda cuando me la topo, y eso que ya han pasado casi 20 años. Creo que se llama Doña Claudia, pero para mí sigue siendo Doña Pelos, la que nos tronaba los dedos y decía “rúmbenle a la chingada de aquí, cabrones!!!” A la verdadera Doña Pelos, la del puesto de hamburguesas, le dejamos de decir así y la empezamos a llamar por su nombre: Doña Mary; porque a ella sí la apreciábamos mucho, a pesar de las cucarachas que se paseaban por las ollas y los platos donde preparaba la comida. Yo tampoco he tenido el valor de irle a pedir una disculpa a Doña Pelos, o irle a decir que simplemente éramos unos niños. Espero no me guarde rencor, porque yo le agradezco tan bonitas vivencias y tan buen material para escribir un post.
martes, noviembre 15, 2005
enseñanza del filósofo de cantina...
Cuando andas con una menor de edad te dicen que por qué no puedes conseguir a una de tu edad, que porque te van a meter al bote. Cuando andas con una mayor que tú te dicen que por qué no puedes conseguir a una de tu edad; que si eso se te dificulta o que si tienes problemas de autoestima. Te van a criticar cuando salgas con una que consideren fea, y también te criticarán cuando salgas con una que consideren que es más guapa que tu; te criticarán cuando andes con una pobre, porque pensarán que anda contigo sólo porque tienes más sopas maruchan y palomitas para microondas que ella. También te criticarán cuando andes con una rica (de lana y de cuerpo), porque dirán que eres braguetero, que eres su títere y que con dinero te compra; y los padres de ella dirán que tú eres Pancho el mecánico de la novela Quinceañera, que te estas aprovechando de ella y su situación. No les gustará cuando andes con una divorciada, o con una madre soltera, o con una chavita que quiere andar cada fin de semana en la discoteca y te deja plantado por irse con sus amigas. Lo único que yo les respondería a todos esos que los critican, sería: “No es que no me pueda agarrar a una vieja de mi edad, o a una que quiera ser la madre perfecta, ni tampoco que no pueda agarrarme a una que sea soltera o millonaria; o una que tenga el autoestima más baja que yo o a otra que me levante el mio. Simplemente soy tan hombre que me puedo agarrar a la vieja que yo quiera: sea menor, mayor, casada, soltera, viuda, divorciada, loca, cuerda, estudiante, mocha o hasta católica. Porque yo no las juzgo: simplemente les doy eso que siento que vibra como celular en el pecho que dicen que se llama corazón. A lo que voy es: ¿Por qué John Lennon se quedó con la vieja más pinche fea que encontró siendo que se podía conseguir a la más buena???” El amor va muy pero muy allá de lo que creen.
viernes, noviembre 11, 2005
7 palms street

o

Desde el patio de la oficina se alcanzan a ver unas palmeras, o mejor dicho, la parte de arriba de unas palmeras, pues las bardas, techos y tinacos de las casas las tapan casi en su totalidad. Son siete palmas que están plantadas en la banqueta de la escuela que está en la calle de atrás. Esas palmeras son la única razón por la que salgo al patio; bueno, también salgo cuando necesitamos alguna tina para trapear o el tambo de la basura. Dentro de tres días van a venir unos trabajadores a techar el patio para hacer una bodega, lo que me impedirá volver a ver las palmeras. No tendré otra razón –aparte de la tina y el bote de basura- para ir a la parte trasera de la oficina, donde estaba el patio y ahora estará la bodega. Ya no correrá el aire, ya no habrá techo de algodones ni palmeras al fondo. Tendré que irme a sentar a la banqueta de enfrente de la escuela primaria Benemérito de las Américas para contemplarlas sin razón aparente, mas que una sensación de libertad que sólo yo conozco.
jueves, noviembre 10, 2005
fotogénico

o

Este morrito enchilado soy yo. No, no estoy diciedo "papáaa, ya me volví a zurrar en los calzones". Estaba zurrado, pero de encabronamiento. Como podrán darse cuenta, me encantaba que me tomaran fotos en pelotas, como a Putis Hilton. Chequen nomás la primera imagen: No, no estaba jugando a que era un feroz león grrrr, groarrrr; me estaban tronando las tripas del coraje porque robaron mi alma a flashazos. Fue entonces que mi estricta filosofía zen budista infantil me obligó a lanzarme (ora sí como león) a arrancarle a mordidas los dedos de las patas al fotógrafo. Pero fallé, aterrizando sobre un caca de gaviota de esas que nomás comen cheetos que los turistas les avientan, provocando que a los dioses, que me miraban desde un bar en las nubes, se les saliera por las narices -de tanta pinche risa- la cerveza que se bebían. El fotógrafo huyó -también cagado de la risa- y, ya fuera de mi alcance, me volvió a fotografiar. ¡¡¡Buuuaaa!!! ¡¡¡ya no me tomes fotos, bujuuu, bujuuu YAAAA, le voy a decir a mi mamá!!! "Ah, chinga, pos si tu mamá es mi esposa, güey", me respondió el fotógrafo. Mis brazos se convirtieron en lanzagranadas de bolas de arena, pero mi puntería de niña zurda sólo ocasionó que los dioses se revolcaran a carcajadas a grado tal de orinar y provocar lluvia. Al día sigueinte, ya listo con mi tinita y mi palita para hacer viejas encueradas en la arena, ¡que me toman otra foto! (tercera imagen). Podrán ver mi carita ladeada, implorando compasión al cielo, diciendo "yaaaa, yaaaa no mameeeen, déjenme en paz". Pinche güerco chillón. ¿Pero qué tal ahora? el Guffo se la pasa tomándole fotos a viejitos desvalidos, niños chilapastrosos, mexican curios, tomándome fotos solo, poniendo cara de galán de TV Apezta y de más situaciones dignas de un panfleto para el Teletón. Es mi venganza por todas esas fotos que me tomaron de morro, snif.
miércoles, noviembre 09, 2005
¿dónde chin$%#& está ciudad valles? 2
No dormí profundamente; es imposible hacerlo en los camiones. La película finalizó sin darme cuenta. Mi frente resbaló por el cristal, dejando una mancha opaca; fue entonces que desperté completamente. La niña miraba la madrugada a través del vidrio empañado. Me recargué en el asiento de terciopelo color vino para no interferir con su contemplación. La vi tan absorta que yo también me puse a ver cómo se disolvía la negrura del paisaje con los primeros destellos del aún escondido sol. El camión no estaba tan mal para ser de segunda clase: tenía aire acondicionado y televisores. Pasaron la película de Día de la Independencia, pero ya la había visto. Muy mala, por cierto: las mismas jaladas gringas de siempre. “¿A qué van a Valles?, ¿dónde queda eso?, ¿hay cosas qué hacer en Valles?” Estas eran sólo algunas de las preguntas que nos hacían cuando platicábamos nuestros planes para las vacaciones. “Está en San Luis Potosí, hay una feria, ríos, cascadas y selvas muy cerca”. Omitíamos decir que el padre de Samuel era el dueño de la agencia Carta Blanca y que era el presidente municipal. Esas eran nuestras respuestas para evitar decir “si no saben dónde está Valles, pos búsquelo en un libro, no sean güeyes”. La niña se desprendió del trance que la tenía concentrada en el horizonte. De repente, mis pensamientos se disolvieron, mi vista dejo de estar nublada y volvió a enfocarse en la orilla de la carretera. Después, miré el filo de la tierra, allá donde miraba la niña; en el horizonte, que ya salpicaba centellas matinales. La niña se paró en el asiento y volteó para atrás buscando a su madre. Instintivamente, yo también volteé por la ranura que queda entre asiento y asiento. Su madre estaba dormida y su hermanito sentado en sus piernas –despierto- mirando los audífonos que arrullaban a Erik. Volví mi vista a la carretera y, en un instante, mis pensamientos la nublaron otra vez. Me compadecí de la señora, la niña y el niño. Era obvio que no habían podido comprar tres pasajes y la señora se había tenido que llevar todo el recorrido al niño en sus piernas; o tal vez ya no había lugar cuando compraron los boletos. Decidí mejor pensar lo segundo, era menos angustiante. En un bostezo entramos al boulevard, con sus palos de rosa frondosos, las gorditas a un lado de la gasolinera, el Multiplex Video –el único lugar en donde rentaban películas-, el bar Flamingos, la agencia Chevrolet, el club campestre. Erik y Chuy despertaron y devoraban sándwiches de atún con las caras hinchadas; el niño no les despegaba la vista. Mi maleta de mano sudaba frío y goteaba. Pensé en desayunarme una cerveza. La niña abandonó su asiento. La mayoría de los pasajeros se ponía de pie y sacaba sus pertenencias de los compartimentos de arriba. En otro bostezo, ya estábamos en la central de autobuses. Nos esperaban las mejores vacaciones de nuestras vidas como amigos...
martes, noviembre 08, 2005
¿dónde chingados está ciudad valles?
Fue un jueves después de las 5 de la tarde, después del examen final de Semiótica; ese día fui a comprar los boletos de autobús a la central de autobuses (pos si no a dónde) con destino a Ciudad Valles (¿dónde chingaos está eso?). Doscientos cuarenta pesos. Quinientos diez y nueve kilómetros de distancia. El autobús salía a las 12 de la noche: la hora de los espantos y los borrachos y los putos que se visten de putas. Chuy y Erik se habían desvelado una noche antes en La Zota -un teibol dance de mala muerte donde las putas parecen putos- y llegaron tarde al examen; pero al parecer lo presentaron con buenos resultados. Pasé por ellos en taxi a casa de Erik a las 10 de la noche y todavía estaban crudos y dormidos los muy cabrones. Compramos cervezas para el camino – el taxista nos hizo el favor de pararse en un OXXO- y las escondimos en mi maleta de mano. Bajándonos del taxi y subiéndonos al autobús, estos dos güeyes se quedaron bien dormidos; entonces pensé que las cervezas eran todas para mí. Ni modo. El autobús olía a humedad: a esos aires acondicionados viejos y a tapicería semi fina y desgastada. Íbamos a llegar a las 7 de la mañana a Ciudad Valles (¿dónde chingaos está eso?), Lacho nos estaría esperando y nos llevaría a desayunar zacahuil (¿qué chingaos es eso?... pos lee enseguida): un tamal gigante envuelto en hoja de plátano, con carne de puerco y chile típico de allá de la Huasteca; para después llevarnos a su casa y hospedarnos. Chuy y Erik tocaron juntos en los asientos aterciopelados del autobús “Futura”, a mí me tocó con una niña que dudó al principio en sentarse conmigo cuando vio a su madre y su hermanito recorrer el pasillo y sentarse hasta atrás, a un lado del apestoso baño. Puse la maleta de mano con las cervezas frías bajo el asiento y mejor me dormí, recargando mi frente sobre el frío vidrio por el que desfilaba la noche. Ciudad Valles nos esperaba, y una maleta de mano llena de cervezas frías también…
sábado, noviembre 05, 2005
Los tacos de Chano
Los tacos de Chano están chingones. Chano trabajó hace como veintitantos años en la clínica veterinaria de mi padre: bañaba perros, trapeaba pisos, limpiaba vidrios, orines y cacas. No sé si después de tanto tratar con canes le vino la idea del puesto de tacos, e ignoro la historia de cómo se hizo de su carrito con 15 guisos, salsa verde, chiles toreados y zanahorias en escabeche. Sólo recuerdo que ahí fue donde comí por primera vez tacos de calabaza con elote y de hígado con chile morrón: mis favoritos. "Dame uno de papadillo", lo madreaban los clientes porque Chano le echaba más papa que carne molida al guisado. Ése era el único chiste que yo entendía de los adultos, y nomás me reía, sentado en una jardinera del parque, agarrando con mis dos manos un Barrilito de uva. "Échale carne al picadillo, pinche Chano". "Te hace daño, cabrón", contestaba Chano, y yo nomás sentía que se me salía el refresco de uva por las narices. Chano nunca nos quería cobrar los tacos que nos desayunábamos en aquellas mañanas de inicios de invierno, pero mi padre insistía y le extendía la mano con las monedas; Chano tomaba el dinero apenado, su chaqueta Members Only dejaba ver casi todo su antebrazo, pues le quedaba chica. Chano siempre ponía fotos de Pedro Infante a un lado de la pizarra del menú; una distinta cada día. Decía que quería escribir un libro sobre su ídolo y que estaba aprendiendo a tocar la guitarra para cantar todas sus canciones. Ayer en la mañana fui con Chano, como lo hacía en aquellas mañanas de inicios de invierno de hace veintitantos años. Su carrito sigue estando en donde mismo: bajo las sombras de unos robles, en la esquina de un parque, frente a una iglesia metodista. Sigue teniendo tacos de calabaza con elote, de hígado con rajas y sigue sin echarle carne al picadillo; de hecho, la pizarra del menú que anuncia los guisados dice "Papadillo". Sigue teniendo Barrilitos de uva y sigue estando la jardinera donde me sentaba a comerme mis taquitos de morrito. A un lado de la pizarra del menú está pegada la foto de un Pedro Infante muy joven y otra montando a caballo. En una repisa de aluminio reposan unos humildes cancioneros, eso sí, con bastantes páginas; con la cara de Pedro Infante en la portada y un diseño muy sencillo. Su precio es de 120 pesos y trae todas las rolas del ídolo mexicano. El autor del libro es un tal Graciano no sé qué. Ahora que recuerdo: a los Gracianos les dicen "Chanos".
jueves, noviembre 03, 2005
más cosas de niños...
