miércoles, febrero 15, 2017

El azar de los bazares

Me gustan los bazares. Lo que no me gusta es que el simple hecho de pensar en ellos hace sonar en mi cabeza aquel éxito ochentero de Las Flans (y ahora ese éxito ochentero de Las Flans sonará en la cabeza de todos mis lectores durante el resto del día).

Por bazar no me refiero a esos enormes mercados persas ordenados de manera gremial que datan del siglo XV (Wikipedia no te acabes); tampoco a los laberínticos comercios del Cairo o Casablanca donde se venden especias de aromas intensos y telares de colores vibrantes; es más: ni siquiera me refiero a las llamadas "pulgas" o "tianguis" que conocemos aquí en México. Cuando hablo de bazares aludo a ese híbrido que resulta de una venta de garage y una tienda de antigüedades. Esos mercaditos caseros o locales improvisados en donde la gente amontona para su venta artículos variados de segunda mano del siglo pasado; esos bazares a los que hoy en día le han agregado la palabra tan de moda: vintage. Ésos son los que me gustan.
Aunque sé que la etimología de la palabra bazar nada tiene que ver con azar, es por cuestiones de azar que he dado con la mayoría de los bazares que conozco: caminando ciudades o pedaleándolas; metiéndome en calles donde te dice que "no hay nada que ver": ahí es donde he encontrado las cosas más extrañas e interesantes (aunque Capitán Fantástico diga que la palabra "interesante" está prohibida).
Ediciones únicas en pasta dura de Howl, de Ginsberg; teléfonos en forma de Garfield, sujetalibros de bronce con forma de ballena, monedas de 1917, billetes de Camboya, cartuchos de Atari, herraduras, planchas de carbón, camiones Tonka, espejos con marcos garigoleados, bidones de gasolina descarapelados, walkie-talkies, abrigos a cuadros con parches en los codos, carteras de lentejuela, matrículas de coches, marcas de cerveza que ya no existen trazadas con luces de neón.

Aunque no padezco una compulsión por las compras, a veces me gusta visitar los bazares sólo para saciar a ese arqueólogo frustrado que llevo dentro; a ese paleontólogo que brota cada que uno esculca rincones con chácharas apiladas. Y a veces sí, confieso que procuro llevarme algún recuerdo tangible de estos lugares, aunque sea muy pequeño, pues es muy probable que en ningún otro lado vaya a encontrar algo similar; o posiblemente sí, pero no en las mismas condiciones ni con la misma historia.

También creo que mucho del placer que genera comprar cosas viejas -o descontinuadas o raras- radica en el hecho de darles un uso distinto. No es lo mismo comprar un florero fabricado en serie para usarlo como florero que comprar ese bidón de gasolina rojo y abollado para convertirlo en florero, y así darle un toque personal a nuestro espacio. Lo digo en serio: comprar cosas de segunda mano desarrolla la creatividad (o al menos nuestras habilidades restaurativas).
Me gustan los bazares porque me imagino en un museo donde puedes traspasar la línea roja que divide a la obra del espectador, te permiten tocar lo que ahí exhiben y, aparte, puedes adquirirlo por un precio -a veces- simbólico. Pero más me gusta que los bazares sean un collage de distintas épocas: pegotes de recuerdos, mosaicos compuestos de fragmentos en Super-8 y Polaroid; puertas dimensionales a los patios, estancias familiares y estilos de vida de hace 30, 50 ó 70 años.

Aún ando "cazando" la primera novela de David Toscana: Las Bicicletas, la cual -según palabras del mismo autor-, no tiene ejemplar ni él mismo. Por eso espero que bazar cambie su etimología, o, al menos, considere al azar como un complemento de su significado; para así, algún día, encontrar esa novela. Y pues ya de paso, todo lo que ando buscando.

8 comentarios:

Àngello dijo...

Muy chido compadre...

Anónimo dijo...

lo bueno, el reportaje
lo malo, esa cancion que ya me contagiaste

Anónimo dijo...

"Maistro", me encantan esos lugares, pon las direcciones para ir, o no sé, si por "azar" hayas visto en volumen 2 de la enciclopedia "Proteo", nomás ese me falta!!!.

César Tzu dijo...

Chido post carnal. Me recordó a algo que te lei hace tiempo acerca de los puestos de revistas usadas que estaban en el centro de mty y que mi memoria me dice que yo también pase por ahi (aunque lo más seguro es que no sea asi).

Ahora mi esposa y yo solemos ir a los tianguis de usado buscando juguetes y es muy padre como dices buscar juguetes que usamos de niño y les inventamos historias.

Aqui en el df supongo has ido a las librerias de viejo en donceles aunque no en encuentre uno lo que busca siempre se la pasa bien.

Luis V. dijo...

¿Dónde tomaste las fotos?
Es para una amiga.

Guffo Caballero dijo...

Ángello: Gracias, carnal.

Anónimo: Jajajaja. Es horrible.

Anónimo: En el Barrio Antiguo y en la calle Guerrero hay muchos de estos lugares, brother. Igual y ese tomo que te falta puedes encontrarlo en las librerías de la calle Guerrero. El bazar de la primera foto es sobre Tapia, casi llegando a Félix U. Gómez, del lado derecho, pero ahí no venden libros. ¡Proteo era una chingonada!

César: Nunca he ido ahí a Donceles, pero me imagino los tesoros que uno ha de encontrar ahí en el DF. Saludos.

Luis: En el Barrio Antiguo y en la calle Guerrero hay muchos, brother. El de la primera foto es sobre Tapia, casi llegando a Félix U. Gómez, del lado derecho de la calle. Los demás son del gabacho, de la penúltima vez que fui, en octubre.

Karlos F. dijo...

Comparto tu afición Gufo, aunque la "policía esotérica" me venga con sus "mamadas" de que tener cosas viejas en la casa atrae malas vibras y todas esas cosas, la verdad es que tengo un sentimiento similar al tuyo cada que me topo con algún lugar de estos y tampoco puedo evitar adquirir algo.

También comparto el sentimiento del reciclaje, reutilización y reparación de las cosas. Todo eso del "úsese y tírese" no me gusta.

Saludos...

Anónimo dijo...

Chingado Guffo, ya tengo la pinche canción horrosa de Flans en la cabeza.

Mussgo