lunes, octubre 09, 2017

Un coyote estepario del trópico de Escorpión

El viernes me quedé de ver con una persona en un bar. No sabía que el lugar tenía música en vivo. A pesar de la poca concurrencia –y de que aún no eran ni las ocho de la noche–, el grupo estaba tocando.

Marqué el número de la persona con quien había arreglado la cita laboral para decirle que mejor fuéramos a un sitio menos ruidoso, pero su teléfono me mandó a Buzón. Decidí mejor pedir una cerveza y esperar a ver si me regresaba la llamada o me enviaba un mensaje.

En una mesa frente al improvisado escenario había un bebedor solitario. Entre las pausas que hacían los integrantes del grupo, el hombre aprovechaba para, discretamente, pedir una canción. Los músicos afinaban sus instrumentos, seguían alguna indicación del vocalista, hacían una prueba de sonido o de ritmo, y ejecutaban la melodía solicitada por el hombre. Blinded by rainbows, de los Rolling Stones, había sido la elegida por éste. 

Me sorprendió su selección musical. Pensé que no era común que la gente pidiera esas canciones o que una banda de covers de un bar de ese tipo se las supiera. Incluso llegué a sentir que el volumen de la música era el adecuado para que dos personas pudieran escucharse sin estarse gritando; por lo que abandoné la idea de cambiar de lugar la informal cita de trabajo.

A la canción de los Rolling Stones le siguieron Never marry a railroad man, I shot the sheriff y Philosopher. Pedí otra cerveza. El vocalista de la banda sonreía entusiasmado y agitaba la mano con el pulgar arriba cada que el hombre frente al escenario le murmuraba el nombre de una canción.

Todo iba muy bien hasta que llegó un grupo de personas. Eran como cuatro parejas en su mid-thirties, como dicen los gringos. Llegaron y se apoltronaron en otra de las mesas frente al escenario. Las mujeres jalaron sillas de otras mesas para poner sus bolsas; los hombres se remangaron las camisas, se aflojaron las corbatas, pidieron cervezas y también canciones. El bebedor solitario se limitó a observarlos dándole pequeños sorbos a su botella. La panda de oficinistas pidió La Planta, Lamento Boliviano, Mariposa Traicionera y "una de Nicho Hinojosa"también solicitaron algunas canciones más nuevas, de ésas que pasan a todas horas en el radio y que sólo me suena la tonada porque todas me suenan igual. El vocalista complació a los recién llegados con un par de sus demandas. 

Cantaban a todo pulmón y brindaban y pedían más cervezas. Por su actitud, deduje que eran los conocidos chavorrucos; o quizás sólo se sentían seguros de haber convertido el lugar y la situación en una extensión de su normalidad; en terreno conocido. Pensé que no había uno solo de ellos al que podría apostarle a que me sorprendería saliéndose del guión. Su barullo era excesivo. Era como si hubieran estado amarrados sin poder hablar por mucho tiempo y su venganza contra los demás era esa algarabía que inundaba todos los rincones del bar.

Yo también me limité a darle sorbos a mi cerveza y a observarlos. Cada uno de mis tragos era más largo que el anterior, pues había retomado la idea de cambiar la sede de mi reunión.
De pronto sentí un escozor en el pecho al percatarme que, al pensar lo que acababa de pensar sobre esos desconocidos, me reflejaba en mí mismo; pues, en el fondo, yo buscaba lo mismo que ellos llegaron buscando: un refugio, una extensión de mi mundo interior, terreno conocido. Cuando uno se ve desde afuera, son comunes esos aguijonazos en el pecho.

El bebedor solitario me dirigió una mirada. Sonrió ligeramente y con esa mueca fugaz fuimos cómplices por unos instantes del mismo vacío existencial que implica sentirse distinto y terminar siendo como los demás; por unos segundos fuimos partícipes del sentimiento que provoca el éxodo voluntario de todo aquello que nos es ajeno por considerarlo ordinario. El hombre volvió la mirada a su cerveza, dio un último trago, sacó un billete arrugado del bolsillo delantero del pantalón, se puso de pie y salió del lugar. 

En eso mi teléfono vibró. Era un mensaje. Una disculpa no pude desocuparme te parece si lo dejamos para mañana??? Mientras sonaba de fondo una canción de unos tales Jesse y Joy, le di un último trago a mi cerveza y la punzada en el pecho desapareció. Saqué un billete de mi cartera, me puse de pie y salí del lugar, buscando una extensión de mi supuesta excepcionalidad. Terreno conocido.

2 comentarios:

Àngello dijo...

Ahhh, que chido escrito...

Luna Olive Lettuce dijo...

Sé a que sentimiento te refieres, Guffo.
Lo cierto es que yo lo experimento a menudo. Me pone triste pensar en ello, en lo vacíos que a veces somos y el por qué somos así, por qué nos importa tanto una pertenencia.
Saludos.

P.D. Tus entradas de blog siempre alegran mi corazón.