Recuerdo que quería dedicar toda mi vida a buscar al Monstruo del Lago Ness; pero la ciencia, la razón y mi inevitable transformación en adulto borraron ese sueño. En aquel tiempo de prehistoria mental e infantil no me mortificaba el hecho de “tener que vivir de algo”. Simplemente pensaba irme a vivir a un castillo allá en Escocia (no sé con qué dinero), poner cámaras de video en los alrededores del lago (sigo sin saber con qué dinero), esperar a que el monstruo apareciera y hacer un libro o un documental con las pruebas (obviamente, esto si me hubiera dejado mucho dinero, jejeje). Nessi -como llaman al supuesto dinosaurio que habita en el lago- fue la última creencia en la que dejé de creer, después de santa clos y los tres reyes magos. En serio que quisiera con toda mi alma seguir creyendo en el panzón ese de rojo que regala juguetes a los niños y se roba comida del refrigerador en las noches de navidad, o creer en esos magos millonarios y tacaños que montan elefantes y camellos y que ahora deben de ser metrosexuales y manejar BMWs. Quisiera creer en todos esos personajes que traen dinero a cambio de dientes, en marcianitos que bajan de sus naves y se ponen borracheras con sangre de cabras, o en changos gigantes, peludos y patones que habitan el Himalaya; pero ya no puedo. Quisiera volver a creer en todos esos seres fantásticos e inverosímiles nada más para pasar mejores momentos; para dejar de pensar en esas cosas horribles y atroces -que parecen inverosímiles- pero que son más reales que cualquier monstruo y son el pan con que se alimenta a diario este mundo.
miércoles, noviembre 02, 2005
¿lloran los quelonios???

o

Son dos tortugas las que viven en el acuario. Es un acuario bastante grande, en el que solía tener peces, pero uno de los vidrios se astilló y tuve que sacar a los pescados y ponerlos en otro lado. Ahora el acuario sólo se puede llenar de agua hasta la mitad. Lo llené de agua hasta la mitad, puse algunas piedras y metí tres tortugas; pero una se murió. Amaneció afuera del agua, recostada en una piedra, con la piel casi blanca. Las otras dos crecieron, una más que la otra; imagino que esa es el macho. Cada que abro la puerta del cuarto veo cómo saltan asustadas de las piedras donde toman el sol y nadan hasta topar con el vidrio. Nadan y nadan engañadas por la transparencia camuflada del cristal con el agua, pero no llegan más lejos de ahí. He querido soltarlas, pero no sé si les vaya a ir tan bien como les va dentro de sus cuatro paredes cristalinas y frías. Las compré desde muy pequeñas, cuando tenían el tamaño de una moneda de 10 pesos y el acuario les quedaba inmenso. Las quiero llevar al río Ramos, al paraje ese que vamos a nadar y descansar de vez en cuando. Pero no sé: el agua no es del todo limpia y la corriente es fuerte; no sé si pudieran sobrevivir ahí. No sé si podrán comer todos los días, no sé si seguirán juntas, no sé hasta dónde las arrastrará la corriente; no sé si dejarlas en libertad y dejar sus vidas a la suerte de la naturaleza. Las miro desde arriba y las piedras del fondo de la pecera se aprecian perfectamente. La superficie del agua abraza con pequeñas ondulaciones sus cuellos. Me miran, como si quisieran decirme algo. Tengo 29 años y mis dilemas son los de un niño de siete.
martes, noviembre 01, 2005
cuentito de día de muertos
- Ring... ring
- Diga... -contesta una mujer.
- Ehhh -se saca de onda Chuy- buenas tardes, ¿está Beto?
- No, no está...
- Bueno, gracias...
Chuy cuelga en teléfono, aún sacado de onda. Lacho estaba con él porque estaban terminando un trabajo de alguna de sus clases de ingeniería mecánica.
- A chinga -dice Chuy- me contestó una vieja en casa del Beto.
- Te madrearon, pendejo. Hablaste a un número equivocado y te siguieron la corriente.
- A ver...
- O igual y estaba con una vieja, el cabrón
Chuy vuelve a marcar el teléfono, suena varias veces y le contesta un güey:
- Bueno
- ¿Qué pedo Beto?
- ¿Qué rollo mi Chuy? ya conseguí los cds pa´l trabajo, ahorita les caigo.
- ¿Estás con una vieja, verdad, cabrón?
- No, güey, voy llegando. De hecho, escuché el teléfono sonar y corrí hecho madre para alcanzar a contestarlo. ¿Por?
- No, es que orita marque y me equivoqué de número. ´Ta bueno, orita te vemos aquí.
- Órale, no me tardo.
Beto toma los cds que había dejado en el mueble del teléfono, quita las llaves que había dejado pegadas en la puerta por las prisas, agarra su cuaderno del sillón y, antes de salir, checa el identificador de llamadas. En efecto: Chuy habló dos veces a su casa y no una. Alguien contestó la primera llamada. Se escucha un portazo en la cocina.
- Diga... -contesta una mujer.
- Ehhh -se saca de onda Chuy- buenas tardes, ¿está Beto?
- No, no está...
- Bueno, gracias...
Chuy cuelga en teléfono, aún sacado de onda. Lacho estaba con él porque estaban terminando un trabajo de alguna de sus clases de ingeniería mecánica.
- A chinga -dice Chuy- me contestó una vieja en casa del Beto.
- Te madrearon, pendejo. Hablaste a un número equivocado y te siguieron la corriente.
- A ver...
- O igual y estaba con una vieja, el cabrón
Chuy vuelve a marcar el teléfono, suena varias veces y le contesta un güey:
- Bueno
- ¿Qué pedo Beto?
- ¿Qué rollo mi Chuy? ya conseguí los cds pa´l trabajo, ahorita les caigo.
- ¿Estás con una vieja, verdad, cabrón?
- No, güey, voy llegando. De hecho, escuché el teléfono sonar y corrí hecho madre para alcanzar a contestarlo. ¿Por?
- No, es que orita marque y me equivoqué de número. ´Ta bueno, orita te vemos aquí.
- Órale, no me tardo.
Beto toma los cds que había dejado en el mueble del teléfono, quita las llaves que había dejado pegadas en la puerta por las prisas, agarra su cuaderno del sillón y, antes de salir, checa el identificador de llamadas. En efecto: Chuy habló dos veces a su casa y no una. Alguien contestó la primera llamada. Se escucha un portazo en la cocina.
sábado, octubre 29, 2005
hoy tengo ganas de tirar cuacha...
Nuestros cínicos favoritos, Robertito Palazuelos y Ernestito Zedillo jr., no han salido en ningún medio masivo declarando sobre Cancún, y eso me preocupa. Digo esto porque los nenes consentidos estos se han jactado publicamente -en entrevistas a revistas y programas televisivos- de la manera más mamona y déspota que "ellos no son de Cancún", sino que "Cancún es de ellos". Si es de ellos, pues dónde andan que no los vemos que se pongan a jalar en las labores de reconstrucción de "su casa". Bueno, creo que han de estar reconstruyendo pero sus bissness, no dudo que hayan sido ellos los que dieron órdenes exclusivas a los policías de la región de no descuidar ciertos negocios importantes, mientras a los otros pobres se los cargaba el espíritu de Rigo Tovar, porque había puro sirenito, nade y nade pa´salvar sus vidas y puro naco robe y robe tiendas. Pero bueno, qué se puede esperar de dos güeyes que no niegan que en una discoteca mataron a un güey que se les puso al brinco y lo mataron por "defensa propia", de un güey que golpeó con el estado mayor presidencial a un guardia de seguridad de U2, de otro güey que dice que armaban carreras de motos en la entrada de los pinos con sus amigos drogos y de dos güeyes que son amigos de Jorge Kawaghi. Buakatelas de cochino!!!
Pasando a otra cosa y hablando de Bono de U2, que su música me gusta mucho, pero él me cae más mal que unos tacos de cochinita pibil a las 4 de la madrugada. Quiere salvar el mundo y acabar con la pobreza el señor este, pero es amiguisimo de Bush; desde ahí ya andamos mal, señor. Dijo que no volvería nunca más a México después del incidente con su guardia de seguridad y Zedillito Jr, pero se fue a echar una paella valenciana a casa de Los Camil en Acapulco para negociar unas madres para una película de producción regia, siendo los Camil íntimos amiguis de Zedillito Jr, quien le armó el desmadre en el concierto aquel. Señor Bono: lo que piensa no concuerda con lo que hace, aguas con eso. Su música es chingona, pero usted no vale lo que valen sus millones de dólares ni su palabra ni sus ideales. Lástima.
Pasando a otra cosa y hablando de Bono de U2, que su música me gusta mucho, pero él me cae más mal que unos tacos de cochinita pibil a las 4 de la madrugada. Quiere salvar el mundo y acabar con la pobreza el señor este, pero es amiguisimo de Bush; desde ahí ya andamos mal, señor. Dijo que no volvería nunca más a México después del incidente con su guardia de seguridad y Zedillito Jr, pero se fue a echar una paella valenciana a casa de Los Camil en Acapulco para negociar unas madres para una película de producción regia, siendo los Camil íntimos amiguis de Zedillito Jr, quien le armó el desmadre en el concierto aquel. Señor Bono: lo que piensa no concuerda con lo que hace, aguas con eso. Su música es chingona, pero usted no vale lo que valen sus millones de dólares ni su palabra ni sus ideales. Lástima.
jueves, octubre 27, 2005
las 12:34...
Cuando era niño, las 12:34 del medio día; o de la media noche, era mi hora favorita. Me gustaba mucho esa hora en especial, no porque empezara algún programa o alguna caricatura en la televisión; era simplemente el hecho de voltear a ver un reloj y tener la suerte de observar al 1, al 2, al 3 y al 4 seguiditos, como iban en orden en la vida real. Las 12:34 me parecía algo extraordinario. Me sentía elegido por el tiempo, como si éste me diera la oportunidad de ver a los números en filita, como nos los enseñaban en la escuela. Era -según yo- una coincidencia grandiosa cuando mi vista se topaba con esa cifra en el reloj digital de pulsera, lo que convertía a esa hora en algo especial. Era como si el universo estuviera en perfecto orden frente a mis ojos por tan sólo 60 segundos. En fin: cosas de niños. Una vez miré muy temprano mi reloj y descubrí la aún más perfecta perfección de las 11:11. Obviamente, las 11:11 a m era la hora que más veces tenía suerte de ver, porque para las 9 de la noche, después de Topo Gigio, ya estaba bien dormido por órdenes paternas. Que mi vista y el tiempo coincidieran para ver esos cuatro unos en hilera, era aún más significativo que las doce treinta y cuatro. No he vuelto a usar reloj desde aquel con calculadora y cancioncitas que me quitaron en la escuela por andar jugando en clases con él. Dejé de usar reloj cuando dejaron de serme divertidos. Recuerdo que cada botón de mi reloj calculadora tenía una función distinta según mi imaginación. Con un botón me hacía invisible, con otro me convertía en tigre dientes de sable, con otro aparecía dulces y con otro pasaba un helicóptero por mí al patio de la escuela. Los relojes de ahora no hacen eso, por eso ya no los uso. Aparte, ahora casi todos relojes son de manecillas y sin números, lo que me dificulta ver la hora exacta. Voltear a ver un reloj en el momento justo de las 12:34 o las 11:11 no es lo mismo si el reloj es de manecillas. Pero repito: esas son cosas de niños. Algunas veces, cuando mi día es insoportable y no hay nada que lo mejore -una palma, una nube en forma de ballena, un claro en el cielo, una buena noticia en el radio-, volteo al reloj de mi celular esperando ver alguna de estas dos cifras para encerrarme -aunque sea un ratito- en el recuerdo del niño que fui. Espero también que los botones de mi celular aparezcan dulces, me hagan invisibles, hagan volar el coche o desaparezcan el tráfico. Pero volteé demasiado tarde: son las 12:37…
martes, octubre 25, 2005
the world i know...
Un viento vagabundo sopla como si se hubiera equivocado de estación. Es un frío suave y condensado -como los de diciembre- que parece haber escapado del doceavo mes y se coló hasta este día de octubre. Emito un suspiro que silba casi en el mismo tono del aire que atraviesa una pequeña abertura en la ventana. El cuarto ha bajado unos grados su temperatura y me hace pensar en comprar un calentador que sirva, no como el que tengo que nomás gasta luz. Me vuelvo a poner los calcetines que una noche antes –no tan fría- me quité para dormir y sentir el contacto con las sábanas. El cuarto de baño se convierte rápidamente en un salón de baile, con humo que lo cubre todo. El espejo de la regadera tiene una gruesa capa de vapor gris que rechina al momento en que mi mano lo barre. Los chorros de agua caliente en la espalda me recuerda las noches en que, antes de dormir, brincaba a la cama de mis padres, me subía hasta el pecho la pijama de Los Superamigos y mi madre me rascaba fuerte con sus uñas largas. Me decía que me iba a sacar sangre, jejeje; pero a mí me gustaba que me rascara bien fuerte, porque cuando me rascaba con delicadeza me daba más comezón. El jabón que uso para el pelo no hace tanta espuma como cuando usaba shampoo. No es suficiente espuma como para hacer un ficticio pastel de betún de esos que se embarran los payasos, pero sí es suficiente para hacerme un peinado a la punk; aunque no me lo puedo ver porque el espejo está sumamente empañado. El agua que hierve y recorre las tuberías de la casa borra mi peinado punk. La toalla está calientita. Estoy listo para abandonar mi mundo y pasar otro día más en el mundo de la gente.
domingo, octubre 23, 2005
soy un frustrado, mucho gusto...
Quería ser director de cine. Presenté dos veces el examen para entrar a la UT de Austin Texas, pero ninguna de las dos veces lo pasé; no sé si por pendejo o porque realmente estaba muy cabrón. Estudié mucho -demasiado- y traté de todo corazón y por todas las vias para entrar ahí, pero no lo logré. Lógicamente, esto no se dice para no desalentar a los niños a que sigan soñando de que pueden lograr sus sueños. Me dieron chance de estar un semestre allá en Austin para prepararme para el examen de admisión, pero el semestre costaba mucha lana y fue en 1994, cuando el dólar se fue de 3 a 6 pesos. Mis padres no pudieron y yo tampoco pude coseguir una beca. Entré a Comunicaciones en la UdeM: la carrera de los artistas frustrados; donde aprendes de todo, pero no ejerces tus sueñillos en nada. Qué mejor ejemplo que yo mismo: que soy monero sin fama del grupo Reforma, sin saber dibujar y soy escritor de una columna que nadie lee en el periódico Regio, sin saber escribir. Uno debe de reconocer sus limitaciones y dedicarse a lo que la vida le señala que es lo correcto. Pero la vida se la pela cuando uno tiene vocación para AMAR. Uno debe de darse cuenta que tiene talento para tocar vidas, para mover fibras emocionales, para remover sentimientos olvidados, para regalar una sonrisa en un velorio, para endulzar el oído en un divorcio, para babear la nuca de a quien se le hace el amor; para estar en las peores situaciones, para contar chistes y para cruzar lágrimas con los que ofrecen lágrimas. Para abrazar y apoyar al suicida, para pedir perdón aunque no haya razones, para dejar el orgullo en el escusado... Para eso es para lo que quiero ser talentoso: PARA AMAR. Y ojalá aprenda algún día a tocar algún instrumento, para ponerle música a todos estos posts, que son canciones dedicadas a La Fabi (porque el pinche Joaquín Sabina no le dedica ninguna), pero mi ignorancia e inutilidad musical me impiden llevarselos como serenata. Que alguien me enseñe de perdido a tocar la marimba o el tololoche.
viernes, octubre 21, 2005
más traumas infantiles y clasemedieros...

o

No señores enfermos: este no es otro blog de esos para pedófilos con niños en canicas, asi es que sáquense la mano del calzón, suéltense el pajarito y mejor pónganse a leer lo que este niño cacheton y barrigón tiene qué decirles que, de seguro, será una pendejada semi divertida pa´matar un rato el tiempo.
Descubrí mi faceta de empresario en una de esas tienditas que uno arma con mesas y sillas plegadizas en la banqueta de su casa. Fue ahí, en una tiendita de esas, en donde vendí todos mis monitos de StarWars, mis calcas de Garbage Pail Kids (antes de que mi jefa me las tirara por ser "satánicas") y mis animalitos de plástico; cosas de las que me arrepiento haber vendido. Aunque ya con pelambres en el chorimex me los volví a comprar. En esa tiendita también vendía chicharrones con salsa y crema, yukis de sabores, chicles, paletas y de más mugrero sabroso para los paladares infantiles. Con esa mentalidad tan evolucionada que siempre me ha caracterizado y, pensando en el bienestar de los niños y niña de mi colonia, daba los dulces a muy buenos precios. Iba con mi socio del negocio y su jefa a una dulcería cercana y ahí surtíamos los dulces de nuestra tiendita, la cuál quebró a las dos semanas gracias a nuestra filosofía visionaria de manejar precios baratos. El problema era que: si una paleta nos costaba 3 pesos, nosotros la vendíamos a 2 pesos, según esto pa´que se vendiera más rapido la mercancía y la gente prefiriera comprar en nuestra tiendita en vez de en otras. Pues esa mentalidad y conciencia social no les pareció mucho a nuestros padres cuando se enteraron de lo pendejos que estaban sus hijos para hacer negocios y recuerdo que, cuando mi jefe trató de explicarme ese pedo de las ganancias y los gastos a punta de coscorrones, pos yo nomás no le entendía ni madres pues yo nomás quería vender barato y ver el bote de plástico que usabamos de caja fuerte lleno hasta el tope de monedas. Además, cuando no vendíamos, pues nosotros nos comíamos los dulces y, si pasaba algún niño pobre, pos le fiábamos los chicharrones y los juguetes. Chin... ahora comprendo por qué las empresas deben de ser culeras para ser exitosas; una empresa con la filosofía y las prestaciones de mi tiendita no duraría ni tres días. Snif. Saludos.
jueves, octubre 20, 2005
de politica, corrupción y otras jaladas...
El porvenir de este país está más feo que el papa Benedicto XVI. Digan lo que digan, yo siempre he pensado que el abstencionismo es la mera neta y que es mejor que cada quien se rasque con sus uñas y no andar esperando soluciones de cabrones que dicen que aman a su patria. Imaginen ese día en que, en vez de salir a votar, los mexicanos nos quedemos curándonos la cruda en la camita, mano derecha en huevo izquierdo rascando con suavidad y el control remoto de la tele en la otra mano. Qué mejor manera de demostrarle a los políticos que ya no les creemos. Qué manera tan elegante de rayarles la madre. Ahí los veo chillando en la tele: "Es que la gente no sale a votar, por eso este país no avanza, porque la gente no vota"... sí, cómo no; seguramente este país no avanza por culpa del fletero que le da 100 pesos de mordida a un tránsito, a quien le piden sus supervisores una cuota diaria de 5 mil pesos para mantener su trabajo; si no, adios. Seguramente el culpable de todo es el chavo que le lleva una botella de whisky a su maestro pa´que le pase la materia, pero nadie cuestiona el mugrero que hay dentro de la institución. Sí, seguramente mounstros como yo que nomás se la pasan quejándose y no proponen nada son los que detienen el avance de México. Aaaay, qué triste estoy.
martes, octubre 18, 2005
estampida con pezuña goodyear
Los coches que vienen de allá para acá son los mismos coches que ayer -a esta misma hora- venían de allá para acá. Suena cantinflesco y esta no es la observación de algún genio, pero es la única observación que puedo hacer ahorita metido en este embotellamiento. Esos son los mismos vehículos con los mismos conductores que antier venían a la misma hora, en la misma dirección, hacia el mismo lugar. Más tarde, a esa hora en la que al sol le da resaca por tanto fumar chimeneas de S.As de C.Vs y apaga las luces, los mismos vehículos que venían de allá para acá irán en dirección contraria, con la única diferencia de que llevarán las luces encendidas. Y así lo harán mañana, pasado mañana y los próximos meses... o tal vez años. Las prisas por llegar, la frustración, el cansancio y los problemas son los mismos por la mañana -cuando van de ida- y por la noche -cuando van de vuelta-.Todo se repite, todo se cicla, todo aburre. Todo se sobrelleva y se vuelve costumbre. No queda de otra mas que creer en el amor a grado tal de materializarlo. No queda de otra mas que disfrutar de lo que se hace. No queda de otra mas que creer que lo que hacemos va a cambiar el curso de la humanidad, aunque suene cursi. La lenta estampida de automóviles ahí va a estar arrastrándonos con crueldad todos los días, a todas horas, a todos lados; pero también, ahí va a estar el cielo con su color a estanque y con sus cursis algodones de azúcar, con la imagen borrosa de quien hace que valga la pena tanto claxon psicópata, la mancha en la espalda de la camisa y la sensación chiclosa al desprendernos del asiento. Eso ayuda a sobrellevar el ir de allá para acá y de acá para allá a la misma hora, todos los días, por los siglos de los siglos.
sábado, octubre 15, 2005
puro amor para los que andan solitos...
Alguna vez, un amor de esos que quiere mucho uno, me preguntó: ¿Me amas?
Y yo le conteste: pos es que simpo rgyt dresj mchdeurti...
Y me respondió: Siempre que te digo arguementos convincentes, tu me sales con absurdos...
Y yo le respondí: Pos Tú, Vicente y el Zurdo: ¡Chinguen a su madre!!!
No la volví a ver.
Decía un amigo que tengo en muy alta estima que: De estar solo a estar acompañado, pos mejor estar acompañado; esto de la monogamia está de la chingada, pero de perdido uno coge más seguido.
Este post es dedicado a lo que aprendí este fin de semana. Saludos.
Y yo le conteste: pos es que simpo rgyt dresj mchdeurti...
Y me respondió: Siempre que te digo arguementos convincentes, tu me sales con absurdos...
Y yo le respondí: Pos Tú, Vicente y el Zurdo: ¡Chinguen a su madre!!!
No la volví a ver.
Decía un amigo que tengo en muy alta estima que: De estar solo a estar acompañado, pos mejor estar acompañado; esto de la monogamia está de la chingada, pero de perdido uno coge más seguido.
Este post es dedicado a lo que aprendí este fin de semana. Saludos.
viernes, octubre 14, 2005
nebraska
Siempre me ha gustado la palabra Nebraska, no sé por qué. Desde niño esa palabra significa algo para mí que desconozco hasta la fecha qué sea. Suena muy padre: N e b r a s k a; como que la ene con la be, la erre y la ka mezcladas le dan cierta fuerza femenina extraña y misteriosa. Ignoro por qué de niño, cada que escuchaba "Nebraska", se me venía a la mente el Monte Rushmore, ese de las carotas talladas en la piedra. Hasta que un maestro, uno de esos que sí creen en su profesión, me dijo que esa montaña no estaba ahí, sino en otro Estado cerca de Nebraska. Me di cuenta que, al igual que Indiana, Nebraska era un Estado de Estados Unidos y no comprendía por qué a Indiana Jones no le habían puesto mejor Nebraska Jones, pues sonaba mejor. El maestro ese que amaba su vocación, el que me corrigió con lo del monte de las esculturas de los presidentes, se llamaba Mario. Mario llegaba siempre temprano, pues su clase era la de las 8 de la mañana. Varias veces noté que llegaba con los pantalones dentro de los calcetines y, antes de entrar al colegio, se los acomodaba bien y los desarrugaba lo más que podía para así ocultar lo moteado de sus calcetones blancos que salvaban todos los días a su pantalón gris de salpicaduras. Comoquiera, pequeñas gotas de lodo y agua se percibían arriba de las bastillas. Los zapatos chatos, negros y arrugados como chicharrón llegaban más sucios y enzoquetados. El maestro cruzaba las piernas al sentarse y los limpiaba con unos pañuelitos que sacaba de su maletín, mientras sonreía disimuladamente. No me gustaba ver la escena porque temía alcanzar a ver algún agujero o un trozo de calcetín de fuera o un parche improvisado en la suela. Mario siempre estaba feliz y eso, ignoro por qué, me causaba una pena tremenda; una lástima agria como la que se le tiene a la mirada de un perro sarnoso que se alimenta de lo que encuentra en las bolsas de basura. Mario creía que preparaba al futuro de México, él así lo creía, porque nos lo decía a cada rato. Pero antes que el futuro de México, el futuro de la humanidad; porque antes que mexicanos, somos seres humanos, nos decía. Mediocre no era, malo tampoco; pendejo o ignorante, menos. ¿Por qué tenía qué llegar todos los días con los pantalones manchados, la camiseta sudada y los mismos zapatos jodidos de hacía años?, ¿por qué sus ideales se la cobrabán tan pinche con él? La palabra Nebraska me vino a la mente junto con el Monte Rushmore. Penséq que de grande quería ir a conocer ese lugar. Probablemente estando allá me acordaría con gusto -y no con lástima- del maestro Mario, el que me saco del error de creer que la montaña con las jetotas talladas estaba en Nebraska. Espero que en donde quiera que esté, ya no tenga que proteger sus pantalones del lodo dentro de sus calcetines.
jueves, octubre 13, 2005
lista tonta o tonta lista...
"¿Cómo te definirías en 3 palabras?". Este tipo de preguntitas me caen más mal que unos sangüiches de pan Bimbo con frijoles de lata a mediados de quincena. "Cosas que tienes que hacer antes de morirte". Este tipo de listas mamonas también me hacen vomitar peor que cuando tenía 18 años y me tomaba una de Oso Negro con Jumex de uva. Es imposible describirme en 3 palabras. Tengo demasiados defectos y demasiadas virtudes como para decir: "Soy competitivo, perfeccionista y ambicioso", como lo diría cualquier empleado de empresa con previo kokowash motivacional. Tampoco me gusta que me digan que mida lo valioso que ha sido mi vida con parámetros como: "antes de morirte te tienes que aventar del bungie" o "tienes que nadar con tiburones y comerte un pez globo antes de morirte". ¿Y si el pinche bungie se rompe?, ¿y si los tiburones me comen? Yo les puedo decir que me vale madre describirme en tres palabras; mejor conózcanme y ustedes dirán cómo me definen. Y también les digo que, aunque me cague el mundo, no me quiero morir, pero me puedo morir sin hacer ninguna de esas pendejadas. Mejor lean a continuación y hagan caso a mi lista -o tírenla a lión- para que se den una idea de lo que es chido y lo que no:
- Disfruta con el tacto la espuma del shampoo. Dibuja sobre el espejo empañado algún corazón cursi. Escupe y trata de atinarle a la corcholata que está en el suelo; puedes tardar horas, pero si aciertas la escupida, tu día será mejor y creerás que el mundo te la pela.
- Da cachetadas con guante blanco. Es una catarsis muy chida y muy saludable. Nomás no te manches, todo hazlo siempre muy diplomático.
- Andar en Louvre y del Prado (los museos) no vale madre: es aburridísimo como no tienes idea. Son muchas pinturas y esculturas que ni te vas a acordar de los güeyes que las hicieron. Mejor lee una enciclopedia, ahí viene todo el pedo. Pero Joan Miró la mueve bien cabrón. A ese sí que hay que verlo en vivo.
- La Monalisa es una pendejada y es más el pedo que le hacen.
- Ve a Disneyworld cuando tengas hijos, no vayas en plan de luna de miel o de desmadre.
- Descarga tu furia escribiendo y, luego, acepta que la cagaste y que estabas enojado cuando escribiste eso. Bórralo o guárdalo para cuando te den ganas de escribir otra barbaridad y te acuerdes de no escribir barbaridades.
- Sé honesto contigo, porque si no, no serás honesto con nadie.
- Ahorra dinero para darte tus caprichos: una tele de 60 pulgadas, una pecera de 60 galones, un 24 de cervezas holandesas, una temporada en dvd de tu serie favorita, un estereo para el carro, un viaje a donde se te inflen los tanates, una vorágine de cocteles de camarón o un marichi pa´tí solito. La pendejada que quieras. ¡¡¡Pero ahorra, puto(a)!!!.
- Busca una compañera (o compañero) de andanzas, borracheras, viajes, confidencias, llantos y demás. Alguien que te quiera como eres, le guste como eres y disfrute de tu compañía; y, si se puede, que te puedas coger, jojojo.
- Nunca te expreses de la gente humilde -económicamente hablando-como "gata", "sirvienta", "naco", "infeliz", "macuarro". Ellos no tienen la culpa de su situación y ya bastante odio tenemos en el mundo como pa´odiarnos porque unos traemos carro y otros no.
- Nunca te van a valorar; pero, el día en que otros te valoren, los que no te valoraban te valorarán. Tú siempre valora a todo el mundo y nunca les pierdas el respeto ni odies a los que nunca te valoraron. Cachetada de guante blanco.
- No abuses de nada porque cada que lo hagas se te hará una rutina aburrida y perderá el chiste. Imagínate que tomes cerveza todos los días hasta el hartazgo y al rato ya no te den ganas de tomar ¡¡¡Dios mío!!!
- Viajen, viajen, viajen; vivan, vivan vivan: es lo único que se llevarán a la tumba: las vivencias.
- Disfruta con el tacto la espuma del shampoo. Dibuja sobre el espejo empañado algún corazón cursi. Escupe y trata de atinarle a la corcholata que está en el suelo; puedes tardar horas, pero si aciertas la escupida, tu día será mejor y creerás que el mundo te la pela.
- Da cachetadas con guante blanco. Es una catarsis muy chida y muy saludable. Nomás no te manches, todo hazlo siempre muy diplomático.
- Andar en Louvre y del Prado (los museos) no vale madre: es aburridísimo como no tienes idea. Son muchas pinturas y esculturas que ni te vas a acordar de los güeyes que las hicieron. Mejor lee una enciclopedia, ahí viene todo el pedo. Pero Joan Miró la mueve bien cabrón. A ese sí que hay que verlo en vivo.
- La Monalisa es una pendejada y es más el pedo que le hacen.
- Ve a Disneyworld cuando tengas hijos, no vayas en plan de luna de miel o de desmadre.
- Descarga tu furia escribiendo y, luego, acepta que la cagaste y que estabas enojado cuando escribiste eso. Bórralo o guárdalo para cuando te den ganas de escribir otra barbaridad y te acuerdes de no escribir barbaridades.
- Sé honesto contigo, porque si no, no serás honesto con nadie.
- Ahorra dinero para darte tus caprichos: una tele de 60 pulgadas, una pecera de 60 galones, un 24 de cervezas holandesas, una temporada en dvd de tu serie favorita, un estereo para el carro, un viaje a donde se te inflen los tanates, una vorágine de cocteles de camarón o un marichi pa´tí solito. La pendejada que quieras. ¡¡¡Pero ahorra, puto(a)!!!.
- Busca una compañera (o compañero) de andanzas, borracheras, viajes, confidencias, llantos y demás. Alguien que te quiera como eres, le guste como eres y disfrute de tu compañía; y, si se puede, que te puedas coger, jojojo.
- Nunca te expreses de la gente humilde -económicamente hablando-como "gata", "sirvienta", "naco", "infeliz", "macuarro". Ellos no tienen la culpa de su situación y ya bastante odio tenemos en el mundo como pa´odiarnos porque unos traemos carro y otros no.
- Nunca te van a valorar; pero, el día en que otros te valoren, los que no te valoraban te valorarán. Tú siempre valora a todo el mundo y nunca les pierdas el respeto ni odies a los que nunca te valoraron. Cachetada de guante blanco.
- No abuses de nada porque cada que lo hagas se te hará una rutina aburrida y perderá el chiste. Imagínate que tomes cerveza todos los días hasta el hartazgo y al rato ya no te den ganas de tomar ¡¡¡Dios mío!!!
- Viajen, viajen, viajen; vivan, vivan vivan: es lo único que se llevarán a la tumba: las vivencias.
miércoles, octubre 12, 2005
sobre el camino...
Se escuchan las notas de lo que pudiera ser mi estómago encabronado por los tacos de barbacoa que le metí a las 3 de la madrugada. De buenas que la sinfonía sale por la boca, si no, me tuviera que orillar para salir de emergencia a tomar aire en plena carretera. Me gusta recorrer los caminos olvidados, esos que no están pavimentados, porque uno ve gallinas con sus pollitos, marranos echados y gente que desde las mecedoras mecen sus manos diciendo adios. Perros cagaleros ladran y nos persiguen por unos cuantos metros, pero desisten como el umbral de tierra que se desprende al paso. Ese terregal rojizo que se levanta violentamente a causa de los neumáticos, pero se disipa al momento en que volteamos a ver por el espejo retrovisor. Los caminos de terracería me hacen pensar en que qué chinga le estoy metiendo al carro; pero también reflexiono sobre cosas importantes y otras que no valen pa´pura madre. Tengo mucho qué agradecer y nada de qué quejarme. Me interno en un poblado que se llama Dulces Nombres; jejeje, ¿a quién chingados se le ocurrió ponerle a un poblado así? Hay un depósito de cerveza en la esquina de la plaza. Las construcciones son de sillar y adobe (¿photoshop?). El cielo ruge pero no es tan macho para dejar caer su furia de agua sobre las calles de arcilla y piedra. Compró un seis de Tecate para el camino. Recuerdo cuando estos caminos los recorriamos en camión, cuando no teníamos ni carro ni permiso de nuestros padres de venir hasta acá. Recuerdo que ya instalados, después de dos horas en camión y poca lana en los bolsillos, veníamos al depósito a pie empujando una carretilla con los cartones de cerveza y tapas de huevo para el desayuno. Las cosas han cambiado, pero la diversión sigue siendo la misma. El espíritu también.

o
martes, octubre 11, 2005
échale guffo a tu mañana...
El viento vandaliza el vidrio de mi ventana como si unos cholos tiraran piedras queriéndome madrear por ojiverde. El estruendo me saca un pedo que me hace brincar de la cama, como cuando estás dormido y te agitas porque sientes que vas a caer. Obviamente me despierto. Así es de la única forma en que me despierto temprano. Neta que las noticias nacionales de la tele están más patéticas que ver al gordito de Maradona llorando en su programa a la menor provocación: "Aaayyy, fui drogadicto", "Aaayyy, fui el mejor"; che marranona mamón. A estas horas de la madrugada, bajo las sábanas y ayunando con vasos de agua, me da por ver los noticieros pa´ver cómo va este circo de país y también pa´ver a una periodista ñora muuuy buenota que sale con el Victor Trujillo, yomi yomi. Chale, no puedo creer que cualquiera de los candidatos presidenciales crea realmente que tenga posibilidades de ganar. El país es una broma; es un chiste de Pepito muy choteado y mal contado. Entonces, para que no pierda su gracia como nación, desde hoy confieso que votaré por el Dr. Simi. El Doctor Simi es mi gallo porque cerca de la casa hay una de esas Farmacias Similares con medicinas rancias y cada que paso por ahí, el bato (el mismísimo Dr. Simi en persona) me saluda bien a toda madre y yo toco el cláxon emocionado y le devuelvo el saludo efusivamente "Adiooos Doctor Simiiii, sí se puedeeee", le digo. ¿Pos qué?, déjenme ser, si al cabo de lo que se trata es de votar a lo pendejo, ¿no? Ya ven al Mico Kakawaghi, alias el ecoloco (pero en feo), que se dice ecologista y el señorón mandó tumbar casi 50 árboles que se veían muy feos y le quitaban visibilidad a su casita de más de 5 millones de pesos. El país es una broma, a veces muy buena y a veces muy mala; pero broma al fin. Por eso, mi gallo es el Dr. Simi. ¡Ajuuua!!! Y Kawaghi para vicepresidente. Con estas notas ni ganas de levantarme de la cama me dan. Pienso que sería inutil hacer un esfuerzo por hacer hoy las cosas mejor que ayer... pero no hay de otra mas que seguir arando, esperar a que los frutos de uno se den y que a estos güeyes los parta un rayo. Amén. La nota que me alegra la mañana es que José Emilio Pacheco, mi gran maestro y gran influencia pa´las mugres que escribo, ganó el premio García Lorca. Así se hace, chingón.
lunes, octubre 10, 2005
vidas tristes...
Un amigo me platicó hace poco que vio a su ex y quedaron en salir a tomarse unas cheves. A la mera hora salieron, pero a tomarse un café, porque alguno de los dos sintió que con unas cervezas encima podían pasar muchas cosas "inapropiadas". Su ex ya está casada, mi amigo no. La chava se casó con un güey políticamente correcto, de esos con negocio propio, que se la pasa jalando todo el día pa´tenerla contenta y demás; pero la morra le confesó a mi amigo que era a él a quien siempre había amado y con quien se la había pasado de lo mejor. Que su matrimonio iba en picada y que no sabía cómo decirle a su marido que no lo amaba y que las cosas no estaban funcionando. Hace poco, vimos a esta ex de mi amigo embarazada; obviamente, de su esposo, creyendo tal vez que si tenía un hijo de él lo iba a amar de verdad o iba a tener un motivo fuerte para no abandonarlo y seguir con su farsa de la familia feliz y perfecta. Concluímos que ella también pasaba a formar parte de nuestra lista de vidas miserables, junto con las demás personas, conocidos, amigos, familiares y de más que buscan su felicidad en cosas ajenas a ellos y que dejan a un lado la honestidad del sentimiento y del pensamiento para jugar un papel social moralmente aceptable que le dé gusto a las demás personas; menos a ellos.
Saludos.
Saludos.
sábado, octubre 08, 2005
otoño morning
Como que a las mañanas de otoño les da hueva amanecer tan temprano, porque siempre tienen ese aspecto neblinoso que le da una tonalidad terracota a la luz, lo que le impide penetrar las cortinas del cuarto. Los amaneceres de octubre se ven rejuvenecidos: las 8 de la mañana parecen las 6 de la mañana. Tal vez es el frío el que obliga al sol a quedarse huevoneando bajo las sábanas de la madrugada. Hacía muchos meses que no usaba un sweater y el aroma a madera vieja del cajón opaca el del jabón Palmolive Botanicals que, justo 5 minutos antes, paseaba por mi cuerpo. Me recibe un vientecillo con el cabello húmedo al abrir la puerta. Se siente tan bien que hasta la julieta que cuelga de la sala se mece. Definitivamente es otoño, pues el aire huele distinto; no recuerdo a qué, pero si me acuerdo les digo. Es un frío que no cala, una temperatura sabrosa como ensalada de atún con sopa de coditos. Un viento helado que respiramos con gusto, como el maestro de educación física de la primaria nos decía que respiráramos: profundo, reteniendo y soltando poco a poco. Las hojas tintinean en cámara lenta a cada soplo. Casi todas las hojas se han teñido de güero. Una que otra es robada de las ramas por la brisa, terminando en el suelo, donde morirán y emitirán un ¡crunch! cuando alguien las pise. El aire envuelve mi cabeza y enfría mis orejas. Es un viento uniforme, sin modalidad high o low, es constante en su vuelo y en su aroma que no recuerdo a qué huele. Saco las manos de mis bolsillos y acomodo el banquillo. Pido 5 de barbacoa en harina. Los comensales, todos, beben café. Definitivamente es otoño porque huele distinto, pero luego les digo con exactitud a qué huele porque ahorita no recuerdo.
jueves, octubre 06, 2005
women...
Mujeres. Viví con ellas más de 26 años porque me lavaban, cocinaban, planchaban y presentaban amigas. Lo sé: soy un asco; pero como el pendejo que fui, así hay muchos todavía. Viví más de 9 meses encarcelado dentro de la panza de una mujer. La misma que me amamantaba y me limpiaba la colita cuando hacía popó y que también tuvo a dos niñas que me molestaban por mi look ochentero del grupo Magneto cuando me iba al baile. Y no por el hecho de tener dos carnalas y una jefa consentidora me hice maricón. A mi jefecita siempre la respeté, pues nunca me regañaba, y a las otras dos cabronas les hacía la vida de cuadritos cuando ellas trataban de hacer complot en mi contra. Cuando yo llevaba amigos galanes a la casa, mis carnalas salían a ver qué tal estaba el ganado; al igual que yo me asomaba cuando ellas llevaban amiguitas a hacer la tarea: ahí me podían ver en la ventana, con mis amigos, como perros, nomás viendo cuál de todas estaba bien buena. Viví 9 meses dentro de una barriga, chupando pura placenta piña colada con popote de ombligo. Naci yo, y nacieron mis hermanas (que no se las presto si no me las piden). Obviamente, nacieron bien guapas como yo mero, qué chingaos le hacemos. Mujeres. Me caga cuando dicen "quién entiende a las mujeres". Yo las entiendo sin ser el putote de Almodovar. Viví dentro de una de ellas por casi un año y tengo dos carnalas histéricas que se pelean por la ropa, les baja cada mes y me besan con amor y me odian cada vez que se les antoja. Al menos yo siempre he sido bien sincero con las mujeres, porque tengo 3 en casa (la que era mi casa). Me he enamorado a primera vista, me he desencantado a primera vista, me he acostado en la primera noche, he vuelto a llamar y no he vuelto a llamar; me he enamorado sin conocer, he sido fiel mucho tiempo, he sido infiel con la que no me da seguridad (y se lo he dicho), he dado todo, he perdido y he ganado, he ganado y he perdido. Pero siempre he sido honesto. Si mi jefa me dice: "¿vas a ir a la misa de tu abuelito?", le digo que las misas me dan hueva. Si mi hermana me dice que qué tal se le ve el vestido, le digo que bien, cuando se le ve bien, y mal, cuando se le ve mal. Al igual que cuando te dicen: "¿Me quieres???"... Yo siempre he sido bien honesto, y de eso no se pueden quejar... Salud por las mujeres... por la mujer... por esa mujer... por ella...
martes, octubre 04, 2005
a ninguna parte...

Uuuuts, qué chiro liro se ve este pedo. Aspiro aire salado y siento cómo unas gotitas de sudor me brotan de donde brota mi bigote. Pienso que no es malo no saber hacia donde voy, siempre y cuando sepa hacia dónde no quiero ir. Y ahorita no se me antoja ir a ningún chingao lado. Es como cuando uno no sabe qué es lo que quiere, pero sabe muy bien qué es lo que no quiere. Paseo mi mano por el labio superior y lo exprimo con delicadeza, desvaneciendo el bigotillo de sudor, mientras el viento se encarga de secar el resto. La soledad siempre me susurra este tipo de ideas al oído. La soledad siempre me platica muchas cosas, siempre la escucho; pero nunca le pido sus consejos. Me gusta la soledad y no creo que sea tan mala si se le conoce bien. Es a toda madre, nomás que hay que llevarse de piquete de cola con ella. Es más, no creo que estemos del todo solos; siempre estamos en compañía de nosotros mismos. Todo esto es como una burbuja, donde sólo se escucha el rugido ronco del mar. Es como si trajera puestos unos audífonos con caracoles en las orejeras. El viento despeina los palmares, al igual que mis pocos cabellos, y choca finalmente con las rocas de la orilla, como lo hacen las olas. Los granos de arena se desprenden de la playa y van a dar directo a mi rostro, empanizándolo como milanesa. Cierro un poco los ojos y limpio mis labios con la lengua. Mis dientes trituran diminutos fragmentos de concha y piedra pulida; es como comer un pedazo de océano, un pedazo de vida. Ramos inmensos de nubes cubren el sol, pero sigo sudando por esta caminata a ninguna parte. Se aproxima una tormenta. Me gusta la lluvia, pero me gusta más cuando llueve en el mar, porque todo se convierte en agua y uno no tiene que correr a refugiarse bajo algún techado para no arruinar la ropa. Decido nadar un poco para quitarme la arena pegada en mi espalda, en mi pecho, en la frente. El viento aúlla con fuerza y se quiebra el cielo como un cristalazo: el primer trueno se escucha. Antes de que las olas acaricien mis dedos de los pies, un enjambre de gotas de agua ataca furioso desde las oscuras nubes. Me tumbo en la arena con los brazos y la boca abierta. Otro trueno se escucha a lo lejos y los relámpagos garabatean en el horizonte. Es bueno estar en compañía de uno mismo cuando no se va a ninguna parte.
domingo, octubre 02, 2005
alguna vez soñamos...
Algunos soñaban con ser futbolistas, por no decir que la mayoría. Querían ser futbolistas profesionales por es simple hecho de que se divertían pateando el balón, no porque los jugadores ganaran una fortuna. Otros eran más inocentes y decían que querían ser policías o bomberos, cosa que no sucedió cuando crecieron y se dieron cuenta de lo miserable de los salarios de estas profesiones y mejor optaron por ser doctores o licenciados. Otros más decía que querían ser buzos o veterinarios de animales salvajes. Algunos, más románticos aún, soñaban con ser escritores o pintores; salir en la tele o hacer películas. Las niñas querían cantar o ser artistas famosas: se ponían frente al espejo a hacer play back con algún disco de Timbiriche de fondo. Algunas otras querían ser maestras o azafatas. Otras niñas sólo obedecían a su condición de mujer y soñaban con ser madres de 3 niños y esposas que le cocinaran rico a su marido. No sé cuántos de ellos hayan logrado ser lo que añoraron ser de niños. Yo sólo recuerdo aquellos días en que, con trozos de cal endurecido que encontraba en las construcciones, dibujaba mil formas sobre el pavimento: perros, caballos, payasos, marcianos, dinosaurios. Me acuerdo que, cuando llovía, el agua se ponía lechosa al pasar por mis dibujos y se los llevaba; así como el tiempo se lleva los sueños de la infancia.
jueves, septiembre 29, 2005
huapango pa´vivir con sabrosura...
Es medio día y las notas de lo que parece ser un sabroso huapango se mezclan con el sube y baja de la marea que resplandece con el sol. A estas horas, las tripas comienzan a rugir, la frente comienza a sudar, el canelo comienza a rozar entre ingle y huevo y el sol tuesta más la piel. La efervescencia de la espuma marina es el acompañamiento perfecto del fino chillido del violín y el ronco pom pom del bajo sexto. Huele a cilantro, ajo y ostiones frescos; aunque pudiera ser que huele a mojarra, cebolla y salsa habanera. Pero juro que el olor no proviene de mis bisagras. Una mujer gorda, con un lápiz en la oreja derecha, se pasea entre las mesas mientras va sirviendo enormes copas de mariscos a precios módicos. Las gotas de luz que se cuelan a través del techo de palma reposan sobre el rostro de una muchacha morena que atiende la antigua caja registradora; allá en Monterrey pudiera ser modelo, les gustan esos rasgos serranos y etnicos extravagantes. Esas mismas gotas de luz que golpean su rostro, forman escamas doradas que hacen destellar el vaso frío del que bebo un heladota Corona. Hay una niña que juega con un coatí bebé a lado de la muchacha morena; imagino que es su hija. De la improvisada cocina del lugar sale un hombre con un delantal blanco que dice “capitán” y, con una sonrisa bajo el bigote, va cargando platos llenos de peces fritos, camarones para pelar, verdura fresca y caldos rojizos; dejando una estela de fragancias tan poderosa que ni la brisa salada del océano se puede robar. En un lugar como este, la cerveza sabe mejor si se toma servida en un vaso y no directamente del envase. En un lugar como este, todo sabe mejor. El vaso continúa destellando cada que bebo de él. No hay paredes, no hay televisores, no hay aires acondicionados ni bocinas; los saleros están hechos con latas de refresco, las servilletas se aplastan con una piedra para que no se vuelen y la cuenta la apuntan en pedazos de cartón. Con la panza llena, aplaudo cuando finaliza la canción. Sereno, el más anciano del cuarteto se lleva el violín al hombro, y empieza a tocar con una pasión que lo rejuvenece. Pasión. Ahí está la clave para vivir bien y muchos años. Bueno, aunque un poquito de mar, cerveza, descanso, música y mariscos también ayudan.
Pero no crean que ando oootra vez de huevón de vacaciones; aquí ando en la pinche ciudad, nomás que este post lo tenía guardadillo desde hace rato. Saludos.
lunes, septiembre 26, 2005
karlota la pelota
Cuando a Karla le empezaron a crecer las chichis, sus padres ya no la dejaron que se juntara con nosotros. Karla era una niña medio machorra que jugaba al futbol, a policías y ladrones, bote pateado y fut beis con nosotros. Las niñas del barrio no la querían porque nunca jugaba a las comiditas con las muñecas. De hecho, no creo que Karla tuviera muñecas; Santa Clos siempre le traía bicicletas o balones de futbol. Una vez, hasta unos tachones para jugar le trajo, unos tachones que ni los que jugaban futbol tenían. Karla jugaba al fútbol mejor que muchos de mis amigos y aguantaba las burlas y empujones que a cada rato le metían para quitarle el balón. Azotaba fuerte en el pavimento, pero nunca la vi llorar: se levantaba resollando como si estuviera enchilada, se sobaba la rodilla raspada y sacudía sus manos. Recuerdo que siempre traía la frente sudada. Le decíamos Karlota La Pelota y no se enojaba, al contrario, era muy buena onda la Karlota, tan buena onda que se pasaban de la raya con ella y eran más rudos con ella que con cualquier otro niño. Hasta yo una vez le metí el pie -inconscientemente- para obtener la aprobación del grupo, quienes rieron al oirla azotar en el asfalto. Me arrepentí toda mi vida de eso. Karla era a la única mujer que dejábamos entrar al club del monte baldío donde estaba el mezquite y no le importaba vernos miar entre las hierbas. Sus padres no veían con buenos ojos que Karla fuera la única niña del grupo y menos que se metiera al monte baldío con puros niños. No sé qué pensaran sus padres pues en aquella época no había de qué preocuparse; a esa edad pensábamos que la pipí sólo sevía para eso: para hacer pipí. Una vez su papá habló con nosotros acerca de cosas de sexo, según él para explicarnos los motivos por los cuales ya no dejaba salir a jugar a Karla con nosotros. Desde ese día vimos a Karlota la Pelota con otros ojos. Ya nada más pensábamos en sus chichis y en que queríamos que nos las enseñara. Vi a Karla hace poco en un centro comercial, con su esposo y su bebé -o bebita- recién nacida. Me saludo, la saludé, me presentó a su esposo, lo saludé y acaricié con suavidad el cachete de su hijo(a). Me preguntó que a quienes seguía viendo del barrio; le dije que a nadie. Nos despedimos diciendo que qué gustazo habernos visto. Me despedí de su marido y acaricié de nuevo el cachete de su retoño. En realidad no era tan marimacha como pensábamos. Seguí caminando por el centro comercial con la conciencia intranquila y algo de culpa: nunca le pedí perdón por haberle metido el pie para que tropezara hace 20 años.
domingo, septiembre 25, 2005
misalchicha
Por aquella época en la que la madreada más gacha que te podían decir era "¿Cuánto es 1000 + 1000?" y uno de pendejote contestaba "pos 2000" y se la reviraban con un "chúpale la cola al albañil; por aquella época, recuerdo yo, que me obligaban a ir a misa (a mi salchicha, era otra de las madreadas). Aborrecí ir a misa por ese simple hecho de que me llevaban a güevo. No voy a misas de velorios ni de bodas desde entonces, mejor caigo directamente al pachangón. Además, en aquella tierna época, yo tenía mis cuestionamientos, mis dudas, mi ética y mis creencias y me encabronaba que no las hicieran válidas o las consideraran estúpidas por el hecho de no tener pelicanos en el puerto o peleas en la coliseo, como se dice vulgarmente, queridos lectores. No sé por qué les gustaba tanto ir a misa si eran rete harto de aburridos los sermones del padre. Y, cuando el padrecito era de esos "buena onda", de esos que platica con los chavos y bromea (pero en la mente los encuera bien rico), se me hacía de lo más mamón e hipócrita. Tampoco me gustaba ir a misalchicha porque no me sabía persignar en la modalidad esa de que se hacen una cruz en la frente, otra en la barbilla, otra en el pecho y quién sabe dónde más. Me cagaba que, los mismos ojetes que quemaban y despanzurraban tlacuaches, se me quedaran viendo con cara de desaprovación por no saber hacer la pantomima esa. Tampoco me gustaba ir porque no me sabía el choro mamón ese de "por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa", donde todos ponen caras de víctimas y me volteaban a ver otra vez moviendo la cabeza en desaprovación y mirando al cielo implorando perdón por mi alma impura; pero de ahí se iban a matar tlacuaches y a darles orines en envases de refresco a los niños pobres. Hubo una época en que hubo Misiones, o sea, grupos de chavos bondadosos que iban a evangelizar ejidos de salvajes y gente prietita y pobre donde veneraban al satánico Niño Fidencio. Tooodos los ojetes de mi colonia se metieron, menos yo, y me vieron otra vez con mirada castigadora y perdona vidas. Me reemputba que me preguntaran "¿por qué tú no te metiste a las Misiones?", ¡puuuaaajjj!!! Recuerdo que una vez llegaron los vatos de la cuadra bien emocionados, platicando que habían cotorreado bien chido con el Padre Lalo (porque era Lalo, no Eduardo, porque era su amigo y era bien buenas ondas y era un padre chavo... ¡puuuaaajjj!!!) y que les había hablado de la masturbación, pero decía que él no la practicaba. Yo les dije que cómo podían confiar en un cabrón que traicionaba su propia naturaleza. Se me quedaron viendo con cara de pendejos, callados y luego me dieron pamba loca por mamón y subversivo. Tantas cosas que me causan nauseas al recordar aquella época en que el domingo era un castigo, un discutir, un defender mi postura, un fallido intento de convivencia familiar. Apunto esto porque ayer, no sé por qué, me acordé de mi maestro de la secu el Caballo, marsita y religioso, el único que escuchaba y defendía mis puntos "anarquístas" diciéndome: "Mientras no te conviertas en un hijo de la chingada, nunca pises una iglesia; písala cuando lo seas". El Caballo era hermano marista, cuarentón, yucateco, me inculcó el hábito de la lectura y de escribir, jugaba futbol bien cabrón, corría hecho la madre, se sabía unos chistes buenísimos, era estricto, justo y honesto, sabía escuchar y sabía platicar... y lo partió un rayo -literalmente- viendo un partido de fut de sus alumnos en el lugar donde muchas veces nos dijo que quería que lo enterráran cuando muriera. PLOP!!!
viernes, septiembre 23, 2005
por favor, hagamos algo...
Los abuelos y los padres siempre tienen historias extraordinarias acerca de su niñez. Nos platican -o platicaban- que se iban de excursión todos los días a ríos, lagunas o cerros de la localidad; que escalaban, nadaban, pescaban y hacían fogatas para cocinar las mojarras y los langostinos que atrapaban. Que había garzas y cervatillos. También gavilanes, renacuajos y sapos gordos. Que se quedaban a dormir ahí entre las piedras, bajo el cielo estrellado, y veían lluvias de estrellas a cada rato. Otros platicaban que ordeñaban vacas y se hacían panes con nata, que sus madres preparaban los mejores frijoles a la charra, el mejor caldo de gallina y que arrancaban y comían tantos mangos y duraznos de los árboles que hasta les dolía la panza del hartazgo. Desgraciadamente, yo no voy a tener este tipo de historias para contarles a mis sobrinos, hijos o nietos. No porque no las haya vivido o porque no vaya a tener sobrinos, hijos o nietos, sino porque las viví distinto. Ahora, ya no hay ríos en los que uno se pueda meter a nadar y todos los cerros están fraccionados y pelones. Las mojarras y los langostinos se murieron de tanta porquería que le echan a las aguas. El manto estelar ya no se alcanza a ver por tanto humo; tampoco las hermosas lluvias de estrellas. Ya no hay garzas ni cervatillos; menos gavilanes ni cantos de sapos. Las vacas están llenas de químicos que les inyectan, los frijoles a la charra son enlatados y no hay árboles de mangos ni duraznos ni de ningún tipo. No quiero ni siquiera imaginar lo que le van a contar mis sobrinos, hijos o nietos a sus sobrinos, hijos y nietos… porque me pone triste.
miércoles, septiembre 21, 2005
el pollo perro de la asamblea escolar
Mi pollo se comportaba como perro y nunca supe por qué. Cuando salía al patio a darle de comer, corría hacia mí con las alillas abiertas. Me seguía pa´todos lados, como si fuera un perro obediente. Me lo regalaron en la escuela uno de esos días en que se recuerda un hecho histórico y se hace una asamblea en el patio central por donde se pasea la escolta y todos saludan con la mano en el pecho. Saludar... ¡Ya! Firmes... ¡Ya! Recuerdo que el pollito estaba pintado de azul, como las paletas de vainilla que tanto me gustaban. Claro que había rojos, verdes y morados; pero ese me gustó más. A todos los niños de la escuela nos regalaron un pollito, no sé si con el afán de crearnos un sentido de responsabilidad mandando al pobre pollo como carne de cañón a nuestras casas para ver qué tanto nos duraba sin morirse apachurrado o de hambre. El caso es que a tooodos mis compañeros se les murió el animalito a la semana, si no es que antes. Pero el mío se hizo gallo... o gallina; no sé, el pedo es que me despertaba todas las mañanas con su kikirikiii. Se le quitó lo azul del plumaje cuando creció y le salió una cresta roja y también un buche, que era la pechuga. Le daba pan bimbo integral en trocitos y, cuando no había, le molía croquetas de la Pinina, una perrilla chihuahueña miembra de mi familia también. Cuando iban a mi casa, ninguno de mis amigos podía creer que ese gallo (gallina) era el pollito que me habían regalado en el colegio aquella asamblea donde Bety, la niña que me ganaba a las carreritas, fue la abanderada. Suena estúpido decir "qué chidas aventuras pasé con mi pollo", juarjuar, hasta a mí me da risa y me siento bien ñetón; pero es cierto. Por aquella época acababa de leer el libro Platero y Yo y, pos como no había espacio en el patio pa´un caballo, un pony o un burrito, pos mi pollo era mi escudero y mi mas fiel amigo. Tan fácil que era tener 8 años, cuando lo más horrible era tener que ir peinado y con zapatos boleados a la asambea escolar, salir al patio tomando distancia y formar filas. Pero todo valía la pena cuando la escolta pasaba frente a mí y veía a Bety con la bandera.
domingo, septiembre 18, 2005
la mamá de pollito
A mí siempre me han gustado más las nalgas de las mujeres que sus chichis. Todos mis amigos decían que la mamá del Pollito tenía unas chichotas bien grandotas y bien sabrosas, pero a mí, dijeran lo que dijeran, me seguían gustando más las nalgas de su mamá. El Pollito se juntaba con nosotros y era el menor del grupo: tenía como cuatro años menos que todos. Sin embargo, era el único niño de esa edad al que permitíamos entrar al club secreto que teníamos en el monte baldío -donde estaba el Huizache- sólo porque su mamá estaba bien buenota y porque era el único del barrio al que le habían comprado un Nintendo. Nos gustaba ir a su casa con el pretexto de jugar al BurgerTime y, mientras unos jugaban, otros nos metíamos al cuarto de su jefa a hurgar en los cajones llenos de calzones y ropa interior bien loca. Había tangas de colores y sostenes de todo tipo de estampados que usaba para conseguirle un nuevo papá a Pollito. Aunque tenía novio: un chavo más joven que era bien buena onda y llegaba en moto por ella y a veces nos daba vueltas en su moto bien chingón. Todas las señoras de la colonia la criticaban por ser guapa y por el novio joven; pero a todos nos caía muy bien –el novio y la mamá de Pollito- y sentíamos que nuestras mamás le tenían un poco de envidia por ser joven y hermosa (y bien puta, decía Lacho). En los cajones debajo de la cómoda encontrábamos condones, cremas y aceites que olían bien rico; como a frutas y a playa. La mamá de Pollito siempre nos saludaba bien a todo dar y se ponía a platicar con nosotros, eso era lo que más me gustaba de ella -a parte de sus nalgas- que no hacía diferenciación entre las edades o brecha generacional, la mamá de Pollito nos daba nuestro lugar como individuos pensantes y se interesaba por nuestras pláticas. Claro que nuestras madres pensaban que platicar con la mamá del Pollito era sinónimo de que nos enseñara las chichas o nos hiciera tocamientos. ¡Bueno fuera!, pensábamos todos. Ya no se anden metiendo a mi cuarto porque luego me faltan calzones, cabrones, ¿se los llevan a sus novias, verdad?, nos decía la mamá de Pollito y ahí andábamos todos sonrojados. Pollito nomás se hacía pendejo. A mi me sonrojaba más el hecho de ver a Pollito haciendo como que jugaba al Nintendo y no oía. No sé si Pollito no se daba cuenta o se hacía pendejo de que entrábamos al cuarto de su jefa y le robábamos los calzones y los condones, que terminaban inflados y en manos de las niñas, como si fueran globos; y las muy estúpidas se la creían que eran globos. Este globo huele raro, decían, y todos no atacábamos de la risa. Lacho prefería escarbar en el cesto de la ropa sucia donde estaban los calzones usados, porque decía que olían bien rico: olían como a cuando acompañaba a su mamá de compras al Gigante y pasaban por la pescadería. Se le quitó el gusto por buscar tangas en el cesto de la ropa sucia una vez que encontró un calzón ensangrentado. Había algunos calzones que ni siquiera le cubrían las nalgas y era nomás un hilito que se le metía entre las nalgas para ser masticado a cada paso. El novio de la mamá de Pollito me dio un rol en la moto, mientras ésta se arreglaba. Cuando salimos de la privada, mi padre iba llegando a mi casa en el coche. Me vio con cara de “ya te llevó la chingada cuando llegues a la casa”. La vuelta en la moto no la disfruté por la angustia. Llegué a mi casa y, en efecto, me llevó la chingada.
jueves, septiembre 15, 2005
la niña que corría bien recio. capítulo 7.
Bety siempre le quitaba las orillas a su sándwich de jamón y queso y me las regalaba porque no le gustaban. A mí me gustaban mucho las orillas del pan, pero me gustaba más Bety. Me gustó aún más –y la odié todavía más- cuando un día, en la clase de educación física, nos pusieron a jugar carreritas en el patio a todos los del salón. Si alguna gracia tenía yo era que corría más rápido que todos mis compañeros del salón y que casi toda la escuela. Los únicos que me ganaban eran los niños grandes de sexto. Pero ¡oh sorpresa!: Bety me ganó. Era de mi edad y era niña, ¿cómo podía ser eso? El maestro de educación física escogió a los tres primeros en haber llegado al otro lado del patio –yo en segundo lugar sin poderlo creer- y organizó otra carrerita. Volví a llegar en segundo lugar. Bety nomás sonreía. Desde ese día, Bety me gustaba y me angustiaba más. Correr junto a ella me transformaba las patas en débiles extremidades de gelatina temblorina. Dicen que así es el amor.
Yo era de esos niños que creía que si tenía tenis nuevos iba a correr más rápido. Sentía que con mis tenis Panam viejos ya no corría tan recio porque Bety me había ganado. Quería unos tenis de botín, de esos que traían todos mis compañeros de la escuela. Mi mamá me decía que me los iba a comprar pero yo le decía que nada mas los vendían en Estados Unidos. Ella me dijo que no, que ella los había visto en Gigante y que eran igualitos. Le comentamos a mi papá la situación de mis tenis viejitos y al día siguiente le dio dinero a mi madre para que me comprara los tenis de botín que todos traían en la escuela. Corrí emocionado al estante en donde estaban los tenis de botín y agarré un par. Primero pruébatelos, burro, jajaja, me dijo mi madre. Salí emocionado de la tienda con los tenis nuevos puestos y los tenis viejos guardados en la caja de los nuevos. Pisaba suavecito la calle para que no se fueran a ensuciar. Caminaba viéndolos, paso a paso. Estaba emocionado. Corrí en el estacionamiento del centro comercial hasta el carro y me di cuenta de que, en efecto, ya corría más rápido. Llegamos a la casa y los tenis nuevos no me los quería quitar ni para dormir. Al día siguiente, en la escuela, yo era el niño más feliz y más veloz, nomás estaba esperando desesperado el recreo para jugarle unas carreritas a Bety para ahora sí ganarle. Quise presumirles a los niños del salón mis tenis nuevos, pero mejor decidí no hacerlo. Como quiera, se dieron cuanta y echaron a reir: ¡jajajaja, son de Gigante! ¡Te los compraron en Gigante y son marca Gigante, jajajaja! No me los quise volver a poner, pero tuve que hacerlo porque eran los únicos tenis que tenía. Ah, por cierto: Bety me volvió a ganar.
Yo era de esos niños que creía que si tenía tenis nuevos iba a correr más rápido. Sentía que con mis tenis Panam viejos ya no corría tan recio porque Bety me había ganado. Quería unos tenis de botín, de esos que traían todos mis compañeros de la escuela. Mi mamá me decía que me los iba a comprar pero yo le decía que nada mas los vendían en Estados Unidos. Ella me dijo que no, que ella los había visto en Gigante y que eran igualitos. Le comentamos a mi papá la situación de mis tenis viejitos y al día siguiente le dio dinero a mi madre para que me comprara los tenis de botín que todos traían en la escuela. Corrí emocionado al estante en donde estaban los tenis de botín y agarré un par. Primero pruébatelos, burro, jajaja, me dijo mi madre. Salí emocionado de la tienda con los tenis nuevos puestos y los tenis viejos guardados en la caja de los nuevos. Pisaba suavecito la calle para que no se fueran a ensuciar. Caminaba viéndolos, paso a paso. Estaba emocionado. Corrí en el estacionamiento del centro comercial hasta el carro y me di cuenta de que, en efecto, ya corría más rápido. Llegamos a la casa y los tenis nuevos no me los quería quitar ni para dormir. Al día siguiente, en la escuela, yo era el niño más feliz y más veloz, nomás estaba esperando desesperado el recreo para jugarle unas carreritas a Bety para ahora sí ganarle. Quise presumirles a los niños del salón mis tenis nuevos, pero mejor decidí no hacerlo. Como quiera, se dieron cuanta y echaron a reir: ¡jajajaja, son de Gigante! ¡Te los compraron en Gigante y son marca Gigante, jajajaja! No me los quise volver a poner, pero tuve que hacerlo porque eran los únicos tenis que tenía. Ah, por cierto: Bety me volvió a ganar.
miércoles, septiembre 14, 2005
Capítulo 6
Voy a vuelta de rueda por mi antiguo barrio. Me estaciono en donde hubo alguna vez vegetación, juegos y sueños. Ahora sólo veo calles sin paleteros, muros que ya no escalo y banquetas en las que ya no me siento sin importar ensuciar el pantalón. Antenas, tinacos y portones de hierro. Postes de madera con muchos cables que forman pentagramas sobre el cielo encenizado. Los pocos pajarillos que reposan en los cables parecen notas musicales de una muy corta y triste opereta. Ya no hacen sus nidos en los árboles, ahora construyen sus nidos en los transformadores de los postes de luz, pero casi siempre terminan en el suelo chamuscados, con el pico lleno de hormigas y los huevecillos de sus crías rotos o tirados a propósito por los trabajadores de la Comisión de Electricidad porque, según su limitado entendimiento, consideran que los nidos de las aves son los culpables de los cortos circuitos y los apagones de colonias enteras. Tampoco queda vegetación. La única vegetación que existe son los seis, diez o doce metros cuadrados de césped a la entrada de las casas, esos que están frente a la ventana de la sala o a los pies de la puerta principal. No hay más mantos verdes como cuando existían los montes baldíos.
¡¡¡Ahí estaba el gran Huizache!!! Ese que daba una sombra más grande y fresca que la de las nubes. Ahí estaba, en donde ahora está esa casa: la beige con blanco de rejas cafés. Los constructores y los dueños no planearon la vivienda en función del antiguo árbol, el verdadero dueño de ese terreno. No pensaron en hacer el patio en el área donde recostaba su follaje el antiguo árbol, no los cautivó su tamaño ni respetaron los miles de anillos de su tronco. No lo indultaron como a los toros, dejándolo vivir por el sencillo y extraordinario hecho de haber estado firme durante tantas estaciones y tantas generaciones. Llegaron con sus maquinas y sus bultos de cemento y barrieron con todo: con el Huizache, con el mezquite que crecía a su lado, con nuestro club y con los fantasmas buenos de mi infancia. Se robaron la sangre de mis rodillas absorbida por la corteza de alguna de sus firmes ramas, el sudor y la mugre de las palmas de mis manos que imprimí en el tronco que a diario escalaba. Tiraron con descaro las risas sujetas y tejidas como telarañas en sus hojas, se robaron litros de orines nuestros y de los perros callejeros que desfilaban por el barrio y que nosotros adoptábamos como mascotas del club. Hicieron aserrín los pellizcos de las garras de los gatos que ya no podían bajar y que yo rescataba para que no le hicieran daño. Apagaron con sierra eléctrica el trino de las aves que lo anidaron y el peso de nuestras almas en aquellos años cuando nos colgábamos boca abajo con las piernas dobladas de la rama más gruesa del noble árbol que nunca nos tumbó de su copa. En un solo día me robaron el alma de mi barrio y la cambiaron por un horrible espectro gris.
¡¡¡Ahí estaba el gran Huizache!!! Ese que daba una sombra más grande y fresca que la de las nubes. Ahí estaba, en donde ahora está esa casa: la beige con blanco de rejas cafés. Los constructores y los dueños no planearon la vivienda en función del antiguo árbol, el verdadero dueño de ese terreno. No pensaron en hacer el patio en el área donde recostaba su follaje el antiguo árbol, no los cautivó su tamaño ni respetaron los miles de anillos de su tronco. No lo indultaron como a los toros, dejándolo vivir por el sencillo y extraordinario hecho de haber estado firme durante tantas estaciones y tantas generaciones. Llegaron con sus maquinas y sus bultos de cemento y barrieron con todo: con el Huizache, con el mezquite que crecía a su lado, con nuestro club y con los fantasmas buenos de mi infancia. Se robaron la sangre de mis rodillas absorbida por la corteza de alguna de sus firmes ramas, el sudor y la mugre de las palmas de mis manos que imprimí en el tronco que a diario escalaba. Tiraron con descaro las risas sujetas y tejidas como telarañas en sus hojas, se robaron litros de orines nuestros y de los perros callejeros que desfilaban por el barrio y que nosotros adoptábamos como mascotas del club. Hicieron aserrín los pellizcos de las garras de los gatos que ya no podían bajar y que yo rescataba para que no le hicieran daño. Apagaron con sierra eléctrica el trino de las aves que lo anidaron y el peso de nuestras almas en aquellos años cuando nos colgábamos boca abajo con las piernas dobladas de la rama más gruesa del noble árbol que nunca nos tumbó de su copa. En un solo día me robaron el alma de mi barrio y la cambiaron por un horrible espectro gris.
martes, septiembre 13, 2005
La Masacre de los Idealistas. Capítulo 5.
En aquella época aún existían los paleteros. Pasaban todos los días por mi colonia sin importar la época del año. Pasaban frente a mi casa empujando sus carritos llenos de paletas de hielo de muchos colores. Paletas que -según mis papás y los papás de mis amigos- los paleteros fabricaban con agua del escusado. A mí nunca me importó esa leyenda urbana, como tampoco la de los dulces envenenados en Halloween o las naranjas con jeringas y navajas adentro. Las paletas que más me gustaban eran las azules de vainilla, porque pintaban la lengua y uno se imaginaba que la vainilla era una fruta azul y extraña. También compraba las paletas de pepino, chile y grosella y también imaginaba que la grosella era una fruta misteriosa porque no sabía qué era la grosella. Eso sí, nunca compraba las paletas de leche, esas sólo daban sed. Dos monedas de las que me dio mi madre para que me saliera a jugar las usé para pintarme la lengua de azul con una paleta de vainilla. Ah, ¡pero que no se enterara!, porque estoy seguro que saldría con su frase de que me iba a dar una pulmonía o una infección en la panza por comer paletas hechas con agua sucia. Tenía que aprovechar las paletas de hielo; pues, en algunos días, el paletero cambiaría el carrito de paletas por uno de elotes con crema calientitos.
Los del barrio jugaban fútbol. No me gustaba jugar fútbol cuando hacía frío porque los pelotazos dolían más. Pero ni hacía tanto frío. Como quiera, a mí nunca me escogían para jugar al fútbol porque parecía como si tuviera dos piernas izquierdas atrofiadas. Además, yo siempre era bien honesto (porque así me decían que tenía que ser) si metía mano, y como que eso no les gustaba mucho a los niños de mi equipo. Si los del equipo contrario gritaban ¡mano!, yo decía que sí, que sí había metido mano. Esa era la verdad, no sé por qué se enojaban. Pero todos los niños de mi equipo se enojaban me sacaban del equipo y ya no me dejaban jugar. Los del equipo contrario se meaban de la risa porque no podían creer que yo estuviera tan imbécil como para aceptar que había metido mano. Aún estaba yo muy inocente como para entender la relación de la honestidad con la imbecilidad. El hecho de que no fuera ni tantito bueno para el deporte no hacía muy feliz a mi padre, quien vertía en mí todos sus sueños de gloria deportiva frustrados inscribiéndome en todo tipo de actividades físicas. “Ya hubiera yo querido tener las mismas oportunidades que tú tienes”, me chantajeaba siempre con esta frase. Y remataba con una más dramática: “Yo soñaba con que tu abuelo me hubiera podido pagar unas clases de fútbol, deberías de aprovechar las que yo te pago”. Pero sus frases no hacían efecto en mí porque siempre me quedé con ganas de responderle: Pues tú, yo no... tú eres tú y yo soy yo. Pero no lo hice porque sabía que corría el peligro de estrenar el cinto nuevo de mi padre con mis nalgas. Mi madre me gritó desde la ventana para que me metiera a cenar y todos mis amigos rieron y corearon: ¡Aaaay, su mami le habla para cenar!
Los del barrio jugaban fútbol. No me gustaba jugar fútbol cuando hacía frío porque los pelotazos dolían más. Pero ni hacía tanto frío. Como quiera, a mí nunca me escogían para jugar al fútbol porque parecía como si tuviera dos piernas izquierdas atrofiadas. Además, yo siempre era bien honesto (porque así me decían que tenía que ser) si metía mano, y como que eso no les gustaba mucho a los niños de mi equipo. Si los del equipo contrario gritaban ¡mano!, yo decía que sí, que sí había metido mano. Esa era la verdad, no sé por qué se enojaban. Pero todos los niños de mi equipo se enojaban me sacaban del equipo y ya no me dejaban jugar. Los del equipo contrario se meaban de la risa porque no podían creer que yo estuviera tan imbécil como para aceptar que había metido mano. Aún estaba yo muy inocente como para entender la relación de la honestidad con la imbecilidad. El hecho de que no fuera ni tantito bueno para el deporte no hacía muy feliz a mi padre, quien vertía en mí todos sus sueños de gloria deportiva frustrados inscribiéndome en todo tipo de actividades físicas. “Ya hubiera yo querido tener las mismas oportunidades que tú tienes”, me chantajeaba siempre con esta frase. Y remataba con una más dramática: “Yo soñaba con que tu abuelo me hubiera podido pagar unas clases de fútbol, deberías de aprovechar las que yo te pago”. Pero sus frases no hacían efecto en mí porque siempre me quedé con ganas de responderle: Pues tú, yo no... tú eres tú y yo soy yo. Pero no lo hice porque sabía que corría el peligro de estrenar el cinto nuevo de mi padre con mis nalgas. Mi madre me gritó desde la ventana para que me metiera a cenar y todos mis amigos rieron y corearon: ¡Aaaay, su mami le habla para cenar!
domingo, septiembre 11, 2005
La Masacre de los Idealistas. Capítulo 4.
Nunca supe si la tía Pinole estaba loca o nada más medio pendeja. Con ese nombre tal vez ambas cosas. De hecho, nunca supe si así se llamaba o así le decían. De lo único que estoy seguro es que Pinolilla, como le decíamos de cariño, tenía mucho dinero. Sin embargo, me daba los regalos más extraños y estúpidos que un niño de 9 años pudiera recibir. Sus regalos parecían una broma, por no decir, una patada en los huevos. Me llegó a regalar ganchos para colgar la ropa, una grapadora, cera para lustrar zapatos, agujetas, jabón de tocador de hoteles en los que había estado hospedada, un cortaúñas, una taza con el logotipo de algún partido político y, en una ocasión, me regaló una sandía. ¡Ahora si que te la mamaste con la sandía, Pinole!, le dijo uno de mis tíos -su hermano menor- y todo mundo echó a reír. ¿Por qué?, ¿qué tiene de malo?, contestó ella poniendo cara de pendeja. Por eso digo que nunca supe si estaba loquita o tontita o simplemente era exageradamente tacaña y se hacía pasar por loca. La tía Pinole murió joven, no sé de qué, y le dejó todo su dinero a mi abuelita: una viejita huevona que su único oficio era darle de comer a las palomas cagonas del parque frente a su casa y estar fingiendo enfermedades para joder a sus hijos. Debo admitir que los regalos de la tía Pinole eran lo único divertido de mis cumpleaños porque lo divertido de cumplir años desaparecía cuando los adultos se empeñaban en regalarme cosas que ellos consideraban útiles, como pares de calcetones gruesos, guantes para el frío, un agua de colonia, agendas, plumas y un sweater a cuadros bordado cortesía, como todos los años, de mi abuelita; quien se volvió igual de tacaña que su hija Pinole después de la herencia. Pero ningún juguete recibía. Por eso prefería los regalos de la tía Pinole, por eso la extrañaba: porque ella de perdido me sorprendía y mantenía viva mi capacidad de asombro, cosa que los adultos habían olvidado ya tiempo atrás. Bueno, debo decir que Chuy sí que me sorprendió al regalarme la revista de mujeres encueradas que había traído su papá de Houston y que tenía escondida debajo del colchón de la cama. Yo la escondí donde mismo.
Era otoño y el viernes acababa de cumplir 9 años. Pero ya era domingo, el día más triste y cínico de la semana. Recordar a la tía Pinole lo hacía más llevadero. Sentía calor a pesar del viento fresco de los últimos días de octubre. El sol pegaba de lleno durante todo el día en la ventana de mi cuarto. ¡Se te va a atorar la lengua ahí, cabrón!, me decía mi madre entre en broma y en serio. Me divertía mucho ponerme frente al abanico y hablar. Me daba risa cómo las aspas rebanaban mis palabras y le daban un efecto como de robot a todo lo que decía. Podía quedarme horas frente al abanico de mi cuarto, hablando solo, con la boca a centímetros de las rejillas protectoras, imaginando que era un androide: H-o-o-o-l-a-a-a m-a-a-a-m-i-i-i, le decía a mi madre cuando pasaba por mi cuarto. ¡Ya quítate de ahí!, te vas a mochar la lengua, gritaba mi jefecita con cierta preocupación. Además te va a dar una pulmonía, remataba con esta frase que era de sus favoritas. T-a-a-a b-u-u-u-e-e-e-n-o-o-o, le respondía. Era de lo más estúpido hacer eso, pero era divertidísimo perder el tiempo de esa manera. Me dio cinco monedas para que dejara de perder así el tiempo y me saliera a jugar. Los calcetones, los guantes y el sweater a cuadros bordado los guardé en un cajón. El agua de colonia –que nunca usé- la puse en el baño
Era otoño y el viernes acababa de cumplir 9 años. Pero ya era domingo, el día más triste y cínico de la semana. Recordar a la tía Pinole lo hacía más llevadero. Sentía calor a pesar del viento fresco de los últimos días de octubre. El sol pegaba de lleno durante todo el día en la ventana de mi cuarto. ¡Se te va a atorar la lengua ahí, cabrón!, me decía mi madre entre en broma y en serio. Me divertía mucho ponerme frente al abanico y hablar. Me daba risa cómo las aspas rebanaban mis palabras y le daban un efecto como de robot a todo lo que decía. Podía quedarme horas frente al abanico de mi cuarto, hablando solo, con la boca a centímetros de las rejillas protectoras, imaginando que era un androide: H-o-o-o-l-a-a-a m-a-a-a-m-i-i-i, le decía a mi madre cuando pasaba por mi cuarto. ¡Ya quítate de ahí!, te vas a mochar la lengua, gritaba mi jefecita con cierta preocupación. Además te va a dar una pulmonía, remataba con esta frase que era de sus favoritas. T-a-a-a b-u-u-u-e-e-e-n-o-o-o, le respondía. Era de lo más estúpido hacer eso, pero era divertidísimo perder el tiempo de esa manera. Me dio cinco monedas para que dejara de perder así el tiempo y me saliera a jugar. Los calcetones, los guantes y el sweater a cuadros bordado los guardé en un cajón. El agua de colonia –que nunca usé- la puse en el baño
viernes, septiembre 09, 2005
La Masacre de los Idealistas. Capítulo 3.
Y ahí estaba Don Toño en el suelo, como tlacuache recién despanzurrado. Nunca había visto llorar a un hombre. Mis amigos no lloraban porque decían que llorar era de niñas, por eso yo tampoco lloraba. No delante de ellos, porque luego me decían mariquita sin calzones. Nunca imaginé que el primer hombre al que vería llorando sería un señor grande. El papá de Chuy le pegó bien enojado a Don Toño en la panza con el puño cerrado y luego lo agarró a patadas en el suelo, igualito que mis amigos pateaban hasta matar a los tlacuaches. Ahí estaba Don Toño -el que nos había enseñado la adivinanza esa de tito tito capotito sube al cielo y pega un grito- tendido con la mitad del cuerpo en la calle y la otra mitad en la banqueta. Lloraba peor que como yo lloraba cuando nadie me veía. Don Toño era el velador de la colonia y manejaba una bicicleta roja con un foquito en el manubrio que encendía con la fricción de la llanta trasera. Don Toño nos contaba unas historias de terror bien padres de su pueblo –al que extrañaba mucho porque ahí estaba toda su familia- y nos ayudaba a desmontar la hierba de los baldíos con su machete para hacer nuestros clubes. Una vez, Don Toño se fue con Chuy y Lacho al club secreto que teníamos abajo del Huizache grande, ese que daba una sombra enorme y fresca comparada solamente con la sombra de las nubes. Días atrás habíamos escondido en el club unas revistas pornográficas y unas tangas –una roja y otra negra- que le robamos a la mamá del Pollito, una señora muy guapa de la que todos los padres hablaban mal sólo porque era divorciada y tenía un novio 7 años menor que ella. Don Toño sacó las tangas y las revistas y les enseñó a Chuy y a Lacho a jalarse el pito hasta venirse. Estos dos pensaron que sería divertido en un principio aprender a hacerse hombre de la mano del vela, pero cuando vieron eyacular y contorsionarse a Don Toño como manguera de bombero, salieron huyendo despavoridos de la maleza para decirles a sus papás. El papá de Chuy lo golpeó rabioso hasta que se cansó. Estaba rojo de la cara; más rojo que Don Toño. Me dio muchísima lástima. Nunca había visto llorar a un hombre; menos suplicar. El hecho de que fuera un hombre pobre que manejaba una bicicleta roja y que extrañaba a su familia que vivía en un pueblito, acabó por estrujarme el corazón. Chuy y Lacho sólo miraban con la culpa en el rostro pero con cierto halago, como si el velador fuera un tlacuache. Así como sucedió con Doña Tencha y su hijo, no volvimos a saber nada de Don Toño desde aquel día en que se lo llevó una patrulla. Ahí aprendí una verdad universal. Una verdad que me duele peor que una uña enterrada en el meñique, pero que ahora compruebo que existe a diario: Los pobres, los débiles y los animales son la misma cosa y hay qué tratarlos sin respeto y con desprecio. Ese es el ejemplo que dan los mayores, los políticos, los empresarios, los líderes del mundo y la mayoría de los humanos. Tomar otro camino para torcer esta horrible verdad sería ser sólo un idealista… ¿Por qué no serlo???...
Basta de esta novela en formato de blog. Ya no los atormentaré ni haré bostezar con este dardo tranquilizador literario si no hasta la próxima semana.
Buen fin de semana.
Basta de esta novela en formato de blog. Ya no los atormentaré ni haré bostezar con este dardo tranquilizador literario si no hasta la próxima semana.
Buen fin de semana.
jueves, septiembre 08, 2005
La Masacre de los Idealistas. Capítulo 2.
Esa imagen del niño llorando bañado en orines y abrazando a su mamá no se me borra. Quizá por esto nunca me hice tan amigo de los niños que vivían en el barrio al que nos acabábamos de cambiar para vivir mi familia y yo. Pero no sólo con los hijos de las criadas hacían estas barbaridades; con los animales eran más crueles. Y también hay imágenes que no se me borran. Recuerdo que le inyectaban Coca Cola a las lagartijas hasta que les tronaran los ojos, mataban tortolitas con rifles de postas, enterraban gatos en los montones de arena y grava que había en las construcciones aledañas y les daban con palos en la cabeza. Con los tlacuaches se portaban de lo más desalmados que podían (si es que se podía ser más desalmado). Pateaban a los tlacuaches hasta matarlos; si no se morían a puros puntapiés, los rociaban con alcohol o aerosoles y les prendían fuego estando aún vivos. Recuerdo una vez que salió un tlacuache de casa de Lacho. Lo corretearon y lo interceptaron con una patada en el costado antes de que el animalito pudiera esconderse en el monte baldío. De otra certera patada, lo levantaron como a metro y medio del suelo y lo hicieron volar a más de tres de distancia, que casi cae en la banqueta de enfrente. Hacerse el muerto al animal no le ayudó mucho porque estos salvajitos era lo único que sabían acerca de ese animal: que se hacía el muertito. No sabían ni siquiera que era un marsupial (¿marsu qué???), el único marsupial (marsu qué, no mames, me decian) existente en América. Y le dieron otra patada qué sonó más bofa que las anteriores. Y algo salió volando. Algo como tripas de color rosa. Más bien, parecían chicles masticados porque se veían babosos y eran rosas como los Motitas sabor frutas. Pero no eran vísceras: eran las crías de la zarigüeya regadas en la calle. Con la metralla de patadas se salieron de la bolsa de su madre. Ya no podía mirar más. Lo niños enloquecieron al ver las crías. Sólo alcancé a escuchar que, con piedras, las apachurraron una a una. Les halagaba con exquisito morbo el sonido que hacían la carne y los huesos -aún cartilaginosos- al embarrarse en la carpeta asfáltica. Plosh, plosh… giuuuu!, decía algún imbecilito con asco fingido. Lacho corrió a su casa y, en segundos, salió con un bote de spray para el cabello de su madre. Sacó un encendedor, oprimió el atomizador y terminó de matar a la mamá zarigüeya que agonizaba.
Continuará...
Continuará...
miércoles, septiembre 07, 2005
La Masacre de los Idealistas. Capítulo 1.
No se me olvida y no creo algún día poder olvidarlo. Todos orinaron adentro de él. Sus pilingas eran tan chiquitas que fácilmente cabían por el agujero. Esos cabroncitos llenaron de miados un envase vacío de refresco sabor manzana y lo volvieron a tapar con la corcholata. A mi no me gustaba ser cómplice de ese tipo de bromas que tanto disfrutaban los niños de mi colonia. No sé; a mí me gustaba ocupar mi cerebro en otras cosas menos chingativas y más productivas. Tenían planeado darle los miados embotellados al hijo de Doña Tencha, la señora que por un sueldo de mierda lavaba, planchaba, barría y trapeaba en algunas casas de la colonia; como en la casa de Chuy, de quien había sido la idea. Estos güeyes le dirían al niño que era un refresco de piña o de manzana y, según palabras de Chuy, “van a ver cómo se lo toma el pendejo, jajajaja”. Chuy defendía su escatológico plan argumentando que el hijo de Doña Tencha -el pinche pelón lleno de mocos, como le decía- se la pasaba todo el día agarrando sus juguetes sin su permiso y que ya le había perdido las pistolitas de algunos monos de La Guerra de Las Galaxias y, que además, le había descompuesto un carrito de tracción que le había mandado su papá de Houston. Sentado en un escalón de una construcción a medias, a lo lejos, miré cómo llegaron los niños de mi colonia con el hijo de Doña Tencha a ofrecerle el refresco. Y en efecto: mientras la bola de hijitos de la chingada huían atacados por una risa endiablada, el niño emocionado se bebía los orines de toda esa bola de culeritos. Vi cómo se le frunció la cara hasta desfigurarla. Sentí cómo se ahogaba e imagine el horrendo sabor caliente cuando los escupió al momento en que le quemaron los labios, el esófago y el estómago. Vi romperse en peligrosos fragmentos de cristal el envase al caer de sus manos, escuché cómo su llanto -sofocado por el asco- se mezclaba con las carcajadas de los cobardes que le hicieron la broma. Alcancé a percibir cómo sus lágrimas se mezclaban con los orines que le escurrían de la barbilla. Oí cómo intentaba retomar el aire que se le iba entre suspiros entrecortados por el coraje y el sentimiento. Vi venir a su madre -Doña Tencha, la gorda, como le decían- corriendo espantadísima; tan espantada que volcó la tina de agua olor a lavanda con la que trapeaba la entrada de la casa de Chuy. Vi a Doña Tencha abrazar a su hijo instintivamente, cómo animales con sentimientos. El niño soltó un grito mientras respondía al abrazo de su madre; un grito que, de lo horrible que fue, era digno de la compasión y la lástima más inmundas. Vi, viví y sufrí todo esto como un apacible imbécil: sin decir ni hacer nada. No lo disfruté, pero no hice algo para impedirlo. También vi que Doña Tencha nunca más volvió a trabajar en las casas de mi colonia para poder mantener a su pequeño hijo con retraso mental. No se me olvida... y no creo algún día poder olvidarlo...
Continuará...
Continuará...
martes, septiembre 06, 2005
aaayyy, papacitos...
Nunca he comprendido la felicidad a la que aspiran nuestros padres.
Sienten que tienen el derecho de decirnos qué es lo que nos va a hacer felices y qué es lo que no; porque eso que ellos dicen que nos hará felices o infelices es lo que a ellos hace felices o infelices.
Los padres son muy egoístas. Uno tiene que ser más egoísta que ellos para alcanzar su propia felicidad; no la de sus padres.
Ellos ya tuvieron su oportunidad de ser felices, si la desaprovecharon, aaayyy, qué pena. Que no vengan con que quieren nietos para poder sobrellevar esa vida de pareja que deterioraron hace años.
A los padres les importa mucho que sus hijos tengan un título, a pesar de que sean unos buenos para nada, unos empleados de por vida, unos infelices y frustrados con tendencias suicidas o unos deshonestos con la sociedad y con ellos mismos pero bien pagados.
A los padres de familia lo único que les importa es que sus hijas terminen la carrera y saquen un título, aunque su futuro marido les prohiba trabajar, las golpee, les haga tres hijos o las engorde como cerdas para que se queden encerradas en la casa cuidando fieras. No importa: el título universitario colgado de un clavo en la pared de la sala vale la pena.
¿Por qué los padres no se emocionan cuando su hijo decide irse a vivir a otro país???
¿Por qué no se emocionan cuando su hijo les dice que es jotito y que es bien feliz recibiendo macana por el aniceto???
¿Por qué no son felices cuando su hijo puso un negocio exitoso sin necesidad de un título???
¿Por qué no son felices hasta que su hija se casa con "un muchacho de buena familia"???
¿Por qué no son felices cuando su hijo decide irse a vivir en unión libre???
¿Por qué no son felices cuando sus hijos les dicen que son felices??? ¿Por qué algunos padres de familia tienen qué imponer su senil, apolillada, falsa, moraloide, decrépita, anticuada y erronea manera de ver el mundo???
Señoras y señores: venimos a este mundo a desmentir a nuestros padres y a enseñarlos.
¿Qué será mejor???: Hacer lo que a uno le dicen que haga o hacer lo que a uno le dicta el corazón que haga...
Saludos desde algún lugar en el que no me dicen qué hacer ni cómo actuar...

yo
lunes, septiembre 05, 2005
¿desea redondear su cuenta???
Hijosdesuchi... ya en cualquier tienda asaltan a uno con esa jalada de redondear la cuenta. "¿Desea donar 38 centavos para la Casa Hogar Pepito contra Los Mostros???". Pos ya qué chingaos le hago, ni modo que me vayan a devolver mis 38 centavos o que me vaya a poner con que "no, ni madres, a mi me devuelves mis centavitos". Pero ya veo esto como un pinche robo descarado. En tooooodos lados ya adoptaron esa "nueva forma de ayudar" y siguo viendo niños malabareando pelotitas en la calle o limpiando parabrisas en los semáforos. Ayer me salieron con la jalada de que cuánto quería donar a la Casa Hogar Memín Pinguín para Niños Feos (o un pedo así). Les dije yo: "¿Cómo que cuánto?, qué no redondean la cuenta...". El empleado me dijo que no, que lo que fuera mi voluntad, desde 5 pesos hasta 1000. Vayan a la chingada, cabrones. Todavía me comprobaran que ese dinero si tiene un buen fin, o se vieran los resultados, o no fuera tan sospechoso el hecho de que ya todo mundo anda con esa onda de que donen centavitos... Ya hasta mi Carl´s Jr y el pinchurriento Mc Donalds piden aportaciones para sus obras de caridad. No mamen: el payaso más millonario del mundo (y más gay) pidiendo dinero a sus clientes; que se ponga a hacer hamburguesas el cabrón. Está como la situación esta que están viviendo los gringos ahorita con lo del Katrina: andan muy sabrosos descuartizando raza allá en medio oriente pero no tienen helicóteros ni otros medios (ni cerebro) pa´salvar a su gente. Muy buenos pa´destruir, pero muy pendejos pa´reconstruir. Y todavía nos piden ayuda: pos no que son la potencia más chingon del mundo... nomás pa´lo que les importa. Saludos.
sábado, septiembre 03, 2005
el blog sí deja...

Siempre pensé que como caricaturista no iba a valer pa´pura madre porque, pa´empezar, ni sé dibujar. Estoy al tanto de que mis garabatos y mi indisciplina y huevonería no me van a llevar al estrellato como a Trino; que ahora es millonario, vende libros (que yo compro) y es muy gracioso. Menos voy a encontrar la fama y el dinero como pintor (que no he vendido ni un sólo cuadro... pero he regalado un chingo) y menos voy a comerme un bistek como pseudo escritor de pacotilla que no publica ni madres. Pero no me importa. Para lo único que yo quiero tener dinero es para comprar una parcela fuera de la ciudad con muchos árboles frutales, un río y que nadie me esté chingando con que hay que convivir con la gente. Nunca imaginé que ser blogero tendría sus frutos. Y muy buenos. Los invito a que me lean en internet los lunes, miércoles y viernes en www.elregio.com, mi columna "...a la deriva", o si no, en la versión impresa aquí en Monterrey de el periódico El Regio. Saludos a todos los blogeros que me han ayudado, echado porras y alentado en esto tan hermoso (aaayyy, qué hermoso!!!) que es el blog. Gracias.
jueves, septiembre 01, 2005
para ya saben quién...

Chequen la manilla de la Fabi bien venuda... como la de la mami de Margarita Gralia, pero mejor...
Estoy acostumbrado a que digan misa y a que todos conspiren en mi contra. Incluso mi familia; pero eso es normal. Ya me acostumbré a que te digan que qué haces con ese meco; que qué de bueno te puede dejar un niño con picha regordeta, que qué vas a ganar conmigo: un morro de 28 años. Que por qué no rehaces tu vida porque tienes una hija. Que puedes elegir a cualquier cabrón que se plante frente a ti y que cualquier cualquiera se puede enamorar de ti porque eres hermosa, cotorra, estas bronceada y eres a toda madre. Y no es porque yo sea cualquiera, pero sé de quién enamorarme. Lucho todos los días contra millonarios, cuarentones, narcos, cachondos, divorciados, lesbianas y urgidos que te quieren encamar, dar pa´tus chicles o te quieren para toda la vida. Lucho contra mi familia y tu familia. Lucho sin luchar, porque sabes que soy un hombre de paz que te da tu libertad y que todos me la pelan y pellizcan bien chido. Y que soy apático, pacífico, me hago pendejo, parco e inexpresivo; a menos que nos veamos en la cama, en el suelo, en algún espacio abierto o en un tiempo libre. Soy yo contigo y todo vale madre. Lucho contra mí, porque nadie había entrado en Guffolandia mas que tú; y eso sí está cabrón. Entrar a Guffolandia es un mérito, pinche Fabi; porque sabes como soy de rarito con mis cosas: con mis libros, mis películas, mis peces, mis tortugas, mis dibujos, mi tiempo, el polvo del dvd, la tele, el Pac Man... Lucho, lucho y lucho con el Motel Lucho. Nomás no lucho contra mi corazón ni contra el tuyo. Mejor vámonos a jugar luchitas en las cama; no quiero luchar con nadie más, mas que contigo: un round sin máscara ni cabellera (no me queda cabellera). Cuatro años de estar cargando con este gigantismo de corazón es algo muy bueno... Te veo para ir a cenar al restaurante ese que dicen que está muy bueno... pero hay sorpresas... me la pintaré de verde. 

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